Sobre el cuarto camino (respaldo de nasdat de msn)

De: hermestrismejitro  (Mensaje original) Enviado: 19/06/2006 01:37 p.m.
ALGUIEN EN UNA DE ESAS PLATICAS ME DIJO QUE LO QUE SABIA DEL CUARTO CAMINO, ERA VAGO
ME HABLO DE MODIFICACIONES DE CUERPOS Y CREACIONES DE OTROS QUE EL CUARTO CAMINO ERA ESO TRABAJAR YA EN OTROS ESTADOS EN OTRAS DIMENCIONES ME HABLO DE LOS CUERPOS DE LUZ ALGUIEN SABE MAS DE ESTO

De: Nagual Enviado: 19/06/2006 09:32 p.m.
Tiene dos significados, uno desde el punbto de vista de magia ceremonial, y otro desde el punto de vista de Gurdjieff.

No puedo decirte aqui de lo de magia ceremonial porque hay pajaros en el alambre, pero desde el punto de vista de Gurdjieff hay mucho disponible en Google.

De: The_dark_crow_v301 Enviado: 20/06/2006 07:46 a.m.
Mas tarde te explico algo.
Por un lado tiene que ver con algo de cabala (las tres almas), por otro lado se te puede explicar con lo de merkaba o carro de elias o con la metafisica de los cuerpos de luz que explicaban los santos (no la actual de conny mendez).

Y por otro lado en algun momento se dice que dos caminos se unen atraves de una via (el arbol) formando una hibridacion en medio que hacen ese 4 camino. Creo que te lo explique un dia en el cafecito hace casi medio año =)
Fue una de las referencias que me explico en su momento Demetrio y que es posible que un par de babosos haya utilizado mal comprendida para explicar cosas como jaguar serpiente (no era jaguar era aguila ).

De: hermestrismejitro Enviado: 20/06/2006 05:47 p.m.
grasias nagual espero se de la ocasion para tal charla
y cuervo si recuerdo esa platica y si efectivamente era aguila-serpiente
lo malo es que la mayoria de referencias antiguas estan encripatadas en simbolos y de esa epoca a hoy algunos de ellos se a perdido su significado real,
y sobre la cabala es peor porque hay que entender  los sephirotes (o como se escriba) uno por uno y ahi esta en chino  ( como comentario una vez me di de topes buscando un color, un metal ,un planeta y un angel que esta ahi pero no sabia cual era y resulta que significaba lo mismo que todos los misterios, la palabra perdida y la famosa piedra esmeraldina  y esto solo para entender ese en particular si a eso sumamos otras cosas pues queda uno loco por querer comprender todo y no practicarlo

aqui es donde tu dices muy bien cuervo
eso de buscar un camino con corazon y no tanto con la mente
un camino donde lo que hagas te haga sentir mas  pleno que lo que sepas.

De: Nagual Enviado: 20/06/2006 05:51 p.m.
Un link sobre la cabala..
http://rojointenso.net/foros/index.php?showtopic=998

De: The_dark_crow_v301 Enviado: 28/06/2006 01:53 a.m.
http://usuarios.lycos.es/nocheresonante/castaneda/main.php#

De este link baja el libro de drunvalo melquiazadec sobre laz enseñanzas de la flor de la vida. hay otro mas sobre la flor de la vida, tambvien bajalo.

Investiga cual es la diferencia entre la estructura fibonacci y la aurea.
=)

Enseñanza y sistema de Gurdieff

ENSEÑANZA Y SISTEMA DE GURDJIEFF

Kenneth Walker

Digitalizado por Biblioteca Upasika

www.upasika.tk

PRÓLOGO

En la crítica que hace de una de mis obras más recientes, el Sr. Cyril Connolly señala que durante los últimos diez años, he estado tratando de escribir el mismo libro con éxito diverso.
Tiene razón, pues casi cada palabra que he escrito desde la publicación de Diagnosis of Man (Diagnóstico del hombre) en 1942, ha reflejado distintos aspectos de la enseñanza de Gurdjieff, enseñanza que forma un todo completo, sólido e integral. Y ahora, todos estos esfuerzos anteriores culminan en la tentativa de proporcionar una exposición más completa del sistema psico-filosófico que ha impartido a mis libros, la similitud en la que se funda la queja del señor Connolly. Considero por lo tanto a la presente obra como de mucha mayor importancia que cualquiera de las que la precedieron, sea cual sea el destino que le espere, y por desfavorable que sean las criticas que provoque.
Es sumamente probable que algunos de mis críticos la traten en forma muy dura, pues ninguno de ellos ha tratado jamás con indiferencia la enseñanza de Gurdjieff. O bien han advertido en ella algo muy grande, o bien han reaccionado en forma muy violenta, pues, igual que otros maestros de religiones -considero a Gurdjieff como tal- ha logrado escandalizar a sus oyentes, más que aplacarlos.
La exposición que se hace de la enseñanza de Gurdjieff en esta obra está muy lejos de ser completa. No fue mi intención dar un informe completo sobre ella, sino hacer comentarios sobre aquellas partes de su sistema de conocimiento que hayan provocado en mí una impresión muy profunda, o que me hayan convencido de que tienen una importancia especial.
Tengo que expresar mi agradecimiento a muchas personas, y no hay nadie con quien me sienta más profundamente obligado que con el principal intérprete de Gurdjieff. P. G. Ouspensky. De no haber sido por su clara exposición -tanto en sus enseñanzas verbales como en su obra póstuma, In Search of the Miraculous (En Búsqueda de lo Milagroso)-este pequeño libro sobre la enseñanza de Gurdjieff no podría haber sido escrito nunca. Quiero también agradecer la ayuda que he recibido de las obras de mi amigo de toda la vida, el Dr, Maurice Nicoll, Commentaries on the Teaching of Gurdjieff and Ouspensky (Comentarios sobre la Enseñanza de Gurdjieff y Ouspensky), The New Man (El Hombre Nuevo) y The Mark. (1) Casi no necesito decir que he obtenido también información valiosa del libro del que es autor Gurdjieff mismo, All and Everything (Todo y Todas las Cosas). Puede encontrarse la totalidad de su enseñanza en esta gran obra suya. Siempre que uno actúe con la diligencia. el conocimiento y a la comprensión necesarios para descubrirla. Si este pequeño libro mío pudiera ser el medio que sirva para que el lector se provea del conocimiento requerido para esa tarea, habrá cumplido uno de los propósitos que motivaron su publicación. En la comparación de la enseñanza de Gurdjieff con otras doctrinas orientales, y más particularmente con las del Vedanta, he recibido una gran ayuda de las importantes obras de Sri Aurobindo, The Life Divine
(La Vida Divina) y The Synthesis of Yoga (La síntesis del Yoga).
Para terminar, he reservado mi agradecimiento más cálido para los miembros del Grupo Gurdjieff de París, que tanto han hecho por ayudarme en el estudio de sus métodos, tanto en Inglaterra como en Norteamérica. Este libro lo dedico a ellos.

K.W.

CAPÍTULO 1

GURDJIEFF Y OUSPENSKY

Es una cosa fascinante. y al mismo tiempo un tanto alarmante, recorrer hacia atrás la línea del pasado y notar lo delgado que era el hilo que tejieron los Hados, y cuán fácilmente pudo haberse cortado; por supuesto que, de haberse cortado, entonces
la vida de uno hubiera sido completamente distinta, Qué lejos estaba yo de adivinar que cuando un joven periodista ruso perteneciente al personal nocturno de un diario de San Petersburgo hizo un viaje a Moscú en la primavera de 1915, estaba iniciando una cadena de acontecimientos que iban a ser de suma importancia también para mí… ¡Qué tienen que ver -hubiera protestado si un gitano clarividente me hubiera llamado la atención sobre ese acontecimiento- los movimientos de un periodista de San Petersburgo conmigo, cirujano residente del Hospital Británico de Buenos Aires. No parecía existir la menor conexión entre mi persona y cualquiera de los acontecimientos que ocurrían en Rusia. y muchas cosas tuvieron que suceder y muchos años que pasar, antes de que la senda del robusto y joven periodista ruso de pelo al ras y grandes anteojos se cruzara con la del cirujano de Buenos Aires.
Ouspensky nos cuenta en su libro. In Search of the Miraculous, que durante la mencionada visita suya a Moscú en la primavera de 1915 dos amigos, un escultor y un músico, le hablaron de un pequeño grupo de Moscú que estaba ocupado en ciertas investigaciones y experimentos difíciles de describir.
Trabajaban bajo la dirección de un griego caucásico y, un poco en contra de su voluntad, accedió a que le presentaran a su maestro caucásico. El encuentro tuvo lugar en un pequeño café, y Ouspensky hace la siguiente descripción de su primer encuentro
con Gurdjieff: “Vi un hombre de aspecto oriental, ya no joven, con bigote negro y ojos penetrantes, que al principio me asombró porque parecía estar disfrazado y completamente fuera de ambiente en ese lugar y esa atmósfera. Yo estaba todavía lleno
de impresiones de Oriente, y este hombre, con su cara de rajá indio o de sheik árabe. . . sentado aquí en este pequeño café. . . con sobretodo negro de cuello de terciopelo y una galera negra producía la impresión extraña, inesperada y más bien alarmante de un hombre mal disfrazado, cuya presencia lo embaraza a uno porque lo que ve no es lo que él finge ser, y no obstante eso uno tiene que comportarse y hablar como si no lo hubiera notado” (P. D..Ouspensky, In Search of the Miraculous).
Se encontraron varias veces más en el mismo café, y Ouspensky empezó a darse cuenta cada vez más de que el hombre con quien hablaba aquí en Moscú, este hombre que hablaba el ruso incorrectamente con fuerte acento del Cáucaso, poseía el conocimiento que él, Ouspensky, había estado buscado recientemente sin el menor éxito, en India y Ceilán. Fue el comienzo de una estrecha vinculación entre los dos hombres que duró siete años y tuvo enorme importancia para ambos.
Después vino la Guerra y la Revolución, que pusieron fin no solamente al viejo régimen Zarista sino también a toda clase de pensamiento y cultura en Rusia. En 1917 Gurdjieff y Ouspensky, con varios miembros del Grupo de Gurdjieff, se refugiaron en Constantinopla, pero estaban tan alejados del interés del autor del presente libro, como siempre lo habían estado. Fue entonces cuando el delgado hilo de los acontecimientos comenzó a acercarlos a mí. Había gente influyente en Londres que había leído el libro de Ouspensky, Tertium Organum, y que; al saber que su autor era uno de los numerosos refugiados rusos dispersos en Constantinopla, lo invitaron a ir a Londres.
El siguiente acontecimiento significativo tuvo lugar justo en los umbrales de mi casa, en el 86 de la calle Harley. “Nos han concedido una entrevista con el Secretario del Interior dentro de veinte minutos, y quiero que usted sea miembro de la delegación”. Era mi amigo Maurice Nicoll quien me decía esto y, sin darme tiempo para contestarle, me metió de cabeza en un taxi que esperaba.
-Pero, ¿qué es todo esto? -le pregunté, después de haber sido presentado a los otros miembros de la delegación.
-Se trata de Gurdjieff. Tenemos que conseguir un permiso para que venga a Londres. Ouspensky ya está aquí, y queremos también a Gurdjieff. Tú vas a representar a la medicina ortodoxa, y dirás lo importante que es que se permita venir a Gurdjieff.
Media hora más tarde ya estaba yo explicándole a un aburrido secretario del Interior lo esencial que era para el bienestar de la Medicina Británica que Gurdjieff (que para mí no era más que un simple nombre) consiguiera permiso para radicarse en Londres. Pero la Secretaría del Interior explicó al día siguiente que ya había concedido tantos permisos para oficiales Rusos Blancos. que no podía conceder uno más para Gurdjieff.
Fue así que Ouspensky se radicó en Londres y empezó a celebrar reuniones allí, mientras que Gurdjieff siguió donde estaba en París, y finalmente fundó en un castillo de Fontainebleau lo que durante tanto tiempo sólo había existido en su mente como proyecto: el Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre.
Maurice Nicoll fue quien forjó el último eslabón de la larga cadena de sucesos que habían empezado, ocho años antes, con la predestinada expedición de Ouspensky a Moscú, y su encuentro con Gurdjieff. Un día me acorraló en la esquina de las calles Weymouth y Harley, y me dijo que Ouspensky estaba ahora celebrando reuniones muy interesantes en Kensington, y que él había conseguido permiso para que yo concurriera. Me explicó que a la gente sólo se le permitía entrar mediante una invitación privada, y me dejó la impresión de que podía considerarme muy afortunado por haber recibido una invitación.
-El miércoles próximo, a las ocho en punto en Warwick Gardens -fue su despedida, y desapareció.
Ya he relatado. en una obra anterior. la historia de mi encuentro con Ouspensky, de mi estrecha vinculación con él por más de treinta años y de mis subsiguientes encuentros en París con ese hombre más notable aún, George Ivanovitch Gurdjieff.
Todos estos acontecimientos, .que tuvieron para mí enorme importancia y que tienen suficiente interés como para ser registrados por escrito, han sido narrados en Venture with Ideas, pero poco fue lo que se dijo en ese libro sobre las ideas que enseñaron esos dos hombres. y fue la calidad única de su enseñanza, más que sus caracteres, lo que me mantuvo vinculado con ellos durante tantos años. Las ideas no siempre ron cosas
pasivas, obedientes, que pueden ser dejadas de lado cuando ya no nos sirven más. y esto resulta particularmente cierto en lo que respecta a las que me fueron ofrecidas directamente por Gurdjieff, o a través de Ouspensky. Había ideas que venían fuertemente cargadas de energía y que pronto comenzaron a obrar en mi interior como un poderoso fermento. Originalmente, me sentí atraído hacia ellas debido a que eran enteramente distintas de todo lo que hasta ese momento había conocido, y gradualmente se fueron apoderando de mi e impulsándome en una dirección en que al principio yo no deseaba dirigirme. Al revés de Ouspensky, quien había abandonado deliberadamente
su trabajo en 1914 con el fin de buscar en Oriente lo que él llamaba “Escuelas Esotéricas”, yo estaba, o creía estar satisfecho con las cosas tal como se presentaban. En pocas palabras, no sentía la necesidad de contar con una filosofía de la vida. Sin
embargo. me estaban sacando a tirones de la usual rutina de mi vida y de mis acostumbrados canales de pensar y sentir, no tanto por la fuerza del impacto de dos hombres poderosos -los dos notables- sino por el peso mismo de su enseñanza. Todas
estas cosas han sido explicadas en Venture with Ideas.
Gurdjieff estaba en París y Ouspensky en Londres: por lo tanto fue este último quien me enseñó el sistema de conocimiento que Gurdjieff había llevado a Rusia luego de sus años de viajes por el Oriente. Tal vez haya ocurrido también que los Hados responsables de todo lo que me estaba ocurriendo, lo hubieran dispuesto de ese modo. Gurdjieff empleaba medicinas fuertes, y dudo de que yo hubiera sido capaz de digerir su drástico
tratamiento, si lo hubiera conocido desde un principio. Debo muchísimo a Ouspensky por todo lo que hizo por mí en esos primeros años, y le estoy profundamente agradecido por su paciente y clara interpretación de la enseñanza de Gurdjieff. Tenía mejor dominio del inglés que Gurdjieff, y una mente metódica y prolija, que imponía el orden sobre el método de enseñanza menos sistematizado de este último. Su paciencia era algo real..
mente notable. De 1917 en adelante buscaba expresiones cada vez más claras para las ideas que había recibido de Gurdjieff, con la posible intención -pues nunca hablaba de ello en forma definida- de publicarlas en forma de libro después de la muerte de éste. Pero murió antes que su maestro, y entonces recayó en Gurdjieff la responsabilidad de decidir si habría de enviarse a la imprenta o no los prolijamente revisados escritos de Ouspensky. Gurdjieff tuvo oportunidad de leerlos en una traducción al ruso, y manifestó que eran una expresión exacta de su propia enseñanza, por lo que ordenó que se publicaran.

Gurdjieff y Ouspensky ya han muerto, y si alguna vez he de registrar por escrito lo que aprendí de ellos, tiene que ser ahora. He dudado durante mucho tiempo antes de embarcarme en esta tarea, y eso por muchísimas razones. Una de ellas, por cierto importante, es que yo estaba plenamente consciente de la dificultad de trasladar a un libro una enseñanza tan individual como lo es la de Gurdjieff, enseñanza que, para ser eficaz, no puede ser leída, sino impartida a los individuos en forma oral.
Gurdjieff creía que los hombres y las mujeres son divisibles en un número comparativamente pequeño de tipos, y que lo aplicable a un tipo, no lo es necesariamente a otro. De tal manera, la instrucción tiene que ser dada en forma individual, y es obvio que esto no puede hacerse en un libro. También preví la dificultad de presentar ideas, primero en la forma cruda en que las recibí de Ouspensky, para mostrar después la gradual profundización de mi comprensión de ellas con el correr de los años.
Este lento progreso en la comprensión, sólo podía ser sugerido en un libro observando el tiempo con un telescopio, y el resultado podía resulta confuso, por dejar al lector a menudo lleno de dudas sobre si las ideas que yo exponía habían sido recibidas así de Ouspensky, o si yo las había entendido en esa forma mucho tiempo después. Ese método de presentación, también podría llevarme a poner en boca de Ouspensky palabras que él nunca hubiera pronunciado, aun cuando ellas pudieran estar
completamente de acuerdo con su enseñanza. Todo esto me hizo advertir claramente que habría de enfrentarme con muchas dificultades al escribir sobre las ideas de Gurdjieff.
Gurdjieff dijo una vez: “Tengo cuero muy bueno para venderle a quienes quieran hacerse zapatos con el”, y cuando estas palabras llegaron a mi mente, inmediatamente me proporcionaron el plan correcto para mi obra. No hay mejor descripción que ésta del rol desempeñado por Gurdjieff como maestro. Era un hombre que tenía ideas de una calidad extraordinaria para venderle a quienes necesitaran ideas de esa clase. Además había utilizado deliberadamente la palabra “vender”, porque siempre sostuvo que los hombres no eran capaces de apreciar ninguna cosa que no se vieran obligados a pagar para conseguirla; el pago no tiene que ser forzosamente con dinero; pero algo tienen
que sacrificar para poder apreciar debidamente el cuero que adquieren. Otro punto importante sobre el que hizo hincapié en esta breve frase suya, fue que el cuero era para aquellos que fueran a utilizarlo en forma práctica, y no para diletantes o exhibicionistas que lo quisieran solamente para lucirse. El comprador tenía que elaborar algo con el cuero que había comprado, y nada podía resultar más útil que un par de zapatos fuertes
para el difícil viaje que es la vida. Advertí que el propósito que yo tenía que tener en vista mientras escribiera el proyectado libro, debía ser el de mostrar al lector lo excelente que era el cuero de Gurdjieff; y exhibir luego los zapatos que había fabricado con él. La mano de obra y el diseño de mis nuevos zapatos podrían, naturalmente, haber sido mucho mejores. pero algo hay que decir en su favor, y es que son mi propia obra. y
están hechos a mano.
Como se verá más adelante. después de haber hecho una reseña de las ideas de Gurdjieff, las comparo frecuentemente con otras afines provenientes de fuentes científicas, filosóficas y religiosas. He realizado estas comparaciones, porque desde hace muchísimo tiempo ha despertado en mí gran interés, comparar personalmente y contraponer las ideas de Gurdjieff a las que se me han presentado a través de variadas lecturas en el curso de los últimos treinta años. He descubierto muchas analogías
llamativas en esta forma. pero lo que quiero acentuar aquí, es que no pueden encontrarse en ninguna otra parte tantas ideas de esta naturaleza reunidas en un todo sustancial en sí mismo y coherente. Quizá sea mejor emplear un símil totalmente distinto, asimilando el sistema de enseñanza de Gurdjieff a un organismo viviente, dentro del cual ya cada una de las partes se relaciona con todas las demás, y depende de ellas.
Como la enseñanza de Gurdjieff posee las cualidades de coherencia. integración y desarrollo que son características de la vida, es por ello que estoy tratando de llevarla a conocimiento de otra gente, en la medida en que es posible hacerlo en forma de libro. Esta última frase condicional es necesaria, pues la formulación y la impresión exprimen de la palabra hablada casi toda su vitalidad, del mismo modo que cuando se aprieta a una flor, se la priva de casi toda su belleza. Todas las grandes religiones se han visto expuestas a este proceso desvitalizante. Cuando las enseñaron sus fundadores eran cosas hermosas, vivas, pero cuando los escribas, los fariseos y los abogados las asentaron en libros y rollos, quedaron tan desamparadas y resecas como los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia Anglicana.
Desgraciadamente no hay forma de evitar el efecto desvitalizante que tienen los libros sobre la enseñanza oral, y todo lo que puede hacerse a esta altura es advertir al lector que eso puede ocurrir. Tiene que ser puesto en guardia sobre otra cuestión, es decir, sobre el empleo de la palabra “sistema” en relación con la enseñanza de Gurdjieff. Es una palabra que debiera de haberse evitado, pero lamentablemente ha sido confirmada por un largo uso. La razón de que sea objetable es que la palabra “sistema” está íntimamente relacionada en nuestras mentes con adjetivos calificativos tales como correcto e incorrecto, ortodoxo y heterodoxo, y éstas son palabras a las que Gurdjieff se hubiera opuesto con todas sus fuerzas.
También se opone a ellas otro maestro moderno de las verdades espirituales: Krishnamurti, quien deplora nuestra tendencia a organizar y sistematizar la sabiduría, y lo ilustra con una parábola. Narra que un día el diablo y un amigo salieron a dar un paseo por la tierra, y en eso vieron a un hombre que se agachaba de golpe y levantaba algo del suelo. Dijo el amigo del diablo: “Será mejor que te pongas en guardia, pues ese
hombre que está allí ha recogido una partícula de la verdad.”
El diablo sonrió. sin perturbarse en lo más mínimo. “No hay ningún peligro -contestó- van a organizarla y sistematizarla, No hay motivo para preocuparse.”
El Maestro Zen del Budismo compara toda enseñanza a un dedo que apunta hacia la luna, y reprende muy severamente al discípulo, si éste pone el énfasis sobre el dedo en lugar del objeto al que el dedo apunta. Del mismo modo debe considerarse a la enseñanza de Gurdjieff como un dedo que dirige la atención sobre ciertos principios y métodos que, empleados acertadamente, conducen a determinados resultados. Todo lo que este libro puede hacer es dar al lector una idea sobre algunos de los métodos y principios que empleaba Gurdjieff. Imaginar que con cualquier libro puede lograrse algo más que eso, es obviamente absurdo. Gurdjieff no trazó diagramas sobre un pizarrón para enseñar con ellos. Su método de instrucción era mucho menos cómodo para su clase. Extraía de nosotros trozos vivientes de experiencia y con ellos enseñaba. Uno descubría que sus propias vanidades y tonterías diminutas eran utilizados como ejemplos con los cuales Gurdjieff podía demostrar a la clase la naturaleza mecánica de la vida humana. Un libro no es más que un sustituto muy pobre de una enseñanza tan vital y directa como ésta.

Poesia anonima-1602

hombrafedele

Non ho freddo
Non ho fame
Non ho sete
non ho paura

Del tempo
Di me stessa
Del mio cuore
Del tuo sguardo

È una tempesta che mi travolge

non c’è sonno
Solo sogno

Desiderio perenne…

Dante

  NEl mezo del camin di nostra vita
  Mi ritroua<+i0 i> per una Selva oscura
  Che lla diritta via era Smarita
  E quanto a dire qual era] e cosa dura
  Sta Selva salvagia  (et)] Aspra (et) forte
  Che nel pensier rinova la paura
  Tant e amara che pocho e piu morte
  Ma per trattar del ben ch i vi trouai
  dirro de l altre cose ch i u o scorte
  Io non so ben dire com non fur cose creat
Se non eterne e Io etterno duro

Lasciate ogni speranza voi ch entrate

  Queste parole di color oscuro
  Vid io scritte al sommo d una porta
  Per ch io maestro il senso lor m e duro
    E quelli a me come persona accorta
    Qui si conuien lasciar ogni sospetto
  Ogni vilta conuien che qui sia morta
    Noi siam venuti al luogo ou io t o detto
    Che tu vedrai le genti dolorose
    Ch anno perduto lo ben dello ntellecto
      E poi che lle sue mani alle mie puose
      Con lieto volto ond io mi confortai
    Mi mise dentro alle secrete cose

www.danteonline.it

EL CHAMAN Y LA LLUVIA

EL CHAMAN Y LA LLUVIA
Pillanhue

El angosto sendero termina de golpe cuando el arroyo ensancha su cauce inundando los riscales de la ribera. De ahí sólo el verde trepa las altas paredes del abra rumbo al penacho nevado del volcán, donde el aire se vuelve llovizna cerca de las nubes.

Luego del arroyo, pequeños claros marcan el rastro difuso del camino hacia la cumbre, atrapados en la maraña de zarzales pertinaces, ñires* de monte bajo y líquenes que perfuman el aire húmedo y rumoroso.

Hacia el sur, donde la Cordillera del Viento precipita sus abismos azules, el vuelo del cóndor explora sus territorios como un papel quemado por las corrientes heladas.

Dos días para llegar a la cima, arriesgan a calcular los baqueanos. A mitad del camino, la angostura del Choroi* – como la llaman los indios- insinúa las escabrosas sendas que viboreando buscan las nacientes del arroyo, espesando aún más el monte impenetrable.

Al oriente, en los contrafuertes de la precordillera, la luz titila su resolana de cuarzo, mezclando los verdes intensos con los sepias de la montaña, hasta ponerlos violetas de lejanía. De a trechos el sol reluce su plata en el arroyo que se pierde tras los árboles para aparecer de nuevo cauce abajo, en débil reverbero antes que definitivamente se lo trague el horizonte.

Pillanhue*, el antiguo volcán duerme su sueño de siglos, esperando la ira de dioses olvidados, para regurgitar su demorado cataclismo. En sus laderas aún pueden verse las cicatrices hondas que los ríos de lava tatuaron la roca, como culebras escapadas de ese colosal caldero. Todavía, debajo del ropaje con que el monte invasor abriga su corazón de piedra, tiembla el magma su encierro, cual monstruo comido y vomitado desde lo más profundo del planeta.

En días claros, cuando las nubes abandonan su collar plumoso, el Pillanhue muestra su cráter oscuro. En su seno de dura artesanía, un lago cristalino refleja un cielo alto desde su pupila fabulosa.

Pocos conocen su secreto. Aventureros, buscadores de oro, fugitivos, merodearon sus dominios sin hollar su virginidad geológica. Dicen que solamente un hombre conoce cómo se llega…

Muchos lo intentaron. Algunos regresaron para relatar historias afiebradas de locura. Otros, nunca volvieron. Ese hombre, al que nombrar con recelo, nadie sabe bien de dónde vino y en dónde se puede encontrar… Brujo?, hechicero?, curandero?, loco?, ermitaño?…¿chamán*?.

En los fogones se sabe escuchar ese nombre que luego el miedo esconde en los rincones más secretos de los ranchos. Alguien lo suelta en la noche y en el fuego se queman esas sílabas con el chisporroteo de leña de ciprés.

Tintica

Cuando el invierno espesa el aire y el lago se vuelve hielo, Payún* sale de la caverna. Arropa su magra figura con cueros, apaga la fogata, carga sus secretos y cruza el lago que lo ve marcar el centro de su médula con el rastro de sus tranus*, que a cada paso parte en dos el silencio de las cumbres. Dicen que detrás del volcán, tan lejos que apenas se imagina, está el mar.

Que hay que bajar por desfiladeros tortuosos, viendo a la piedra en carne viva alimentar el frío de los ventisqueros, tapándole el ojo a las tormentas y velando de la montaña para que no se pierda.

A la distancia los picos de la cordillera prolongan en sombras sus aristas filosas, cortando en finas lonjas de silbidos la carnadura del viento del oeste. Entre un aire celeste se esfuman las últimas vértebras del espinazo del continente, antes de hundirse en el océano.

Todavía el verde muestra un tono tímido frente a la nieve eterna. Más abajo, renovado y vigoroso, cierra fila entre batallones de árboles quietos, para ser al final de la pendiente, el límite exacto entre el monte y un mar sereno.

Luego el paisaje se torna menos duro. El corazón amaina sus latidos. Se respira una brisa clara, cargada de fragancias nuevas que cuentan de fogones familiares, árboles aserrados, rumor de pueblo.

El pueblo es, desde la altura, al principio sólo una mancha que a medida que se desciende va tomando forma: casas de madera alineadas al borde de la calle angosta; la iglesia blanca frente a la plazuela de una cuadra por lado y los manchones de bosques entre los claros que deja la labranza.

Entre perros que salen a su encuentro y gente pobre que lo ver pasar como un sueño, Payún camina con los ojos cargados de mar.

El pequeño caserío se llama Tintica*, uno de los pocos nombres que los conquistadores españoles respetaron entre El Carmen y Nuestra Señora de Atocha. Tintica quedó prendido en la memoria como un delirio antiguo. Algunos viejos cuentan cómo murió allí la abuela de Payún quemada viva por hereje. La trajeron arrastrando –dicen- hasta el centro de la plaza. La crucificaron y le prendieron fuego. Dicen que ardió nueve días sin que el cuerpo perdiera su forma; se gastaron toda la leña seca y la vieja seguía entera, echando fuego por el hueco de los ojos.

Recién al décimo día, cuando una llovizna fina cubrió el caserío tapando sus celajes mortecinos, el cadáver comenzó a disolverse. Un agua negra corría desde las cenizas en dirección al mar, resumiendo el torrente en las arenas de la playa. La marea en cada ola se la tragaba en rítmicas bocanadas, hasta que sólo una mancha oscura, como de aceite, separaba el azul del mar y el horizonte. A ese sitio sabe llegar Payún para no olvidar lo que es.

Alguien vendrá del este

Payún sintió la luz de la mañana en la cara. Los rayos se filtraban por los intersticios de la roca hiriendo la oscura atmósfera de la caverna. En el centro aún boqueaba el fuego de la noche con un débil latido entre la ceniza. Arrimó leña nueva y pronto el frío de la piedra se replegó mansamente dando lugar a las llamas con sus serpientes inquietas.

Como cada amanecer, se quedó mirando esa lumbre con las pupilas encendidas por los misterios del humo y sus designios, buscando la secreta escritura de los antepasados, descifrando el mensaje que el fuego reflejaba desde lo más hondo del tiempo.

– Alguien vendrá del este…memorizó en silencio. Afuera el canto de la diuca* se humedecía en el rocío de la cascada. El arroyo rompía su preñez de hielo en minúsculas partículas, fundiendo su canto melodioso monte abajo, despialando su acerado brillo.

Apenas los lengales* encendieron sus perfiles con destellos dorados, Payún marchó cauce abajo con un sol estrujándole sus amarillos en el rostro curtido.

Con recelo de puma descendía lentamente el sendero conocido sólo por sus pisadas, yendo al encuentro del legado que los antiguos le anunciaron como un destino inexorable.

En la otra orilla del arroyo, justo donde termina el camino que conocen los viajeros, estaba el hombre: Con el asombro asomado a los ojos, contemplaba la imponente silueta del Pillanhue, absorto por tanta maravilla.

– Vengo desde Cañadón Largo… mi mujer está muy mal… se me muere, lahuentufé*!

– Vamos…- dijo Payún secamente.

El rancho estaba al pie de una lomada. Todo era silencio. Adentro, entre unos jergones mugrientos se adivinaba a la enferma por los quejidos. Un olor agrio le golpeó la cara cuando traspasó la puerta y se encontró con su mirada baldía.

– Dejame solo…- le ordenó mientras se quitaba su tosco abrigo de cuero. Debajo del catre, como destilando la muerte, los orines de la enferma goteaban, cayendo como una lluvia monótona desde los tientos al suelo.

Payún tomó un cuenco y los juntó gota a gota. Suavemente sentó a la mujer y trago a trago se los hizo beber. Después le acomodó los cueros y le sacó con la mano el sudor que le caía de la frente. Un silencio denso, sólo quebrado por la respiración despareja de la enferma, cubría aquel ámbito de dura miseria.

El hombre regresó de desensillar el caballo que a un tiro de piedra ramoneaba los escasos coirones. En la cocina ningún sonido delataba la vida, como si el alma de esa gente se hubiera ido con el último humo que la chimenea soplaba hacia un cielo pálido y lejano.

Le costó prender el fuego. La leña verde le sahumaba la cara y ponía una neblina olorosa por el estrecho ambiente.

No bien las llamas vencieron la resistencia del humo, la claridad vacilante se trepó a las paredes devolviendo su forma a cada cosa.

Cuando se pudo ver, Payún ya no estaba.

Lejos, donde la tierra confunde su lomo alazán con las primeras estribaciones, se desleía su espalda untada de infinito.

Al amanecer desde la pieza de la mujer llegaban cortos reclamos.

– Demetrio,…Demetrio…

Entre sueños al hombre le parecía escuchar esa voz lo llamaba. Se había dormido sentado, cansado y triste, mirando las brasas agonizar en la cocina

Se incorporó de un salto y fue al encuentro de su mujer que lo esperaba parada cerca del catre.

La sostuvo entre sus brazos fuertes y la miró largamente. Como saliendo del fondo de esa cabellera desgreñada, la vida mostraba de nuevo su pujanza, en un agua limpia desbordada de los ojos.

Payún

Laifil*, la abuela de Payún muerta en Tintica, había vivido largos años en un paraje al norte de Cruz Negra, en los primeros médanos del desierto.

Desterrada por los comentarios acerbos de un obispo, terminó confinada con su oficio de machi al sur, donde el mar lavaba su terrosa memoria.

Payún, sexto retoño de su hija soltera y de padre desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le cubría todo el rostro uniéndosele a un pelo lacio como enjambre de avispas negras.

Para Laifil fue la señal. Ese niño endeble, contrahecho, era el elegido por los dioses para ser depositario del legado ancestral. Le costó caminar y adolescente, recién pudo pronunciar el nombre de su abuela, que desde que nació se apoderó de él y lo llevó a su choza solitaria.

Para ser chamán, se nace chamán.

Ella, que había viajado las cien leguas hasta Almejuelas para hacer llover luego de treinta años de sequía; que le pudo decir a Manuela Chávez, con sólo “leer” en la clara de un huevo de gallina que su hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al cuarto mes de nacido le abrió al niño el tercer ojo, con el que Payún podría escrutar más allá de las cosas.

En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre su cráneo pequeño. le puso el sagrado anillo de plata, puerta por donde pasará esa luz que sólo pueden recibir “los que no tienen sombra”, “los que sólo vieron sus rostros en los espejos de agua”, “los que caminan por el fuego”, “los que se lastiman y no sangran”, “los que saben encontrar la flor azul que hacer ver a los ciegos”, “los que ven más allá de los ojos”, “los que están siempre despiertos”…

Con el pasar de los días el duro aprendizaje: uno a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar el melincolahuén*, esa agua sanadora que en neblina transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno doloroso, con la lengua clavada al canelo* patriarcal, para ver entre lágrimas las primeras visiones.

Hasta que un día, en el mismo sitio donde los dioses antiguos saben bajar transformados en hualas*, el iniciado enfrenta su prueba definitiva.

Acostado sobre un matrón, los brazos pegados el cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al naciente. Ningún músculo se mueve. A su lado la vieja machi* golpea el pequeño tambor acompañando un canto monocorde y misterioso.

Nada de lo que dice es palabra conocida.

A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como en un estertor eléctrico, se desploma como fulminada por un rayo.

En ese instante, al cuerpo de Payún le acomete un temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura dormida.

Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento luminoso se lo lleva por encima de los árboles.

A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Payún arrodillado, de cara al oeste –donde moran los difuntos- mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.

Como el caer de una estrella

Luego de la trágica muerte de Laifil, nada fue igual en Tintica. Era como si Dios,

desde entonces, transitara tan pobre y necesitado como los paisanos y mestizos que comparten

sus vidas y esos designios ineludibles.

A todos aquellos que arrimaron leña a la hoguera, la machi muerta les recordó la crueldad con lúgubres señales.

A Primitiva Huenchocoy en días que el viento del oeste parecía dormido sobre un mar aceitoso, un aire repentino le cerraba puertas y se prolongada en quejido ronco que sólo ella oía. Un frío de tumbas se instalaba en sus huesos a pesar del sol quemante del verano. Le buscaron remedio pero nada le curó ese temor al fantasma que cerraba puertas y ponía hielo en su sangre. Enloquecida, en una marejada grande, nadie la oyó perderse entre el estruendo de las olas. Apareció ahogada, con los ojos arrancados, en la playa donde Payún suele regresar a encontrarse con su abuela.

A Secundino Gamín, por las noches, manos huesudas y heladas le recorren la espalda para robarle el sueño y alejarse luego con pasos que no dejan rastros a la luz del día.

El sabe esperar despierto… y nada. Es cuando lo vence el sueño que la difunta lo despierta y se aleja de repente dejándolo estaqueado por un miedo torturante.

A la Vicenta Ainol la locura le fue llegando despacio, como una agonía perezosa y cruel. Veía como un ñamco* posaba sus redondas pupilas en la ventana y luego le daba el lomo como señal de desgracia antes de marcharse. Ella lo miraba y gritaba su angustia, sin que nadie pudiera jamás ver al aguilucho pecho blanco. Así una y otra vez … meses, años.

Una noche se levantó y fue al encuentro del ave. Al aclarar la encontraron colgada de la cumbrera con un tiento al cuello y los pies a una cuarta de la pila de leña que amontonó para subir y ahorcarse.

Otros cuentan que ven una luz que baja de los montes y recorre la calle principal hasta llegar al centro de la plazuela. Ahí se detiene algunos instantes para iniciar luego una frenética danza, hasta convertirse en remolino de fuego. Lentamente va perdiendo fuerza y, ya débil, enfila hacia el mar donde la noche se la traga. Un penetrante olor azufra las sombras del pueblo quieto. En cada casa, un soplo húmedo apaga velas y candiles, mientras que afuera, no lejos de los cercos, los perros torean extrañas figuras que más tarde se repliegan arrastrándose con ruido de cadenas.

Hace un tiempo marcharon en busca del cura de El Carmen. El cura vino casi de mala gana y luego de un largo sermón que culpaba a demonios y pecadores por las penurias del pueblo se llegó, hasta el centro de la plaza y bendijo el sitio con agua santa. Todos se santiguaron a un tiempo y con gestos de recogimiento lo acompañaron de regreso a la iglesia. Después de la partida del padre Ovalle, una calma pesada envolvió al caserío.

Sin embargo, algunos dicen que vieron sobre el mar, como el caer de una estrella, aunque muy cerca de la playa y con un brillo extraño.

Dicen que suele aparecer cada vez que muere alguno de los que crucificaron y quemaron viva a Laifil, la abuela del mago Payún.

Laifil

Arrodillado, juntando las palmas de las manos como guardando en un cofre las cruces que entre las líneas de la vida y de la muerte, marcaban a sangre su destino, Payún entró en trance para ver llegar a Laifil en su canoa desde algún lejano laberinto. Se le aparecía brumosa, ajada la piel por tantas intemperies, las manos sarmentosas de tejer interminables matrones, por hablarle desde su boca pequeña, arrugada, hundida, como una puñalada dada en un cuero..

– Nada de lo que vez, es como lo vez…- le decía. Hay que entender lo que dicen los que habitan el misterio para no errar el camino. Nada de lo que se ve es eso en realidad –repetía. La mente no puede distinguir qué es realidad y qué es fantasía. Por eso debes usar tu instinto, esa parte animal que tienes para entender a la madre tierra. Cuando no se usa el instinto sólo se ve lo que se desea ver, no lo que hay que ver en realidad.

Recuerda que para tener todo, primero debes quedarte sin nada. Nada de lo que la gente cree que es suyo le pertenece; el hombre sabio, Payún, es aquel que poco o nada tiene. Que cuando marcha, todo lo esencial lo lleva puesto.

Las mariposas son en verdad ilusiones de jóvenes vírgenes desaparecidas; los sapos, espíritus de gente quemada y no sepultada; las víboras, hembras adúlteras que se cruzaron con machos de otras especie; los pájaros sólo son pensamientos: negros, blancos, de colores. Verás pasar a la gente dormida caminando feliz hacia su despeñadero. Están dormidos, por eso no te ven ni pueden sentir el fuego, o la piedra, o la nieve, o el cuchillo, o el lazo, o la peste que los matará.

Te llamarán mago Payún–le decía- porque dormidos, creerán ver lo que tú quieras que vean o sientan y será tu voluntad medir en ellos el bien y el mal, la noche y el día, como la vida y la muerte.

Antes de lograr abrir los ojos, vio como la anciana subía a la canoa y remando parsimoniosamente se alejaba rumbo a Mocha*, la isla que según los antiguos, es el lugar donde residen los espíritus.

Con la boca reseca por sales y vientos, cargándose el crepúsculo como un poncho, marchaba caviloso por la calle entre caminantes que lo atravesaban como a una transparencia , sin imaginar su presencia entre las voces y ruidos de la aldea.

Con el último rayo de sol colgado de su rostro indio, dejaba atrás las casas grises que al final del caserío se fundían con las primeras manchas de monte, antes que la montaña se apoderara del valle con su mole imponente.

Arriba, del otro lado de la cordillera, luego de cruzar el costado sur del Pillanhue y reconocerse en el espejo esmeralda de sus aguas, le aguardará la caverna y su abrigo de minerales antiguos y los mensajes que el fuego le develará en luz cuando la fogata abra su cerrado párpado de cenizas.

Rinconada

Todo era viejo, desgastando por ese viento arenoso puliendo los perfiles de casas abandonadas hace tanto tiempo.

La iglesia sin cura, amontonaba un médano bajo frente a sus gruesas puertas cerradas, en un silencio macizo sólo roto por alguna campanada fuera de hora, cada vez que una ráfaga de viento norte movía y golpeaba el negro badajo, colgante como testículo de toro.

Por el callejón principal de Rinconada suele pasar la historia como una anciana ciega sin detenerse. Fue obligado descanso de las tropas revolucionarias en su tránsito al norte y parada de mercaderes, bandoleros y contrabandistas de frontera.

Algunos aseguran que el mismísimo Brigadier General Don Estanislao Lezcano, hizo noche en la víspera de la batalla de El Quemado, velando las armas antes de aquel sangriento combate que sembrara de muertos el valle y signara para siempre la suerte de la gesta emancipadora.

Y hasta se dijo que el Coronel Robustiano Campos, caído en esa pelea, fue enterrado por sus soldados en el cementerio, pero no se sabe dónde, pues nunca se conoció el lugar de su tumba. Pero eso fue hace un siglo!

De aquellas cincuenta familias, hoy quedan algunos viejos con los ojos grises de ver por siempre tanto desamparo. Y la Cándida Moraga con su hijo enfermo, en esa casona blanca delataba por un humo sin forma que repta un cielo ceniciento, como el último pulso de la vida en aquellas desolaciones.

En horas que el viento para, en el erial que cobija a los muertos entre picas bajas, las cruces tapadas ocultan el nombre de alguna historia familiar ajada de olvidos largos. Pero el mismo viento sabe escarbar los arenales y entonces las cruces muestran los apellidos de aquellos huesos tristes: Amaranta Solís (q.e.p.d.), Alejandrino Quenao (q.e.p.d.), Domitila Soca (q.e.p.d.), Porfidio Curinao (q.e.p.d.)…

Por la entrada despareja, seguida por la mula que sin esfuerzo cargaba al pequeño jinete, Laifil caminaba con la vista fija en ese humito parado en el aire, que le señalaba el final de aquel largo viaje.

Un zaguán estrecho terminaba en el patio de baldosones rústicos desde donde una galería espaciosa daba sombra a las habitaciones que en hileras, conformaban aquella construcción que fuera almacén y fonda en tiempos mejores.

Cuando sus anteriores ocupantes la abandonaron, Cándida escondió la peste de su hijo entre esos muros de tres jemes de anchura. En esa penumbra de socavón, un niño con rostro de viejo miraba deslumbrado el chorro de luz que le acuchillaba los sentidos, iluminando esa carcoma oscura que le masticaba las entrañas.

Laifil lo contemplaba callada, como quien se asoma luego de un derrumbe. Al fin dijo:

– Me llamaron tarde. Esta criatura no tiene remedio…ya huele a podrido el pensamiento – murmuró la machi como un rezo – No creo que pase de esta noche…

Unas manos piadosas le cerraron los ojitos para devolverlo a las tinieblas.

Al otro día, con el sol pintando de fuego las crestas de las serranías, la machi seguida de la mula y el pequeño Payún montado, le daban la espalda al caserío, mientras un viento nuevo, recién venido, amontonaba arena junto a la cruz del angelito.

Pirquinero

Agachado como estaba sobre las aguas, apenas si pudo ver la figura reflejada que se deformaba llevada por la corriente. Al levantar la vista, se encontró de golpe con Payún que lo observaba desde la orilla.

Lentamente el buscador de oro se enderezó. Desde la batea, una breve catarata rubia de agua y arena cayó para perderse entre el rumor de cauce andando.

-Buenas…- alcanzó a decir, aún metido hasta las rodillas en el arroyo.

Payún levantó un brazo en mudo saludo y se quedó inmóvil, como quien no termina de entender lo que está viendo.

El hombre caminó el trecho que lo separaba de la orilla con los ojos fijos en la silueta morena, aparecida de la nada.

Cuando estuvo cerca, la mirada del indio se había puesto lacia.

-Hace tres días que lavo… y ni una chispita! Parece prometedor el sitio pero, hasta ahora… Vengo de Farellones y comentan los mineros que en la naciente de este arroyo hay oro. Y usted, ¿qué anda haciendo por aquí?

– Vine a oír el ruido de la lluvia –dijo Payún para volver a adentrarse en un mutismo prolongado.

– Me llamo Joaquín Meneses –comentó el pirquinero* acuclillado junto al fogón de piedras bochas que encerraban un fuego de leñas menudas.

-¿Ha encontrado oro, aquí?

– No busco oro, no lo necesito… respondió el mago.

Meneses lo escuchó como a una voz lejana y sin sentido. Antes que pudiera ordenar sus pensamientos, Payún agregó:

– Nada se puede conseguir con oro. El oro es el sudor sagrado del volcán y quien le roba al Pillanhue sólo puede esperar desgracias!

El hombre contuvo una risa que pudo ocultar gracias al pretexto de ir por leña para el fuego agonizante. Cuando regresó, el moverse de algunas ramas le señalaron el rumbo por donde se había marchado aquella extraña aparición.

Un sol nuevo entibiaba el aire fresco. Meneses se desperezaba fuera de los cueros. El vapor de la respiración le mojaba la barba hirsuta con una neblina tornasolada, mientras las frías aguas del chorrillo, entrechocaban sus perlas líquidas como una música venida de los sueños.

En jornadas largas, repetidas, de sol a sol, con voluntad obsesiva, fue sacándole el lecho sus lágrimas doradas. Una a una las guardaba en aquella bolsita de curo sobado, hasta que el tiento que la cerraba apenas podía atarse.

Ese mediodía, cansado de lavar en vano toda la montaña, decidió, que ya estaba bueno, que era tiempo de descansar, de festejar por todo esa quincena metido en el agua sin más cielo que ése, que se reflejaba siempre yéndose.

– Si le doy tranco sin parar, antes que se ponga oscuro puedo estar en Cañadón Huemul –meditaba mientras terminaba de acomodar los trastos, pregustando ese aguardiente fuerte que sirve en el boliche del vasco.

Mientras rumiaba estos pensamientos, desde el oeste un nublado plomizo, como de pólvora, tapaba las formas de la montaña. Un silencio hondo, pesado, preanunciaba la nevada. Los animales del monte mostraron temprano esa ansiedad que los intranquiliza en cada cambio de clima. Meneses no sabía que cuando los pilquines* se alborotan no siendo época de celo, es seguro que nevará. Con los pies arrimó tierra al fuego hasta sofocarlo. Orinó cerca del agua y se puso a caminar feliz, sintiendo la bolsita con el oro apretada entre la ropa y las costillas. A poco de andar la tarde mostraba un cielo sucio y los primeros copos le caían sin ruido por la espalda. Lo que fue apenas una llovizna gruesa, se transformó de pronto en un desierto blanco sin orillas, por donde caminó sin rumbo hasta que el más profundo, lo puso a un paso del delirio. Lo último que vio fue una enorme víbora, que abarcaba hasta donde la nieve le dejaba ver, que lo atrapaba y hundía en una negra y fría oquedad sin límite. Cuando lo hallaron, Meneses estaba desnudo. Dicen que cuando se ahogó en el Arroyo de las Vueltas en aquella nevada grande, la correntada le fue quitando a puro golpe de agua y risco todo lo que llevaba. Que todo se lo llevó el agua, menos a Meneses que parecía dormido, no muerto.

Esa flor azul

Javier Etchemaitechea le pasaba un trapo al mostrador tratando de limpiarle esa pátina oscura que el uso y los años le untaron a su hosco maderamen.

En Cañadón Huemul –parada de carros y chatas- su boliche reunía a los pocos pobladores de la zona y viajeros que desde septiembre a marzo, se animaban a transitar aquellos huellones marcados a puro invierno en la piel nativa del páramo.

Javier miraba la lluvia empañar la mañana fría, con esa garúa obstinada que llevaba cuatro días seguidos sin parar, como quien acepta resignando un veredicto irrefutable. Esa llovizna tenaz, que apenas le permitía ver hasta el palenque solitario, parecía mojarle la única región a salvo de aquella tempestad obcecada: los recuerdos.

Se veía joven, recién llegado, con esa desmesurada vastedad extendiéndose antes sus ojos azorados. Sus primeros trabajos, largos arreos, los primeros pesos, duros inviernos esperando a la vida en estrechos fogones de dilatadas estancias inglesas, privaciones, algún amor pasajero que sólo dura la plata de un mensual cuando baja a los pueblos de las costa. Esquila, baños, señalada, desierto, soledad…

Hasta que llegó el día en que un paisano suyo le ofreció el boliche y juntando los ahorros de años a las ganas de quedarse por algún tiempo en un solo sitio, se le animó al oficio de bolichero.

Y aquí lleva treinta años viendo pasar todos los días entre arrieros quemados de intemperie, troperos tallados de vientos, indios melancólicos, oportunos mercachifles, puesteros llenos de olvidos.

– Una grapa, don Javier…qué va a tomar Ud.?

– Pa’ mí una caña dulce y un vino pa’ mi compañero.

– Traigo cuero e’ zorro… once traigo…

– Vasco… una ginebra doble!

Un ruido que venía de esa lluvia mansa le devolvió la conciencia. Vio entonces al bulto que trataba de encontrar el hueco de la puerta, soltando briznas de agua su haraposo ropaje. El recién llegado tanteaba el piso con una vara corta que hacía de bastón y se guiaba tocando los objetos que encontraba a su paso o los sonidos que le indicaban la presencia humana en ese rumbo. Cuando logró entrar, cerró la puerta tras de sí y se quedó inmóvil por unos segundos esperando percibir nuevos mensajes. Caminó hasta el mostrador al mismo tiempo que se quitaba la boina negra y preguntaba… –Hay alguien aquí?

– Qué día para salir de recorrida, don Hilario! –espetó el vasco sólo por decir algo; luego agregó –Desde que se le dio por llover finito, no he visto gente; debe estar mala la huella.. Suerte que vino Ud. para conversar y no estar solo, aburrido de ver garuar!

– Me han dicho que Ud. sabe donde se le puede encontrar al curandero, que sabe venir por aquí…que Ud. sabe… –dijo el ciego secándose las últimas gotas de la cara con el dorso de la mano.

– Ah! Payún!… hace como un año que no baja. La vez pasada lo fueron a buscar cuando la mujer de Demetrio Magariño estuvo tan enferma. El la curó sólo con verla… de palabra. Pero hay que ir hasta donde termina el camino que lleva al volcán, justo donde el Arroyo las Vueltas nace de los chorrillos. Ahí hay que prender fuego y esperar que baje. Eso dicen…

– Gracias, don Javier –dijo el ciego enfilando hacia la puerta, con la vara adelantándose a su paso vacilante. Salió del boliche para desaparecer tapado por la cerrazón.

Payún miró el humo subir recto, sostenido en la quietud de la mañana como un pabilo blanco sobre los árboles. Tapó con ramas la boca de la caverna y marchó aguas abajo.

El ciego sentado junto al fuego, adivinaba ese sol joven salido de la tierra que le calentaba la cara y le ponía un reverbero lila en sus pupilas opacas.

Sintió de golpe la mano del indio apoyarse en su hombro. Ningún ruido había denunciado su llegada. Giró la cabeza preguntando…

– Quién anda ahí?

– Payún –contestó el chamán con voz apenas audible.

– He venido a verlo porque quiero que me cure. Soy ciego.

– Ya lo sé… sé también por qué perdiste la vista. Si encuentro esa flor azul que Elchén* guarda para dar luz a los ciegos, volverás a ver. Si no la encuentro, nunca más verás.

Ahora vuelve por donde viniste y por ninguna causa regreses a este sitio –le sugirió para quedar en silencio.

– Gracias, gracias Payún! –expresó el ciego extendiendo los brazos en busca del chamán, pero nada encontró. Nadie respondió a sus palabras.

Lenta, dolorosamente avanzaba el ciego, tropezando, cayendo y levantándose para caer de nuevo sobre el áspero suelo.

Días enteros de penosa marcha regreso a Cañadón Huemul, con la esperanza abrigándole su corazón fatigado, sobreviviendo a lo más hondo de su noche.

Primero fue como un lejano deseo de llorar que se derrumbaba de sus ojos dormidos. En el cristal líquido de la lágrima, un arco iris difuso le iluminó los sentidos con minúsculo relámpago, tornándose de a poco en una visión acuosa, estremecida por flechas luminosas que fueron dando color a cada cosa: al principio, el camino, luego las casa y por último la gente.

Hilario lloraba. Era esa la forma más rotunda de lavar tanta oscuridad.

En la caverna el chamán miraba el fuego, perdido en lejanos territorios, mientras la flor azul que Elchén guarda para dar luz a los ciegos, le azulaba la negra obsidiana de sus ojos.

El último viaje

Mientras caminaba hacia el mar, Payún presentía que éste sería el último encuentro con su venerada abuela. Algo muy íntimo, visceral, asomado de los confines de la sangre, le avisaba de aquella pérdida, signada por un atavismo milenario.

Laifil, que después de muerta parecía seguir envejeciendo, se le apareció armada de la postrera hechura humana. Esa que en cien años de existencia terrena la maceraba enjuta y macilenta, como una grotesca crisálida detenida en el tiempo de otra esfera.

La canoa parecía no tocar el agua, apoyada sobre un vapor brumoso. Se detuvo próxima a la playa, empujada por el flujo del mar sin que la anciana realizara esfuerzo alguno.

Una fuerza invisible a los ojos movía silente al pequeño navío, donde navegaba esa capitana decrépita, haciendo puerto en su último viaje por este mundo. Regresaba par entregar los restos de aquella antigua magia de chamanes a su nieto, a que los mortales nombran mago Payún.

Volvía para borrar sus rastros terrestres, antes de convertirse definitivamente en susurro de caracolas marinas.

Payún anhelante, sumido en el trance más profundo, iba al encuentro de Laifil. Sin que abriera la boca, la voz de la vieja machi salía clara, aumentada por un eco metálico, escapado luego de pasar por tortuosos meandros subterráneos.

-Los antiguos chamanes, fueron peregrinos venidos del norte, tan al norte donde la tierra se estrecha en una lonja angosta, en la frontera con los hielos eternos. Mi abuela Paineco* contaba esta historia, Payún.

Que cuando los viajeros llegaron, los días eran largos y tibios y los inviernos cortos y templados; que abundaban animales y plantas; que había buenas pariciones cada año: las hembras parían hijos sanos. Nadie peleaba con su hermano; nadie le quitaba la tierra o su alimento al otro. No había enfermos y la gente moría muy anciana.

Pero en medio de tanta riqueza fueron olvidando a sus dioses, y fue entonces que el sol perdió ese brillo que fecundaba a la madre tierra con hasta dos cosechas anuales. El aire se puso frío y llegaron las lluvias interminables, que arrasaban poblados enteros, emplazados en las márgenes de los ríos. Cuando cesaron las lluvias, el sol, ya frío, las convertía en nieve, en hielo que al no derretir el sol, secaba los ríos y esa sequía extendía luego su sed a comarcas enteras.

Entonces el hombre por hombre mataba; uno, para quitar, mataba!, el otro, mataba para no dejarse quitar!.

La gente enfermó y poco a poco la tierra generosa se transformó en desierto. Tarde llegaron las rogativas y sacrificios humanos!.

Sólo quedaron las enseñanzas que trajeron aquellos peregrinos para salvar a los últimos náufragos!.

Y tú Payún serás el que cierre para siempre ese ciclo de muerte.

Por algún tiempo pareció callar y desaparecer entre la bruma. Sin embargo su voz llegaba nítida, como si la vieja machi le estuviera hablando al oído, tan cercana que podía tocarla si quisiera.

Desde su cuiminquelén* le oyó decir…

-Pronto vendrán forasteros para adueñarse de la tierra. Cortarán los árboles para usar madera y envenenarán las aguas de lagos, ríos y arroyos y llenarán de humo y pestilencias el aire de los campos. Vendrán para matar por el gusto de matar los animales del monte. Ellos serán los adelantados del más poderoso huecufú* que se conozca, que extenderá su poder maligno desde los hielos del norte hasta los hielos del sur.

Entre esa gente deberás vivir, Payún!.

Hasta que el volcán, origen de todas las anunciaciones , explote la furia contenida de los dioses, arrasando con las herejías de los hombres.

Cuando abrió los ojos, el mar se había retirado. Las aves marinas surcaban un cielo rosa, garabateando en las alturas sus letras minúsculas. Una mancha oscura, como de aceite, se fundía con el horizonte.

El grito

Siguiendo los repliegues escabrosos por donde la cordillera declina su mole india en quebradas profundas, el caminante se dejaba llevar por sendas casi borradas que cabras salvajes y huemules labraban a fuerza de pezuñas en los riscales de las cumbres.

Venía de Zaino Cahuel*, con ese rumbo que según los dichos de un trashumante lo llevaría al encuentro del curandero que habitaba algún remoto paraje andino.

Sólo con lo puesto marchaba animado por una energía escondida, recóndita, que le calentaba la sangre y lo empujaba desde lo hondo de su instinto mestizo.

Lorenzo Ñelay era bajo, de cara ancha y oscura, sombreada por una cabellera negra y dura que, indócil, le caía hasta sus hombros fuertes. Hijo de la montaña, era capaz de caminar días enteros sin mostrar fatiga, alimentándose con lo que cazaba, algunos piñones y frutos silvestres. Había perdido la cuenta de las jornadas que llevaba caminando, decidido a encontrar a ese mago que llaman Payún, quizás la última esperanza para hallar remedio al daño que diezmaba a su gente.

Esa noche mientras dormía, a Lorenzo Ñelay se le apareció el chamán. Soñó que le anunciaba su presencia. Que lo esperaba a la sombra de ese mismo coihue* – le decía- donde el mestizo, cansado después de una larga marcha, se había dormido. Entumecido por el frío de la noche, abrió los ojos sobresaltado para ver a Payún que lo contemplaba en silencio. Se incorporó al tiempo con ambas manos se sacudía el polvo de sus ropas, intentando coordinar alguna frase para comunicarse con aquella aparición que lo aturdía y desorientaba. Al fin dijo…

-Soy de Zaino Cahuel… me llamo Lorenzo Ñelay y hace días que camino… lo andaba buscando…

Payún parecía no escucharlo. Con la mirada neblinosa escrutaba la distancia como quien más que mirar, estuviera recordando. Por su memoria se sucedían imágenes de lugares y gentes de aquellas historias que él conocía en detalle y que ahora revivía para verlas de cerca, para entrar en ellas como protagonista de esos dramas acaecidos a más de cien leguas de su escondida caverna.

En esas visiones, aparecía la hondonada donde Lorenzo Ñelay levantó su rancho, con piedras desiguales hasta la altura de un hombre y que techó con coirón y barro. Su mujer y las cuatro criaturas que velaban en la más dolorosa de las miserias, las muertes de abuelos y tíos enterrados en la falda sur de la lomada, donde el sol de los indios les calentaba los huesos cada mañana. Todo era cristalino de tan pobre!.

El arroyo arrastrando su sombra líquida por el cauce de piedras duras. El campo de pastos altos estirando su verdor a lo largo del valle hasta tocar el cielo. Cabras como pintadas trepando los ijares de las lomas. Perros pastores. Voces que un viento distraído arrea sin apuro por el silencio de la tarde.

Pero cuando el atardecer cierra el párpado cansado del día, algo transforma esa calma en una inquietud antigua, un escalofrío que las sombras de la noche acentúan en cada sonido, en los latidos que regresan de un miedo encerrado en la memoria, hasta cuajarle la sangre de espanto. ¡Siempre en noches sin luna!

¡Ese grito que todos oyen estaqueados de terror!. Este reclamo que se fue llevando uno a uno a los varones de la casa para regresarlos muertos, sin ninguna herida, enteros, tirados por los campos. Se pueden ver los túmulos asomando como senos grotescos en el pecho de la lomada.

Ese grito llamando en la noche y el hombre, sacando coraje hasta de sus muertos, contestaba… Entonces se adentraba en la oscuridad como absorbidos por ese llamado irresistible, que lo maniataba en su maraña alucinante, hasta alejarlo definitivamente de la vida.

Si nadie salía, el grito se repetía, cada vez más débil, más espaciado, hasta que las primeras luces del alba acuchillaban a las tinieblas en retirada.

Todo comenzó –hace años- con el abuelo Lindor.

El fue el primero y pensaron que alguna enfermedad le fue minando la salud, hasta volverlo viento. Después el tío Desiderio desapareció y lo encontraron muero cerca de Mallín* Grande. Era joven el tío Desiderio!.

Al año siguiente se fue el tío Fermín y ya no quedaron dudas que “alguien” se llevaba a los varones de los Ñelay luego que se oyera ese grito en noches sin luna!. El último, Celso, hermano de Lorenzo, lo hallaron muerto de sed, después de deambular tres días con sus noches en círculos, andando y desandando una y otra vez el mismo camino a sólo metros del arroyo.

-Llevame a Zaino Cahuel –dijo el chamán al mestizo que se había mantenido callado observando con curiosidad y respeto las cavilaciones del mago.

Tras varias jornadas de marcha, sin cruzar siquiera una palabra, divisaron el rancho al pie de la lomada. Los perros olfatearon la presencia de Lorenzo en la brisa que bajaba de la cordillera lejano y salieron a su encuentro con ladridos cortos de júbilo. En el patio, una mujer con cuatro niños agarrados a su pollera, lo aguardaba como quien espera el último de los milagros!.

Pasaban los días con sus noches sin que el grito azotara su látigo de miedo. Todo sucedía lacio, repetido, anunciado desde el mismo comienzo del tiempo. Nada parecía turbar la paz campesina de ese paisaje apresado entre lomadas azules y cordilleras altas.

Esa noche, cuando todos dormían, Payún supo que él vendría! Y lo esperó hasta pasada la media noche, cuando el grito, como de un hachazo, partió en dos el aire quieto.

Él le respondió como si su grito fuera el eco de ese alarido quemante. Ese grito lastimero, casi quejido, se fue acercando con cada respuesta del chamán, hasta que todos sintieron que esa voz les recorría los sentidos como un aliento fétido.

Parado en el hueco de la puerta, Payún lo vio surgir de las sombras.

El brillo de sus espuelas alumbraron por un instante y pudo ver sus botas altas, el chaquetón negro envolviendo la bruma, el sombrero alón coronando su rostro invisible.

En ese pequeño relámpago, sus labios finos y apretados parecían aprisionar una mueca sarcástica debajo de una nariz aguileña, como pico de ave carroñera.

El chamán le buscó los ojos al amo de las tinieblas.

¡El aparecido no tenía ojos!

Avanzó hasta tenerlo al alcance de sus brazos. Entonces levantó las manos con las palmas hacia fuera y le mostró las cruces grabadas en la piel!

Un aullido bárbaro desgarró la noche y el amo de las tinieblas se desmoronó quemado por el fuego de su propio incendio! Un fuerte olor a azufre trasminaba las rústicas paredes del rancho.

Cuando amaneció y la vida regresaba a ocupar su sitio, un aire fresco, bajado de las cumbres, barría despreocupado unas cenizas oscuras como sopladas por golpes de alas.

Cuando le preguntaron a Lorenzo Ñelay por el mago Payún, el mestizo dijo…

– Se ha marchado…

Del amarillo tenue al rojo intenso

Había permanecido tanto tiempo mirando la cascada que sus sentidos se acostumbraron al rumor de las aguas despeñándose. Una quietud dolorosa apretaba el aire húmedo contra la piedra, quizá presagiando el cataclismo anunciado desde el propio origen de las cosas.

Primero fue como el quebrarse de una rama en silencio del bosque; luego el temblor sacado de lo hondo de la tierra, un estremecimiento prolongado recorriendo las colosales vértebras de la montaña, despertando sus vómitos de fuego.

Desde el cráter del Paillanhue, un humo oscuro sostenía sus culebras sobre el fondo blanco de las cumbres.

Payún contempló las primeras fumarolas como quién recibe una señal largamente esperada. Dándole la espalda al volcán, buscó el sitio donde el agua pura del torrente esconde, con paciencia de siglos, aquella greda prodigiosa. Con el puñado de arcilla regresó presuroso a la caverna y de rodillas, inclinado sobre la lumbre cansina de la hoguera, abrió la piel de su mano izquierda con el pequeño sangrador de cuarzo.

La sangre del chamán se fue mezclando con el barro sagrado hasta formar un amasijo luminoso. Mientras modelaba, mojaba con su saliva aquella tierra espiritualizada, para darle vida a esa pequeña y misteriosa reliquia. En sus ojos parecía reflejarse aquella extraña figura, alumbraba por los nacientes incendios que la lava encendía con sus lenguas invasoras.

Para ese mediodía, el sol era apenas un círculo de cobre viejo antes de desaparecer devorado por un cielo de cenizas. En cada explosión el volcán escupía sus entrañas de piedra líquida, en coágulos oscuros que agujereaban el aire caliente, como un monstruoso animal cavando su madriguera en el centro mismo de ese infierno. Luego de mínimas treguas, su tos geológica lanzaba de nuevo sus estupos fundidos, animando marejadas incandescentes.

Siete días estuvo el Pillanhue sacudiéndose con temblores que remecían su lastimada naturaleza. Después, en menguados estertores, con un escalofrío que recorría su nueva piel basáltica, se fue quedando dormido.

Una atmósfera agria, ácida, sostenía aún viva la lava morena que calcinaba con su escondido rescoldo el ramaje de los árboles moribundos.

Como luego de un combate, lentas humaredas trepaban penosamente los celajes de la cordillera, esfumando sus sombras duras.

Hacia el naciente un mar de cenizas disipaba la marca del horizonte, extendiendo su neblina plomiza hasta el infinito.

Nada parecía tener vida. Sólo el agua, como una víbora ciega, hurgaba en su memoria de limo buscando una salida por aquella tierra todavía quemante. Entre vapores sulfurosos, esa tinta negra se abría cauce ladera abajo. Paraba en diques de lava endurecida, para vencer con su húmedo instinto cada uno de los obstáculos que encontraba en su camino.

Cuando llegó a la angostura del Choroi, su pupila mostraba una lejía de cielo limpio, hasta reconocerse cristalina en el lecho del arroyo.

Una paz de muerte envolvía al paisaje desolado. Mantos de cenizas escaldaban las heridas de la montaña, mientras el viento golpeaba su sonaja contra los riscales, repitiendo como en sueños el murmullo helado de las cumbres.

En algún lugar cercano al viejo Pillanhue, la vida leudaba en secreto su eterna maravilla.

El moderno edificio donde funciona el Instituto Nacional de Investigaciones Antropológicas destaca su imponente estructura entre edificaciones más bajas. Luego de ascender los trece peldaños de su escalinata de entrada, se arriba al amplio hall central, desde donde se tiene acceso a espaciosas salas perfectamente iluminadas. Armarios, vitrinas y anaqueles albergan al legado cultural de nuestros antepasados.

Científicos, profesores, estudiantes y turistas, abarrotan a menudo sus dependencias, en un incesante ir y venir entre las 10 y 18 hs., de lunes a viernes.

En el cuarto piso está la sala dedicada a Culturas Andinas. Un mueble de madera lustrada con vidrios corredizos exhibe, entre vasijas incaicas, cerámica Chavín y artesanías rituales, una estatuilla de arcilla cocida, que casi escondida, escapa al interés de los visitantes, no obstante su llamativo color que va desde el amarillo tenue al rojo intenso, protegida por un barniz extraño que le otorga un brillo indeleble.

En los registros del Instituto consta que fue hallada por un arriero al pie de un volcán extinguido de los andes patagónicos. Expuesta con el N° 27.123, la descripción reza: … “ figura antropomorfa de 120 mm de altura y 35 mm de espesor, hecha en arcilla cocida. La pieza parece representar a un sacerdote en actitud ritual. Tiene boca grande, barba, nariz ancha y chata, ojos ovalados. Sobre el pecho carga un pectoral que sugiere la representación estilizada de un felino. Una túnica que nace de los hombros lo envuelve dejando ver al final sus pies descalzos. Una vincha de metal ciñe la frente y un tocado de plumas adorna su cabeza, prolongándose en largas orejeras. Los brazos, que terminan en grotescas manos con cuatro dedos y uñas afiladas, cuelgan a los costados del cuerpo”.

“Se desconoce su verdadero origen y significado”… (*)

(*) Fuente: Hugo Covaro, El chaman y la lluvia, obra que se terminó de imprimir en noviembre de 1996 en los talleres gráficos de Servicop, Editorial Universitaria de La Plata (ISBN: 987-9160-08-8).

VOCABULARIO

Canelo: (Drymis winteri) Árbol sagrado del pueblo mapuche.

Ciprés: (Austrocedrus chilensis) Planta conífera de madera incorruptible.

Coihue: (Nothofagus dombeyi) Gran árbol de la cordillera andina de hoja perenne, pariente del roble.

Coirón: (Poa sp.) Tipo de pajonal muy difundido por la región patagónica, que sirve de alimento al ganado.

Chamán o shamán: Sacerdote, adivino, curandero. Personaje místico dotado de poderes superiores. Su sabiduría tiene origen en las tribus siberianas uralo-altaicas.

Chispita: Término con que los mineros llaman a las pepitas de oro.

Choroi: (Cyanoliseus patagonus) Palabra mapuche que significa loro. Loro cordillerano de vistosos colores.

Cuiminquelén: Del mapuche, el estado de trance del chamán o de la machi.

Diuca: (Diuca diuca) Hermosa ave canora de los bosques cordilleranos . Es gris con el pecho blanco.

Elchén: Uno de los nombres de Dios, entre los mapuches.

Huala: Cisne de plumaje gris que anida en los lagos patagónicos. Su nido es flotante y pone 2 o3 huevos de color celeste claro. Ente mitológico mapuche. Algunos autores llaman huala al macá zambullidor.(Colymbus rolland).

Huecuvú o huecufú: Espirítu del mal; significa “opera desde afuera”. Vocablo mapuche.

Huemul: (Hippocamellus bisulcus) Ciervo de las cordilleras andinas, en peligro de extinción.

Lahuentufé: El que cura o da remedios.

Laifil: Palabra compuesta por lai= muerte y fil, apócope de filú= víbora. Significa víbora muerta.

Lenga: (Nothofagus pumilio) Árbol de los bosques cordilleranos de madera noble muy usada en carpintería.

Machi: Pitonisa, curandera, oficiante principal en las rogativas del pueblo mapuche.

Mallín: Terreno llano y húmedo con buena pastura.

Melincolahuén: Término compuesto por meli= cuatro, co= agua y lahuén= remedio. Agua sagrada que el chamán obtiene de la neblina que producen algunas cascadas. Significa: “remedio de las cuatro aguas”.

Mocha: Isla del Pacífico, ubicada frente a la provincia chilena de Arauco, descubierta por Juan Bautista Pastene en 1544. Según la mitología mapuche, es residencia del espíritu de los muertos.

Ñamco u ñancu: (Elanus Leucurus) Aguilucho pecho blanco. Ave considerada présaga por el mapuche: si da el pecho buen augurio; si da el lomo mal presagio.

Ñire: (Nothofagus antártica) Árbol cordillerano de porte mediano o bajo, según las regiones.

Paineco: Palabra compuesta por paine= celeste y co= agua. Voz mapuche que significa agua celeste.

Payún: Término mapuche. Significa “barba”.

Pilquín o chinchillón: (Lagidium viscacia) Pequeña ardilla de la cordillera patagónica de color gris claro con manchas de tonos amarillentos.

Pillanhue: Palabra compuesta por pillán= antiguo dios del trueno que habitaba los volcanes (por extensión en la actualidad es sinónimo de volcán), y hue= lugar. Significa “lugar donde hay volcanes” o “donde mora Pillán”.

Pirca: Muro hecho con piedras, generalmente de poca altura.

Pirquinero: Americanismo. Dícese del buscador de oro en ríos y arroyos o minas abandonadas.

Tintica: Pajarito trepador que habita los bosques cordilleranos. Es de color pardo, con pico y patas oscuras.

Tranu: Calzado rústico de cuero con el pelo hacia afuera. Es voz mapuche.

Zaino Cahuel: Caballo zaino. Cahuel es una deformación mapuche de caballo.

La fuga de Atalanta

De: Hongo_Cosmico  (Mensaje original) Enviado: 10/09/2008 08:51 a.m.
Hola Cuervo y amigos. Me permito el lujo de traspasar a aquí unos comentarios acerca del trabajo alquímico de Michael Maïer, La Fuga de Atalanta, un compendio de emblemas que podemos desgranar aquí para lo que se aceptan todas las intervenciones, así que será de agradecer cualquier aportación desde una óptica shamanica y acorde con las interpretaciones a la par, realizadas por este alquimista europeo del pasado. Como carezco de escaner no se pueden colgar aquí las laminas grabadas por el mismo autor, en un estilo post-medieval… sin embargo estas aparecen descritas en el ejemplar que dispongo de su obra por lo cual será fácil situarse. Me interesa la prespectiva shamanica de un trabajo de esta índole, y muy especialmente para lograr entender la alegoría desde un mensaje cercano y quizás mas llano, al tiempo que pueden surgir comparaciones interesantes y enriquecedoras. Quizás así la praxis de todo lo mencionado en dicho libro se haga mas asequible y entendible, al margen claro está de la susodicha teoría.

Paso pues a empezar, con el humilde intento de sacar alguna cosa clara de los emblemas. Es el trabajo de toda una vida así que todos mis respetos hacia el autor. Adjunto también comentarios del conocedor del tema Santiago Sebastián.

LAMINA I, según se mire.

TITULO: El viento lo llevó en su vientre.

TEXTO: Si el embrión que está encerrado en el ventoso vientre del Bóreas, llegara a ser dado a luz vivo, él solo podría superar todos los trabajos de los héroes con su arte, su fuerte cuerpo, su mente. No sería para ti como un Caeso ni un inútil aborto, ni como un Agrippa, si no un nacido bajo buena estrella.

VOCABULARIO:

Bóreas: Bóreas (en griego ??????, ‘viento del norte’ o ‘devorador’) era, en la mitología griega, el dios griego del frío viento del Norte que traía el invierno. Bóreas era muy fuerte y tenía un violento carácter a la par. A menudo era representado como un anciano alado con barbas y cabellos desgreñados, llevando una caracola y vistiendo una túnica de nubes. Su equivalente romano es el dios Aquilón.

Pausanias escribió que Bóreas tenía serpientes en lugar de pies, aunque en el arte se le solía representar con pies humanos calzados con coturnos. Como los otros tres dioses-viento (Céfiro, Euro y Noto), era hijo de Astreo y de Eos.

Caeso: La palabra Caesar (César romano) proviene de Caeso, que significa cortar. Lo cual hace referencia al carácter bélico del Cesar, pero en este caso debe interpretarse como nacido con cesárea. Sin embargo no he podido encontrar referencias al personaje mitológico de Caeso.

COMENTARIO:

Maïer empieza la serie de los emblemas buscando el mote para el primer emblema en el mas antiguo de los textos alquímicos: La Tabla Esmeraldina, atribuido al legendario Hermes Trismegisto (hace poco me enteré de que era una firma utilizada por los diversos sacerdotes, nunca un personaje de carne y hueso –nota-) o al egipcio Thot (en este caso se trataría de un dios). La leyenda de Trismegisto tuvo gran aceptación entre los autores antiguos, aunque se habló de tres personajes bajo este nombre: uno muy antiguo, nieto de Adán, que vivió antes del diluvio y que había edificado las pirámides de Egipto. Después del diluvio habría vivido Hermes Trismegisto II, que estuvo en Babilonia y que habría sido el maestro de Pitágoras. Finalmente, un supuesto Hermes Trismegisto III, fue médico y filósofo, que ya escribió sobre alquimia propiamente dicha, nació en Egipto y allí diseñó hermosas ciudades. Pero lo mas admitido en la versión legendaria es que la Tabla, en caracteres fenicios, fue descubierta por Sara, ya viuda de Araham, en una cueva del Hebrón (el río que significa Hebreo, de donde viene la palabra ibris, o híbrido), donde estaba encerrado Hermes, que la sostenía con las manos. Lo mas asombroso es que ya Noé habría tenido en el arca a la citada tabla.

Hoy se acepta la versión árabe como la mas antigua de la Tabla Esmeraldina, la cual probablemente habría sido traducida al Sirio, aunque pudo haberse basado en un original griego. En cualquier caso parece que la tabla llego al Islam procedente mas bien de Siria que de Alejandría, ya que los relatos de su descubrimiento mencionan generalmente el diluvio. Lo mas importante de este texto es la conexión de la Tabla con la Piedra Filosofal, y se supone que Adán ya llevaba consigo la piedra filosofal cuando fue expulsado del paraíso.

“Es verdadero, sin falsedad alguna, cierto y muy cierto. Lo que está encima es igual que lo que está abajo y viceversa para que se cumplan los milagros de una sola cosa. (la unidad, el universo en si mismo)

Y como quiera que todas las cosas fueron por la contemplación de una sola, así también todas las cosas surgieron de esta única cosa por un simple acto de adaptación.

El padre de ello es el Sol, la madre, la Luna.

El viento lo llevaba en su seno y la tierra es su nodriza.

Es el padre de todas las cosas maravillosas a lo largo y ancho del mundo.

El poder del mismo es perfecto.

Si fuese arrojado a la Tierra separaría el elemento tierra del elemento Fuego, lo sutil de lo grosero.

Con gran sagacidad asciende suavemente de la tierra hacia el cielo.

Desciende de nuevo a la tierra y reúne en si la fuerza de las cosas superiores y de las cosas inferiores.

Así poseerás la gloria del brillo de todo el universo y toda oscuridad huirá lejos de ti.

Esta cosa es recia fortitud de toda fortaleza, ya que vence a toda cosa muy sutil y penetra a toda sustancia sólida.

Es así como fue creado este mundo.

Por consiguiente, se alcanzarán adaptaciones maravillosas.

Por esta razón me llaman Hermes Trismegisto, porque poseo tres partes de la sabiduría del mundo entero.

Lo que tenía que decir sobre la operación del Sol está consumado.”<>

Maier en su discurso trata de la jerarquía de los elementos: la tierra es el elemento mas pesado, (el ego) pero si se hace pesada salen el agua (las emociones) y luego el aire (el pensamiento), aunque este último se convierte en fuego (lo sutil) que ya es divino. Las diferencias entre los metales se deben a las proporciones en que el azufre (solución para la ira, principio masculino) y el mercurio (solución para la depresión, principio femenino) están combinados. En la última parte de su discurso, Maïer señala que el hijo de la filosofía guarda una posición intermedia entre el cielo y la tierra porque en el aire, (pensamiento) desde el que asciende al cielo (lo divino arquetípico) o desciende a la tierra (el ego o la materia fija) trata de unir las fuerzas mas altas con las mas bajas.

Lo importante es, como señala en los últimos versos del epigrama, que el hijo nazca con buena estrella, y no sea abortivo. (que no sea rebelde para que se pueda proseguir con el trabajo)

Por otra parte, según decía Yates, Maier opinaba que Agrippa era un pseudo-alquimista.

Este consideraba a Agrippa de tal modo por no trabajar seriamente con los metales, lo concreto-físico, conductores de la parte del trabajo mas filosófica.

Mi pregunta es para Cuervo: ¿Cómo crees podría aplicarse físicamente el nacimiento al que hace referencia Maier en su primer epigrama?

Muchas gracias, espero que la lectura no haya sido demasiado pesada.

Un abrazo y hasta la próxima.

Seleccion 40 Ciencia Ficcion

CONTENIDO
Presentación: La gran tradición fantástica 4
LA RELIQUIA, de Gary Jennings 6
LOS EXTRAORDINARIOS VIAJES DE AMELIE BERTRAND, de Joanna Russ 27
LA VISTA DESDE LA ESCARPA SIN FIN, de Marta Randall 39
ROJO COMO LA SANGRE, de Tanith Lee 56
NORMA DE LA CASA, de Poul Anderson 66
EL PRINCIPIANTE, de Philip José Farmer 76
LA PRIMERA MISIÓN A MARTE, de Robert F. Young 95
UN MAGO MODERNO, de Olaf Stapledon 105
Contraportada 115

Presentación

LA GRAN TRADICIÓN FANTÁSTICA

Más aún que en su temática, el parentesco de la ciencia ficción con la ciencia estriba en su método, en su carácter eminentemente especulativo: partiendo de unas premisas imaginarias, contrafácticas (generalmente obtenidas por extrapolación de la realidad actual), el relato de ciencia ficción desarrolla sus consecuencias conservando la lógica interna del mundo ficticio creado.
Y, como en la ciencia, estos desarrollos especulativos van configurando unas pautas, unas vertientes, unos convencionalismos (es decir, una serie de temáticas y planteamientos), y en la ciencia ficción, más que en ningún otro género, es frecuente que un autor recoja una idea a partir de donde otro la dejó o elabore variaciones sobre viejos temas.
Y en esta constante (y consustancial) tarea de recuperación y replanteamiento, la cienciaficción no se limita a su propio terreno (cuyos límites, por otra parte, son sumamente difíciles de precisar), sino que a menudo se adentra en los dominios colindantes de la fantasía, la mitología o la leyenda. (Hay, por ejemplo, una importante vertiente de la ciencia ficción constituida por los relatos que proponen explicaciones racionales de los mitos clásicos.)
En esta selección se incluyen varios relatos clara y deliberadamente inspirados en grandes temas y/o autores de la narrativa fantástica. Desde una poética versión vampírica del cuento de Blancanieves hasta una turbadora visita al Marte de Edgar Rice Burroughs, pasando por sendos homenajes a Verne y Lovecraft, la antología propone un insólito y renovador recorrido por lo que ya constituye nuestra tradición fantástica.
Y como ejemplo de extrapolación de los grandes temas mitológicos, un inquietante —por lo verosímil— relato de «religión-ficción» —La reliquia— destacado en las listas de popularidad del pasado año en Estados Unidos.
Mención aparte merece Un mago moderno, relato postumo de Olaf Stapledon recientemente descubierto entre sus papeles. Para quien no conozca a Stapledon y quede escasamente impresionado por esta muestra «menor» de su producción, conviene recordar que Stapledon, fallecido en 1950, es el autor de Hacedor de estrellas, Juan Raro, Sirio y otros clásicos del género, y tal vez sea el escritor al que más debe la ciencia ficción moderna. (Entre otras cosas, ha sido decisiva su influencia en Asimov, Clarke, Heinlein, Van Vogt, Simak y otras primeras firmas del género.)
Nada más adecuado que un inédito de este maestro de maestros como colofón de una antología que intenta ofrecer una visión del carácter orgánico y evolutivo de la ciencia ficción actual.
CARLO FRABETTI

LA RELIQUIA
Gary Jennings

Summa Theologica, alrededor de 1273
Quien ama a otro honra lo que perdura tras la muerte. Por tanto es nuestro deber honrar las reliquias del difunto, en especial el cuerpo, que fue templo y morada del Espíritu Santo, en que El habitó y obró, y que en la Resurrección se asemejará al cuerpo de Cristo.
Atenas, Grecia, 1978 (Associated Press)
Monjes ortodoxos griegos que se encuentran en el Monte Sinaí han anunciado públicamente un importante hallazgo de textos cristianos primitivos descubiertos por accidente en su monasterio de Santa Catalina hace dos años. «Podría tratarse del descubrimiento más importante desde los papiros del Mar Muerto», manifestó a Associated Press un profesor de la Universidad de Salónica.
Afirmó que los miles de fragmentos de pergaminos y papiros, que se remontan a los primeros tiempos del cristianismo incluyen al menos un auténtico hallazgo: ocho páginas perdidas del Códex Sinaíticus, un manuscrito antiguo y de inapreciable valor que se halla en la actualidad en el Museo Británico.
Roma, Italia, 31 de marzo de 1979
—Hemos considerado debidamente todos los detalles pertinentes al plan propuesto —dijo el hombre de edad madura, pese a encontrarse a solas en el despacho de lujoso mobiliario. Apretó el botón de pausa de su grabadora, suspiró y continuó hablando con voz ronca—: Hemos ponderado la naturaleza de la reliquia largamente venerada por nuestros hermanos belgas en la estimada ciudad de Brujas. Hemos examinado copias de los textos descubiertos no hace mucho en el Sinaí. Aunque no sin azoramiento, hemos discutido con la Academia de Ciencias Pontificia los últimos avances en experimentación biológica. Hemos prestado atención a las admoniciones de Santo Tomás de Aquino en relación con la justa honra debida a determinadas reliquias en espera de la Resurrección. Hemos rezado, con súplicas sumamente tenaces y devotas, para obtener una guía en este empeño sin precedentes que se nos ha propuesto.
Hizo una segunda pausa y usó un fino pañuelo de lino para enjugar el sudor de su frente abombada.
—Creemos que la decisión no ha sido tomada por nosotros —prosiguió—, sino para nosotros. Ahora, en consecuencia, con la autoridad apostólica y ordenando el secreto más extremo respecto al contenido de estas instrucciones, requerimos por la presente…
Roma, 2 de abril
—…requerimos por la presente que el proyecto sea puesto en práctica del modo exacto en que se ha propuesto. —Todo lo anterior había sido dicho en latín. La voz ronca añadió bruscamente en italiano—: Distruggete questa cassette, al piu presto.
Hubo un clic final y se hizo el silencio.
—Destruidla inmediatamente —repitió el mayor de los dos hombres entrados en años que escuchaban la grabación—. Lo haré yo mismo.
Pulsó el botón de expulsión de su grabadora y guardó la cinta en un pliegue de sus ropas rojas.
—No comprendo —dijo el otro hombre, el que vestía de púrpura—. ¿Cómo puede su…?
—Per favore, nada de títulos, nada de identificaciones personales. Abundan los micrófonos ocultos, incluso aquí, en mi despacho. Se nos ordena secreto y ello hará preciso un circunloquio. En cuanto a la fuente de nuestras instrucciones, a partir de ahora nos referiremos a ella como El Mayor.
—Muy bien. Pero no comprendo cómo El Mayor emprende esta aventura impetuosa. Nuestros… nuestros Mayores, desde la época de Galileo, han mostrado desconfianza ante cualquier coalición de la Iglesia y las ciencias más radicales.
—Sólo cuando esas ciencias han controvertido el dogma —replicó el hombre de rojo—, y esta aventura trasciende cualquier non placet que yo conozca.
—¿Pero por qué ahora? —insistió el hombre de púrpura—. Esa reliquia ha sido venerada en Brujas durante más de ocho siglos. Incluso diría que ha sido algo embarazoso para tanto tiempo. En realidad, jamás ha sido autentificada.
—Están sucediendo varias cosas simultáneas en la actualidad y El Mayor no cree en lo que los materialistas toscos denominan coincidencia. Cree que esta concatenación de hechos recientes es Deo gratia, evidencia de causalidad divina.
—¿Qué hechos recientes?
—Son tres. Primero, los numerosos adelantos de esas ciencias biológicas relacionadas con la manipulación genética. Segundo, la existencia en Brujas de esa discutible reliquia…
—Poco tiene de reciente —interrumpió el otro con una expresión de desdén.
—Cierto, pero su autentificación lo sería.
—¿Qué?
—La explicación reside en el hecho número tres. El descubrimiento de esos antiguos textos bíblicos… en especial las páginas del Códex Sinaíticus largo tiempo perdidas. Una de las revelaciones que no podemos mantener siempre en secreto es que las páginas del códice describen la sepultura de Nuestro Señor Jesucristo por José de Arimatea.
—¿Y bien? Así lo hacen los textos de Marcos, Mateo, Juan…
—Estas páginas ofrecen detalles, más bien «abundantes, de los servicios prestados por José. Podrían interpretarse como una confirmación de esa vieja reliquia de Brujas que habéis designado como un «embarazo» para la Iglesia.
—Salve! —El hombre de púrpura quedó asombrado—. Y ahora se nos ordena… adquirir esa reliquia. Y en absoluto secreto. Pero ¿cómo?
—La Iglesia no debe verse envuelta, no puede recaer en ella ni la más remota sospecha. Por fortuna, disponemos de laicos leales de gran distinción y mayor ingenio. —El hombre de rojo tocó rápida y ligeramente su grabadora—. Una carta, con mi papel y sobre personales, al Sacro Consiglio, Priorato Principale, Or dine Sovrana dei Cavalieri…
Roma, 3 de abril
—La Soberana Orden de los Caballeros Hospitalarios de Jerusalén está a vuestras órdenes, Su…
—Per favore, nada de títulos, nada de identificaciones personales —dijo el hombre de rojo—. ¿Trajo mi carta, signore?
—Pues, claro que sí —contestó el anciano consigliere del Gran Priorato de los Caballeros. Iba incómodamente vestido al recargado estilo medieval de su Soberana Orden—. Fue preciso traer la carta para obtener audiencia de Su… eh… del signore.
—Perfecto. Póngala aquí.
El hombre de vestiduras rojas quemó la carta en un gran cenicero que había en su escritorio. El consigliere contempló, asombrado, cómo las cenizas eran aplastadas hasta quedar reducidas a polvo.
—Vuestra carta contenía poco que quemar, signore —se aventuró a decir—. Sólo la orden de que me presentara. No se decía el porqué.
—Deseo hacer una o dos preguntas. Sus Caballeros Hospitalarios tuvieron una vez considerable poder en Jerusalén y más tarde en toda la cristiandad. Su orden posee un establecimiento en la ciudad de Brujas, en Bélgica. ¿No es cierto?
—Sí, signore.
—También en Brujas reposa una reliquia, muy famosa, conocida como la Santa Sangre, que la ciudad obtuvo originalmente, según se cree, de Jerusalén. Cuénteme todo lo que sabe al respecto.
El otro anciano pasó unos instantes ordenando sus pensamientos.
—Nuestro Señor —dijo por fin— fue descendido de la cruz a última hora del viernes de crucifixión. Se aproximaba la puesta del sol, y con ella el sabat de los judíos. Puesto que en el sabat no se hace trabajo alguno, ni siquiera enterrar a los muertos, los restos corpóreos del Salvador habrían yacido sin sepultar, de un modo bárbaro, al menos otro día, de no haber sido por la intervención de un compasivo judío…
—José de Arimatea.
—Sí, signore. Obtuvo permiso de Pilato para trasladar el mutilado cadáver y buscar para él una tumba. De acuerdo con algunos relatos, José fue un hombre rico que aposentó el cuerpo de Nuestro Señor en la esmerada tumba que él, José, ya había construido para sí mismo. En otros relatos se dice que José, simplemente, encontró una cueva adecuada en el monte Gólgota.
—En cualquier caso, José fue indiscutiblemente el último ser humano que tocó el cuerpo de Jesucristo. Es decir, antes de que las mujeres descubrieran la tumba vacía y a Cristo en pie.
—Oh, indiscutiblemente. Y se dice que José recogió en un recipiente una gota, o quizá varias, de la sangre de Jesús. También se dice que el recipiente permaneció algunos siglos bajo la custodia de los posteriores metropolitanos cristianos de Jerusalén. En cuanto a cómo y cuándo ese recipiente haya llegado a Bruselas, confieso que, lamentablemente, carezco de información. Pero con toda seguridad, la biblioteca del Vaticano…
—Supongamos que no deseo que el bibliotecario del Vaticano conozca mi interés por el tema.
—Comprendo —dijo el consigliere—. En ese caso puedo hacer averiguaciones a través de mis hermanos caballeros de Brujas.
—Le quedaré muy agradecido. Quiero saber la historia de la reliquia, su paradero actual, los pormenores de su tamaño y aspecto, las medidas tomadas para su conservación, su accesibilidad al público…
—Para todo esto, signore, mis informadores probablemente deberán inquirir a los guardianes tradicionales de la reliquia, la Fratérnitas Nóbilis Sánguinem Sanctus.
—Que lo hagan, pero con discrección. Quizá un caballero, disfrazado de turista entrometido, podría simular un encuentro casual con un miembro de esa Noble Hermandad de la Santa Sangre.
—Una sugerencia excelente, signore. Me ocuparé de ello. Con permesso.
Brujas, Bélgica, 5 de abril
Un hombre de edad madura estaba sentado en una mesa al aire libre del Café de la Bourse, comiendo bocaditos de queso de Wingene y sorbiendo cerveza flamenca de un alto pichel. Su llamativo atavío turístico, completado con una cámara Instamatic enlazada a su muñeca, le hacían pasar desapercibido. En la adoquinada Grand’ Place se escuchó la música del carillón del imponente campanario —unos cuantos compases de una aria de Mozart—, señalando las dos y cuarto de una tarde de primavera extemporáneamente benigna.
—Ah, la bonne Bruges vieillotes —dijo el hombre, y suspiró en éxtasis—. La ciudad medieval menos cambiada y malograda de toda Europa. El viejo y apreciado campanario, las casas con gabletes y salientes escalonados, los tranquilos canales, sus puentes corcovados, sus cisnes blancos flotando majestuosamente…
—El nauseabundo y clamoroso tráfico rodado. Helas, algunas cosas sí que cambian —opinó su compañero de mesa, al que acababa de conocer y que era, no por casualidad, miembro de la Noble Hermandad de la Santa Sangre—. Nuestros tranquilos canales están tan polucionados por las aguas cloacales que los tradicionales cisnes de Brujas emigraron hace mucho tiempo. Los que se ven en la actualidad son de madera pintada, puestos en los canales por las autoridades locales para que los turistas como usted puedan fotografiarlos. —No sin cierto desprecio, señaló la Instamatic del otro—: Pero, grace a dieu, algunas cosas no cambian. Por ejemplo, usted se interesaba por la Santa Sangre. Esa reliquia, más preciada que cualquier otra salida de Tierra Santa, está en Brujas y permanecerá aquí para siempre.
—¿Pero por qué en Brujas? —preguntó el turista—. Yo habría pensado que un tesoro así había sido adquirido por el Museo Vaticano o recibido una capilla en el de San Pedro.
—No fue ofrecido a la madre Iglesia, sino a un laico como usted y yo, aunque de clase más elevada: el entonces conde de Flandes.
—¿Por qué? ¿Cuándo?
—Se trata del conde Thierry de Alsacia, que mandó el contingente flamenco en la segunda cruzada. Como quizá ya sabrá, aquella cruzada resultó un fracaso más bien funesto. No obstante, el conde de Alsacia en persona hizo tal demostración de valor que, antes del regreso de los cruzados a Europa en 1150, el metropolitano de Jerusalén le obsequió con el recipiente que contenía una gota de la Santa Sangre. Thierry le puso una cadena y lo colgó al cuello de su capellán castrense. Este digno sacerdote no se quitó la reliquia, ni de día ni de noche, durante todo el viaje de vuelta a Brujas. Finalmente, el conde la ofreció a la ciudad y todavía pertenece a ésta, no a la Iglesia.
—Entonces —dijo el turista sonriendo—, es posible que la Iglesia sienta celos y que por tal razón jamás haya considerado oportuno autentificar su reliquia.
—Quizá. En todo caso, siempre que un sacerdote la saca de la bóveda de la Capilla de la Santa Sangre, un policía de Brujas se halla presente como representante de la autoridad civil, además, claro está, de uno o varios de nosotros, los hermanos guardianes. Si usted, monsieur, puede alargar sus vacaciones hasta el lunes siguiente al segundo día de mayo, verá la Santa Reliquia conducida por las calles de Brujas en una esplendorosa procesión de tipo medieval.
—¿Y el resto del tiempo permanece encerrada en la bóveda de una capilla? —El turista aparentó estar ligeramente consternado—. Sí, confiaba en ver la Santa Sangre, pero ¿es la procesión de mayo la única ocasión en que se exhibe en público la reliquia?
—Mais non, m’sieu. La Capilla de la Santa Sangre se halla en la calle de al lado, casi detrás mismo de este café. En la misa del viernes, y mañana es viernes, puede verse la reliquia. En realidad se puede incluso besar.
—¿Besar la reliquia?
—Se lo aseguro. Nuestro Señor sangró en la cruz en un viernes. Por lo tanto, si se comulga en la misa que todos los viernes se celebra en la capilla, además de compartir la carne y sangre de Cristo en forma de una hostia sacramental, los fieles pueden besar el recipiente que contiene la auténtica sangre.
Al día siguiente, el caballero hospitalario fue a misa, pero ya no llevaba la molesta cámara Instamatic, sino una diminuta Minox perfectamente ocultada.
Roma, 7 de abril
—Esa reliquia, más preciada que cualquier otra salida de Tierra Santa —se burló el hombre de ropas color púrpura. Estaba leyendo el informe del caballero—. Besan ese objeto cuando participan de la hostia. Lo transportan en una grandiosa procesión anual. ¡Son culpables de superstición extremada si no de idolatría!
—Alto, alto —replicó con aire ausente el hombre más viejo, vestido de rojo—. He consultado el Rituale Romanum. Su procesión es oficialmente una processio in quacunque tribulatione, y permisible en consecuencia. —Estaba examinando con todo detalle, con la ayuda de una lupa de joyero, el fajo de fotografías enviado por el caballero—. De todos modos, haría mejor no burlándose. Si la reliquia resulta ser auténtica, mal puede hablarse de idolatría.
—Si lo es —murmuró el otro hombre, estremeciéndose involuntariamente—, y si hacemos con ella lo que ha sido propuesto…
—Si podemos apoderarnos de ella. Concentrémonos primero en los problemas más importantes. Mire esta fotografía.
La imagen mostraba el ornamentado dosel de la Santa Sangre, tras el cual había un sacerdote de abultados carrillos que sostenía reverentemente con ambas manos la disputada vasija. A su derecha se hallaba un guardián de la Fratérnitas Nóbilis Sánguinem Sanctus, un caballero cargado de años y totalmente calvo vestido con ropas ceremoniales de color negro, plata y escarlata, asiendo una maza ritual. A la izquierda del cura se encontraba un impasible policía belga con el típico uniforme azul y, pese a estar en una iglesia, casco blanco.
Mirado a través de la lupa, el relicario sostenido por el sacerdote aparecía como un cilindro transparente de tamaño aproximado al de un vaso de agua de lados rectos. Ambos extremos estaban cerrados por tapas de oro con intrincados grabados, de las que salían los dos extremos de una gruesa cadena de plata de dos metros que pasaba por la parte posterior del rollizo cuello del cura.
—Hay un reflejo en el vidrio —se lamentó el hombre de púrpura—. No puedo ver el interior de la vasija.
El hombre de rojo le entregó otra fotografía que podía tratarse de una atrevida toma en primer plano o de una amplificación sumamente clara. La superficie del recipiente era bastante más gruesa que la de cualquier vaso de vidrio normal. En el centro de la parte inferior del transparente cilindro no había una ostensible mancha roja, sino una manchita de un indefinido color pardorrojizo.
—Con todo el respeto y devoción debidos —dijo el hombre de púrpura—, parece un trofeo muy insignificante para que nosotros nos… apropiemos de él. Pero no importa. ¿Cómo nos apropiamos de él?
—Sustitución —contestó el hombre de rojo—. Un orfebre de confianza de Via da Guardiagreli está haciendo una copia para mí en estos momentos. Afirma que puede ver con toda claridad, en las fotografías, los grabados en oro de las tapas y que podrá imitarlos a la perfección. Y lo mismo con respecto a la cadena de plata. Las manos del sacerdote en la fotografía le proporcionan la escala. Nuestro duplicado será perfecto en tamaño, aspecto y todos los detalles.
—Un duplicado perfecto —murmuró el hombre de vestiduras púrpuras—. En todos los detalles.
París, Francia, 10 de abril
Sentado en la parte posterior del coche patrulla, un modelo Citroen, y esposado entre dos policías, el caballero de traje elegante y aspecto eminentemente distinguido no opuso resistencia, aunque protestó a gritos.
—¡Exijo saber bajo qué mandamiento están actuando ustedes, salauds!
Se tranquilizó cuando el automóvil se detuvo, no ante alguna comisaría de barrio, sino frente a una puerta gótica que conocía perfectamente.
—¡Santo cielo! —dijo en cuanto los policías le liberaron y se marcharon—. Me han detenido muchas veces, pero jamás para llevarme ante el cura de mi parroquia. ¿Qué cosa tan terrible dije en mi última confesión?
—Te limitaste a recordarme que en mi congregación se encuentra el más ilustre criminal que ha atemorizado París desde la buena época de Cartouche —respondió el sacerdote—. Ahora te pido que, por una vez en tu vida, pongas tu talento y contactos a disposición de una causa loable. Observa esas fotografías. Y escucha.
Cuando el cura hubo concluido, el hombre protestó.
—Pero esta… esta sustitución que usted necesita… Padre, soy un vulgar carterista.
—Merde —replicó con rudeza el sacerdote—. El mocoso que yo rescataba tan a menudo de la granja reformatorio de Montesson era un carterista. Tus habilidades han crecido con el paso de los años.
—Naturalmente haré cualquier cosa por usted, padre. Pero la ciudad de Brujas está fuera de su parroquia, por lo que deduzco que no me está haciendo una petición personal. ¿Puedo preguntar por qué la Iglesia pretende conseguir la ayuda de un Barrabás?
—Non.
—¿Eh? —El experto criminal se encogió de hombros y después volvió a estudiar las fotos—. Dice usted que nadie debe enterarse de la sustitución. Eso descarta la posibilidad de entrar a robar en la bóveda de la capilla, sería imposible hacerlo sin dejar algún rastro. También descarta cualquier acción cuando se exhibe la vasija durante la misa. Sería muy arriesgado maniobrar tan abiertamente. Hay que hacerlo durante esa procesión de la Santa Sangre. Un acto así siempre ocasiona mucha agitación y un poco más no tendrá importancia. Pero debo decir que yo rara vez manifiesto tanta audacia a plena luz del día y ante tantos testigos.
—Alégrate, entonces, de que estemos en el año 1979.
—¿Cómo?
—Sólo se trata de una procesión. Si estuviéramos en 1977 habría más que un simple desfile. Cada año quinario, la reliquia es el foco de atracción de una magnífica representación son et lumiére de la Pasión. El drama dura casi tres horas, implica el concurso de cerca de tres mil actores y músicos, y la Grand’ Place se queda pequeña para los más de diez mil espectadores. Antorchas, focos, fogatas…
—¿De verdad? Hum. Eso sería todo un reto.
—¡No me vengas con ideas jactanciosas! No vamos a esperar hasta 1982. La sustitución debe efectuarse tan pronto como sea posible. Si te decides por el día de la procesión, eso será… veamos… el siete de mayo de este año.
—Lo que me da menos de un mes para hacer planes. Padre, necesitaré un plano a gran escala de Brujas, con el trayecto señalado exactamente. Me harán falta detalles de la procesión: orden de marcha, carrozas y bandas y todas esas cosas. Detalles de las barreras para el público, medidas de seguridad, fonctionaires y policías de tráfico a cargo del orden… Sobre todo, detalles relativos a por dónde y cómo se transporta la reliquia. Si se trata de la piece de resistance, confío en que será muy visible.
—Tendrás todos esos datos. Pero creo que el arzobispo de Utrecht se sienta en una silla lujosa y pequeña, sosteniendo en alto el recipiente para que todos lo contemplen.
—Merde.
—¿Acaso es un problema?
—Padre, puedo coger microfilms ultrasecretos de una faja provista de cremallera que lleve encima un agente de la KGB o la CIA, aunque esté bajo ropa interior térmica, y él no lo notará. Puedo robar el flamante anillo matrimonial del delicado dedo de una recién casada y ella no lo notará. Pero fíjese bien: el arzobispo hará el recorrido en una posición elevada, por encima de las cabezas del público; y no sólo sostendrá la reliquia con sus dos manos, sino que la llevará asegurada con una cadena en torno a su reverendo cuello.
—¿Y bien?
—Que así no puedo robarla. El arzobispo deberá estar cabeza abajo.
Roma, 12 de abril
—Ateniéndome únicamente a las fotografías —dijo el anciano de atavío púrpura—, debo decir que me parece una copia idéntica. —Dio vueltas y más vueltas al cilindro entre sus dedos, con cierta cautela.
—El único detalle del que no podemos estar seguros es el peso —comentó el anciano de rojo—. Imitamos el espesor con toda la exactitud posible. Y suponiendo que el relicario auténtico sea tan suntuoso como merece ser, el orfebre usó oro de dieciocho quilates para los extremos del cilindro y plata de ley de novecientas noventa y nueve milésimas para la cadena. Pero aunque el verdadero esté formado por, digamos, oro más barato de catorce quilates y plata del tipo para acuñar de novecientas setenta y cinco milésimas, dudo que ni siquiera un guardián que lo haya tenido en sus manos todos los viernes de su vida advierta la diferencia.
—¿Y qué hay respecto a… la sangre? —preguntó el hombre de ropaje púrpura, señalando la oscura mácula del interior del recipiente—. Me refiero a que… Suponga que a otra persona se le ocurra emprender de nuevo, algún día, nuestra temeraria empresa.
—Si la nuestra triunfa, nadie más necesita intentarla de nuevo, nunca. En cualquier caso, esa sangre la puso ahí para mí un maquillador de Cinecittá. Es lo que usan en esas películas sangrientas… chocolate teñido, creo que me dijeron.
—Entonces, ¿no deberíamos poseer una copia extra de este objeto como…? ¿Cómo lo llaman? ¿Sustituto? ¿No existe algún riesgo de que esta vasija, o la auténtica, se rompiera por accidente durante el intercambio?
—No es probable. La auténtica está hecha de cristal de sosa, no de vidrio de ventana, igual que ésta.
—Ah, bien. Si una se rompe, usted y yo será mejor que nos retiremos rápidamente, y para toda la vida, a un monasterio de la Patagonia u otro similar.
—No prepare el equipaje todavía. Disponemos de un individuo excelente a cargo del proceso de sustitución.
—¿Quién?
—No lo sé y no lo preguntaré. Todo lo que sé es que París es la ciudad más sofisticadamente perversa del mundo y que mi sobrino tiene una iglesia en el barrio latino, la parte más inicua de esa ciudad tan malvada. Ha obtenido los servicios de uno de sus feligreses… un gran personaje de la Mafia o algo por el estilo. La cuestión es que el hombre parece conocer su oficio. Lo primero que pidió fue toda esta información.
El hombre de rojo extendió una mano hacia los papeles colocados en la mesa que le separaba del hombre de púrpura. Este cogió el plano urbano de Brujas.
—¿Esta será la ruta de la procesión? —inquirió.
—Sí. Bastante tortuosa, ¿no es cierto? Supongo que los participantes se alegran de que la ciudad vieja ocupe un óvalo tan pequeño. Pero aún así, deben acabar con los pies doloridos. Salen de la Capilla de la Santa Sangre… aquí… Rodean la manzana y pasan ante el campanario de la Gran’ Place, luego recorren todas estas calles y plazas y todo el camino que hay hasta el convento de Béguinage. Despues regresan, vuelven a cruzar el campanario y al final llegan otra vez a la Capilla.
—Creo que necesitan una ruta tan larga simplemente para dar cabida a un cortejo tan inmenso —opinó el hombre de vestiduras púrpuras—. No puedo imaginar quién contempla la procesión. Todos los habitantes de Brujas parecen estar dentro de ella. —Siguió leyendo en voz alta uno de los informes—. Trompeteros y tambores.
«Abanderados.
«Cruzados montados, con estandartes y lanzas.
«El clero, con capas consistoriales.
«Directores de coro, con sobrepellices.
«Guardia de a pie de la Noble Hermandad de la Santa Sangre.
«El arzobispo de Utrecht, llevando la Santa Reliquia y sentado en la silla de honor transportada por los miembros más jóvenes y fuertes de la Soberana Orden de los Caballeros Hospitalarios de Jerusalén.
«Guardia de a pie de la Real y Principesca Hermandad de Honorables Ballesteros de San Jorge.
«Gaiteros. (¿Gaiteros?)
«Magistrados laicos, profesionales, miembros de sociedades comerciales y gremiales, todas las comunidades con su propia banda de músicos.
«Monjes.
«Monjas.
«Niños.
—Y en un momento del trayecto —dijo el hombre de atavío rojo—, el arzobispo se pone cabeza abajo.
—¿Qué? ¿El arzobispo de Utrecht? ¿Ese viejo pomposo, artrítico y…?
—Quizá mi sobrino haya confundido el código, pero eso es lo que decía su telegrama cifrado.
—Per Bacco! —exclamó el hombre de púrpura, invocando un dios cuya existencia se suponía que debía repudiar—. ¡Me gustaría verlo yo mismo!

En las profundidades Arthur C. Clarke

En las profundidades
Arthur C. Clarke
The deep range, © 1954 (Argosy, Abril de 1954). Traducción de Joseph Ferrer i Aleu en Cuentos del planeta Tierra, Colección VIB 17/1, Ediciones B S.A., 1992.

Escribí el cuento En las profundidades en 1954, mucho antes del casi obsesivo interés actual por la exploración y la explotación de los océanos. Un año después fui al Great Barrier Reef, tal como expliqué en The coast of coral (La costa de Coral). Aquella aventura me dio ímpetu –y datos– para ampliar el cuento en una novela del mismo título, que terminé después de fijar mi residencia en Ceilán (hoy Sri Lanka).
Por esta razón, nunca volví a publicar el cuento original en ninguna de mis colecciones, y hoy ofrezco a los esperanzados aspirantes a doctores en Literatura Inglesa la oportunidad de «comparar y contrastar».
La idea de reunir en manadas a las ballenas es algo que aún no ha llegado, pero me pregunto si algún día llegará. En el curso del último decenio, las ballenas han adquirido tanto prestigio que la mayoría de los europeos y de los americanos antes comerían hamburguesas de perro o de gato que carne de ballena. Yo la probé una vez durante la Segunda Guerra Mundial: sabía a carne de vaca bastante dura.
Sin embargo, hay un producto de las profundidades que podría consumirse sin escrúpulos morales. ¿Qué les parecería un batido de leche de ballena?
Arthur C. Clarke

Había un asesino suelto en la zona. Un helicóptero de patrulla había visto a ciento cincuenta kilómetros de la costa de Groenlandia, el gran cadáver tiñendo el agua de rojo mientras flotaba en las olas. A los pocos segundos se había puesto en funcionamiento el intrincado sistema de alerta: los hombres trazaban círculos y movían piezas sobre la carta del Atlántico Norte, y Don Burley aún se estaba frotando los ojos cuando descendió en silencio hasta treinta metros de profundidad. Las luces verdes del tablero eran un símbolo resplandeciente de seguridad. Mientras esto no cambiase, mientras ninguna de las luces esmeralda pasara al rojo, todo iría bien para Don y su pequeña embarcación. Aire, carburante, fuerza: éste era el triunvirato que regía su vida. Si fallaba uno, descendería en un ataúd de acero hasta el cieno pelágico, como le había pasado a Johnnie Tyndall la penúltima temporada. Pero no había motivo para que fallasen; los accidentes que uno preveía, se dijo Don para tranquilizarse, no ocurrían nunca.
Se inclinó sobre el tablero de control y habló por el micro. Sub 5 aún estaba lo bastante cerca de la nave nodriza como para alcanzarla por radio, pero pronto tendría que pasar a los sónicos.
–Pongo rumbo 255, velocidad 50 nudos, profundidad 30 metros, el sonar en pleno funcionamiento… Tiempo calculado hasta el sector de destino, 70 minutos… Informaré a intervalos de 10 minutos. Esto es todo… Cambio.
La contestación, ya debilitada por la distancia, llegó al momento desde el Herman Melville.
–Mensaje recibido y comprendido. Buena caza. ¿Qué hay de los sabuesos?
Don se mordisqueó el labio inferior, reflexionando. Esto podía ser un trabajo que tuviese que hacer él solo. No tenía idea de dónde estaban en este momento Benj y Susan, en un radio de ochenta kilómetros. Lo seguirían sin duda si les hacía la señal, pero no podrían mantener su velocidad y pronto se quedarían atrás. Además, podía encontrarse con una pandilla de asesinos y lo último que quería era poner en peligro a sus marsopas cuidadosamente adiestradas. Era lógico y sensato. También apreciaba mucho a Susan y a Benj.
–Está demasiado lejos y no sé en qué voy a meterme –respondió–. Si están en el área de interceptación cuando llegue allí, puede que los llame.
Apenas pudo oír el asentimiento de la nave nodriza, y Don apagó la radio. Era hora de mirar a su alrededor.
Bajó las luces de la cabina para poder ver más claramente la pantalla del sonar, se caló la gafas Polaroid y escudriñó las profundidades. Éste era el momento en que Don se sentía como un dios, capaz de abarcar entre las manos un círculo de treinta kilómetros de diámetro del Atlántico, y de ver con claridad las todavía inexploradas profundidades, a cinco mil metros por debajo de él. El lento rayo giratorio de sonido inaudible estaba registrando el mundo en el que él flotaba, buscando amigos y enemigos en la eterna obscuridad donde jamás podía penetrar la luz. Los chillidos insonoros, demasiado agudos incluso para el oído de los murciélagos que habían inventado el sonar un millón de años antes que el hombre, latieron en la noche del mar: los débiles ecos se reflejaron en la pantalla como motas flotantes verdeazuladas.
Gracias a su mucha práctica, Don podía leer su mensaje con toda facilidad. A trescientos metros debajo de él, extendiéndose hasta el horizonte sumergido, estaba la capa de vida que envolvía la mitad del mundo. El prado hundido del mar subía y bajaba con el paso del sol, manteniéndose siempre al borde de la obscuridad. Pero las últimas profundidades no le interesaban. Las bandadas que guardaba y los enemigos que hacían estragos en ellas, pertenecían a los niveles superiores del mar.
Don pulsó el interruptor del selector de profundidad y el rayo del sonar se concentró automáticamente en el plano horizontal. Se desvanecieron los resplandecientes ecos del abismo, pero pudo ver más claramente lo que había aquí, a su alrededor, en las alturas estratosféricas del océano. Aquella nube reluciente a tres kilómetros delante de él era un banco de peces; se preguntó si la Base estaba enterada de esto, y puso una nota en su cuaderno de bitácora. Había algunas motas más grandes y aisladas al borde del banco: los carnívoros persiguiéndolo, asegurándose de que la rueda eternamente giratoria de la vida y la muerte no perdiese nunca su impulso. Pero este conflicto no era de la competencia de Don; él perseguía una caza mayor.
Sub 5 siguió navegando hacia el oeste, como una aguja de acero más rápida y mortífera que cualquiera de las otras criaturas que rondaban por los mares. La pequeña cabina, iluminada tan sólo por el resplandor de las luces del tablero de instrumentos, vibraba con fuerza al expulsar el agua las turbinas. Don examinó la carta y se preguntó cómo había podido penetrar esta vez el enemigo. Todavía había muchos puntos débiles, pues vallar los océanos del mundo había sido una tarea gigantesca. Los tenues campos eléctricos, extendidos entre generadores a muchas millas de distancia los unos de los otros, no podían mantener siempre a raya a los hambrientos monstruos de las profundidades. Éstos también estaban aprendiendo. Cuando se abrían las vallas, se deslizaban a veces entre las ballenas y hacían estragos antes de ser descubiertos.
El receptor de larga distancia hizo una señal que parecía un lamento, y Don marcó TRANSCRIBA. No era práctico transmitir palabras a cualquier distancia por un rayo ultrasónico, y además en clave. Don nunca había aprendido a interpretarla de oídas, pero la cinta de papel que salía de la rendija le solucionó esta dificultad.
HELICÓPTERO INFORMA MANADA. 50-100 BALLENAS DIRIGIÉNDOSE 95 GRADOS REF CUADRÍCULA X186475 Y438034 STOP. A GRAN VELOCIDAD. STOP. MELVILLE. CORTO.
Don empezó a poner las coordenadas en la cuadrícula, pero entonces vio que ya no era necesario. En el extremo de su pantalla había aparecido una flotilla de débiles estrellas. Alteró ligeramente el curso y puso rumbo a la manada que se acercaba.
El helicóptero tenía razón: se movían de prisa. Don sintió una creciente excitación, pues esto podía significar que huían y atraían a los asesinos hacia él. A la velocidad en que viajaban, estaría entre ellas dentro de cinco minutos. Apagó los motores y sintió el tirón hacia atrás del agua que lo detuvo muy pronto.
Don Burley, caballero de punta en blanco, permaneció sentado en su pequeña habitación débilmente iluminada, a quince metros por debajo de las brillantes olas del Atlántico, probando sus armas para el inminente conflicto. En aquellos momentos de serena tensión, antes de empezar la acción, su cerebro excitado se entregaba a menudo a estas fantasías. Se sentía pariente de todos los pastores que habían cuidado los rebaños desde la aurora de los tiempos. Era David, en los antiguos montes de Palestina, alerta contra los leones de montaña que querían hacer presa en las ovejas de su padre. Pero más cercanos en el tiempo, y sobre todo su espíritu, estaban los hombres que habían conducido las grandes manadas de reses en las llanuras americanas hacía tan sólo unas pocas generaciones. Ellos habrían comprendido su trabajo, aunque sus instrumentos les habrían parecido mágicos. La escena era la misma; sólo había cambiado la escala. No existía ninguna diferencia fundamental en que los animales al cuidado de Don pesasen casi cien toneladas y pastaran en las sabanas infinitas del mar.
La manada estaba ahora a menos de tres kilómetros de distancia y Don comprobó el continuo movimiento del sonar para concentrarlo en el sector que tenía delante. La imagen de la pantalla adoptó una forma de abanico cuando el rayo de sonar empezó a oscilar de un lado a otro; ahora podía contar el número de ballenas e incluso calcular su tamaño con bastante exactitud. Con ojos avezados empezó a buscar las rezagadas.
Don jamás hubiese podido explicar qué atrajo al instante su atención hacia los cuatro ecos en el borde sur de la manada. Cierto que estaban un poco apartados de los demás, pero otros se habían rezagado más. Y es que el hombre adquiere un sexto sentido cuando lleva bastante tiempo contemplando las pantallas de sonar; un instinto que le permite deducir más de lo normal de las motas en movimiento. Sin pensarlo, accionó el control que pondría en marcha las turbinas. El Sub 5 empezaba a moverse cuando resonaron tres golpes sordos en el casco, como si alguien llamase a la puerta y quisiera entrar.
–¡Que me aspen! –dijo Don–. ¿Cómo habéis llegado aquí?
No se molestó en encender la TV; habría reconocido la señal de Benj en cualquier parte. Las marsopas estaban sin duda en las cercanías y lo habían localizado antes de que él diese el toque de caza. Por milésima vez, se maravilló de su inteligencia y de su fidelidad. Era extraño que la Naturaleza hubiese realizado dos veces el mismo truco: en tierra, con el perro; en el océano, con la marsopa. ¿Por qué querían tanto estos graciosos animales marinos al hombre a quien debían tan poco? Esto hacía pensar que a fin de cuentas la raza humana valía algo, ya que podía inspirar una devoción tan desinteresada.
Se sabía desde hacía siglos que la marsopa era al menos tan inteligente como el perro y que podía obedecer órdenes verbales muy complejas. Todavía se estaban haciendo experimentos; si éstos tenían éxito, la antigua sociedad entre el pastor y el mastín tendría un nuevo modelo en la vida.
Don puso en marcha los altavoces ocultos en el casco del submarino y empezó a hablar con sus acompañantes. La mayoría de los sonidos que emitía no habrían significado nada a los oídos humanos; eran producto de una larga investigación por parte de los etólogos de la World Food Administration. Dio una orden y la reiteró para asegurarse de que lo habían comprendido. Después comprobó con el sonar que Benj y Susan lo estaban siguiendo a popa, tal como les había dicho.
Los cuatro ecos que le habían llamado la atención eran ahora más claros y cercanos, y el grueso de la manada de ballenas había pasado más allá, hacia el este. No temía una colisión; los grandes animales, incluso en su pánico, podían sentir su presencia con la misma facilidad con que él detectaba la de ellos, y por medios similares. Don se preguntó si debía encender su radiofaro. Ellos reconocerían su imagen sonora y esto les tranquilizaría. Pero el enemigo aún desconocido también podía reconocerle.
Se acercó para una interceptación y se inclinó sobre la pantalla como para extraer de ella, por pura fuerza de voluntad, hasta las menores informaciones que pudiese proporcionarle. Había dos grandes ecos, a cierta distancia entre ellos, y uno iba acompañado de un par de satélites más pequeños. Don se preguntó si llegaba demasiado tarde. Pudo imaginarse la lucha a muerte que se desarrollaba en el agua a menos de un par de kilómetros. Aquellas dos manchitas más débiles debían de ser el enemigo (tiburones o pequeños cetáceos asesinos) atacando a una ballena mientras una de sus compañeras permanecía inmovilizada por el terror, sin más armas para defenderse que sus poderosas aletas.
Ahora estaba casi lo bastante cerca para ver. La cámara de TV, en la proa del Sub 5, escrutó la penumbra, pero al principio sólo pudo mostrar la niebla de plancton. Entonces empezó a formarse en el centro de la pantalla una forma grande y vaga, con dos compañeras más pequeñas debajo de ella. Don estaba viendo, con la mayor precisión pero irremediablemente limitado por el alcance de la luz ordinaria, lo que el sonar le había comunicado.
Casi al instante, se percató del error que había cometido. Los dos satélites eran crías, no tiburones. Era la primera vez que veía una ballena con gemelos; aunque los partos múltiples no eran desconocidos, la ballena hembra sólo podía amamantar a dos pequeños a la vez y generalmente sólo sobrevivía el más vigoroso. Ahogó su contrariedad, el error le había costado muchos minutos y debía empezar la búsqueda de nuevo.
Entonces oyó el frenético golpeteo en el casco que significaba peligro. No era fácil asustar a Benj, y Don le gritó para tranquilizarlo mientras hacía girar el Sub 5 de manera que la cámara pudiese registrar las aguas a su alrededor. Se había vuelto automáticamente hacia la cuarta mota en la pantalla del sonar, el eco que había imaginado, por su tamaño, que era otra ballena adulta. Y vio que, a fin de cuentas, había localizado el sitio preciso.
–¡Dios mío! –exclamó en voz baja–. No sabía que los hubiese tan grandes.
En otras ocasiones había visto grandes tiburones, pero se trataba de vegetarianos inofensivos. Éste (pudo darse cuenta a primera vista) era un tiburón de Groenlandia, el asesino de los mares del Norte. Se creía que podía alcanzar hasta nueve metros de largo, pero este ejemplar era mayor que el Sub 5. No tenía menos de doce metros desde el hocico a la cola y, cuando él lo descubrió, se estaba ya volviendo contra su víctima. Como cobarde que era, iba a atacar a una de las crías.
Don gritó a Benj y a Susan, y observó que entraban a toda prisa en su campo visual. Se preguntó un instante por qué odiarían tanto las marsopas a los tiburones; entonces soltó los controles, dejando al piloto automático la tarea de enfocar el blanco. Retorciéndose y girando tan ágilmente como cualquier otra criatura marina de su tamaño, Sub 5 empezó a acercarse al tiburón, dejando en libertad a Don para concentrarse en el armamento.
El asesino estaba tan absorto en su presa que Benj lo pilló completamente desprevenido, golpeándole justo detrás del ojo izquierdo. Debió de ser un golpe doloroso: un morro duro como el hierro, impulsado por un cuarto de tonelada de músculos moviéndose a ochenta kilómetros por hora, es algo que ni los peces más grandes pueden menospreciar. El tiburón giró en redondo en una curva extraordinariamente cerrada y Don casi saltó de su asiento al virar de golpe el submarino. Si esto continuaba así, le sería difícil emplear el aguijón. Pero al menos el asesino estaba ahora demasiado ocupado como para pensar en sus presuntas víctimas.
Benj y Susan estaban acosando al gigante como los perros que muerden las patas de un oso furioso. Eran demasiado ágiles para ser presa de aquellas feroces mandíbulas, y Don se maravilló de la coordinación con que trabajaban. Cuando uno de ellos emergía para respirar, el otro esperaba un minuto para poder seguir el ataque con su compañero.
Parecía que el tiburón no se daba cuenta de que un adversario mucho más peligroso se le estaba viniendo encima y que las marsopas no eran más que una maniobra de distracción. Esto convenía mucho a Don; la próxima operación sería difícil, a menos que pudiese mantener un rumbo fijo durante quince segundos como mínimo. En caso de necesidad, podía usar los pequeños torpedos, y sin duda lo habría hecho si hubiese estado solo frente a una bandada de tiburones. Pero la situación era confusa y había un sistema mejor. Prefería la técnica del estoque a la de la granada de mano.
Ahora estaba a tan sólo quince metros de distancia y se acercaba con rapidez. Nunca se le ofrecería una oportunidad mejor. Apretó el botón de lanzamiento.
De debajo de la panza del submarino salió disparado algo que parecía una raya. Don había reducido la velocidad de la embarcación; ahora ya no tenía que acercarse más. El pequeño proyectil, en forma de flecha y de sólo medio metro de anchura, podía moverse más de prisa que la embarcación y recorrería el trayecto en pocos segundos. Mientras avanzaba a gran velocidad, fue soltando el fino cable de control, como una araña subacuática desprendiendo su hilo. A lo largo del cable pasaba la energía que impulsaba al aguijón y las señales que lo dirigían hacia el objetivo. Don se había olvidado completamente de su propia embarcación, en su esfuerzo por guiar aquel misil submarino. Respondía tan de prisa a su contacto que tuvo la impresión de que estaba controlando un sensible y enérgico corcel.
El tiburón vio el peligro menos de un segundo antes del impacto. El parecido del aguijón con una raya corriente le había confundido, tal como habían pretendido los diseñadores del arma. Antes de que el pequeño cerebro pudiese darse cuenta de que ninguna raya se comportaba de aquella manera, el misil dio en el blanco. La aguja hipodérmica de acero, impulsada por la explosión de un cartucho, atravesó la dura piel del tiburón y éste saltó en un frenesí de pánico. Don puso rápidamente marcha atrás, pues un coletazo le haría saltar como un guisante en un bote y podría incluso causar daño al Sub 5. Ahora no podía hacer nada más, salvo hablar por el micrófono y llamar a sus mastines.

El maldito asesino estaba tratando de arquear el cuerpo para poder arrancarse el dardo envenenado.
Don había guardado ya el aguijón en su escondite, satisfecho de haber podido recobrar indemne el misil. Observó despiadadamente cómo el monstruo sucumbía a su parálisis.
Sus movimientos se estaban debilitando. Nadaba sin rumbo y, en una ocasión, Don tuvo que apartarse hábilmente a un lado para evitar un choque. Al perder el control de flotación, el animal ascendió moribundo a la superficie. Don no trató de seguirlo; esto podía esperar hasta que hubiese resuelto asuntos más importantes.
Encontró a la ballena y a sus dos crías a un kilómetro y las examinó minuciosamente. Estaban ilesas, y no había necesidad por tanto de llamar al veterinario, en su especial submarino de dos plazas, capaz de resolver cualquier crisis cetológica, desde un dolor de estómago a una cesárea. Don tomó nota del número de la madre, grabado debajo de las aletas. Las crías, a juzgar por su tamaño, eran de esta temporada y aún no habían sido marcadas.
Don estuvo un rato observando. Ya no estaban alarmadas, y una comprobación por el sonar le había mostrado que la manada había interrumpido su desaforada fuga. Se preguntó cómo podían saber lo que había ocurrido; se había aprendido mucho sobre la comunicación entre ballenas, pero muchas cosas aún seguían siendo un misterio.
–Espero que me agradezca lo que he hecho por usted, señora –murmuró.
Entonces, mientras pensaba que cincuenta toneladas de amor maternal era un espectáculo realmente asombroso, vació los depósitos y ascendió a la superficie.
El mar estaba en calma, por lo que abrió el compartimiento estanco y asomó la cabeza por la pequeña torre. El agua se hallaba a sólo unos centímetros de su barbilla, y de vez en cuando una ola hacía un decidido esfuerzo para inundar la embarcación. Había poco peligro de que esto ocurriese pues había fijado la escotilla de manera que era como un tapón completamente eficaz.
A quince metros de distancia, un bulto largo y de color de pizarra, como una barca panza arriba, se estaba meciendo en la superficie. Don lo miró e hizo algunos cálculos mentales. Una bestia de este tamaño sería muy valiosa: con un poco de suerte, tal vez conseguiría una doble recompensa. Dentro de unos minutos radiaría su informe, pero de momento era agradable respirar el aire fresco del Atlántico y sentir el cielo despejado sobre su cabeza.
Una bomba gris saltó desde las profundidades y volvió a caer sobre la superficie del agua, salpicándolo de espuma. No era más que la modesta manera que tenía Benj de llamar su atención; un instante después, la marsopa se encaramó a la torre, para que Don pudiera acariciarle la cabeza. Sus ojos grandes e inteligentes se fijaron en él: ¿era mera imaginación, o bailaba en sus pupilas un regocijo casi humano?
Como de costumbre, Susan se mantuvo tímidamente a distancia hasta que los celos pudieron más que ella y empujó a Benj a un lado. Don distribuyó sus caricias con imparcialidad y se disculpó porque no tenía nada para darles. Decidió reparar esta omisión en cuanto regresase al Herman Melville.
–También iré a nadar con vosotras –prometió– con tal de que os portéis bien la próxima vez.
Se frotó reflexivamente un gran cardenal producido por las ganas de jugar de Benj, y se preguntó si no era ya un poco viejo para juegos tan duros como éste.
–Es hora de volver a casa –dijo firmemente, metiéndose en la cabina y cerrando de golpe la escotilla. De pronto notó que estaba hambriento y que aún no había tomado el desayuno. No había muchos hombres en el mundo con más derecho que él a la comida de la mañana. Había salvado para la humanidad más toneladas de carne, aceite y leche de lo que se podría calcular.
Don Burley era el guerrero feliz, volviendo a casa después de una batalla que el hombre siempre tendría que librar. Estaba manteniendo a raya el espectro del hambre con el que había tenido que enfrentarse la humanidad en todas las etapas anteriores, pero que nunca volvería a amenazar al mundo mientras los grandes cultivos de plancton produjesen millones de toneladas de proteínas, y las manadas de ballenas obedeciesen a sus nuevos amos.
El hombre había vuelto al mar después de eones de exilio; hasta que se congelasen los océanos, no volvería a tener hambre…
Don miró la pantalla al fijar el rumbo. Sonrió al ver los dos ecos que sostenían el ritmo de la mancha de luz central correspondiente a su embarcación.
–Aguantad –dijo–. Los mamíferos debemos mantenernos juntos.
Entonces puso en marcha el piloto automático y se retrepó en su asiento.

Y ahora Benj y Susan oyeron un ruido muy peculiar que subía y bajaba contra el zumbido de las turbinas. Se había filtrado débilmente a través de las paredes de Sub 5, y sólo los sensibles oídos de las marsopas podían haberlo detectado. Pero por muy inteligentes que fuesen, difícilmente se hubiese podido esperar que comprendiesen por qué Don Burley estaba anunciando, en voz estridente, que se estaba dirigiendo a la Última Ronda…

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