temazcal

Temazcal (Temascal)

MEDICINA TRADICIONAL INDIGENA

Cuando los españoles llegaron a Mexico en el siglo decimosexto, ellos
encontraron el uso de la casa del sudor entre dispersas tribus mayas
y sus gobernantes nuevos, los Aztecas. El nombre más común para la
casa del sudor es temascal, un nombre Azteca que proviene de la
palabra teme, para bañarse, y calli, la casa. [o la Casa del Baño] El
diccionario maya más grande, compilado en breve después de la
invasion a Anahuak, da la palabra para el baño del sudor como che de
Zumpul, y se dice que es “un baño para mujeres y para guerreros
después que el va de excursión y para personas enfermas que desean
lanzar fuera enfermedades en sus cuerpos.”

Los españoles no apreciaron las prácticas elaboradas del Temazcalli
por las gentes nativas de México y Guatemala. España se revolcó en
las edades oscuras del saneamiento cuando era la moda para no bañarse
en todo el reino de castilla. La Reina de Aragón se enorgullesía  al
decirnos que ella se había bañado sólo dos veces en su vida, una vez
cuando ella nació y una vez cuando ella fue casada. La  Inquisición estaba en su apogeo cuando estos mismos llegaron a
Mexico y asi  les fue sancionado a los indígenas la práctica del Temazcal  y fue denigrado por los jerarcas de la Iglesia como un
culto para los dioses paganos. Los misioneros españoles trataron con
dureza estas prácticas y llegaron a desposeer a los Aztecas y mayas
de sus baños y del significado religioso que se encontraba en ello,
pero poco a poco los españoles comenzaron a apreciar los poderes del
temascal y fueron aceptados como algo curativo.

En el siglo decimosexto, un sacerdote español expresó su desprecio
para el baño nativo en esta nota: “Esto es un retrato de los baños de
los indios que ellos llaman ‘Temazcalli.’ En la puerta está un indio
que es el curador de enfermedades. Cuándo una persona enferma
toma un baño él ofrecie incienso, que ellos llaman copal, a su
ídolo y despues se manchaban la piel negra en la veneracion al ídolo
Tezcatlipoca. Muchos indios, hombres como mujeres, absolutamente
desnudos, tomaban estos baños como para deshacerse de sus pecados
cometidos, que eran desagradables y viles que convivian dentro de
ellos mismos.”

En la primera historia escrita de México, el Hermano Duran escribió
en 1567:

“El  Temazcal es una choza pequeña calentada con el fuego en
que a lo más, diez personas podían entrar. Uno no puede pararse y hay
apenas lugar para sentarse. La puerta es muy baja tan sólo una
persona puede entrar a la vez, y solamente podían entrar arrastrandose
a gatas. En el distante rincón esta un horno calentando a una
temperatura extrema que lo es difícil de soportar. Estos baños tienen
un calor seco. El bañista suda pródigamente, simplemente gracias al
calor que proviene del humo de las piedras. Después que el sujeto
suda completamente en el Temazcal, los indios se lavan a sí mismo
con agua fría fuera de el calor y ardor del baño. Para el observador,
parece absolutamente espantoso cuando, después que ellos surgen
desnudo, ellos se lavan a sí mismo con diez a doce jarras de agua sin
el temor de efectos perjudiciales. Aunque esto parezca terriblemente
brutal, es mi opinión que esto no es asi. Cuándo el cuerpo llega a
ser estar acostumbrado a esto, llega a ser bastante natural. Mas si
un español deberá tratar esto, él perdería seguramente sus sentidos o
llegaría a ser paralizado. “.

En La Historia de México, 1787, el Jesuita  Francesco Clavijero
escribió que los baños de los mexicanos eran un remedio poderoso y
quizás son útil en Europa para curar el reumatismo. El escribe:

“El Temazcalli, o el baño mexicano de vapor, se construye generalmente
de ladrillos crudos. La forma es semejante a los hornos para hornear
pan; pero con esta diferencia, que el pavimento del Temazcalli es un
poco convexo, y más bajo que la superficie de la tierra, mientras que
la mayoría de los hornos es simple, y un poco mas elevado para el
alojamiento del panadero. Su diámetro más grande está acerca de ocho
pies, y acerca de su altura el más grande es de seis. La entrada,
como la boca de un horno, ancho deberá permitir bastante que un
hombre arrastre fácilmente en el. En el contrario del lugar a la
entrada hay un horno de piedra o ladrillos crudos, con su boca
exterior para recibir el fuego, y un hoyo encima que serviria para
llevarse el humo. La parte que une el horno al baño, y que están
acerca de dos pies y un medio cuadrado, son cerrados con una piedra
seca de Tetzontli, o de alguna otra piedra porosa. En la parte
superior de la cámara hay un hoyo aéreo. Esto es la estructura usual
del Temazcalli, de lo que hemos adjuntado una figura; pero hay los
otros que están sin cámara u horno. . . . ”

Cuándo una persona  va a bañarse, la persona coloca primero una
estera dentro del Temazcalli, un cántaro de agua, y de un ramo de
hierbas, o de las hojas de maíz. El entonces causa que un fuego sea
hecho en el horno, que es prendido seguidamente, hasta que las
piedras que une el Temazcalli y el horno están bastante calientes. La
persona que deberá usar el baño entra completamente desnudo, y
generalmente acompañado por amor de la conveniencia, o por motivo de
la enfermedad, o uno e otro de su problemas. En cuanto él entre, él
cierra la entrada, pero abre un pequeño hoyo de aire por encima para
un tiempo para dejar salir cualquier humo que se puede haber
introducido por las grietas de la piedra; cuando el humo esta todo
afuera, él tapa igualmente el hoyo de aire. El entonces tira agua
sobre las piedras calientes, de la cual sube inmediatamente un vapor
grueso a la cima del Temazcalli. Mientras las personas enfermas se
acuestan sobre la estera, la curandera corre el vapor hacia abajo, y
golpea suavemente a la persona enferma, particularmente en la parte
enferma, con el ramo de hierbas, que se moja por un poco en la agua
del cántaro, que entonces ha llegado a ser un entibiar pequeño. La
persona enferma cae inmediatamente en un sudor suave y copioso, que
se aumenta o es disminuido, según como el caso requiere. Cuándo la
participacion deseada se obtiene, el vapor es emitido, la entrada es
limpiada, igual que la ropa de la persona enferma, y despues la
persona enferma es bañada con agua fria y es transportada a su
recamara de su habitación.

El Temazcalli se ha usado regularmente en varios desórdenes del
cuerpo, particularmente en  fiebres.. Las mujeres indias
lo usan comúnmente después que ellas dieron luz, y también esas
personas que han sido picadas o herido por algún animal tóxico. Es,
indudablemente, un remedio poderoso para todo los que tienen la
ocasión de llevarse por los humores brutos, y ciertamente ser muy
útil en Italia donde el reumatismo es tan frecuente y aflige a una
comunidad entera. Cuándo un sudor muy copioso se desea, la persona
enferma es levantada y tenido en el vapor; entre mas cercano el esta
en el vapor, él suda el más y mas. El Temazcalli es tan común, que en
cada lugar habitado por los Indígenas hay muchos de ellos.

( Artículo escrito Por Alex Tlakaelel)

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Pie de Nota: El Temazcal tiene una dimensión mucho más profunda. La versión “comercial” o “turística” es eficaz en la salud del cuerpo. Sin embargo hay una práctica mística del Temazcal, utilizado como purificación previa, como iniciación o como previo a una etapa importante de la vida.

Los calendarios mesoamericanos

LOS CALENDARIOS MESOAMERICANOS
FEDERICO GONZALEZ
El tema de los calendarios mesoamericanos es uno de los más importantes dentro del campo de las culturas precolombinas. Traduce la manera de concebir el tiempo de los antiguos americanos, en relación con el espacio, las deidades, el paso de los astros y estrellas, los estados de la materia, los colores y los demás símbolos y elementos asociados que constituyen el universo indígena y que conforman su cosmogonía. El tiempo es “medida” –que siempre supone un espacio–, módulo y proporción que vincula las distintas partes del cosmos y por eso un elemento de unión entre ellas, pero sobre todo es la ley, que al cumplirse indefectiblemente hace posible todo esto, en cuanto se advierte que su presencia –manifestada por el movimiento– obedece a pautas y ritmos periódicos que ligan a los seres, los fenómenos y las cosas entre sí, estableciendo parámetros, analogías y prototipos que inmediatamente llevan a la idea de un mismo y único modelo universal cuya manifestación es la totalidad de lo posible y su expresión más evidente la vida universal y la naturaleza como símbolo de ésta.1 Por lo que el tiempo siempre es actual; no es algo generado en los comienzos y que subsiste como un componente abstracto de la realidad psicofísica, sino que expresa esa misma realidad ahora pues él es una de sus condiciones, es decir, un elemento siempre presente sin el que la vida no sería posible. Su cualidad es entonces parte constitutiva del cosmos y su forma de manifestarse –que puede ser medida cuantitativamente en el espacio– la manera en que éste se expresa, y por lo tanto una clave para la comprensión de su esencia, un módulo válido para el conjunto de la creación. En esta perspectiva han de cobrar particular importancia las revoluciones de los astros y las estrellas en el firmamento, que por estables con respecto a la rapidez del movimiento de la tierra han de servir como guías y puntos de referencia para establecer las pautas generales del conjunto –la armonía de lo que Pitágoras llamaba la “música de las esferas”–, la que se logra por la interacción de todos los movimientos individuales, incluido el de la tierra y los hombres.2 Éstos, en las culturas precolombinas según lo que llevamos dicho, no se vivieron a sí mismos como separados del cosmos pues la vida para las culturas tradicionales es una sola a pesar de sus múltiples manifestaciones de distinto orden. En ese fluir, en esa navegación de la cual es protagonista el ser humano, los objetos cambian de forma y los fenómenos se suceden constantemente como lo hacen los estados de ánimo de los dioses, en particular los vinculados a los fenómenos atmosféricos y la tierra, los que son los más veloces y cambiantes con referencia a la casi impasibilidad de las deidades más altas, que mucho más lentas y antiguas surcan el cielo con majestuosa imponencia. Si todo esto se da en el tiempo y éste constituye parte de la vida, asimismo se expresa en el hombre cuyo ser no es sin el tiempo. Es decir, que las pautas que establecen las estrellas y los astros en el firmamento son equivalentes a las de la tierra y los seres humanos, y los períodos y ciclos que los caracterizan no son de ninguna manera arbitrarios sino que corresponden a un plan universal que cada una de sus partes refleja a su manera, siendo el total el conjunto arquetípico, el modelo que se repite de modo invariable y que se expresa por “medidas”, módulos simbólicos y números que se interrelacionan indefinidamente entre sí, creando de continuo el asombroso universo. De este mundo de analogías que conforman el cosmos, el tiempo, la vida, tratan los calendarios mesoamericanos, ya sean los burilados en piedra o los pintados en códices, tanto los que se refieren a las grandes eras –registradas también en el mito, el rito y el símbolo– cuanto los calendarios lunares o solares, o el complejísimo tonalámatl, (o el tzolkin maya), verdadera síntesis de relaciones, expresión plena de la cosmovisión mesoamericana y de su conocimiento de las leyes universales.3

El calendario “solar” y civil llamado xihuitl por los aztecas y haab por los mayas, consta de 18 meses de 20 días, lo que da un total de 360 días a los que agregaban periódicamente otros cinco, considerados nefastos y que en náhuatl llamaban nemontemi.4 Trescientos sesenta es el número de la circunferencia y el ciclo (360 = 3 + 6 + 0 = 9) y vincula –según lo que hemos visto de las cualidades numéricas– al cielo con la tierra o al círculo con el cuadrado (9 x 4 = 36) en un módulo de división cuaternaria que se caracteriza por el regreso a su punto inicial, en el que comienza el nuevo año.5 Ese ciclo es recorrido de acuerdo a la velocidad angular del astro, a saber: un día por cada grado de arco de la circunferencia. Con él se organizaba la vida civil y las fiestas religiosas. El cómputo maya es aún más perfecto que el gregoriano, pues en este último el año dura 365,2425 días, mientras que en el maya 365,242308, y en el año trópico dura promedio 365,242199 días medios.6

Los nombres de los veinte días en el calendario azteca son los siguientes, y se identifica a cada uno de ellos con un símbolo, signo o glifo7:

1 cipactli
=
cocodrilo
2 ehécatl
=
viento
3 calli
=
casa
4 cuetzpalin
=
lagartija
5 cóatl
=
serpiente
6 miquiztli
=
muerte
7 mazatl
=
venado
8 tochtli
=
conejo
9 atl
=
agua
10 itzcuintli
=
perro
11 ozomatli
=
mono
12 malinalli
=
hierba
13 acátl
=
caña
14 ocelotl
=
jaguar
15 quauhtli
=
águila
16 cozcaquauhtli
=
zopilote
17 ollin
=
movimiento
18 tecpatl
=
pedernal
19 quiahuitl
=
lluvia
20 xóchitl
=
flor

Estos 20 días se dividen en cuatro grupos de 5 días (asignados a 4 rumbos espaciales: sur, oriente, norte y poniente), que se alternan de modo retrógrado (de derecha a izquierda) comenzando invariablemente por 1 cipactli.

Signos de los 20 días
Los dieciocho meses se llaman: 1: Acahualco, 2: Tlacaxipehualiztli, 3: Tozoztontli, 4: Hueytozoztli,5: Toxcatl, 6: Etzacualiztli, 7: Tecuilhuitontli,8: Hueytecuilhuitontli, 9: Tlaxochimaco, 10: Xocohuetzi, 11: Ochpaniztli, 12: Teoteclo,13: Tepeilhuitl, 14: Quecholli, 15: Panquetzaliztli,16: Atemoztli, 17: Tititl, y 18: Itzcalli,aunque no hay certeza acerca de la traducción exacta de algunos de estos nombres. Para nuestros efectos hemos de tomar especialmente en cuenta los signos de los veinte días, pues son idénticos a los del tonalámatl, columna vertebral de las altas civilizaciones precolombinas, verdadero calendario adivinatorio –en el sentido etimológico del término–, no sin antes indicar que estos veinte días en el calendario solar engranaban con los dieciocho meses de una manera rotatoria. Sin embargo, este calendario no es estrictamente solar en el sentido de que no sigue el movimiento aparente del sol, que va del norte al mediodía, sino que su transcurrir es retrógrado (inversamente a las manecillas del reloj) como ya lo hemos indicado. Eso hace que vaya del mediodía al amanecer, de éste a la medianoche, y de ella al poniente, para retornar al sur (e igualmente en las estaciones del año solar: verano, primavera, invierno y otoño), lo cual se encuentra invertido respecto a las modalidades aparentes del movimiento solar. Lo creemos referido a un módulo relacionado con las grandes eras puesto que la precesión equinoccial lleva también ese mismo movimiento retrógrado. Lo que hace a este calendario también simbólico como el tonalámatl. Fundamentalmente es numérico–mágico, por ello es que tiene una función social y civil y marca las conmemoraciones religiosas y fiestas rituales.

El Tonalámatl
De otro lado, este tonalámatl lo llevaban ajustado con el ciclo de Venus y del Sol, como ya veremos. Y seguramente también con otros planetas y estrellas –como es evidente con las Pléyades, la Polar y la Vía Láctea, llamada serpiente de nubes o camino de Santiago–, pero sobre todo estaba estrechamente relacionado con la precesión de los equinoccios, que es el tercer movimiento de la tierra (como se sabe el primero es el diario o de rotación y el segundo el anual o de traslación), como de bamboleo, o de trompo, movimiento retrógrado inverso a las revoluciones diarias de los planetas, que hace que los signos zodiacales aparezcan cada 2.160 años corridos treinta grados de arco y completen el ciclo en 25.920 años en forma total, ya que se divide el cielo entre doce signos zodiacales en nuestra astronomía actual, heredera de las concepciones de caldeos y persas.8 No cabe duda de que los mesoamericanos estaban familiarizados con este gran ciclo y no podrían haberlo dejado de observar y calcular de acuerdo al conocimiento que tenían de los otros cuerpos celestes y sus revoluciones. Por otra parte, todas las astronomías tradicionales lo han conocido y lo han considerado como uno de los ciclos máximos: el gran año de la tierra. Nosotros pensamos que es la clave íntima del tonalámatl. Se lo ha calculado en 26.000 años, es decir, en números “redondos”, como lo han hecho otros pueblos que lo han tomado como base de sus especulaciones astronómicas. O dicho de otra manera: para comprender los ritmos y leyes cósmicas que estos números y este ciclo reflejan. Sin embargo, el “gran año” ha solido considerarse en la mitad de este ciclo, o sea: 13.000 años. Tal es el caso de persas y griegos.

En el tonalámatl o calendario ritual se combinan los veinte signos o símbolos de los días con los primeros trece numerales. Estos signos de los días comienzan por cipactli o cocodrilo (día primero) y a cada uno de los días subsiguientes corresponde uno de los signos en el orden apuntado hasta llegar a xóchitl o flor (día vigésimo). Al día siguiente (vigésimo primero) toca al signo cipactli encabezar nuevamente la lista, repitiéndose el ciclo completo cada veinte días de manera idéntica y en forma indefinida. 

Códice Borbónico, pág V
A su vez, al primer glifo o signo del día corresponde el numeral uno y estos numerales se suceden acompañados de los signos de los días correspondientes (uno cocodrilo, dos viento, tres casa, etc.) hasta el numeral trece. El día catorce llevará el signo del día décimo cuarto (ocelotl) pero se repetirá otra vez el número uno seguido del conjunto de los trece primeros numerales que son los que únicamente se consideran (uno ocelotl, dos cuautli, tres cozcacuautli, etc.), y así los números retornarán cada trece días y los signos cada veinte, permitiendo esta combinación de números y signos (por ser el trece un número “primo”) que no se repita ningún número con el mismo signo hasta que hayan transcurrido los 260 días que constituyen su ciclo completo. El día 261 llevará nuevamente el carácter ce cipactli (uno cocodrilo), con lo que vuelve a comenzar la rueda del tonalámatl, repitiéndose pues el mismo número con el mismo signo cada 260 días en forma también idéntica e indefinida.9 Según Alfonso Caso, este tonalámatl se interrelaciona a su vez con el calendario de 365 días y es precisamente esta combinación numérica la que determina la “atadura” o período de 52 años –correspondiente también a la culminación de las Pléyades–, al final de cada uno de los cuales se celebraba la fiesta del “fuego nuevo” o toxiuh molpilia. En este ciclo de 52 años, llamado xiuhmolpilli, transcurren 18.980 días (365 x 52 = 18.980), número que además es el mínimo común múltiplo de 365 y 260. Cada 52 años, por lo tanto, la rueda del calendario solar habrá girado 52 veces, al mismo tiempo que la del tonalámatl habrá dado 73 vueltas (18.980 = 73 x 260), encontrándose ambos calendarios al término de este lapso en el mismo punto, lo cual no ocurrirá nuevamente sino hasta que hayan transcurrido los 18.980 días del xiuhmolpilli, período que a su vez los antiguos mexicanos dividían en cuatro partes de 13 años cada una, llamada tlalpilli. Esta coincidencia adquiere todo su valor cuando se sabe, como se ha indicado, que conocían la culminación de las Pléyades por el cénit a medianoche, hecho que se produce cada 52 años.

Además, estas civilizaciones tomaban en consideración para sus cálculos los ciclos de la revolución sinódica o aparente de Venus, que es en números “redondos” de 584 días. Así, observaron que cada 8 años solares (2.920 días; 365 x 8 = 2.920) transcurrían cinco ciclos de Venus (584 x 5 = 2.920); y como 52 no es múltiplo entero de 8, pero sí lo es su doble (104), sucede que cada 104 años se cumple un ciclo mayor determinado por el hecho de que en el primer día del mismo se encuentran los tres ciclos (tonalámatl, solar y venusino) en su punto de partida, circunstancia que no se vuelve a repetir hasta que transcurran nuevamente otros 104 años ó 37.960 días, ya que este número (37.960) es el mínimo común múltiplo de 260, 365 y 584. Esta doble “atadura de años”, o ciclo mayor, era considerada por ellos una unidad de tiempo fundamental llamada huehuetiliztli o una “vejez” en la que Venus cumple 65 revoluciones sinódicas (37.960 = 584 x 65).10

Por otra parte, y siguiendo con las “coincidencias” y las relaciones –o puntos de coyuntura en lo espacio-temporal–”mágicas” entre las proporciones que los números expresan, podemos observar que 260 x 18 es igual a 360 x 13, lo cual vincula al tonalámatl con el perímetro de la circunferencia y su división en grados, ya que cada dieciocho11 períodos del tonalámatl corresponden a trece del xihuitl, sin agregar en este caso al calendario civil de 360 días –para facilitar ciertos cálculos– los nemontemi, o sea, los cinco días que le faltan para coincidir con el año solar, los que en números redondos en 13 años suman 65 días; lo cual equivale a 260 días –tiempo de la duración de un tonalámatl completo– en 52 años, lo que es igual a 130.000 días –ó 500 tonalámatles completos– en 26.000 años, que es el período cíclico máximo (el Gran Año de la Tierra o dos grandes años de 13.000 años), el de la precesión equinoccial, recordando que en este mismo ciclo las Pléyades han alcanzado también 500 veces su culminación. Esto, sin computar los 13 días bisiestos que corresponden a la corrección del año trópico en cada “atadura de años” y que en el período de la precesión equinoccial ascenderían a 6.500 (= 13 x 500) días.12 Pensamos que para ciertos cálculos se utilizaba el cómputo de bisiestos y para otros no. De otro lado parece haber diferencias entre aztecas y mayas al respecto –pues hacían distintas correcciones– y también en lo que se refiere a los nemontemi y la forma de agregar y computar estos días nefastos.

Multiplicar por cinco es lo mismo que dividir por dos si no se toman en cuenta los ceros que se agregan o se quitan en estas operaciones y se considera que constituyen elementos secundarios con respecto al simbolismo numérico central y a las propiedades de los números en juego. Esta particularidad de los números dos y cinco, antes señalada, se puede observar, por ejemplo, en la relación entre el ciclo de 52 años y su doble de 104 (una “vejez”) (52 x 5 = 260 ; 52 : 2 = 26 ; 104 x 5 = 520 ; 104 : 2 = 52) lo que hace que ambos puedan ser tomados como análogos y equivalentes tal cual sucede en otros casos afines. Señalaremos otro ejemplo de lo dicho, vinculado con los números trece y su doble veintiséis (13 x 5 = 65 ; 13 : 2 = 6.5 ; 26 x 5 = 130 ; 26 : 2 = 13). Esta mención adquiere particular importancia cuando ya sabemos que 26.000 años (de los que 13.000 son la mitad) es el período de la precesión equinoccial y que para la tradición hindú un manvántara dura 65.000 años.13 Casi no es necesario agregar que las tradiciones precolombinas trabajaban con números proporcionales -como se acaba de ver- donde el agregado de ceros en nada altera la raíz numérica, clave de todos los cómputos.

Es evidente que el número cinco es obviamente la base central en todos estos cálculos que de él se derivan y que es también el módulo que intervendrá en la constitución del sistema vigesimal (y decimal) y en la cosmogonía precolombina. En ese sentido indicaremos que la estructura numeral del calendario adivinatorio, o sea, los diversos elementos que en distinto número o proporción actúan sobre él, son los siguientes: en primer lugar, los signos de los veinte días; en segundo término el número que corresponde a cada uno de esos signos o días, pues ya se ha dicho que al llegar a la trecena los números comienzan a contarse nuevamente desde la unidad, aunque los signos (o los días) sean veinte; tercero: además de la determinación con que los caracteriza el número cada uno de estos veinte signos de los días posee un numen que lo rige, un dueño o señor. Por otra parte entra a jugar el número nueve, ya que existen nueve “compañeros” de la noche (perfectamente identificados y pintados en los códices) que cortejan también a los signos –como las deidades anteriormente nombradas– aunque retornan al primero cada ciclo de nueve días. El tonalámatl se divide en cuatro grupos de cinco trecenas cada uno, lo que nos da un total de veinte trecenas. Cada una de estas trecenas se inicia con uno de los signos sucesivos y está presidida por la deidad que le corresponde. A esta división en trecenas corresponde también una orientación según los cuatro rumbos del universo, o los cuadrantes del espacio, la que se aplica también a los veinte signos de los días. Existen igualmente unas aves que acompañan a los días –y a los señores o dioses– las que constituyen elementos seguramente tan significativos como misteriosos. Como se verá, estos calendarios son el tipo de cosa cuya estructura es tan compleja en sí misma que es imposible de simplificar por la índole de las interrelaciones que promueve. La ciencia astronómica es la de la “medida” de los astros –que en la antigüedad constituyó siempre una sola disciplina con la astrología– y por lo tanto se refiere a las leyes del cielo y sus correspondencias, que se expresan de un modo ilimitado, pero en una procesión u orden constante, dado que sobre estructuras modulares se articulan ritmos siempre cambiantes que se interrelacionan y coinciden entre sí conteniéndose los unos en los otros. No pretendemos en este corto espacio tratar este tema exhaustivamente aunque fue nuestra intención dar una muestra del esquema calendárico estructurado de acuerdo a pautas numéricas, correspondencias analógico–simbólicas y conceptos astronómicos –y astrológicos–, los cuales se encuentran volcados en estas construcciones como expresión del pensamiento cosmogónico y mágico-teúrgico de los mesoamericanos.

De todas maneras, deseamos insistir, para terminar, en que el juego rotatorio de los símbolos–glifos, números, colores, rumbos, etc. y de las deidades, configuran una situación, un cuadro, una realidad única que se da para cada día, cada ser y cada evento espacio-temporal y que lo signa –y condiciona– con su nahual específico que marca su destino y su identidad pues tanto personas como acontecimientos históricos y aun personajes míticos llevan el nombre del día, la posición calendárica como sello determinante de su propio ser y marca del tipo de energías que lo constituyen. Esta denominación y las características derivadas de la conjunción o interacción de estos ciclos astronómicos con otros ritmos espacio-temporales constantes y precisos, aunque movibles y alternos, configuran el sistema rotativo calendárico mesoamericano, en donde los seres, las cosas y los fenómenos encuentran su identidad metafísica en su perpetuo retorno cíclico, lo que equivale decir que acceden a su Destino.14

Ceremonia del Fuego Nuevo
Códice Borbónico, lámina XXXIV

NOTAS
1 El movimiento no es sino la proyección espacial del tiempo y por lo tanto una síntesis de ambos. El concepto y signo ollin náhuatl representa esta imagen. Este término equivale también a lo que para nuestra cultura podría ser el “hálito vital”.
2 Algunos investigadores como E. P. Disseldorf, J. Carlos Villacorta, Raúl Noriega, etc. han sostenido que no sólo los movimientos de Venus eran considerados por los astrónomos precolombinos sino también los de Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno, lo cual es absolutamente lógico inferir.
3 Hay varios calendarios mesoamericanos de distintas regiones, aunque su estructura es casi idéntica.
4 Cada cuatro años agregaban un día adicional correspondiente a nuestro bisiesto. Aquí nos referiremos al calendario azteca tomado como ejemplo.
5 Los solsticios y los equinoccios son las estaciones más notorias del sol. La palabra solsticio, del latín sol y status, significa “el sol se detiene” y efectivamente en esa fecha el sol parece estar como estacionario. Es interesante ponerla en vinculación con los mitos precolombinos en los que el sol carece de movimiento aunque esta simbólica no debe ser exclusivamente considerada a nivel literal. Este detenerse del sol es siempre el inicio de un ciclo o período que comienza a correr con su movimiento.
6 Esto se debe a que, aparte de los bisiestos, los mayas hacían una corrección en la que eliminaban un día cada 130 años.
7 Repetimos: tomamos como ejemplo únicamente los nombres del calendario azteca. Sabido es que sólo en el altiplano mexicano había varios calendarios –levemente diferentes– correspondientes a los diversos pueblos que habitaban esos lugares, y a sus distintas lenguas. Lo mismo sucede con los mayas aunque la base es prácticamente la misma. Además, los distintos tonalámatl de las diversas regiones son idénticos estructuralmente aunque cambien algunos de los signos o ellos se encuentren ubicados en otra posición.
8 En virtud de esta precesión de los equinoccios los puntos equinocciales y solsticiales y los signos zodiacales se desplazan sobre la eclíptica en el sentido retrógrado con una velocidad angular de 50 minutos por año.
9 Esta misma sucesión no sólo se manifiesta en los días sino en los años y, eventualmente, en ciclos mayores. Con respecto a la “ronda” de los años, podrá observarse que el abrirse del ciclo sólo se produce en cuatro signos que podríamos llamar fijos y que son: tochtli, conejo, acatl, caña, tecpatl, pedernal y calli, casa. Por otro lado, señalaremos que los 260 días del calendario ritual suelen ponerse en relación con el ciclo de la gestación humana.
10 También la multiplicación de los 52 giros del xiuitl (año solar de 360 días) por los 73 del tonalamatl (año ritual de 260 días) en que ambos coinciden nos da (73×52=3796) un número proporcional a 37.960 del que acabamos de hablar.
11 Número circular (18 = 1 + 8 = 9) que corresponde también al número de meses de su año solar de 360 días y puede, asimismo, ser equiparado a la semicircunferencia de 180°. El número nueve usado en cualquier combinatoria emparenta a los cálculos con la circunferencia y el año solar.
12 Como se ve, estos “días” y estos “años” no son lo que ordinariamente entendemos por tales sino que son “números” (“medidas”, “proporciones”, etc.) que se interrelacionan los unos con los otros conformando el Orden Universal y son ellos los que interesa destacar. Eso es lo que sucede con los números mencionados en la Leyenda de los Soles del Códice Chimalpopoca, por ejemplo, los que no deben ser considerados en forma literal o cuantitativa.
13 Las “Grandes Eras” eran llamadas “soles” en Mesoamérica. Por otra parte estos “soles”, que son cinco, dividen al ciclo de 65.000 años en períodos de 13.000, los que a su vez permitirían una subdivisión en cinco eras de 2.600 años. Se quiere aclarar que este ciclo temporal de 65.000 años cubre la dimensión de todo lo que el hombre es capaz de imaginar o suponer. Lo que sucede con esta “cifra” de tiempo es análogo, en materia de dimensiones o módulos espaciales, con la distancia que nos separa del sol como límite. Más allá del sol, o más allá de 65.000 años, en términos dimensionales, nada podrá decir nada a la mente del hombre. La cronología del tiempo ha de fundirse necesariamente con el tiempo vivo, es decir, el tiempo mítico. Esto sin tener en cuenta la subdivisión en cinco eras de 13.000 años cada una, lo que de por sí conforma otras tantas barreras prácticamente infranqueables; por lo que parece más razonable atenerse a un ciclo básico de 2.600 años, cuyo nacimiento, para nuestra era o subciclo se produjo alrededor del siglo VI a. C.
14 Fray Diego Valadés publicó en latín y en Italia en 1579 su Retórica Cristiana, libro teológico en donde se pone singularmente de relieve el “Arte de la Memoria” y la memoria artificial. Fueron varios los tratados que aparecieron en Europa en ese tiempo dedicados al tema. Lo que llama la atención, aparte de que el autor era mestizo (padre conquistador español, madre india noble de Tlaxcala), es que este arte se usó en el seno de la Orden Franciscana para la evangelización de los indígenas. Sin embargo no sólo esto es interesante sino también el descubrimiento, por el propio fraile, de que los calendarios indígenas eran parte del arte de la memoria y la memoria artificial, que él había estudiado con empeño, (ya que su obra a este respecto es muy buena), en fuentes europeas. Ver Fray Diego Valadés Retórica Cristiana F.C.E. México 1989. El mismo sacerdote construyó una especie de alfabeto de “palabras”, con imágenes indígenas, sacadas de sus simbólicas. En todo caso no es esta la única referencia a la famosa memoria indígena; en muchos cronistas y estudiosos se la encuentra descripta, así como se mencionan sus diversos sistemas de memoria, por ejemplo los quipus peruanos, para sacar el mejor ejemplo de entre ellos.

Los simbolos precolombinos

LOS SIMBOLOS PRECOLOMBINOS
Cosmogonía, Teogonía, Cultura
El verdadero Padre Ñamandu, el Primero,
de una pequeña porción de su propia divinidad,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora
hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.
Habiéndose erguido
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora,
concibió el origen del lenguaje humano.
De la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora
creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano
e hizo que formara parte de su propia divinidad.
Antes de existir la tierra,
en medio de las tinieblas primigenias,
antes de tenerse conocimiento de las cosas,
creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano
e hizo el verdadero Primer Padre Ñamandu
que formara parte de su propia divinidad.
Habiendo concebido el origen del futuro lenguaje humano,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora,
concibió el fundamento del amor.
Antes de existir la tierra,
en medio de las tinieblas primigenias,
antes de tenerse conocimiento de las cosas,
y en virtud de su sabiduría creadora,
concibió el origen del amor.
Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano,
habiendo creado una pequeña porción de amor,
de la sabiduría contenida en su propia divinidad,
y en virtud de su sabiduría creadora
el origen de un solo himno sagrado lo creó en su soledad
Antes de existir la tierra,
en medio de las tinieblas originarias,
antes de conocerse las cosas,
creó en su soledad el origen de un himno sagrado.

La literatura de los guaraníes.- Recopilado y traducido por el antropólogo León Cadogan. Joaquín Mortiz, México, 1965.

PREFACIO
Apenas comenzó el autor a concebir la idea de un trabajo sobre la simbólica precolombina advirtió que su perspectiva no podría ser comprendida sin antes exponer ciertas ideas (símbolo, mito, rito, sociedad tradicional, etc.), es decir, el marco teórico donde se inscribe su trabajo. En definitiva, que su libro iba a tratar tanto de lo precolombino, su cosmogonía y teogonía, como constituir una introducción a la Simbólica. Una obra de este tipo ha de ser necesariamente sintética (casi un esquema de trabajo) y no se podrá entonces considerar aquí con la riqueza y amplitud que se merecen cada uno de los temas que se tocan, reservándonos esta labor para nuevas oportunidades. Pensamos sin embargo que este trabajo brinda la posibilidad de comprender en esencia a las antiguas culturas americanas, -y a las ‘primitivas’, arcaicas y tradicionales en general- y ser un punto de nucleamiento de nuevas investigaciones y labores para los que se interesan en el símbolo y las culturas precolombinas. Esto es así para el autor, por qué no decirlo, puesto que el estudio de los símbolos tradicionales americanos coadyuvó en él a su conocimiento de símbolos universales y porque el conocimiento de estos universales le hizo comprender ciertas ideas acerca del pensamiento y la cosmogonía de los precolombinos. Este estudio está dirigido al lector no especializado -aunque tal vez pudieran sacar de él algún provecho los expertos- y como ya dijimos es tanto para el que desea interiorizarse en la Vía Simbólica y su funcionamiento como para el que posee afición e intriga por las culturas precolombinas o arcaicas.
Quiere dejarse aquí sentado el profundo agradecimiento a los esforzados cronistas, comentaristas e investigadores de todos los tiempos, extranjeros y americanos, gracias a los cuales se ha podido escribir este libro -que pretende ser en su medida un homenaje al pensamiento indígena- y cuya obra se cita en el texto y la bibliografía.

Por último quiere indicarse que el autor cree en la capacidad actuante del símbolo, en su virtud transformadora, a la par que sostiene que los símbolos están hoy presentes, tan sólo esperando ser vivificados.

INDICE CASTELLANO Prefacio
Capítulo I * Introducción a la Simbología Precolombina
Capítulo II La Simbología Americana
Capítulo III Los Símbolos, los Mitos y los Ritos
Capítulo IV El Centro y el Eje
Capítulo V El Mundo Precolombino
Capítulo VI Algunos Errores Filosóficos
Capítulo VII Ciertas Peculiaridades en la Visión del Mundo de una Sociedad Arcaica
Capítulo VIII La Iniciación
Capítulo IX * El Redescubrimiento de América
Capítulo X Cosmogonía y Teogonía
Capítulo XI * El Cosmos y la Deidad
Capítulo XII La Dualidad: Energías Ascendentes y Descendentes
Capítulo XIII Algunos Símbolos Fundamentales
Capítulo XIV * Símbolos Numéricos y Geométricos
Capítulo XV El Simbolismo Constructivo
Capítulo XVI * Plantas y Animales Sagrados
Capítulo XVII Arte y Cosmogonía
Capítulo XVIII * Mitología y Popol Vuh
Capítulo XIX Algunos Temas Relacionados con los Calendarios
Capítulo XX * Los Calendarios Mesoamericanos
BIBLIOGRAFIA

* En web “América Indígena”

Italiano: Intr. V VI
English: Book

CONTRAPORTADA
El redescubrimiento de América a quinientos años del viaje de Almirante Colón
Una obra sintética y fundamental que tanto habla de lo precolombino, su cosmogonía y teogonía, como constituye una introducción a la Simbología. Federico González nos brinda la posibilidad de comprender en esencia a las antiguas culturas americanas, así como a las “primitivas”, arcaìcas y tradicionales en general. La sacralidad simbólica de la naturaleza (piedras, árboles, animales, astros), los mitos, la arquitectura del templo y la ciudad, los calendarios, la agricultura, el maíz (como en otros lugares el trigo), las artesanías, los juegos y el arte de la guerra, la música y los cantos, las pinturas, el tatuaje y las danzas, sacrificìos y festividades, conforman para el hombre tradicional -en particular aquí el americano- su experiencia cotidiana de lo sagrado, su conocimiento de la cosmogonía que se le revela mediante los símbolos, los mitos y los ritos, y a la cual él conoce y recrea por su intermedio, por mucho que puedan sorprendernos las extraordinarias formas una cultura que, corno toda aquella que está viva, reconoce a la deidad -y a la vida- corno un perpetuo asombro. Pues es lo sagrado lo que conforma su propia expresión -la del mundo y la de nosotros mismos- y no al contrario, según la programación que nos ha sido impuesta.

INTRODUCCION A LA SIMBOLOGIA PRECOLOMBINA
FEDERICO GONZALEZ
La sociedad a la que pertenecemos, es decir la contemporánea, ha concebido la idea de que Dios -la unidad original- es un invento del hombre, aunque algunos de sus miembros piensan más bien que la deidad es un descubrimiento humano producido en cierta etapa de la historia. En ambos casos es el hombre el que crea a Dios en absoluta contradicción con lo aseverado unánimente por todas las tradiciones y civilizaciones de que se tenga memoria, las cuales afirman y establecen la correcta relación jerárquica entre el creador y su criatura. Esta flagrante inversión nace lógicamente del desconocimiento actual que poseemos acerca de lo sagrado, razón que nos obliga inconscientemente a ‘humanizar’ el concepto de Dios, hacerlo antropomorfo -lo que equivale a reducir a la deidad a las categorías del pensamiento y la concepción humana- y minimizarlo a la escala del hombre de hoy día y a la estrechez de su visión. El cual no encuentra nada mejor entonces que hacer morir a los dioses, no ‘creer’ ya en ellos sino más bien en lo ‘humano’ -lo cual ¡ay! es tomado como un progreso- como si fuera posible que las energías cósmicas y armónicas cuyos principios expresan las deidades dejaran de ser, o existir, por el simple expediente de negarlas.

Estamos acostumbrados a pensar acerca de los panteones griego, romano, egipcio, caldeo o maya -o aun en el de los judíos, cristianos, islámicos, hinduístas y budistas-, como si sus dioses fuesen la propiedad privada de esos pueblos y religiones, y que además esos dioses fueran enteramente diferentes entre sí con identidades perfectamente particularizadas en un sistema clasificatorio imaginario. La realidad de lo sagrado queda así reducida a la capacidad ‘especulativa’ del hombre -o a un membrete indicativo en un casillero- y no se observa sin embargo que esos mismos hombres reconocieron a la deidad a través de los ‘números’ o medidas armónicas como patrones o módulos de pensamiento universal y expresión de las ideas arquetípicas siempre presentes como partes constitutivas del cosmos, que los símbolos representan y cuya energía-fuerza no ha dejado ni dejará de manifestarse mientras existan el tiempo y el espacio. Lo mismo acontece con los astros y estrellas -en particular, el Sol, la Luna, Venus y las Pléyades-, símbolos de los dioses a determinado nivel, planetas y constelaciones que por cierto han sobrevivido a los caldeos, egipcios, griegos, romanos y mayas y que aún podemos observar a ojo descubierto en cualquier noche clara. Estos astros y estrellas significan las energías cósmicas que son la expresión de los principios divinos y es imprescindible recordar que son los mismos astros y estrellas de hoy aquéllos que contemplaron en la bóveda celeste antes del ‘descubrimiento’ de América los pueblos precolombinos, los cuales los identificaron en su cosmogonía con determinadas ideas-fuerza, cuya manifestación las estrellas expresan en la inmensidad del cielo, del cual dependen la tierra y el hombre. Somos otras las personas que habitamos bajo el firmamento en la tierra que labraron las antiguas civilizaciones americanas, pero los números y los astros -como encarnaciones de los principios eternos- siguen siendo los mismos y están tan vivos como las deidades, las cuales por otra parte se siguen expresando como fenómenos naturales y atmosféricos y energías anímicas y espirituales siempre presentes en la creación. Pues es sabido que los dioses no mueren y eso es precisamente lo que los ha hecho inmortales en todo tiempo y lugar. O mejor, lo son porque han muerto a la muerte y ya no pueden morir. El dios sacrificado resucita, se regenera, y transforma sus energías cristalizándolas en el cielo bajo la forma de un planeta, símbolo del principio que ese dios testimonia de manera activa y manifestada. Los dioses, incluso, son anteriores a esta creación y de hecho su sacrificio es lo que la produce “cuando aún era de noche”, como nos lo dice el mito teotihuacano.
Las cosmogonías precolombinas constituyen una modalidad de la Cosmogonía arquetípica -en la que el hombre está incluido- más allá de cualquier especulación personal y pese a las diferentes formas o modos en que ella se exprese de acuerdo a las características de espacio, tiempo o manera, que a la vez velan y revelan su contenido prototípico, su esencia. Por eso es que esas cosmogonías también están vivas hoy día, en sus símbolos y mitos, que esperan ser vivificados por su conocimiento, por su invocación, para que generen toda la magnitud de su energía potencial. Los hombres antiguos han desaparecido pero no sus dioses eternos -Quetzalcóatl, Kukulkán, Viraacocha-1 que aún conviven con nosotros y conforman gran parte de la historia de los países americanos y aunque no lo advirtamos, la nuestra misma. En verdad aún muchos millones de personas -en el norte, centro y sur de América- los invocan con los antiguos ritos tradicionales y también bajo distintas formas religiosas o teñidas de folklore. La deidad es igual para todos los pueblos que la conocen, así la llamen de una u otra manera, o tome esta o aquella forma particular; esto es válido para todas las tradiciones vivas o muertas puesto que la deidad “en sí” es finalmente una sola aunque sus manifestaciones sean múltiples. Cuando los sabios nahuas, los tlamatinime fueron interrogados por los doce primeros religiosos católicos arribados a México acerca de sus creencias y se enteraron por boca de sus inquisidores que sus dioses ya no existían pidieron morir con ellos. Luego aceptaron hablar con calma:

“Romperemos un poco, ahora un poquito abriremos el secreto, el arca del Señor nuestro”. “Vosotros dijisteis que nosotros no conocemos al Señor del cerca y del junto, a aquél de quien son los cielos y la tierra. Dijisteis que no eran verdaderos nuestros dioses. Nueva palabra es ésta, la que habláis, por ella estamos perturbados, por ella estamos molestos. Porque nuestros progenitores, los que han sido, los que han vivido sobre la tierra, no solían hablar así”.
Y a continuación describen y enumeran en forma sencilla para ser entendidos una serie de imágenes de la divinidad, la tradición y el rito, que dicho sea de paso se corresponden con sus análogas cristianas. Y luego, recapitulando:
“Nosotros sabemos a quién se debe la vida, a quién se debe el nacer, a quién se debe el ser engendrado, a quién se debe el crecer, cómo hay que invocar, cómo hay que rogar”.
Como se verá por sus propias palabras puede observarse en realidad que los tlamatinime no alcanzaban a comprender esa situación que los excedía. ¿Cómo los hombres podían suprimir por decreto a los dioses? y ¿cómo lo único efectivo, lo cierto, podía ser aniquilado por las ilusiones y la sombra? Oigámoslos:
“Ciertamente no creemos aún, no lo tenemos por verdad, aun cuando os ofenda”.2
Ofendidos o no, los conquistadores abolieron su imagen del mundo, del espacio y del tiempo, su concepción de la vida y del hombre, sus mitos y ritos, y destruyeron la casi totalidad de su cultura. Y como desgraciadamente estas culturas están aparentemente muertas debemos seguir un difícil proceso de reconstrucción a través de sus fragmentos, códigos y monumentos parcialmente completos, las crónicas de los conquistadores y distintos testimonios, así como por jirones aún vivos del folklore, la danza, el diseño de los tejidos y cestería, sus monumentos, etc., para poder entenderlas. Pero también y sobre todo haremos hincapié en sus símbolos – y mitos cosmogónicos y teogóe;nicos claros y precisos que se corresponden con símbolos y mitos de otros pueblos, incluidos sus modelos del universo y estructuras culturales -evidentes por ejemplo, en el símbolo constructivo, de base geométrica y numeral-, los que nos permiten por analogía aproximamos al conocimiento de las tradiciones americanas y tener una visión lo suficientemente neta de ellas, al menos como fundamento para intentar comprenderlas en su esencia sin que sólo signifiquen tristes ruinas o antiguallas sin sentido o un pasado desconocido, hipotético y grandioso del cual todo se ignora. Por otra parte y como ya hemos dicho, a pesar del saqueo, la sistemática aniquilación y el múltiple vejamen sufrido, las tradiciones precolombinas aún están vivas y vigentes, reveladas en sus símbolos, en sus mitos y en su cosmogonía, en sus ideas arquetípicas, sus módulos armónicos y sus dioses que no esperan sino ser vivificados para que actualicen su potencia; es decir, ser aprehendidos, comprendidos con el corazón, para que actúen en nosotros.

NOTAS
1 De los que se dice han de volver.
2 El libro de los Coloquios de los Doce, capítulo VII del texto náhuatl publicado por W. Lehmann. Traducción de Miguel León Portilla.

CAPITULO II LA SIMBOLOGIA AMERICANA
I
Uno de los temas que más se destacan cuando nos enfrentamos con el estudio de las sociedades precolombinas es la coincidencia en casi todos los autores europeos de la conquista y aun de siglos posteriores en pensar que los americanos eran de origen judío,1 ya habían sido cristianizados, o de algún modo confuso derivaban sus conocimientos y tradiciones del Viejo Mundo. Estas opiniones se basaban sin duda en la similitud de símbolos, mitos y modos culturales, que aunque tomasen formas diferentes eran sin embargo análogos a los suyos. Esto es señalado por los franciscanos Fray Bemardino de Sahagún y Motolinía, por el dominico Diego Durán, por el jesuita Joseph de Acosta, así corno por Mendieta, Las Casas, Torquemada, López de Gómara, Ramos Gavilán, Gregorio García, Antonio de la Calancha, Poma de Ayala y la generalidad de los cronistas; asimismo entre los comentaristas posteriores como Veytia y Clavijero, etc., para no citar sino algunos, todos ellos hombres de la Iglesia o versados en asuntos religiosos, filosóficos y teológicos.2 A decir verdad, también las coincidencias entre el cristianismo, sus símbolos, mitos y ritos y la tradición precolombina son harto numerosas.3 Comenzando por sus teogonías, donde las ideas de un Ser Supremo, de un dios creador y una deidad civilizadora y salvadora configuran una génesis y un apocalipsis, una muerte y una resurrección ligadas al sacrificio y la transformación cíclica y siguiendo por ciertos mitos como el de la virginidad de la madre de un dios héroe y su nacimiento sin necesidad de padre, antinatura, que aparece repetidamente. El primer caso se observa en la civilización del valle central de México entre los indios de Nicaragua y Costa Rica, los de Bogotá, los de Quito y otros grupos pertenecientes al Imperio Inca como los harochiri e incluso los guaranies de Paraguay y Brasil, siendo conocido por los zuni y otros indígenas de los Estados Unidos y los patagones argentinos. El segundo es muy neto entre los nahuas y aztecas (los dioses Quetzalcóatl y Huitzilopochtli son hijos de vírgenes), y en los indios quiché de Guatemala, Ixbalanché y Hunahpú, los héroes por excelencia, son hijos de la doncella Ixcuiq. Asimismo los chibchas de Colombia reverenciaban a un hijo del sol que fue fecundado por intermedio de sus rayos en una virgen; y Viracocha, en el Perú, embaraza a una joven agraciada sin que ésta lo advierta.4 Esto sin mencionar algunos mitos como el del diluvio conocido en toda la América Precolombina y el de la existencia pretérita de gigantes en lo cual coincidían con las tradiciones bíblicas y greco-romanas. Pero lo que realmente sorprende a los conquistadores, o a los pocos que son capaces de ver, es nada menos que el símbolo de la cruz por doquier, lo cual por consideraciones debidas a las circunstancias se debe ocultar o callar. En efecto, esta representación se halla explícita en su forma más sencilla o de maneras derivadas, sola u organizada en conjuntos, en la entera extensión del continente americano. Y es más, el símbolo de que hablamos -que por cierto es pre-cristiano- constituye el esquema cosmológico de estas culturas, siempre presente en sus manifestaciones de cualquier tipo que éstas sean. Nos estamos refiriendo a los cuatro brazos o posibilidades de expansión horizontal en el plano y al centro como lugar de recepción y síntesis de la energía vertical (alto-bajo), que de esta manera por medio de la cruz se irradia en la totalidad del espacio. Aunque tal vez lo que más llama la atención de los frailes es la similitud de algunos rituales con los sacramentos que ellos administran. Así por ejemplo con respecto a la confesión practicada por los aztecas, mayas e incaicos, al matrimonio, al bautismo -del que el reticente Diego de Landa, obispo de Yucatán, sin embargo afirma con orgullo:

“No se halla el bautismo en ninguna parte de las indias sino en esta de Yucatán (lo cual no era cierto) y aun con vocablo que quiere decir nacer de nuevo u otra vez”,
y a la comunión. En relación con esta última señalaremos lo que nos dice Sahagún vinculado con la ceremonia que se efectuaba en honor a Huitzilopochtli en la que el pueblo comulgaba comiendo un trozo de la estatua del dios, que a esos efectos estaba confeccionada con una golosina que aún es popular en el México contemporáneo a la que se llama alegría.5 El verdadero tema al respecto lo constituye el hecho de que el sacrificio ritual de animales y su inmediata ingestión en ciertas fechas y lugares precolombinos -como por otra parte es verificable en la casi totalidad de las culturas, siendo hoy mismo comprobable en comunidades ‘primitivas’- conformaba un acto sagrado de importancia vital, tanto individual como colectiva. El sacramento cristiano de la eucaristía simboliza mediante el pan y el vino lo que otras tradiciones ejemplifican por sus correspondientes: la carne y sobre todo la sangre como forma de comunión con la deidad. Creemos que bajo una perspectiva análoga podrán tal vez entenderse los cruentos sacrificios humanos efectuados en honor y alimento del sol como generador y conservador de la vida.6 De todas maneras estas similitudes entre las civilizaciones del Nuevo y Viejo Mundo no tienen nada de casual ya que los símbolos y los mitos fundamentales de todas las culturas son manifiesta y esencialmente los mismos ante nuestro ignorante asombro.7 Esta sorpresa no es tal en cuanto procedemos a verificar y comprobar este aserto y también en cuanto nos ponemos a pensar que lo que en verdad representan estos símbolos y estos mitos -es decir las ideas universales que expresan- son las mismas en todas partes, derivadas de un Conocimiento y una Tradición común, a la que podríamos llamar ‘no histórica’, o mejor, ‘metahistórica’. Por ese motivo es que la Simbología utiliza la comparación entre símbolos de distintas civilizaciones como método para iluminar los símbolos particulares, sistema que utilizaremos asimismo en este texto en relación con el conjunto de las culturas americanas -en la medida de nuestras posibilidades-, y el mosaico multifacético en que se expresa el pensamiento precolombino.

No hay en la actualidad quien niegue seriamente el origen sagrado de toda civilización en cuanto éste es mítico y metafísico -según esas tradiciones lo proclaman-, del cual por otra parte se desprenden sus conocimientos, artes, ciencias e industrias, incluidos la fundación de su ciudad -cuando son sedentarios- y el nombre o identidad de sus habitantes. En ese sentido estas manifestaciones parecerían responder unánimemente a una idea arquetípica de la cual derivan los modelos culturales y las estructuras religiosas, económico-sociales y políticas, los comportamientos y los usos y costumbres. Es por eso y a pesar de las variadas formas en que esas culturas tradicionales se expresan que se puede encontrar entre ellas tan asombrosas analogías pues se refieren todas a lo mismo. Lo cual nos permite a nuestra vez efectuar relaciones y asimilaciones igualmente sorprendentes.

Los historiadores de las religiones limitan y ubican en el espacio y en el tiempo a la cultura que estudian, aunque los mejores de ellos, encabezados por Mircea Eliade, llevan sus investigaciones a la estructura misma de lo religioso expresando su origen atemporal. La Simbología no toma en consideración sino en forma secundaria las condiciones históricas donde se produce el símbolo, destacando por el contrario valores no históricos, es decir esenciales y arquetípicos. Pero sobre todo lo que diferencia al simbólogo y al historiador de las religiones es la actitud con que enfrentan el conocimiento. Efectivamente, el simbólogo no sólo toma a los símbolos, mitos o ritos como objetos estáticos -que tienen una historia- sino también como sujetos dinámicos siempre presentes, que se están manifestando ahora. O sea, como capaces de cumplir una función mediadora entre lo que expresan en el orden sensible y la energía invisible -la idea- que los ha generado. En ese sentido no hay tampoco una historia de los símbolos. No sólo por reconocer éstos un origen atemporal, sino porque la mayor parte de ellos son comunes y aparecen en muchísimas tradiciones separadas en el espacio y en el tiempo -como si ellos fueran consubstanciales con el hombre y la vida- y se dan a veces hasta de manera idéntica en cuanto a sus significaciones más alejadas (en el tema de la ‘brujería’, por ejemplo), asunto éste que con un poco de paciencia y buena fe le es dado observar y comprender a cualquiera. Ello lleva a reconocer un origen común, o aceptar la idea de una tradición histórica unánime, lo que seguramente es válido si se consideran enormes ciclos que incluyen no sólo decenas de culturas -la mayor parte ignoradas- sino también profundas alteraciones geográficas en la tierra como cambios en la posición de los polos en correspondencia con fenómenos celestes, etc.8 Razón por la que el simbólogo prefiere tomar al símbolo en sí -sin descuidar su contexto-, en cuanto éste no es sólo un objeto comparable a otro objeto, sino que además es considerado como sujeto de una realidad siempre existente que lo ha plasmado, a la que expresa de manera directa. La idea que manifiesta y a la vez oculta el símbolo es lo que a la Simbología le interesa. Por lo que el simbólogo aspira no sólo a la comprensión histórica o meramente intelectual del símbolo, sino a su conocimiento metafísico, a su aprehensión supra-intelectual -obtenida mediante su concurso-, a la identificación o encarnación de lo que el símbolo o mito manifiesta tal cual hacían los integrantes de los pueblos que los diseñaron con ese propósito. Los cuales los utilizan como soportes o vehículos cognoscitivos entre distintos planos de una realidad que ellos consideraban única y sagrada, la que era testificada por esos símbolos y mitos. Dicho en otras palabras: el simbólogo no se ocupa, salvo de manera secundaria, por los símbolos considerados bajo una perspectiva histórica o simplemente ‘intelectual’, sino que tomando en cuenta la identidad de los símbolos tradicionales aparecidos en distintos tiempos y lugares -material que ha obtenido de la Historia de las Religiones y de la Religión Comparada-, trata de comprender, vivenciar, o encarnar el concepto, o la idea, que ellos representan y de la cual son los emisarios.9 Esto es particularmente válido en el estudio y la meditación sobre las manifestaciones humanas, es decir, culturales, en cuanto ellas constituyen un conjunto simbólico donde la huella de una historia invisible y eterna -arquetípica-, se proyecta en las formas temporales de lo visible.

II
Ya indicamos en la nota inicial, haciendo una referencia personal, que no hemos transpuesto literalmente a la tradición precolombina lo que por nuestros estudios hemos aprendido de otras civilizaciones tradicionales, sino que por el contrario, empapados del mundo de los antiguos americanos, su atmósfera, sus códigos y formas, es que hemos llegado a comprender la identidad de los símbolos, mitos y ritos de la Tradición Unánime, así ésta se halle viva o aparentemente muerta. Sin duda los esquemas de nuestro pensamiento, la forma de concebir y los modos de acercarnos al pasado precolombino son europeos como los de todos los investigadores que conocemos. Esto se debe a nuestra educación, ya que las estructuras mentales de todos los occidentales actuales -y eso es lo que somos- son análogas, comenzando por la determinación que imponen la lógica y los esquemas lingüísticos, como asimismo lo son nuestras pautas de aprendizaje y actuación, aunque muchos de nosotros no lo advirtamos o pensemos en contrario. Por otra parte anotaremos que el haber nacido en determinado lugar del Nuevo Mundo, o el tener la misma sangre de los pueblos que crearon las civilizaciones precolombinas, o aun hablar su lengua actual, es sólo una ventaja secundaria para comprender la cosmogonía indígena original.10 Los griegos contemporáneos casi nada saben de su pasado mítico y de sus antiguas ‘creencias’, y aún en la época de Platón la mayor parte las ignoraba con generosidad. En otro caso, como pudiera ser el de una tradición viva, la hindú por ejemplo, tal vez suceda que a la fecha un extranjero no nacido en ella pueda comprenderla y vivirla mucho más profunda y verdaderamente -en lo que ella es en sí- que un simple devoto atenaceado por la superstición y la confusión de las imágenes, como en general sucede con la mayoría de los hindúes actuales. Otra cosa es cuando los integrantes de una tradición conocen perfectamente y no sólo de manera exterior o superficial el sentido de sus símbolos, mitos y ritos -que siempre deben ser aprendidos- y sobre todo cuando se tiene bien patente lo que éstos son, es decir cuando se comprende su función mediadora y trascendental encuadrada en el marco de una cosmogonía original, a la que describen, la cual al ser vivenciada produce un estado de conciencia al que se puede acceder merced a la iniciación en el conocimiento que los propios símbolos, mitos y ritos provocan. Con seguridad que quien haya experimentado estos conceptos y reconocido las formas en que ellos se manifiestan generando tal o cual cultura podrá entonces entender la esencia de esa cultura, su razón de ser -incluso histórica-, su idea del espacio, del tiempo, del movimiento, del número, la medida y el lenguaje, y por lo tanto de su pensamiento, del que derivan todas sus acciones o creaciones, las que se expresan a través de manifestaciones simbólicas.
Para poder asimilar la realidad, para integrarse a ella, es menester previamente tener una descripción de la misma, cualquiera que ésta fuese.11 El hombre procede siempre así aunque no lo sepa o lo niegue. Es tan válida una concepción del mundo donde la tierra es un plano y al mismo tiempo el centro del universo, como un sistema descriptivo tridimensional en donde la tierra es una esfera que gira alrededor del sol, su eje. Lo mismo vale -y éste es un tema directamente vinculado con lo anterior- para la representación gráfica plana y su extraordinario poder de síntesis y sugestión en contraposición con los contrastes de luz-sombra y perspectiva que caracterizan al arte occidental de los últimos siglos, e igualmente para la geometría llamada plana en comparación con la espacial.

Fuera de nuestro campo mental -y mientras éste no sufra una apertura- es imposible comprender algo que nos es completamente ajeno. Esto sucedió con los europeos con respecto a los indígenas en la época de la conquista y en la actualidad constituye aún el más importante escollo en nuestros esfuerzos por acercarnos a este riquísimo y complejo acervo tradicional. Todo nos hace pensar que la generalidad de los religiosos, soldados y funcionarios que llegaron a América no conocían la verdadera significación, la íntima realidad de sus propios símbolos, sacramentos e instituciones, sino a lo sumo de una manera piadosa-moral (como buenos usos y costumbres) o legalística, oficial y administrativa, de ningún modo metafísica ni esotérica, lo que indica con precisión que no los conocían en su totalidad. Esto no nos debe extrañar pues hasta hoy no ha variado el panorama involutivo de Occidente, lo que por otra parte se debe a razones cíclicas. Se puede pensar que algo similar acontecía en el seno de las sociedades precolombinas a la llegada de los españoles, sobre todo con el grueso de la población, incluidos la mayor parte de sus líderes y jefes, aunque cabría hacer algunas distinciones entre las variadas culturas que conformaban el mapa de la América antigua. Sin embargo hay una diferencia: los sabios y altos sacerdotes indígenas parecen conocer -a través de distintos documentos se lo puede comprobar- o haber conocido hasta muy poco tiempo atrás los secretos de la vida, la cosmogonía y la deidad, mientras los religiosos cristianos -salvo honrosas excepciones en cuanto a alguna ciencia humanista o ‘clásica’- sólo aparentan ser, en el mejor de los casos, personas devotas o bien intencionadas, cuando no funcionarios de la corona, o espías fanáticos de la conversión masiva de infieles, pero nunca hombres de conocimiento en el verdadero sentido de esta palabra.12 La opinión ‘oficial’ de la Iglesia con respecto a las tradiciones precolombinas aún sigue siendo para muchos de sus prelados aquélla que las juzgaba como inspiradas en el demonio, y eran y siguen siendo para esos elementos el producto idolátrico de la más oscura ignorancia o de su cándida ingenuidad infantil. Este fanatismo cercano al desprecio absoluto por aquello que se desconoce -junto con todos los argumentos que apuntan y señalan al ejercicio del poder- explica en parte el por qué de la extinción casi total de la sabiduría que creó no sólo los grandes monumentos y obras de arte que hoy nos asombran, sino también y fundamentalmente su modelo cosmogónico, sus calendarios astronómicos y rituales, las escrituras jeroglíficas, simbólicas e ideogramáticas; o sea, las estructuras de pensamiento que hicieron florecer la vida en el seno de esas culturas. La pérdida resulta desoladora y esto se nota mucho más aun cuando se alcanza a comprender a través de los fragmentos que han llegado hasta nosotros la magnitud y la calidad de estas civilizaciones tradicionales equiparables a las más sabias y refinadas del mundo entero pero con ciertas formas y originalidades tan sutiles y elaboradas en algunos casos, y tan sorprendentes en otros, que no se las puede hallar en ninguna otra parte. Quien se haya dejado fascinar por la atmósfera y la belleza de las civilizaciones precolombinas podrá comprender con claridad a qué nos estamos refiriendo. Daremos un sencillo ejemplo de originalidad apenas emulado por la mitología griega. Se trata en este caso de los mitos mayas de la creación, los que se expresan de manera notoriamente humorística,13 pero con una comicidad áspera y gruesa, cuando no grotesca y sangrienta. Pues toda gestación -la del sol, la del hombre, la del maíz- parecería ser el fruto del engaño, la burla, la dificultad, la contradicción, el castigo o la venganza, expresados de una forma casi tan cínica y sardónica como desenfadada que, por cruda, pudiera parecer chocante. El sacrificio y el crimen ritual y la constante contradicción de los opuestos se contraponen en una astuta danza de ritmos encontrados, descabellada y desopilante, en la que domina la presencia permanente de lo discontinuo, lo intempestivo y lo absurdo, de lo absolutamente paradójico e irreal y donde el único elemento constante es la transformación de los seres y la mutación de las formas que aparecen y desaparecen, mueren y nacen y participan de una misma sustancia universal. Esta descripción de los orígenes, (es decir la forma que toma para ellos cualquier concepción) tiene en su base algo absolutamente extraordinario, asombroso, desproporcionado, tal vez monstruoso y por cierto sagrado, que despierta -como reacción inmediata de atracción y rechazo- la hilaridad y provoca la carcajada como una manera de evocación del hecho asombroso o divino, del tiempo atemporal, llamando así al hado mediante la exaltación, el regocijo desmesurado -capaz de producir un estado análogo al del tiempo mítico-, las chanzas, fiestas y libaciones rituales.14 Tal vez sea necesario realizar un esfuerzo psicológico cada vez que nos encontremos con ejemplos como éste en nuestra investigación del mundo precolombino y en general en todos los estudios universales referidos a símbolos, mitos y ritos, pues éstos, como manifestación de lo sagrado son bien distintos de lo que el hombre ordinario pretende o imagina. Si no se efectúa este trabajo y no somos capaces al menos de variar nuestra perspectiva, de cambiar el punto de vista respecto a la comprensión de estas expresiones, ellas nos parecerán burda y simplona ignorancia llena de superstición de acuerdo a patrones y programaciones donde la deidad, lo sagrado, es vinculado estrechamente con la pompa, la solemnidad, lo ‘sublime’, las maneras exteriores y la higiene, cuando no con una pretendida austeridad egoísta y seca, no creativa, o una actividad devota y moralista.

NOTAS
1 Llama la atención la identidad entre el nombre hebreo Adam = rojo, y el color racial que se atribuían a sí mismos los habitantes de América, el que por otra parte es igual al otorgado a los habitantes de la Atlántida.
2 Aún en el siglo XIX, el presbítero D. Juarros apoyándose en la autoridad de F. de Fuentes y Guzmán, nos dice en su Compendio de la Historia del Reino de Guatemala: “los citados Toltecas eran de la casa de Israel, y que el gran profeta Moisés los sacó del cautiverio en que los tenia Faraón…” Tratado IV, Capítulo 1. Editorial Piedra Santa. Guatemala, 1981. Incluso los sabios indígenas seguramente comprendiendo lo arquetípico y simbólico que expresan las ‘genealogías’ han llegado a decir: “Somos los nietos de los abuelos Abraham, Isaac y Jacob, que así se llamaban. Somos además los de Israel.” Historia de los Xpantzay de Tecpan (ver Recinos, su traductor, en Bibliografía)
3 Cuando nos referimos a tradición precolombina estamos sin duda generalizando pues en verdad nos referimos a numerosas culturas más o menos independientes -como sus lenguas- distribuidas a lo largo y lo ancho de América, las que sin embargo guardan una evidente relación entre sí, lo que nos permite tratarlas de manera conjunta. Volveremos más adelante sobre el tema.
4 Para los talarnancas de Costa Rica, Sibú, un niño-dios, nace de una mujer embarazada por el viento.
5 También lo hacían en otras fiestas con las efigies de Tezcatlipoca (según Motolinía) y de otras deidades.
6 Son conocidos los sacrificios humanos en honor a Varuna en un pueblo de innegable religiosidad como es el hindú.
7 El Inca Garcilaso de la Vega nos advierte con respecto a las ‘historias’ de sus antepasados: “El que las leyere podrá cotejarlas a su gusto, que muchas hallará semejantes a las antiguas, así de la Santa Escritura como de las profanas y fábulas de gentilidad antigua”. (Comentarios Reales, Primera Parte, Capítulo Quinto). Este comentario adquiere particular interés si se piensa que el cronista, mestizo, hijo de hidalgo español y princesa peruana conoció en su infancia y adolescencia el mundo indígena de forma directa recibiendo una doble educación y pasando luego a residir en España y otros lugares de Europa como ‘hombre culto’ entre los de su tiempo.
8 El último de estos grandes cambios es para Platón la desaparición de la Atlántida, situada precisamente en el océano que toma de ella su nombre -el cual separa al Viejo del Nuevo Mundo-, “más allá de las columnas de Hércules”, lo que parecería ser un denominador común a la mayoría de las tradiciones históricas, aunque muy remoto en el tiempo. Hasta fines del siglo XIX y comienzos de éste ha subsistido la teoría de un origen Atlántico para los indios americanos. (Ver Marcos E. Becerra, Por la Ruta de la Atlántida). En los siglos XVI y XVII esta tesis era común según lo testifica la bibliografía, (ver por ejemplo: Origen de los indios del Nuevo Mundo de Fray Diego García, libro IV, capítulo VI, Crónica de la Nueva España de Francisco Fernández de Salazar, Libro I capítulo 2, donde se cita también a Agustín de Zárate y una obra suya sobre el descubrimiento y conquista del Perú, etc.), así como la comparación de los númenes, símbolos y ritos precolombinos con las deidades y mitos greco-romanos y religiones abrahámicas. El Renacimiento e incluso el post-renacimiento estaban demasiado cerca aún de lo tradicional como para mofarse o tildar de fantasías a cosas que fueron aceptadas durante siglos por la gente más sabia y culta de la época como lo era la existencia de la Atlántida o la correspondencia y equivalencia entre diferentes dioses de diversos panteones y culturas. Sólo con el racionalismo, el evolucionismo, y finalmente el positivismo, estas ideas son tomadas como anticuadas y objeto de escarnio. Para que no haya confusión, desde ya, el autor declara que el punto de vista en que se ubica no es afectado de ninguna manera por estos tres ‘ismos’ filosóficos que desembocan el uno en el otro de modo natural e histórico, complementándose, y a los que considera los promotores de la vertiginosa caída de la sociedad contemporánea. El racionalismo establece una división tajante e ilusoria entre el cuerpo y el alma y aísla a la mente de su contexto. A partir de él todo es dual: adentro y afuera. El evolucionismo es pura ciencia ficción. Las especies son fijas y la idea de progreso indefinido, un escapismo como cualquier otro. El positivismo hace cada vez más empírico al método de conocer y ‘materializa’ y solidifica más que nunca las búsquedas del pensamiento, la ciencia y el arte.
9 Tal vez pudiera decirse -no sin pretensión- que el trabajo del simbólogo comienza cuando el del historiador de las religiones finaliza.
10 Una tradición -viva o muerta- no es patrimonio de un país o grupo. Como forma parte de la Tradición Primordial y Unánime es patrimonio del hombre, de la humanidad. Y esto se encuentra dado por su propio carácter, su universalidad conceptual.
11 Aun la sociedad contemporánea en su involución pretende ordenar una serie de acontecimientos empíricos con este fin aunque su enorme soberbia la ha llevado a construir una auténtica torre de Babel. Una cárcel donde sus moradores están sujetos al terror y donde sistemáticamente se los tortura.
12 Los americanos eran más ‘primitivos’ como afortunadamente lo habían sido los griegos órficos con respecto a los ‘clásicos’. Los hispanos habían perdido el nivel espiritual e intelectual acuñado durante el reinado de Alfonso el Sabio, que hizo de Toledo la Jerusalén de Occidente.
13 También entre otras varias culturas norteamericanas, mesoamericanas y sudamericanas.
14 En la relación que hace el licenciado Gómez Palacio sobre La Provincia de Guatemala, las costumbres de los indios y otras cosas notables puede leerse lo siguiente: “Si se emborrachaban y bebían con exceso estas gentes, no lo hacían tanto por vicio, cuando por que en esto creían que hacían un gran servicio a Dios, y así el principal que se emborrachaba más era el Rey y los Señores principales. Otros no se emborrachaban pero no era porque ellos fuesen de menos valer, sino porque ellos habían de gobernar la tierra y Proveer en los negocios del Reino, mientras que el rey estaba ocupado en aquella Religión y se emborrachaba”.

CAPITULO III LOS SIMBOLOS, LOS MITOS Y LOS RITOS
Debemos hacer algunas precisiones acerca de lo que el símbolo es para la Simbología y por lo tanto lo que ésta estudia y expresa, como asimismo dar una idea de lo que es un conjunto de símbolos en acción, es decir el mundo del símbolo tal como es vivido por una sociedad tradicional o arcaica en la que tanto el símbolo como el mito y sobre todo el rito -que abarca el total de las acciones cotidianas aún está vigente y es comprendido en su significación esencial como vinculación directa con lo sagrado y no como convención, alegoría o metáfora, o sea como algo vago que está fuera del ser. Para las sociedades tradicionales y primitivas el símbolo constituye -y toda expresión o manifestación, ya sea macro o microcósmica, es simbólica- una señal real que se produce dentro de un conjunto de señales igualmente vivas que se entrelazan y relacionan entre sí a través de la pluralidad de sus significados, conformando un lenguaje o código cifrado propio y revelador con el que además cohesionan a la comunidad en que se manifiestan.
Esto se debe a que tanto el símbolo como el mito o el rito son el puente entre una realidad sensible, perceptible y cognoscible a simple vista y el misterio de su auténtica y oculta naturaleza que es su origen. Ya que ellos son una expresión que se revela al manifestarse, estableciendo de manera efectiva el vínculo entre lo conocido y lo desconocido, entre un plano de la realidad que se percibe ordinariamente y los principios invisibles que le han dado lugar, lo que por otra parte constituye su razón de ser como tales, la que ellos testimonian al transformarse en vehículos. Esto inmediatamente les otorga un carácter sagrado -tabuado, si se quiere- en cuanto expresión directa de los principios, las fuerzas y las energías originales, de las cuales ellos son los mensajeros.1

Va de suyo que la idea que se tiene del símbolo en la sociedad contemporánea es muy otra y esto se debe a que ya no se le conoce, o sencillamente se lo utiliza como simple convención y en algunos casos apenas si se le otorga un valor sustitutivo o como probable, sinónimo de lo que tal vez pudiera llegar a ser, es decir, de algo alegórico e incompleto que necesitara de una traducción racional y de una interpretación lógica o analítica para poder ser comprendido. Lo que equivale a decir que ya no es tomado inequívocamente como emisario de una energía-fuerza sino que es encarado como un objeto independiente de su medio que debe ser considerado empíricamente en el laboratorio de la mente, tal la extrañeza y la desconfianza que produce. Aunque es muy frecuente también -casi la norma- que ni siquiera se advierta a los símbolos, o que simplemente se los pase por alto como si estos no existieran porque no los notamos o los consumimos, o no tuviesen ningún valor porque se los desconoce y se ignoran sus significados. Esto se debe a que una sociedad como la nuestra, orgullosamente desacralizada, que ha roto su conexión con los orígenes y la idea de un plano superior a la simple materia o a la comprobación física-empírica, no lo acepta -salvo a veces en sus aspectos psicológicos más elementales-, por lo que el símbolo como mediador entre dos realidades -o planos de la realidad- carece de sentido en un esquema de este tipo, y su comprensión queda limitada a la versión que hace de él una oscura señal casi insignificante que no indica sino algo igualmente no-significativo o relativo. El mundo es entonces una masa gris que deviene, una multiplicación horizontal de gestos indefinidos que se realizan en forma mecánica, casi sin que lo queramos, y que nada dice a nadie en razón de la autocensura que trae aparejado el entrenamiento que la sociedad contemporánea nos otorga. Puesto que utilizando estos modelos de pensamiento todo queda fuera de nosotros y nos es ajeno ya que la vía simbólica de comunicación se ha interrumpido y entonces los símbolos, los mitos y los ritos se presentan como diferentes a nosotros mismos, en tanto que objetos estáticos a los que atribuimos determinadas características formales o exteriores, exclusivamente literales y cuantitativas, negando de este modo su potencia generadora, su identidad de sujetos dinámicos -lo que es lo mismo que decir su razón de ser- por lo que lógicamente nos parecen falsos e improbables, tan dispuestos al cambio como las insignias, o tan superados -según nuestra ignorancia supone como la observación de los ciclos de la luna, el sol y las estrellas y todo aquello en que la antigüedad ponía empeño, en las ‘edades oscuras’ en las que aún no se había inventado el progreso.

Algo se interpone actualmente entre nosotros y el símbolo, como también entre nosotros y la realidad. El individualismo nos ha separado de nuestro contexto al punto de que constantemente hay un espacio entre lo que es y nosotros, entre el ser y la otridad. Este espacio nos garantiza a los modemos la idea de poseer una ‘personalidad’ con la que nos identificamos, la que nos hace así extranjeros a nosotros mismos y a nuestro contexto al obligarnos a aceptar esta forma de ver tan comprometida con el condicionamiento en que nacemos y vivimos y del que actuamos como cómplices ya que nadie sino los damnificados somos los que mantenemos impuestos estos valores en el campo de nuestra conciencia. El resultado de esta separación es la angustia y el deseo, la soledad y la desintegración, puesto que la cohesión que garantizan los símbolos, su función mediadora, no es reconocida, ha sido olvidada, o peor aún, es tergiversada por nuestra comprensión actual que nos hace ver la realidad del mundo como exterior y hostil, tan extraña como indiferente. Algo tan frío, lejano y vacío de contenido como nosotros mismos, cuando en verdad se trata de un universo integrado perfectamente en la armonía de sus partes y correspondencias, que expresa una realidad no escindida ni fragmentaria, un organismo gigantesco que nos incluye en el torrente sanguíneo de su vida cósmica, al que solemos contemplar como algo atroz o curioso sin relacionarlo inmediatamente con nuestro ser; en el mejor de los casos como algo simpático observado desde la vereda de enfrente.

Para la Simbólica, el símbolo, el mito y el rito testimonian activamente a nivel sensible las energías que los han conformado. Por ese motivo debe haber una correlatividad muy precisa entre el símbolo, el mito y el rito y lo que éstos manifiestan, sin lo cual no expresarían nada. Esta correspondencia entre idea y forma (no en el sentido escolástico sino actual de este último término), esencia y substancia, inmanifestación y manifestación, hacen del símbolo la unidad precisa para religar dos naturalezas opuestas, que encuentran en el cuerpo simbólico -en cuanto sujeto dinámico y objeto estático- su complementariedad. Por otro lado y como bien se dice: lo menor es símbolo de lo mayor y no a la inversa.

Y se hace esta aclaración referida especialmente a la posibilidad de comprensión cabal del pensamiento de una sociedad tradicional -la precolombina- que reconoce al símbolo como el lenguaje universal que ha sido capaz de fecundarla y darle vida. En este sentido los símbolos han creado a las sociedades y no éstas a sus símbolos -sin olvidar la interacción mutua-, pues ellos están entretejidos en la trama misma de la vida y el hombre.

En cierto aspecto no hay nada fuera del símbolo -como tampoco del cosmos- ya que éste expresa la totalidad de lo posible en cuanto todas las cosas son significativas y ellas reflejan lo inmanifestado mediante lo manifestado. Por lo que a los símbolos y a los mitos no es necesario inventarlos, ya están dados, son eternos y ellos se revelan al hombre, o mejor, en el hombre. El cual simboliza en sí al cosmos en pequeño sin pretender que el macrocosmos lo esté simbolizando específicamente a él. Los héroes civilizadores, reveladores y salvadores como Quetzalcóatl o Viracocha, no son seres humanos que como tales y gracias a sus méritos se hayan deificado o convertido en astros, sino que por el contrario, son dioses o estrellas que -como los hombres- han caído del firmamento y deben recorrer el inframundo y morir por el autosacrificio para renacer a su verdadera identidad y ocupar su auténtico lugar en el cielo que, además, es su origen. Para las culturas precolombinas este rito universal es ejemplificado en la bóveda celeste por el Sol, la Luna y Venus en particular -y todos los planetas y estrellas en general- y por sus ciclos de aparición y desaparición, muerte y resurrección, de los que la tierra y el ser humano dependen, ya que han visto en ellos la manifestación más alta de los modelos o arquetipos universales y eternos en los que fundamentaron su cosmogonía. Las leyes de la analogía y la correspondencia se basan en la interrelación de un plano menor y conocido y otro mayor y desconocido. Lo conocido simboliza a lo desconocido y éste jamás puede ser un símbolo de aquél.

Una sociedad tradicional y/o arcaica adopta el punto de vista de la unidad, lo hace suyo, puesto que de ella emanan todas las cosas: la vida, el sustento y la cultura, mientras que la sociedad moderna acepta el de la multiplicidad, el de la individualidad fragmentada y autosuficiente que progrede indefinidamente por el juego de su dialéctica. El primer enfoque es sintético, el segundo analítico. El tradicional tiende a la simultaneidad, a la visión concéntrica, el otro a la sucesión, a la inmensa minucia. La perspectiva moderna está construida con la lógica del racionalismo; contrariamente la antigüedad ordenaba su visión del mundo por medio de la analogía y sus mecanismos de asociación. La correspondencia entre los fenómenos, seres y cosas resulta entonces natural puesto que ellos simbolizan distintos aspectos de los principios universales que los han generado. Nada de casual hay en un mundo así porque todo adquiere su sentido en el conjunto y el hombre acata una voluntad superior que analógicamente se le revela en el interior de su conciencia. Y es en virtud de esta complementariedad que todas las cosas, los fenómenos y los seres, se buscan y corresponden, se atraen y se rechazan, pero no se excluyen. Hacen la guerra o viven en paz, pero tienen un sentido armónico que imita el ritmo del aspir y el expir universales.

Los parentescos entre las cosas resultan así evidentes y ellas vibran a la misma frecuencia y han sido generadas por una matriz única, y las formas, los colores y todas las cualidades o diferenciaciones posibles sólo son modalidades de una misma onda sujeta a idénticos principios, expresados en la totalidad del concierto cósmico. Lo similar atrae lo similar y se funde y se conjuga con él. Y los opuestos no se eliminan porque hay un punto de equilibrio común -que no es ni lo uno ni lo otro, ni esto ni aquello- en donde todas las cosas coinciden, aun para volver a oponerse y retornar a complementarse. Esto no quita la responsabilidad individual porque es en el interior del corazón del ser humano -como protagonista del drama cósmico- y no fuera, donde se produce e igualmente se comprende este hecho, y es por tanto en ese corazón donde se concilian las contradicciones. En cierto modo la vida entera depende de ese hombre que así toma conciencia de su ser y de su verdadera responsabilidad como símbolo intermediario entre la tierra y el cielo. Entonces y bajo esta luz las cosas de su entorno estarán sacralizadas y él mismo emulará las cualidades de los dioses, encarnará los principios universales con los que sincroniza en simultaneidad.

En una sociedad así las cosas no suceden linealmente en forma prevista sino que todos los días son el primero de la creación y todo está tan vivo que puede suceder cualquier cosa en cualquier momento. El hombre no imagina ni proyecta lo que vendrá sino que vivencia constantemente la eternidad del presente. Para el pensamiento precolombino el cosmos y la vida se están creando ahora mismo, no son un hecho histórico, y se participa activamente en esa generación. Por cierto, la existencia vista de este modo es un riesgo y sin duda una aventura permanente y no es extraño entonces que se conciba como un momento de paso y un lugar de transformación, como un sueño del que hay que despertar. El tiempo no ha sucedido antes ni sucederá después porque siempre está sucediendo, constantemente es presente, y abarca la totalidad del espacio, donde se expresa siempre como algo sobrenatural cargado de energías constructivas y destructoras representadas por númenes y cifras sagradas según puede observarse en sus calendarios. El movimiento, que es una imagen de la inmovilidad, es la huella visible que ésta deja al manifestarse, gracias a la cual podemos acceder a la eternidad de su reposo. Y es mediante las analogías, que vinculan a los símbolos, los mitos y los ritos con su origen increado, que el ser humano podrá jugar su papel y cumplir su destino en relación con las leyes y las estructuras del modelo cosmogónico, de las que hablaremos seguidamente.

NOTAS
1 En lo futuro, cuando nos refiramos al símbolo, hemos de entender también mito y rito, pues desde nuestra perspectiva estos son idénticos y cumplen exactamente la misma función reveladora. El mito, que desde luego es simbólico, manifiesta un hecho ejemplar, que por serlo, organiza la vida de los que creen y confían en él. Es más, éste constituye su íntegra creencia y por lo tanto instaura su confianza pues en cualquier sociedad tradicional es la manifestación misma de la verdad al nivel humano. Los ritos son símbolos en acción y expresan en forma directa las creencias y la cosmogonía que asimismo las historias míticas traducen. Estas tres manifestaciones complementarias revelan los secretos más profundos de la vida, el cosmos y el ser y conforman todas las imágenes posibles del hombre tradicional. Y por lo tanto su identidad.

CAPITULO IV EL CENTRO Y EL EJE
Tal vez en ninguna sociedad tradicional sea tan notoria la obsesión de simbolizar el eje y el centro como se puede observar en las antiguas culturas americanas. En todas sus manifestaciones estos símbolos están presentes expresados en los cuatro rumbos del espacio y el tiempo y en el quinto punto equidistante y central en el que se conjugan, que marca el eje vertical, la dirección alto-bajo, cielo-tierra. Nos dice Alfonso Caso: 1
“Una de las ideas fundamentales de la religión azteca consiste en agrupar a todos los seres según los puntos cardinales y la dirección central, o de abajo arriba”.
“Los cuatro hijos de la pareja divina (que representa la dirección central, arriba y abajo, es decir, el cielo y la tierra) son los regentes de las cuatro direcciones o puntos cardinales”.

“Esta idea fundamental de los cuatro puntos cardinales y de la región central, se encuentra en todas las manifestaciones religiosas del pueblo azteca y es uno de los conceptos que sin duda este pueblo recibió de las viejas culturas de Mesoamérica”.

En el Popol Vuh puede leerse:

“Grande era la descripción y el relato de cómo se acabó de formar todo el cielo y la tierra, así como fue formado y repartido en cuatro partes, cómo fue señalado y el cielo fue medido y se trajo la cuerda de medir y fue extendida en el cielo y en la tierra, en los cuatro ángulos, en los cuatro rincones”.

Para los mayas el mundo era una superficie plana y cuadrada, un cocodrilo o iguana que flotaba en un lago, al igual que el Cipactli de los aztecas, el dragón chino, o la tortuga mítica de los iroquíes norteamericanos y también de los hindúes y muchos otros pueblos tradicionales. En el centro de la tierra, que era una isla, crecía un inmenso árbol, una ceiba, como símbolo axial y en cada una de las esquinas de este cuadro había asimismo un árbol más pequeño en el que moraba un pájaro. Fray Diego de Landa comenta:

“Adoraban cuatro llamados Bacabs cada uno de ellos. Estos, decían, eran cuatro hermanos a los cuales puso Dios cuando creó el mundo, a las cuatro partes de él sustentando el cielo (para que) no se cayese”.2

En el mito de la fundación del imperio Inca, una pareja ancestral, Manco Capac y Mama Ocllo, después de un intenso viaje, una peregrinación auspiciada por el sol quien les había regalado un bastón de oro -símbolo del eje- consiguen hundirlo sin dificultad en un lugar mágico y preciso en donde según el astro debían detenerse pues ese sería su centro, el sitio donde fundar y desarrollar su imperio. La señal se había producido y ella mostraba la conjunción de cielo y tierra dada por la verticalidad del bastón como factor masculino y la receptividad horizontal de la tierra como componente femenino. En aquel lugar mítico que según ciertas leyendas resultó ser el Cuzco se manifestó pues la confluencia de dos energías sin contradicción -como se había profetizado- produciéndose la reconciliación de opuestos que hizo posible la irrupción de la energía celeste, divina, axial, en forma de efluvios que mediante la labor de este pueblo, heredero del sol, se podrían extender en las cuatro direcciones del espacio y en la totalidad del tiempo cíclico, marcado este último también por el cuaternario de las estaciones en el año o el de las grandes eras del mundo -a las que asimismo se asociaba con los cuatro estados de la materia- o el de las horas del día.3 En la fundación de México Tenochtitlan el simbolismo no es menos evidente. Nuevamente una isla -símbolo como el del omphalos universalmente utilizado para marcar el centro- donde se encuentran una piedra y un nopal -que como la montaña y el árbol son expresiones del eje- y sobre ellos un águila y una serpiente (o dos corrientes de energía cósmica manifestándose por dos fuentes de agua, una de color rojo, otra azul, expresiones ambas de la dualidad y de la complementariedad de los contrarios) que son las señales que buscan durante años dirigidos por su deidad, Huitzilopochtli, imagen guerrera y solar. Allí encuentran su centro, su ubicación, y a partir de él es que han de crear su nación, cumplir su destino como pueblo y como hombres, en la totalidad del espacio y el tiempo que desde ese momento se ordenan y sacralizan, es decir existen verdaderamente, pueden ser considerados como tales. Miguel Léon Portilla dice: 4

“Huitzilopochtli para mostrar su complacencia, habló a sus sacerdotes. Les hizo saber cómo su destino suponía que se extendieran por los cuatro cuadrantes del mundo, precisamente a partir del corazón de la futura ciudad, desde allí donde habían levantado su templo, espacio sagrado por excelencia. Aunque en cierto modo toda Tenochtitlan nace y existe en espacio sagrado, ello es sobremanera en lo que toca al recinto del templo mayor”.
“El tiempo primigenio -ab origine, illo tempore- en que su nueva existencia transcurre, desde la manifestación del dios portentoso se desenvolverá en una secuencia que culminará en el espacio sagrado, en la región de, los lagos”.

Efectivamente esto es así en perfecta correspondencia con toda civilización tradicional y fundación de las ciudades en el tiempo y el espacio sacralizado, exclusión hecha de las modernas metrópolis y su pseudo-cultura.5 Por otra parte la imagen del corazón como centro -reflejo del eje- está presente en la mayor parte, si no en todas las tradiciones conocidas y esta simbolización del centro de la ciudad como posibilidad de irrigación del organismo social, es decir, de la totalidad de ese ser, se transpone al individuo que conforma esa misma sociedad, al que se le otorga una nueva vida al iniciarse en una realidad distinta, en un tiempo y un espacio regenerados. Los indios de Estados Unidos también lo encaran de la misma manera:

“Entre las tribus sioux la cabaña sagrada donde tienen lugar las iniciaciones representa el universo. Su techo simboliza la bóveda celeste, el suelo la tierra, las cuatro paredes, las cuatro direcciones del espacio cósmico, … La Construcción de la cabaña sagrada repite, pues, la cosmogonía”.

Esta cita pertenece a Mircea Eliade, autor que se encarga también de aclaramos que:

“la experiencia del espacio sagrado hace posible la ‘fundación del mundo’… Allí donde lo sagrado se manifiesta en el espacio, lo real se desvela, el mundo viene a la existencia. Pero la irrupción de lo sagrado no se limita a proyectar un punto fijo en medio de la fluidez amorfa del espacio profano, un ‘Centro’ en el ‘Caos’; efectúa también una ruptura de nivel, abre una comunicación entre los niveles cósmicos (La Tierra y el Cielo) y hace posible el tránsito de orden ontológico, de un modo de ser a otro.”
Todo esto que efectivamente es así nos sugiere una serie de asociaciones. En primer lugar se destaca la relación eje, centro, corazón, templo, espacio sagrado, iniciación, regeneración del ser, nueva vida y realidad, etc. Esto frente al caos amorfo, indeterminación, reiteración y esclavitud cíclica, vida falsa, mundo profano, etc. Tratemos de aclarar algunos términos a la luz del conocimiento tradicional que es, precisamente, quien los emplea.

Lo Sagrado y lo Profano
Hemos visto que el eje vertical ubicado en el centro efectúa como intermediario la relación cielo-tierra, alto y bajo, y es simbolizado por el árbol, la piedra (miniatura de la montaña), el templo y específicamente en Mesoamérica por la pirámide. Le cabe al hombre ser el más alto y completo exponente de la verticalidad pues es é1 quien corona y acaba la creación, ya que conjuga en sí las energías de lo celeste y lo terrestre, y es a través de su conducto que se recrea perennemente el cosmos. Ya hemos dicho que para las civilizaciones precolombinas el mundo era un plano de base cuadrangular rodeado por el mar que en la línea del horizonte se fundía con la cúpula celeste (“las aguas celestes de la mar divina”). Por debajo de esta tierra -en algunos casos sostenida por columnas, dioses o gigantes- se encuentra el inframundo, el país de los muertos. Como ya se ha destacado se patentiza en esta concepción que los americanos pensaban lo mismo que las tradiciones del Viejo Mundo y la Antigüedad. Incluso esta asunción de la tierra como una superficie plana es sustentada prácticamente en forma unánime por los primeros padres del cristianismo: San Clemente de Alejandría, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio, Lactancio, etc., y es heredada tanto de la Tradición griega como de otras civilizaciones. En todo caso no es exclusiva, aunque si propia, es decir, autóctona. Más bien parece ser que todas las versiones conocidas de estos símbolos y mitos son adaptaciones de un mismo acontecimiento no histórico, entretejido en la trama del hombre. El número cinco que está en la base de la cosmogonía precolombina -los cuatro puntos cardinales y el centro o quintaesencia- es por definición el número del hombre, del microcosmos para la simbólica occidental y también el lugar del emperador -como mediador, gobe

tributo a la pachamama

La noche avanza. El 1 de agosto, es el día de celebración de la Pachamama. La espiritualidad de los Pueblos Andinos se manifiesta nuevamente en un grito de agradecimiento a la Madre Tierra, recreadora y dadora de vida.

La noche avanza. Mañana será 1 de agosto, día de celebración de la Pachamama. La espiritualidad de los Pueblos Andinos se manifestará nuevamente en un grito de agradecimiento a la Madre Tierra, recreadora y dadora de vida.

Desde tiempos inmemoriales, la ofrenda a la Pachamama encuentra una vez más su lugar en la memoria de los indígenas del Norte. Ésta es una de las tantas festividades indígenas que suceden desde el 21 de junio, fecha en la que se celebró Inti Raymi, la fiesta del sol.

En el interior de la percepción andina de la realidad, se distinguen ciertas dimensiones, la Pachamama es la dimensión de la Divinidad Restauradora y Recreadora de la comunidad humana.

Los indígenas andinos, en lo profundo de su espiritualidad, practican la experiencia retribuida por medio de la ritualidad, donde las ofrendas son expresiones simbólicas de contenido real y representan la intención y gratitud de la comunidad. Este es el sentido que tiene la ofrenda de la Pachamama. El término Pacha, como vocablo de los idiomas de los pueblos andinos, como el qhishwa (quechua) y el aymara, denota la totalidad del tiempo y el espacio universal; expresa y significa la totalidad de la existencia de la vida. Y el término Mama, denota y significa el sentido de ser Madre. En este sentido, se debe comprender la expresión Pachamama como referente a la Madre de toda la existencia vital y universal, expresándose por medio de la Tierra. Es así como la tierra se convierte en el lugar por excelencia del ser, estar y de su acto de dar vida a la Pachamama.

Ya Garcilaso de la Vega en “Los comentarios reales de los Incas” atribuía a Pachacamac, el eterno, el creador del cielo y la tierra, el culto que en el viejo Tucumanao se rendía a Pachamama en las apachetas, esos montículos de piedras y otras ofrendas que dejaban los viajeros en honor a la divinidad. Garcilazo comentaba: “Los pueblos andinos, agrícolas especialmente, por necesidad de vida, debieron tener siempre un culto especial por la tierra proficua, por la montaña siempre misteriosa y maternal, que vertía sus torrentes en los valles y atesoraba sus reservas de agua, de oro, de plata y cobre”.

Así, el incansable indígena de los Andes ofrendaba a la madre tierra con su acullico (bocado de hojas de coca), con alcohol, con tabaco, con alimentos para la buenaventura de la travesía a través de la montaña. La Pachamama, era así entendida como la Madre de los Cerros, misterio creador de la fuerza que anima la vida andina, que auspicia el viaje, que ayuda a vivir y a morir, a amar y a olvidar.

Ofrendar a la Pacha

El 1° de agosto, se celebra la corpachada para la Pachamama, ese dar hospitalidad, ofrecer. La celebración comienza el día anterior con el hilado del hilo zurdo, hilado al revés que le otorga un sentido mágico y propiciatorio. Se junta la basura que será quemada al amanecer para limpiar la tierra. A medianoche se toma té de ruda y se pone el hilo zurdo cruzado en la muñeca derecha y el tobillo izquierdo, pasándolo antes por un ajo.

Durante la mañana se sahuma (ahumar) toda la casa con chacha, copa, incienso, hierba buena, romero, alucema o yerba quemada con azúcar para purificarla. La gran ceremonia se prepara para el mediodía. Para esto anticipadamente se elaboraron comidas para ofrendar a la tierra. Se excava un hoyo en algún lugar de la casa ó en el centro del corral o se destapa el del año anterior. Se forma un círculo alrededor y uno a no van depositando sus hojas de coca, un poco de ulpada, las comidas y los cigarrillos encendidos son clavados en el borde. Entre las voces que se multiplican alrededor de la corpachada de ofrenda a la Pachamama se escucha: “Pachamama, santa tierra no me comas, todavía soy joven y puedo dejar semilla”, “Pachamama, devolvéme el doble de lo que te doy!”, “Pachamama, santa tierra Kusiya, kusiya! Vicuña cuay, Amá mi naicho, Kusiya, kuisya!”. Antiguo verso quechua-castellano, que se traduce literalmente: “Pachamama, santa tierra ¡Haz que nos vaya bien! Danos vicuñas y no nos las mezquines. Danos fortuna y no nos hagas enfermar. ¡Haz que nos vaya bien!”. Finalmente se tapa el hoyo que encierra tanta esperanza y cada uno regresa a su lucha cotidiana, quedándose tan sólo un momento a celebrar a la

Madre Tierra.

Según la tradición aymara, durante agosto la Pachamama se encuentra con la boca abierta porque tiene hambre, en esta época se prepara la tierra para el tiempo de cosecha, y es preciso agradecer a la Madre Tierra su prosperidad.

Según el amauta (sabio) Antonio Espinoza de la Organización “Proyecto Cultural Wiñay Marka” existen tres formas de realizar estas ceremonias, la primera y la más sencilla es la q’uwachada o el saumerio en la que se quema incienso en la braza para la alajpacha (mundo galáctico), el viento lo sube y se lo lleva, después se pone a la misma braza el copal (mineral), que es para la Pachamama.

Otra ceremonia es la wajt’a, que consiste en quemar mesas llenas de objetos simbólicos, preparadas de acuerdo al pedido que se haga..

La wilancha es la tercera forma, ésta únicamente se la practica cuando se trata de grandes organizaciones o instituciones, porque aquí ya se habla de un sacrificio animal.

Lo cierto es que la celebración y la ofrenda a la Pacha no mantiene reglas establecidas, su importancia radica en reactualizar el valor de la tierra y la profunda identidad de los pueblos que anclan su vida en ella.

Tradiciones de la Pacha

Entre las profundas creencias relacionadas con la Pachamama, deidad protectora y dadora de vida, encontramos que durante el mes de agosto, hay que hacer una cruz antes de sentarse en el suelo y no tomar mucho sol, porque la tierra está abierta, hambrienta y te puede llevar. En la montaña, durante todo el año, se hace una cruz antes de sentarse, para que la tierra no te coma.

Cuando no se hizo la ofrenda, la tierra se lo cobra de alguna manera, ya que “el agua puede venir despareja cuando se olvidaron de hospedarla”.

A los cazadores y mineros abusivos, la Pacha los castiga de variadas y tortuosas formas por su inclemencia. Antes de tomar vino u otra bebida, hay que darle un trago a la tierra:, diciendo: “para vos Pachamama”.

En la cosmogonía indígena andina, la lluvia es macho y la Pacha es hembra, es por eso que las semillas se empreñan cuando llueve.

La Pacha en la ciudad

Pedro Moreira es un indígena de la etnia Quechua Aymara, que hace más de 30 años vive en la gran city, Buenos Aires. En el departamento de San Miguel tiene una biblioteca sobre la temática aborigen, “Inti Huasi”. Allí también desde el `93 festeja en el barrio a la Pachamama, invitando a todas las almas que tengan algo que agradecer. La fiesta de San Miguel tiene un sentido más abierto, en comparación con algunos indígenas andinos al Norte, que todavía mantienen un sello de clausura en esta festividad para el hombre blanco, como signo de los 500 años de opresión.
Pedro destaca: “En la ceremonia de la Pachamama que nosotros hacemos queremos que prevalezca la espiritualidad que cada uno pone, no importa quien sea, lo que pretendemos es que se haga con honestidad”. Pedro, que ha nacido en un pueblito cercano a la Quiaca, deja oír su voz, diciendo: “La ofrenda a la Madre Tierra es una forma de hacer una critica a esta sociedad que esta descuidada de la tierra. En estos últimos tiempos no se entiende como una sociedad que aparentemente es culta y civilizada está destruyendo algo tan vital como la Tierra”.

El sentir de Pedro se esparce en el aire en que se recuenta su relato. “Yo empecé a festejar a la Pacha cuando murió mi madre, antes no le daba mucha importancia. Su muerte marcó algo en mí, la necesidad de tenerla más cerca, de recrear aquello que ella me había enseñado, aquello en lo que había creído”.

La Pacha de San Miguel es una gran comida comunitaria, donde cada vecino pone un poco y agradece otro tanto. “En nuestro caso la fiesta es totalmente abierta, respetando siempre su enorme valor sagrado y espiritual. En algunas oportunidades vinieron los indígenas Toba de Derqui y ahora, con el paso del tiempo, ellos ya los festejan en su comunidad, y ese es el objetivo: que cada uno pueda hacerlo con su gente. No somos los andinos los únicos que podemos ofrendar, no somos quienes para no permitir a quien hacer o no, solamente tiene que sentirlo como verdadero. No somos nadie para negar la ofrenda a la madre tierra”, expresa Pedro.

El bibliotecario de San Miguel piensa que recrear las raíces de la tierra debe ser una opción de vida para todos, en un principio quizás “a la salida del sol nosotros lo saludamos en nuestra lengua, pero el sol sale para todos, indígena o no indígena”.

Desde la ladera montañosa baja un rumor: “Para Pachamama, deidad desconocida y bien amada, que tiene su refugio en las grutas ignotas de la sierra, entre música de quenas invisibles y tibiezas inefables; para Pachamama dueña y señora de los picachos y de los pastos, de las bestias y de los hombres, la que se enoja en los temblores, la que protesta en el rodar de los truenos, la que extravía al hurgador que ofende la tierra buscando oro, estaño y plomo”… para la Pacha del tiempo y la tierra esta plegaria.

Endepa

Eco Sitio 2002 – 2004

Última modificación: 04 de Marzo de 2004

Chiapas alerta

De: sietevientos (Mensaje original) Enviado: 23/01/2004 02:15 p.m.
ESTO VA DIRIGIDO A TODOS AQUELLOS QUE NO CREEN EN LO QUE SE PUBLICA EN LOS PERIODICOS, A AQUELLOS QUE ODIAN LA INJUSTICIA Y A AQUELLOS QUE ESTAN DISPUESTOS A AYUDAR:
LA SELVA CHIAPANECA ( MONTES AZULES ) EN LA ACTUALIDAD ESTA SIENDO EXPUESTA A LA MAYOR PRESION ECOLOGICA EN MUCHO TIEMPO, ESTA SIENDO DEVASTADA POR INTERESES AJENOS AL PAIS. ESTAN TERMINANDO CON LA FLORA, FAUNA Y AMENAZAN CON DESALOJAR A SUS HABITANTES INDIGENAS. A ESTA HERMOSA SELVA LA HAN CONSIDERADO UN PUNTO
ESTRATEGICO PARA LA EXPANSION DE DOS GRANDES FIRMAS INTERNACIONALES COMO SON TOYOTA Y PULSAR; QUIENES JUNTO CON EL GOBIERNO FEDERAL ESTATAL MEXICANO Y ALGUNAS ONG’S BUSCAN EXPLOTAR LOS RECURSOS DE MANERA NO SUSTENTABLE, O SEA:
“QUIEREN CONSTRUIR UN COMPLEJO ECOTURISTICO DE PRIMER MUNDO JUSTO EN EL CORAZON DE ESTA MARAVILLOSA SELVA, QUE ALBERGA COMO TODOS SABEMOS A MILES DE ESPECIES DE FLORA Y FAUNA ( COMO POR EJEMPLO LOS CASI EXTINTOS QUETZAL Y JAGUAR MEXICANOS ). ALGUNAS DE LAS ACCIONES
QUE HAN TOMADO ESTAS FIRMAS, HAN IDO DESDE TRAZAR
SENDEROS DE DEPORTE EXTREMO, TALA DE MILES DE ARBOLES HASTA LA AGRESION FISICA Y MORAL EN CONTRA DE LOS HABITANTES DE MONTES AZULES.
ESTE ES UN LLAMADO DESESPERADO A TODOS AQUELLOS INTERESADOS EN LOS PUEBLOS INDIGENAS Y EL MEDIO AMBIENTE, NECESITAMOS INFORMAR SOBRE LA SITUACION. EN LOS MEDIOS DE COMUNICACION SE HA MANEJADO COMO “CONFLICTO ENTRE LACANDONES Y MONTES AZULES “, PÈRO LA
REALIDAD ES QUE LOS QUIEREN SACAR DE SUS TIERRAS PARA ENTONCEs COMENZAR LAS CONSTRUCCIONES DE HOTELES, RESTAURANTES E INSTALACIONES DE ECOTURISMO. ESTE SERA UNO DE LOS ECOCIDIOS MAS GRANDES DE TODOS LOS TIEMPOS, ESTAS PERSONAS BUSCAN SOLO INTERESES
ECONOMICOS Y NO ESTAN MIDIENDO LAS CONSECUENCIAS DEL IMPACTO AMBIENTAL, SOCIAL, Y CULTURAL QUE ESTO SIGNIFICA. POR SUPUESTO QUE NO SE NOS INFORMARA AL RESPECTO TAL Y COMO SON LAS COSAS PORQUE SI EL PAIS ESTUVIERA INFORMADO ANTES, SEGURO QUE NO LES SERIA TAN FACIL, VERDAD?.
LLEGARAN CON GRANDES CAMIONETAS A COMPACTAR EL SUELO, HACER ESCANDALO, MATAR ANIMALES, PLANTAS Y CONTAMINAR UN LUGAR AL QUE SOLO SE DEBERIA ACCESAR CAMINANDO PARA IMPACTAR LO MENOS POSIBLE,NO CREEN?
ELLOS ACABARAN CON LO QUE A LA NATURALEZA LE HA TOMADO MUCHO TIEMPO CREAR.
POR FAVOR, NECESITAMOS SU AYUDA URGENTEMENTE, ENVIEN ESTA INFORMACION A TODOS SUS CONOCIDOS, A TODOS AQUELLOS QUE LA PUEDAN DIFUNDIR.
NO LES PARECE QUE SI HAY TIEMPO PARA ENVIAR IMAGENES Y CHISTES A SUS AMIGOS TAMBIEN LO HAY PARA HACER UNA LABOR QUE A TODOS NOS CONCIERNE?
SOMOS MUY POCOS LOS QUE SABEMOS LA VERDAD Y ESTAMOS LUCHANDO POR LA CAUSA, PERO SI CADA UNO DE USTEDES PONE SU GRANITO DE ARENA ENTONCES TODO NOS SERA MAS FACIL O AL MENOS NO TAN DIFICIL. ES POSIBLE SALVAR A LA SELVA, CON SU GENTE, SUS ANIMALES Y TODA LA
VIDA QUE AHI EXISTE. NO PERMITAMOS QUE LA GENTE SIGA MURIENDO, NO PERMITAMOS QUE NUESTRAS ESPECIES ANIMALES SIGAN DESAPARECIENDO, NO DEJEMOS QUE NUESTRAS RAICES INDIGENAS SE DISPERSEN Y MUERAN. NO LES NEGUEMOS A NUESTROS HIJOS Y NIETOS LA OPORTUNIDAD DE MARAVILLARSE CON NUESTRAS BELLEZAS NATURALES Y DE VER CRIATURAS ASOMBROSAS PASEANDO POR LA SELVA.
POR FAVOR NO APOYES A LAS CONSTRUCCIONES DE CIUDADES HASTA EN LOS
RINCONES MAS VIRGENES DEL PLANETA.SI DESEAN MAS INFORMACION PUEDEN
ENTRAR A: www.uam.mx
POR FAVOR ENVIEN ESTE MAIL A LA MAYOR CANTIDAD DE GENTE POSIBLE.
” SI TODOS NOS UNIMOS Y GRITAMOS MUY FUERTE, ENTONCES MUY LEJOS
SEREMOS ESCUCHADOS”
Kin 38, Espejo Cristal Blanco

Pueblo de desesperados

    Ima enga erokuarhik´a jirierasku p´ikuaspixindi. Ka sanderu enga erokuarhikia ma iretpita iumu ekuatsi uéxurhini. Ka utaxiksï ima urhekutspiricha tiosïo ka juramutieri anapuecha intsikuni jarhani erokuarhikua, tamu ixi uandangani jarhanxi eska sesi jaxeska, indé indígena mitisti eska ima enga uandak´a eska uetarhinxinga erokuarhini jindesti ma k´uiripu enga iamindu ambé jatsikuarhika. Ima enga erokuarhika tsitakuarhu jimbokxi erokuarhti jimbó ima jatsi ambé jimbó erokuarhini, ixisti, enga ima jatsiaka , ka nani, ka nengoni, ka na jatini, ka na sesi. Joperu, jirierasku p´ikuarherakua p´amexindi enga kanikua ambé uetarhini jauaka.

Jirierasku p´ikuarherakua ojchakusïni sesi jaxi uandakua engaxi ima no t´irerpioka juchari uétarhinchakuani. Jirierasku p´ikuarherakua indígenecheri niraxati ekuani ekuantsipani uandakuechani jimbó enga petamuk´a juramuticha. Sanderu eiotspikua sanderu jurhaxindi jirierasku p´ikuarherakua.

    K´uiripu turhixecha ka “gobiernu” uandaxindixi jurhimuikua ambé ka noxi ixenchoni uadakua enga ionki uaxakatini jaka. Mapuru uandaxindi eiotspìkuani jingoni, ka tamt´u uandani nak´umindu ixi joperu no ixisïni.

    Ima “gobiernu” uandaxindi eska jiringaxaka uandotskuarhikua, tamtu no sesi niatani jarhani. Indé indígena pinaku jarhasti, no xarhataxindi no sesi p´ikuarhingakua. Januati ma ukua enga no sesi jaxioka no ima ambé no nema tsitioti. Uandaxindi ma jatspiri gobiernueri eska no jarhaska uarhiperata na imatsini no sesi kamakia 500 uéxurhini. Ka jima uerasti no sesi p´ikuarherakua. Enga chuxapoka jarhani k´arhimakua, ekuarhperakua juatecheri, mimixekuecheri, ka noxi uekuntani iretechani jimbo ima protestanticha peka no uaka jarhani uandotakuarhikua. Ka jima ueraxindi no sesi p´ikuarhingakua ka no taru jarhani erokuarhikua.

    Ixisti i uandakua nak´uxi maru k´uiripuecha no uek´i ixi exeni o iskuxi ixeni nak´u inde jurani jaki sesi jimbó.

     

El que espera desespera. Más si lleva esperando 500 años. Mientras gobiernos e iglesias venden y lucran con la esperanza, mientras esta es anunciada como regalía y consagrada como virtud, el indígena ha sabido y sabe por experiencia que el esperar lo pregona quien de todo goza. Y es que uno espera con paciencia mientras tiene con qué esperar, es decir, mientras tiene el con qué, el en dónde, el con quién, el cuándo y el cómo seguros. En cambio, la impaciencia abunda cuando la necesidad impera.

    La impaciencia nubla las razones si éstas no dan seguridad o alimentan. El derecho a la paciencia es la seguridad con que se cuenta. El derecho a la impaciencia es la carencia.

    La impaciencia étnica está yendo a la par con el verbalismo del discurso oficial. A más anuncios, más impaciencia. A mayores promesas se abraza mayor desesperanza. Tanto más confunde la realidad con los hechos el demagogo como cruda cae la realidad para el desposeído. Mientras la sociedad nacional y su gobierno basan su derecho y poder en la desmemoria, los pueblos indígenas basan la impaciencia de su derecho en la memoria de su historia. Lo que en el primero es demagogia, en los segundos es palabra encarnada, hecho real, acción potencial.

    El gobierno dice estar buscando el diálogo mientras actúa unilateralmente. El indígena disimula su impaciencia en el silencio. Al final vendrá, eso sí, la incontestabilidad de los hechos. Que no ha habido pleito porque el gobierno no ha querido, dice el Gobierno; pero si el pleito lleva ya 500 años acota la comunidad. De ahí su impaciencia. Ni el hambre, ni el despojo de tierras, ni el robo de bosques, ni la innovación cultural, ni el acoso de sectas pueden ser factores de diálogo y de paciencia. A ese tenor viene la desesperanza y el desesperado a todas va.

    Si bien las declaraciones de los cotos de poder están ahí para quien quiera verlas; también los hechos de un pueblo de desesperados no tardarán en verse, aunque no se quiera abrir los ojos.

Francisco martinez Gracian

Toda la sangre por una gota de libertad

En estos tiempos, cuando distintas disciplinas científicas vislumbran cada vez con mayor claridad las profundas raíces e implicaciones de las culturas indígenas en el origen cultural civilizada del mundo primigenia; al resto de la sociedad les produce pavor e incredulidad el observar cómo este pueblo, al que desean ver exterminado, fue durante muchos años el motor cultural de gran parte de lo que hoy son los estados de Michoacán, Jalisco, Colima, Guerrero, Guanajuato y San Luis Potosí. Quieren ver disuelta la sabiduría, que los “conquistadores” jamás pudieron llegar a acceder a la comprensión intelectual y vital de los orígenes del pueblo indígena de Michoacán.

    Los “vencedores” que escribieron parte de la historia del pueblo p’urhépecha prefieren apuntar sólo a la segunda parte de los acontecimientos, en la que a partir de las invasiones españolas a nuestro continente lingüístico y cultural fue brutalmente mutilado y reducido a esa mínima expresión que la intentaron llamarla malamente “Cultura Tarasca”. Minoración que continúa contra el pueblo cuyas reminiscencias apunta a las raíces del imperio Inca. Aquí en estas tierras este reinado se le conoció como P’urhépecha, palabra que traducido a la filosofía de los antiguos significa: viajeros de la eternidad.

    Como muchos otros pueblos indígenas de nuestro planeta, el p’urhépecha ha aprendido a ser extranjero en una tierra robada y gestionada por el invasor; ha aprendido, también, a refugiarse en el cosmos: zonas de refugio, reducto clandestino del pensamiento de los últimos supervivientes del masacrado Michoacán antiguo; ha tenido que asumir la explotación económica de un sistema que ha institucionalizado el robo como ley; en fin, se han acostumbrado a ser seres de segunda, con limitados derechos, han sido torturados, humillados y encarcelados por defender su mutilada identidad.

    Como otros pueblos indígenas, han aprendido también a luchar, inventando métodos originales de resistencia. Frente a la ocupación del territorio hemos trasladado la patria a la lengua (mucho más difícil de conquistar en términos de dominación material).

    Frente al analfabetismo impuesto a la población ha sido capaz de generar propios sistemas de aprendizaje. Frente a la alienación cultural han surgido redes autónomas de creación y comunicación cultural. Frente a la dominación económica, los p’urhépecha, pueblo comunitario, colectivista donde los haya, ha sido capaz de erigir un potente ejército de trabajo por seguir construyendo la culminación de ese viaje a la eternidad, y todo ello se realiza, según los adversarios, sobre una base que raya en la ilegalidad, ya que aquí la única legalidad es la del poder, a la que se adjudica además la categoría de única realidad. El mundo p’urhépecha, como ocurre con todas las culturas indígenas reprimidas por la soberbia y la avaricia del poder político, es, por tanto, un mundo clandestino, invisible, que “está pero no es”. Así los gobiernos, (federal, estatal y municipal), prefieren no vernos, y piensan que no existimos, resolviendo así su contradicción por la vía rápida del genocidio.

    Pues bien, el proyecto de Comunicación P’urhépecha Xiranhua (otra de las obras de ingeniería social de este pueblo singularmente creativo) es un órgano de expresión que de noviembre de 1996 a octubre de 1999, se convirtió en un “ser” real, es decir en una voz visible para el enemigo, ese mundo del pensamiento y del ser clandestino p’urépecha. Desde esta lengua milenaria, sencilla, diáfana y concisa, quizá con ecos del idioma sagrado de los Incas de Perú, que en la medida en que se habla, se escribe y se lee, desarma y alarma a nuestros enemigos, hasta las múltiples expresiones de creatividad de un mundo que se divierte, ama, lucha y trabaja, desde unas coordenadas radicalmente diferentes a las del poder dominante; todo ello se ha reflejado en este periódico y es por esto que podríamos definir a Xiranhua como el único periódico indígena de la República Mexicana, como lo dijo en su momento el premio novel de literatura Gabriel García Márquez, el periódico de un pueblo milenario, cansado de vivir en la clandestinidad y que exige el derecho a la existencia dentro de la realidad. La respuesta no ha podido ser más elocuente.

    Posee gran contenido semántico aquella famosa frase del tristemente celebre general Custer “el mejor indio, es el indio muerto”.  Profunda reflexión que confirma que les asustamos, que estamos más vivos, que somos más humanos y tenemos más futuro que su podrido sistema y su democrática violencia, y que nos necesitan, porque sin nosotros no pueden ser ellos, esfumándoseles ese sueño vaporoso que es ejercer el poder sobre México.

    Con nosotros los indígenas, sin embargo, no se puede transigir. Nuestra lucha no es sólo economista, el enfrentamiento es civilizado, no poseemos el mismo lenguaje ni la misma lógica que el poder soberbio, y por ello somos difícilmente controlables. O ellos o nosotros. Como dicen los hermanos del EZLN, “libertad o muerte”. No hay términos medios.

    Pues bien, Xiranhua ha sido vehículo de ese espíritu de la naturaleza viva, insurgente durante estos 3 años. Igual tiempo estuvo escondido, encerrado, refugiado en la selva urbana, pero el movimiento y pensamiento de los “mayores” o de los “viejos” reaccionó, se construyó nuevos proyectos, e incluso mejorando los anteriores. Y es que no pueden entender que los pueblos indígenas poseemos dos materias primas básicas que, inteligentemente explotadas, nos hacen invulnerables: el tiempo y la solidaridad intercomunitaria. ¡Xiranhua vive!

Comentarios y sugerencias a : xiranhua@hotmail.com

CARACATA TUA ANAPU: TATA GILBERTI MATURINUERI

Cánequa tsípequa hinguni hurhasca ixu Xanichu inchamequarhu hanoni, tsípesca engahtsini arhica esca hínhtuni vpiringa vandontsquarhecheni sapichu ma, arini sani huchari vqua ambe, himbocani mítetixaca esca vétarhexaca esca hucha phurheecha ayancperaaca yámindu ambe encacsi vni haca, ca ístu engacsi no vhca úni ca hindencsi vandaniatecha enga hucha hatsiquarhica. Ca isi himbo, chari sésequa himbo hurahcunicsi sani ayanguni.

    Hini Zamora, ireta enga haca Eraxamani jurhiata inchaquarhuisi hacandu, harhasti ima Colegio de Michoacan khumanchequa engacsi haca máru hirinhasticha ca ambongacaticha. Hima Colegiorhu harhasticsi ma ánchequarheta. Inde áchequarheta hindesti petaani ca mítetarpeani tua anapu caracataechani enga yóntqui tata Maturino Gilberti carauapca.

    Nótcu mítequerhesini na hatini hurhsapi ixu huchari echeroisi hanoni ima tata Gilberti. Hucha mítetixaca esca vánequa tatecha hurhaspca imani hurhiatequechani himbo isi. Ma irepeta ka tanimu equatse véxurhinisi nirahtya engacsi inde hanopca ixusi. Ima tátecha engacsi húpca uénaspti carani huchari vandaquani isi esca hucha iasi na carani haca, cuiringarhicuparini sirandarhu. Sánderu vrhetcu anapu khuiripuecha ménderueni caraasirendi, inde hindespti escacsi na ayanguntaca tata Gerardu Sanchez indecha enga arhinahca “códices y lienzos”. Himini marhuataxaticsi máteru hasi cararaquecha, cháhtsi exeasquia iási tsípcu.

    Engancsini hi ayanguaaca cháncsini hindesti enga hucha hini Colegiorhu áncheqyarheni haca, indeni sirandechani enga tata Bnedict Warren exeantaaca. Ca hucha phísquantaani, arhiantaani ca ménderu carantaani ca ménderu carantscata etsaquani esca khuiripuecha míteaca esca harhasca i xani uani caracatecha.

    Hi vandasirenga vrhetcuni escacsi no harhaspca caracatecha huchari vandaqua himbo, ca máru engani hi míteapca hi vandasirenga escacsi no sési carantscata harhaspca. Ca iási engani hurhengaurheni haca nena enga xani ambaqueca huchari tua anapu vandaqua nóteruni vsinguia isi vandani. Hucheti eratsequa mohtacuquarhestya. Nóteruni vsinguia isi arhini escacsi inde caracatecha no sesi caracata harhasca. Yóntqui anapu vandaqua no mítenhasti nena haxespi, nena vandontsquarhenasireni hiani hurhiatequechani himbo. Eka hucha míteaca tua anapu vandaquani isi vaca hucha hánascani mámaru ampe enga no mítequarheca iasi hamberi.

    Khuiripuecha engacsi ánchequarheni haca ini sirandechani arhinataani, ca ménderu caraantaani hindesticsi: Benedict Warren parhicutin karhaqua anapu, inde hámastya hucari ma equatse véxurhini hirinantaani ca exeantasti hini Estados Unidosi ca phitasti ma eranheque ca huánguasti, tátsequa intsaasti tata Agustin Garciani esca arhiantapiringa ima cámasti indeni ambe uni ca no usti khamarani. Tatseque íntsusti Agustín Jacintuni enga yási hindeeca vrhecuti i ánchequarheteri, inde Agustin Jacinto Nahuatzeni anapuesti, Moises Franco Phamataquarhu anapuesti, Ji Pedro Marquez Chherani Hahtazicurin anapueska, Néstor Dimas Huacuzi Ueameo anapuesti (iasi mítenasti esca Santa Fe de la Laguna), Cristina Monzón Veracruz anapuesti, Rosa Lucas españa anapuesti, ca máruteruecha engahtsini harhuatahca exeantaani caracatechani.

    Tata Maturino Gilberti carasti vánequa sirandechani ca márucsi etsacunhaspti hiahcani, ca máterucsi no úspti etsacunhani ca ísicsi pacarasti ca ísicsi harhasti hahqui himbo caracata.

Inde caracatecha hindesticsi ari:

Ma.El Arte de la Lengua de Mechuacan (Hurhimbequa nena enga haca cutumuqua Mechuacan anapu).

Tsimani. Thesoro Spiritual en lengua de Mechuacan (ambaquiti arhihtsicperaqua Mechuacan vandaqua anapu himbo)

Tanimu.Gramatica Latina (Latini cutumuqua hurhimbequa)

Thamu.Diálogo de la Doctrina Cristiana (Vandotsequarhiqua Vandontsicuarhiparini esca na uhca Crhistianocha)

Yumu.Vocabualrio de la Lengua de Mechuacan (Cutumuquecha Mechuacan anapu).

Kuimu.Thesoro Spiritual de pobre en lengua de Michoacan (Comu handicheri Ambaquiti arhihtsicperaqua Mechuacan vandaqua himbo)

Yumu tsimani.Sermones dominicales y generales (Domingu himbo anapu Vandahtsicperaqua)

Yumu tanimu.Sermones de los santos (Santuecheri Vandahtsicperaqua)

Yumu thamu.Sermones sobre las epistolas y Evangelios del año (…)

Témbeni.Exhortaciones varias (Mámaru ambe comu arhiqua)

Témbeni Ma.Luz del Alma (Anima thirhetaqua).

  Vocabualario de la Lengua de Mechuacan hindesti enga hucanharhica cutumuquechan purhurhepecha himbo ca mócuntscata turhisi himbo, ca ménderu turhisi himbo ca mócuntscata phurhepecha himbo. Ca hindesti ma siranda enga méncu úndaca etsacunhani isi himbosi sánderi mítecateti.

    Arte de la Lengua de Mechuacan hindesticsi sirandecha engahtsini hurhendanahca nena háxesqui huchari vandaqua, nena vaxastacata harhasqui huchari cutumuquecha. Ca vétarhexati esca hucha arhintaaca ca isichi úaca ambonhascani huchari vandaqueri ambe.

    Diálogo de Doctrina Crhistiana hindesti sánderu kheri caracata enga tata Gilberti Maturino caraca ca no mítenhasti himboca no etsacunaspca yontqui. Iasi Moises Franco arintaxati ca ménderu untaxati ca ménderu etsacurhiati no yondani. Uerastia hucari tanimu irepeta siranda caranharhicucatecha. Peenga thapuru ustanhaaca ka isi etsacunhani.

    Thesoro Spiritual en lengua de Mechuacan (ambaquiti arhihtsicperaqua Mechuacan vandaqua anapu himbo).

    Thesoro Spiritual de pobre en lengua de Michoacan (Komu handicheri Ambaquiti arhihtsicperaqua Mechuacan vandaqua himbo)

    Sánderu vánesticsi caracatecha enga yóntqui no etsacunhapca ca isi himbo nócsi mítecataesti. Indechani míteani hindesti móhtacuni hánascaqua ca ambonhascaqua vandasqua ambe. Huchari vandaqua himbo arhintaparini váticsi yámindu ambongascaticha móhtacuni hánascaqua ca nóterucsi isi vandani esca yasi hamberi na vandanahca. Huchari tua anapu úcuarhequa ambe no cánequa mítequarhesti.

    Vánequa tátechacsi carasti huchari vandaqua himbo. Ca nónema ústi urhetapu véracuni tata Gilbertini. Istu harhasti máteru tatecha escacsi ari: Tata Juan Medina Plaza, ca tata Juan Bautista de Lagunas. Inde tata Juan Medina Plaza carasti ma Vanditsequerheta P’urhepecha jimbo ca khamarani hamani hatsicusti máteru Diálogo sobre la Naturaleza “Avandarhu ka parhacpeni anapu ambe vandontscurhita”. Ca inde tata Juan Bautista carasti Arte y diccionario de la lengua de Michoacan. Istu harahsti Diccionario Grande de la Lengua de Michuacan (Cutumuqua kheri Michuacán anapu himbo). Harhasti esca hucha míteaca marhuatani. Inde hindesti sánderu ambaquiti caracata ma. Indeni hirinantasti, carantasti ca etsacusti tata Benedict Warren.

* * *

PHURHEPECHA UANDAQUA

    Iási hamberi ambonascaticha no úsindi yamu ambonascani himboca no mítequerhesti nacsi arhiquarhesireni o arhinasireni tua anapu khuiripuecha, ca ístu no mítequarhesti na arhinasireni huchari vandaqua. Hirinhatsticha mámaru uandanhaxati, Tata Benedict Warren vandasindi esca hucha yóntki anapu phurheecha hindespca tarascueni. Ambe himbo isi vandasini? Himboca no xéntasca siranda caracata enga hucamharhiaca nani enga marhuataaca vandaqua “purepecha”. Ca tátsequa hánascasti esca hucha iasi anapuecha no vécasinga esca isi arhinaaca ca isi himbo móhtacuntasti ca yasi vandasindi esca sánderu sésisca arhini “khuiripu ca vandaqua Mechuacan anapu”, isi esca na uandaca tata Maturino Gilberti. Isi harhasti caracatecharhu.

    Harahsticsi máruteruecha enga arhihca esca hucha “tarascuesca”. Hucha yási anapu phurhe vandaricha sánderi sesi curhasinga engachi arhiaaca “hucha phurhesca” o “hucha phurhepechesca” -arhini, ca márucsi vandasiti esca huchari vandaqua hindesca “Vandaqua tsintsuntan anapu”. Yasi hamberi vanequa cararicha isi arhisindi “tarasco o phurhepecha” o “Lengua de Mechuacan” himbocacsi nótcu úxaca hánascani yamu.

Caracatarhu Vocabulario en lengua de Mechuacan harhasticsi ari vandaquecha, exehe:

Purexahpeni. seguir a otros, o hazer algo en comunidad.

Purexahperaqua. aquel seguimiento, o trabajo.

Purexahperi. el que sigue a otros, o trabaja.

purembehpeni. ospedarse en casa agena.

Purenguareni. ydem.

purenguareri. huesped.

purenurani. andar por el patio.

pureuacurani. andar en la eredad.

purenguenstani. tormar a entrar en su casa.

pureramani. salir afuera.

purezmaruhmeni. visitar a menudo a otros.

purecuhpeni. pelear contra otros.

purecuquaro. lugar de pelea, o guerra.

purecuti. peleador o soldado. pp. 137

Diccionario Grande de la Lengua de Michoacán ari vandaquechacsi hucanharhisti:

Purehchucuiarani. Llegar de debaxo, o halda de el monte.

Purehchcurani, vanahchucurani, Pasearse por alli.

Purembehpeni. Yr a ssus cassas a uissitarlos.

Puremeyarani. Llegar, o yr hasta el agua.

Puremucuyarani. Llegar hasta la puerta.

Puremucurani / Puremucucuyani, vanamucurani. Pasearse a la puerta o a la orilla.

Purendaruhpeni. vanandaruhpeni. Yr de vno en otro.

Purenduyicuyarani. Llegar a el rincon.

Purendicurani, vanandicurani. Pasearse por alli.

Purenducuyarani. Llegar hasta el pie.

Purengueni, Purengueyarani. Llegar hastaa el pie.Idem.

Purengueni, purengueyarani. Entrar en casa.

Purenguetspeyarani. Entrar en sus cassas de otros.

Purenguareni. Yr a uissitar comadres.

Purenguhpeyarani. Llegar a ellos por de detras.

Purenurani, vananurani. Pasearse por el patio.

Pureparacuyarani. Llegar de atras.

Perepecha, purepecha. Gente Plebeia, villanos.

Purepechantstani, purepecha vquarentstani. Aciuilarse, aprocarse, menoscabarse, aciuilarse.

Purepecha vhpentstani. Abatirlos, aceuilarlos.

Pureramani. Yr saliendo de casa.

Pureramoenguani. Venir saliendo de cassa.

Purerehpeyarani. andarehpeyarani. Yr donde otros estan.

Purerehpenoni. Venir donde estan otros.

Purehtsicuyarani. Llegar alla arriba.

Purehtsicurani. Pasearse allá arriba o encima de algo.

Puretani. Horadar los orejas al modo antiguo.

Puretaqua. Lanceta de pedregal.

Pureuacuyarani. Pasearse en el campo.

Purexahpeni. Yr detras de ellos.

Purezmaruhpeni, mintzingueztahpeni. Acompañarlos, y andar en su compañia. pp. 456-457

  I hárhati vandquechani exeaparini hi vsinga arhini esca p’urhepecha vandaqua marhuatanhasinga mámaru hasi himbo. Esca varhipiti, esca enga hámahca, esca enga phurhempehca, esca enga ánchequerhehca, esca enga harhopehca. Himanhcani vánequa ambe arhiquecasindi purepecha vandaqua.

    Ca iási, hi hirinantasca sirandaecharhu purepecha vandaquani himbocani vécasirenga míteni nena marhuatanhasqui inde cutumuk( qua. Ca isi himbi ini sapichu caracani himbo uécaxaca xarhatani nena enga xarharaca ca mena enga marhuataca purhepecha vandaquani tata Gilberti Maturinu imeri sirandarhu enga arhinahca Thesoro Spiritual en Lengua de Menchuacan. Hapirindi sesi enga hucha arhintapiringa arhini thamu erangequechani engani xarhantaca ca engani hi phitanharhicuca nena enga marhuataca indeni vandaquani. Exehe arichani yumu tsimani uandaquechani nena engacsi marhuatanhapca hiáhcani.

ERANEQUA MA

“Ca thuhtu purepecha, cez minchurunts noretero amutansca Governdorini noretero alcalden, nocatero vhcambetini noretero haindini, nocatero piruuaqua vandaarini noretero nomento can eratasirauaca amutahuansparini, hinguire nomento cacapiringa hangangarihuani, nahquix yaru himangueon yquimengachesca ysquihtu, yquire is vca no eratahuan, cez minchurints, care ys tatan ayamarinstan, pamondaquareparin ysquire no cahm vsca”.

ERANEQUA TSIMANI

“Ca thu cuxareti, yquire varieca: nongatetero vampzte purepecheca, noquinangatero casimun nona arihaca querecuecan, himboquire varisca: noquinangatero nonan pirahaca quereni, nahquiaru sipatinihcoeca himaquihtsi cuuihaca, ca yquire thu sitamarihaca no nah arica hu arini, tepariemento thauacurisca, ari hurimbeti tatan ayamarinstan, pamondaquareparin ysquire nomento cez vsca, aquatero yqui hinde vampzte handiyo hatin vndaca ambe vni, hymboquini no quereca”.

ERANEQUA TANIMU

“Ca thuquire carachacapaca, cahtu vhcambeti, ca hyndi, ca piruuaqua vandari, cez minchurints noxtero men purepecha nani anchequeretspeca, care thu handiyohco mayamuqua tehrunchetaquarents: hinguix purepechepiringa, teparire thauacurisca himboquire sipacuhuasca purepechan: noquini cez cuerachenstauati tata tuhcheueti thauacurita, hima hamberiquire ynspenstauaca, nocaretero men hatzicutacuhua ma purepecha curahcuhuan, notero no thantsitaeca hinguire euahuaca”.

ERANEQUA THAMU

“Ca namundaxamahtu teruhcan hauatahen yupen, ca nahxamahtu yon ypupe, piquareraparini ysqui nah vcupiringa: notero varin pacaxahpehanga, quihtundero nen variratahanga notero amberini, nocate[ROTO] mitequaembani, nocatero purepechan [roto]tero vecahaca siquarahpeni, nocatero ambe vcuecan ysqui hinde mitequ?ereca”.

Ambonhascatichacsi nótcu mítesindi nena marhuatanasqui inde uandaqua, isi himbosini hi vecaca esca mítequarheaca, esca cha míteaca ambe arhiquecasini PUREPECHA vandaqua sirandaecharhu tua anapurhu engacsi hucha arhiantaani haca.

Eranhequa marhu harhasti ari uandaquecha:

“Ca thuhtu purepecha, cez minchurunts noretero amutansca Governdorini noretero alcalden…”

Arhixati khuiripuni enga no hupicatini haca huramuqua esca miántaca ca esca eratsentaaca ca no hamani mócucuni Governadirni, ca ístu alcalden.

Eranheque tsimanirhu harhasti ari uandaquecha:

“Ca thu cuxareti, yquire varieca: nongatetero vampzte purepecheca, noquinangatero casimun nona arihaca querecuecan, himboquire varisca:…”

Arhixati esca ma nanacani enga uarhiticaya eca ambe uámba purepecheca enga no uhca uandaquerheni quérecuecan himboca hindesca imeri uarhiti hemba. Ixu nómbema hucanharhisti esca khuirpu enga arhini haca esca hindesca no jatsini huramuqua ambe.

Eranheque tanumurhu arhixati arisi:

“Ca thuquire carachacapaca, cahtu vhcambeti, ca hyndi, ca piruuaqua vandari, cez minchurints noxtero men purepecha nani anchequeretspeca, care thu handiyohco mayamuqua tehrunchetaquarents: hinguix purepechepiringa, teparire thauacurisca himboquire sipacuhuasca purepechan: noquini cez cuerachenstauati tata tuhcheueti thauacurita, hima hamberiquire ynspenstauaca, nocaretero men hatzicutacuhua ma purepecha curahcuhuan,notero no thantsitaeca hinguire euahuaca”.

  Arhixati cararichani, ca huramutichani, ístu piruaqua vadarini escacsi sesi míantaaca ca eratsentani ca nócsi hamani meni purepechani ma enga nani ánchequerheca nácsi hamani minguarheni imeri mayampequa, ecari thuhtu purhepechepiringa cánequani násesi uxaca himbocari sipacuxaca purepechani. Arhixati ménderu cuahpentani esca purepecha no úsinga vandaquarheni o esca cánequa comu nitamasinga ánchquerhetarhu himbo isi.

Ca eranheque thamurhu arhixati esca:

“…notero varin pacaxahpehanga, quihtundero nen variratahanga notero amberini, nocate[ROTO] mitequaembani, nocatero purepechan [roto]tero vecahaca siquarahpeni…”

  Arhixati yáminduechani esca no hámaca ypurhpeni nonemani, himboca vaca hamenri varhirpeni eca isi vaca, méncu nonemani, ni mítequechani ca nohtu purepechani ca nohtu sésisti siquarheani.

  Indeni ambe arhintaparini hu hánascaxacaa esca harhasca uandaqua Purepecha sirandarhu enga no ísimindu arhicuecani haca esca na haca Diccionaruechanirhu. Esca hucha hindesca “gente macehual”. Nani marhuatanhaxati inde hasi curhanguqua hinguni khoru no yápuru isi arhiquecasindi inde purepecha vandaqua. Marhuatasti sánderu uánequa ambe khuiripuni míndaparini. Himahcani vpuringa hi arhini esca ari namunititu uandaquecha marhuaxati sani hanastani khuiripuechani, mintsicaparinie escacsi ménderueni venaquia curhanguni purhepecha vandaquani.

    Relación de Michoacanirhu arhisindi esca purepecha hindescacsi varhipiticha, engacsi kuahpequerheca. Hiáhcani no hindesti xáncu isi esca hucha na arhihperahca esca purpecha uandaque hindesca: khuiripuecha engacsi phurhemperahca, sánderu uanequa ambe arhicuecaxati inde Vandaqua.

    Uécapiringa sánderuni ambe uandani, tátseque ca máteru hurhiatequa himbocsi ayanguntaaca máteru ambe enga haca. Vécasinga khamarani arhini Padre Nuestruni phurhepecha himbo esca na caranapca yintki:

Tata huchaueri thuquire haca auandaro ariqueue (hingnthu mitecatarequeue). Huehtsini andarenoni tuhcheueti yrecheque auandaro vmengahaca: ystu ysquire yxu echerendo. Huchaeueri curinda anganaripaqua ynscuhtsiniya. Santhsini vehpouachenstan huchaeueri hatzingaquareta: ysqui hucha vehpouacuhuanstahaca huchaeueri hatzingaquaechan. Ca hastsin teruhtastzemani terungutahperaqua hymbo: Euahpenstantsiaru: casingurita hymbo: yseuengua”.

Tucupachacsini meyamuntati.

Pharhachu, Phurhepecheo, Xanichu Uéxurhini. Feb. ma 1998.

E mail: pmarquez@colmich.edu.m

Nuestros lideres indigenas

NAHUATZEN, MICH.- La forma más correcta de lograr la permanencia de los pueblos indígenas de Michoacán es formar y educar a los futuros “tatas indígena” con un proceso de selección y actualizar los usos y costumbres autóctonas para defendernos de las amenazas derivadas de la globalización y del advenimiento de una época en donde las cosas y la ganancia, importan más que las personas, opinó Santiago Heyser Beltrán, analista político.

Heyser Beltrán, quien se desempeña como asesor en las comunidades indígenas de la Meseta propone que las comunidades indígenas deben seleccionar a los mejores niños de cada comunidad y dar una educación “especial”, no dejar al azar el nacimiento de los líderes del los pueblos para el futuro, construir mediante un trabajo comunitario, amoroso e inteligente que permita que los Tatas del futuro sean, no solo los mejores, sino los más capaces, “aventajemos a los reyes del pasado cuya selección la daba la herencia sanguínea” propone el analista.

En entrevista con la Voz de Michoacán manifestó que la propia historia de los nos han dejado lecciones que hoy hemos olvidado. “Los líderes no nacen, se hacen. Antiguamente, en los reinos, el heredero del rey era por derecho el siguiente rey, no importaba si era inteligente o no, no importaba si era capaz, apto o competente, simplemente era el heredero y por derecho era rey. ¡Ah!, pero una vez que nacía, sabedores todos de que tarde que temprano sería rey, se le educaba y se le capacitaba para ello. En ese sentido, el heredero recibía lecciones de los sabios del reino, de los filósofos y de los científicos, en una palabra, de los mejores maestros”.

    La propuesta de Heyser Beltrán va en el sentido de seleccionemos a los mejores niños de cada comunidad y dar una educación “especial”, agrega “no dejemos al azar el nacimiento de los líderes del los pueblos para el futuro, construyámoslos mediante un trabajo comunitario, amoroso e inteligente que nos permita que los Tatas del futuro sean, no solo los mejores, sino los más capaces, aventajemos a los reyes del pasado cuya selección la daba la herencia sanguínea; formemos, eduquemos a nuestros Tatas del futuro con un proceso de selección, educación y formación, dirigido.  Es muy necesario ya actualizar nuestros usos y costumbres para defendernos de las amenazas derivadas de la globalización y del advenimiento de una época en donde las cosas y la ganancia, importan más que las personas”.

Algunos conceptos para construir el proyecto: 

Nuevos Tatas Indígenas

* Seleccionar objetivamente inteligentemente a los niños que serán la base del proyecto, en función de potencial, capacidades, salud, creatividad, profundidad de pensamiento,

* Cuidar que los niños seleccionados entiendan la importancia que tienen para el futuro de su pueblo, y se le trasmita la información de su pueblo,

* Que cada alumno tenga una formación completa para evitar que en el futuro su exposición a otras ideologías, cambien sus prioridades, emigre y se olvide de su misión.

* Los niños seleccionados, recibirían educación especial con maestros y tutores seleccionados, tanto de dentro, como de fuera de la comunidad, para garantizar la mejor educación

* EL alumnos tendrá que recibir una educación plural que permita a quienes serán los líderes del futuro, conocer, entender y dominar el entorno en el que se desenvolverá la comunidad; esto implica conocer de: cultura de la comunidad, cultura de otros pueblos y naciones, religiones (varias), filosofía, ética, historia, valores, psicología, creatividad, organización, liderazgo, lenguas, ecología, economía, política, poesía, teatro, pintura y música etc. y en adición a los temas tradicionales y a la educación formal.

* Los niños seleccionados recibirán, bajo la supervisión comunitaria, una alimentación balanceada que garantice el “óptimo” desarrollo físico y de todo su potencial intelectual.

* Se compartirá el proyecto con todas las etnias indígenas de México en una primera etapa y con todas las etnias indígenas de Latinoamérica en un futuro a mediano plazo, para lograr, a través de los liderazgos “construidos”, la unión de todos los pueblos indígenas en aquellos objetivos que les son comunes, para defender las causas que también les son comunes y, para compartir experiencias y conocimientos.

    * Reunirse cuando menos dos veces al año, en un congreso infantil, todos los niños seleccionados, de las diferentes comunidades del país, para que convivan, para compartir ideas y conocimientos y para que construyan lazos de amistad y de identidad, para el logro futuro de los objetivos de unidad y colaboración expuestos.

    *Los Tatas que lo deseen, podrán llevar un Congreso anual paralelo al de los niños, en el mismo lugar y en las mismas fechas, para convivir con los niños, para educar y trasmitir experiencia y para unir a los pueblos e iniciar las tareas de unidad descritas.

Objetivos del Proyecto

* Garantizar un liderazgo que tenga como objetivo “el bien común de cada pueblo”

* Tener como líderes a los mejores hombres y mujeres.

* Reconstruir el liderazgo comunitario como forma de gobierno al interior de los pueblos.

* Desarrollar al máximo el potencial de los futuros líderes.

* Construir una conciencia comunitaria de unidad, que de cohesión (y fuerza) a los pueblos indígenas de México y Latinoamérica.

* Conservar y defender el patrimonio de los pueblos.

* Garantizar el respeto de la naturaleza, al bosque, al agua, a la vida silvestre.

* Retomar y reforzar sus usos y costumbres.

* Construir formas de gobierno comunitarias, que sirvan de liga y enlace con las formas de gobierno republicanas, para garantizar el respeto y el cuidado de los derechos y de los bienes de los Pueblos.

* Garantizar mediante el progreso comunitario y la adecuación de sus formas y organizaciones de vida, la continuidad y permanencia de los pueblos, sus culturas y sus formas de vida.

* Garantizar el derecho a una vida digna, de quienes tuvieron la fortuna de nacer indígenas.

* Preservar y crecer el patrimonio de los pueblos.

* Dar dirección al quehacer de los pueblos, para mejorar las condiciones de vida, sin perder identidad.

DIFÍCIL QUE GOBIERNOS APOYEN ESTE TIPO DE PROYECTOS…

          NAHUATZEN, MICH.- Es muy difícil que los gobiernos destinen recursos dignos a las comunidades indígenas para un proyecto integral de educación donde pueda crear a los nuevos lideres indígenas, pues hasta hoy las comunidades sólo han recibido migajas o sobras de sobras de millonarios presupuestos que destinan la federación, estado y municipio dizque para el desarrollo de los pueblos indígenas, pero esos dineros todavía no llegan a su destino, señaló Francisco Bernabé Eugenio, comunero indígena.

“Es bien cierto que el desarrollo de los pueblos esta en la educación, por ello son las comunidades que deben de buscar los recursos para crear esa escuela para crear  futuros lideres, o buscar apoyos fuera del país, con organizaciones no gubernamentales, pues la experiencia esta en que los gobiernos actuales no les interesa mucho la superación de los pueblos indígenas”

Otro de los ejemplos más claros, dijo esta en que varias comunidades están exigiendo educación secundaria técnica y preparatoria, pero el gobierno estatal es incompetente para atender esa demanda de los purépecha. Tal es el caso de la comunidad de San Lorenzo, municipio de Uruapan donde las autoridades comunales han optado por crear con sus propios recursos una Escuela Secundaria Técnica, pero aun no se le ha otorgado la clave, si al gobierno le interesara el desarrollo de los pueblos indígenas atendería las demandas de educación pero no sucede así, señaló.

Finalmente el ingeniero civil de origen purépecha, señaló que aun queda poco más de dos años al actual “gobierno de la esperaza”, para atender las demandas justas de las comunidades indígenas, debido a que hasta hoy no se han cumplido los verdaderos proyectos para atender el desarrollo de las comunidades indígenas de Michoacán.

Ejemplo para el mundo, verguenza para nuestro pueblo

Jiskakata juata anapu p’ukutapu

mijpandika jungapikua ka pinandikua

imajkuxi kurhakuarhit’i pirekua t’arhenkucheri

ka k’uimukua xarhiandikua pukuriri

enga manatamka tarhiata.

Auandarhu kuaunchixamti jurhiateri t’intskua

xumu urapitiecha, uirhimukuesti,

irekuesti acha Kuerajperiri.

Auanda.

P’ukutapurhu inchakuti,

kuajtsikua ukata mamaru jaxi chikurhiri,

suasuandasamti tarhiata ima puntsumikua…

Ji p’ikuxapka nurhiti ka terekua

jucheti uarhiti pakupiringa;

ma turhixi p’ urhépecha jángarhi

minkuarhini ima “jimbani minkuarhekua”

chutantasptirini juchari echeru p’uhépechio.

Echeri enga xani pukutapuka,

enga tata k’eriechaxi patsaka no mitikata

ka engaxi irekaka tatá diosiecha,

iaxi jindesti euakuarhperakua tsapkucheri

enga euajperanxi jaka iamindu ambé xipiari…

Ireta no ambaketi,

¡eranguekuesti ma parhakpeni iretecharhu,

k’uratsikuesti paru juchari

tatá k’eri tuá anapuecha…!

  Recóndito lugar del bosque

donde el verde y tupido silencio

sólo era roto por un trinar de pájaros

y las ramas de los pinos mecidas por

el viento venteaban su melodía.

El manto azul acentuado por el sol:

nubes blancas, bóveda celeste,

morada del Creador.

El cielo.

En el follaje,

encaje hecho de plantas silvestres,

inundaba el viento con aromas…

Cortaba nurhite* y hongos

para mi mujer;

un turhixi** con rostro p’ urhépecha

reclamó los linderos de “su nuevo reino”

echándome de mi tierra p’uhé.

Tierra de bosques,

donde los abuelos guardaron misterios

y los dioses viven,

hoy es botín de buitres

peleando la carroña…

Comunidad malsana,

¡ejemplo para el mundo,

vergüenza para nuestros

antepasados…!

* hojas de té de campo

** hombre de alma negra

Por Pedro Victoriano Cruz

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