No espere a mañana para empezar a pensar

No espere a mañana para empezar a pensar

(Advertencia: entrada larga, puede leerla en dos o tres visitas, o en diez.)

Yo soy muy malo para admirar a la gente, y eso parece caerle en la punta del hígado a las personas que viven de la admiración de otros. Como “seguidor” sigo poco, cuando sigo lo hago a mi ritmo, y con frecuencia me aparto del camino indicado.

Vaya, obviamente hay personas a las que admiro, pero no de manera ciega. Admiro a Janis Joplin porque era una cantante de niveles aún no repetidos, pero no por haber caído repetidamente en la adicción a las drogas hasta que éstas ganaron la batalla. Creo que Isaac Asimov fue un gran divulgador de la ciencia, pero como escritor de ficción me parece plano, acartonado y literariamente simplón. Admiro a Bertrand Russell como filósofo, matemático, pacifista, racionalista y libertario, pero como educador fue lamentable. Admiro a Arthur Conan Doyle como el creador de uno de los más asombrosos personajes de la historia de la literatura, Sherlock Holmes, el amo de la razón, pero hallo patético al buen Sir Arthur como creyente de cualquier estupidez esotérica, al grado de que buena parte de los dineros que le dio Holmes lo tiró en las fauces de médiums y espiritistas fraudulentos (hummm…, ¿acaso hay médiums y espiritistas no fraudulentos? Pues hasta hoy nadie ha visto a ninguno). Admiro José María Morelos como visionario que hizo un gran proyecto de nación en tres pedazos de papel (Los sentimientos de la nación), pero no como general despiadado y estricto.

Me parece claro que no solamente se debe ser crítico con los desvergonzados que se dedican al engaño y a la falsedad esotéricas, ocultistas y transnaturales, contra los anticientíficos y los antimédicos, contra los fascistas y racistas, contra los violentos y los embusterios, sino también con las personas a las que les encontramos grandes valores.

Ser “incondiconal” de algo es renunciar a la propia capacidad de analizar los hechos. Yo no soy incondicional ni de las Chivas Rayadas del Guadalajara (el Rebaño Sagrado), mi equipo de fútbol de toda la vida.

¿Pensar críticamente?

El pensamiento crítico y libre, la aproximación racional a los hechos, no es algo privativo de los científicos, como quisieran hacer creer los que viven de denostar a la ciencia, sino que son patrimonio de la humanidad, una forma peculiarmente nuestra de mirar el mundo, tratar de entenderlo y poner a prueba nuestras ideas, algo que, hasta donde sabemos, sólo nuestra especie tiene.

Nadie mandó a Heráclito a una facultad de ciencias para que pudiera observar el mundo y darse cuenta, por primera vez, de manera clara y absoluta, de que el cambio es una realidad inescapable, una constante en todos los procesos del universo. La inteligencia preclara de Heráclito siempre me ha asombrado.

Por otro lado, quien quiera ser científico hoy, 2600 años después de Heráclito, tiene que estudiar ciencia, no sólo para enterarse de lo que ya se sabe y no ponerse a redescubrirlo de nuevo, sino, y de manera muy importante, para aprender los errores cometidos en el pasado y no volver a cometerlos. Para encontrar la verdad del legado egipcio no basta ser hotelero o periodista, hay que estudiar historia, arqueología y egiptología. Un periodista honrado va y entrevista a los que saben, a los que estudian, a los que están allí descubriéndonos las maravillas reales de esa civilización, con trabajo duro cotidiano, no a un hotelero como Von Däniken que pasó dos semanas en El Cairo y con eso adivinó un montón de conocimientos que nadie había visto porque todos los científicos son imbéciles y Von Däniken no, cosa que sabemos porque lo dicen Von Daniken y los soplapiteros que lo atienden.

Sí, claro, le creemos. E hizo una máquina de tiempo en la cochera, ¿no te jode?

(Bueno, lo de la máquina del tiempo es otra historia, con otro protagonista, pero la dejamos para otro día.)

Pero, sin necesidad de ser científicos ni de estudiar ciencia, pensar crítica y racionalmente es algo que todos hacemos en muchos aspectos de la vida y sin importar nuestra preparación académica o nuestro nivel sociocultural. El problema es que los medios, los negociantes interesados, las editoriales, los brujos en todas sus variedades, los detentadores del poder político, social y económico, y las presiones sociales nos empujan a dejar de pensar críticamente respecto de ciertas cosas, de ciertas afirmaciones, de ciertas percepciones “aceptadas” sepasumadre por quién pero promovidas por todos lados.

Daré un ejemplo a sabiendas de que es políticamente incorrecto, y precisamente por eso.

Un gobierno descubre que no puede resolver problemas como la salud pública, las pensiones, el pleno empleo, las muertes ocasionadas por el alcohol, la explotación del trabajador local o inmigrante, o la protección del consumidor contra la voracidad empresarial, que no puede mejorar la seguridad, defender a las mujeres víctimas de palizas, promover la cultura y el pensamiento crítico, integrar al inmigrante, elevar el nivel de la educación pública o cualquier cosa similar. Peor aún, si es un gobierno que dice ser de izquierda resulta que tiene, por ese solo hecho, determinados compromisos sociales con las mayorías que, de pronto, descubre que no puede o no le conviene cumplir.

Entonces ofrece “salvar” a los ciudadanos del humo de tabaco. ¿Por qué? Porque los “fumadores pasivos” se enferman. ¿Cómo lo saben? Porque lo dijo un estudio de 1993 de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense. ¿Que el congreso estadounidense halló que el estudio era deficiente y finalmente se dictaminó legalmente que tal estudio era anticientífico, interesado y desprolijo, y por tanto carente de toda validez, movido por intereses del integrismo protestante puritano estadounidense? No saben, no contestan. También lo saben, dicen, por un informe de la OMS, pero resulta que tal informe dice exactamente lo contrario: no hay pruebas de que el humo del tabaco en el ambiente afecte la salud de los niños, y las evidencias sobre un posible daño en los adultos son estadísticamente no significativas. ¿Eso lo ignoran los expertos del gobierno y sus asesores en salud o se están haciendo tontos? Tampoco saben, tampoco contestan.

El gobierno lanza una campaña de propaganda, inventa cifras (o las copia de Estados Unidos, como los “50.000” no fumadores fallecidos al año por el humo de los fumadores que es totalmente fantasiosa en Estados Unidos, pero es un insulto a la inteligencia del público en un país con la quinta parte de habitantes), menciona otros “estudios” que no cita, suma muertos que saca de nadie sabe dónde y, saltando por los campos de florecitas del brazo de la derecha desestabilizadora, autoritaria y medieval, lanza una ley contra los desagradables y malvados fumadores, le avienta al problema un poco de dinero (mismo que le quita a la labor de controlar la alcoholemia en carretera que sí sabemos cuánta gente mata, a los atropellos en el empleo, a las mujeres golpeadas, a los propios estudios y tratamientos para curar a los adictos a la nicotina, etc.) y se siente guapísimo y súperpoliticamente correcto… al estilo Stalin.

(Si quisieran salvar a los fumadores, ¿no sería una estrategia menos boba investigar más, desarrollar mejores tratamientos y ponerlos al alcance de los fumadores en lugar de expoliar económicamente y someter al escarnio a quienes ya son víctimas?)

¿En qué confía un gobierno así? En que es políticamente incorrecto decir que no está probado que los fumadores pasivos estén muriendo o enfermando por el humo ambiental del tabaco y en que la gente se avergüenza de decir que fumar es su derecho, como es el de otros atragantarse de comida basura hasta tener las arterias como velas de sebo, usar perfumes lamentables, conducir autos contaminantes y hacer otras muchas cosas dañinas y desagradables.

La estrategia es el miedo: nadie se atreverá a decirlo o será mal visto socialmente, y el hipotético (por poco escribo “hipócrita”) gobierno en cuestión quedará bien. Como el fumador ya se siente mal por ser adicto a una droga (y sobre la fuerza de la adicción a la nicotina sí hay estudios confiables), acepta su lugar de paria y baja la cabeza sin defenderse. Como “todo el mundo sabe” que el humo ambiental es malo, y esto se repite aunque nadie lo sepa en realidad, el gobierno sonríe y dice que nos cuida la salud promoviendo la indefensión de los adictos al tabaco.

Por favor.

Sobre qué pensar críticamente

Todo debe criticarse. Y sólo vale la pena aceptarlo si supera la prueba de una crítica razonada y bien fundamentada y estructurada.

El pensamiento crítico no es sólo para los científicos, pero tampoco para quienes ocupamos algo de tiempo en desenmascarar engaños, mentiras, embustes y negocios hediondos del ocultismo. No se aplica sólo a un taradito que dice que por ser periodista puede corregir lo que saben todos los paleoantropólogos del mundo, o a un payaso primo suyo que se pasea por el mundo con una rama de perejil en la oreja. Se refiere a todo.

Es más, el pensamiento crítico se debe aplicar a todo: a las promesas de los políticos y a las promesas de empleo, a las palabras melosas al ligar y a las recomendaciones de curaciones milagrosas, a los anuncios de pisos de contactos y a la elevación a los altares de cualquier pisateclas que la industria editorial decida convertir en bestseller, a los vendedores de autos usados y a las inmobiliarias, a la televisión informativa y a la de entretenimiento, a los que anuncian desastres atroces y a los que dicen que el mundo va bien, tralalá… TODO debe someterse al análisis crítico racional, fundamentado, metodológicamente sólido y que no incurra en falacias.

El conformismo y la pasividad no crean seres humanos libres, crean esclavos.

¿Que una ministra con aspecto de fugada de un episodio de “Vaca y Pollo” dice que una guerra es fantástica porque bajarán los precios del petróleo? ¿Por qué la sociedad a la que quiso embaucar, incluidos sus compañeros de partido, no está llamando hoy a su puerta y pidiéndole que explique por qué carajos el petróleo está más caro que nunca?

¿Que Nostradamus dijo que oriente destruiría a occidente en 1999? ¿Entonces por qué los editores se lanzan felices a mercar libros de mamarrachos despreciables que siguen “interpretando” las profecías de Nostradamus sobre occidente en 2006? ¿Cuáles profecías, carajo? Si el asunto se acababa en 1999, ¿cómo es que hay profecías de Nostradamus para después de ese puto fin? El charlatanazo francés se equivocó, y a la mierda con él, supondría uno.

Pero el negocio Nostradamus sigue, y los adivinos y sus defensores y promotores perfumados se ponen como la loca si alguien les dice que están mintiendo, y las exministras siguen medrando en la política y comiendo y bebiendo fino de los impuestos de sus súbditos.

Ahora suponga usted que llegara a una editorial un “libro de historia” que dijera con toda seriedad que Tutankamón fue alcalde de Navalperal de Pinares en tiempos de Aníbal y que Isabel la Católica era licenciada en contabilidad y comercio titulada en Cambridge… ¿Lo publicarían? Es de dudarse. Y si lo hicieran, ¿no habría más de una nota en los periódico diciendo que ese libro miente? ¿Cómo veríamos si el autor de tal obra de la estupidez-historia reaccionara diciendo que las críticas tienen por objeto “azuzar” a las chusmas para “matarlo”, o que son producto de la “envidia”?

En el mundo del ocultismo sí pasan esas situaciones absurdas y, para remate, los interesados exigen que no se les critique. Cuando alguien lo hace, entran en ataques de histeria prolongada y ruidosísima, arrancándose a puñados los pelos de los sobacos y gritando que los “inquisidores” (léase, los que no están de acuerdo con ellos y demuestran que mienten) persiguen a las pobrecitas víctimas que son ellos y sus millones.

Pero las cosas del ocultismo no son tan complicadas.

Vea desapasionadamente una de las Caras de Bélmez®. ¿Es una cara? ¡NO! Véala bien. No es una cara. No es como una fotografía. No es una representación fiel como un retrato de un pintor medianón. No tiene ni la calidad de los retratos que nos pueden hacer al carboncillo en Las Ramblas de Barcelona por unos pocos euros. ¡Es un patético dibujete malhechote de una cara! Nada más.

Vea alguna foto de ovnis: ¿son fotos de naves extraterrestres? ¡NO! Son fotos de borrones, manchitas, luces u objetos que tal vez se deban estudiar, pero no partiendo de la base de que son naves llenas de extraterrestres de otras galaxias que hacen el viaje para hacer espectáculos bobos con el único objeto de que los misteriólogos tengan plata para comprarse trajes caros.

Pero los medios, los profesionales del misterio y una cierta presión social se ocupan no sólo de perpetuar las supersticiones, sino de multiplicarlas, defenderlas y difundirlas.

Los misteriosos escépticos y el pensamiento crítico

En Estados Unidos, la voz de la razón ante las tonterías sociales e institucionalizadas han sido generalmente personajes, digamos, entrañables, educados, atentos, corteses y urbanos. Paul Kurtz, presidente de CSICOP (el Comité para la investigación científica de las afirmaciones sobre lo paranormal) y fundador del Center for Inquiry, es un filósofo racionalista de primer orden, pero también es un caballero de conducta exquisita, amable, simpático y que no tiene una palabra dura para nadie.

Esa organización escéptica a la que los más ruines llaman “secta terrorista paramilitar de ultraderecha” (qué suerte tienes, Manolo, que se lo dices a otro y te teleportan ante un juez tan rápido que dejabas atrás los caros zapatitos) fue fundada por ése y otros personajes entrañables, sencillos, diplomáticos y serios.

Conozco a algunos. Ray Hyman es un psicólogo de amabilidad sin fronteras, pero que sabe estadística suficiente como para detectar fraudes científicos o paranormaleros. James Alcock es psicólogo social, mago aficionado y tiene un posgrado en física, con un claro aspecto y trato académicos. Mario Bunge es un brillante físico, filósofo y epistemólogo argentino y académico de primerísima línea, pero que no levanta la voz así le pisen un callo. Joe Nickell es un psicólogo y verdadero investigador de lo paranormal que es quizá un poco más duro porque tiene que enfrentar a los embusteros en su terreno con gran frecuencia.

Hay otros que no conozco o no conocí, como el matemático y divulgador Martin Gardner, Isaac Asimov, a quien nadie odió nunca porque “el buen doctor” era un pan recién hecho, o Carl Sagan, el científico sonriente que difundió la poesía del conocimiento y que ni en El mundo y sus demonios perdió la compostura.

El “bulldog” del grupo es James Randi, al menos en el sentido en que Thomas Henry Huxley fue el bulldog de Charles Darwin en la defensa de la teoría de la evolución de las especies. Pero James Randi es mucho más suave que Huxley, no es tal “bulldog” y lo saben todos los que lo conocen.

Randi es pequeño y canadiense, dos cosas que en Estados Unidos ya juegan contra uno. Debe medir 1,65 y es ahora un hombre de avanzada edad, pelo y barba blancos, ojos azules y una gran compasión por las víctimas de la charlatanería. Su “gran pecado” ha sido decirle a los charlatanes “charlatanes”, a los embusteros “embusteros” y a los héroes parapsicológicos de los medios como Uri Geller, “magos de escenario prostituyendo el noble arte del ilusionismo”. Pero lo dice muy suavemente, e incluso pone al alcance de los paranormaleros un millón de dólares si pueden demostrar con hechos sus fantasías, todo sin darle puñetazos a la mesa, basado en sus largos años como mago en los escenarios, en una época bajo el mote “El Asombroso Randi” (los verdaderamente imbéciles dicen que Randi “se cree asombroso”, sin saber que era un simple nombre escénico).

El emperador va desnudo

No sé en qué momento de mi vida me di cuenta de que no podía ser tan sereno, diplomático y ecuánime como otros. Las injusticias me cabrean y reacciono ante ellas con urgencia. Cuando se batalla así sea con palabras e ideas por la libertad, la educación o la salud de otros, lo que se juega es demasiado valioso como para perder el tiempo en caravanas a los que son, precisamente, enemigos de la libertad, la educación y la salud de otros.

La cortesía es el gran lubricante social y debe usarse, bien y en gran cantidad, en el trato o interacción social: con los amigos, con un camarero, mesero, dependiente de tienda o cualquiera que trabaje ante el público, con clientes y proveedores, en lugares públicos, en fin. Uno debe ser educado y respetuoso cuando debe.

Pero cuando no se trata de interaccionar socialmente, sino de denunciar embustes, la cortesía es no sólo innecesaria, sino profundamente hipócrita. Resulta muy difícil respetar a depredadores de la salud ajena que se fingen hipnotizadores y venden productos milagrosos, o que viven de promover “el misterio” animando a la gente a abandonar su capacidad de pensar críticamente.

Por eso me importa un rábano pequeño, rancio y podrido que algunos que cobran por engañar a la gente digan que “soy muy maleducadote”. Debería serlo más, considerando el daño atroz que algunos le causan a sus víctimas y la urgencia que en ocasiones reviste el denunciarlos públicamente como un peligro para la salud, la educación y el libre pensamiento de las sociedades en las que medran. Y deberían avergonzarse por lo que hacen antes de andar dando clases de protocolo.

Enviarle una atenta notita al emperador informándole muy respetuosamente que se está paseando por las calles de la ciudad desprovisto de vestimenta alguna puede ser algo muy prudente y diplomático, pero para que todo el pueblo se entere de que no sólo el rey, sino todos los habitantes del pueblo han sido engañados por unos vendedores de paños con propiedades parapsicológicas, y por un rey más crédulo que un redactor de revista soplapitera, que no deberían dejar que los convirtieran en víctimas y que quizá aún pueden alcanzar a los sastres misteriólogos que han huido por allá con el oro de todos, es necesario gritarlo.

A mí me gusta como pocos personajes de la literatura el niño que grita: “¡El emperador va desnudo!” Y mientras más fuerte lo grite, mejor.

Sin proponérmelo, eso he hecho como periodista, como escritor, como persona activa en política y en mi trabajo contra el embuste concertado. Me enfurecen la injusticia, el engaño y la falsedad, me duelen las víctimas a las que he visto perder dinero y salud a manos de falsarios sin corazón, me indignan profundamente las víctimas emocionales, sexuales, económicas y morales de los gurús y de los que viven de hablar y escribir a favor de los falsísimos “misterios” de tales gurús. Me cabrean la guerra, la muerte, el hambre, la injusticia, el racismo, el sexismo, el engaño, la prostitución del periodismo, la falta de libertades civiles y mil cosas más. Y por más que lo pienso no encuentro motivo para ser hipócrita ante un embustero, cuando lo que me parece correcto hacer es decirle, y demostrar, claro, que es un embustero y que mientras más fuerte lo diga y más gente se entere, menos víctimas tendrá.

Con medio siglo a cuestas, no veo motivo para cambiar y sí veo muchísimos motivos para seguir siendo bruscamente sincero. Si opino que alguien es un soplapitos potente con el cráneo lleno de telarañas y una mala fe del tamaño del Coliseo romano, no tengo por qué decir que “tengo alguna duda de su capacidad y sinceridad”. Si veo que alguien es un mentiroso descarado, desvergonzado y altanero, no pienso señalar que “es posible que falte a la verdad”. Es un puto mentiroso descarado, desvergonzado y altanero, no hay más, y hay que decirlo y demostrarlo en voz muy alta, para que lo oigan quienes corren el riesgo de creer en sus mentiras.

No puedo menos que entusiasmarme ante otros que gritan sin duda más fuerte y mejor que yo.

El pensamiento crítico y Penn & Teller

Penn and Teller son un dueto de magos estadounidenses que se decantaron siempre por lo escandaloso, por hacer trucos con sangre, vísceras o moscas, o por practicar ilusiones peligrosas que le han costado la vida a más de una docena de ilusionistas: aquélla en la que el mago “atrapa con los dientes” una bala que se le dispara a una distancia de pocos metros.

Penn and Teller no sólo entretienen, buscan dejar huella y provocar el choque en el público, el escándalo y la sorpresa. Ambos son humanistas, ateos, racionalistas y admiradores de Houdini y de Randi. El alto y gritón del dueto, Penn Jilette, es además un libertario político muy activo, Teller es un libertario un poco menos ruidoso, pero no menos apasionado.

Como aficionado al ilusionismo que siempre he sido, cuando vi por primera vez los números de Penn y Teller hará unos 20 años, me parecieron (y a muchos) lo primero realmente novedoso, propositivo y original que se veía en la magia de escenario en mucho tiempo.

Hace algunos años, me enteré que Penn y Teller eran miembros del plácido y amable CSICOP (no es crítica, para nada, los admiro y respeto a todos, reconozco el valor del trabajo que ha hecho la organización y a algunos como Kurtz y Randi los estimo de corazón, pero están muy lejos de ser los monstruos que pinta la mitología ocultista paranoide e interesada).

Hace quizás un año supe que Penn y Teller habían hecho un programa llamado Bullshit! (literalmente “mierda de toro”, y, en lenguaje coloquial, forma grosera y bastante poco educada de decir en inglés “mentira”, “pamplinas” o “falsedad”). Pensé en UN programa único como es el caso de sus especiales de magia (digamos Off the deep end), pero pronto me enteré que se trataba de una serie de la que se han producido ya tres temporadas (2003, 2004 y 2005) y que iniciará su cuarta temporada en abril de 2006, y pude ver los DVD de las tres primeras temporadas.

El programa ha tenido un éxito asombroso, pese a transmitirse en un canal de cable especializado (Showtime) y de abundar en advertencias sobre el “lenguaje adulto”, “contenido sexual”, “contenido sexual fuerte” y “desnudez”, que que se utiliza porque no sería razonable hacer un programa sobre los mitos referentes a la sexualidad, el cuento del yoga tántrico o los puticientos productos falsos para el “crecimiento del pene” que se ofrecen, sin mostrar gente desnuda, supone uno, pero eso sigue siendo aterrador en el país del puritanismo. Se habla del programa en muy diversos foros, se distribuye en plataformas P2P usadas para compartir contenido sin permiso de los autores, como Emule, Bittorrent y otras, se le cita, interesa, ha ganado premios.

Me parecieron programas geniales. Me divirtieron enormidades, como me divierten Penn y Teller haciendo magia. Me gustaron pero, por encima de todo, me parecen una labor de divulgación de primerísimo nivel y de una enorme importancia para cualquier sociedad del siglo XXI, aunque hay pocas esperanzas de verlo en las pantallas hispanoparlantes (América Latina y España), dado su lenguaje y estilo general.

¡Eso sí es ser ya no un bulldog, sino un mastín!, es lo primero que pensé. No se detienen en cortesías, no pierden el tiempo en diplomacia vacía al estilo Chamberlain. Gritan (bueno, Penn grita, Teller nunca habla en el escenario ni ante las cámaras) “¡El emperador va desnudo!”, o más bien gritan: “¡El hijo de puta del emperador que se da la gran vida con los impuestos que nos arranca vilmente va en bolas, enseñando el pito y quedando como un descerebrado porque le han visto la cara de pendejo dos tejedores de paños paranormales!”

Que es lo que también hay que hacer, sin excluir otras formas de divulgación de los hechos desnudos del emperador.

No solamente enfrentan la bullshit, las mentiras cochinas de los “síquicos” o videntes, de la hipnosis, de los contactos extraterrestres y demás platillos habituales del menú ocultista, sino que tocan otros temas de las pamplinas del siglo XXI, como los engaños crecepelo, el agua embotellada (el timo del siglo), el negociazo de “la autoayuda”, los milagros para hacer crecer el pene, la “defensa de los animales” mal entendida, las histerias medioambientales y un larguísimo etcétera.

¿Estoy de acuerdo en todo lo que han dicho Penn & Teller en los 39 programas de media hora ya emitidos? Por lo dicho al principio de esta entrada, es obvio que no. Quienes compartimos la pasión por el pensamiento libre y crítico no compartimos todas las opiniones y todos los pensamientos de los demás en lo social, en lo politico, en asuntos de fútbol o de puericultura, por decir algo. Eso no sería pensamiento crítico ni libre, sería como hacen los paranormaleros, misteriólogos, brujoides, ovniorates y demás fauna ocultista que se apoyan ciegamente entre sí y nunca aceptan que alguno de sus colegas sea un soplaflautas.

No estoy 100% de acuerdo con todo lo que diga ninguna otra persona. Pero sí estoy de acuerdo con la gran mayoría de los enfoques de Penn y Teller, y estoy totalmente de acuerdo con su estilo como forma de televisión útil para transmitir un mensaje importante.

El mensaje “A usted lo quieren engañar” me parece lo bastante importante. El mensaje “No debe tener miedo a pensar críticamente” me parece esencial. El mensaje “Algunas estupideces le pueden costar la vida, la salud, la libertad o parte de ella” es urgente hoy en día.

Los capítulos de Bullshit! sí me parecen un ejemplo excelente de lo que debería ser la presencia de los defensores del pensamiento crítico y libre en los medios de comunicación: disecar vacas sagradas sin piedad alguna, en un tono divertido, irreverente y directo, y al mismo tiempo ofrecer datos contundentes y demostraciones claras, echar mano de los científicos pero no pretender ser académico y, en resumen, comunicar claramente conceptos bien sustentados que puedan entender, sobre todo, los jóvenes.

Los medios tienen sus códigos, y Penn & Teller han conseguido usar los códigos de la televisión de manera brillante, con un estilo visual claro y singular, con una visión sin concesiones a la estupidez y sin considerar al televidente ni como tonto ni como consumidor, sino invitándolo desde el principio a que ejerza el libre pensamiento crítico que ya tiene y usa en otros casos para analizar cualquier tema, sin censuras ni falsos desmayos falsamente virginales, en un lenguaje duro, tan duro como sea necesario por la urgencia social que reviste el impulso conjunto de las pseudomedicinas y antimedicinas, del creacionismo, de los personajes mediáticos vendedores de basura paranormal y de una educación pública en picada.

A no dudarse, eso sí, los soplapitos españoles, de piel tan delicadita que no toleran que les digan “ignorantes” pero que no tienen problema en llamar a sus críticos “cabrón de mierda”, “fascista” o “miembro de ETA”, romperían a llorar en los hombros de sus abogados si se les describiera con toda precisión lingüística como Penn & Teller describen a los sacaplata estadounidenses.

Quizá algún día en otros países tengamos nuestro “Bullshit!”, según nuestra forma de ser y ver el mundo, pero siempre diciendo que todos tienen el derecho a pensar, y todos tienen derecho a pensar críticamente sobre todo, y el derecho a hacerlo con base en los hechos y no en las fantasías de cualquier asno arrogante y pomposo con alergia al trabajo que, si se le mira con un poco de objetividad, queda claro que es menos confiable que un paracaídas de papel higiénico.

Tales asnos arrogantes y pomposos pueden autoproclamarse “investigador”, “vidente”, “brujo”, “telépata”, “médico alternativo”, “ufólogo”, “contactado” o cualquier otra chifladura, y reclaman el uso en exclusiva de los medios para alimentar sus fantasías al público, con la coartada de que sus estupideces y mentiras venden publicidad y libros… ¡como si no hubiera cosas un poco más importantes que conseguir que un periodista prostituido venda cositas y se sienta importante o que cualquier friki haga lo propio con cualquier trola que se le ocurra!

Si usted llegó hasta aquí, el único punto es éste: No espere a mañana para empezar a pensar sobre los asuntos que le dan por hecho y que “todo el mundo sabe”. Quizá no sean ciertos.

El sentido de lo maravilloso

El sentido de lo maravilloso
(gato por liebre en dosis industriales)

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Bueno, pero… ¿qué tiene de malo que haya quien crea en la astrología, en la telepatía, en las caras de Bélmez, en los platillos voladores y en todas las demás afirmaciones paranormales, seudocientíficas, esotéricas, ocultistas, parapsicológicas y charlatanescas en general?

Y, claro, ¿qué tiene de malo que los gurús de los creyentes se presenten en los medios como el absolutamente bufonesco tipo que estuvo hace un par de días en la televisión española, en el programa “La Noche”, hablando de cuando vio un demonio en Haití?

Vamos a dejar de lado por lo pronto lo obvio, que la principal ocupación de todo gurú es la depredación, en ocasiones sólo buscando aplausos, en ocasiones buscando sexo, pero generalmente buscando dinero: cobro de consultas, de cartas astrológicas, de pociones supuestamente medicinales, de programas de radio y televisión, de venta de revistas y libros (sobre todo libros, no hay ningún supuesto parapsicólogo, ningún charlatanazo, que no tenga al menos un libro publicado con sus fantasías), de venta de inscripciones en asociaciones de nombres rimbombantes, de venta de discos compactos de todo tipo, de venta de aparatos estrafalarios, etc.

La primera reacción, obviamente, es decir que cada quién es libre de creer en lo que quiera y que nadie tendría por qué meterse en sus creencias. Y eso es cierto, pero no en el sentido que interesadamente se le quiere dar. La pregunta es si la gente quiere libremente creer en algo o si bien se le ha dirigido hacia la creencia negándole su derecho a conocer libremente sus opciones.

Telepatía y unipartidismo

Supongamos que alguien lee o ve en la televisión una serie de argumentos que lo llevan a “creer en la telepatía”. Digamos, por ejemplo, que se dice: “¿No te ha pasado que estás pensando en alguien y de repente suena el teléfono y es esa persona? Pues ahí está, en ese momento han conectado telepáticamente.”

Hum, el hecho es real, la explicación ofrecida es una supuesta conexión de dos cerebros. Se puede creer en tal conexión.

¿Puede creer “libremente” esa persona en la “telepatía” si no escucha en la televisión, en el mismo programa, en condiciones semejantes, argumento alguno en contrario? ¿Y puede hacerlo si, como parte de sus argumentos, el vendedor de la “telepatía” tiene minutos de aire o antena para vomitar algunas falsedades sobre la ciencia “dogmática, cerrada, elitista, fascista” que no acepta verdades tan sencillas como la que según él acaba de demostrar?

¿Qué tanta libertad tiene realmente quien decide en ese momento creer en la telepatía?

Para ejercer la libertad de elección se debe tener libre información sobre las opciones a elegir. Cuando sólo se pone a disposición de la gente una opción, y las otras en todo caso sólo se mencionan para denigrarlas, lo que hay es dictadura.

Es la dictadura que en los medios tienen los charlatanes. Y es la dictadura que les molesta que se desafíe desde los espacios del pensamiento crítico.

La víctima de la hipotética emisión televisual de referencia, nunca ha estado expuesta (y no lo estará en el actual esquema mediático) a un argumento en contrario que podría decir: “Calcula a cuántas personas conoces bien y verás que no son muchos, cien, quizá. Luego calcula cuántas veces piensas en una u otra persona a lo largo del día, todos los días de tu vida. Y ten en cuenta más o menos cuántas personas te llaman por teléfono al día. Pensando en esos términos, ¿es muy improbable que una o dos veces se dé la coincidencia de que pienses en uno poco antes de que te llame? Evidentemente, como el suceso es notable, nos acordamos de él y no nos acordamos de los miles y miles de veces en que pensamos en alguien y no nos llama, o que nos llama alguien en quien no estamos pensando. Por tanto, quizá lo que ocurra sea una coincidencia y no es un suceso tal que amerite creer en un poder mental misteriosísimo que nadie ha podido demostrar”.

El charlatán no tiene oposición, predica sin que nadie lo ponga en duda, se le da, por ende, valor de verdad indiscutible a lo que dice en los medios.

Si esto no ocurriera en el terreno del conocimiento científico, sino en el de la política, lo más curioso es que los mismos medios de comunicación pondrían el grito en el cielo.

Suponga usted que en todos los medios (prensa, radio y televisión) sólo se permite la publicidad del Partido A, que sólo los miembros y candidatos del Partido A pudieran aparecer en ellos, ser entrevistados en ellos y hablar en ellos, y que el Partido B, la oposición, sólo fuera mencionado para calificarlo de “dogmático, cerrado, elitista y fascista”. ¿Qué tanta libertad tendrían los electores? ¿Qué tan válida podría considerar la “libre elección” de los votantes un observador imparcial a la hora de las votaciones?

Vaya, hasta en el mundo de los temas “del corazón” hay la oportunidad de que hablen quienes se dedican a denostar a un personaje y quienes lo defienden. En el fútbol y otros deportes, no se diga, la pluralidad de opiniones y visiones es enorme. En política, el debate es animado, siempre, en todos los países democráticos. Hay debate libre y opiniones encontradas referentes al cine y a la moda de primavera-verano.

Pero cuando se trata de paranormalidad, ocultismo, esoterismo, etc., no hay tal pluralidad.

A cambio, lo único que tiene el público es la tersura de una única opinión consagrada por los medios, que se repite en prensa, radio y televisión sin que se permita a nadie confrontarla, criticarla, defender otras explicaciones o señalar los errores y falacias de las explicaciones oficiales de Más allá, Año cero, Milenio 3, Tercer milenio (no, no son lo mismo, el primero es el programa de radio de Herr Íker Jiménez y el segundo el programa de televisión del estólido Jaime Maussán) y, lo peor, de Antena 3, Telecinco, Televisión Española, Televisa, TV Azteca, Cadena Ser, Onda Cero, la XEW, etc. (perdonarán que sólo hable de mi experiencia, limitada a México y España, seguramente si usted es de otro país encontrará sin problemas a sus equivalentes).

Lo que hay se llama, claro, dictadura informativa. Y les encanta.

La primera pregunta, entonces, es si la gente, creyente o no, no tiene derecho alguno a conocer otros puntos de vista y si al negársele ese derecho realmente está creyendo libremente en las afirmaciones que se le ofrecen.

Es evidente que el público tiene derecho a saber, y ése es el principal motor de una actividad periodística honesta. Si se le niega ese derecho a la gente, es perfectamente natural que se proteste y se exija no la censura de la charlatanería en los medios (la censura la practican los charlatanes en sus grupúsculos de iniciados), sino igualdad de acceso, derecho de réplica y confirmación del derecho de la gente a tener información amplia sobre los distintos puntos de vista que existen sobre un suceso, cualquiera que éste sea.

Los charlatanes se especializan en la censura, y sin duda alguna están despojando a la gente de un derecho real cosa que ciertamente es grave.

Pero vamos a la persona que creyó en la telepatía. Víctima del monopolio mediático del charlatanaje sin oposición, es lógico y natural que se acerque a quienes hablan de la telepatía, porque el ser humano es de natural curioso, y más cuando se trata de cosas que pueden mejorar su vida.

Y nadie vende “solamente” telepatía.

La megacorporación del embuste u holocharlatanería

Si existe la telepatía, será una energía, al morir esa energía provoca fantasmas, los fantasmas hacen sicofonías y teleplastias, y mueven la ouija y nos pueden poseer; la energía de los vivos la tienen los chakras, los chakras desalineados causan enfermedades, las enfermedades las curan la medicina ayurvédica, la homeopatía, la naturopatía, la acupuntura, el drenaje linfático, la hipnosis o cualquier conocimiento milenario; los conocimientos milenarios son espirituales, por eso los rechaza la ciencia (cerrada, dogmática, fascista, etc.), lo espiritual milenario permitió que aparecieran las pirámides, que las construyeron los extraterrestres, los extraterrestres nos visitan y hasta nos secuestran…

Una verdadera historia interminable.

La holocharlatanería (charlatanería integral) o megacorporación del embuste es incapaz de negar a ninguna de las ramas que la componen. Nunca ha sido descubierto un mentiroso en el interior del templo. Los supuestos psicofonistas acaban buscando ovnis e hipnotizando a distancia. Los supuestos ovnílogos acaban haciendo sectas para adorar a los hermanos mayores y organizando tours a las pirámides. Los promotores de la meditación venden seudomedicinas. Todos son uno.

A lo largo de los últimos 20 años, más o menos, se ha engarzado una sucesión de eslabones que llevan de cualquier creencia indemostrada a cualquiera otra pasando por numerosas afirmaciones igualmente sin demostrar. Vaya usted a cualquier sitio Web de la credulidad organizada y verá cómo a todos los gurús les interesan todos los aspectos de la charlatanería, y todos tienen algo qué vender en varias áreas. Nada es dudoso, nada es falso, todo es cierto, todo cuesta… y el camino puede seguir fácilmente hasta la pertenencia a sectas como la Raeliana o la “Puerta del cielo” y su suicidio colectivo.

Pero esos extremos evidentemente son poco frecuentes (la mayoría de los sectarios prefieren mantener vivas a sus ovejas para seguirlas trasquilando, los seguidores muertos no son muy buen negocio).

Sin embargo, creer en una sola de estas propuestas abre las puertas a la creciente necesidad de creer en muchas de ellas, cuando no en todas (aunque se contradigan entre sí).

El universo ordenado, explicable y entendible por medio de la razón va quedando desplazado por misterios, fenómenos inexplicables, situaciones terroríficas, “iniciaciones” e “iluminaciones”. Cada avance que hace alguna persona en su creencia en los delirios comerciales del ocultismo destierra de su mente algún conocimiento certero y la sume en el oscurantismo y la superstición.

El conocimiento de que la neurología, la psiquiatría y la etología estudian la conducta y los procesos mentales se ve desplazado por la superstición de que la conducta y los procesos mentales dependen de la telepatía, del aura, de la hipnosis.

El conocimiento de que el universo es un sitio donde hay estrellas y planetas que podemos conocer y estudiar se ve desalojado por la superstición de que el universo es un lugar donde hay estrellas que influyen hasta en los aspectos más nimios de nuestra vida en formas que sólo pueden desentrañar los astrólogos y que está lleno de seres que vienen a enseñarnos o a secuestrarnos.

El conocimiento arqueológico que nos permite conocer, entender y recuperar las culturas antiguas se ve expulsada por la idea de que son los astroarqueólogos los que realmente explican esas culturas antiguas mediante extraterrestres y poderes místicos.

El conocimiento de la medicina con bases en la química, la fisiología y la biología molecular para mejorar nuestra calidad y cantidad de vida se ve dislocado por la superstición de que ciertas personas con conocimientos secretos y mágicos sobre el “aura” y los “meridianos” del cuerpo son el verdadero rumbo a la salud.

Y todo ello sin que ninguna de las ideas que han degradado a las otras en la mente del creyente tenga forma alguna de probar que realmente es una explicación válida, completa y aceptable porque se le impide el acceso al público en los medios.

En esas condiciones, ¿cómo sabe el verdadero creyente que una u otra parte de la holocharlatanería es efectiva?

Sólo tiene la palabra del gurú.

La palabra del gurú: la verdad, única, inmortal e incriticable

Quien rinde su credibilidad, por falta de información las más de las veces, a un charlatán profesional (puede ser un seudoinvestigador, un contactado, un astrólogo, un adivinador, un curandero o cualquiera de estos brujos), suspende su razonamiento y entrega su capacidad de aceptar o rechazar la realidad al gurú.

Al gurú no se le puede criticar ni se le puede poner en duda.

Si uno visita las listas de correos en las que se reúnen los cónclaves de fieles creyentes, o si puede asistir a sus ceremonias mágicas (o “de investigación”), puede ver cómo cualquier voz discordante es de inmediato suprimida. Los demás creyentes proceden a descalificar al dubitativo sin argumentos, acusándolo de “querer manchar al gurú” o de “venir a meter ruido”, exigiendo que “si no es creyente no debe estar aquí”, mientras que el gurú o alguno de sus archimandritas procede al borrado de los mensajes discordantes y a la prohibición del dubitativo a seguir participando en la lista.

El diálogo alrededor del gurú no existe. Sólo existe la adoración, la confianza ciega, la defensa a ultranza, la ausencia de argumentos, sustituidos por la fe.

Evidentemente, en su vida cotidiana, los fieles creyentes, de manera totalmente contradictoria (pero sin darse cuenta de la contradicción), siguen usando el pensamiento crítico. Por una parte, no comprarían un automóvil usado sin verlo, no comprarían una joya sin que un joyero o gemólogo certificara su autenticidad y no comprarían una casa sin cerciorarse de que la construcción está en buenas condiciones y que el vendedor es el genuino propietario y tiene derecho a vender.

Ninguna de esas exigencias de demostrabilidad y palpabilidad se la imponen a las afirmaciones de su gurú. El gurú puede, cuando el grupo está debidamente maduro, decir prácticamente cualquier cosa que se le ocurra: que le ha tomado una foto a Jesucristo (hay al menos dos sujetos que afirman eso en distintos países en medio de la adoración de sus incondicionales), que viaja en naves extragalácticas, que viaja en el tiempo, que habla con Dios… incluso, cuando el grupo realmente está preparado, el gurú puede afirmar que es Dios.

Y muchos fieles le creerán.

¿Se le han conculcado o no derechos a esos fieles, entre ellos el derecho a saber?

¿Creen libremente estos creyentes o son sujetos de un lento y cuidadoso proceso de adoctrinamiento irracional que acude a sus emociones más básicas para obligarlos a suspender su capacidad de razonamiento ante afirmaciones que, cuando menos, deberían moverlos a buscar una corroboración?

Desde el punto de vista de los más elementales derechos humanos, como el derecho a la información y a la educación, el monopolio de la charlatanería, su proclividad a la censura y la paranoia que inspira en la guerra “nosotros” contra “ellos” impiden el ejercicio pleno de esos derechos.

Por supuesto, si se consigue el acceso equivalente a los medios que se pide, que se ha pedido y que se debe seguir pidiendo y exigiendo a todos los niveles (desde el periodista individual hasta las autoridades encargadas de vigilar la aplicación de las leyes sobre libre expresión y derecho a la información), habrá personas que crean de todos modos en sus gurús.

En tal caso, al menos, hay dos cosas certeras: ejercerán su creencia con más libertad y, sin duda alguna el número de nuevos creyentes descenderá.

A esto, claro, es a lo que temen los gurús.

A un nivel más profundamente humano, más allá de las consideraciones legales, hay sin embargo un elemento mucho más cruel en la promoción de la irracionalidad: el robo del sentido de lo maravilloso.

El sentido de lo maravilloso

Evidentemente nuestro universo está pletórico de situaciones maravillosas que desafían nuestra capacidad de comprensión.

Vivimos en un trozo de roca y lodo flotando en la nada, en el que la vida surgió lentamente por medio de misteriosos procesos químicos, sostenida por la energía de una estrella cercana, y evolucionó hasta llegar a un ser capaz de disfrutar el Concierto para violín y orquesta de Beethoven y crear “El jardín de las delicias” de El Bosco.

Las luces del cielo que asombraban a nuestros ancestros son estrellas como la nuestra, las hay mucho más grandes y mucho más pequeñas, más jóvenes y más viejas. Probablemente en algunas hay vida y estamos buscándola. Y cuando la encontremos será maravilloso.

Si tomamos dos células determinadas y las juntamos, podemos obtener un ser humano completo, lleno de capacidades para sentir, pensar, disfrutar o descubrir (aunque también para odiar, matar, torturar y creer en supersticiones peligrosas, ésa es nuestra responsabilidad colectiva).

Estamos formados por átomos que tienen leyes asombrosamente distintas a las leyes que rigen el mundo que nosotros vemos, donde la gravedad no cuenta, donde las partículas están y no están al mismo tiempo.

Es posible encontrar, en la naturaleza o de forma artificial, moléculas que curan enfermedades que durante toda la historia humana causaron un flujo incesante de millones de víctimas y que hoy están prácticamente olvidadas.

Aprendimos a volar, a hacer túneles, a hacer puentes, a crear música, a viajar al espacio, a comunicarnos instantáneamente a cualquier lugar del planeta con un pequeño aparato de mano (a ver cuándo la telepatía se acerca a la telefonía móvil).

Todo a nuestro alrededor puede estar lleno de asombro si sabemos verlo.

Y tenemos derecho a saber verlo.

También estamos rodeados de una gran cantidad de misterios.

¿Cómo se transmite la gravedad? ¿Dónde está la materia oscura del universo? ¿En qué momento de nuestra evolución apareció el arte? ¿Qué privilegiadas mentes tenían los mayas para descubrir el cero y los egipcios para construir las pirámides? ¿Cuántos conocimientos de los ingenieros romanos hemos perdido? ¿Cómo evitar el cáncer? ¿Son las aves las descendientes de los dinosaurios? ¿Cómo se transmite exactamente la conducta de origen genético? ¿Cuáles son las causas precisas de muchas enfermedades y cómo podemos vencerlas?

Misterios en enormes cantidades que sin duda alguna evocan también nuestro sentido de lo maravilloso.

Siempre y cuando los charlatanes no lleguen con una miríada de misterios falsos, de afirmaciones sin comprobación, de historias que no permiten que nadie estudie de cerca si no es de la secta, de suposiciones y conclusiones apresuradas y con ellas nos impidan ver las maravillas y misterios reales de nuestro universo.

¿Qué tiene de malo que alguien crea en supersticiones, pues?

Que generalmente cree sin libertad.

Que es víctima de una dictadura mediática.

Que se humilla su dignidad sometiéndolo a los dictados de un gurú.

Que se le alimentan mentiras y se les lleva a la irracionalidad supersticiosa.

Y, sobre todo, que se le roba el sentido de lo maravilloso y se le sustituye por misterios falsos, maravillas de latón y engaños convenientes para gloria de unos pocos desvergonzados.

Si no es lo bastante claro, volvemos a explicarlo de otro modo.

Los investigañanes

Los investigañanes

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Ante la crítica a la inmensa cantidad de burradas que escriben en sus libros, que sueltan por los medios electrónicos o que administran a los incautos que pagan por asistir a sus conferencias, numerosos personajes del mundo de lo para anormal se defienden diciendo que ellos “sí investigan” mientras que sus críticos no.

Juan José Benítez y su vástago, que heredará el imperio de fábulas desfachatadas de Juanjo, suelen acudir a esto: Juanjo viaja mucho, “investiga”, su próximo viaje le va a costar doscientos mil dólares, como si eso probara que no miente.

Lo que no dicen es que a) a Juanjo le encanta viajar y más si le pagan el viaje, b) las “investigaciones” son una tomadura de pelo que se agotan en filmar cobrando y en pasarla bien con sus amiguetes ovnílogos echando unas copichuelas y c) por cada doscientos mil dólares que se “gasta” en investigaciones, Juanitojosesito se levanta como mínimo un milloncete de dólares. Y lo de “gasta” va entre comillas porque este sucedáneo de Rambo no pone ni un céntimo, sino que son las editoriales las que financian los paseos en los que Juanjo departe con sus amigotes, come en los mejores restaurantes, bebe caldos de crianza intachable, suelta alguna conferencilla, se presenta en alguna televisora y luego desata la imaginación para contar otro cuento con el que tintinea alegre la registradora de la editorial y consecuentemente engorda lo suyo la alcancía, hucha o cochinito del propio JJ.

En México, otro reciente simulador, secuaz de Jaime Maussán, es Danielito Muñoz, supuesto “investigador ovni” al que, según me informan, se le ponen los pelos de punta cuando le mencionan mi nombre o el de Héctor Chavarría, al grado que estuvo a punto de propinarle un bofetón a un chavalillo harto despistado que no sólo pagó por escuchar los sonoros rebuznos de Danielín, sino que al final fue a preguntarle cosas y a decir que me conoce (de hecho, el chamaquillo exageró diciendo que es “mi amigo”, cosa que tampoco se justifica), lo cual sacó totalmente de sus casillas a distinguido raquítico mental, quien sacó nuevamente la estupidez de que “él sí investiga”.

Estos neurolitos que se anuncian como “investigadores”, suelen organizar sociedades, asociaciones, puticlubes o bandas cuestionables en las que suele figurar la palabra “investigación” de manera ostentosa.

Así tenemos:

“el” “Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas”, cuyo capo es el probado mentiroso (y lo que falta) Pedro Amorós Sogorb
la “Organización Mundial (y ¿por qué no Universal?, digo) de Investigación Paranormal” del atrabiliario y violento Carlos Trejo (en realidad cinco empleaditos de este caradura en un barrio de la Ciudad de México, cuyas hazañas reseña puntualmente Tumbaburros, página que incluso ha creado la lista de correos Carlos Trejo y el fraude jocoso “un foro destinado a denunciar los fraudes de Carlos Trejo por medio de los testimonios de quienes participamos”)
la “Corporación de Investigación de Fenómenos Aéreos”, feudo de un ovnílatra argentino, Alex Ossandón Núñez, quien es también “sanador” y lo que se ofrezca, además de único miembro conocido de esta pandilla
el “Grupo Zetta de Investigación Paranormal” (y de apaleo del idioma), que capitanea Carlos E. Pacheco S. (también socio único conocido de tal manada)
el “Colegio Nacional de Investigación Paranormal y Ovni”, Conaipo, de México
la “Agrupación de Investigaciones Ovnilógicas de Chile” barco pirata capitaneado por Rodrigo Fuenzalida H. y sin tripulación conocida
la “Asociación Cordobesa de Investigación Parapsicológica”, que cuenta el cuento de que es una organización de carácter “cultural y científico” y miente diciendo que eestá formada por “investigadores”, cuando la mayoría de sus miembros confesos son igualmente activistas de la troupé de payasos del circo llamado RHOI
el “Instituto de Investigación y Estudios Exobiológicos”, donde el jefe de la banda es Ramón Navia-Osorio, especialista en chupacabronología (estudio de la fantasía del “chupacabras”)
etc…

La palabrita, pues, les encanta.

La pregunta es si saben lo que es “investigar”.

Una pista para los despistados: darle vueltas a un círculo en un campo de trigo con dos varitas de zahorí, grabar por millonésima vez los ruidos de la misma frecuencia de radio tratando de escuchar vocecitas, hacer entrevistas a personas que quieren ser famosas, tomarse fotos ante las pirámides de Egipto, tomarle fotos malas a una casa embrujada, escribir rollos chupapitescos refriteando lo que ya escribieron otros, inventar nombres rimbombantes (como “teleplastia”) para lo que su limitada dotación neuronal no alcanza a colegir o inventarse teorías sacadas de la manga o de alguna dosis generosa de un potente psicodisléptico no es investigar.

La investigación es una disciplina humana demasiado respetable como para permitir que la aborden violenta y bufonescamente personas de una probada incapacidad, de una ignorancia monumental y de un interés cuando menos sospechoso por hacerse de seguidores y vender productos variaditos.

La investigación es una forma organizada y sistemática de encontrar respuestas a las preguntas. Generalmente sigue el método científico de cuatro pasos: Caracterización (observación y descripción de un fenómeno físico y objetivamente medido), Hipótesis (propuesta de una posible explicación de lo caracterizado), Predicción (deducción lógica derivada de la hipótesis) y Experimento (prueba de todas las anteriores).

La investigación parte del honrado “no sé” para buscar el conocimiento, no parte de un “yo sé” para luego tratar de sustentar interesada y convenencieramente el prejuicio, escondiendo bajo la alfombra los datos que no nos vienen a modo.

Nada de esto lo hacen los supuestos investigadores síquico-paranormalológico-parapsicológico-ovnilógico-rascasobaqueros.

La investigación no es un hecho aislado, sino que es parte de un esfuerzo común a toda la humanidad, mediante el cual los conocimientos certeros que tenemos sobre el universo que nos rodea se van afinando, mejorando, perfeccionando y ampliando, formando un entramado de explicaciones útiles que asombraría al boberío paranormaloide si pudieran entenderlo. Todo sustenta a todo, es una estructura intelectual magnífica y en constante evolución.

La física, la química, la biología, la fisiología celular, la genética, la paleontología, la cosmología, las neurociencias, la geología y otras disciplinas no son entes independientes que flotan en un marasmo de misterio, sino que todas se engarzan maravillosamente, se sustentan mutuamente, se unen como piezas de un modelo para armar de la realidad que va dándonos una imagen cada vez mejor de todo, y donde las aparentes incongruencias o disonancias generan más y mejor investigación, y siempre esta investigación ha dado como resultado un fortalecimiento de nuestra estructura del conocimiento certero o científico.

Ante el maravilloso espectáculo del cerebro humano comprendiendo su mundo e incluso a sí mismo, las poco numerosas pero altamente escandalosas hordas de saraguatos paranormalológicos lo único que aportan es una burda pieza de rompecabezas inventada por ellos, que no describe pero mucho menos explica parte alguna de la realidad, y tratarla de encajar a huevo en la estructura del conocimiento. Cuando ven que a) su malhechota pieza no cabe en ningún lado, b) la gente pensante los toma a chacota y c) su engendrillo no funciona en lo más mínimo, avergonzándose ante otras piezas del rompecabezas que funcionan divinamente (los enlaces químicos, las leyes de la termodinámica, los antibióticos, la neurotransmisión, la herencia genética), reaccionan de tres formas que los ponen en su justa dimensión:

Primero Se encabronan y declaran a cualquier ingenuo que los quiera oír que ese maravilloso edificio producto de miles de años de ciencia y conocimiento certero no sirve para nada. Mientras miran al mundo detrás de sus gafas (graduadas correctamente gracias al conocimiento de la refracción de la luz y de la anatomofisiología del ojo humano), yendo en sus cochecitos (que funcionan gracias a las leyes físicoquímicas que abominan) a estaciones de radio y televisión (maravillas de la electrónica de la que estos aprovechados lo ignoran todo), vestidos con fibras artificiales, vacunados, probablemente conectados a Internet, dicen que la ciencia es inútil, vana y mentirosa.

Segundo Aseguran que los hombres y mujeres que hacen avanzar el conocimiento día tras día, investigando de verdad, son en realidad malvados y crueles conspiradores oscuros porque no los dejan entrar a su club. El soplapitos paranormalólogo considera que su sola existencia, su inquietud (muy legítima a veces, pero siempre mal encaminada), su asombrosa empanada mental, su desorganización conceptual, su falta de sistema, su imbatible ego y, por sobre todo, su egregia ignorancia que confunden con “conocimiento alternativo”, le merece Premios Nobel, lugares en las academias de ciencias y el respeto que no se sabe ganar como la gente normal.

Y tercero Sufren la peligrosa alucinación de que son como los científicos a los que perseguía la iglesia (complejo de Galileo). Pero Galileo se enfrentaba con datos reales a las creencias salvajes de la iglesia. Los científicos o precientíficos de la época apoyaban a Galileo, mientras que los archiensotanados de la creencia irracional se rehusaban a ver por el telescopio (pregunta rápida: ¿cuántos ovnilocos cree usted que hayan puesto el ojo en el ocular de un telescopio?). Los soplapitos son una creencia fanática, enemigos, como los ensotanados del renacimeinto, de la ciencia, y como buenos inquisidores quieren ejecutar en el patíbulo a la ciencia, quemar en leña verde a los científicos (Galileo incluido, ya que su teoría hizo pedazos las alucinaciones astrológicas) y matar cualquier asomo de pensamiento crítico en la mente de sus seguidores, con el único objeto de sentirse justificados en sus delirios y considerarse menos estrafalarios, y gritan a los cuatro vientos que son “investigadores”, cuando no hacen sino repetir como robots industriales el programita que algún vivillo les enseñó (la millonésima prueba con cartas Zener que no demuestra nada, la enésima foto Kirlian que sigue fotografiando la descarga eléctrica que se usa para tomarla, la duomilésima grabación de ruido en el que juran que se ocultan las voces del “más pallá”, la chorrocentésima “regresión hipnótica” que no demuestra nada más que la fantasía conjunta del hipnotizador y su víctima, etc., etc.).

Un ejemplo de lo mal que se lleva el abordaje pirata de los monederos ajemos con la investigación nos lo da el origen de todos estos grupos, la Society for Psychical Research (SPR, Sociedad para la investigación psíquica), fundada en Inglaterra en 1882 con objeto de realizar una investigación científica sobre el espiritismo. Seis áreas les interesaban a los científicos serios que fundaron tal institución conjuntamente con algunos espiritistas y fingidores: la telepatía, el “mesmerismo” (hoy hipnosis), los médiums, las apariciones, los fenómenos físicos asociados con las sesiones espiritistas y, finalmente, la historia de todos estos fenómenos.

El interés era ciertamente legítimo en aquél entonces. Pero pronto vinieron los problemas. Como en la SPR había gente inteligente, inquisitiva y pensante, para 1887 muchos espiritistas abandonaron el grupo, y más cuando vieron que los tales científicos no se quedaban calladitos cuando veían mentiras y engañifas, sino que las admitían con la frescura y honestidad que enseña el método científico. Precisamente el momento más alto de la SPR fue cuando desenmascararon las numerosísimas patrañas de “Madam” Helena (o Elena) Petrovna Blavatsky, que es como la madre espiritual de todo embustero paranormaloide actual.

Los tales científicos siguieron adelante, usando la observación, la inteligencia, el pensamiento crítico y buenos protocolos de investigación para enfrentar a los potentes videntes de su era. Pronto vinieron los desenmascaramientos de espiritistas falsarios a cargo de Houdini, al que la SPR de entonces no hizo menos. Conforme se veía que todo tenía el aspecto de un grosero y regordete embuste, la gente inteligente se fue saliendo de la SPR, sobre todo cuando se hizo evidente que no podían siquiera demostrar la existencia de sus objetos de estudio, cuantimenos (como dicen en mi pueblo) iban a poder describir, analizar y explicar los tales objetos de estudio. La gente seria acabó abandonando la SPR y actualmente es un cascarón inútil.

Los verdaderos investigadores investigan. La crítica a los delirios, muchas veces peligrosos, de los paranormalólogos y los enigmatistas queda principalmente en manos de los divulgadores de la ciencia. Cierto, ocasionalmente algún científico se distrae de sus ocupaciones, exasperado, para poner en su lugar al pendejerío paranormalista, pero son los menos. Y qué bueno. Es obviamente preferible que los bioquímicos se ocupen de encontrar nuevos medicamentos a que pierdan el tiempo con la magnetoterapia (salvo el tiempo justo para demostrar que no cura ni un callo), o que los arqueólogos sigan develando los misterios de nuestro pasado en vez de ocuparse de discutir con un racista ignorante como Von Däniken, o que los astrónomos sigan explicándonos el universo en lugar de tratar de meter en la cabecita de los ovnílatras y los astrólogos los conceptos más elementales del tamaño del Universo, la velocidad de la luz y otros asuntos más allá de su comprensión.

Cuando estos mareados usan la palabra “investigador” para autoaplicársela, no se están describiendo, pues, sino mostrando alegremente su intrusismo, simulación, suplantación y desfachatez.

Guía para detectar a los pillastres y sus patrañas

Guía para detectar a los pillastres y sus patrañas

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Visitando sitios de los anillos Web a los que pertenecemos actualmente (“Red escéptica” y “The Skeptic Ring”) encontramos numerosas páginas de interés que tocan algunos de los muchísimos aspectos de la falsedad organizada que se cobija bajo palabras como “esotérico”, “místico”, “parapsicológico”, “alternativo”, “natural”, “tradicional” o, directamente, “mágico” (palabras todas que se traducen en una sola: “engañifa”).

Ser exhaustivo con los cantamañanas que venden tales numeritos de circo no es tarea fácil. Constantemente aparecen nuevas variantes de sus chanchullos, inventan “disciplinas”, se les ocurren “explicaciones” extravagantes y, en general, presentan un blanco móvil, como lo demostramos con la lista de sitios en los que proponen que está la Atlántida o Atlantis, en la que encontramos ¡12 opciones! a gusto del consumidor (debe haber muchas más).

Lo bueno es que la lucha contra la estupidez organizada es asunto de muchas personas en todo el mundo que, incluso, han logrado establecer cátedras universitarias dedicadas al pensamiento crítico y creativo.

(Uno pensaría que toda la educación se debería dedicar a conseguir que los alumnos piensen de manera crítica y creativa, y no sólo a la repetición mecánica de información que muchas veces ni entienden, pero la realidad es que a casi nadie, excepto a los alumnos, claro, le conviene que las mayorías piensen de manera crítica, y por tanto sus programas educativos casi nunca pasan por ahí.)

Nos encontramos, pues, en la Universidad Metodista del Sur (Southern Methodist University) el curso de física “El método científico: pensamiento crítico y creativo, desenmascarar a las seudociencias”, diseñado e impartido por John L. Cotton y Randall J. Scalise, que a falta de títulos mamones como “Hipnólogo de seis pares de cojones” o “Máster en parapsicología con especialidad en la separación quirúrgica de los clientes y de sus billeteras” son humildes doctores en física.

En el tal sitio incluyen una lista de 24 preguntas que pueden (y deben) hacerse cada vez que algún haragán se le acerque para convencerlo de alguna novedosa forma de “curación”, de algún impresionante “contacto extraterrestre”, de la utilidad de la “hipnosis” para que le crezca el pito o las tetas, o de cualquier otra burrada seudocientífica.

Le escribimos al doctor Scalise pidiendo su permiso para traduicr y adaptar la lista de modo que la conozcan los lectores hispanoparlantes, y recibimos su permiso.

El crédito correspondiente es para los profesores John L. Cotton y Randall J. Scalise, quienes, a su vez, dan crédito a muchos escritores como Michael Shermer, Robert Park, Carl Sagan y otros que “han escrito libros y artículos sobre estos temas. Todos ellos han generado listas de cosas que hay que tener presentes y preguntas que deben hacerse para detectar las afirmaciones falaces e incluso el fraude directo”.

Ellos resumieron esas listas, en ésta, “La colección para la detección de disparates” que, con su permiso, adaptamos y comentamos con dedicatoria especial a las sanguijuelas que se retuercen rabiosas cada vez que en este humildérrimo blog tiramos de la manta y exhibimos la clase de babosadas con las que medran.

Ninguna lista de preguntas, claro, basta para detectar todas las afirmaciones absurdas y los dislates de los loquitos, porque no hay nada que sustituya al sentido común (que, como todo el mundo sabe, es el menos común de los sentidos) pero, al partir de éstas que aquí reunimos, el ciudadano común y corriente tiene un asidero sólido cuando el canto de las sirenas lo atraiga a arrojarse por el precipicio del despropósito organizado y la ignorancia optativa.

1. ¿Cómo se anuncia el alegato o descubrimiento?

Un descubrimiento científico no sale del laboratorio directo a los periódicos. Debe explicarse en artículos que explican con todo detalle cómo se llegó a determinada conclusión, cómo se hizo el experimento, qué controles hubo, etc. Estos artículos se revisan antes de ser aceptados en una revista científica. Todo ello tiene por objeto evitar al máximo que orates pretenciosos hagan afirmaciones insostenibles y seudocientíficas. En esas revistas (no en las revistuchas pomposas y millonarias de los JIménez del Oso o los Javiercitos Sierra) se han publicado cosas como la teoría de la relatividad de Einstein, la mecánica cuántica de Planck (de la que suelen echar mano los charlatanes sin tener la más vaga idea de qué carajos significa), la vacuna contra la poliomielitis, la Viagra, los principios de la energía solar y eólica, los primeros intentos de trasplante, la determinación de la forma y composición del ADN, y prácticamente todas las cosas que sirven, funcionan, son reales y mejoran nuestra vida. Si el anuncio se hace en una conferencia de prensa, en una revista de dudosa seriedad (o de cero seriedad, que es lo más frecuente) o en un programa de televisión, vale la pena ser cauteloso, probablemente nadie ha verificado la validez de la afirmación, es decir, que no ha sido corroborada por investigadores independientes (no por los amigos del charlatán, ojo). Y ya si le piden dinero para suscribirse a un boletín, revista, sitio Web, lista de correos, curso o club iniciático, afiance su billetera con las dos manos y salga huyendo.

2. ¿La persona o grupo en cuestión suele hacer alegatos de ese tipo con frecuencia?

Si la fuente del sorprendente “descubrimiento” o afirmación hace con frecuencia alegatos que no se relacionan en lo más mínimo con el conocimiento certero del que disponemos en la actualidad, cuidado. El mejor ejemplo son los taradazos que anuncian cada tanto el fin del mundo, esperando algún día atinarle (no sé, supongo que en sus escasas y desnutridas neuronas creen que cuando el mundo sí se acabe van a ganar un montón de dinero yendo a programas de televisión). Otro ejemplo son los que empiezan jurando que graban las voces de los muertos y acaban ofreciendo cursos sobre “chakras”, historias de duendes o cuentos de platillos voladores.

3. ¿Lo que se cita como prueba es evidencia anecdótica?

Las anécdotas o relatos individuales, carecen de utilidad científica y son, a lo mucho, indicios para sugerir avenidas de investigación. Pero recoger anécdotas o testimonios no es “investigación”. Las anécdotas sólo dicen lo que una persona vivió y cree (suponiendo que no esté, además, mintiendo). No se puede inferir ningún principio generalizado a partir de una anécdota (ni de varias). Las afirmaciones, inventos, descubrimientos o relatos que citan grandes cantidades de anécdotas o testimonios y nada de pruebas sólidas son sospechosos.

4. ¿La fuente (persona, grupo, mafiecilla) alega que “la ciencia establecida está tratando de reprimir este descubrimiento”?

Alerta roja. Esta afirmación (que hacen buscando la simpatía que el noble espíritu humano destina a los Davids que luchan contra horrendos Goliats poderosos aprovechando que la gente en general no sabe como funciona la investigación científica ni qué es “la ciencia”) suele hacerse sin ninguna prueba tampoco de que la “ciencia establecida” (sea lo que sea que eso signifique) esté haciendo tal cosa. Pero además, esa acusación aviesa no es ninguna prueba de que su afirmación sea verdad. Están mareando la perdiz, escondiendo la mano o haciéndose pendejos.

5. ¿El alegato encaja en lo que sabemos del universo?

Sabemos mucho sobre nuestro universo, realmente… mucho más de lo que imaginan los embaucadores. Sabemos cada vez más. Y, en el proceso de aprender eso, hemos descubierto el asombroso hecho de que todos esos conocimientos son armónicos y conforman un contexto amplio exento de contradicciones salvo en lo referido a interpretaciones sobre lo que todavía ignoramos (la ciencia avanza todo el tiempo, a diferencia de las seudociencias y falsedades). ¿La afirmación que se ofrece para nuestro consumo encaja en ese contexto de conocimiento ya adquirido? Shermer usa como ejemplo la afirmación integrista de que la Tierra sólo tiene 6,000 años de antigüedad, y que, para que la aceptemos, exige que aceptemos también que todo lo que se sabe acerca de la Tierra y el sistema solar mediante la astronomía, la física, la geología, la biología, la paleontología y otras ciencias es completamente falso.

6. ¿El descubrimiento se realizó en una situación de aislamiento?

Hace años, personas brillantes sin educación científica previa podían hacer descubrimientos científicos relevantes trabajando en la cochera. Hoy eso es prácticamente imposible. Por decirlo de algún modo, las cosas fáciles de descubrir ya las descubrimos, incluso varias veces. Es mucho más probable que la persona que anuncie tan gran “descubrimiento” sin formación científica esté malinterpretando un efecto natural ya conocido. Sin embargo, incluso cuando se les muestra su error, conservan la creencia de su grandeza. La psiquiatría tiene un nombre para eso.

Por ejemplo, en 1986, en México, un doctor León Roque, “descubrió” que el árbol del tepezcohuite (una acacia) era “bueno para las quemaduras” (así, en general y vagamente), sacó una patente en los EE.UU. (lo cual no significa nada) y se puso a comercializar su brillante descubrimiento: la corteza del tepezcohuite reducida a polvo.

Resultó que el agente activo del tepezcohuite era el ácido tánico (el mismo que se usa para curtir pieles) y que en el pasado la medicina ya lo había usado para tratar quemaduras, pero por sus efectos colaterales, su uso se había dejado de lado en la mayoría de los casos habiendo remedios más efectivos y menos peligrosos. Más aún, la patente del tal Roque era biopiratería pura, porque las propiedades del tepezcohuite en polvo ya eran conocidas por los mayas desde el siglo X. El ácido tánico (y, por ende, el tepezcohuite) sirve, para acelerar la cicatrización de pequeñas quemaduras o heridas, pero para nada más (mucho menos para tratar quemaduras graves y extensas, como quería inventar el “inventor”).

¿Aceptaron la explicación el doctor y la caterva de “naturópatas” y “fitoterapeutas” que se le subieron al tren (por no mencionar a su socio, Jorge Santillana, que depredó los bosques chiapanecos para engordar el negocio jodiendo de paso a los indígenas de los alrededores según denuncia la ONG Pro Diversitas)? Por supuesto que no. Al cabo de unos meses, Roque ya vendía shampoo de tepezcohuite para evitar la caída del pelo (sin explicar qué carajos tiene que ver curar las quemaduras con la calvicie), chicle de tepezcohuite anticaries (tampoco lo explican), pomada de tepzcohuite para un cutis fresco y radiante y mil estupideces más.

Presionados por una opinión pública ignorante y sensacionalista, los hospitales mexicanos probaron el tepezcohuite con los mismos resultados que tenía el ácido tánico simple (que es, además, más barato), y su uso médico se abandonó. Pero aún se le puede encontrar, rodeado de verborrea estridente sobre sus “mágicas” propiedades, en diversas tiendas supuestamente “naturistas”.

7. ¿Alguien ha tratado de refutar el alegato?

Es muy importante determinar si otros investigadores (independientes, insistimos, no cómplices, contlapaches, coequiperos, paleros, compadres, amiguetes o asociados del charlatán mayor) han tratado de duplicar el trabajo en cuestión. Es para esto que los científicos de verdad publican sus detallados artículos en las revistas serias: para que otros investigadores competentes puedan intentar reproducir los experimentos. Esos otros investigadores repiten los procedimientos y publican sus resultados y, si coinciden con los originales, se puede aceptar que son reales, no antes.

8. ¿La fuente (persona o grupo) ofrece una nueva explicación para fenómenos observados o simplemente está atacando la explicación ya existente?

Como ocurre con las afirmaciones de que “la ciencia” los reprime, esta afirmación no ofrece ninguna prueba real de que el descubrimiento es válido. Cualquier persona que ataque las explicaciones ya existentes deben probar tanto que la explicación es incorrecta como que su explicación alternativa (si la tiene) es más sólida que la anterior. No habiendo evidencia, lo único que sabemos es que no les gusta la explicación existente, a saber por qué.

Sabemos, por ejemplo, que los objetos que se ven en el cielo son estrellas, cometas, meteoritos, satélites humanos, naves espaciales humanas, aviones, helicópteros, globos aerostáticos, paracaidistas, relámpagos, pájaros diversos y cosas así de vulgares. Si alguien pretende cambiar esas explicaciones por una en la cual un objeto más o menos difuso fotografiado por un zoperútano incapaz de enfocar una cámara es “una nave extraterrestre”, necesita pruebas bastante más sólidas que la foto fodonga que vende por las televisiones, ¿no? Necesita, por lo menos, a los extraterrestres en persona y con su correspectiva prueba de ADN. El salto lógico inmenso que va de un manchón en una foto a una civilización completa que viola las leyes del universo no se justifica en modo alguno.

9. ¿La fuente alega que “este conocimiento ha sobrevivido tanto tiempo que debe ser bueno”?

Hay muchas cosas que se “descubrieron” en el pasado, joyas de la sabiduría ancestral como “la Tierra es plana”, “las enfermedades las causan los demonios”, “los aristócratas tienen la sangre azul”, “si uno se momifica luego vuelve a la vida”, “hay cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego” y otras joyas de esa calaña que el tiempo ha demostrado que no tienen base en la realidad. La “antigüedad” o “tradicionalidad” de una afirmación no le da ningún nivel de verdad. Lo que importa son las pruebas, no lo antiguo de la afirmación. (Ya en nuestra entrada “Cuentos chinos II: ignorancia tradicional, ignorancia alternativa” vimos lo atrozmente inútil que resultó la medicina tradicional china para darle una vida más larga y sana a los chinos durante miles de años, mientras que la medicina real ha obtenido resultados espectaculares y beneficios demostrables para los chinos.)

10. ¿El efecto observado es demasiado pequeño y lo acompaña la imposibilidad de aumentarlo?

Una pregunta compañera de ésta debe ser: ¿el experimento es multiestadístico o es una medición directa?

Los soplapitos de la parapsicología siempre empiezan con una afirmación encabronadamente gorda: “Hay gente que puede mover objetos con la mente” y, cuando pueden, se apoyan en los trucos de escenario de “gurús” extractores de dinero como Rosa Kuleshkova, Nina Kulagina o Uri Geller, que trabajaron siempre sin control científico. Pero cuando estas afirmaciones maravillosas van al laboratorio, la falta de resultados los lleva a hacer estudios estadísticos enormes buscando que alguien mueva a distancia objetos de apenas unos microgramos (millonésimas de gramo) de peso ubicados en una balanza de precisión. Y, aún en esos casos, los resultados apenas se apartan de lo esperado por el azar. Es la historia de todas las “investigaciones en percepción extrasensorial” que desarrolló J.B. Rhine en la universidad de Duke (misma que encontró tan poco impresionantes y malhechotas las investigaciones de Rhine que ya no financia boberías de ese tipo, sino que se concentra en cosas valiosas como las neurociencias, la antropología cultural y la física de partículas).

Las investigaciones estadísticas nos dicen, para empezar, que no hay prodigio tal que haga las maravillas que primero afirmaron los soplapitos (esto vale igual para la astrología, la telepatía y otras supercherías que han intentado conseguir en la estadística un asidero a sus alucinaciones). Y, por lo que sabemos de estadística, sobre todo en muestras enormemente grandes, las variaciones de la media suelen deberse más a un pequeño sesgo sistémico en el diseño experimental que en a un efecto verdadero. La estadística tiene su valor, pero si no está apoyada en otras pruebas, resulta inútil.

11. ¿Las pruebas del “descubrimiento” no mejoran con el tiempo?

Ésta se relaciona estrechamente con la pregunta 10. Si el efecto observado es en realidad un pequeño sesgo del protocolo experimental, nada que haga el investigador podrá aumentar el efecto. Para la comprobación vale la pena estar atentos a los resultados de experimentos posteriores. Si resulta que el efecto observado se hace de hecho más pequeño conforme mejoran los métodos experimentales, lo más probable es que un experimento perfecto demuestre que no existe el efecto que se afirma.

En la ciencia, lo que le costó mucho trabajo a los pioneros se vuelve trivial para sus legatarios al mejorar las técnicas experimentales para obtener mediciones más precisas y útiles. En seudociencia, los conocimientos están inmóviles, con frecuencia durante siglos.

12. ¿Hacia dónde apunta la mayor parte de las pruebas, al nuevo alegato o a otra cosa?

Pregúntese si el originador de la “explicación” se está concentrando en un detalle muy pequeño e ignorando una base enorme de pruebas acumuladas que indican que la explicación es otra? Es decir, tenga presente el contexto del conocimiento actual al analizar las pruebas del alegato.

13. ¿Qué tipo de razonamiento se usó?

No, no vamos a decir que la charlatanería se distingue por no usar razonamientos. Lo que sí podemos decir es que sus razonamientos se hacen sin el rigor mínimo de la más elemental lógica.

A lo que se refieren aquí los compiladores de la lista es a un pensamiento que se llama en latín Post hoc, ergo propter hoc y que se traduce como “después de esto, por tanto a causa de esto”. Esto implica una confusión sobre las causas de un acontecimiento. El que A ocurra después de B no significa que A sea “causado” por B.

Hay un error que ilustra este pensamiento. Muchas personas se deben someter a tratamientos médicos prolongados que pueden ser desesperantes. Estos tratamientos en ocasiones no ofrecen ninguna sensación de mejoría en las primeras etapas, lo que puede desesperar al paciente. Si el paciente va entonces con algún médico brujo o curandero (ahora les gusta que les llamen “sanadores”) y poco después empieza a experimentar una mejoría, es común que lo atribuya al sanador (post hoc, ergo propter hoc) y no al tratamiento médico, aunque realmente el médico brujo no haya tenido ningún efecto.

Dicho de otro modo, la correlación no implica causación.

Las supersticiones son ejemplo, también, de este pensamiento. Si un día aprobamos un examen difícil y resulta que ese día no nos cambiamos de ropa interior, un pensamiento acientífico nos hará suponer que “no cambiarse de ropa interior” es el elemento que “causa” que aprobemos el examen, por lo cual podemos incurrir en la práctica supersticiosa de no cambiarnos de ropa interior cuando vayamos a tener examen.

Vale la pena tener también cautela con lo que los doctores Scalise y Cotton llaman “técnicas cuestionables” (y que nosotros llamamos engañifas insostenibles) como la regresión hipnótica, la evidencia anecdótica (véase la pregunta 3), las pruebas de mala calidad (como las fotos borrosas), las teorías de la conspiración (como los grandes encubrimientos gubernamentales) y los sencillos errores de percepción.

Paréntesis sobre los “sencillos errores de percepción”.

Dando un taller de géneros periodísticos en la Universidad Autónoma del Estado de México hace una década (o más), adapté un experimento sicológico para demostrarle a mis alumnos por qué debían ser muy cuidadosos con sus fuentes y testigos. A media clase, llegó un muchacho desconocido preguntando por una tal “Leticia”. Yo le dije que no había ninguna Leticia en la clase y, en ese momento, llegó otro muchacho insultando al primero, lo golpeó brutalmente, el primero cayó en mitad del salón mientras el segundo huía, y el primero se levantó y salió en su persecución. Todo esto pasó a mediodía, frente a tres decenas de periodistas, algunos ya con experiencia, que quedaron bastante impactados (la violencia nunca es agradable ni neutral, nos dispara la adrenalina invariablemente). En ese momento, les pedí que escribieran una nota corta periodística sobre lo que vieron.

El resultado fue el que predecía el experimento: pese a haber sido testigos presenciales y atentos de un hecho acontecido minutos antes, todos fallaron en la descripción exacta de los hechos, debido a la enorme carga emocional que les provocó la violencia. Le ponían a uno la ropa del otro, o les cambiaban el color de la ropa, o la descripción, le ponían y quitaban bigotes y barbas a uno y otro, agregaban u omitían palabras del breve diálogo, en fin, que con base en su descripción ningún policía habría encontrado a los dos alumnos de teatro que me ayudaron en la demostración.

Lo que yo buscaba era que los alumnos, en su trabajo periodístico, no se conformaran con que alguien dijera haber visto algo, que tuvieran presente que los testigos no son 100% confiables, sobre todo cuando están bajo tensión emocional. El experimento sirve también para el pensamiento crítico: no podemos ni debemos creer todo lo que nos dicen, así lo digan “capitanes de aviación” u otros personajes de cierta autoridad citados con frecuencia por los mercaderes de lo irreal. Todos podemos tener errores de percepción, y de hecho los tenemos con más frecuencia de lo que creemos.

Fin del paréntesis.

14. ¿La nueva afirmación ofrece una nueva explicación a algún fenómeno y, en tal caso, explica tantos fenómenos como la explicación anterior o más?

La teoría de la relatividad de Einstein, por ejemplo, explicaba más fenómenos de los que podía explicar la mecánica clásica newtoniana. Pero a velocidades muy inferiores a las de la luz, la relatividad se reduce a la mecánica clásica de Newton.

15. ¿Hay alguna indicación de que las creencias y prejuicios de la persona o grupo que hace la afirmación estén influyendo en las conclusiones?

Esta pregunta se puede decir también así: ¿Se han ignorado o hecho a un lado otras pruebas? Para tener una explicación de las cosas se deben tomar en cuenta todas las pruebas, no sólo las partes que nos convienen. El proceso científico está diseñado para conseguir esto, precisamente.

16. ¿Es posible probar la afirmación?

Las explicaciones que no hacen predicciones que se puedan probar son inútiles y no le añaden nada al conocimiento. Si se afirma, digamos, que las posiciones de algunas estrellas y planetas cuidadosamente seleccionados afectan de manera clara los acontecimientos de este planeta, tanto que hay gente dispuesta a cobrar por descifrar tales influencias, deben poder hacer predicciones que se puedan probar. Pero cuando se llega aquí, los astrólogos dicen vaguedades convenencieras como “las estrellas no determinan, sólo influyen” o cosas así, con lo cual hacen imposible que se pruebe si sus rollos son reales o, como parece, charlatanería con un grado de pureza química propio para aplicaciones industriales. Afirmaciones como “Dios lo hizo” tampoco se pueden probar.

17. ¿Se ofrece una cadena de pruebas (eslabones)?

Si la fuente presenta una cadena de eslabones probatorios de un alegato, todos los eslabones deben ser sólidos. Una cadena probatoria es inútil si falla incluso uno de sus eslabones. Si alguien alega que A causa a B, que B causa a C, que C causa a D y que D causa a E (cuya conclusión lógica es que A causa en última instancia a E), más vale que estén listos para demostrar todos los eslabones. Si, por ejemplo, se prueban todos los eslabones excepto que C causa a D, que no se puede probar, entonces no se puede decir que A dé como resultado E.

18. En casos extremos, como los alegatos sobre ovnis, ¿pueden descontarse con certeza la posibilidad de un fraude o bulo?

Por ejemplo, las pruebas que se dan sobre los “platillos voladores” son generalmente fotográficas o videográficas. La tecnología de imágenes actual es tan buena que no es posible detectar una fotografía fraudulenta examinándola (cuando se puede, porque los negativos tienden a perderse y se trabaja con copias que no se pueden analizar). Pero no olvidemos que películas como 2001, una odisea del espacio se hicieron cuando no había animación computarizada, y sin embargo los efectos son impresionantes. La afirmación de que una fotografía ha “pasado por todas las pruebas fotográficas” parte de una falacia: que los expertos en fotografía pueden realmente detectar todos los fraudes, cosa que no es, ni nunca ha sido cierta. Los análisis fotográficos pueden detectar algunas manipulaciones, pero no todas, ni mucho menos. El que un experto no detecte el fraude simplemente demuestra que el fraude está muy bien hecho. A menos que se pueda descontar totalmente el fraude, queda siempre la probabilidad de que las pruebas sean falsas.

19. ¿El invento que se alega violaría las leyes de la termodinámica?

Siempre hay que tener presentes las leyes de la termodinámica. El universo, quiéranlo o no los chupasangres, funciona de acuerdo a un conjunto de leyes físicas que entendemos muy razonablemente. Esas leyes rigen todo lo que pasa en nuestro universo, describiendo con precisión lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. No hay inteligencia tal, por extraterrestre que fuera, que pueda violar dichas leyes.

La Primera ley de la termodinámica dice, simplemente, que “no se puede ganar”. La energía se conserva, no se crea mágicamente. El latinajo correspondiente es Non gratuitum prandium, es decir, que no hay almuerzos gratis. No se puede obtener energía térmica de una sola fuente, se requiere un flujo de calor de lo caliente a lo frío.

La Segunda ley de la termodinámica dice “no se puede empatar”. Todo proceso de conversión de la energía tiene pérdidas, es decir, la cantidad de energía que se extraiga de él será menor que la energía que se había invertido en él. La diferencia es calor perdido, y colabora con la creciente entropía del universo. Nadie nunca ha descubierto una forma de impedir esto. Por supuesto, si algún contactado u ovnílatra dice que “los extraterrestres sí pueden hacerlo”, tiene que demostrar cómo, con una explicación clara y detallada, no sólo hacer la afirmación en el vacío.

Obtener “algo a cambio de nada”, o bien obtener “mucho a cambio de poco” es una propuesta de la magia que no ocurre en la realidad. Enamorar a alguien es una fuerte inversión emocional, en tiempo y en dedicación, que no se puede sustituir con un “filtro de amor”, por ejemplo.

20. ¿El alegato o el descubrimiento es verdaderamente espectacular?

En palabras sencillas, los científicos dicen que “las afirmaciones extraordinarias demandan pruebas extraordinarias”. Ni más ni menos. Si una afirmación niega el conocimiento existente o abre avenidas totalmente nuevas, debe ofrecer pruebas sólidas. Si se alega que se ha descubierto vida en Marte o que alguien ha conseguido detener el proceso de envejecimiento, se requieren pruebas verdaderamente extraordinarias para demostrarlo. Una observación vaga, unas pocas anécdotas, un acierto al azar no bastan. Si bastaran, nos creeríamos cualquier pamplina simplemente al escucharla.

21. Cuidado con las defensas especiales.

Se debe tener especial cautela ante cualquier alegato o excusa de que el efecto que se alega no puede medirse por alguna razón. Por ejemplo, está el cuento de que “la presencia de un no creyente contamina el efecto” (en realidad, el efecto desaparece cuando el charlatanazo se entera de que hay un escéptico presente, yo en lo personal he estado en exhibiciones de variadas patrañas, lanzando cuantas malas vibraciones se me ocurrían, y de todos modos las maravillas seguían ocurriendo, hasta que el cirquero de turno se enteraba de que yo soy escéptico y que quería someterlo a una investigación seria, entonces y sólo entonces sacaban esta flaca excuda). Otro alegato igualmente farsantesco es que “medir el efecto lo destruye”. En pocas palabras, si no se puede medir un “efecto”, lo más probable es que no exista y que lo demás sean coartadas para seguir una labor desplumatoria.

22. Si el efecto se mide en una muestra, ¿cómo se obtuvo esa muestra?

La medición estadística demanda que se tenga una muestra verdaderamente aleatoria. La obtención de tal muestra es toda una especialidad, y es algo mucho más difícil de lo que muchos creen. Si el muestreo es incorrecto por alguna de muchas causas, habrá problemas que pueden sesgar gravemente los resultados.

Por ejemplo, si para una encuesta deseamos una muestra al azar, ¿qué habría que hacer? No vale tomar el directorio telefónico al azar, pues dejaríamos fuera de la muestra a quienes no tienen teléfono o no aparecen en el directorio. Ir al centro a elegir peatones al azar excluirá a todas las personas que no suelen ir al centro. Obtener una muestra verdaderamente aleatoria y, por tanto, representativa, no es fácil.

Y, claro, especialmente sospechoso resulta cuando la “muestra” está compuesta únicamente de cófrades, discípulos, creyentes, seguidores, fans, aficionados, colegas o compañeros de borrachera de los que hacen el alegato en primer lugar.

23. Cuidado con el pensamiento del tipo “no puede ser, así que no es”.

En el incidente de las Hadas de Cottingley, en 1917, dos niñas que eran primas tomaron fotografías que supuestamente mostraban hadas jugueteando con ellas en el bosque. La gente considró que las dos niñas eran incapaces de realizar tamaño fraude, y por tanto concluyeron que no lo habían hecho, después de lo cual se presentaron las fotos como “fotos genuinas de hadas” (en el garlito cayo hasta Arthur Conan Doyle, que pese a haber creado a un personaje científico y escéptico, como persona se tragaba cualquier cuento). Finalmente, mucho después, se demostró que las niñas habían, efectivamente, recortado las “hadas” de algunas revistas y las habían fotografiado para una broma que se les salió de las manos cuando las vieron otras personas. Eso sin contar con que nadie tomó en cuenta que el padre y tío de las niñas era un avezado fotógrafo.

Este argumento debe recordarse cuando se alega, por ejemplo, que el distinguido vividor “Billy” Meier “no pudo” falsificar sus fotos de ovnis. ¿Cómo que no pudo? Claro que pudo.

24. Tenga en cuenta la ortografía y la gramática.

Al leer un sitio Web, un volante o cualquier otra cosa, tenga presente qué tan bien está escrito el material. Un sitio Web o material impreso lleno de faltas de ortografía y mala gramática es altamente sospechoso.

(La verdad, este último punto me sorprendió en especial, ya que suelo hacer burla de la patente incapacidad de los charlatanes para expresarse correctamente en su idioma. Sí, me parece increíble que “iluminados” que han “trascendido los groseros límites del espíritu humano” y que se fingen “mentes prodigiosas” cuando no “másters en mamología” no sepan siquiera comunicarse correctamente.)

Hasta aquí la lista de Cotton y Scalise. Yo añadiría (y añado) un punto 25:

25. ¿El alegato acude a alguna forma de la magia?

Ya hemos explicado, al desenmascarar las patrañas del tal Txumari Alfaro lo que es la magia representativa. Si el alegato afirma que el hecho de que una cosa se parezca a otra o la represente dé como resultado una relación funcional, es poco confiable.

Por ejemplo, el remedio chino de comer pene de ciervo para la impotencia, o cuerno de rinoceronte en África, o el ginseng coreano, se basan en la simbología fálica que implica que algo que parece un pene “ayuda al pene”. La relación entre ambas cosas se basa en una creencia mágica que no puede demostrarse con hechos. Lo mismo pasa con la astrología y su taradez constantemente repetida de que “como es arriba es abajo”, sin que nunca se hayan detenido a demostrar esta afirmación.

Un caso final es la homeopatía, que afirma que las enfermedades se curan con sustancias que provoquen los mismos síntomas. La idea de que una quemadura se debe tratar con algo que arda o que una fiebre gripal se cure contaminándonos con malaria (que también provoca fiebre) es patentemente boba.

Ahora sí, fin de la lista, por el momento.

Pero recuerde, si estas 25 preguntas y advertencias no le bastan, eche mano del sentido común. Al ejercitarlo se evitará el riesgo de acabar ensartado en las fauces de peligrosos creyentes fanáticos que pueden costarle dinero, salud, dignidad y hasta la vida, o de ser pasto y manutención de la mayoría de los charlatanes, los que saben a ciencia cierta que mienten y de ello hacen su miserable, desvergonzado y deshonesto modo de vida.

Eso de pensar críticamente

Eso de pensar críticamente

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La charlatanería se mueve en los terrenos de la fe, que se define como la creencia más allá de la razón. Cuando la razón aparece, la fe mengua y se marchita como un político sin puesto.

Por eso, los soplagaitas que promueven las más diversas gansadas para anormales se esfuerzan en lo posible por desacreditar a quienes tienen la osadía de decir que ellos, emperadores de la memez, no llevan un fino traje tejido con sabidurías ancestrales ni zapatos astrales ni pantalones extraterrestres ni capa videncial ni una corona con la que escuchan psicofonías (palabra que proviene de “psicosis”, que es “enfermedad mental caracterizada por delirios o alucinaciones, como la esquizofrenia o la paranoia” y “fonías”, del griego “fonos”, sonido), sino que andan en traje de rana, como dios los echó al mundo, en bolas, en pelota picada, en traje de nacer, desnudos, pues.

Pero es razonable que la gente ve esperpentos como los diez alcornoques encerrados en “El castillo de las mentes prodigiosas”, quien ve al Divino Otelmo vestido de mamarracho con su capa dorada, la punta de un misil intercontinental encajada en la cabeza a modo de mitra, anillos de dedo completo robados a una armadura medieval y pedrería suficiente para surtir de bisutería a toda la cadena de El Corte Inglés, se pregunte cómo puede evitar que un resbalón conceptual, una pérdida de equilibrio racional, un descuido informativo, lo lleve a adorar a tan grotesco esperpento o a alguno de sus cófrades.

En realidad no es necesario conocer los intrínguilis de la física cuántica y la cosmología para vacunarse contra estos tipos. Pensar científicamente no exige un doctorado en el MIT.

En realidad, es mucho más fácil que todo eso.

Se trata de ver lo que pregonan estos adefesios como un automóvil usado.

Así de fácil.

Digamos que llega con la lectora o el lector un agradable y bien vestido personaje a venderle un auto usado. El personaje, evidentemente, se ha leído todas las obras de Og Mandino sobre El vendedor más grande del mundo, es fino y educadísimo, habla grandilocuentemente y nos cubre de zalamerías.

Ante personajes así, la reacción inteligente es llevarse la mano a la cartera y aferrarse a ella con todas sus fuerzas. La mayoría de nosotros (incluso quienes le dejan su honradamente ganado dinero a potentados del embuste como Juanjo Benítez), escucharía sonar en su cerebro varias alarmas.

El tipo procede a ofrecernos un automóvil usado que es una maravilla. Sólo tiene mil kilómetros. Su dueña, una viejecita de aldea que nunca iba a más de 30 kilómetros por hora, lo guardaba en un garaje con humedad controlada, aire acondicionado y funda de seda. Las ruedas están como nuevas. La pintura parece recién salida del horno de la fábrica. Las vestiduras son de finísima piel de gacela salvaje. El motor ha sido probado por Renault y la empresa ha dicho que es casi igual al que usa el asturiano Alonso para perseguir a Schumacher. Es el coche que menos gasolina gasta en el mundo, con un frasquito de perfume lleno de combustible, usted puede ir de Madrid a San Petersburgo. En fin, el coche de sus sueños.

El único punto es que usted tiene que pagar antes de ver tal joya de la industria automovilística.

La pregunta es obvia: ¿usted pagaría?

La gran mayoría de las personas no le soltaría al proponente de tal collar de imbecilidades ni lo suficiente para tomarse un café.

Nadie compra un auto sin verlo. Y verlo no basta. Uno quiere probarlo, sentir cómo responde, tocar las vestiduras, quizá llevarlo a un taller de confianza donde un mecánico avezado y sabio en sus menesteres hará una evaluación seria para recomendarle si la compra es razonable o estaría usted adquiriendo una colección de problemas. La revisión comprendería todos los aspectos clave del vehículo: los frenos, la bomba de combustible, el embrague, la dirección, el sistema eléctrico, la transmisión, la compresión de los cilindros. Y se revisarían, por supuestísimo, los papeles que certifican la propiedad del auto.

Sólo si usted tiene una opinión favorable después de haber experimentado la conducción del vehículo y a ella suma la opinión favorable del mecánico, haría la entrega del dinero correspondiente.

Lo que ha hecho usted es actuar racionalmente, hacer uso del pensamiento crítico que es su mejor arma y, sobre todo, hacer uso del método científico de comprobación, ensayo, prueba y comprobación de la hipótesis que se le presentó en la forma de un auto usado.

Actuar así es parte de la naturaleza humana. Lo otro, la irracionalidad, se tiene que cultivar cuidadosamente, y los farsantes lo hacen con minuciosidad, al fin que no tienen otra cosa que hacer.

Si lo que ha hecho con el auto es lo razonable, ¿por qué no hacer lo mismo con las birrias que ofertan los autoproclamados expertos en fenómenos para anormales?

Si le llegan a usted con el cuento de que hay extraterrestres, fantasmas, telekinesis o cualquier otro delirio esquizofrénico y le piden que se comprometa con ellos, ¿es razonable hacerlo sin que siquiera den una prueba de la veracidad de sus aventuradas afirmaciones? Algunos le piden dinero (a cambio de libros, cursos, cursillos, aditamentos esenciales para ser vidente, consultas o donaciones para “investigaciones” mamonas), otros sólo quieren su adoración y lealtad. Algunos son creyentes sinceros con alma de evangelizadores, pero los más son embaucadores que depredan a otras personas para satisfacer sus necesidades (de dinero, de poder, de sexo, de admiración). En todo caso, le están pidiendo algo real, algo valioso que usted tiene, a cambio de promesas sin sustento.

¿Es razonable que usted les crea y les dé su tiempo y atención, su dinero o su admiración, sin haber siquiera constatado que la fantasía que le ofrendan es más real que el auto descrito unos párrafos arriba?

¿No es lógico pedirles pruebas más contundentes que las que se le pedirían al vendedor de autos usados, considerando que lo que ellos venden es aun más improbable que el coche fantástico? ¿No viene al caso que usted consulte con expertos que pueden señalarle todos los defectos, golpes, problemas de funcionamiento e inutilidad plena de lo que le están vendiendo estos desahogados?

Pues si usted hace eso, estará actuando como cualquier científico actúa al enfrentarse a los grandes misterios (verdaderos) del universo. Estará haciendo uso de su pensamiento crítico, sabrá dudar de las afirmaciones extravagantes, porque cuando algo suena demasiado bueno para ser cierto, generalmente es demasiado bueno para ser cierto.

Es fácil ver, entonces, que si la gente se acerca a ellos con preguntas soeces del tenor de “¿Y cómo sabe eso?” o “¿Puede probarlo?”, el negocio se les iría a pique más rápido que el Titanic.

El pensamiento crítico es un arma de la supervivencia, es un motor del avance personal y del progreso de la humanidad y es, sobre todo, el antídoto perfecto para que no le quiten el tiempo, la atención y el dinero con cuentos mariguanos que, hasta el día de hoy, no han podido probar. Las pruebas las sustituyen con más cuentos y mendacidades groseras (“atino el 80% de las veces”, “hay un señor al que le curé el cáncer”, “esto lo sabe todo el mundo”, “los científicos me persiguen porque soy más inteligente que ellos” y sandeces de similar calibre) que siguen siendo afirmaciones sin sustento.

Del mismo modo en que usted comprobaría la potencia del auto, debería comprobar la solidez de las afirmaciones de estos tipos. Del mismo modo en que acude a un mecánico que no sea amigo del vendedor de autos, seguramente debería acudir a ingenieros de sonido, egiptólogos, astrofísicos, paleoantropólogos y otros especialistas independientes que pueden determinar la veracidad de lo que estos tipos le dicen. (Dicho de otro modo, el tener a “sus propios expertos” no es prueba de nada, tampoco, son mecánicos amigos del vendedor.)

¿Hay energías? ¿Cómo se miden? ¿Qué frecuencia, amplitud, y potencia tienen? ¿Las ha podido medir alguien que no sea del club de crédulos? ¿Los extraterrestres nos han aportado algún conocimiento más allá de mensajitos espiritualoides blandengues? ¿Quiénes son las personas que este médico brujo ha curado, dónde están, qué médicos independientes han certificado las curaciones? ¿Quién hizo el estudio que dice que atinan tal porcentaje de veces? ¿El procedimiento usado para determinar que el estudio es válido es el mismo que se usa para determinar la validez de otros estudios o se lo inventaron a conveniencia? ¿Puede el adivino darnos una sola predicción concreta y específica para demostrar que ve el futuro? ¿Tienen alguna prueba además de afirmaciones desproporcionadas, alguna foto dudosa, alguna grabación realizada sin ningún control científico, algún testimonio de alguna persona seria que se pueda cotejar independientemente?

Preguntas y preguntas. Las mismas preguntas que se le hacen a un vendedor de autos usados, pues.

Eso, y no otra cosa, es pensar críticamente. Y vale contra los charlatanes de todo el zoológico, contra los falsarios políticos, contra los embaucadores comerciales, contra las sectas destructivas, contra el tendero engañoso y contra los videntes, paranormalólogos y demás fauna empeñada en vender autos usados que parecería imposible que existan y que, efectivamente, no existen.

Pero mantienen haraganes.

El arte del pensamiento desordenado

El arte del pensamiento desordenado

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A ver: el hombre va cada vez más rápido, ¿no? En la prehistoria, a pie, la velocidad media era de 4-5 kilómetros por hora para el cromañón común, que es lo que podemos caminar nosotros con entrenamiento. Luego se domesticó al caballo y el promedio subió a 6 km por hora, sin contar con que estos animalitos podían correr distancias razonables a 20 o 30 kilómetros por hora, lo que aumentó enormemente nuestra velocidad punta. Luego se inventó el automóvil, que se supone que anda a 50 kilómetros por hora en ciudad y a 120 en carretera. Vino el avión, que hoy nos permite viajar a 900 kilómetros por hora. Es lógico pensar que esta progresión geométrica algún día nos permitirá viajar en un plazo razonable a otras estrellas y otras galaxias, ¿verdad?

Pues no.

Otro ejemplo: las células de nuestro cuerpo tienen actividad electroquímica, ¿no? Las cargas eléctricas de los intercambios celulares se pueden medir, especialmente las que ocurren en nuestro cerebro, ¿verdad?. ¿Y no se usa precisamente la variabilidad de la carga eléctrica de un electroimán para emitir ondas de radio? Por supuesto que sí. Entonces, ¿no es lógico pensar que nuestro cerebro emite algo así como ondas de radio con su propia electricidad que pueden percibir otros cerebros, haciendo efectiva la telepatía?

Pues tampoco.

Estos ejemplos son muestra de un pensamiento desordenado que se apoya en unos pocos datos mal masticados al tiempo que niega una enorme cantidad de otros datos para concluir no lo que es razonable y lógico, sino lo que se le viene dando la gana (o lo que le conviene para aliviar a sus congéneres del peso de sus monederos, billeteras y cuentas bancarias).

La enorme variedad de estupideces que proponen los charlatanes se basan todas en distintas formas de pensamiento desordenado, de saltos lógicos sin sustento y de manejo convenenciero de los datos más elementales, al grado que el escéptico se ve agobiado cuando trata de explicar por qué alguna de las taradeces que sueltan los charlatanes es insostenible.

Pero hagamos un par de ejemplos ilustrativos.

Más rápido que la luz, o tan rápido como la prima Luz

Si antes era un problema enorme ir al pueblo de junto y ahora estamos pensando en poner un hombre en Marte, ¿por qué es tonto pensar que a la larga podamos ir a las Pléyades a cenar y volver a tiempo para ver las noticias de la medianoche en casita? Y lo peor, ¿por qué es tonto pensar que constantemente nos visitan seres de otros planetas que ya alcanzaron ese conocimiento inevitable y vienen con el noble propósito de permitir que una tribu de indeseables vivan del cuento?

Quienes plantean, con base en un puñado de fotos desafocadas y el testimonio de personajes de dudosa estabilidad mental o de desmedida ambición, que los viajes interestelares e intergalácticos son posibles, no saben o no quieren saber que el universo es grande.

No sólo es grande, es GRANDE.

Es más grande de lo que podemos siquiera imaginar.

Y su funcionamiento está descrito por leyes.

Esas leyes no las “inventaron” los científicos para desprestigiar a pajarracos como “Billy” Meier, el demencial Salvador Ferixedo o sus patibularios cómplices. Son las mismas leyes que explican cómo los automóviles andan con gasolina, cómo la hemoglobina traslada oxígeno a nuestras células, cómo nos mantenemos unidos a la Tierra mediante la gravedad. La ciencia es un solo cuerpo de conocimientos y no está para que lleguen los vivarachos a elegir cuál parte les gusta y cuál no.

Y esas leyes dicen que hay un límite a la velocidad a la que puede llegar cualquier trozo de materia: la velocidad de la luz, que es del orden de poco más de 299,792 kilómetros por segundo.

Ese límite no existe porque se le haya ocurrido a Einstein hacerle difícil la trasquila de conciudadanos a Jiménez del Oso o a Juan José Benítez, sino porque cuando un objeto se acerca a la velocidad de la luz, su masa crece, cosa que está plenamente demostrada. Y su masa crecerá hasta volverse infinita si llega a la velocidad de la luz, pero para ello requiere de una energía prácticamente infinita.

Necesita más energía de la que hay en todo el universo.

Y si su masa se vuelve infinita, ocupará todo el universo al mismo tiempo.

Esto es un hecho de la naturaleza que se ha descubierto, no algo que se haya inventado.

No hay forma de obtener energía suficiente para que un objeto físico viaje a velocidades siquiera cercanas a la de la luz, del mismo modo en que es imposible hacer muchas cosas que el universo nos impide. Por desgracia, no nos impide ser estúpidos.

Pero, dirá el místico holístico de turno: para una mente decidida “nada es imposible”.

Suena muy bonito, pero es falso. Hay montones de cosas imposibles, y sólo un loquito podría negarlo. O un descarado de campeonato. Para empezar, es imposible convencer a un “verdadero creyente”.

El problema real es que, para entender las leyes físicas que hacen imposible el viaje a velocidades como la de la luz o mayores, así como las demostraciones de que esto se una descripción del universo y no una ocurrencia de un matemático chiflado, hay que estudiar. Y ni los charlatanes ni sus víctimas suelen empeñarse demasiado en el estudio. De modo que acuden al pensamiento desordenado para justificar sus delirios.

Por ejemplo, ¿no sería posible que el día de mañana se descubriera alguna ley física que nos permita ir más rápido que la luz? Difícilmente, ya que hay otro montón de leyes físicas, que conforman todas una estructura sólida de conocimientos entretejidos y todos demostrados que lo hacen altamente improbable. Pero imaginemos que sí, ¿eso qué significa? ¿Que debemos creerle todas sus fumadas a los profesionales del embuste? Eso equivaldría a encarcelar a quien se nos ocurra pensando que es “posible” que mañana cometa un delito, o renunciar a nuestro trabajo y mearle el escritorio al jefe porque compramos un billete de lotería y es “posible” que mañana nos saquemos 10 millones de dólares.

El que un dato científico se revise a la luz de nuevos conocimientos no le da la razón a los cuenteros, por más que así les guste creerlo cuando les da por la pipa de opio. Hasta ahora, no hay motivos para creer que no sea cierto el dato básico: ningún objeto físico puede acelerar hasta alcanzar la velocidad de la luz.

Si hay gente que se va a tomar el café con los extraterrestres, bien podría preguntarles en qué leyes se basan para viajar más rápido que la luz y ya con eso demostrarían todas sus afirmaciones. En lugar de aguantar las taradeces de Javier Sierra, los delirios de Maussán y sus maussanitas, las fotos espectaculares o malhechotas, bastarían algunas ecuaciones en un papelito para asombrar y convencer a todos los científicos y escépticos del mundo.

Pero ninguno de los micos que cobran en los medios con sus historias de etés ha ofrecido nunca un conocimiento nuevo, sólo vagas y aburridas sentencias filosóficas light como las que destilan los más inútiles libros de “superación personal” o “misticismo sin neuronas” que usurpan, en las librerías, los espacios que deberían ocupar la ciencia, la literatura y los recetarios de comida vietnamita.

Los conocimientos nunca han salido de sus fumadas, sino del trabajo serio y ordenado de la ciencia.

Dicen que los extraterrestres “pueden” viajar más rápido que la luz. Interesante afirmación. ¿Alguna prueba sólida? Ah, no. Pero suena bonito.

Igual podrían decir cualquier estupidez. Y, de hecho, las dicen. Total, no tienen que dar pruebas.

Emitiendo incoherencias a un milímetro de distancia

El segundo ejemplo de pensamiento desordenado es incluso más sencillo de rebatir: quienes hacen tal paralelo retorcido para “justificar” su insana creencia en la telepatía evidentemente ignoran todo sobre la radiodifusión y sobre la electroquímica del cerebro. Una radiodifusora emite con una potencia de varios cientos de watts (o vatios), y hasta de diez mil o más watts. El cerebro no, su consumo de energía es de 25 watts. La radiodifusora usa toda la potencia mencionada en la radiodifusión. El cerebro se ocupa de un montón de cosas y de todas las funciones y percepciones del cerebro, y no tiene ningún área dedicada a transmitir por radio nada. Por eso, para recibir las emisiones de una radiodifusora se puede usar un radiorreceptor, mientras que para percibir los microvoltajes del cerebro es necesario pegar unos electrodos a la cabeza y usar amplificadores artificiales para poder registrarlos en un electroencefalograma.

¿Se va viendo alguna diferencia?

Una radiodifusora toma un tipo de información estructurada (los rollos demenciales de Iker Jiménez, digamos, o, mejor, el Concierto para violín y orquesta de Beethoven) la transforma cifrándola, usando aparatos eléctricos y electrónicos para modularla (por eso la radio puede ser de AM, cuando lo que se modula es la amplitud, o de FM, cuando se modula la frecuencia), de modo que sólo la puedan recibir los aparatos que sintonicen su demodulador en exactamente la frecuencia en la que se transmite. El cerebro no, ése pasa en segundos de funcionar (no transmitir, funcionar) de 5 a 40 hertz o hercios o herzios o hertzios o como se le ocurra a usted, sin modular ni transmitir ni sus muchas amplitudes ni ninguna de sus cambiantes frecuencias. Tan es así que los electroencefalogramas, con todos los avances de la ciencia, nos pueden decir apenas unas pocas cosas sobre el funcionamiento del cerebro y nada, absolutamente nada, sobre el pensamiento, las ideas o los conocimientos del individuo.

Pero, además, un radiotransmisor no es un radiorreceptor. Es decir, se trata de dos aparatos radicalmente distintos, que conviven, sí, en aparatos como los walkie-talkies. ¿Cómo es que un cerebro “superdotado” (según sus delirios) puede “percibir” las emisiones electromagnéticas telepáticas de microvoltajes con variados wattajes, frecuencias y amplitudes de otro cerebro alejado, separar o diferenciar las emisiones de ese cerebro de las de los otros 6 mil millones de seres humanos de los alrededores y reinterpretarlas para darles el mismo sentido que el pensador original? Al menos suena difícil, aunque bien visto es totalmente imposible.

Claro que ninguno de los tomadores de pelo dedicados a la telepatía está investigando tal cosa. O está cobrando por sus embustes o sigue en el laboratorio, empecinado en demostrar que la telepatía existe, y fracasando sin cesar.

Un cerebro se parece tanto a una radiodifusora o a un radiorreceptor como mi tía Nieves se parecía a una lancha rápida. La acumulación de ideas vagas, de medias verdades, de selección de la información y de convenencierismo codicioso, dan como resultado aparentes razonamientos que “no suenan del todo descabellados” hasta que se analizan con un poquito de seriedad y buscando datos reales.

Características del pensamiento desordenado

Cuando magos como James Randi y otros muchos demostraron que hay docenas de formas de duplicar el “fenómeno” de doblar cucharitas del singular miserable Uri Geller, los creyentes decididos dijeron que “ellos hacen trucos, pero lo de Uri es verdad”.

Ante las críticas a las fotografías mañosas de Billy Meier, la respuesta de los creyentes ha sido el desafío a reproducirlas (claro que, si se reproducen, el razonamiento será que “ésas son trucos fotográficos, pero las de Billy son reales”).

Cuando gente como Harry Houdini demostraba que los médiums de principios del siglo XX usaban trucos, el razonamiento de los fanáticos del espiritismo era que, bueno, en algunas ocasiones los médiums acudían a trucos porque se sentían muy presionados por su público, pero que “la mayoría de las veces sus efectos eran reales”.

Cuando la falta de datos suficientes no permite a algún científico explicar de inmediato algún fenómeno que se observe en la atmósfera, los descerebrados concluyen a toda prisa que “la única explicación son las naves extraterrestres”, aunque para decir tamaña barbaridad no tengan tampoco ningún otro dato además de su pasión visceral por creer en tal loquera.

Si un remedio tradicional, alguna planta, tiene un componente activo que se usa en medicina, saltan como orangutanes diciendo que “toda la medicina tradicional tiene bases científicas”. Si un masaje logra disminuir un dolor, entonces chapurrean babosadas sobre el “drenaje linfático” o la “digitopuntura” (que no “puntura” nada, pero vaya usted a explicárselos). Si los oceanógrafos y biólogos marinos buscan al architeutis o calamar gigante, concluyen que seguramente el “monstruo del Lago Ness” también existe.

Sin ser exhaustivos, hay algunos signos reveladores del pensamiento desordenado.

1. El pensamiento desordenado es difuso. Se conforma con entender las cosas a grosso modo, porque el detalle fino que diferencia al conocimiento de la superstición exige pensar y detenerse en los detalles, y las similitudes vagas no bastan.

2. El pensamiento desordenado se enamora de las ideas interesantes. Los hechos le parecen bastos, groseros y poco cautivadores. La meadoterapia (u orinoterapia), el flujo constante de babosadas californianas como la “medicina cuántica” del insigne embustero Deepak Chopra (probablemente el charlatán más acaudalado del mundo, por haber tenido el tino se depredar víctimas llenas de dólares y que no tiene nada que ver con la cuántica real) o la infame quiropráctica (madre de más de un cuadripléjico), son, sin duda, ideas interesantes y no pocas personas inteligentes encuentran que su solo atractivo les confiere algún grado de verdad, aunque para ello se nieguen a conocer y criticar las bases teóricas que afirman tener los médicos brujos de su preferencia. (Claro que ante ideas como los unicornios y los duendes chocarreros son más críticos, haciendo diferencias entre supersticiones que consideran bastas y supersticiones mononas adecuadas para “gente pensante”.)

3. El pensamiento desordenado se decanta por el “principio de autoridad” selectivo. Si cualquier persona respetable, como un médico o científico (uno solo, solito, de preferencia simpático, agradable y buena gente) dice una cosa, tal cosa se convierte para los creyentes en dogma de verdad absoluta y de nada sirve que opinen lo contrario centenares o miles de otros médicos o científicos. Se asume, cuando conviene, que tal médico o científico habla como único portavoz autorizado de la medicina o la ciencia. El pensamiento desordenado busca una convalidación de sus prejuicios y desecha (incluso con violencia) los posibles datos que lo contradigan mientras eleva a calidad de verdad indiscutible aquello que va de acuerdo con sus personales creencias subjetivas y que, tal vez, posiblemente, quizá, según dicen algunos, podría ser verdad.

4. El pensamiento desordenado selecciona los datos que le gustan y desecha los que no le gustan. Es capaz de sobreinterpretar cualquier elemento al tiempo que ignora o minimiza otros, desprecia los mecanismos normales gracias a los cuales nuestra especie ha acumulado una asombrosa cantidad de conocimientos, pero al mismo tiempo los aprovecha ciegamente y sin ver su contradicción (como los “naturistas”, “homeópatas” “cirujanos psíquicos” y otros sacaplata que usan gafas y van al médico cuando les duele el píloro).

5. El pensamiento desordenado, como los razonamientos de los esquizofrénicos paranoides, es capaz de generar fantasías bien estructuradas y de gran complejidad. Acude a explicaciones a partir de suposiciones y es incapaz de rendirse a la evidencia y cambiar de opinión cuando se demuestra que su edificio se apoya en cimientos falsos, en vez de lo cual acusa de “intransigencia” al pensamiento crítico y a la ciencia.

6. El pensamiento desordenado privilegia la evidencia anecdótica. renunciando a la lógica, suele regodearse en la falacia post hoc, ergo propter hoc (véase el punto 13 de la entrada de este blog Guía para detectar a los pillastres y sus patrañas) generalmente acompañándola de generalizaciones desaseadas del tipo: Paco Porras le curó un dolor de cabeza a mi prima Neptunia, y por tanto Porras y todos los curanderos algo de verdad deben tener.

Interesante bicho, pues.

De la solidez, inmovilidad y firmeza del pensamiento desordenado

Ser médico, físico nuclear, persona con un cociente intelectual de 120, famoso, astronauta o tener cualquier otra característica intelectual similar no es antídoto del pensamiento desordenado. Numerosas personas que, por otra parte, son razonables y racionales, que parecen manejar el mundo con adecuada objetividad, se despeñan por el abismo de la superstición si ésta “les parece” válida o toca de cerca sus problemas personales, en particular los relativos a la salud.

El pensamiento ordenado, crítico no es forzosamente asunto de cultura, de conocimientos ni de inteligencia (del mismo modo que ninguna de esas características es antídoto del riesgo de caer víctima de una secta, como lo demuestra el elevado nivel académico de los seguidores de Shoko Asahara, el siniestro gurú japonés asesino). Es una disciplina que se aprende y se ejercita en todos los aspectos de la vida, y debería ser la primera preocupación de un sistema educativo destinado al beneficio de los educandos.

Pero la educación sigue privilegiando, previsiblemente, la indoctrinación y el pensamiento difuso, con objeto de servir al partido, al gobierno, a los patrones, a la iglesia, al status quo o a cualquier ideología determinada.

Más aún, muchas personas inteligentes, cultas e informadas en algunas cuestiones son capaces de realizar verdaderas contorsiones mentales para justificar cualquier tontería que le sea cara a sus personales prejuicios. (No recuerdo, para su fortuna, el nombre del mastuerzo que afirmaba que las brujas tenían que servir porque líderes de la preclara talla de Ronald Reagan y Carlos Salinas destinaban dineros del erario a pagar a sus respectivas videntes, Joan Quigley y “La Paca”.)

La existencia de civilizaciones extraterrestres que nos visitan o la validez curativa de cualquier terapia extravagante serían relativamente fáciles de demostrar de ser ciertas. Bastaría que se mostraran hechos observables claros, experiencias repetibles y un proceso de estudio aseado y coherente. Si la demostración es consistente, la ciencia, los científicos y quienes promueven el pensamiento crítico se convencerán con facilidad. Ya ha ocurrido. Muchas veces.

Pero vaya usted y trate de convencer a un creyente verdadero de que es víctima de un delirio y verá que es imposible convencerlo. No importa cuántos datos ofrezca, o a cuántas explicaciones acuda. La devoción religiosa del creyente es a prueba de bombas.

De allí que quienes viven del pensamiento desordenado de los demás, no estén, ni con mucho, en peligro de extinción, pues no les faltan víctimas peleándose por darles su dinero, su admiración y su defensa gratuita.

Darse cuenta de esta situación, sin embargo, es el primer paso hacia un pensamiento crítico y genuinamente cuestionador cuya utilidad, sin duda alguna, va mucho más allá de simplemente escaparse de llenarle los bolsillos a todo tipo de mamarrachos pretenciosos y mendaces.

El síndrome de la vida perdida

El síndrome de la vida perdida

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Vengo a enterarme por estos días de que en el verano de 2003 un experto español en el tema de las sectas destructivas hizo un comentario sobre el tal Javier Sierra, director del más amplio circo de fenómenos para anormales de España.

El experto decía que Javier Sierra es bastante buena persona y que, aunque parece un caradura que desvergonzadamente promueve barbaridades que atentan contra el sentido común, es en realidad una persona que cree genuinamente en todas las insanías que promueve en su lucrativa revista, sus lucrativos libros y sus no menos lucrativas presentaciones en los medios de comunicación.

Es decir, Javier Sierra es un bobo que parece engañabobos. Fea combinación, si las hay.

Es difícil de creer, en realidad, que sea un convencido, pero lo usaremos como hipótesis a reserva de otras entradas de este blog.

Esto viene a cuento porque acaba de aparecer en una revista “del corazón” española otra entrevista con Javier Sierra, quien parece decidido a ocupar un espacio absolutamente injustificado en los medios (lo cual no es poco decir en estos tiempos, cuando cualquier subnormal sin talento alguno se puede convertir en famoso en cosa de 15 segundos si tiene la cara lo bastante dura).

En la entrevista, promueve sus libracos y, sobre todo, la fantasía de que es periodista de investigación. Tanto en sus libros como en la entrevista, el personaje en cuestión asegura creer en cosas que ni los más expertos y adinerados charlatanazos profesionales se atreven a creer, como que realmente pasó algo en Roswell en 1947. Lo que no explica es por qué la única foto real del csao es de lo que siempre se dijo que era: un globo aerostático plateado como el que usó en México Rafael Fernández Flores para poner en el más absoluto de los ridículos al equivalente mexicano de Javier Sierra, el tal Jaime Maussán, campeón nacional de falta de credibilidad.

Curiosamente, Javiercito admite que la autopsia del “extraterrestre de Roswell” fue un fraude. Pero convenientemente olvida que todos los ufólogos y mafufólogos (del mexicano “mafufo”, persona empeñada en el consumo de mariguana, hierba santa, verde, mota, cannabis) lo saludaron como la mayor verdad desde el teorema de Pitágoras y le dieron al defraudador Ray Santilli suficiente dinero como para retirarse y alejarse de los reflectores desde 1997.

Ahora afirman que el fraude de la autopsia no fue de uno de sus correligionarios, sino que la hicieron “ellos” para distraer la atención de “algo”. Wow… o guau…

Si lee en inglés, le recomendamos este sitio con los datos sobre la engañifa del extraterrestre .

Y sobre el incidente de Roswell tamién está prácticamente todo escrito y resumido por el diccionario escéptico y en la revista de CSICOP, por desgracia todo en inglés, a ver cuándo se puede traducir para joderles el negocio a éstos.

Por cierto, Javiersuco vive la fantasía de que la Segunda Guerra Mundial acabó en 1949, ya que afirma tan campante: “Eso sucedió en 1947, dos años antes de acabar la Segunda Guerra Mundial”.

Eso es precisión en los datos… ¿cómo no creerle las demas pamplinas que oferta a modo de “investigación”?

Por ejemplo, desconociendo los avances de la paleoantropología, sigue creyendo en la paparrucha decimonónica del “eslabón perdido”, inventado por los opositores a Darwin cuando aún no se había siquiera empezado a recuperar el registro fósil que va desde el Australopithecus afarensis hasta el Homo sapiens o algo menos sapiens en casos como el que nos ocupa.

Es decir, que contra los datos aportados por gente mucho más preparada que él, Javier Sierra aporta su opinión y espera que sea considerada más valiosa que los datos, lo cual es una reacción habitual en los fanáticos.

Javier Sierra también cree, por supuesto, en que los círculos de Wiltshire son realmente resultado del aterrizaje de naves extraterrestres.

Mientras estos ingenuos se tragan todo tipo de majaderías, en Internet se pueden encontrar sitios de los creadores de los círculos y hasta una guía para hacer círculos místicos para sorprender a personas que no gustan de molestar a sus neuronas.

Para mantener esa creencia, este personajillo debe negarse a admitir la evidencia de que son producto de la acción humana. Por ello es de suponerse que por mucho que le guste darse brillo llamándose “periodista” e “investigador”, Javiercín es incapaz de la mínima objetividad necesaria para corregir estilo en un periódico serio, ya no digamos para hacer “investigaciones”, dado que salta a conclusiones inadmisibles a partir de premisas más que dudosas, demostrando así que lo ignora todo acerca del método científico de investigación. Y del periodístico, por supuesto.

Citemos algunas de las declaraciones más alarmantes del domador de místicos Javier Sierra:

“Muchos mitos de muchas culturas y religiones se basan en observaciones celestes, que quizá no fueron bien entendidas en su día y acabaron creando esos mitos de seres blancos que bajaron del cielo y nos regalaron la sabiduría.”

La cantidad de barbaridades contenidas en este párrafo es sublime. Va desde apoyar la teoría racista de Von Däniken que dice que los pueblos de piel oscura no pueden haber realizado los avances que los distinguieron hasta afirmar, después de un “quizá” engañoso, que los mitos no pueden haber procedido ni siquiera de la imaginación de los pueblos “inferiores”.

Vaya usted y pregúntele a Javier Sierra en qué realidad se basa la historia de la caperucita roja, a ver si le dice que está “basada en observaciones”. Porque los mitos no son menos imaginarios que el cuento de la caperucita, claro.

El figurón del cuento nos relata entonces cómo fue a ver ovnis (apariciones programadas) y ¿qué cree usted? ¡Los vio! Y no sólo los vió… ¡los fotografió!

Fantástico, increíble, maravilloso… ¿y las fotos?

Ah, pues no me lo va a creer usted, pero resulta que los carretes o rollos de las tres-cámaras-tres que llevaban “se velaron” y esta maravilla sólo la vieron él y sus acompañantes.

¿Casualidad? ¿O tendrá algo que ver con lo que mencionábamos en el artículo “Platos voladores y meteoritos” de este blog el febrero 4, 2004?

Y si de decir se trata, sin prueba alguna, sugiere que el proyecto estadounidense en el que se hundieron millones tratando de hacer espías síquicos sin ningún resultado, realmente tuvo resultados. Sin saber la biología más elemental, asegura que las sondas marcianas han “contaminado” Marte con vida, que la vida en la Tierra viene del espacio, que el hombre es producto de una manipulación genética extraterrestre “hace 30 mil años” (a saber de dónde saca esta fecha) y mil barbaridades más que el entrevistador traga fascinado, quizá impotente ante su incapacidad de poner a prueba las afirmaciones del joven sofista que pierde el pelo ante sus ojos.

Si realmente cree en tales extravagancias, lo más probable es que este crédulo businessman sea una víctima del llamado “síndrome de la vida perdida”, una reacción humana que permite que los fanáticos persistan en las creencias más extravagantes sin importar la cantidad de pruebas, datos, hechos y demostraciones que se le puedan hacer.

Cuando alguien cree firmemente en algo, es inamovible.

Basta recordar que los creyentes en el espiritismo, a principios del siglo XX, se rehusaron a creer en la confesión de una de las hermanas que iniciaron la locura de la mediumnidad y el negocio de las telecomunicaciones con el otro mundo: Margaret Fox.

Y es que, admitámoslo, los seres humanos no decimos con la frecuencia que merecen las palabras “me equivoqué”.

Si alguien ha apostado su formación, su profesión, su vida social, su imagen pública y su compromiso individual con alguna creencia, por extravagante que sea, será muy difícil que llegue a aceptar que ha estado perdiendo el tiempo durante toda su vida anterior, que se ha entregado con intensidad sublime a una paparrucha, que ha adorado como deidad a un gurú primitivo y abusivo, que ha sido un ingenuo, un bobo, un incauto, un crédulo.

Es el tipo de vergüenza que impide que la mayoría de quienes caen en las garras de estafadores profesionales se presente a denunciarlos ante la policía. La denuncia implica aceptar que uno es un imbécil total o un inocente inmaduro capaz de creer alguna locura cuidadosamente urdida por un delincuente vivaracho.

Casi nadie está dispuesto a renunciar a sus creencias del pasado y asumir con humilidad los hechos que los contradicen.

Por eso mismo, la labor de la promoción del pensamiento crítico no tiene en realidad por objeto a estos personajes. El defraudador que sabe que vende pamplinas es distinto del verdadero creyente, aunque actúen de manera parecida. Pero ninguno de ellos cambiará de opinión.

Quienes sí pueden cambiar de opinión, por supuesto, son quienes aún no se convierten en fanáticos de las falacias más diversas, generalmente jóvenes inquietos (cosa más que legítima) que buscan lsa sorpresas que les reserva el mundo y que son, por tanto, el público meta de gran parte del esfuerzo de los embusteros profesionales y de quienes, por no padecer el síndrome de la vida perdida, están dispuestos a aceptar cualquier ficción como dogma de fe.

El pensamiento crítico empieza simplemente preguntando: “¿Cómo lo sabe?” y “¿Puede probarlo?” Con esas dos preguntas tiene uno para hacerle la vida muy difícil a los embaucadores.

Lo triste es que hasta ahora nadie parece haberle preguntado eso a Javier Sierra, el omnipresente de la charlatanería española.

El fanatismo del creyente y la cautela del sentido común

El fanatismo del creyente y la cautela del sentido común

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Una y otra vez, a lo largo de los años, hemos constatado que es imposible convencer a los verdaderos creyentes acerca de la falsedad de su religión.

Esto únicamente sirve para demostrar que tales homínidos son inmunes a la razón, a los datos, a las pruebas y a la evidencia real. Por eso no discutimos con ellos, a menos que hacerlo tenga algún valor didáctico para sus posibles víctimas.

El ovni de Puebla

Pongamos un caso que fue ciertamente famoso, el del “Ovni de Puebla”, de México, el 29 de Julio de 1977, visto por decenas de miles de personas, filmado varias veces, incluso profesionalmente (por un equipo que trabajaba en una película sobre el cual pasó el objeto), y que cayó finalmente en la Sierra Norte de Puebla.

Mientras los loquetes de siempre deliraban por la “visita extraterrestre”, dos investigadores, Héctor Chavarría y Pablo Latapí, llegaron al lugar, entrevistaron a los pobladores e incluso obtuvieron un trozo de lo que se estrelló en el asoleadero de café de un campesino severamente perjudicado por todo el meneo. El objeto fue analizado y se determinó que era acero similar a una aleación al cromo silicio usada, entre otras cosas, para hacer resortes.

Los años pasaron mientras los ufólogos creyentes bordaban una tontería tras otra sobre el “Caso Puebla”.

En 1990, amparado en el Acta de Libertad de Información, el ufólogo escéptico Héctor Escobar consiguió datos del Comando de Defensa Estratégica de los EE.UU., que probaban que la trayectoria, velocidad y hora de entrada del “ovni” a la atmósfera coincidían con los de la tercera etapa del cohete soviético que había puesto en órbita al satélite Cosmos 929.

El objeto venía de los cielos, habiendo sido lanzado previamente desde Baikonur. Misterio resuelto. Ovni convertido en ovi.

¿Alguien en el mundo de la ovnilogía o ufología charlatanescas quedó convencido de la prueba y archivó el caso Puebla? Pues no.

La historia completa la escribieron Héctor Chavarría (uno de los primeros investigadores) y Héctor Escobar (que resolvió el caso) en en el boletín de la ARP-SAPC y en muchos otros lugares.

El mundo de la ovnilatría sinvergüenza no tuvo interés en investigar el hecho. Tenían lo que llamaron “un caso perfecto” y no iban a permitir que se los viniera a joder la realidad. La investigación de verdad tuvo que ser hecha por quienes no comparten los dogmas de fe de estos acólitos de la baba.

Pero los fanaticazos fundamentalocos siguen citando el caso y, antes de acudir a esta información, prefieren citar párrafos de franca alucinación, pergeñados por tipos que nunca vieron los restos pero aseguran que tienen “un brillo azul que nos llena de paz” y sofritos mentales de este tipo. (He tenido en mis manos varias veces el trozo que guarda Héctor Chavarría, y es acero sin ningún brillo mamón ni efectos esotéricos.)

“Los hechos nos importan un carajo”

¿Se demostró que las “investigaciones” sobre Uri Geller en la universidad de Colgate estuvieron malhechas y no son válidas al no evitar que el vivaracho israelí hiciera trampa? Ni lo mencionan. ¿Se encontraron modelos de “naves extraterrestres” adecuados para trucos fotográficos en la casa del demencial “Billy” Meier? Eso no demuestra nada, según ellos. ¿La psicología ha demostrado que las “regresiones” son memorias falsas introducidas por hipnotistas imbéciles o interesados? No hay una sola mención en los documentos públicos de los hipnotizadores que ofrecen tales “regresiones”. ¿Una investigación demuestra las falsedades de distintos curanderoides? No importa, la consulta sigue llena. ¿Las pruebas estadísticas demuestran que las predicciones astrológicas no funcionan para un carajo? Es que la ciencia no nos quiere, es mala con nosotros (y se sueltan a llorar). ¿El caso de las hermanas Fox hace ciento y tantos años fue un fraude confesado por una de ellas, Margaret? Lo ocultan avergonzados.

Nada, absolutamente nada de lo que se diga a estos fanáticos los mueve de sus convicciones. Lo suyo, aunque lo disfracen con palabras extravagantes como “investigaciones” es cosa de fe, asumida de manera fundamentalista, en la que el no creyente es, cuando menos, un hereje, y el que los critica se vuelve blanco de todo tipo de ataques.

Como los talibanes, pues.

Nunca han aceptado las pruebas que se les dan, por sólidas que sean (y pocas cosas más sólidas que un trozo de acero) y a cambio exigen que se acepten “evidencias” frágiles, cuando no meramente simples decires de personas, que habitualmente hacen negocio con sus afirmaciones.

Los escépticos ya han visto que su aproximación a los hechos no tiene efecto sobre estos cerebros de planaria y su buena fe inexistente. La mentalidad científica no tiene ningún problema en cambiar de opinión, pues ni tiene ni cree tener a La Verdad agarrada por el pescuezo, sino que se concibe como un proceso de acercamiento continuo a hechos y datos certeros y certificables por cualquiera para obtener explicaciones válidas y que se integren a todo un enorme cuerpo de conocimientos (esto último quiere decir que lo que ocurre en la química no contradice a la física, y que la anatomía del aparato digestivo no contradice a la química, el conocimiento está sistematizado y es coherente, a diferencia de los jirones patéticos que hilan los paranormalólogos).

¿Cómo funciona la ciencia? Dice que hay nueve planetas en el sistema solar porque conoce nueve, pero se demuestra la existencia de Sedna y entonces, en vez de “defender” su posición previa, acepta las pruebas, dice que hay diez planetas y se pone a estudiar. Supone que los dinosaurios eran reptiles hasta que se demuestra que no, que tienen un antepasado común con los reptiles pero pertenecen a otro orden, y la ciencia lo acepta y sigue avanzando. Contaba con las leyes de la gravitación de Newton para explicar la dinámica del universo, pero al demostrarse que tales leyes no eran aplicables a nivel microcósmico y macrocósmico, la ciencia aceptó la relitivdad de Einstein y la mecánica cuántica de Planck.

Igualmente, la ciencia se autocorrige. Al funcionar con investigaciones repetibles y contrastables, lo que dice un investigador puede ser comprobado por otros en las mismas condiciones, si no se replica, se analiza todo de nuevo. Eso impide que los charlatanazos sobrevivan mucho en el mundo de la ciencia real.

¿Que en la ciencia hay reticencias y a veces no se puede avanzar tan rápido como se pudiera? Pues sí, pero los científicos son humanos y se comportan como tales. Pero, a la larga, los hechos demostrables se imponen sobre las opiniones y resulta que conocemos mejor nuestro universo y podemos operar sobre él de manera predecible (algo que ninguna forma de la charlatanería nos permite hacer, mire a su alrededor y constátelo).

Por tanto, quien tiene un pensamiento crítico y científico, que sabe dudar de su propia visión de la realidad, supone ingenuamente (y tontamente, los años lo demuestran) que los embusteros de oficio piensan igual, y que bastarán las pruebas y una argumentación racional impecable para que muden de parecer.

Nunca van a cambiar de opinión porque tienen la respuesta antes de enfrentar los hechos, porque prefieren creer antes que saber y porque tienen intereses creados enormes.

Siete formas de ser como el tío Lolo, que se hacía tonto solo

Primero: tratar de trasladar el peso de la prueba a los escépticos. Esto es falaz, porque quien presenta una hipótesis es quien debe demostrarla, no al revés. Si alguien dice que Fulanito Descerebradito puede hacer algo maravilloso (doblar metales con la mente, predecir el futuro, conversar con extraterrestres, teletransportarse) debe demostrarlo satisfactoriamente. El que afirma, debe probar, el que afirma cosas maravillosas (fantasmas, extraterrestres, visión del futuro) debe dar pruebas igualmente maravillosas, no fotos y grabaciones dudosas, relatos lisérgicos y “predicciones” simplotas que cualquiera puede hacer.

Segundo: acudir a que los fenómenos “no los pueden reproducir los escépticos”. Este argumento es especialmente bobo. Yo no sé cómo hace el mago Yunke su ilusión de cortarle la cabeza a la nena que lo ayuda, pero no porque yo no pueda reproducirlo voy a creer que “hace magia de verdad”.

Tercero: saltarse a la torera la demostración de los hechos para tratar de discutir su “explicación” de manera delirante. Basta echar un ojo a cualquier manual de los especialistas en dar gato por liebre para encontrar docenas de explicaciones de cada taradez suya, haciendo que el lector (víctima) olvide que nadie ha podido demostrar la existencia del fenómeno en cuestión. Es como debatir el tipo sanguíneo de las hadas o el nombre del sastre de Astérix.

Cuarto: hacer el blanco móvil. Si alguien ofrece un misterio y se pone en duda, se apresura a ofrecer otro y otro, y otro, complicando el escenario para que nadie se dé cuenta de que todavía sigue sin demostrarse que el primer “misterio” no fuera un embuste. Así, un sacaplata superprofesional como el supuesto “contactado” Billy Meier empezó diciendo que tomaba fotos de platos volantes (se encontraron los modelos en su garaje), luego de extraterrestres (lástima que una “extraterrestre” fotografiada era una cantante conocida, por mucho que la desafocó), luego los filmaba (colgados de un palito), luego resultó que además viajaba en los platillos volantes y, lo último, ahora viaja en el tiempo (como prueba ofrece una foto de San Francisco después de un ataque nuclear, lástima que es la foto de un dibujo de un artista para ilustrar un artículo sobre el tema en la revista Geo años antes de la “foto” de Meier). Y entonces, en vez de centrarnos en que sus fotos no son pruebas de nada, se nos cuenta algo tan oriental como que le ha tomado una foto a Cristo cuando viajó en el tiempo.

Quinto: diversificarse (variación del 4). Habiendo dinero y “prestigio” (por fraudulento que fuere) en tantas áreas, los charlatanes surgen de una especialidad y al cabo de pocos años están metidos en muchas de las demás formas de desplumamiento de incautos. Con esto, además, pueden mover el blanco con más eficacia, por ejemplo, al ser cuestionados sobre sus fantasmas salir con un rollete sobre ovnis que hace todo diálogo imposible.

Sexto: desprestigiar al crítico. Quienes han tenido la mínima formación en lógica saben que ésta es una falacia de argumentación llamada argumento ad hominem, y que demuestra una mente poco ducha en la discusión racional (descubrimiento asombroso).

Séptimo: el insulto, la ofensa y acusaciones más o menos veladas. Cuando pierden los estribos y asumen su personalidad real (la de fanáticos babeantes, acefálicos y desprovistos de toda ética) resultan sumamente divertidos. Quedan totalmente desnudos en su ruin bajeza, la que antes de ese momento ocultaban bajo un manto de “espiritualidad”, “iluminación”, “sabiduría ancestral (o extraterrestre, o astral)” , “desarrollo mental”, “relación con energías preternaturales maravillosas” y demás inventos engañabobos. (Por cierto, es cuando llegan a esto cuando los irracionales vendedores de abono disfrazado de alimento kármico acaban ante un juez explicando sus acciones y afirmaciones difamatorias.)

La bala mágica: el sentido común

El sentido común (que, como todo el mundo sabe, es el menos común de los sentidos) es, por ello, el arma ideal para enfrentar a los farsantes (y en cierta medida a los defraudadores, aunque sería mejor que éstos estuvieran más seguido ante los tribunales por vender curas falsas, cursos imbéciles, “lecturas” adivinatorias mendaces, “contactos con espíritus” imaginarios y todo tipo de imposturas dañinas, perjudiciales y, en última instancia, delictivas).

Pero no se trata de enfrentarlos para “convencerlos”, sino para exhibir su miseria humana, moral, intelectual y científica ante sus posibles víctimas, quitándoles así a los charlatanes la posibilidad de seguir obteniendo beneficios de su oferta de ignorancia y ayudando a sus víctimas a escapar de la trampa.

¿Hay datos que puedan demostrar que los muertos gustan de hablarle al micrófono especialmente a Pedro Amorós en sus psicóticas psicofonías? No los hay ni les interesa ofrecerlos, que muy ocupados están vendiendo cursetes mamertos y cobrando publicidad de sitios igualmente desavenidos con la verdad. ¿Hay forma de demostrar que, efectivamente, las “miles” de cintas con las que pretende apabullar a sus presas sean falsas? Pues menos, porque nadie ha controlado cómo manufactura sus cuentos de muertitos durante tantos años. No se deja.

Sólo hay dos formas de enfrentar seriamente tales estupideces. La primera sería que, en aras de la “investigación” con la que se llenan la boca falsamente, Pedro Amorós o alguno de sus compinches aceptara realizar sus milagretes bajo condiciones de laboratorio con variables controladas y un protocolo experimental debidamente establecido por científicos y magos de escenario (expertos en las artes de engañar al público, pero de manera honrada). A esto no se someten estos pavorreales inútiles ni bajo amenaza de muerte. (Bueno, en contadas ocasiones sí, y cuando se someten y fracasan, siempre tienen pretextos. Lo que nunca tienen es éxito.)

La otra forma es poner en palabras claras lo que venden estos descerebrados para que sus presas lo vean con claridad. Decir en lenguaje llano lo que ellos revisten de imaginación enfermiza y verborrea deesaforada y demencial (demencial porque pretenden confundirla con la realidad; como todo el mundo sabe, sólo los niños y los locos son incapaces de distinguir entre lo real y lo imaginario), acudir a la lógica, a lo simplemente obvio:

¿Realmente las mentes superiores de este universo vienen desde el grupo de estrellas de Las Pléyades a 400 años luz sólo para las vea un chalado llamado Billy Meier y se forre de dinero vendiendo el cuento? ¿Es lógico pensar que las estrellas influyen en nosotros sin importar su distancia de nosotros y luego creer que su posición sí importa? ¿Cómo es que los estudios de sonido de todo el mundo borran cintas en magnetófonos sin micrófono y a nadie le aparecen las voces que persiguen a un puñado de selectos lamesuelos? ¿En verdad alguien puede aceptar que un pelmazo como los de “El castillo de las mentes prodigiosas” sea un sujeto “superior” cuando se comporta como cualquier delincuente menor?

Lo importante es que usted, que no está tan seguro de si tantas afirmaciones extravagantes son o no verdad, aprenda a dudar y preguntar con agudeza ante las barbaridades que pretenden que crea y compre.

Y que recuerde que más allá de los cuentos de estos viles orates, el universo real está lleno de maravillas reales y asombrosas que éstos quieren ocultarle; ellos se dedican a evitar que usted levante la cabeza y mire de frente a su realidad y la entienda, su meta es conseguir que usted se deje manipular, que eso siempre conviene a los poderosos, en lugar de entender su mundo y disfrutar del conocimiento real y de todo lo que ofrece.

Lógica, sentido común, razón elemental, pensamiento simple. Son como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis para esos vividores que sólo pueden prosperar si reclutan incautos.

A ellos no los convence nadie, y precisamente por eso es peligroso que usted se deje convencer por ellos sin dudar sistemáticamente.

Los Charlatanes y la Egiptología

Los Charlatanes y la Egiptología
  El antiguo Egipto siempre ha fascinado al público, no sólo por el tamaño de los monumentos que nos ha legado, sino también por muchas otras razones, como por ejemplo, la reputación transmitida por muchos autores clásicos de ser un pueblo sabio, dotado de gran capacidad artística y por la curiosidad que suscita en nosotros su peculiar sistema de escritura.
  Uno de los mayores lastres que ha debido soportar la egiptología desde su auspicioso comienzo como ciencia en 1831, cuando J. F. Champollion fue nombrado el primer profesor de esta disciplina en el Collège de France, poco antes de su muerte, ha sido la aparición periódica de charlatanes de uno u otro tipo quienes tratan de atraer la atención del público (y a la vez, ganar algo de dinero), infligiéndoles todo tipo de ideas extrañas, las que debemos admitir con cierta tristeza, resultan usualmente más interesantes para la imaginación popular que las sobrias conclusiones de los investigadores serios.

  Todo comenzó aparentemente con los antiguos griegos, quienes tal como Serge Sauneron señalara en uno de sus libros, interpretaron la reticencia de los egipcios de la época tardía que ellos conocieron, explicable por presentarse los griegos como gente inquisitiva y tan distinta de los pobladores del Valle del Nilo, como un estímulo a la especulación atribuyéndole a los antiguos egipcios logros fantásticos, mayores aún que la maravillosa aunque no tan exagerada, realidad.

  La leyenda de Atlántida, el continente perdido, y de su avanzada civilización, nació y autores posteriores le asignaron un papel civilizador al establecerse colonos provenientes de esa región en Egipto, donde habrían sido responsables de las primeras tradiciones y logros allí, aportando lo que habrían recogido de su tierra hundida en el océano. Por supuesto que ningún investigador serio hoy acepta esta interpretación.

  Hay gente que lamentablemente no comprende que este tipo de ideas que pretende quitarle a antiguos pueblos el derecho a su propio pasado, atribuyendo los cambios a la acción colonizadora de otros, implica una forma de racismo que reduce a esas comunidades al papel de pasivos receptores de la cultura y los logros tecnológicos de otros, deliberadamente ignorando toda la evidencia en contra de esas caprichosas especulaciones.

  Los antiguos romanos, a pesar de un cierto menosprecio respecto al pueblo que habían conquistado tan fácilmente, al que Juvenal había inmortalizado como adoradores de las hortalizas comunes de los campos, mostrando así más su ignorancia que su talento satírico, no podían ignorar por otro lado los magníficos monumentos de Egipto que hablaban de una pasada grandeza y un tanto a pesar suyo aceptaban algunas de las historias relatadas por los griegos al tiempo que despertaban su interés las experiencias místicas de los habitantes del Valle del Nilo.

  De este modo surgieron y se expandieron por todo el vasto imperio romano templos de divinidades egipcias, especialmente los consagrados al culto de la gran diosa Isis.

  Cuando un manto de oscuridad cayó sobre el antiguo Egipto después que los emperadores cristianos de Roma prohibieron el uso del sistema jeroglífico de escritura y los sacerdotes paganos egipcios fueron perseguidos y expulsados hacia el sur, al Sudán actual, el terreno estaba fértil para el surgimiento de todo tipo de extrañas teorías sobre esta civilización.

  Intentos místicos, tan elaborados como infructuosos, por traducir los jeroglíficos egipcios condujeron a la pérdida de prestigio académico de investigadores respetados hasta ese momento tales como A. Kircher y otros. Algunos escritores, basándose en la Biblia (o más bien, utilizándola indebidamente para sus propósitos), sostuvieron que monumentos como las pirámides habían sido graneros o según Piazzi Smyth, un símbolo de revelación divina y la expresión de cálculos matemáticos increíblemente precisos.

  El hecho que Petrie, uno de los fundadores de la arqueología moderna, sorprendió a un seguidor de estas extrañas teorías serruchando un trozo de piedra dentro de la Gran Pirámide de Guiza para hacer que el monumento correspondiera a la teoría, no desalentó a los creyentes que hasta el día de hoy continúan escribiendo libro tras libro (a menudo éxitos de venta) sobre el tema.

  El descubrimiento de la tumba de Tutanjamón en 1922, que deslumbró al mundo con sus historias de oro enterrado, misteriosas estatuas e inscripciones, y especialmente referentes a la momia del joven rey, trajo consigo una demanda popular de información sobre el hallazgo, cuanto más sensacional mejor, que periodistas inescrupulosos supieron explotar urdiendo toda clase de historias sobre maldiciones imaginarias y muertes inexplicables. También aquí, el hecho que el principal responsable del sacrilegio, Howard Carter, y muchos de sus más cercanos colaboradores, no sufrieron consecuencia alguna y vivieron largas y felices vidas, no desalentó a los seguidores del nuevo mito ni los disuadió en su intento de embaucar a sus lectores con relatos distorsionados y deliberadamente selectivos de los hechos relacionados con el descubrimiento de esta tumba.

  Más recientemente, con la irrupción de la llamada “Nueva Era” o “New Age” y su ola asociada de múltiple irracionalidad, florecieron nuevamente algunas de las corrientes místicas tradicionales y otras nuevas tales como por ejemplo, la del llamado “Poder de las Pirámides”. Según esta última, las pirámides de Egipto y la Gran Pirámide de Guiza principalmente, podrían generar de algún modo una forma de energía que permitiría conservar alimentos, afilar cuchillos y curar enfermedades. Por cierto lapso, millones de libros sobre el tema enriquecieron a algunos a pesar de que la Universidad de Guelph en Canadá, harta de las numerosas consultas y desafíos de los devotos del nuevo culto, llevó a cabo una serie de ensayos que demostraron la falta de veracidad de tales afirmaciones, lo que no pareció afectar significativamente la difusión mundial del mito.

  No nos referiremos aquí a las historias verdaderamente fantásticas de hombrecillos verdes u otros extraterrestres manifestándose en el antiguo Egipto, a esfinges en Marte y relatos similares, pues pensamos que muy poca gente razonable los considera verosímiles.

  Pensamos que el público debe ser advertido acerca de la engañosa popularidad de tales teorías, elaboradas por personas que no pudieron destacarse en el mundo académico y que recurren en su frustración al público, como si tal aclamación popular pudiera darles el reconocimiento que no pudieron lograr por otros medios más válidos. No es preciso ser muy perspicaz para deducir que los importantes ingresos producto de la venta de libros o de programas de televisión sobre sus teorías, pueden ser también una motivación que lleva a esos autores a jugar con la buena fe del público, presentándose como lo que no son.

  Hoy en día, con el desarrollo acelerado de los medios de difusión masiva y de la necesidad consiguiente de elaborar historias amenas para contarle al público, ha aumentado el riesgo (y la tentación) de repetir las viejas teorías desacreditadas pero nunca totalmente descartadas, que estimulan la imaginación popular y entretienen, aunque en realidad juegan con el desconocimiento de la gente y en realidad, desinforman.

  Pensamos también que es nuestro deber como egiptólogos, a pesar de estar ocupados en la enseñanza o en la investigación, salirle al paso a tales intentos y ofrecerle al público nuestros puntos de vista para que la gente pueda decidir con toda la evidencia a la vista. Pensamos asimismo que es el deber de los periodistas profesionales, responsables y bien intencionados, consultar a los especialistas antes de difundir noticias sobre teorías extrañas o acontecimientos misteriosos relacionados con el antiguo Egipto. No hay razón para que los periodistas no usen en este terreno los mismos criterios de información objetiva e imparcial que procuran emplear cuando difunden noticias sobre temas políticos o sociales contemporáneos. De esa forma el público saldrá beneficiado y muchos charlatanes podrán ser desenmascarados antes de que causen daño alguno.

  No está demás recordar que todos los imponentes progresos en nuestro conocimiento sobre antiguas civilizaciones en los últimos cien años, se debe a los esfuerzos de investigadores pertenecientes a instituciones debidamente acreditadas, ya que ni uno sólo de esos avances se ha debido al aporte de los llamados “investigadores independientes”. Si fuera por ellos, todavía estaríamos especulando sobre el significado de los jeroglíficos egipcios o sobre el origen y desarrollo de la civilización en las orillas del Nilo.

  Los egiptólogos, entrenados exhaustivamente, profesionales serios que trabajan en instituciones académicas de sólida reputación, y que por medio del esfuerzo duro, honesto y anónimo ensanchan nuestros horizontes de conocimiento, a veces en el acierto, a veces en el error, pero como verdaderos hombres y mujeres de ciencia siempre procurando aprender de sus errores, trabajan sin descanso para avanzar en el esclarecimiento de los múltiples problemas que presenta el estudio del pasado.

  Es nuestra convicción que el público (y quienes reclaman para sí la responsabilidad de informar) estarían mejor encaminados si los consultan antes de difundir y aceptar sin discusión hechos o ideas dudosas que en vez de esclarecer, confunden y oscurecen la realidad.
  Por cualquier comentario o pregunta, puede Ud. comunicarse con el Instituto Uruguayo de Egiptología, usando la siguiente información:

Correo electrónico: juancast@yahoo.com

Tel. / Fax : ( 598 2 ) 622 5352

Dirección: 4 de Julio 3068 Montevideo

Uruguay C.P.: 11600

Autor del artículo: Profesor Juan José Castillos 

  Nota: Este artículo ha sido cedido, para su mayor difusión, por el Instituto Uruguayo de Egiptología y en su Web pueden ver el original.

Chopra, Deepak

Chopra, Deepak
Médico endocrinólogo, Escritor. India/EE.UU.
En 1999, la revista Time lo seleccionó entre lo cien íconos y héroes del siglo XX, y lo describió como el “poeta-profeta de la medicina alternativa”. No todos piensan lo mismo: en 1994, Forbes, una revista especializada en economía, ya lo había calificado como “el último de una serie de gurúes que han prosperado combinando ciencia pop, psicología pop e hinduísmo pop”. Y, cada vez que se presenta en cualquier ciudad del mundo para dictar, palabras más o menos, la misma o parecida conferencia del año anterior, o del otro, la da a salón lleno.

El periodista Sami Rozenbaum, lo describió como “el más destacado adalid de la fe posmoderna”. Uno de los factores que lo vuelven atractivo consiste precisamente en que en su discurso amasa una retórica religiosa con pinceladas de “ciencia”, aggiornando un mensaje que -si se quedara en el misticismo- no lo volvería diferente de muchos otros gurúes. En su caso, casi todas las reseñas biográficas celebran sus esfuerzos por conciliar sus creencias místicas con la medicina moderna. Casi ninguna, en cambio, se ocupa en descorrer el velo que cubre las lagunas -muchas veces los mares- que ponen al descubierto sus magros e incluso decididamente erróneos conocimientos científicos. En ocasiones, tales “errores” parecen revelar que existe un “desajuste” intencionado de la (mala) información científica que ofrece a sus lectores y oyentes. En este sentido, estas líneas pretenden reparar una injusticia informativa largamente postergada.

Deepak Chopra nació en la India en 1947 y se diplomó de médico endocrinólogo en 1968. En 1980, emigró a los Estados Unidos, donde realizó una exitosa carrera que lo llevó a ocupar un cargo directivo en el New England Memorial Hospital en Massachusets. También fue profesor en las Escuelas de Medicina de las Universidades de Tufts y Boston. Hábil disertante y escritor prolífico, publicó más de 25 libros traducidos en casi todos los idiomas y -sólo en inglés- lleva vendidos más de 10 millones de ejemplares. Fundó y dirige El Centro Chopra para el Bienestar y el Instituto Médico Mente-Cuerpo, ambos en La Jolla, California (EE.UU).

Según su biografía oficial, la alta posición que alcanzó en New England Memorial Hospital “lo incomodaba” (eso no explica por qué estos datos encabezan las solapas de todos sus libros, pero en fin…). Su vida cambió por completo, dice Chopra, en 1981, cuando conoció al “prominente médico ayurveda” Brihaspati Dev Triguna. Este encuentro constituyó para él una “experiencia pivotal”. Luego se incorporó al movimiento religioso Meditación Trascendental, liderado por el Maharishi Mahesh Yogi, introducida en Occidente en los ‘60 sobre todo por la difusión que favoreció la noticia de que los Beatles adherían a su filosofía.

Así, Chopra comenzó a incursionar en los arcanos de la “medicina ayurveda”, a la que suele presentar como una disciplina hindú “varias veces milenaria”. Como se sabe, entre el público ávido de espiritualidad “a la carta”, cuanto más añeja es una creencia, mayor parece ser su garantía de calidad. Chopra, en síntesis, asegura que esta medicina tiene 6.000 años de antigüedad. Lo extraño es que no parece ser el caso de la “medicina ayurveda”, que es marca registrada por el propio Maharishi desde mediados de los años ’80. La explicación: Maharishi “recuperó” estos conocimientos gracias a su personal interpretación de antiguos textos sánscritos. En realidad, sólo unas pocas formas de terapia que él utiliza figuran en los textos védicos.

Las funciones vitales, según esta medicina, están determinadas por tres principios o “doshas”: Vata, Pitta y Kapha. “Vata -escribe Chopra- controla todo el movimiento del cuerpo, sea el del pensamiento o el de los intestinos, la vibración de las cuerdas vocales o los ademanes, o incluso la danza del ADN cuando se multiplica. Pitta controla el metabolismo y la digestión, y Kapha, la estructura”. Estos herméticos principios básicos o “doshas”, según Chopra, “emergen como expresiones de tendencias metabólicas tanto en nuestro cuerpo físico como en nuestro tipo psicológico”. Rozenbaum compara estos doshas con el funcionamientos de los signos astrológicos, determinando las características de cada individuo; los doshas pueden ser conocidos tomándole el pulso a la persona, o haciéndole responder un cuestionario. Sin embargo, el dosha puede cambiar de hora a hora. Los doshas deben ser “pacificados”, para lo cual se indican diversos tratamientos. En todos sus libros Chopra insiste en tener “pensamientos positivos”: las ideas generarían una molécula en el cuerpo; así, los pensamientos positivos generan “moléculas positivas”. La “medicina ayurveda”, así, no sólo permite lograr una “salud perfecta”: si todos la practicaran, dice, las guerras y aun los accidentes serán cosa del pasado. Pero, incluso siendo exageradamente optimistas, parece una meta difícil de lograrar: sus conferencias, cursos o seminarios sólo son accesibles para un reducido segmento social: la minoría que pueda pagarlos.

EL CUENTO DEL CUANTO
“Ageless Body, Timeless Mind” (“Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo”, 1993) se convirtió en su libro más popular. Chopra hace una curiosa síntesis entre la “medicina ayurveda” y la física cuántica, señalando que los pacientes que acusan remisiones espontáneas de cáncer “saltan a un nuevo nivel de conciencia que prohíbe la existencia del cáncer (…) se trata de un ‘salto cuántico’ de un nivel de funcionamiento a otro nivel superior. Es decir, Chopra no utiliza el “cuanto” de la física en un sentido metafórico: sus terapias -en general, basadas en productos herbarios- poseen “vibraciones” específicas que contrarrestan la “vibración cuántica” del cuerpo.

La asimilación entre la física cuántica y el misticismo hindú tiene un famoso antecedente. En 1975, el físico Fritjof Capra la defendió con fuerza en su voluminosa obra “El Tao de la Física”. En aquel libro, Capra destaca los rasgos familiares y omite las diferencias. Chopra también, con la diferencia de que él es esencialmente un místico: afirma que el tiempo, los opuestos y la materia son meras ilusiones de un psiquismo embotado. En “Cuerpos sin edad….”, por ejemplo, escribe: “Las semillas de este nuevo paradigma fueron plantadas por Einstein, Böhr, Heisenberg y los demás pioneros de la física cuántica, quienes comprendieron que el modo aceptado de ver el mundo físico era falso. Aunque las cosas de allí afuera parecen reales, no hay prueba de la realidad aparte del observador. No hay dos personas que compartan exactamente el mismo universo. Cada visión del mundo crea su propio mundo.” Su visión de la física es técnicamente incorrecta: la física cuántica da cuenta del comportamiento de átomos y partículas subatómicas o agregados de ellas, y no del de sistemas macroscópicos como el cuerpo humano. Ahora bien, ¿cuánto sabe Chopra de física? En el mismo libro, cita al “eminente físico Stephen Hawking” como una autoridad en la materia. Hawking no lo es: como señala el catedrático de física de la Universidad de Maryland Robert Park, cuando surgió el concepto del cuanto Hawking ni siquiera había nacido. Chopra, en cambio, cita a Hawking porque leyó su libro de divulgación “Historia del tiempo” y, claro, sabe que se trata de un científico familiar para los lectores de su libro.

Tiene sentido el discurso de Chopra cuando insiste en la relación entre estrés y salud y recomienda métodos de relajación. Estos tratamientos son especialmente útiles para problemas endócrinos, reumáticos y alérgicos, y es cierto que un buen estado de ánimo en el paciente ayuda a cualquier terapia. Pero, definitivamente, éste no es un descubrimiento de Chopra sino una corriente de pensamiento que comenzó a filtrarse desde Oriente a Occidente desde la década del ’60.

METEDURAS DE PATA REVELADORAS
Pero este acierto no le extiende carta blanca: en 1991, Chopra, junto con Hari Sharma y Dev Triguna, publicó un artículo sobre medicina ayurveda en el prestigioso Journal of the American Medical Asociation (JAMA). En esa nota aseguró, por ejemplo, que “tomar el pulso es suficiente para diagnosticar numerosas dolencias graves”. Y añadió: “los antibióticos y demás drogas modernas no funcionan”. Semejante afirmación desató un aluvión de cartas de protesta de la comunidad médica, obligando a que la dirección de la revista se retractara en su siguiente número, máxime cuando una investigación comprobó que la evidencia suministrada por Chopra para defender su tesis central era dudosa. Tanto Chopra como los coautores de aquel trabajo se habían negado a realizar experimentos “doble ciego”, un procedimiento elemental en ciencia básica. Por otra parte, se comprobó que habían violado los estatutos de la publicación al ocultar sus intereses económicos detrás de las ideas que promovían. Seis años después, Robert Sapolsky, de la Universidad de Stanford, entabló una demanda a Chopra. El profesor Sapolsky demostró que en el libro “Cuerpos sin edad…” se habían plagiado varias partes de su obra “Behavioral Endocrinology”. Luego se llegó a un arreglo extrajudicial, a favor de Sapolsky. La editorial tenía con qué saldar la deuda por derechos intelectuales alterados con Sapolsky: “Cuerpos sin edad…” figuró durante varias semanas en el top de best-sellers del “New York Times” y un título anterior de Chopra “Quantum Healing” (“Terapia cuántica”) ya llevaba dos años entre los diez primeros más vendidos.

CARO POR NO EJERCER COMO MÉDICO
En 1992 fue nombrado miembro del National Institute of Health and Hoc Panel on Alternative Medicine y, desde 1993, es director ejecutivo del “Instituto Sharp para el Potencial Humano y la Medicina Cuerpo-Mente” en San Diego, California, así como de su Centro Chopra para el Bienestar donde los “programas de purificación” cuestan hasta 3.200 dólares. Más tarde, Chopra debió dejar de ejercer la medicina cuando trascendió que carecía de licencia para ejercer en el estado de California. En el Centro de Salud Maharishi Ayurveda Para el Manejo del Estrés en Lancaster, Massachusetts, otra de sus instituciones, los pacientes con enfermedades graves pagan desde cientos a miles de dólares por consultas astrológicas, y se les recetan yagyas (ceremonias religiosas destinadas a solicitar ayuda a las deidades hindúes).

Chopra viaja por todo el mundo ofreciendo sus seminarios y sacó su propia línea de hierbas y aceites aromáticos. Entre las celebridades que lo siguen se cuentan Demi Moore, Elizabeth Taylor, Michael Jackson y el ex-beatle George Harrison, fallecido en diciembre de 2001 por un cáncer de pulmón. Según parece, en ninguno de sus institutos se hace un seguimiento caso por caso y nada se sabe de la relación éxitos-fracasos. Esa ausencia de casuística de la eficacia de su terapia no necesariamente validan los casos negativos. Pero tampoco a los positivos. El caso de Harrison, en última instancia, no es el único: David Flint, un paciente de leucemia tratado por un practicante avalado por Chopra, gastó 10 mil dólares a lo largo de nueve meses. Murió al poco tiempo de haber sido dado de alta.

El gurú (como el psiquiatra “new age” argentino, Jorge Bucay, quien cierta vez amenazó con “cagar a trompadas” a un periodista que insistió en proponerle preguntas que él no deseaba contestar) perdió más de una vez los estribos ante las objeciones de los escépticos. Dato poco feliz, si se quiere, para quien se reivindica campeón de la armonía universal.

FUENTES CONSULTADAS
Chopra, Deepak; “Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo” (Ed. Vergara, 2001)
Chopra, Deepak; “Sanar el corazón (Ed. Vergara, 1998)
Park, Robert L. “Ciencia o vudú. De la ingenuidad al fraude científico”. Grijalbo, 2001. Pp. 279-280.
Rozenbaum, Sami. “Medicina ayurveda y misticismo fundamentan las ideas –y el imperio– de este gurú de la Nueva Era”. En diario “EL UNIVERSAL”, 30 de septiembre de 2001.

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