Reflexiones sobre el oro de los alquimistas

El oro que dormita en el barro es tan puro

como el que brilla en el sol
El oro de los alquimistas es un término equívoco en sus escritos. Han hablado mucho de él, pero de una manera oscura. El lector principiante está tentado de preguntarse si dicho oro es verdaderamente oro, si sólo es un símbolo. ¿Es la alquimia, como piensa la gente, una obra metálica, o la enseñanza de un cierto yoga occidental, que hay que interpretar sutilmente?

Los Filósofos dicen que todo aquí abajo no es más que polvo y cenizas. Es el mundo de la generación y de la corrupción. Entre todas las sustancias sublunares, sólo este hermoso metal es inalterable. La hipótesis de los alquimistas es, pues, la siguiente: Si el oro, sol terrestre, es indestructible, es porque posee en sí un principio físico de inmortalidad. Si los hombres conociesen el poder y la medicina que contiene, abandonarían todas sus ocupaciones para emprender la búsqueda del secreto que el Soberano Creador ha depositado en las minas, con el fin de encontrar esta cura y regeneración a la que aspira el género humano.

¡Asombrosa hipótesis de la alquimia! Pocos hombres parecen ser sensibles a ella, quizá por falta de imaginación, pues las necesidades de la vida los acucian por todas partes. El estudio de la alquimia, poco costoso, exige, sin embargo, una gran independencia frente a esas necesidades; o una cierta aceptación de la pobreza a la que nadie quiere por compañera.

El hombre no posee en sí mismo el principio de la medicina. Debe, pues, buscarlo en la naturaleza, extraerlo y tratarlo. Lo mismo ocurre con esta «panacea universal», consistiendo la gran Obra en hacer de este oro el medicamento de los tres reinos; aplicado al cuerpo humano es el licor de inmortalidad o «elixir de larga vida».

    ¡Quimeras!, dirán algunos. ¡Si el elixir de larga vida existiera, lo sabríamos!

    «No conocemos a nadie que haya sido inmortal excepto en las leyendas».

    Éstos se definen a sí mismos, «no habiendo conocido a nadie».

Un Filósofo como el Cosmopolita escribe, por ejemplo: «El oro de los sabios no es el oro vulgar, sino una cierta agua clara y pura sobre la cual es llevado el espíritu del Señor, y es de ahí que toda fuerza de ser toma y recibe la vida». Y todavía en el mismo tratado: «El oro y la plata de los Filósofos son la vida misma y no necesitan ser revivificados».

Podríamos multiplicar estas citas características de en lenguaje en apariencia equívoco y muy propicio para despistar al lector. Abordando este género de escritos, se verá inclinado a buscar más sutilizas de las que la cosa requiere.

La alquimia no es una receta. Es una escuela filosófica que no admite más que la experiencia sensible como criterio verdadero. El alquimista quiere tocar para saber. Aunque esta experiencia sea de naturaleza secreta, no quita nada al carácter «sensualista» de tal filosofía, la más antigua y materialista del mundo; la más antigua, en efecto, ya que siempre ha resultado imposible determinar sus orígenes históricos; la más materialista, también, ya que no tiene otro fundamento que el testimonio de los sentidos. Es una enseñanza enigmática, sin duda, pero que jamás ha variado en el transcurso de la historia. La unanimidad de todos los maestros nos parece ser la prueba de una experiencia común.

La originalidad de dicha filosofía, frente al sensualismo filosófico de un Condillac, por ejemplo, es no referirse más que a un solo y único objeto: «No hay más que una sola cosa -dice el Cosmopolita- mediante la cual se descubre la verdad de nuestro Arte, en la que éste consiste enteramente y sin la que no podría ser». Así, en lugar de dispersarse en la multiplicidad de las observaciones sensibles, el alquimista encuentra todo su saber en la contemplación de un solo objeto. Louis Cattiaux, por ejemplo, dirá que esta filosofía acopla la unidad del saber con la unidad de la obra en la unidad del hombre. Es, finalmente, una filosofía del oro. A propósito del oro, no digas pues: ¡Es mi alma! Sería errar lejos del magisterio en una falsa doctrina. Pues el oro es una trampa y la alquimia también.

    Paracelso, por su lado, escribió en su Cielo de los Filósofos:

El oro es celeste disuelto
triple en elemental fluido
su esencia metálico corporal

    Limojon de St. Didier se mostró más explícito:

«Según los Filósofos, hay tres clases de oro: el primero es un oro astral cuyo centro se encuentra en el sol que, por sus rayos, lo comunica, al mismo tiempo que su luz, a todos los astros que le son inferiores. Es una sustancia ígnea y una continua emanación de corpúsculos solares que, por el movimiento del sol y de los astros, que están en un perpetuo flujo y reflujo, llenan todo el Universo; todo está penetrado por él en la extensión de los cielos, sobre la tierra y dentro de sus entrañas. Respiramos continuamente este oro astral y sus partículas solares penetran nuestros cuerpos que las exhalan sin cesar».

Vemos que el autor conocía bien el famoso prana de los yoguis; pero estos últimos, ¿acaso lo han conocido corporificado?

El segundo es un oro elemental, vale decir la más pura y fija porción de los elementos y de todas las sustancias que éstos componen, de modo que todos los seres sublunares de los tres reinos contienen en su centro un precioso grano de este oro elemental».

He aquí afirmada la unidad radical, no sólo de los metales, sino también de todas las cosas. Si el grano fijo del oro que está en todos los seres fuera puesto de nuevo en estado de vegetar, la creación entera volvería a encontrar la incorruptibilidad y la inmortalidad perdidas, dicen los alquimistas. Es por ello que dicho oro es el secreto de su Física.

«El tercero es el hermoso metal, su brillo y su perfección inalterables hacen que todos los hombres lo valoren como el soberano remedio de todos los males y de todas las necesidades de la vida y como el único fundamento para la independencia, la grandeza y el poder humanos; por esto, no es menos objeto de codicia por parte de los mayores príncipes, que por parte de los pueblos de la tierra…»

Este oro metálico al ser el más perfecto, ciertamente, de él se trata en la filosofía química.

«…Como cuando uno diga que los Filósofos poseen un oro vivo y que el oro vulgar está muerto, será un ignorante quien se atreviera a mantener que existe en el mundo otro oro que el oro vulgar, el cual, aunque se le diga muerto, es, no obstante, la cosa más pura de toda la tierra y el efecto último de la naturaleza; y, por consiguiente, es la materia sobre la cual debemos empezar nuestra obra. Debemos entender esta diferencia antes o después de la preparación por la cual en lugar de ser sepultado en su sepulcro, es resucitado y puesto en camino de vegetación…»

El oro de nuestros Filósofos químicos es ciertamente el Vulgar, pero enmendado por la buena naturaleza.

Hemos escrito precedentemente que en el oro había una trampa. Aquí se muestra. En efecto, los metales filosóficos son metales puros y no vulgares. Aquí, el avaro no encontrará provecho. ¿Qué ha podido saber de los metales puros y del oro de los Filósofos aquel que persigue las riquezas de este mundo? ¡La dulce y santa química no desvela sus encantos ante los astutos!

La avaricia fue quien heló aquí abajo todas las riquezas del oro; el oro vulgar, es el oro de aquel Dite* situado por Dante en el fondo del infierno, y atrapado en un mar de hielo. No se nos ocurra, pues, emprender esta búsqueda química sin estar, como Dante y Virgilio, animados por el deseo de volver al «claro mundo». La concupiscencia y las riquezas de Dite significaron la pérdida del oro vivo: y no es más que un cadáver lo que buscan neciamente los avaros.

¿Quién, pues, en nuestros días ha reconocido en Virgilio, al cantor del Arte químico? La Eneida es un canto sublime a la gloria de la Edad de Oro de Roma. En ello el poeta hizo alusión a ese cadáver del oro con la historia del desdichado Polidoro, en el canto III de su poema.

El rey Príamo, presintiendo la próxima ruina de Troya, quiso poner a salvo a su joven hijo Polidoro, el bien nombrado. Le impuso una «pesada carga de oro» y lo entregó al rey de Tracia pidiéndole que lo «alimentara»:

    Hunc Polydorum auri quondam cum pondere magno
    infelix Priamus furtim mandarat alendum
    Threicio regi…

    versos 49 a 51

Pero cuando se enteró de la ruina de Troya, este malvado rey hizo decapitar a Polidoro y se apoderó de su oro «por violencia».

    Polydorum obtruncat et auro
    vi potitur. Quid non mortulia pectora cogis
    Auri sacra fames?

    versos 55 a 57

¿A qué extremos empuja el corazón de los mortales la maldita avidez del oro? Pero, precisamente, los Adeptos lo han previsto. Por ello han trenzado esta famosa corona de espinas alrededor de su secreto que cuece en la sal del Paraíso.

Nos dice Virgilio que desde tal crimen, los árboles que crecían sobre aquella tierra no tenían por savia más que una sangre negra y putrefacta. Cuando se les rompía una rama, esta sangre se derramaba sobre el suelo, mancillándolo con su podredumbre.

    Nam quae prima solo ruptis radicibus arbos
    Vellitur, huic atro liguontur sanguine guttae
    Et terram tabo maculant…

    versos 27 a 29

«…Lo que tomaste por árboles no es sino hierro, huye de las tierras de este cruel, huye de la proximidad de los avaros», gime desde el fondo de su tumba el alma de Polidoro… «Estoy fijado aquí, el hierro me ha recubierto con una cosecha de flechas, que han crecido en venablos agudos». Vemos pues que el hierro es maldito para los alquimistas: es la «helada» de los metales. Observamos precisamente la oposición entre la Edad de Oro y la Edad de Hierro:

    Heu fuge crudelis terras, fuge litus avarum
    Nam Polydorus ego. Hic confixum ferrea textil
    Telorum seges et iaculis increvis acutis

    versos 44 a 46

Habiéndose, pues, enterado del crimen de que fue víctima Polidoro, Eneas y sus compañeros decidieron de forma unánime marchar de aquella tierra criminal donde la hospitalidad había sido profanada, y confiar sus velas al viento.

    Omnibus idem scelerata excedere terra
    Linqui pollutum histitium et dare classibus austros

    versos 60 a 61

Actuemos del mismo modo…, pero no antes de haber estado atentos al grito del alma del oro desde el fondo de su sepulcro: «Ayúdame y yo te ayudaré».

Pero, algunos dirán, las palabras de estos Filósofos son oscuras, y su práctica, indescifrable. Si el oro debe ser lavado y disuelto para liberar su virtud interna, y renacer vivo, ¿dónde encontraremos el disolvente que es como su propia naturaleza y en la que se funde suavemente como el hielo en el agua, para, seguidamente, coagularse de nuevo en la pureza, en esta Piedra de los sabios de la que se oyen tantas maravillas?

¡Cuántos químicos han muerto obrando en la búsqueda de esa «prima materia», que ha inspirado tantos libros!

La respuesta es que dicha obra es inaccesible al hombre solo. Por eso el Oratorio es tan necesario como el Laboratorio. Si la alquimia es una filosofía materialista, dista mucho de ser atea. Que el discípulo haga suya esta sentencia del Talmud: «Todo hombre que tiene en él el temor de los cielos oye las palabras de Elohim… y el mundo entero no ha sido creado más que para hacerle compañía». Esta sentencia, también, es un enigma.

Todos estos misterios están en poder de Altísimo. Otorga sus favores a quien quiere. La humildad de los sabios consiste en haber hablado dejando a ese Altísimo Padre de las Luces el cuidado de dar la inteligencia. La alquimia no se enseña, se comunica.

«… Os juro por mi Dios -dice Pitágoras en la Turba- que por largo tiempo he investigado esos libros, a fin de llegar a esta ciencia, y he rogado a Dios que me enseñara lo que era; y cuando Dios me hubo oído, me mostró un agua nítida, conocí que era como puro vinagre, y después, cuanto más leía los libros, tanto más lo entendía».

1. Louis Cattiaux: El Mensaje Reencontrado, II-21′.

2. Panacea. Del griego Pan: todo, y akeo: curar. Aquello que lo cura todo. En la mitología, Panakeia: «La socorredora de todos», era hija de Asclepios, dios de la Medicina.

3. Del árabe «Iksir», de una raíz «Ksr» que significa romper, quebrar, partir. Al iksir es el nombre árabe de la Piedra Filosofal.

4. Cosmopolita: Traité du sel, troisième des choses minerales de nouveau mis en lumière… París, Jean d’Houry, 1669. Sobre misterioso personaje que, a veces, se ha confundido con Sendivogius, ver Louis Figuier: La Alquimia y los Alquimistas… París, Hachette, 1865; Reedición, Denoël, París, 1970.

5. Génesis, I, 2.

6. El Mensaje Reencontrado, XXXVIII-69′.

7. Paracelso: Le ciel des Philosophes, Canon 7, Ed. de Tournes, Ginebra, 1658.

8. Limojon de St. Didier: Entretien d’Eudoxe et de Pyrophile, París, Jacques d’Houry, 1668.

9. Nicolas Valois: Los cinco libros o la llave del secreto de los secretos. Libro II, Biblioteca Hermética, Ed. Retz, París, 1975, p. 192.

*. Dante, Infierno VIII, 68. Dite, llamado Lucifer o Pentón y también nombre de la ciudad infernal situada por Dante en medio de la laguna Estigia. (N. del T.)

10. Dante, Infierno XXXIV, 27.

11. Idem, 132.

12. Como Judas el traidor que se manchó de barro con los malditos treinta denarios. volver

13. Virgilio, IV Bucólica, versos 8 y 9.

14. Talmud de Babilonia, Berakoht, 6, b.

15. La Turba de los Filósofos. Hay varias versiones diferentes de la Turba de los Filósofos. El libro en latín: Artis Auriferae quam Chemiam vocant (Basilea, 1593) contiene dos diferentes. Nuestra cita está extraída de un tercer tratado del mismo nombre, publicado en París por Jean d’Houry en 1622, en un precioso librillo titulado: Divers traités de la Philosophie Naturelle. El editor nos advierte que en esta versión era la que «el conde de la Marche Trévisane alaba y cita tan a menudo, llamándolo el Código de toda Verdad».

Los 7 capitulos

LOS SIETE CAPÍTULOS

Hermes

CAPITULO I

Esto es lo que dice Hermes: Durante el tiempo que he vivido no he cesado de realizar experiencias y siempre he trabajado, sin cansarme.

No poseo éste arte y ésta ciencia sino por la única inspiración de Dios; El es quien la ha querido revelar a su servidor, El es quien ha dado el medio para conocer la verdad a quienes saben usar de su razón y El jamás ha sido la causa de que alguien haya seguido el error o la mentira.

Por mi parte, y si no temiera el día del Juicio y la posibilidad de ser castigado por haber ocultado ésta ciencia, no hubiera dicho nada y nada habría escrito para enseñarla a quienes habrán de venir después de mí, pero he querido dar a los fieles aquello que les debo, y enseñarles lo que el Autor de la fidelidad me ha querido revelar.

Escuchad pues, hijos de los sabios filósofos, nuestros predecesores, pero no de un modo corporal o desconsiderado, la ciencia de los cuatro elementos que son pasibles y que pueden ser alterados y cambiados por sus formas y que están escondidos junto a su acción; porque su acción está escondida en nuestro elixir, y éste no podría actuar si no estuviera compuesto de la muy exacta unión de éstos elementos, y no será perfecto hasta que no haya pasado por todos sus colores, de los que cada uno denota el dominio de un elemento particular.

Sabed, hijos de los Sabios, que hay una división en el agua de los antiguos filósofos, que la divide en otras cuatro cosas. Una es de dos, y tres son de una, y al color de éstas cosas, es decir, al humor que coagula, pertenece la tercera parte, y las otras dos terceras partes son para el agua: Estos son los pesos de los Filósofos.

Tomad una onza y media del humor, y la cuarta parte de la rojez meridional, o del Alma del Sol, que será de una media onza, y tomad la mitad de Oropimente, que son ocho, es decir, tres onzas.

Y sabed que la viña de los Sabios se extrae en tres y que su vino es perfecto al terminar las treinta.

Concebid como se hace la operación: La cocción lo disminuye en cantidad y la tintura lo aumenta en calidad; porque la Luna comienza a decrecer después del decimoquinto día y crece al tercero. Esto será, por tanto, el principio y el fin.

He aquí que os acabo de declarar lo que estaba escondido, pues la obra está con vosotros y en vosotros, de modo que si la encontráis en vosotros mismos, donde está continuamente, también la tendréis siempre y en cualquier parte en que os encontréis, sea en la tierra o en el mar.

Por lo tanto, guardad la plata viva que se produce en los lugares o gabinetes interiores, es decir, en los principios de los metales compuestos de ella, donde está coagulada, pues ésta es la plata viva que se llama tierra que Permanece.

Aquel que no entienda mis palabras, que demande inteligencia a Dios, que de ningún malvado justifica las obras, más no rehusa a ningún hombre de bien la recompensa que le es debida.
Pues yo he descubierto todo lo oculto de ésta ciencia, he revelado un gran secreto y he explicado toda la ciencia a quienes sepan entenderla.

Así pues, vosotros, investigadores de la ciencia, y vosotros, hijos de la Sabiduría, sabed que, cuando el buitre está en la montaña, grita en voz alta:
¡ yo soy el blanco del negro,
y el rojo del blanco,
y el anaranjado del rojo!
Ciertamente, digo la verdad.

Sabed también que el cuervo que vuela sin alas en la negrura de la noche y en la claridad del día, es la cabeza o comienzo del arte. El color lo toma de la amargura que está en su garganta, y la tintura sale de su cuerpo, y de su espalda se extrae un agua verdadera y pura. Por tanto, comprended lo que digo y de éste modo recibid el don de Dios que yo os comunico, pero ocultadlo a todos los imprudentes.

Es una piedra honorable que está encerrada en las cavernas o profundidades de los metales; su color la hace brillante; es un alma, o un espíritu sublime, y un mar abierto.

Yo os la he declarado: dad gracias a Dios porque os ha enseñado ésta ciencia, pues El ama a quienes aprecian sus dones.

Por tanto poned esta piedra, es decir, su materia, en un fuego húmedo, y cocedla. Este fuego aumentará el calor de la humedad y matará la sequedad de la incombustión, hasta que aparezca la raíz, es decir, hasta que el cuerpo sea resuelto en su mercurio. Después de esto, haced surgir la rojez de la materia, y su parte ligera, y continuad haciéndolo hasta que no quede más que una tercera parte.

Hijos de los Sabios, si se ha llamado envidiosos a los Filósofos no es porque hayan querido, jamás, ocultar nada a las gentes de bien ni a quienes viven piadosamente, ni a los legítimos y verdaderos hijos de la ciencia, ni a los sabios, si se les ha llamado así es porque la esconden a los ignorantes, es decir, a quienes no saben lo suficiente como para conocerla, a los viciosos y a quienes viven sin ley ni caridad, por temor de que, por éste medio, los malvados se pudieran volver poderosos y cometieran toda clase de crímenes, de los que, ante Dios, serían responsables los Filósofos pues todos los malvados son indignos de poseer la Sabiduría.

Sabed que a ésta piedra yo la llamo por su nombre: si los filósofos la llaman Mujer de la Magnesia, o Gallina, o Saliva Blanca, o Leche de las Cosas Volátiles, y Ceniza Incombustible, es con el fin de esconderla a los impru- dentes, que no tienen ni sentido, ni ley, ni humanidad. Pero yo la he denominado con un nombre muy conocido al llamarla Piedra de los Sabios. Conservad el mar, el fuego y el volátil del cielo en esta piedra, hasta su aparición.

Y os conjuro a todos, ¡oh, hijos de los Filósofos! en nombre de nuestro Bienhechor, a fin de que se os haga una gracia tan singular como es la de no declarar jamás el nombre de ésta piedra a ningún loco, a ningún ignorante, ni a nadie que sea indigno de tal cosa. Por lo que a mi concierne, puedo decir que nadie me ha dado nada sin que yo se lo haya devuelto enteramente. Jamás le he faltado al respeto que le debo y siempre he hablado honrosamente de él.
Hijo mío, ésta piedra está envuelta de muchos colores que la esconden, pero sólo hay uno que indique su nacimiento y entera perfección; sabed cual es ese color y jamás digáis nada de él.

Con la ayuda de Dios Todopoderoso, esta piedra os librará de todas las enfermedades, por graves que sean, os preservará de toda tristeza y aflicción y de todo cuanto os pueda dañar en cuerpo o en espíritu. Además, os conducirá de las tinieblas a la luz, del desierto al hogar y de la necesidad a la abundancia.

CAPITULO II

Hijo mío, ante todo te advierto que has de temer a Dios, pues El es quien hará que tu operación resulte y quien unirá cada uno de los elementos separados.

Hijo mío, ya que no te considero privado de razón, ni insensato, has de razonar todo lo que se te dirá acerca de nuestra ciencia, recibir mis exhortaciones y meditar sobre las lecciones que yo te impartiré, hasta que las entiendas, como si tú mismo fueras su autor.

Del mismo modo que aquello que naturalmente es cálido no puede volverse frío sin ser alterado, así también, quien usa bien de su razón ha de cerrar la puerta a la ignorancia, por temor de que, al creerse seguro, se equivoque.

Hijo mío, toma el volátil, sumérgelo hasta que se eleve y sepáralo de su herrumbre, que lo mata. Quítala y apártala de él con objeto de que se transforme en viviente, según es tu deseo. Después de esto ya no deberá elevarse en el vaso, sino que deberá retener y fijar visiblemente todo cuanto haya de volátil. Pues, si lo apartas de una segunda aflicción, después de retirarlo de la primera y si durante los días, de los que ya sabes el número, lo gobiernas con destreza será para ti una compañía como la que necesitas, y separándolo, serás su dueño y él te servirá de adorno.

Hijo mío, del rayo de luz separarás la sombra y todo cuanto tenga de impuro, pues sobre él hay nubes que lo esconden e impiden que brille, a causa de que está quemado por la presión y la rojez.

Toma esta rojez que ha sido corrompida por el agua, de igual manera que la ceniza viva contiene el fuego, y si la retiras de modo que la rojez quede limpia y purificada, harás una unión en la que él se calentará y reposará.

Hijo mío, vuelve a poner en el agua, durante los treinta días que ya sabes, el carbón, cuya vida ha sido extinguida.

¡Oh, obra nuestra, que reposas sobre el futuro de éste Oropimente que no tiene ninguna humedad! He aquí que he colmado de alegría los corazones de aquellos que esperan en ti, ¡oh, elixir nuestro! y he alegrado los ojos de los que te estiman, con la esperanza del bien que contienes en ti.

Hijo mío, ten por seguro que el agua está encerrada, primeramente en el aire, y después en la tierra, por eso la has de hacer subir hacia lo alto a través de sus conductos y transformarla con discreción; seguidamente la has de unir a su primer espíritu rojo, que previamente ha sido recogido.

Hijo mío, te digo que el unguento de nuestra tierra es un azufre, Oropimente, Goma, Colcotar, que es azufre, Oropimente e, incluso, diversos azufres y cosas parecidas, a cual más vil, y entre ellas hay diversidad. De ellas proviene el ungüento de la Cola, que son pelos, uñas y azufre. De ahí también viene el Aceite de las Piedras, y el Cerebro, que es el Oropimente. De ahí, a su vez, proviene la Uña de los Gatos, que es Goma, y el unguento de los Blancos, y el unguento de las dos Platas vivas Orientales, que persiguen los azufres y contienen los cuerpos.

Además digo que el azufre tiñe y fija, y que está contenido y encerrado, y que se produce por la unión de las tinturas. Y los ungüentos tiñen y fijan lo que está contenido en los cuerpos, y por éste único medio se realiza la unión de las cosas volátiles con los azufres aluminosos, que retienen y fijan todo cuanto hay de volátil.

Hijo mío, la disposición que buscan los Filósofos es particular de nuestro Huevo, y no se encuentra en el huevo de gallina; sin embargo hay algún parecido entre nuestra divina obra, que es la obra de la Sabiduría, y el huevo de la gallina, debido a que en una y en otro los elementos están unidos y puestos en orden.

Sabe pues, hijo mío, que de éste parecido y de ésta proximidad de naturaleza se puede sacar una gran enseñanza para el conocimiento de nuestra obra; pues en el huevo de gallina hay una sustancia que representa la materia acuosa de la obra, llamada espiritual o espíritu, y hay otra parecida al Oro, que es la tierra de los Filósofos; y en estas dos sustancias se nota de modo visible la unión y el ensamblaje de los cuatro elementos.
El hijo ha preguntado a Hermes: los azufres que convienen a nuestra obra, ¿son celestes o terrestres? y Hermes ha respondido: los hay celestes y los hay terrestres.

El hijo le ha dicho: padre mío, creo que el Cielo es el corazón de las cosas superiores, y que la tierra lo es de las inferiores. A ello, Hermes ha respondido: no dices bien; pues el macho es el cielo de la hembra y la hembra es la tierra del macho.

A continuación, el hijo le preguntó: ¿cual de los dos es más digno de ser el cielo o de ser la tierra? Hermes respondió: tienen necesidad el uno del otro, porque en todos los preceptos no se pide sino mediocridad, como quien dice: el Sabio gobierna a todos los hombres; pues el mediocre es el mejor, dado que cualquier naturaleza se asocia y mejor se une a lo que le es semejante, y nuestra ciencia, que se llama Sabiduría, nos hace ver que sólo se unen las cosas mediocres y templadas.

Dijo entonces el hijo: padre mío, ¿cual de ellos es mediocre? Y Hermes respondió: en cada naturaleza hay tres de dos. El agua es necesaria en primer lugar, después el ungüento o azufre, y las heces o impurezas que permanecen abajo.

El Dragón se encuentra en cada una de estas cosas: las tinieblas son su morada, y la negrura está en ellas, y por esta negrura asciende al aire, y éste aire es el cielo, donde él comienza a aparecer como por su oriente; pero dado que éstas cosas se elevan como un humo y se evaporan no son, por lo tanto, ni permanentes, ni fijas.

Haz salir el humo del agua, quita la negrura del ungüento y expulsa la muerte de las heces y de la impureza; y una vez realizada la disolución por la victoria que las dos materias obtienen una sobre la otra, y uniéndolas de modo que se mantengan juntas, entonces se tornarán vivientes.

Hijo mío, has de saber que el ungüento mediocre, es decir, el fuego, ocupa el medio entre las heces y el agua, porque se las llama ungüento y azufre, y hay una gran afinidad entre el fuego, el aceite y el azufre, pues del mismo modo que el fuego lanza una llama, así mismo hace el azufre.

Sabe, hijo mío, que toda la Sabiduría del mundo está por debajo de la Sabiduría que yo poseo, y todo lo que su arte puede hacer consiste en restituir esos elementos ocultos y encerrados, lo cual es una cosa maravillosa.

Por tanto, aquel que desee ser iniciado en esta Sabiduría oculta que poseemos, ha de rehuir el vicio de la arrogancia, ser piadoso, ser hombre de bien, tener un profundo razonamiento y guardar los secretos que le hayan sido descubiertos.

Además, te advierto hijo mío, que nada sabe y nada avanzará, quien no sepa mortificar, hacer una nueva generación, vivificar los espíritus, purificar, introducir la luz hasta que los elementos se combatan, se coloreen y sean limpiados de sus manchas, como son la negrura y las tinieblas. Pero si sabe lo que acabo de decir, será elevado a una gran dignidad, hasta el punto que los Reyes sentirán veneración por él.

Hijo mío, estamos obligados a guardar éstos secretos y a esconderlos de todos los malvados y de aquellos que no tienen ni la suficiente sabiduría, ni la discreción suficiente como para guardarlos y hacer buen uso de ellos.

Además has de saber que nuestra piedra está hecha de muchas cosas y de muchos colores, que está hecha y compuesta de cuatro elementos unidos, que hemos de separar éstos elementos, desunirlos y ponerlos aparte, como si fueran distintas piezas.

También hemos de mortificar en parte la naturaleza o principios que están en esta piedra; conservar el agua y el fuego que están en ella y que están compuestos de los cuatro elementos y retener o fijar sus aguas por su agua, que no es, sin embargo, agua en cuanto a su forma exterior o aparente, sino un fuego que asciende sobre las aguas conteniéndolas en un vaso que ha de estar entero y sin fisura, para que los espíritus no se escapen y no salgan de los cuerpos. Si son retenidos así, se tornan fijos y tingentes.

¡Oh, bendita forma o apariencia del agua Póntica que disuelve los elementos! Y a fin de que, con ésta alma acuosa poseamos la forma sulfurosa, es decir, a fin de que la composición, que es parecida al agua, se convierta en tierra o azufre, es preciso que la mezclemos con nuestro Vinagre. Pues, cuando por potencia y virtud del agua, se disuelva el compuesto, tendremos entonces la llave o el medio asegurado de restablecerlo y rehacerlo. Entonces la muerte y la negrura los abandonan y la Sabiduría, es decir, la obra de la Sabiduría, empieza a aparecer. Quiero decir que el Artista conocerá con ello que ha conducido bien y sabiamente su operación, y que está en la verdadera vía que han seguido los Filósofos.

CAPITULO III

Has de saber, hijo mío, que los Filósofos hacen lazos, o fuertes ligaduras, para combatir contra el fuego, porque los espíritus desean estar y se complacen en habitar los cuerpos que han sido lavados.

Y cuando los espíritus se unen a ellos, éstos espíritus los vivifican y en ellos permanecen, y los cuerpos retienen estos espíritus sin dejarlos jamás.

Entonces, los elementos que están muertos se transforman en vivientes y tiñen los cuerpos compuestos con tales elementos. Se alteran y cambian y hacen obras admirables y permanentes, como dice el Filósofo.

¡Oh, forma acuosa del agua permanente que creas los elementos con los que está compuesto nuestro Rey y que, con un régimen templado, después de adquirir la tintura y uniéndote a tus hermanos, reposas, porque has llegado a tu fin !

Nuestra piedra muy preciosa, arrojada al estercolero, nos es muy querida aunque considerada en su conjunto sea vil e incluso muy vil; entonces deberemos mortificar y vivificar dos mercurios a la vez, que son el mercurio del Oropimente y el mercurio oriental de la Magnesia. ¡Oh, que gran obrera es la Naturaleza, que crea los principios naturales y retiene lo que éstos principios tienen de mediocre después de separar de ellos las crudezas y groseras impurezas. Esta Naturaleza ha venido con la luz y ha sido producida con la luz, que ha dado nacimiento a una Nube tenebrosa, y ésta Nube es la madre de toda la obra.

Después de haber unido al Rey coronado con nuestra Hija roja, ésta, a través de un régimen de fuego templado que no pueda dañar nada, concebirá un Hijo, que se unirá a ella y permanecerá encima de ella.

Ella nutre al Hijo y gracias a éste pequeño fuego lo torna fijo y permanente, y así, el Hijo vive de nuestro fuego. Y cuando se deje el fuego sobre la hoja de azufre será necesario que el término de los corazones penetre en él, que así sea lavado y que así la suciedad se aleje de él. Entonces se transforma, y cuando sea retirado del fuego, su tintura permanecerá roja como la carne viva.

Nuestro Hijo, que ha nacido Rey, recibirá su tintura del fuego, tras lo cual la muerte, el mar y las tinieblas lo abandonarán, porque se transformará en viviente, se desecará, se convertirá en polvo y tendrá un brillo vivo y resplandeciente.

El Dragón, que guarda las cavidades, huye de los rayos del Sol.

Nuestro Hijo, que estaba muerto, recobrará la vida. Saldrá del fuego siendo Rey y, en su boda y unión, se regocijará. Lo que estaba oculto y escondido aparecerá, manifiesto y evidente y la Leche de la Virgen será blanqueada.

El Hijo, después de recibir la tintura, combatirá contra el fuego y poseerá una tintura que será la más excelente de todas las tinturas, porque tendrá el poder de hacer el bien, comunicando esta tintura a sus hermanos, y poseerá en sí mismo la Filosofía, porque él mismo es su fruto y su obra.

¡Venid, hijos de los Sabios, alegrémonos juntos, manifestemos nuestro gozo con clamores de alegría, porque la muerte está consumada. Nuestro Hijo ya reina, lleva la vestimenta roja y va revestido con su púrpura !

CAPITULO IV

Escuchad, hijos de los Sabios, cómo grita ésta piedra: ¡Defendedme y yo os defenderé. Dadme lo que me pertenece y yo os ayudaré.
Mi Sol y mis rayos están en mi interior, y la Luna, que me es propia y particular, es mi luz, que supera a cualquier otra luz, y mis bienes valen más que cualquier otro bien. A quienes me conocen yo otorgo la alegría, la satisfacción, la gloria, las riquezas y los placeres sólidos; además les doy la perfecta inteligencia de aquello que buscan con tanta solicitud, y les doy, en fin, la posesión de las cosas divinas.

Escuchad, porque voy a descubriros aquella ciencia que los antiguos Filósofos escondieron: es una cosa cuyo nombre está comprendido en siete letras y que sigue a dos Alfa y Eta. El Sol también sigue a la Luna y viene después de ella, pero quiere tener el dominio y ser el dueño de la obra; quiere conservar a Marte y teñir al Hijo del agua Viva, que es Júpiter, y éste es el secreto que escondieron los Filósofos.

Vosotros que me escucháis: comprendedme y de ahora en adelante llevemos a la práctica lo que sabemos. Lo que he escrito os lo declaro después de haberlo investigado cuidadosamente y de haberlo meditado muy sutilmente. Conozco cierta cosa que es única.

Pues ¿quien comprenderá nuestra ciencia? tan solo aquellos que la estudian seriamente, quienes la investigan con gran aplicación empleando toda la fuerza de su espíritu y de su razón para descubrirla.

Ved que de un hombre no puede salir sino un semejante y de un animal nada más que otro animal, y si sucede que dos animales de distintas especies se acoplan nacerá uno que no se parecerá ni a uno ni a otro.

Y ahora Venus dice: Yo engendro la luz y las tinieblas no son de mi naturaleza, y si no fuera porque mi metal es seco, todos los otros cuerpos tendrían necesidad de mí. Porque yo los fundo, yo expulso su herrumbre y extraigo su sustancia, por tanto, nada es mejor, ni merece ser más honrado que mi Hermano y yo cuando estamos unidos.

Pero el Rey, que tiene el dominio de la obra, dice a sus hermanos, que por su transmutación rinden testimonio de ésta verdad:

Yo he sido coronado, yo he sido ornado con la Diadema, llevo el manto real y lleno los corazones de alegría; cuando me encuentro en los brazos y regazo de mi madre y me uno a su sustancia, retengo y sujeto ésta sustancia, fijándola, y con lo que es visible preparo y compongo lo invisible. Entonces, lo que está oculto y escondido se hace manifiesto y aparece, y todo cuanto ocultaron los filósofos de su obra será producido y engendrado de un modo evidente por nosotros dos.

Comprended bien éstas palabras, vosotros que me escucháis, conservadlas cuidadosamente en vuestro corazón, meditadlas atentamente y no busquéis otra cosa.

¿No veis que el hombre, cuyas entrañas son de carne, es engendrado por un principio de la Naturaleza que es de sangre, con el que ha sido hecha la carne? El hombre no podía ser hecho de otro modo, ni formado con otra cosa. Meditad lo que acabo de decir y abandonad todo lo superfluo y extraño.

Por eso el Filósofo ha dicho: Botri está hecho del anaranjado que se extrae del nódulo rojo, no de otra parte, y si podéis hacerlo anaranjado, será un logro de vuestra Sabiduría y un testimonio de la certidumbre de vuestra ciencia. No deseéis ni pretendáis mas que hacer surgir del rojo éste color anaranjado. Ved que no me he servido de un juego de palabras y, si me entendéis, veréis que poco ha faltado para que, sin querer, lo hiciera.

Hijos de los Sabios, quemad el cuerpo del Latón a fuego fuerte y os entregará lo que buscáis. Evitad que lo que huye vuele de lo que no huye, y haced que no lo deje ni se separe de él.
Haced de modo que repose y permanezca sobre el fuego, por muy áspero que éste sea. Y lo que será corrompido por el violento calor del fuego, es Cambar.

Sabed que el Latón es una parte de esta agua permanente, que es su tintura y que aquello que ha producido su negrura se transforma en rojo verdadero.

Juro ante Dios que no he dicho sino la verdad, y que aquellas cosas que destruyen son las mismas que perfeccionan. Por eso nada puede ser enmendado o mejorado si previamente no es corrompido, y ésta corrupción hará aparecer la mejora y la perfección, y una y otra son una señal esencial de la verdad del arte.

CAPITULO V

Hijo mío: lo que nace del Cuervo es el principio de éste arte. He aquí que he oscurecido lo que os he dicho y le he quitado su claridad con un juego de palabras diciendo que lo que está unido está separado y lo que está muy próximo está muy alejado.

Por tanto, asad éstas materias y a continuación cocedlas por espacio de siete, catorce y veintiún días en aquello que proviene del vientre de los caballos. Entonces se hace el Dragón, que se come sus alas y se mortifica a si mismo. Después de esto lo pondréis en un pedazo de tela y al fuego del horno, y tened cuidado de que no escape del vaso.

Y sabed que los tiempos de la tierra están en el agua y que siempre se hace el agua hasta que ponéis la tierra sobre ella. Cuando la tierra esté quemada y reducida a agua, tomad su cerebro y trituradlo con el Vinagre muy Fuerte y la Orina de los Niños, hasta que oscurezca.

Una vez se ha hecho ésta, vuestro Magisterio vive en la putrefacción, las nubes negras que estaban en él antes de que muriera se transformarán y convertirán en su cuerpo y si se rehace según la manera que he descrito, morirá una segunda vez y después recibirá la vida, tal como he dicho.

Por lo demás, nos servimos de espíritus tanto en la vida como en la muerte; pues del mismo modo que muere cuando sus espíritus le son retirados se reaviva cuando le son restituidos y se regocija de ello.
Si podéis llegar hasta aquí os aseguro que tendréis la satisfacción de ver lo que buscáis. Aquí os digo las señales que alegran a quienes las ven y aquello que fija su cuerpo.

Y a pesar de que vuestros predecesores hayan llegado con ésta operación a lo que se proponían hacer, sin embargo están muertos.

Ya os he mostrado el cumplimiento o el fin de la obra, he abierto el Libro a los que saben y he velado a los demás las cosas que a ellos han de estar ocultas y desconocidas; he unido e incorporado entre si aquellas cosas que estaban separadas y que tenían distintas figuras y he unido los espíritus.

Recibid éste don de las manos de Dios.

CAPITULO VI

Estamos obligados a dar gracias a Dios, que da a todos aquellos que son sabios una ciencia tan admirable que nos libera de la miseria y la pobreza, y de que haya encerrado tantas maravillas en la Piedra de los Sabios.

No obstante, aquellos a quienes no hace una gracia tan singular, no tienen menos motivos de agradecimiento por todas las cosas que produce continuamente para su subsistencia y que son otros tantos milagros que realiza incesantemente para todos los hombres. Y si no están contentos con todos estos bienes y aspiran a esta ciencia, deben pedir esta gracia a Dios con continuas y fervientes plegarias para obtener su conocimiento durante su vida.

Por otra parte, y a fin de que no les induzca a error lo que antes he dicho de los ungüentos que extraemos de las uñas, de los pelos, del moho, del tragacanto y de los huesos, les advierto que esas son las palabras que los antiguos Filósofos utilizaron en sus libros en sentido figurado y que no han de tomarse al pie de la letra. Aun nos falta explicar más ampliamente la disposición o preparación del ungüento que contiene en si las tinturas, que coagula y fija las cosas volátiles y que embellece los azufres [ … ]
Es un ungüento oculto y velado del que no parece se haya de hacer ninguna preparación y que permanece en su cuerpo como el fuego en los árboles y en las piedras. Y hay que obtener este ungüento con una industria muy sutil y con un grande artificio, y cuidar que no se queme [ … ]

Y sabed que el cielo está unido a la tierra, por lo que es mediocre, porque el agua, que es lo mediocre, tiene una común figura con el cielo y con la tierra.

El agua es la primera cosa que sale de esta piedra, el oro es la segunda, la tercera es una cosa que es casi oro y mediocre y por lo tanto más noble que el agua y que las impurezas.

El humo, la negrura y la muerte se encuentran en esas tres cosas. Hay que extraer, por tanto el humo que está sobre el agua, separar la negrura del ungüento y expulsar la muerte de las heces. Esto lo haremos por medio de la disolución, y con ello obtendremos una soberana filosofía y el secreto de todos los secretos.

[He dejado en este capítulo dos lagunas señaladas entre corchetes a causa de que en esos lugares falta algo y que la traducción de Joli es más amplia. Dado que en su comienzo (esa traducción) es distinta, añado aquí este capítulo entero tal como lo ha traducido él. Nótese que lo que está en una letra distinta es lo que no está en los ejemplares latinos ni, en consecuencia, en la traducción que yo he realizado.]

traducción del
CAPITULO VI
por Joli

Tenéis que dar gracias a Dios, que otorga esta ciencia a todo sabio, que nos libera de toda miseria y pobreza.

Agradecedle todos los dones y milagros que ha puesto en esta naturaleza, y rogadle que mientras vivamos vayamos hacia El. Además, hijo mío, los ungüentos que extraemos de los libros de los autores están escritos de uñas, pelos, latón verde, tragacanto y huesos. Por otra parte es preciso exponer la disposición del ungüento que coagula las naturalezas fugitivas, que adorna los azufres prefiriéndolos a cualquier otro ungüento perfecto. Pues sabemos la esencia de su vaso y lo precioso que es y se llama divino azufre y figura a los otros ungüentos; y es el ungüento oculto y velado, del que no se ve ninguna disposición y habita en su cuerpo como el fuego en los arboles y en las piedras y que se ha de extraer por medio de un arte y un entendimiento sutil, sin ninguna combustión.

Has de saber, hijo mío, que aquel que no conoce la diferencia, no conoce bastante bien los dos azufres; no es que los ungüentos que se subliman de las piedras sean azufre, para hacer la tintura, pero los dos, mezclados con sus cuerpos conforman uno que es perfecto. Y conviene saber que reinan dos azufres, pero huyen y conviene separarlos perfectamente bien y retenerlos en su huida. Y sabed que el cielo se une mediocremente con la tierra y lo mediocre se figura con el cielo y con la tierra, y es el agua. Y la primera es agua que sale de ésta piedra, y el segundo, ciertamente, es el oro, y el tercero, la suciedad; y el mediocre es el oro, que es más noble que la suciedad. Y en esos tres está el humo, la negrura y la muerte. Por tanto, hay que expulsar el humo que está encima del agua, la negrura del ungüento y de las heces, la muerte, y esto se hace por disolución. Y aquí tenemos una gran filosofía y el secreto de los secretos.

CAPITULO VII
y último

Hijos de los Filósofos, hay siete cuerpos o metales, entre los que el oro ostenta el primer rango, porque es el mas perfecto de todos, por eso se le llama Rey y Jefe.

La tierra no podría corromperlo, las cosas ardientes no lo destruyen, el agua no lo altera ni cambia, porque su complexión es templada y está compuesto a partes iguales de calor, frialdad, sequedad y humedad, y en él no hay nada superfluo. por eso los Filósofos lo han preferido a todos los demás, teniéndolo en gran estima, asegurándonos que el oro, por su resplandor es, en relación a los metales, lo que el Sol es entre los astros a causa de su luz, más resplandeciente que la de los demás. Así como es el Sol quien, por voluntad de Dios, hace nacer y crecer todos los vegetales y quien produce y madura todos los frutos de la tierra: el oro también contiene a todos los metales en perfección. Es él quien los vivifica, porque él es el fermento del elixir, y sin él, el elixir no puede ser perfecto.

Porque, del mismo modo que la masa no podría ser fermentada sin levadura, asimismo, cuando hayáis sublimado y lavado el cuerpo, cuando hayáis expulsado la negrura de las heces, que las hace desagradables, y con el fin de unir entre si a este cuerpo y a estas heces, poned el fermento y haced agua de la tierra, hasta que el elixir se convierta en fermento, como la masa se hace levadura por la levadura que se une a ella.

Si consideráis y examináis bien la cosa, encontraréis que el fermento que deberá ser unido a la obra no ha de tomarse de otra cosa que no sea de su misma naturaleza, pues ¿no veis que la levadura se toma de la pasta que ha sido fermentada?

Y sabed que el fermento blanquea la composición e impide que se queme, retiene la tintura y la vuelve fija y permanente, alegra los cuerpos y los une entre si haciéndolos penetrantes.

Y esta es la Llave de los Filósofos y el fin al que se dirigen todas las operaciones que se realizan en la obra. Por medio de esta ciencia los cuerpos se hacen más perfectos de lo que eran, y con la ayuda de Dios se realiza la obra, del mismo modo que por el desprecio y la mala opinión que se tiene de este fermento la obra se pierde y no se realiza.

Pues lo que la levadura es a la masa, el cuajo a la leche en cuanto a los quesos, que se hace de ella, y lo que es el almizcle en los perfumes, lo es el color del oro para la tintura roja y su naturaleza no es, ciertamente, una maravilla.

Por eso, con el hacemos la Seda, es decir, el elixir, y con él hemos hecho la tinta con que hemos escrito, y teñimos el barro del sello real y en él hemos puesto el color del cielo, que fortifica la vista de quienes lo miran.

Por tanto, el oro es la piedra muy preciosa que no tiene impurezas y que es templada. Y ni el fuego ni el aire, ni el agua ni la tierra podrían corromper este fermento universal, que por su composición templada, rectifica y sitúa todos los cuerpos imperfectos en una justicia y una temperatura moderada e iguales, transmutándolas en oro.

Y este fermento es amarillo o anaranjado.

El Oro de los Sabios, una vez cocido y bien digerido por medio del agua ígnea o del agua-fuego hace y compone el elixir. Pues el Oro de los Filósofos es más pesado que el plomo y por su composición templada y equilibrada, es el fermento del elixir. Como, por el contrario, lo que no es templado está hecho con una composición desigual.

Por lo demás, la primera obra se hace del vegetal, y la segunda del animal, de lo que tenemos un ejemplo (en el huevo del pollo, del que se forma un pollo) en los elementos que se forman visiblemente. Y nuestra tierra es oro, con el que hacemos la Seda, que es el fermento del elixir.

Que es la alquimia

¿QUÉ ES LA ALQUIMIA?

La Alquimia no es espiritual ni es material: es las dos cosas en una. Sin la Materia el Espíritu no podría nunca coagularse, ‘materializarse’ en éste plano de conciencia físico, la Materia tampoco podría existir sin las fuerzas sutiles que provienen de lo espiritual. Pues ambos ‘se necesitan’ en este plano físico… para el proceso de “purificación”.

Para hacer Alquimia se requiere de un laboratorio alquímico… sin éste, no se puede denominar Alquimia a los que se dedican a “filosofar” o a realizar ciertos rituales o métodos para tratar de depurarse “espiritualmente” su interior.

¿CÓMO FUNCIONA LA ALQUIMIA?

El Camino del Alquimista es mejorar su ser a través de la simulación de las operaciones que la Naturaleza realiza dentro de su laboratorio (como reflejo del acto del Espíritu Santo), y según lo que engendre o resulte de sus operaciones, ese será el momento…

Todo sucede en el laboratorio y paralelamente en uno mismo. Sin el primero, no existe el segundo, y viceverza.

Por tanto el Alquimista simula la Obra de la Naturaleza, fiel reflejo y Manifestación Física de la sutil Energía del Tercer Aspecto de la Trina Divinidad en Una… y la Energía o Aspecto que interviene en todo esto no es más que el Espíritu Santo, cuya fuerza y aspecto es la del Espíritu-Materia.

EL APRENDIZ.

En una primera etapa, el aprendiz debe conocer las diversas operaciones usadas en la Alquimia, el instrumental utilizado, la forma y construcción de los hornos, leer y re-leer ciertos libros que lo acercan a un lenguaje simbólico-jeroglífico que es menesteroso tenerlo presente. Así también, debe conocer, al comienzo con dificultad, y luego con diferentes lecturas, con mayor facilidad, el sentido de cada palabra escrita por los Adeptos…

Paralelamente a todo lo antedicho, debe procurar adentrarse en él para “concientizar” sus errores, pasiones… de esta forma comprenderá más si toma nuevamente los libros de los Adeptos… orar es importante para todo Alquimista, previa a cada operación que realice… Esto ‘mueve’ las fuerzas sutiles que está dentro y fuera de su ser.

…Y siempre debe ser ayudado por un Maestro o bien un Alquimista caritativo, que lo guíe hasta cierto punto en el Camino, para luego dejarlo, una vez maduro, caminar solo, sin prisa pero sin pausa.

Continuando, en esta primera etapa, se debe conocer como realizar la ‘solve et coagula’…; esto es, la base de toda operación que al comienzo será Espagiria… (“span”= disolver; “ageyron”=reunir). Conocer los grados de fuego es otro punto muy importante para el aprendiz de Alquimia… y depende de que vía se trate o bien qué Camino eligió para realizar su Obra… si la húmeda… o la seca… o la mixta… etc.

En este punto, debe manejar muy bien las operaciones inherentes al Reino Vegetal… para luego adentrarse al Reino Mineral… y finalmente comenzar a ‘tocar’ las manipulaciones previas para empezar luego a los procesos de la llamada Gran Obra…
Esto lo tomé de éste otro Link:
http://www.geocities.com/alkahest2001/

Tnx!

La trasformacion tantrica

LA TRANSFORMACION TANTRICA

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Capítulo 1

EL MAPA DEL TANTRA

Por el deleite de los besos el iluso implora declarándolo lo definitivamente real;
como un hombre que sale de su casa y en la puerta le pide a una mujer relatos de deleites sensuales.
La agitación de las fuerzas bióticas en la casa de la nada ha aumentado artificialmente los placeres de muchas maneras.
Tales yoguis de la aflicción desfallecen porque han caído del espacio celestial,
imbuidos en el vicio.
Como un brahmin,
que con arroz y mantequilla hace una ofrenda al fuego abrasador creando un canal para el néctar desde el espacio celestial,
toma esto,
a través del pensamiento deseoso, como lo supremo.

Algunas personas,
quienes han encendido el calor interior y lo han elevado a la fontanela,
golpean la úvula con la lengua en una suerte de coito y confunden lo que encadena con lo que libera, orgullosos se llamarán a sí mismas yoguis.

El Tantra es libertad (libertad de todas las construcciones mentales, de todos los juegos mentales; libertad de todas las estructuras) libertad del otro. El Tantra es un espacio en el que estar. El Tantra es liberación.
El Tantra no es una religión como normalmente se entiende. La religión también es un juego mental, la religión te pone ciertos patrones. Un cristiano tiene ciertos patrones, igual que un hindú o que un musulmán. La religión te da un cierto estilo, una disciplina. El Tantra quita todas las disciplinas.
Cuando no hay una disciplina, cuando no hay un orden impuesto, un orden completamente nuevo surge en ti. Lo que Lao Tzu llama Tao, lo que Budha llama dhamma: surge en ti. No es algo que tú hagas, te ocurre; el Tantra solamente crea un espacio para que eso ocurra. Ni siquiera invita, no espera; simplemente crea un espacio. Y cuando el espacio está preparado, el todo fluye adentro.
He oído una historia muy hermosa, es muy antigua…

En una provincia no había caído ninguna lluvia desde hacía mucho tiempo. Todo estaba seco; al final los ciudadanos decidieron llamar al hechicero de la lluvia. Se mandó una delegación para que fuera a buscarle a la lejana ciudad en la que vivía con la urgente demanda de que viniera lo antes posible e hiciera que lloviese sobre los campos secos.
El hechicero, un viejo hombre sabio, prometió hacerlo con la condición de que se le proveyese con una pequeña y solitaria cabaña en campo abierto donde se pudiera retirar a solas durante tres días; no requirió ni comida ni agua. Luego vería lo que se podría hacer. Se lo concedieron.
La tarde del tercer día cayo abundante lluvia, una gran multitud llena de agradecimiento subió en peregrinación hasta su casa y preguntaron: «¿Cómo lo has hecho? Dinos».
«Ha sido muy fácil —contestó el hechicero—. Durante tres días lo único que he hecho ha sido ponerme a mí mismo en orden. Porque sé que una vez que yo esté en orden, el mundo estará en orden, y que la sequía debe dar paso a la lluvia».

El Tantra dice: Si tú estás en orden, entonces el mundo entero estará en orden para ti. Cuando tú estás en armonía, toda la existencia está en armonía para ti. Cuando tú estás en desorden, el mundo entero está desordenado. Pero ese orden no tiene que ser un orden falso, no tiene que ser impuesto. Cuando te impones a ti mismo algún orden, simplemente te divides; en el fondo el desorden continúa.
Puedes observarlo: si eres una persona iracunda puedes forzar tu ira, puedes reprimirla profundamente en el inconsciente; pero no va a desaparecer. Puede que tú no la notes en absoluto, pero está ahí; y tú sabes que está ahí. Está funcionando debajo de ti, está en el oscuro sótano de tu ser, pero está ahí. Te puedes sentar sobre ella sonriendo, pero tú sabes que puede entrar en erupción en cualquier momento. Pero tu sonrisa no puede ser muy profunda, tu sonrisa no puede ser verdadera, tu sonrisa tan sólo será un esfuerzo que estarás haciendo en contra de ti mismo. Un hombre que impone un orden desde el exterior permanece en desorden.
El Tantra dice: Hay otra clase de orden. Tú no impones ningún orden, tú no impones ninguna disciplina; tú simplemente abandonas todas las estructuras, tú simplemente te vuelves natural y espontáneo. Es el mayor de los pasos que se le puede pedir dar a un hombre. Necesitará un gran valor porque a la sociedad no le agradará, la sociedad estará en contra a muerte. La sociedad quiere cierto orden. Si sigues a la sociedad, la sociedad está contenta contigo. Si te separas un poquito de vez en cuando, la sociedad se enfada mucho. Y la masa está loca.
El Tantra es una rebelión. No digo que sea revolucionario, porque en él no hay política. No digo que sea revolucionario, porque no tiene planes para cambiar el mundo, no tiene planes para cambiar el estado y la sociedad. Es rebelde, es una rebelión individual. Es un individuo deslizándose fuera de las estructuras y de la esclavitud. Pero en cuanto te deslizas fuera de la esclavitud empiezas a sentir otra clase de existencia a tu alrededor que nunca antes habías sentido; como si hubieras estado viviendo con una venda en los ojos y de repente la venda se hubiera aflojado, tus ojos se hubieran abierto y pudieras ver un mundo completamente diferente.
Esta venda es lo que tú llamas tu mente: tu pensamiento, tus prejuicios, tus conocimientos, tus escrituras; todos juntos forman la densa capa de una venda. Ellos te mantienen ciego, te mantienen embotado, te mantienen apagado.
El Tantra quieres que estés vivo; tan vivo como los árboles, tan vivo como los ríos, tan vivo como el sol y la luna. Ese es tu derecho por nacimiento. Perdiéndolo no ganas nada; lo pierdes todo. Y si al ganarlo lo pierdes todo, no se ha perdido nada. Un sólo momento de libertad total es suficiente para satisfacer. Pero una larga vida de cien años, bajo el yugo de la esclavitud, no tiene ningún sentido.
Estar en el mundo del Tantra requiere un gran valor, es aventurado. Hasta ahora sólo unas cuantas personas han sido capaces de seguir ese camino. Pero el futuro es muy esperanzador. El Tantra se irá haciendo cada vez más importante. El hombre cada vez va comprendiendo mejor qué es la esclavitud, y también va comprendiendo que ninguna revolución política ha demostrado ser revolucionaria. Todas las revoluciones políticas al final acaban siendo antirrevolucionarias. En cuento llegan al poder se vuelven antirrevolucionarias. El poder es antirrevolucionario. Hay un mecanismo inherente en el poder: dale poder a cualquiera y se volverá antirrevolucionario. El poder crea su propio mundo. Por eso hasta ahora ha habido muchas revoluciones en el mundo y todas han fracasado, fracasado por completo; ninguna revolución ha ayudado. El hombre se está dando cuenta de ello ahora.
El Tantra da una perspectiva diferente. No es revolucionario, es rebelde. Rebelión significa individual. Para rebelarte no necesitas organizar un partido, puedes hacerlo solo. Te puedes rebelar solo, por ti mismo. No se trata de una lucha contra la sociedad, recuerda; se trata simplemente ir más allá de la sociedad. No es antisocial es asocial; no tiene nada que ver con la sociedad. No es en contra de la esclavitud, es a favor de la libertad; libertad para ser.
Fíjate en tu vida sin ir más lejos. ¿Eres un hombre libre? No lo eres: hay mil y una fronteras que te rodean. Puede que no las quieras mirar, resultan muy embarazosas; puede que no las quieras reconocer, duelen. Pero eso no cambia la situación: tú eres un esclavo. Para moverte en la dimensión del Tantra tendrás que reconocer tu esclavitud. Está muy profundamente arraigada; hay que abandonarla, y ser consciente de ella te ayuda a abandonarla.
No sigas calmándote a ti mismo, no sigas consolándote a ti mismo, no sigas diciendo: «Todo está bien». No lo está; no está bien, toda tu vida no es más que una pesadilla. ¡Te has dado cuenta de ello! No hay poesía, ni canción, ni danza, ni amor, ni oración. No hay celebración. ¿Alegría?: es sólo una palabra en el diccionario. ¿Bendición?: sí, has oído hablar de ello, pero no lo has conocido. ¿Dios?: en los templos, en las iglesias. Sí, la gente habla de él. Los que hablan, no saben; los que escuchan, no saben. Todo lo que es hermoso parece no tener sentido, y todo lo que no tiene sentido parece ser muy, muy importante.
Un hombre que va acumulando dinero piensa que está haciendo algo muy importante. La estupidez humana es infinita. Se consciente de ella, destruirá toda tu vida; a través de los siglos ha destruido las vidas de millones de personas. Agárrate a tu consciencia; es la única posibilidad de deshacerse de la estupidez.
Antes de entrar en el sutra de hoy, hay que entender algo acerca del mapa del Tantra de la consciencia interior. Ya os he hablado un poco acerca de ello; hay que decir unas cuantas cosas más.
Primero: el Tantra dice que ningún hombre es solamente hombre y que ninguna mujer es solamente mujer. Cada hombre es las dos cosas, hombre y mujer, lo mismo que cada mujer es mujer y hombre. En Adán hay Eva, y en Eva hay Adán. De hecho nadie es solamente Adán y nadie es solamente Eva, somos Adán-Evas. Esta es una de las mayores revelaciones que se hayan alcanzado jamás.
La psicología profunda moderna se ha dado cuenta de ello, lo llama bisexualidad. Pero el Tantra lo ha conocido y predicado durante por lo menos cinco mil años. Y es uno de los mayores descubrimientos del mundo, porque con esta comprensión puedes moverte en dirección a tu interior. ¿Por qué se enamora un hombre de una mujer?: porque él lleva una mujer dentro de sí, de no ser así no se enamoraría. ¿Y por qué te enamoras de una determinada mujer? Hay miles de mujeres, ¿pero por qué, de repente, una determinada mujer se vuelve más importante para ti?, como si todas las mujeres hubieran desaparecido y esa fuera la única mujer en el mundo ¿Por qué? ¿Por qué te atrae un determinado hombre? ¿Por qué a primera vista de repente algo hace tilín? El Tantra dice: Tú llevas una imagen de una mujer dentro de ti, una imagen de un hombre dentro de ti. Cada hombre lleva una mujer y cada mujer lleva un hombre. Cuando alguien en el exterior encaja con tu imagen interior, te enamoras; ese es el significado de enamorarse.
Tú no lo comprendes, tú simplemente te encoges de hombros y dices: «ha ocurrido». Pero hay un mecanismo sutil en ello. ¿Por qué ocurrió con una determinada mujer?, ¿por qué no con otras? De alguna manera encaja con tu imagen interior, de alguna forma la mujer exterior es similar. Algo golpea de lleno en tu imagen interna. Sientes: «Esta es mi mujer», o «Este es mi hombre»; este sentimiento es el amor. Pero la mujer exterior no va a satisfacer, porque ninguna mujer exterior va a encajar completamente con tu mujer interior. La realidad no es así para nada. Puede que ella encaje un poco; existe una atracción, un magnetismo, pero tarde o temprano se desgastará. Pronto reconocerás que hay mil y una cosas de esa mujer que no te gustan. Para llegar a darse cuenta de esas cosas se necesita un poco de tiempo.
Al principio estarás encaprichado. Al principio habrá una gran similitud, te desbordará. Pero poco a poco irás viendo que hay mil y una cosas, detalles de la vida, que no encajan; irás viendo que sois extraños, desconocidos. Sí, todavía la amarás, pero el amor ya no tendrá tanta intensidad, la visión romántica desaparece. Y también ella reconocerá que hay algo en ti que la atrae, pero que tu totalidad ya no la atrae. Es por eso que cada marido trata de hacer cambiar a su esposa y cada esposa trata de hacer cambiar a su marido. ¿Qué están tratando de hacer? ¿Por qué? ¿Por qué una mujer trata de hacer cambiar constantemente a su marido? ¿Para qué? Ella se ha enamorado de ese hombre, ¿por qué inmediatamente empieza a hacer cambiar a ese hombre? Ahora se ha dado cuenta de las diferencias; ella quiere tomar sólo algunas partes de ese hombre para que encaje completamente con su idea de un hombre. Y el marido también lo intenta; no tanto, no tan testarudamente como la mujer, porque el marido se cansa muy pronto; la mujer mantiene más tiempo la esperanza.
La mujer piensa: «Hoy, mañana o pasado mañana; algún día le haré cambiar…». Lleva casi veinte, veinticinco años reconocer el hecho de que no puedes hacer cambiar al otro. A los cincuenta, cuando la mujer ya ha pasado su menopausia y el hombre también, cuando se están haciendo viejos, entonces, poco a poco, se van dando cuenta de que nada ha cambiado. Lo han intentado duramente, lo han intentado de todas las formas posibles… la mujer sigue igual y el hombre sigue igual. Nadie puede cambiar a nadie. Esta es una gran experiencia a la que hay que llegar, una gran comprensión.
Por eso las personas maduras se vuelven más tolerantes: saben que no se puede hacer nada. Por eso adquieren más gracia: saben que las cosas son como son. Por eso las personas mayores adquieren más aceptación. Las personas jóvenes viven muy enfadadas, sin aceptación; quieren cambiarlo todo, quisieran hacer el mundo como les gustaría que fuera. Luchan duramente, pero nunca ha ocurrido. No pude ocurrir, no está en la naturaleza de las cosas. El hombre exterior no puede encajar nunca con tu hombre interior y la mujer exterior no puede ser nunca en absoluto igual que tu mujer interior. Por eso el amor da placer y también dolor, el amor da felicidad y también infelicidad. Y la infelicidad es mucho mayor que la felicidad.
¿Qué propone el Tantra acerca de esto? ¿Qué hay que hacer entonces? El Tantra dice: No hay forma de ser satisfecho por lo exterior; tendrás que entrar hacia adentro. Tendrás que encontrar a tu mujer interior y a tu hombre interior, tendrás que llegar a una relación sexual interior. Esa es una gran contribución.
¿Cómo puede ser? Intenta comprender este mapa. He hablado de los siete chakras, de la fisiología del Yoga-Tantra. En el hombre, el muladhar es masculino y el swadhishthan es femenino. En las mujeres el muladhar es femenino y el swadhishthan es masculino, y así sucesivamente. En los siete chakras, hasta el sexto, la dualidad se mantiene; el séptimo es no-dual.
Dentro de ti hay tres pares: muladhar-swadhishthan tienen que casarse. Manipura-anahata tienen que casarse. Vishuddha-agya tienen que casarse.
Cuando la energía se mueve en el exterior, necesitas una mujer en el exterior. Tienes un corto vislumbre durante un momento, porque el coito con una mujer exterior no puede ser permanente, sólo puede ser momentáneo. Por un simple instante podéis perderos el uno en el otro. De nuevo sois arrojados a vosotros mismos, y arrojados con una venganza. Por eso cada vez que hacéis el amor después viene una cierta frustración: has fracasado de nuevo, no ha ocurrido como a ti te hubiera gustado que ocurriera. Sí, has llegado a una cumbre, pero incluso antes de que te hayas dado cuenta empieza el declive, la caída. Antes de alcanzar la cumbre, el valle. Antes de encontrarte con la mujer o el hombre… la separación. El divorcio viene tan pronto con el matrimonio que es frustrante. Todos los amantes son gente frustrada: tienen muchas esperanzas, tienen esperanzas en contra de sus experiencias, esperan una y otra vez; pero no se puede hacer nada. No se pueden destruir las leyes de la realidad. Tienes que comprender esas leyes.
El encuentro exterior sólo puede ser momentáneo, pero el encuentro interior puede volverse eterno. Y cuanto más alto llegues más eterno se puede volver. El primer chakra, el muladhar, en el hombre es masculino. El Tantra dice: incluso mientras estés haciendo el amor con una mujer en el exterior recuerda el interior. Haz el amor con la mujer exterior, pero recuerda el interior. Deja que tu consciencia se mueva al interior. Olvídate por completo de la mujer exterior. En el momento del orgasmo olvida por completo a la mujer o al hombre. Cierra los ojos y permanece en el interior, y deja que sea una meditación. No pierdas la ocasión cada vez que se remueva la energía. Ese es el momento en el que puedes tener un contacto; un viaje interior.

texto alquimico sobre la piedra filosofal

La búsqueda de la Piedra Filosofal no está de moda hoy en día. Un alquimista del siglo XVII, Alejandro Sethon, más conocido por el nombre de «el Cosmopolita», escribía ya en su época:

    “Se considera la Piedra filosofal como una pura quimera y las personas que la buscan son tomadas por locas. Este desprecio, dicen los filósofos herméticos, es un efecto del justo juicio de Dios que no permite que secreto tan precioso sea conocido por los malvados y los ignorantes.”

Antaño era una locura para la mayoría de los hombres; en nuestros días es un absurdo. Esta ciencia ha caído en un descrédito tal, que casi todos ignoramos tanto su finalidad como sus medios.

Si abrimos al azar un viejo libro de Alquimia el estilo nos parece confuso, las fórmulas extrañas, la química fantasiosa y sin fundamento; nos sorprendemos de que tantos hombres de otros siglos hayan podido pasar su vida en estudio tan quimérico. Éste es el juicio somero que hace el hombre del siglo XX a propósito de la enseñanza de los antiguos Sabios. Podemos preguntarnos, sin embargo, leyendo estos libros, si se trata de charlatanes que esconden su ignorancia bajo las apariencias de una jerga presuntuosa, o de Sabios que ocultan celosamente su sabiduría tras las espinas de un estilo oscuro con el fin de poner a prueba la sagacidad y la constancia del lector.

Ambas hipótesis son ciertas.

La mayoría de los alquimistas no han sido más que usurpadores de este título, sopladores de carbón, como se decía antes. Han errado toda su vida y se han arruinado en la búsqueda de una quimera, porque no conocían la verdadera materia sobre la cual debían trabajar, ni la naturaleza del Fuego de los Filósofos. Los más afortunados han acabado descubriendo alguna sal purgativa, algún procedimiento para la fabricación de porcelana o de cerillas de azufre. Son los antepasados de la ciencia moderna. Nuestros hombres de ciencia, guardando las distancias, han hecho progresar los conocimientos humanos en el mismo terreno. Pero también ignoran, digan lo que digan, la verdadera materia y la naturaleza del Agente universal. Su ciencia no ha dado a los hombres el conocimiento, sino el extravío; no la libertad, sino una esclavitud mayor; no los ha enriquecido tampoco porque sus deseos se extienden cada día más.

Pero hay otros además de los sopladores; no todos han sido charlatanes. Algunos alquimistas de antaño firmaron su paso aquí abajo y atestiguaron la realidad de su ciencia con verdaderas transmutaciones metálicas.

Aunque el Arte de los Sabios no tenga que pedir ninguna confirmación a la ciencia moderna, subrayemos que nuestros sabios saludan de pasada las «intuiciones geniales» de los antiguos alquimistas, desde que han descubierto la unidad de la «materia», que, en efecto, el Arte de las transmutaciones postula. Un defensor moderno de la Alquimia escribe al respecto estas líneas pertinentes:

    Puesto que hablamos de la Gran Obra, aprovechémoslo para volver sobre un punto capital ya tratado superficialmente; sobre el abismo que la separa de los intentos de transmutación por la vía físico-química, intentos a los que la disolución atómica de actualidad. De entrada, subrayemos con qué gastos, con qué despilfarro de energía, en qué laboratorios titánicos (que ninguna fortuna privada podría permitirse el lujo de financiar) operan masivamente nuestros modernos Faustos. Todo ello para conseguir «transmutaciones» del orden de una diezmillonésima de gramo.

    Es el parto de las montañas alumbrando un ratón.

    Comparativamente, la Gran Obra física no necesita más que algunos cuerpos bastante comunes, un poco de carbón, dos o tres vasijas muy simples, ninguna de las fuentes de energía que la ciencia moderna consume como un verdadero ogro, y puede ser realizada enteramente por un solo hombre con paciencia y tiempo. Esto para obtener transmutaciones eventualmente masivas.

    Y el autor concluye sus reflexiones con estas palabras:

    A pesar de una terminología bárbara que aumenta cada día, donde los iones, los electrones, los protones, los neutrones, los deutones y otros ingredientes de la cocina nuclear juegan un papel impresionante, la materia sigue siendo «tierra ignota».

Los abismos que separan a la ciencia moderna de la Gran Obra son absolutamente infranqueables y ésta es la razón por la que nuestra época ha perdido su nostalgia y casi su recuerdo. Mientras nos dirijamos hacia la Alquimia con los prejuicios de un hombre del siglo XX, esta ciencia nos estará «herméticamente» cerrada.

Los Adeptos dicen que su ciencia es la de Dios mismo; que sin su inspiración es imposible llegar a la posesión de esta bendita Piedra de los Sabios que confiere a quienes la poseen la salud, la riqueza, el señorío sobre toda la naturaleza; que les socorre en todas sus necesidades, que les asegura incluso la posesión inalienable de la vida, eternamente fijada en sí mismos. Su piedad, su fe, su amor por Dios Todopoderoso, separan radicalmente a los Sabios de nuestros sabios modernos que no acostumbran a solicitar la inspiración del Espíritu Santo. Todos los libros de los verdaderos Adeptos están llenos de exhortaciones al lector para recomendarle que se vuelva hacia Dios. El profeta Daniel ya proclamaba:

    Bendito el nombre de Dios de siglo en siglo; porque suya es la sabiduría y la fuerza. Y Él es el que muda los momentos y los tiempos; quita reyes y pone reyes; da la sabiduría a los sabios y el saber a los inteligentes. Él revela las cosas profundas y escondidas, conoce lo que está en las tinieblas y mora con Él la luz.

    Recurrid a Dios, hijo mío -se exclama Alano-, volved vuestro corazón y vuestro espíritu hacia Él más que hacia el Arte; pues esta ciencia es uno de los mayores dones de Dios con el cual favorece a quien le place. Amad pues a Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma y a vuestro prójimo como a vosotros mismos; pedid esta ciencia a Dios con insistencia y con perseverancia y os la concederá.

Hojeando los viejos libros de Alquimia, se podrían citar infinidad de textos de este tipo.

También se separan de la ciencia moderna por su amor a lo secreto. La ciencia de nuestros días, múltiple y complicada, está abierta a todo el mundo. Los Sabios estaban celosos de la suya. Si su arte parece arduo a aquel que lo busca, para quien lo conoce es tan fácil como un trabajo de mujeres y un juego de niños. Por ello han tenido tanto cuidado en esconderlo. Querían evitar que cayera en manos de los malvados, de los orgullosos, de los mediocres. Este Arte solamente se revela en la simplicidad, la pureza y el amor.

    Sería una locura alimentar a un asno con lechugas u otras hierbas raras, dicen varios Filósofos, puesto que los cardos le bastan. El secreto de la Piedra es lo bastante precioso como para hacer de él un misterio. Todo lo que puede volverse perjudicial para la sociedad, aunque de por sí excelente, no debe ser divulgado y solamente debe hallarse de ello en términos misteriosos. (Harmonie Chymique).

    Los sabios de hoy en día se inspiran en la misma discreción.

    Te juro por mi alma -escribe Ramon Llull- que si desvelas esto serás condenado. Todo viene de Dios y todo debe regresar a Él. Si, por algunas palabras ligeras, dieras a conocer lo que ha exigido tantos años de cuidados, serías condenado sin remisión en el juicio final por esta ofensa a la majestad divina.

Los Sabios de antaño han recorrido el mundo envueltos en oscuras vestiduras. Poseedores del secreto divino, no se han preocupado, sin embargo, de parecer sabios. El vulgo sólo se fía de las apariencias. Los Adeptos han vivido ignorados casi siempre. Eran la prudencia misma: querer descubrirse al mundo, incluso para salvarlo, equivale a condenarse con seguridad a la tortura y a la muerte. Los Adeptos han ido sin hablar, salvo en algunas ocasiones y aun así en términos enigmáticos, a modo de parábolas. Pocos entre sus contemporáneos han sospechado su secreto. Ahora, ya no se cree en absoluto en él. ¿Tanto se ha alejado nuestro espíritu, que nos hemos vuelto incapaces de dirigirnos hacia este secreto?

Muchos buscadores, ávidos de esoterismo, clasifican a la Alquimia o Arte de las transmutaciones entre las ciencias ocultas al mismo nivel que la astrología, la magia, la medicina, las artes adivinatorias, etc. En realidad, la Alquimia no es una de las armas del esoterismo, es su llave o su Piedra Angular. Algunos Adeptos han operado públicamente transmutaciones metálicas mientras que otros nunca lo han hecho. Aquel que posee la Piedra Angular de los Sabios, descubre sin esfuerzo el medio de metamorfosear en oro los metales vulgares, así como la práctica de todas las Artes particulares y el secreto de todas las medicinas propias para mejorar las naturalezas mineral, vegetal y animal; pero esto le es dado por añadidura, como está dicho en los Evangelios. Buscar primeramente el oro vulgar es pues un error fatal inspirado por la más sórdida de las codicias: ella ha extraviado a todos los vividores de este mundo para los cuales el polvo de proyección no era sino un medio para adquirir riquezas materiales y elixir de vida, para conservar una juventud licenciosa. Aún actualmente, mucha gente dice: «busquemos primero el “ganarnos la vida”, luego buscaremos la sabiduría». Los desgraciados no se dan cuenta de que aquellos que quieren ganarse la vida, a fin de cuentas la pierden, ya que todo acaba en la fosa. Los avaros no son nunca ricos; los Sabios, al contrario, poseen la fuente de todos los bienes, tanto de los «bienes materiales» como de los demás.

Otros consideran la ciencia Alquímica o Hermetismo como un conjunto de símbolos metafísicos y abstractos. ¡Esta es, en efecto, la tendencia de nuestros espíritus! Desde Descartes sobre todo, el espíritu humano sigue un proceso de desencarnación cada vez más acelerado que tiende a reducir el saber a fórmulas abstractas. La creciente influencia de la lujuriosa metafísica hindú, mal comprendida por otra parte por muchos occidentales, no ha hecho sino reforzar esta tendencia. El prejuicio de la abstracción se ha vuelto una enfermedad de nuestro espíritu y el hombre más ignorante de la calle hace «abstracción», como Mr. Jourdain hacía prosa sin saberlo, vive en lo abstracto y muere a causa de él como un sabio teólogo o metafísico, sin haber visto nunca que es el sol quien lo anima e ilumina. Ahí reside quizás el mayor mal y la más grande vanidad del mundo: en el orgullo del espíritu.

El verdadero conocimiento no es abstracto sino operativo y «encarnado». Los maestros de la Alquimia hablan de la Gran Obra, del Arte operativo y de las manipulaciones a las cuales se han entregado. Hay aquí algo muy diferente a un juego de abstracciones. Por otra parte, ninguna época se proclama tan materialista como la nuestra, y sin embargo ninguna ha estado tan alejada de la verdadera realización material propuesta por la Alquimia: el Arte de las transmutaciones de la materia para llevarla a un estado de fijeza perfecta, excluyendo la alternativa de generación y de corrupción que caracteriza a nuestro mundo sublunar.

Finalmente, algunos no ven en la Alquimia sino un método de realización mística, una especie de yoga occidental y secreto. Se habla fácilmente de una Alquimia mística o espiritual: estos términos son correctos, como máximo, en su sentido literal, pero se han vuelto equívocos después del uso abusivo que se ha hecho de ellos. Para no aumentar la confusión más vale, a nuestro parecer, no asociarlos a la Alquimia. Estudiando las relaciones entre la mística y la Alquimia alcanzamos el corazón del problema que nos ocupa; vamos a ver en qué se unen y en qué se separan ambas.

No se puede ser Alquimista sin ser un santo místico ya que la Piedra es un don de amor del Dios Altísimo, pero todos los místicos y todos los santos no son Alquimistas. Podemos decir incluso que, proporcionalmente, entre los santos, el número de Alquimistas es tan ínfimo como el número de santos entre los hombres vulgares. Solamente se conocen tres Alquimistas entre todos los santos que la Iglesia Católica ha llevado a los altares: el bien aventurado Ramon Llull, san Alberto el Grande y santo Tomás de Aquino. Para el hombre caído hay, en efecto, dos caminos que conducen fuera de este mundo mezclado: son el Amor y el Conocimiento. El Amor va a menudo sin el Conocimiento, pero este último no va nunca sin Amor.

Digamos en pocas palabras que el Santo se preocupa de la salvación de su alma por la unión de amor con Dios. Algunas veces recibe las primicias aquí abajo en el éxtasis, que es un maravillamiento en espíritu, fuera del cuerpo. En efecto, al místico le es imposible, mientras se encuentre enlazado al cuerpo corruptible, quedar totalmente liberado de las consecuencias de la Caída. El éxtasis no es la visión beatífica, es como un gusto anticipado de ella; no es, de todos modos, sino un estado pasajero. El Santo no se preocupa de su cuerpo carnal más que para intentar liberarse de él como de una prisión. Su verdadera realización es en espíritu, aunque pueda operar milagros en el mundo sensible, por el Espíritu Santo. Su espíritu es un espejo de agua pura en el cual el cielo se refleja aquí abajo; pero el jarro que la contiene permanece frágil, grosero y perecedero. Cuando la muerte lo libera de él, su espíritu y su alma, indisolublemente unidos, permanecen en la visión beatífica: el Paraíso.

Un famoso maestro yogui recibió un día la visita de un discípulo que le rogó que le instruyera. El maestro lo condujo a una celda y le pidió que permaneciese allí durante un mes (o un año, poco importa), concentrando su espíritu en la idea de que era un bisonte. El discípulo permaneció obedientemente en la celda de la cual no salía nunca; cada día iban a llevarle su comida. Al cabo de un mes el maestro volvió a verlo y se dio cuenta de que su discípulo había realizado perfectamente el estado de bisonte. Le abrió la puerta y le dijo que saliera. El discípulo no se movió. Como el maestro se extrañaba, el discípulo le dijo: «No puedo pasar por la puerta, mis cueros son demasiado anchos». Había realizado tan bien el ejercicio que sería, en efecto, haberse vuelto un bisonte, y lo era, pero en espíritu. Su cuerpo seguía siendo el de un hombre.

Por el contrario, el Arte Hermético tiene por objeto la metamorfosis completa del ser entero, alma, espíritu y cuerpo, en una indisoluble fusión que hace el milagro de una sola cosa, la Piedra de los Sabios. Provisto desde aquí abajo del cuerpo glorioso de la Resurrección,el Adepto que ha acabado la Gran Obra puede salir de este mundo cuando le place sin pasar por ninguna muerte, o, si muere, resucita al tercer día.

¿Cómo puede hacerse esto?

Mediante la Medicina Hermética, que no es otra cosa sino el Cristo eterno, único capaz de salvar al hombre de la maldición que pesa sobre él desde la Caída de Adán. Esta medicina no cura solamente los espíritus sino también los cuerpos y toda esta parte de la naturaleza que el hombre había arrastrado con él. Es el buen Pelícano realizando plenamente, el derramar su sangre por aquellos que ama, la promesa de redención total que nos libera incluso de las consecuencias físicas de la Caída. San Agustín podía, pues, escribir con gran verdad en La Ciudad de Dios:

    Nuestro muy verdadero y muy poderoso purificador y salvador ha asumido al hombre enteramente.

Pero, ¿quién busca todavía la Medicina de Dios y sus Misterios? ¿Quién cree en ella? Esta indiferencia y este olvido son la mayor maldición que pesa sobre la humanidad en el momento actual.

Moisés nos enseña, en efecto, en su Génesis, que Dios, al crear el hombre, lo colocó en el jardín de Edén, donde éste vivía alabándole y en un perfecto contento, pues no tenía deseo alguno. Aunque era mortal, no moría, porque disfrutaba del fruto del árbol de la vida. Este maravilloso alimento lo mantenía protegido de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. Cuando, por incitación de la antigua serpiente, saboreó el fruto prohibido, el veneno de las tinieblas y de la muerte penetró en él. Entonces le fue prohibido el acceso al jardín a fin de que no pudiera extender la mano hacia el fruto del árbol de la vida, para comer de él y vivir eternamente. Pues era la única Medicina capaz de devolverle la inmortalidad primera. Fue precipitado al mundo animal. Arrastró a una parte de la naturaleza en su caída: «El suelo está maldito por culpa tuya. Con un trabajo penoso comerás de él todos los días de tu vida». Es en este mundo caído y corruptible donde la humanidad vive ahora una existencia precaria y fugitiva, sometida a la miseria, a la ignorancia, a todos los males, el principal de los cuales es la muerte ineludible que trae con ella la disolución de todos los compuestos. Así, pues, los hombres son enfermos debilitados, vampirizados por una lenta y mortal consunción, aunque enfermos que generalmente lo ignoran, pues a muy pocos de entre ellos les ha sido otorgado ver a un hombre de buena salud con quien poder compararse. Pero, aún caída y oscurecida, la naturaleza del hombre no ha sido modificada en esencia y en sustancia: subsiste en él como una luz, enterrada en las tinieblas, como un fuego vivo, pero dormido, un inalterable núcleo de inmortalidad. Es una semilla en el seno de la tierra que el invierno ha enfriado. Es la Bella Durmiente del Bosque condenada a dormir durante mil años hasta que el príncipe encantador venga a despertarla.

La nutrición que mantiene en nosotros una vida efímera es un acto análogo al de la generación. Comer es, en cierto modo, una unión de amor. Adán, según comiera el fruto de la vida o el fruto de la muerte, era engendrado en la vida o en la corrupción. Según la célebre sentencia de Pitágoras, Sôma Séma, nuestro cuerpo carnal es una tumba. Engendrado en la corrupción por el efecto de un alimento corrupto, la carne no puede en modo alguno participar en la inmortalidad. Así pues, el Hombre necesita un alimento espiritual, separado de la corrupción del mundo mixto. El primer secreto de la Gran Obra consiste en encontrarlo. Ninguna destilación, por sabia que sea, puede extraer de los mixtos esta muy pura quintaesencia porque en ellos está indisolublemente unida a su corrupción. Es la Prima Materia. El Creador la ha escondido cuidadosamente de la búsqueda de los impíos.

Hay dos clases de fuego. Uno ayuda a despertar al otro y a ponerlo en movimiento. Así como el sol de primavera viene a despertar a las simientes dormidas en el sino de la tierra, este alimento enteramente espiritual, preparado por medio del Arte, hace germinar en nosotros la semilla del fuego celeste profundamente enterrada en las tinieblas de una tierra mugrienta e impura. No basta, pues, con encontrar esta primera materia, sino que también es preciso prepararla con Arte de modo que el Arte ayude a la Naturaleza para elevarla al más alto grado de perfección. Todos, en este mundo, vivimos de ella y sin embargo nos es desconocida. Ignorando el Arte de utilizarla, nuestra vida permanece efímera: «No como vuestros padres que comieron el maná y murieron; aquel que coma de este pan vivirá eternamente». Este maná escondido, hijo del sol y de la luna, desciende del cielo como el rocío vivificando todas las cosas; pero hay que captarlo en su estado puro, antes de que se mezcle con los mixtos. Su naturaleza es volátil y no se fija fácilmente. Algunos santos místicos y yoguis han llegado a descubrirlo; pero ignoran el arte de prepararlo para hacer la Ambrosía de la que se alimentan los dioses inmortales.

Homero, en la Odisea, nos enseña los mismos misterios bajo el velo de una bella fábula: Son las aventuras de Ulises y de sus desafortunados compañeros en el reino de Circe. Los compañeros de Ulises preceden al héroe en la mansión de la hechicera. «Allí, ésta canta con maravillosa voz y teje en el telar una tela divina, una de estas deslumbrantes y finas obras cuya gracia manifiesta la mano de una diosa. Les hace entrar, y sentarse en asientos y sillones; luego, habiendo mezclado en su vino de Pramnos queso, harina y miel fresca, añade a la mezcla una droga funesta, para quitarles todo recuerdo de su patria. Les trae la copa; éstos beben de un solo trago. Entonces la diosa los toca con su varita y los encierra en las pocilgas de sus puercos. Tenían cara, voz y cerdas de puerco, tenían su aspecto, pero persistía en ellos su espíritu de antes. Helos aquí encerrados. Lloraban y Circe les arrojaba para comer fabucos, bellotas y frutos de cornejo, el pasto ordinario de los cerdos que se revuelcan en el fango». Enterado del desastre, Ulises se pone en marcha hacia la mansión de Circe, la maga, con la esperanza de liberar a sus compañeros. En el camino, encuentra a Hermes, que viene hacia él, llevando una varita de oro. El dios le advierte de los peligros que corre y le revela la existencia de una medicina que le inmunizará contra las drogas funestas de la diosa: «Habiendo hablado así, el dios de los claros rayos arrancó del suelo una hierba que me enseñó a reconocer antes de dármela: su raíz es negra, y la flor, blanca como la leche; “moly” la llaman los dioses, muy difícil de arrancar para los mortales, aunque los dioses todo lo pueden». La historia no nos cuenta si los compañeros de Ulises habían acabado organizándose confortablemente en su pocilga; si habían inventado una moral edificante y complicada, una justicia social de la que les permitía preparar de un modo cada vez más perfeccionado las bellotas, fabucos y otros frutos de cornejo que les daba la maga. El poeta nos dice que al final, por pura misericordia, Circe los liberó gracias a los ruegos de Ulises, su amante. Habían engordado mucho: «Hubiérase dicho, por su grasa, que eran puercos de nueve primaveras». La diosa los frotó con una droga nueva que los purgó del veneno y recobraron su forma primitiva: «De nuevo -dice el poema-, helos aquí convertidos en hombres, pero más jóvenes, más fuertes y más hermosos que antes».

Los Misterios cristianos no tienen otro objeto aparte de esta divina Medicina. Los Evangelios no hablan sino de ella:

    Tengo para comer un alimento que no conocéis.

    Aquí Cristo es «el pan vivo descendido del cielo», y los judíos discutían entre sí, diciendo:

    ¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?

    Allá, es un tesoro enterrado en un campo:

    «El hombre que lo ha encontrado lo esconde de nuevo y en su alegría va, vende todo lo que tiene, y compra el campo», o una perla. «Habiendo encontrado una perla de alto precio, fue a vender todo lo que tenía y la compró».

Es una levadura que una mujer pone en tres medidas de harina, o un pequeño grano de mostaza. Es una semilla que un hombre arroja en su jardín. «Duerme y se levanta de noche y de día, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo». En este pequeño grano, en esta pequeña semilla, tan diminuta, es en lo que consiste todo el Reino de Dios. Por pequeña que sea, es la única cosa necesaria. «Marta, te inquietas y agitas por muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha escogido la buena parte que, ciertamente, no le será quitada».  María, pues, ha escogido, o sea, ha hecho una separación: la buena parte es la luz separada de las tinieblas; es el bálsamo separado del veneno. Es una industriosa abeja, pero a su manera, distinta de la del mundo: «La abeja saca de su seno una sustancia líquida coloreada de diversas maneras y saludable para los hombres: signo impresionante para los que reflexionan. Que el diligente escrutador de esta ciencia sepa que las abejas tienen la industria de sacar su miel incluso de las hierbas venenosas». ¿Qué hacía María mientras Marta se agitaba? «Tenía una hermana llamada María que, habiéndose sentado a los pies del Señor, escuchaba su palabra». Existe el trabajo de Marta, que se agita en vano, que se inquieta por muchas cosas, excepto, naturalmente, por la buena, es el trabajo del mundo que encadena, del mundo cuyas obras son malas. Existe el trabajo de María que consiste en permanecer en reposo y recibir la Palabra. En nuestros días aquel que escoge obrar como María, ¿puede preservarse fácilmente de un pequeño complejo de inferioridad (sólo al principio) ante tanta gente seria, trabajadora y útil a la sociedad?

Es, en efecto, una Palabra que viene en la brisa de la mañana. En ella están todas las delicias del mundo. Algunos la reciben, pero ni la guardan ni la calientan al suave fuego del Atanor Filosófico. «Mientras hablaba de este modo, una mujer, alzando la voz en medio de la multitud, le dijo: “Feliz el seno que te ha llevado y los pechos que te han amamantado”. Jesús respondió: “Felices más bien aquellos que escuchan la palabra de Dios y que la guardan”. En verdad, en vedad os lo digo: si alguien guarda mi palabra, no verá nunca la muerte». El Prólogo del Evangelio según san Juan contiene en sí todo el misterio de las transmutaciones. «En él estaba la vida y la vida era la luz de los Hombres. Mas a todos aquellos que le han recibido él les ha dado el poder de volverse hijos de Dios. Aquellos que no han nacido de la sangre ni de la voluntad de la carne, sino de Dios.»

Había en Israel un doctor cuyo nombre era Nicodeno. No era como los de su casta: conocía su ignorancia y buscaba la sabiduría. Por ello fue a ver a Jesús, aunque de noche y en secreto, por temor a los Judíos, y Jesús le enseñaba por qué misterios eran engendrados los hijos de María:

    Nadie, si no renace del Agua y del Espíritu, puede entrar en el reino de Dios. Pues lo que ha nacido de la carne es carne y lo que ha nacido del Espíritu es espíritu. El viento sopla donde quiere y tú oyes su voz, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va: lo mismo ocurre con cualquiera que ha nacido del Espíritu. Nicodemo le respondió: ¿Cómo puede ocurrir esto?. Jesús le dijo: ¡Eres doctor en Israel e ignoras estas cosas!

De este Agua, purísima sustancia, quintaesencia virginal de los Elementos, es de lo que todo ha sido hecho por medio del Verbo del cual es el vehículo. Es un agua seca que no moja las manos. Los Filósofos la llaman su Mercurio, su Azogue. Ora es vapor, ora agua, ora tierra. Sube al cielo y desciende de nuevo. «Asciende de la tierra al cielo y de nuevo desciende a la tierra y recibe la fuerza de las cosas superiores e inferiores. Tendrás por este medio toda la gloria del mundo y toda oscuridad se alejará de ti. Separa lo sutil de lo espeso, suavemente y con gran industria».

«Si quieres, puedes oírme -dice el Mercurio al Filósofo-. Al exterior, ves mi forma, no la necesitas. Pero sobre lo que me interrogas a propósito de mi centro, has de saber que mi centro es el corazón muy fijo de todas las cosas, que es inmortal y penetrante: y en él está el reposo de mi Señor.»

    Las Palabras de Yahveh son palabras puras

    Plata fundida en un crisol sobre la tierra

    Siete veces purificada.

A aquel que quiere plantar un bosque, se le dice que la encina  pertenece al género Quercus, que sus flores macho están agrupadas en candelillas delgadas y colgantes; que su fruto es más o menos ovoide, reposando la base en un involucro en forma de cúpula; que su maduración es anual o bianual, que sus hojas son caducas, lobuladas o bien persistentes y enteras, o poco dentadas; que su madera es de varias clases. Se le enumeran las diversas variedades: la encina pedunculada, el roble, el roble rojo de América, el chaparro, el alcornoque.

De este modo puede uno volverse muy experto con un poco de aplicación.

Pero ¿no sería mejor darle una bellota? La sembraría en un poco de tierra preparada y luego dejaría hacer al sol y a la luna, al viento, a la lluvia, a las estaciones, al tiempo. La bellota se convertiría en encina dando a su vez otras bellotas. Así, aquel que sabe esperar, llega a multiplicar el bosque.

La verdadera simiente en la verdadera tierra, he aquí todo el arte de la Alquimia.

Encontrar una bellota o la encina que la lleva, después de haber preparado su tierra, equivale a descubrir el hilo de Ariadna para salir del laberinto. El comienzo de la obra es oscuro, los Filósofos lo han escondido con cuidado.

Hay un tiempo para todo, no se siembra en todas las estaciones. Los antiguos Sabios, que establecieron los fundamentos de la Astrología, tenían algo mejor que hacer que levantar horóscopos: determinar el tiempo de las siembras, el de la germinación, de la flor, del fruto, de las cosechas, de las vendimias, prever el frío y el calor, la nieve y la lluvia fecundante, saber cuándo y cómo se forma el humus humilde, cuándo se endurece la tierra bajo la mordedura de la fría serpiente del invierno, cuándo se vuelve nutritiva y cálida bajo las amorosas caricias del sol.

He aquí el Arte. Esto no son imágenes ni figuras poéticas.

Todos los Sabios Filósofos, todos los profetas de Oriente y de Occidente no establecieron los misterios iniciáticos, no escribieron las Santas Escrituras más que para transmitir a los hombres los elementos de este Arte agrícola. Aquel que los desprecia su propia vida y la perderá.

Pero nos han dado su enseñanza sólo en términos velados: es un cofrecillo que camina a lomos de asno a través de los siglos. La llave del cofrecillo está en el poder de Dios Todopoderoso que la presta a quien quiere.

Los Sabios de todos los tiempos sólo han conocido un único misterio: el de la Encarnación, de la Muerte y de la Resurrección gloriosa del Señor de vida. Ahí coinciden todos. Ahí es donde son Sabios. Con diferencias de temperamentos, climas o expresiones que extravían a los espíritus superficiales, no han conocido sino a un niñito acostado en el hueco de una encina y a su madre que lo lleva, al principio, con un gracioso saludo. Mucho podría escribirse a propósito de ello, pero tememos ser arrastrados a escribir un grueso volumen en lugar de un modesto ensayo. Además, no intentamos convencer a nadie. Los Misterios de Isis, de Osiris y de Horus en Egipto, los de Demeter y de Perséfone en Eleusis, los de Dionisos, las comidas sagradas de los Pitagóricos, ¿tenían acaso otro fin? Lao-Tsé, Krishna, Zoroastro y Mahoma, ¿han venido a traer otro mensaje a los hombres?

Todos los misterios se reúnen en la Teofanía de Belén.

«El Sabio buscador debe considerar toda la Gran Obra -escribe Jacob Boehme-, en relación con la humanidad de Cristo, a partir del momento en el que sale del seno de su madre, María, hasta su resurrección y su ascensión. El Mago debe guardar y observar esta sucesión relacionada estrechamente con la Gran Obra.»

«Yo soy aquel que es, que era y que viene», dice Cristo.

Abraham vuestro padre se estremeció de alegría porque tenía que ver mi día; lo ha visto y se ha alegrado.» Pero era un escándalo par los judíos que cogieron piedras para tirárselas. Sigue ocurriendo lo mismo.

Que el lector curioso, pero no convencido, estudie sin prejuicios (he aquí lo difícil) los Misterios Antiguos, que lea de buen corazón las Santas Escrituras de Oriente y de Occidente. Se dará cuenta de que existe una sola enseñanza, más o menos oscurecida, en todos los pueblos del mundo. Puede decirse con una sola frase: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

El agua es una excelente medicina, pero hay que saber fijarla, dicen los Filósofos: «Se saca de la tierra que nos viene de arriba el movimiento perpetuo, si se disuelve en su agua, mediante fuego filosófico, después de haber tomado de nuevo la forma del caos que tenían los elementos antes de la separación de las cosas elementadas».

Cuando esta preciosa materia, hija del Sol y de la Luna, es colocada en el vaso filosófico, bien sellado, toma un color muy negro que los Artistas llaman Cabeza de Cuervo. Es la putrefacción alquímica en el curso de la cual se hace la unión del macho y de la hembra. Así pues, el color negro es el primer color de la obra.

A continuación, la materia se blanquea poco a poco. Toma al principio el color gris: es Júpiter (el estaño) que sucede a Saturno (el plomo). «Cuando aparece puedes quemar todos los libros, dicen los Filósofos.» Finalmente es el color blanco, Artemisa, Diana más blanca que la nieve y que sólo se muestra desnuda a los cándidos amantes de la Ciencia. Los antiguos daban a Perséfone, raptada y llevada a los infiernos por Plutón, el nombre de Perefata: que alimenta a las tórtolas. Es, en efecto, madre y nodriza, pues el color negro alimenta al color blanco, que es su salida, como la raíz negra de la hierba Moly alimenta a su flor blanca. El color blanco es, pues, el segundo color principal de la obra. Es la Piedra al blanco: tiñe los metales en plata. Se saca de ella el elixir al blanco que es un remedio excelente para los espíritus.

Finalmente, después de haber pasado por diversos colores intermedios, la materia pasa al rojo. Es la piedra al rojo con la que Neptuno había fijado sobre el mar para servirle de refugio. Diana, la Piedra al blanco, que nació la primera de la materia al negro, ayudó a su madre a traer al mundo a Apolo o a la Piedra al rojo. El blanco y el rojo salen, en efecto, de una misma raíz, el negro, pero el blanco precede al rojo.

Son los tres colores principales que los Adeptos observan en el vaso alquímico durante la elaboración de la Gran Obra.

El niñito que los Sabios crían con esmero crece en edad y en sabiduría. Se convierte en un príncipe muy poderoso: endereza lo que estaba torcido, cura a los enfermos. Devuelve el movimiento a los paralíticos, la vista a los ciegos, la vida a los muertos. Camina sobre las aguas. Hace toda clase de cosas admirables. Es un juez excelente, un príncipe invencible que enriquece a sus amigos con los despojos de sus enemigos.

Finalmente, es entregado a los judíos para ser crucificado. Su carne es verdaderamente un alimento y su sangre un brebaje: con ellos alimenta a sus amigos; les comunica su propia vida para que se vuelvan sus hermanos. Al tercer día resucita gloriosamente y sube al cielo. Cada vez que lo judíos lo crucifican, resucita y su poder se multiplica: cien veces, mil veces. Es glorioso e invencible. Es un amigo fiel que socorre a los suyos en todas sus necesidades. Basta a todo. Feliz aquel que haya encontrado el camino de su palacio; en lo sucesivo ya no tendrá nada que desear.

    Hemos bebido a la memoria del Bienamado un vino que nos ha embriagado antes de la creación de la viña.

    Nuestro vaso era la luna llena. Él es un sol; una luna creciente lo hace circular. ¡Cuántas estrellas resplandecen cuando está mezclado!

    Sin su perfume, no habría hallado el camino de sus tabernas.

    Sin su resplandor, la imaginación no podría concebirlo.

    Sí, un día, de él se acuerda un hombre, la alegría se apodera de éste y la tristeza se le va.

    La única visión del sello puesto sobre las jarras, basta para embriagar a los invitados.

    Si regaran con un vino como éste la tierra de un sepulcro, el muerto reencontraría su alma y su cuerpo sería revivificado.

    Estirado a la sombra del muro de su viña, el enfermo agonizante ya, reencontraría inmediatamente su fuerza…

El descrédito en el que estos misterios han caído ha sido siempre motivo de asombro para los amantes de la vida. Han llegado a la conclusión, con Heráclito, de que el hombre por sí mismo no es inteligente, de que no puede ir espontáneamente hacia el Misterio si Dios no le atrae. Los hombres, abandonados en las tinieblas de la ignorancia, traicionan y se burlan de las palabras santas. Por lo que la historia nos permite juzgar, los últimos ciento cincuenta años parecen haber sido los de la máxima degradación del espíritu humano; nuestro siglo, sobre todo, es especialmente rebelde a las enseñanzas de los antiguos Sabios y esto por razones precisas que nos esforzaremos en recordar a modo de conclusión.

Los Evangelios, y especialmente el de Juan, nos hacen frecuentes alusiones a una oposición fundamental entre el Príncipe de este Mundo y el Reino de Dios predicado por Jesús. Pero es el Profeta Mahoma quien nos da en un versículo del Corán toda la solución del problema del mal:

    Ordenamos a los ángeles que adoraran a Adán, y le adoraron. El orgulloso Eblis se negó a obedecer y fue contado entre los infieles.

Engañado por la apariencia del barro con el que Adán había sido hecho, Satán rehusó el misterio de la Encarnación. Por esta razón, después de la Caída, se esfuerza por todos los medios en desviar a los hombres de la Medicina de Salvación. Los desvía mediante los prodigios en verdad muy sorprendentes que éstos realizan bajo su inspiración y que en realidad no son más que un inmenso divertimento en el sentido pascaliano de la palabra.

Satán es un espíritu de ciencia muy sabio. No ignora que el saber humano es una poderosa ilusión que desvía a los hombres de la ciencia de Dios.

Es un médico reputado. Por otra parte, su medicina ha realizado tales progresos que hoy en día sólo sabemos de ella y no buscamos ya la de Dios y de sus santos.

Es un gran teólogo, muy quisquilloso en cuestión de ortodoxia: sabe que es la mejor forma de separar a los hombres en sectas rivales y de dividir lo que Dios quiere unir.

Es un metafísico sutil: por ahí el espíritu se pierde en sus propios pensamientos, se separa de la tierra que lo alimenta y lo fija y se pierde en las nubes.

Propaga muy a propósito, entre los fieles, el miedo al diablo. Sabe que este miedo desvía muy eficazmente de la búsqueda de los misterios a aquellos cuya fe está mal asentada.

Es un gran político, un diplomático, un estratega. Con el cebo de un poder ilusorio y puramente externo fundado en la violencia, sabe hacer olvidar a los hombres que habían sido concebidos para ejercer el Arte Regio.

Es un ardiente patriota. El término es, por lo demás, reciente: es una de sus últimas creaciones. Para los hombres de hace tres siglos estaba desprovisto de significado, pero eran bárbaros ignorantes del progreso, que no sabían hacer la guerra tan bien como nosotros. El patriotismo es de una eficacia maravillosa para hacer olvidar a los hombres el recuerdo de la patria.

Satán acaba de inventar otro disfraz. Es un reformador social lleno de ideas generosas y seductoras y un economista distinguido. Está lleno de buena voluntad hacia los hombres, quieren arreglar más y más la pocilga. Se interesa por la justicia social, la reforma de «estructuras», la defensa de la propiedad, el colectivismo, la prosperidad económica. Es alternativamente ora reaccionario, ora progresista. Es conservador, demócrata, fascista, marxista, ¿y qué más aún? Todo lo que altera, todo lo que embrolla, todo lo que desvía del Único necesario, lleva agua a su molino. Producid, nos predica, para aumentar vuestras riquezas y vuestro bienestar; consumid, para aumentar la producción. Id y llevad a los pueblos «retrasados» la buena palabra y la civilización. Despertad su concupiscencia: que el sol, la oliva y el dátil ya no les basten. Hacedles consumidores, productores, esclavos. Glorifica todas las obras humanas y el penoso trabajo de los hombres encadenados; habla de «redención» por el trabajo. ¿Quién dijo que era el simio de Dios? Quizás, en un rincón perdido, un sabio aislado aún se contenta con el pequeño jardín que Dios le ha dado en herencia y deja que trabajen para él el sol y la luna, el agua y la tierra. ¡Que Satán no lo descubra! Lo denunciaría como un ser asocial que no tiene el sentido de la comunidad. Invocaría incluso la necesidad de practicar la caridad para forzar a nuestro sabio a entrar en la fila, en la agotadora danza de los locos. No está lejos el tiempo en que aquel que no tenga en la frente y en las manos la marca de la Bestia no podrá ya ni comprar ni vender. Ha conseguido incluso hacer desaparecer de nuestras regiones a los mendigos, pero no a la miseria y a la desesperación de los hombres.

En el nombre de la Ciencia, profana todo lo que toca. Viola las tumbas. Deshonra a la mujer. ¿No acaba de descubrir la generación artificial, este odioso simulacro de la partenogénesis? El Hombre era hijo del amor. Dentro de pocos años ya no será cierto.

Satán es asegurador-consejero. Asegura contra todos los riesgo: robo, incendio, paro, enfermedad. Hace también seguros de vida. Es un pequeño tráfico muy productivo, pero que nunca ha impedido a nadie que muriera. Lo ha hecho tan bien que hemos perdido el sentido de esta palabra: «Vuestro Padre sabe lo que habéis menester antes de que vosotros se lo pidáis».

¿No son nuestras inauditas realizaciones de una naturaleza capaz de seducir, si se pudiera, a los mismos elegidos? Nuestra ciencia, nuestra técnica, son prestigiosas respecto a los tiempos antiguos. Y sin embargo, nos sentimos cada día más solos, más inquietos por el día de mañana, más abandonados, más desprovistos. ¿Qué psicoanálisis podría, pues, romper el muro de la angustia que nos ahoga? Nos creemos civilizados: no somos más que bárbaros ignorantes, armados con técnicas terribles.

Somos huérfanos abandonados que han perdido incluso el recuerdo de sus padres y de sus padres y de su herencia, caídos cada vez más en un mundo vulgar y grosero que no estaba hecho para nosotros. Hemos sido recogidos y educados por esclavos sublevados; después de habernos impuesto sus concepciones de la vida, nos han encadenado a sus trabajos ilusorios.

El canto de la tórtola ya no despierta a los hijos de Reyes.

El Hombre ha perdido el camino que conduce al palacio de su padre. Ya no sabe que había sido creado para reinar en la alegría, las fiestas y los juegos.

Ya no sabe, pero le queda una oscura nostalgia. Por ello se esfuerza tan apasionadamente en reencontrar con sus propias luces, la felicidad perdida a causa de la Caída. Pero sus luces son las de un esclavo rebelde. El veneno está en él, y toda su ciencia no conseguirá jamás separar la vida de la muerte. Sus trabajos son tan ilusorios como los castillos de arena de los niños en la playa: cada marea los disuelve y sin embargo se esfuerzan vanamente en mantenerlos; después de cada desastre, un maestro de escuela presuntuoso les induce a reanudar el mismo trabajo según un plan más perfeccionado.

¿No es ya tiempo, para aquellos que han comprendido, de abandonar este pequeño juego?

Con la perspectiva del tiempo, la Revolución Francesa parece haber sido una etapa importante de la historia del mundo. Siempre ha habido en el hombre un trasfondo de rebelión incubándose como un fuego latente. Pero desde el siglo XVIII ha tomado las proporciones de un vasto incendio que amenaza a todo el planeta. El 21 de enero de 1793 caía París bajo la cuchilla de la guillotina la cabeza del rey Luis XVI, último y desgraciado sucesor de los Faraones, de los Reyes de Israel y de Judá. Señalamos únicamente un hecho: la Monarquía de derecho divino que confiere la «santa unión» y el único fundamento legítimo del poder político, desaparecía para siempre. A partir de este momento, los hombres han renegado colectiva y públicamente de lo que viene de arriba para volverse únicamente hacia lo que está abajo. ¿Es una coincidencia? Desde esta época. los Sabios ya no han hecho hablar de ellos.

Hace ciento cincuenta años que padecemos todos sin discusión el más mortífero de los dogmas: el del progreso científico. ¿Dónde están sus beneficios?

¿El Hombre? Dividido interiormente, vampirizado, proyectado fuera de sí mismo en un carrusel infernal de tareas titánicas ofrecido periódicamente a apocalípticas matanzas.

¿La Sociedad? Disuelta, reducida a la esterilidad de la arena humana que los vientos acumulan y dispersan a su capricho en el desierto.

La materia, finalmente, desintegrada.

Se nos habla con angustia de una civilización cristiana amenazada, cuando ya no hay civilización cristiana. Subsiste un vago perfume de cristianismo que se disipa lentamente. El olor que le sucede es de otra naturaleza. El futuro es más incierto que nunca y tememos nuevas carnicerías. Los Sabios no dicen nunca: «Forjad armas, estableced pactos». Dicen más bien: «Convertios al amor de Dios. Aquel que ha creado el cielo y la tierra hace todo lo que le place. Puede también, si así lo quiere, disipar las tormentas».

El hombre de hoy en día está infinitamente triste. Se lo toma todo en serio: el trabajo, la pobreza, la riqueza, el placer. Todo, excepto la libertad en el amor y en la alegría. Cuando se divierte, es lúgubre. Se aturde como la ardilla prisionera que hace girar su jaula, caída en la trampa de su propio juego. Esaú trocaba sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas y nosotros hemos cambiado la almendra viva por las cortezas muertas.

    Y habiéndole llevado el diablo encima de una alta montaña, en un instante le mostró todos los reinos de la tierra y le dijo: Os daré todo este poder y toda la gloria de estos reinos; pues me han sido dadas y las doy a quien yo quiero.

Satán, asegurador-consejero de la humanidad perdida, ¿dónde estarás en el Día del Juicio? ¿El día en el que la obra de cada cual será sometida a la prueba del fuego?

    … Y será como un sueño, visión de la noche…

    Como aquel que tiene hambre sueña que come,

    Y al despertar su alma está vacía;

    Y como un hombre que tiene sed sueña que bebe

    Y al despertar está extenuado y aún sediento

    Así ocurrirá con la multitud de todas las naciones

    que andan contra la montaña de Sión…

Aforismos basilianos

AFORISMOS BASILIANOS
O CÁNONES HERMÉTICOS
DEL ESPÍRITU Y DEL ALMA ASÍ COMO
DEL CUERPO MEDIADOR DEL MAYOR Y MENOR MUNDO

CANON I

Hermes Trismegisto ha merecido ser llamado Padre de los Filósofos por haber buscado los tres reinos mineral, vegetal y animal y la triple subsistencia de aquellos en una esencia creada, y en ella ha reconocido toda la fuerza y virtud de la naturaleza vegetable, animal y mineral.

II

En la naturaleza del mercurio, volante como la nieve, blanco y coagulado, se encuentra una virtud vegetante que no es común: dicho mercurio es un cierto espíritu tanto del gran como del pequeño mundo. Y es de este mercurio que depende y proviene el movimiento y flujo de la naturaleza humana, según el Alma razonable.

III

En cuanto a la virtud animante, no es otra cosa que un medio entre el Espíritu y el cuerpo, dado que esta virtud, al ser como la liga del mundo, es el vínculo entre aquellos dos, cuyo vínculo consiste en el sulfuro que es a modo de un aceite rojo transparente como el sol del gran mundo y como el corazón del hombre en el pequeño mundo.

IV

En fin, la mineralidad está dotada como de un cuerpo que es parecido a la sal: este cuerpo es de una virtud y de una olor admirable; y cuando la sal será separada de las inmundicias de la tierra, no será distinto del mercurio más que por la espesura y consistencia del cuerpo.

V

Estas tres subsistencias consi-deradas en una esencia creada, constituyen y establecen el limbo del Gran y pequeño mundo, de cuyo limbo el primer hombre ha sido formado cuando fue hecho del polvo de la tierra: al cual llega el Alma razonable microcósmica inmortal, inspirada inmediatamente de Dios la cual, a modo de una Reina, es la causa motriz y directriz de todas las funciones que están en el hombre.

VI

Por lo demás, al igual que la virtud de nuestro cuerpo y también de nuestra vida es completa por los cuatro elementos y por el ensamblaje o coagulación del polvo de la tierra, si el espíritu mercurial, como húmedo radical, y el alma sulfurosa, como calor natural, conspiran y se ensamblan amigablemente en uno, con la consistencia y espesura de la sal, que preserva de toda podredumbre, del mismo modo es necesario que el Alma inmortal sea separada del cuerpo que ha sido formado del ensamblaje del polvo de la tierra. Si ocurre algún defecto en uno de los tres principios o en varios de ellos entonces de ello se sigue la muerte de todos ellos, pero si el defecto no se halla más que en una parte de cualquier principio entonces será causada la enfermedad, como se puede ver sobretodo en la anatomía de los siete miembros principales.

VII

Nada hay que pueda mejor remediar el triple defecto de esos principios que la masa de ese limbo del que el hombre ha sido hecho, masa que ha sido ensamblada por los tres principios en una sustancia, que puede aumentar, conservar y mantener todas las fuerzas y virtudes de la naturaleza, con tal de que haya sido debidamente convertida y conducida en un cuerpo astral fijo.

VIII

De donde puede reconocerse que el bálsamo del sujeto hermético tiene una estrecha armonía y conveniencia con el cuerpo humano. Esto es lo que ha hecho aseverar, con pleno derecho, a ese príncipe de los físicos alemán, Felipe de Hohenheim, Paracelso, en el libro de la piedra física, intitulado Manual: que el microcosmos que está situado en el limbo y formado del polvo de la tierra, puede ser conducido y conservado en salud por su medicina como por su semejante, no por opinión, sino verdadera y propiamente, En verdad, puede decirse la misma cosa de nuestra medicina.

IX

Primeramente hemos de considerar esas cosas, tanto más por cuanto la medicina vulgar es feble y débil para conservar y mantener radicalmente los tres principios del microcosmos y la armonía de aquellos, pues no es sino por accidente que ella parece (operar) sobre esos tres principios, dado que está casi por completo ocupada en los cuatro humores.

X

Pero la medicina mineral química extraída de los minerales y metales raramente es preparada y administrada como se debe. Por ello Paracelso, en el mismo libro, prefiere su medicina a cualquier otra: sin embargo no niega que haya grandes secretos en las otras cosas minerales, pero dice que la operación es larga y laboriosa, y que su uso no puede ser fácil ni debidamente puesto en práctica, principalmente por los ignorantes, que se sirven de esas medicinas causando más mal que bien.

XI

Por lo tanto, busquemos el limbo de nuestro Microcosmos, en cuyo microcosmos está situado ese limbo, busquemos, digo, ese globo viscoso de la tierra, compuesto de mercurio, de sal y de azufre, el cual, según Geber, puede ser elegantemente llamado humedad viscosa de la humedad, porque proviene de una cierta sustancia húmeda.

XII

Pues así como el mundo, aunque haya sido creado de la nada, debe sin embargo su origen al Agua, sobre la cual el espíritu del Señor era llevado, y de la cual provienen todas las cosas, tanto las celestes como las terrestres, igualmente, ese limbo procede de una agua que no es vulgar, y que no es ni el rocío celeste, ni un aire condensado en las cavernas de las tierra o en un recipiente, ni un agua proveniente del abismo de la mar o sacada de las fuentes, pozos o ríos, sino que es un agua que toma su fuente de una cierta agua que ha padecido y sufrido y que está ante los ojos de todo el mundo y sin embargo es conocida por poca gente. Esta agua posee en si misma todas las cosas que le son necesarias para el cumplimiento de toda la obra (en ella estando todo su exterior).

XIII

Esta naturaleza es mediadora entre el gran y el pequeño mundo; se encuentra por todas partes, está en casa del pobre como del rico, tal como nos aseguran todos los filósofos: Se la arroja a las calles donde se la holla con los pies aunque sea el origen y la fuente de tantas operaciones maravillosas, por lo cual nos conviene restablecer esos tres principios del cuerpo.

XIV

Cuando esta materia está resuelta en su propia agua (pues toda generación viene del agua) ha de ser circulada por los cuatro elementos, hasta que llegue a ser una naturaleza astral fija, en el huevo filosófico, llamado así por el calor de la gallina que incuba incesantemente sus huevos, pues de otro modo todas esperanza de generación perecería.

XV

Así el pequeño pájaro animal de Hermes, al se encerrado en su calabozo, que es el horno, ha de ser excitado por el calor de nuestro fuego vaporoso, continuado por grados hasta que sea extraído de si mismo y sea capaz, por su alumbramiento, de curar a cada uno.

XVI

Así como en la preparación de los tres principios de esta agua que ha sufrido, nada añadimos nosotros a su materia sustancial, nada quitamos a las tres propie-dades que subsisten en aquella agua: pero solamente rechazamos en su preparación las superfluidades, es decir, las heterogeneidades o la tierra muerta y el agua insípida. Igualmente, comenzamos nuestra obra hermética con la conjunción de los tres principios preparados según una cierta proporción que consiste en el peso del cuerpo, que ha de igualar al espíritu y al alma casi en su mitad.

XVII

Después, gobernamos el todo con una continua fomentación a fin de que la naturaleza, agente interior, no retarde su acción, ni sufra ningún exceso. Haz, por tanto, un suave fuego al comienzo, que sea, primeramente, casi de cuatro gotas o hilillos, hasta que la materia ennegrezca: después le añadís, de tal manera que sea casi de catorce hilillos, mientras la materia se lava y el Iris que aparece concluya en color gris: luego, ponedla a casi veinticuatro hilillos hasta una perfecta blancura, superior a la de la nieve, fija y fluida, que es la luna del microcosmos.

XVIII

Si deseáis alcanzar la perfecta rojez continuareis el fuego durante setenta días. hasta que la piedra sea transformada en un rubí transparente, denso y pesado, que es verdaderamente, el sol del micro-cosmos, que podréis aumentar del mismo modo que habéis comenzado: un grano de aquel es igual en poder a seis mil granos y por tanto se ha de administrar en muy pequeñas dosis.

Raíz del Elixir
D
Hay en ella un vigor etéreo y
una imagen celeste.
De donde nos fluye y derrama esta Medicina de Dios.

R. E.
D
FINAL

DIÁLOGOS DE AROS Y DE MARÍA

DIÁLOGOS DE AROS Y DE MARÍA

El filósofo Aros fue a buscar a María la profetisa, hermana de Moisés, y habiéndole saludado muy cortésmente, le dijo:
-Señora, he oído decir muchas veces que blanqueáis la piedra en un día.
-Si -respondió María-, en incluso en menos de un día.
-No concibo -repuso Aros- cómo puede hacerse lo que decís ni por qué medio se puede blanquear tan prontamente con el Magisterio.
María respondió: -¿No sabéis vos que se hace un agua o una cosa que blanquea en un mes?
-Es cierto -dijo Aros-, pero hace falta mucho tiempo para hacer la cosa de que habláis.
-Hermes -repuso María- dice en todos sus libros que los filósofos blanquean la piedra en una hora.
-Oh, señora -dijo Aros- ¡Qué cosa más hermosa me decís!
-Muy hermosa -replicó María- para aquel que no la sabe.
-Pero señora -respondió Aros- si es cierto que todos los cuerpos de los metales, así como el cuerpo humano están compuestos de cuatro elementos, hay que confesar que pueden ser fijados y moderados, y sus vapores coagulados y retenidos en un día, hasta que lo que deba hacerse esté terminado.
-Os aseguro, Aros -dijo María- y pongo a Dios por testigo que si vos no fuerais quien sois no os diría nada de lo que voy a deciros y esperaría para revelároslo a que Dios me inspirara el hacerlo. Tomad, pues, el alumbre, goma blanca y goma roja que es el Kibric de los filósofos, su oro y su mayor tintura, y juntad en verdadero matrimonio la goma blanca con la roja. No sé si me entendéis.
-Si, señora -dijo Aros-, entiendo y comprendo lo que decís.
-Reducid todo esto a agua corriente -continuó María- y purificad sobre el cuerpo fijo este agua verdaderamente divina sacada de los dos azufres y haced que esta composición se haga líquida por el secreto de las naturalezas en el vaso de la filosofía ¿Me entendéis, Aros?
– Si, señora -respondió Aros-, la entiendo muy bien.
-Conservad los vapores -repuso María- y no dejéis que nada se escape. Haced vuestro fuego en proporción a como está el calor del Sol en el mes de junio y julio. Manteneos cerca de vuestro vaso y veréis cosas que os sorprenderán. En menos de tres horas vuestra materia se pondrá negra, blanca y anaranjada; los vapores penetrarán en el cuerpo y el espíritu quedará fijado. La mezcla se volverá entonces como leche penetrante y fundente. Ese es el secreto escondido.
Aros tomando la palabra dijo: -No podría creer que eso se hiciera de tal manera.
-He aquí algo mucho más admirable -dijo María- y que no ha sido conocido por los Antiguos, antes de Hermes, quien nunca se lo ha imbuido en el espíritu. Tomad hierba blanca, clara, honrada, de la que crece en las pequeñas Montañas; moledla cuando esté fresca, como está en su momento determinado, pues en ella está el verdadero cuerpo que no se evapora ni se esfuma con el fuego.
-¿No es eso la piedra de la verdad de que habláis? -dijo Aros.
-Sí, Aros, lo es -repuso María-, pero los hombres no conocen su régimen porque tienen mucha prisa y quieren hacer la obra muy pronto.
-¿Qué queda por hacer después de esto? -dijo Aros.
-Es preciso -le dijo María- rectificar sobre este cuerpo a Kibrick y Zubeth, o sea a los dos vapores que comprenden y que abrazan a las dos luminarias, y colocar encima lo que les ablanda que es lo que cumple a las tinturas y espíritus, y el verdadero peso de la ciencia. Después habiendo molido todo hay que ponerlo al fuego donde se verán cosas admirables. Por lo demás, todo el régimen consiste en saber hacer el fuego moderado. Después de lo cual será cosa sorprendente ver cómo en menos de una hora, esta composición pasará de un color a otro, hasta que llegue al rojo y al blanco perfecto. Es preciso entonces deshacer el fuego, abrir el vaso, y cuando se enfríe, se hallará el cuerpo claro y brillante como una perla del color de la dormidera entremezclada de blanco. Entonces estará fundente y penetrante y un peso de este cuerpo sobrepasará mil doscientos al del metal imperfecto y los convertirá en oro. He aquí el secreto escondido.
Aquí Aros se tiende de rodillas con el rostro contra el suelo; María le dice: -Levantaos, Aros, voy a abreviaros la obra. Tomad el cuerpo claro cogido de las Montañas pequeñas y que no se hace por la putrefacción, sino con el solo movimiento. Moled ese cuerpo con la goma Elzaron y los dos vapores. La goma Elzaron es el cuerpo que agarra y que coge al espíritu, moledlo todo y acercadlo al fuego, entonces se fundirá todo y si lo proyectáis sobre su mujer la totalidad se pondrá como el Agua que se destila y se congelará al aire y sólo será ya un cuerpo. Pero si lo proyectáis sobre los cuerpos imperfectos veréis maravillas. Ahí está el secreto escondido de la ciencia. Habéis de saber que los dos vapores de que acabo de hablar son las raíces de este arte y son el Kibrick blanco y la cal húmeda a quien los filósofos han dado toda clase de nombres. Pero el cuerpo fijo viene del corazón de Saturno que comprende la tintura y que perfecciona la obra de la sabiduría. El cuerpo que se obtiene de las pequeñas montañas es claro y blanco; ahí residen las Medicinas o las dos materias de ese Arte, de las cuales, una se compra y la otra se toma de las pequeñas montañas. Os advierto, Aros, que los sabios les han llamado la obra de la Filosofía, debido a que la ciencia no puede perfeccionarse sin estas cosas y es en ellas donde se realizan todas estas maravillas del Arte; pues intervienen aquí cuatro piedras y su régimen es verdadero, como ya he dicho.
“Y Hermes ha hecho diversas alegorías sobre esto en sus libros. Los filósofos siempre han prolongado su régimen diciendo que se necesita más tiempo para hacerlo que lo que en realidad precisa; e incluso han dicho que había que hacer operaciones que no son necesarias, y siempre han dicho que se necesitaba un año para su Magisterio. Lo que no han hecho, más que por ocultarlo al pueblo ignorante, haciéndoles creer que su obra no puede ser totalmente realizada mas que tras un año. También esto es un gran secreto y sólo Dios puede revelarlo; los que han oído hablar de ello no pueden realizar las experiencias porque nada saben.
“¿Me habéis entendido, Aros?
-Si, señora -dijo él-. Pero os ruego me digáis en que consiste ese vaso sin el cual es imposible.
-Ese vaso -dijo María-, es el vaso de Hermes, oculto por los Filósofos y que los ignorantes no podrán comprender, pues es la medida del fuego filosófico.
Aros dijo entonces: -Oh profetisa, decidme, os ruego, si habéis encontrado en los libros de los Filósofos, que fuera posible hacer la obra de un solo Cuerpo.
-Sí -dijo ella-, pero Hermes nada ha dicho, porque la raíz de la ciencia es un veneno que mortifica todo el cuerpo, que lo reduce a polvo y que coagula el Mercurio con su olor. Os prometo por Dios Vivo, que cuando ese veneno se disuelva en un agua sutil, sea como fuere hecha la disolución, coagulará el Mercurio en Luna verdadera, a toda prueba. Y si se proyecta sobre Júpiter lo transforma en Luna. Además, os diré que la Ciencia se halla en todos los cuerpos; pero los filósofos no han querido decir nada debido a la brevedad de la vida y de lo largo de la Obra. Ellos lo han encontrado con más facilidad, en la materia que con más evidencia contiene los Cuatro Elementos; y han multiplicado y oscurecido esta materia con diversos nombres que le han dado. No es que todos los filósofos hayan hablado de todo lo que es necesario para hacer la Obra (excepto del vaso de Hermes), porque es cosa divina y Dios quiere que sea desconocido de los gentiles e idólatras. Es tan necesario ese vaso para el Magisterio que los que no lo conocen nunca sabrán su verdadero régimen.

FINAL

El camino del cielo alquimico

EL CAMINO DEL CIELO QUIMICO

Muchas personas me acusarán de temeridad y de presunción cuando vean que me atrevo a intentar instruir a tan grandes sabios dentro del arte quimico, enseñandoles cosas que han ignorado hasta el presente, o haciendoles notar aquellas que han entendido mal, precisamente yo, que estoy tan alejado del perfecto conocimiento de este arte. Pero poco me importa el juicio que se haga de mi mientras pueda yo ser útil al común. Si los sabios encuentran aqui alguna cosa que no sea de su agrado, la sinceridad con que la escribo debiera servirme no tanto para atraer su indignación como para servirme de excusa ante ellos.
Y, ciertamente, tanto si el error me ha cegado como a otros tantos como si un trabajo mas certero me ha conducido a la verdad, lo que siempre será seguro es que muchos serán los que en el futuro se retirarán dejando atrás dispendios inútiles por trabajos infructuosos y la pérdida del tiempo que les debe ser tan precioso y querido.
El método que me he propuesto para realizar una Obra tan excelente y bella, es totalmente distinto del que los demás han seguido. En un camino tan resbaladizo, que llevó a tantos hasta el precipicio, tengo por guía al sabio Paracelso y al famoso Basilio Valentin, mil veces más docto e instruido que aquél.
Ya había resuelto disponer los vasos; había empezado la preparación del Mercurio, según la doctrina de Filaleteo, mediante múltiples lociones y trituraciones; había ya disuelto y purgado los metales con vinagres y aguas fuertes, cuando por una fortuna inesperada cayó en mis manos un libro intitulado: El gabinete hermético. Leí este libro con una avidez extraordinaria sin entender nada de él, pero tras comprender que Paracelso jamás consideró las cosas que otros habían confiado a su buena fe*, empecé a examinar con más exactitud la naturaleza de los metales, y a compararla con las experiencias que otros ya habían realizado. Tras lo cual, y ya con el espíritu más despejado, me dí cuenta de que nadie había decidido tomar una vía totalmente distinta, siguiendo la que este adepto había inutilmente recomendado a nuestro Paracelso. Dejando, pues, a un lado, todos los sentimientos adversos, me propuse esta regla certera con la cual logré alcanzar felizmente el fin de mi carrera.

Que la Piedra de los Filósofos debe ser hecha en tres o cuatro días.
Que los dispendios no pueden exceder la suma de tres o cuatro florines.
Y que un solo crisol o vaso de tierra es suficiente.

Y estimo que deben ser rechazadas todas aquellas proposiciones que no concuerden con estos tres aforismos. Provisto de una gran suerte, Basilio Valentín me ha sido de gran ayuda, pues tras representar un crisol en sus primeras claves, ordena que se debe continuar por esa vía y dejar a un lado todos los demás vasos, el fuego de lámpara, el estiercol de caballo, de ceniza, de arena y de llamas, y aplicar su espíritu a los más profundos secretos del arte.
Después de algunas ligeras pruebas, me sentía más lúcido que nunca, y comencé a observar más cosas de las que había esperado: Sí, gracias a un trabajo y a una aplicación de espíritu extraordinarios, he visto cosas que, a mi parecer, jamás nadie ha visto, ni siquiera durmiendo y en sus sueños. Algunas de ellas las he explicado en mi tratado intitulado: Los acontecimientos imprevistos y fortuitos, las cuales repetiré aquí suscintamente, añadiendo además otras muchas, con el fin de dar algunas luces a los curiosos.
He dicho que esta es una obra de tres o cuatro días, pero para hablar con más exactitud debo decir que hay una obra que dura tan sólo tres horas, pues la obra es doble y dividida en dos, como sucede también con aquello que han llamado la Piedra de los Filósofos. Y, en efecto, es un gran error y muy frecuente entre los químicos, decir que la Piedra filosofal no es tal sino cuando ha alcanzado la absoluta perfección, es decir, cuando a partir del fermento de la Luna o del Sol, es preparada por la multiplicación. Pues existe otra (Piedra) que es imperfecta y que Basilio llama Todo en Todo, y de la cual nos ofrece el método en sus diez primeras claves, en la undécima nos da el método para aumentarla y en la duodécima su entera multiplicación. Yo la llamo imperfecta por su comparación con la otra, que es perfectísima, pero, no obstante, es perfecta en sí y de naturaleza perfecta, cosa que pobaré fácilmente por la autoridad de Bernardo el Trevisano y la de otros adeptos que han escrito sobre ella.
Esta primera obra es, pues, llamada la obra de las tres horas, y también de los tres días, pero de tres días filosóficos, como indicaré a continuación.
La segunda obra llega a su término en el espacio de tres o cuatro días naturales; y este inmenso tesoro que es buscado por los hombres avaros con tanto trabajo y dispendio, puede ser adquirido en este poco tiempo, sea al blanco o sea al rojo, pues la diferencia del fermento, o si lo prefieren, la adición del azufre del oro o de la plata en nuestra primera piedra, acaba y perfecciona la segunda.
Para el que observa el tiempo, lo dicho por Paracelso es muy verdadero. Los filósofos, dice, se entienden bien cuando hablan de los tiempos. Todo el mundo se encuentra en este punto extremamente confuso y rodeado de tinieblas. Hagamos un esfuerzo para disiparlas y para descubrir cosas que parecen estar hundidas en abismos impenetrables.
El año de los filósofos no es sino el ciclo solar realizado por el sol filosófico cuando por el zodíaco recorre la tierra.
EL mes filosófico es el de la luna.
La semana el de los siete planetas.
Y el día, el de la luz y las tinieblas.
El mundo es la misma materia.
El zodíaco que contiene los doce signos celestes, representa los doce trabajos del Hércules filosófico, que ya mostré en mi tratado de los acontecimientos imprevistos, estre* el sol; es decir, el ácido, cuyo curso da término al año filosófico mientras la materia se encuenra en fusión en el interior del vaso.
La Luna es el álcali, cuyo curso penetra toda la materia fundida, y uniéndose con su hermano el so, da término al mes sinódico.
La semana nos es explicada por Basilio Valentín en sus seis primeras claves, con la salvedad de que no nos habla del Mercurio que Filaleteo nos muestra como su gobernante, siendo la semana regida por su autoridad*.
La primera clave nos designa a Saturno, al agua y a la tierra; la segunda a Júpiter, al aire y al fuego; la tercera a Marte; la cuarta a la luna; la quinta a Venus; la sexta al sol perfectísimo, y a la unión íntima de los cuatro elementos. Nuestro Rey, nos dice, en su primera clave pasa por seis mansiones diferentes, y yo descanso en la séptima. Así pues, cuando la materia ha fundido lentamente en el vaso por la fuerza de su espíritu, entonces se purga por completo; por ello se convierte en su propio vinagre, del mismo modo que los metales tienen por costumbre formarse en el interior de las minas, pues antes el espíritu mercurial se coagula, se encierra* y se endurece en saturno. Por ello dice nuestro autor en algunas partes: Sólo el saturno fija el mercurio. Cuando el saturno ha sido purgado por otra circulación, se convierte en júpiter, de él se hace marte, a continuación la luna, después Venus y, finalmente, el sol, es decir, la obra perfecta. Según este mismo ciclo se deja ver el día de los filósofos, pues lo que está escrito acerca de la creación del gran mundo, a saber, que las tinieblas estaban sobre la tierra, y que se encuentra extensamente explicado en mi tratado, del que ya hablé más arriba, así como aquel pasaje en el que está dicho: la luz fue hecha en el primer día, exigen que su verdad sea observada mediante alguna experiencia*.
Triturad el antimonio en un mortero filosófico y cribadlo, es decir, fundid el antimonio en un crisol, removiendo y golpeando el crisol*, hasta que el régulo* se deposite en el fondo; y si trabajáis según conviene, vuestro régulo se verá estrellado desde la primera fusión, obteniendo de este modo la luz después de las tinieblas y una luz celeste, y esto si por medio del pequeño comentario que os ofrezco a continuación y que os abrirá el cielo químico, sois capaces de comprender lo que es el cielo, pues este cielo extendido colorea los campos de púrpura y se reconocen en él los astros y el sol.
Pero esto cuando aún falta para la llegada del mediodía, apenas el día comience a asomar, pues nuestro Hércules espera que las tinieblas, en las que él se encuentra como amortajado*, sean disipadas, para regocijarse entonces de la fulgurante luz del mediodía. Por ello los poetas le han llamado su caos, pues es en el antimonio en donode todas las cosas se encuentran primeramente confusas, se separan y se dividen por la sola fusión, de modo tal que podríais creer con facilidad que Ovidio hubiera tomado de esto el sujeto de sus Metamorfosis.
También se ve muy claramente que no es posible usar un vaso de cristal para la preparación de la materia, sino que se debe utilizar un crisol o un vaso de tierra que resisten el fuego; y el fuego debe ser constante*, no como el de lámpara, sino como el que se encuentra unido al mercurio, el cual se perfecciona y alcanza su término por un movimiento constante y continuado; en cuanto a los otros fuegos, conviene interpretarlos de un modo distinto al que acostumbra el vulgo.
Así se debe empezar por comprender qué es la circulación, la sublimación, la trituración, la digestión, y todas las demás operaciones químicas, en qué medida son distintas de las vulgares y con qué facilidad y en qué poco tiempo pueden ser ejecutadas. De este modo podrá entenderse el sentido del enigma de Hermes cuando pide que las cosas superiores sean como las inferiores, y las inferiores como las superiores; también podrá comprenderse qué es lo que el viento lleva en su vientre y qué significa que el sol es su padre y la luna su madre*. Y ya no volveréis a ignorar cuál es esta agua seca que no moja las manos.
Y, en fin, vosotros, seáis quienes seáis, los que aún dudáis de lo que os digo, fundid solamente el antimonio y aplicaos a ver exactamente lo que acontece; y veréis en él todas estas cosas, veréis en él las palomas de Filaleteo, oiréis el canto de los cisnes de Basilio y este mar de los filósofos del que he hablado extensamente en mi tratado de los acontecimientos fortuitos e imprevistos.
Es conveniente que os hable ahora de los dispendios necesarios. Yo, que prefiero el conocimiento de la piedra filosofal, sin espíritu de sacar provecho alguno de ella, a esta misma piedra tingente hasta el infinito*, no pretendo sufrir los reproches secretos de aquellos que me acusarán de aprovecahrme de los trabajos de otros. Y porque ha sido la divina bondad la que me ha formado, me siento dichoso por los escasos bienes de los que dispongo, y percibo aún una dicha mayor y mucho más perfecta* cuando en la entera sinceridad de mi confianza* muestro a los demás como con los dedos*, el camino de enriquecerse.
Haced fundir, como ya os dije antes, el antimonio hasta obtener un régulo* estrellado, sin mezclar en él marte, pues nuestro rey entra solo y sin satélites en la Fuente; entonces tendréis todas las cosas: ya lo he dicho muchas veces, lo tendréis todo y nada.
Para mostraros que marte no debe entrar en la composición del régulo*, he aquí una experiencia que os convencerá de ello. Fundid régulo* de antimonio y de marte, y agregad la mitad de su peso de luna; y cuando todas estas cosas estén bien fundidas, vertedlo todo en agua fuerte, entonces veréis un polvo negro que precipitará en el fondo, como la que Becker encontró en su mina arenosa. Y este polvo, sea cual sea la industria que tengáis entre manos*, y sea cual sea el artificio del que os sirváis, no puede fundirse en oro, porque se trata de marte totalmente puro.
Así pues, aquellos que creen que en la composición del régulo* no interviene más que el espíritu sulfuroso de marte, tropiezan groseramente. Yo he hecho la prueba con oro muy puro: he introducido veinte gramos de oro en una copela; una vez fundidos he agregado poco a poco régulo* de marte, y de todo ello he obtenido treinta gramos de oro, y de este modo mi oro ha sido aumentado en una tercera parte* tras haber resistido la prueba del fuego. Pero he visto que mi oro era frágil a causa de las partes de marte que le fueron unidas; y por un método secreto separé mi oro purísimo obteniéndolo en el mismo peso que al principio.
Pero volviendo al dispendio necesario, ¿acaso es un desembolso excesivo el que supone tomar una libra de antimonio, media libra de tártaro y de sal nitro y hacer fundir todo esto en un crisol y, una vez purgado hasta la aparición de la estrella, añadir una parte de oro o de plata?*
Y si alguno cree que permanece en el error porque no le he mostrado lo poco que falta para lograr la piedra filosofal, y sin lo cual, a decir verdad, todo lo que he dicho es inútil, que piense que jamás se enseñan todas las cosas a la vez y en un mismo tiempo; vendrá un día en el que descubriré el misterio entero, y haré ver que no hay más vía verdadera que la nuestra, ni que se realice con más premura ni con menos coste. Y para dar alguna satisfacción a las prisas que se puedan tener, añadiré una experiencia que facilitará el medio de llevar su espíritu hasta la búsqueda más profunda de este arte.
Haced un régulo* de marte y de oro o plata; tomad una parte del uno y del otro, y poned la de oro sobre una pieza de plata, y la de plata sobre una pieza de cobre; enrojeced estas piezas sobre una teja: el antimonio se exhalará; al instante veréis que vuestra pieza de plata se encuentra teñida y penetrada por un intenso color rojo, y la de cobre teñida y penetrada de color de plata. Y si colocáis sobre una teja una pieza de plata, sobre la que se encuentra el régulo* de oro, colocando un poco por encima otra pieza de plata de manera que cubra a la otra sin tocarla y cuidando que no caiga ceniza sobre ella, la pieza de plata que se encuentra más arriba adquirirá el color del oro por medio del régulo* solar que, en su fusión, se lleva el oro y lo volatiliza. Por este medio se puede obtener un oro potable más* perfecto que el vulgar: esto es lo que puede ser llamado el verdadero oro de los filósofos.
He mostrado a mis amigos dos de estas piezas de plata y de cobre, bellísimas y perfectísimas, y cuando fui a Italia, al pasar por Berlín, las ofrecí como presente al Serenísimo Elector Federico Guillermo, mi soberano Señor, quien mostraba gran curiosidad por las cosas raras*.
Sigo adelante* para decir una cosa no menos notable. Fundí plomo al que añadí una parte de régulo* solar, y vi, no sin admiración, que ese plomo no se reducía en escoria, aunque permaneciese mucho tiempo en el fuego; al contrario, apareció como purgado de sus impurezas y, en cierto modo, cambiado o transmutado.
Este régulo*, bien preparado, contiene, pues, el verdadero oro potable de los filósofos, el cual es ávidamente bebido*, no por hombres como nosotros, sino por el hombre químico, y por los animales; y su mercurio, íntimamente unido al oro y a la plata, dona la amalgama filosófica.
Aún puede observarse otro misterio en la preparación, es la manteca* de antimonio filosófico. La comparación que hace Basilio Valentín en su Carro Triunfal del Antimonio, puede ser con justicia recordada aquí*: dice que la piedra de los filósofos se hace de la misma manera en la que nuestros aldeanos hacen manteca y queso a partir de la leche. Nuestra vaca es el antimonio, cuya leche, que es el régulo*, una vez agitado, da lugar a la manteca, que no es otra cosa que el azufre rojo; y este azufre es una verdadera manteca de antimonio. Por lo que hace al resto, cualquiera puede explicarlo con facilidad.
Pero alguno podría decirme que Basilio Valentín quiere que se tome el vitriolo para hacer la piedra, y no el antimonio. Pero pensad (como pide él mismo) ¿Qué cosa es el vitriolo sino un azufre?, y el antimonio, ¿qué cosa es sino el mercurio?* En la actualidad* se concibe con acierto lo que es el antimonio y el vitriolo de los filósofos, y es éste uno de los secretos más importantes, hasta tal punto que si lo ignoráis, todo vuestro trabajo será inútil. Aún hay otras muchas cosas, pero la entrada es difícil: yo os ayudaré en la medida que me sea posible, y como hizo el sol en la fábula, advertiremos a nuestro Faetón de temer y temblar siempre hasta el final de su carrera, con el fin de gozar un día de los frutos de las Hespérides. Comenzaré por el principio*.
El antimonio purísimo es la primera materia, tan ardientemente deseada y buscada con tanto cuidado por tantas gentes; es decir, que en el antimonio hay cierta humedad aérea, maravillosamente mezclada de calor, del cual ya hablé la principio y muchas veces en algunos pasajes de mio Acontecimientos imprevistos. Esta materia está dispuesta y gobernada por los rayos del sol y de la luna de los filósofos en su mar, y es conjuntada con el calor seco de su tierra.
He aquí lo que produce nuestra materia segunda, nuestro hombre químico, del cual he prometido que explicaría sus enfermedades, así como la devolución de su perfecta salud a través de los remedios que Basilio Valentin me ha indicado en su Carro Triunfal del Antimonio, si Dios me concede ocio suficiente*.
Tenéis ante vosotros el huevo que contiene y encierra el blanco y el amarillo, del que un día debe nacer* un pequeño gallo que mediante su agradable canto despertará por la mañana a los verdaderos amantes de la química.
Creo que son muy pocos los que no han notado que entre los jeroglíficos de los dioses de la antigüedad, el gallo está particularmente consagrado a mercurio. Albricus, en su pequeño Tratado de las Imágenes de los Dioses, dice estas pocas palabras al hablar de Mercurio: Había frente a él un gallo que le estaba especialmente dedicado. El gallo es, pues, el signo y la señal del mercurio, mercurio que los químicos vulgares tienen frecuentemente en su boca pero rara vez entre sus manos, y jamás en la mediación de su espíritu; y sin embargo el mercurio es su Todo: pero mientras busquen ese Todo en el mercurio vulgar, jamás encontrarán nada.
El verdadero y simple mercurio de los filósofos es, pues, aquel del cual he dicho antes que es húmedo, aéreo, cálido, espíritu volátil, el hermafrodita Ovidio, el ácido y el álcali volátil, el mercurio doble unido al azufre y a la sal filosófica, o al ácido y al álcali fijo: aquello que se forma cuando se unen ambos en régulo* siendo rechazadas las heces y las inmundicias. Pero aún no es puro; es necesario que el rey entre en su baño filosófico y se lave; que muera en él; que se vivifique en él; y que una vez revestido de su manto de púrpura, se siente sobre su trono.
Acudid, pues, prestos aquí, vosotros, químicos mercuriales que atormentáis incesantemente mis oídos con vuestras fijaciones y coagulaciones del mercurio vulgar; aprended de esto que os he dicho lo que es el mercurio filosófico, su fijación, su coagulación, su precipitación, su sublimación y su revificación, pero aprended antes qué es lo que los filósofos entienden por morir.
Sin duda habéis visto alguna vez muertos o moribundos; ¿acaso no habéis observado que una vez extinguido el espíritu cálido volátil que tiene por costumbre* penetrar todos los miembros del cuerpo y vivificarlos, la sangre se aglutina y se coagula en el cadáver? Del mismo modo, la muerte, según los filósofos, no es sino la coagulación y fijación de la materia volátil.
Y pues, ¿acaso el régulo* no es volátil? Fijadlo y estará muerto. Pero ¿está un cadáver en estado de entrada en una nueva habitación? ¿Acaso no permanece en su sepulcro en paz y en reposo eternos, según he leído muchas veces en las inscripciones de los viejos? ¿Acaso no permanecen en la tumba hasta el momento de ser resucitados por una potencia divina*? Del mismo modo, nada fijo entra en los otros cuerpos metálicos. Devolved la vida a este cuerpo: es decir, desde el fijo en el que se ha convertido, convertidlo de nuevo en volátil, entonces entrará con facilidad*. Hay, al decir del poeta, un calor y un espíritu vital en el cuerpo que nos abandona con la muerte.
En fin, ¿de qué color son los cuerpos muertos? Según los poetas la muerte es violeta, o más bien negra; y la vida, ¿acaso no es de una blancura como la de la luz? Entonces sabéis que quieren significar los filósofos con ennegrecer y blanquear. ¿Y es que alguien ignora aún lo que es el ornato blanco de los ángeles?, incluso los niños con apenas uso de razón los reconocen al verlos pintados con sus alas. Y si tienen alas, sus espíritus son, pues, volátiles.
Vosotros, los que buscáis con una aplicación extrema vuestros diversos colores en vuestros vasos, venga, alejaos*. Vosotros, los que atormentáis mis oídos con vuestro cuervo negro, estáis tan locos como aquel hombre de la antigüedad que acostumbraba a aplaudir en el teatro, aunque estuviese solo, porque siempre se imaginaba que tenía ante sus ojos algún nuevo espectáculo. Lo mismo hacéis vosotros cuando, vertiendo lágrimas de dicha, imagináis que véis en vuestro vaso a vuestra blanca paloma, a vuestra águila amarilla y a vuestro faisán rojo, venga, alejaos de mí si buscáis la piedra filosofal en una cosa fija, pues ella no penetrará los cuerpos metálicos más de lo que penetraría el cuerpo de un hombre del mundo unas sólidas murallas.
Leemos en la Santa Escritura que el ángel abrió las puertas de la prisión al querer extaer la piedra santa*, pero no le fue necesario abrirlas para entrar en ella. Leemos también que Jesucristo entró en la asamblea de los apóstoles estando las puertas cerradas, pero esto fue después de su gloriosa resurrección. Comprended, pues, a través de estos ejemplos aquello de lo que el razonamiento no ha podido hasta el presente persuadiros. ¿Queréis aún alguna cosa más? ¿Por qué, os pregunto*, envolvéis vuestro polvo en la cera cuando queréis hacer una proyección? ¿Por qué calentáis vuestro mercurio o fundís vuestro plomo antes de añadir vuestro polvo? ¿Por qué sometéis a un buen fuego de supresión* a vuestro crisol mientras el fuego es dulcísimo* en la parte inferior? ¿Por qué, en fin, continuais manteniendo con un fuelle un fuego fuerte durante media hora, si no es afin que vuestra materia volátil penetre prontamente el mercurio o el saturno, y no se evapora antes de la transmutación?
He aquí lo que tengo que deciros acerca de los colores, a fin de que en el futuro abandonéis vuestros trabajos inútiles, y a lo que añadiré una palabra referente al olor.
La tierra es negra, el agua es blanca, el aire, cuanto más cercano está al sol, más se amarillea, el eter es rojo por completo. Del mismo modo la muerte, como ya ha sido dicho, es negra, la vida está llena de luz; cuanto más pura es la luz, más próxima se encuentra de la naturaleza angélica, y los ángeles de puros espíritus de fuego*.
¿Acaso el olor de un cadáver no es enojosa y desagradable al olfato? Así el olor hediondo en casa del filósofo denota la fijación; por el contrario, el olor agradable señala la volatilidad, porque se aproxima a la vida y al calor. Plutarco recuerda en cierto lugar que el olor desprendido por los hábitos de Alejandro el Grande después de realizar algún ejercicio violento, era muy agradable. Así, cuanto más puro y cálido es el aire de un país, más odoríferas son las hierbas que crecen en él. La Arabia feliz nos proporciona certeras pruebas de ello: el arte imita hasta tal punto la naturaleza, que los excrementos más hediondos del cuerpo humano adquieren un agradabilísimo perfume por una simple digestión y con la ayuda de un fuego proporcionado ¿qué es sino la algalia?. En consecuencia, tenemos necesidad del socorro del fuego. Basilio y los demas adeptos tienen muchos tipos de fuego: hay un fuego celeste y hay un fuego terrestre, aquel es el del espíritu volátil, este el del cuerpo fijo; uno es el del Sol superior, el otro es del sol inferior, como afirma Sendivogius y como dice Cicerón, de este género es aquel que se encuentra contenido en el cuerpo de los animales y que es llamado fuego vital y salutífero, que conserva todas las cosas, las nutre, las aumenta, las sostiene y las capacita para el sentimiento: pero lo que admiraréis, sin duda, es que hay un fuego frio del mismo modo que hay un fuego caliente; ese fuego frio es mercurial, volátil y femenino. El fuego cálido es sulfuroso, fijo y macho. Y además de eso, todavía hay otros fuegos, que son los que estan ocultos en la materia, que los quimicos vulgares creen que son externos y en eso se engañan. Basilio discurre a este respecto muy largamente. Tambien hay fuegos externos, entre los que podemos contar el fuego del juicio final, es decir, el fuego de prueba que se opera por medio de Saturno en la copela, por eso Basilio lo llama Juez Soberano, de igual manera que en el cielo es el planeta mas alejado y mas elevado por encima de nuestras cabezas.
Todavía hay el fuego de Etna, o infernal, del que os hablaré en otra parte, por temor de fatigaros con una lectura demasiado extensa, y para refrescaros un poco os voy a ofrecer vinagre, pero del vinagre destilado muy agrio, con el que podréis (cuando os parezca bien) preparar la tintura de coral, es decir, el acido o el azufre fijo, o bien os prepararéis perlas, es decir, el alcali, y beberéis para fortaleceros del vino o espíritu de vino antimonial: si a todo esto preferís la medicina universal, podréis tomarla con el bálsamo filosofico, no hay ningun otro licor alkaest que pueda disolver todas las cosas sin perdida ni disminución de sus fuerzas: es el Alkaest de Paracelso, totalmente espiritual, agua celeste, y nuestra agua fuerte, etc. Hacia el fin del otoño beberemos el nectar y la ambrosía contenidos en el cielo quimico, pero filosoficamente y del que apenas se han ofrecido los primeros fundamentos. Seas quien seas quien leas esto, deseo que te sea provechoso y te digo adios.
Amsterdam, el día que sigue a las Calendas de setiembre del año 1688

ADAN O EL PROCESO EN FORMA DE MISA

ADAN O EL PROCESO EN FORMA DE MISA
Nicolas Melchor Cibenensis

(a Ladislao, rey de Hungría y Bohemia)

INTROITO DE LA MISA:
(Bajo tono, alegrémonos y deberá ser cantada)

El fundamento del arte es la disolución de los cuerpos, que deben disolverse, no en agua de las lluvias, sino en agua mercurial, de la cual nace la verdadera Piedra filosofal.

VERSICULO:
(Entrada del vitriolo y de la sal vítrea, partes iguales, dando testimonio de la disolución):

Gloria al Padre y al Hijo por el Espíritu Santo.

KYRIE:

Fuente de bondad, inspirador del sagrado arte del cual proceden todos los bienes de los fieles, ten piedad de vosotros.

CRISTO:

Santo, Piedra bendita del arte de la ciencia que por la salvación del mundo inspiraste la luz de la ciencia para extirpar a los turcos, ten piedad de nosotros.

KYRIE:

Fuego divino a vuestros corazones para que podamos extender los secretos del arte para tu alabanza, ten piedad de nosotros.

GLORIA IN EXCELSIS:
(bajo tono doble, cántese al dios fuerte)

COLECTA:

Dios dador de toda bondad, principalmente al fin de los tiempos, por sólo tu bondad y sabiduría, a tu siervo N.N. no por sus méritos por tu infalible piedad inspiraste la luz sagrado arte de la Alquimia, te rogamos concédenos que lo que recibió del don de tu majestad le aproveche a la salud de su cuerpo y de su alma, y con el mismo mortifique todos los vicios e infunda la gracia de la virtud, para que emplee fielmente el sagrado arte sólo para la alabanza y gloria de tu nombre y para la propagación de la fe cristiana. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

EPÍSTOLA:

¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!

GRADUAL:

¡Levántame Águila y ven austro: cuida a mi huerto y fluirán sus aromas!

VERSÍCULO:

Desciende como la lluvia sobre las hojas de los árboles y como las goteras que destilan sobre la tierra. Aleluya.
¡Oh feliz creador de la tierra, más blanco que la nieve, más dulce que la suavidad, resplandeciente en el fondo de un vaso a modo de bálsamo! ¡Oh medicina salvadora de los hombres, que curas en breve tiempo todos los padecimientos del cuerpo y das término a la vida larga, renuevas la naturaleza humana, pones en fuga la pobreza, distribuyes la riqueza, rechazas la tristeza y conservas la vida sana! ¡oh fuente divina de la cual surge la verdadera agua de la vida para premio de todos tus fieles! ¡Aleluya!

SECUENCIA DEL SANTO EVANGELIO:
(tono bajo, cántese “Ave preclara”)

(La cual quiero que se llame el testamento del arte, porque todo el arte de la Alquimia está oculto bajo palabras misteriosas. Y bienaventurado el que entienda esta secuencia) ¡Salve, oh luz preciosa del cielo, luz radiante del mundo! aquí te unes con la luna, se hace cópula marcial y la conjunción de Mercurio. De estas tres cosas principalmente por el lecho del río, nace aquel gigante fuerte, al que buscan millones mediante el magisterio del arte. Disueltas las tres, no en agua de nube (pues por ella nunca se enmienda nuestra goma) sino convertidas en Agua Mercurial, esta goma nuestra bendita, disuelta por ella misma, ya tienen el nombre de esperma de los filósofos. Ahora mismo se dirige a copular, a desposarse con una esposa virgen, y a impregnarse en el baño mediante la templanza del fuego. Pero la virgen no se impregna de repente, a no ser que se la dé un beso con abrazos reiterados. Entonces es concebido en la matriz, y así se procrea un feto feliz, y esto en el orden de la naturaleza. Entonces en el fondo del vaso aparece Etíope, fuerte, enteramente quemado, descolorido, calci-nado, y completamente muerto, careciendo de vida, ya ruega ser enterrado y ser regado con su humedad y calcinarse suavemente, hasta que de la fortaleza del fuego aparezca blanquísimo. Pero con frecuencia primero toma una bebida, que derramada toda en el aire, cuando ya está lavada por sí mismo en la perseverancia del fuego. Ahora por fin se hace agradable, renacido del propio sudor, y queda limpio del cuerpo antes tenebroso. He aquí la admirable generación del Etíope, o renovación, de aquí vindica para sí un hombre nuevo, por el Lavado de la regeneración, que los filósofos llaman azufre de la naturaleza, y al hijo de aquellos que es la Piedra de los filósofos. Pero está la ceguera de los fatuos que han sido engañados por la ignorancia de la filosofía natural, por la repugnancia del fuego.
¡He aquí que la cosa es una sola, la raíz una, una la esencia, a la que nada extraño se añade, sino que sólo se quita lo superfluo, mediante el magisterio del arte! Sólo sigue ser fortalecido, fermentar por su naturaleza, ser regado con su agua, ser destilado moderadamente después que ha bebido suficiente. Y entonces empieza a reinar y a luchar contra la fuerza del fuego, y quiere subir al cielo, y ser coronado con diadema, después humilla a todos sus enemigos y rebeldes y los somete a su imperio. ¡Este es el tesoro de los tesoros, la suma medicina de los filósofos, el celeste secreto de los antiguos, bienaventurado el que lo encuentre! Quién vio tales cosas, las escribe y las dice abiertamente, y sé que es verdadero su testimonio. Sea Dios bendito por los siglos de los siglos por Nuestro Señor Jesucristo. Amén .
(Dígase el Evangelio de San Mateo y San Lucas 10)
“Te alabo, Señor Dios, padre del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo, y las rebelaste a los pequeños”.

CREDO IN UNUN…
(dígase siempre)

OFERTORIO

La Piedra que rechazaron los constructores, se ha convertido en la piedra angular, esto ha sido hecho por el Señor, y es admirable a nuestros ojos.

SECRETA

Omnipotente Dios, por la saludable víctima que ardientemente inmolamos a tu majestad, rogamos suplicantemente tu clemencia, para que este nuestro artificio para honor de tu nombre y del bendito arte de la Alquimia, se haga siempre dedicado a tu glorioso nombre y consagrado a la saludable reforma de la Iglesia Universal, por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

COMMUNE

A nuestro Rey que viene del fuego iluminado y coronado con diadema, a éste honrad perpetuamente.

COMPLENDA

Recibimos Señor de nuestra salvación, el auxilio a la debilidad, y dando gracias a tu majestad te rogamos que nos aproveche para la salvación del alma y del cuerpo, y sean extirpados los turcos, y sirva para el fortalecimiento de la fe cristiana, por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

ITE MISSA EST, ALLELUIA.

FINAL

la piedra de toque

LA PIEDRA DE TOQUE
O
PRINCIPIOS DE LOS FILOSOFOS

que deben servir de regla para la obra

I
La naturaleza ha dejado algunos seres imperfectos, ya que no ha formado la piedra, sino tan sólo su materia que, en verdad, no puede hacer lo que hace la piedra después de su preparación porque se encuentra impedida por obstáculos accidentales.
II
La sustancia que se busca es la misma cosa que aquella de donde se la debe sacar.
III
Esta identidad es específica, es decir, no existe más que en relación a la especie; no es particular o numérica.
IV
De la unidad sacad el numero ternario y volved el número ternario a la unidad.
V
Toda cosa seca bebe su húmedo.
VI
no hay más agua permanente que aquella que es seca y que se adhiere a los cuerpos, de modo que si esta huye, los cuerpos huyen con ella y esta les sigue si ellos huyen.
VII
quienquiera que ignore el medio de destruir los cuerpos ignora también el medio de producirlos.
VIII
todas las cosas que se resuelven por el calor se coagulan con el frio y reciprocamente.
IX
la Naturaleza se regocija en su naturaleza, la Naturaleza mejora la naturaleza y la lleva a su perfección.
X
es necesario para la conservación del universo, que cada cosa desee y pida la perpetuidad de su especie.
XI
en las producciones fisicas perfectas, los efectos son semejantes y conformes a la causa particular que los produce.
XII
no es posible que se haga ninguna generación sin corrupción y en nuestra obra la corrupción y la generación son imposibles sin el cielo filosofico.
XIII
a menos de intervenir en el orden de la Naturaleza, no engendraréis el oro a menos que previamente no haya sido plata.
XIV
la solución de los cuerpos es la misma cosa que su congelación, si solo se considera el menstruo y el momento de la solución.
XV
si habéis disipado y perdido el verdor del mercurio y el rubor del azufre, habéis perdido el alma de la Piedra.
XVI
en nuestra obra no entra nada extraño; no admite y no recibe nada que venga de otra parte.
XVII
las soluciones filosoficas evitan al cuerpo disuelto sus impurezas naturales, que no pueden ser hechas sensibles por ningun otro camino.
XVIII
todo agente exige una materia preparada; por esta razón un hombre no puede engendrar con una mujer muerta.
XIX
en la obra la hembra disuelve al macho y el macho coagula a la hembra.
XX
el mercurio de los filósofos es su compuesto muy secreto, o su Adán, que lleva y esconde en su cuerpo a Eva su mujer, la cual es invisible; pero cuando llega del blanco, esta se vuelve macho.
XXI
los filósofos han dicho sabiamente que el mercurio encierra todo lo que hace el objeto de la busqueda de los sabios.
XXII
que vuestro calor sea continuo, vaporoso, digerente, circundante y que sea traido a traves de un medio.
XXIII
tened cuidado con el orden en que aparezcan los colores críticos, que el uno no adelante al otro y que cada cual se presente a su vez.
XXIV
estos colores críticos son cuatro: el negro y el blanco, el citrino y el rojo perfecto. Algunos filosófos les han dado el nombre de elementos.
XXV
si el color blanco precede al negro habéis fallado en el régimen del fuego y si el rojo aparece antes del citrino, es un indicio de una sequedad excesiva de la materia.
XXVI
tened el mayor cuidado de que la negrura no aparezca dos veces: cuando los cuervecillos se han ido volando una vez de su nido, no deben entrar más allí.
XXVII
tened también cuidado con que no se rompa la cascara del huevo, que no se agriete, que no deje pasar el aire; sin lo cual no harías nada de bueno.
XXVIII
el fermento no está compuesto más que de su propia pasta; así no mezcareis el blanco con el rojo, ni el rojo con el blanco.
XXIX
si no teñís el mercurio, no teñirá.
XXX
es preciso que los cuerpos o metales inferiores que se quieren transmutar en oro o en plata por la proyección, estén vivos y animados.
XXXI
cuanto más perfectos sean los cuerpos, más recibirán y se cargarán de tintura.
XXXII
si la piedra no ha sido fermentada por lo menos dos veces, no podrá dominar o subyugar el mercurio de los cuerpos y cambiarlo en su naturaleza.
XXXIII
si se emplea demasiada tintura en la proyección, el cuerpo inferior tomará demasiada fijeza y no podrá entrar en fusión; si hay demasiado poca, solo se teñirá debilmente.
XXXIV
nuestra piedra, antes de ser capaz de teñir los metales, expulsa las enfermedades de su género, proporcionadas al grado de perfección que ha adquirido.
XXXV
Cuando ha llegado a una blancura fija y permanente, cura las enfermedades lunares y cuando está roja, las enfermedades solares. Pero esté preparada de una u otra forma, las enfermedades astrales se le resisten, porque están absolutamente sometidas a la fatalidad.
XXXVI
los sabios alejando a los profanos no admitirán más que a los elegidos en sus misterios sagrados; una vez posean este raro presente de la sabiduría divina, darán gracias al Ser Supremo, y se colocarán todos bajo el estandarte de Harpócrates.

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