Un viaje mágico con Carlos Castaneda. Millenia Press

Castaneda, Margaret Runyan. Un viaje mágico con Carlos Castaneda. Millenia Press (1977).

Crítica del libro por Sandy McIntosh
traducción por José González Riquelme

Un Viaje Mágico con Carlos Castaneda de Margaret Runyan Castaneda (N. del T.: Publicado en España por Editorial Obelisco, Barcelona, 1999) es un material valioso, pero también un libro difícil por varias razones. Parece haber sido compuesto con notas escritas en distintos momentos. Estas notas parecen, alternativamente, confirmar o negar la validez de don Juan y del resto de la empresa de Castaneda, lo cual contribuye a presentar un punto de vista inestable que desconcierta al lector. Por ser la esposa de un matrimonio antiguo y, según leemos, habiendo sido menospreciada repetidamente por Carlos, es razonable esperar que Margaret tenga un cierto interés personal en el tema. Sin embargo, al no definir nunca su posición, no sabemos cómo tomar su historia. De todas maneras, ciertos elementos de la historia nos presentan un aspecto de Castaneda que probablemente no podamos ver en ningún otro sitio. Según Margaret, Castaneda tenía como norma inventar su historia personal mucho antes de “encontrarse” con don Juan y pregonar el “Camino del Guerrero”, el cual, esencialmente, consiste de una amalgama de ideas convincentes procedentes de varias fuentes y de dudosos hábitos personales que trató de disfrazar de virtudes. El carácter de estas virtudes es, según un comentario de Calixto, engañoso, egoísta, centrado en sí mismo, narcisista, con ambición de poder, distante, frío, no comunicativo, arrogante, “despiadado”, y autoengañado. El Carlos de Margaret de los años 50 y principios de los 60 es un joven inmigrante pobretón pero ambicioso, con grandes inclinaciones artísticas, y muy sensible sobre su diminuta estatura física, pero con mucha seguridad en su habilidad para cautivar y manipular a las mujeres con mentiras grandiosas sobre su supuesto pasado heroico y sobre su presente misterioso y fascinante.

Castaneda, el hábil manipulador, se muestra como tal en una de las historias de Margaret sobre el Carlos de la época anterior a “don Juan”. Según Margaret, una vez cuando Carlos era estudiante en Los Angeles Community College le dijo que una chica rubia y bonita, que asistía a una de sus clases, se había entusiasmado con él y lo perseguía adonde quiera que fuera. Carlos dijo que la chica le había dicho que quería darle un regalo de Navidad. Esto molestó a Margaret, por supuesto, pues nunca se sentía segura de los fluctuantes afectos de Carlos. Después, cuando los dos iban en el coche de Carlos, un Chevrolet del 54, por Los Ángeles, él se volvió de repente y señaló vagamente hacia la acera.

“—¡Allí! —agitó su dedo en el aire—. ¡Aquella es la chica de la que te hablé! Esa es la chica que quería hacerme un regalo.

—¿Dónde? ¿Dónde está? —me di la vuelta en mi asiento. Había docenas de personas en el centro de la ciudad, docenas de rubias jóvenes—. No la veo. ¿Cuál es? No la veo.”

Carlos estaba silencioso. Finalmente, Margaret le preguntó el nombre de la chica. Carlos lo pensó rápidamente y contestó que su nombre era “Sue Childress”. Algún tiempo más tarde confesó que se había inventado el nombre de la chica. Le había dado el nombre de pila de la madre de Carlos, y el apellido de soltera de la madre de Margaret, Childress.

Pero Margaret no estaba segura de que ni siquiera ahora estaba diciendo la verdad. Gracias a los medios de que disponía como empleada de una compañía telefónica, Margaret buscó a todos los Childress en la zona, encontrando finalmente una guía telefónica con una Childress llamada Sue. Decidió llamar a esta Sue Childress y averiguar si era o no la persona de la que Carlos le había hablado. Sue Childress negó conocer a alguien con la descripción de Castaneda, pero de todas maneras accedió a reunirse con Margaret y Carlos en un restaurante.

Cuando Margaret le cuenta a Carlos lo que ha hecho, Carlos se mostró divertido.

“—Oh, ya sabes, no hay ninguna Sue Childress —dijo—. Mira, simplemente me inventé el nombre.

Me miró con aquellos traviesos ojos negros…

—Me lo he inventado todo —dijo—, era mentira. Puedes entenderlo, ¿no?”

Margaret estaba resuelta a seguir adelante con su descubrimiento, pero Carlos ya no la escuchaba. De repente se había quedado absorto. Ella lo cuenta así:

“Estaba de pie, en el centro de la habitación, con los brazos y las piernas muy rígidos. Era así como se ponía cuando estaba excitado. Cerró los ojos y, por un momento, comprendió. Yo había creado a Sue Childress, o para ser más precisos, había dispuesto los eventos de un modo tan radical que le había permitido aparecer en nuestra vida. Y lo había hecho todo con aquella insistencia mía, aquella determinación de acero para hacer que las cosas se convirtieran en realidad… Él se imaginaba un personaje, me lo decía, y yo le entregaba a cambio un ser humano real. Claro está que lo que aquí estaba operando era la propia lógica extraña de Carlos, y yo no la comprendía.”

Carlos se sienta entonces en un sofá, agarra un cuaderno y se pone a esbozar un retrato de Sue Childress.

“—No es una mujer baja, pongamos 1,70. Es rubia, pero tiene los ojos oscuros y una cara preciosa, ¿ves? —dijo mostrándome un esbozo en blanco y negro del aspecto que debería tener Sue.”

Cuando Margaret se reune con la Sue Childress real en un restaurante a media luz, parecía exactamente como Carlos la había descrito.

Mientras que Margaret se otorga el mérito de este milagro (“aquella determinación de acero para hacer que las cosas se convirtieran en realidad”), es probable que Castaneda se quedara petrificado pensando en aquella extraña conjetura, no maravillado por los poderes de su esposa sino por su propia presunción.

Con el paso del tiempo, se hizo evidente para Margaret que Carlos confiaba cada vez más en su poder para aparentar —intentar— que las cosas ocurrieran. En realidad, algo que podemos llamar vivir de ilusiones parecía haberse convertido en su modus vivendi. Algunos años más tarde, después de que Margaret y Carlos llevaran separados mucho tiempo, la invitó a Nueva York, en donde se encontraba trabajando con su corrector de estilo, Michael Korda, en un nuevo manuscrito. Margaret supuso que el propósito de su invitación era el mismo que tenía ella: buscar una reconciliación final en su relación. Pero lo que Castaneda tenía en la cabeza no era, al parecer, la reconciliación. Durante el fin de semana se dedicó unas veces a ignorarla y otras a intimidarla. Aunque le dio un cheque con una gran cantidad para el hijo de Margaret, C.J., su comportamiento fue tan malo que Margaret terminó por llamarlo, con desprecio, ‘Napoleón’ cuando dejaron el hotel. Algunos meses más tarde, después de que Castaneda recibiera la notificación de la demanda de divorcio, llamó a Margaret para preguntarle porque había presentado la demanda. Le recordó su indignante comportamiento con ella en aquel fin de semana en Nueva York. Carlos se quedó en silencio durante un rato, y después con mucha calma le explicó que no había sido él quien se había comportado tan mal en Nueva York. No había estado en Nueva York durante ese fin de semana. Él era ahora un brujo, le explicó, y a los brujos les ocurren cosas inexplicables. En este caso, el desagradable Carlos debe haber sido su doble.

Hay una patética tristeza en la historia de Margaret que probablemente tenga su origen en las grandiosas promesas de amor de Castaneda, y su habitual incapacidad para mantenerlas —en conjunción con la firme creencia de Margaret en el significado místico de su vida con él. Su historia termina con un encuentro con Carlos en el aparcamiento de un restaurante. Ahora, Carlos se encuentra rodeado por sus guardianes femeninos, que impiden que Margaret se aproxime. Finalmente, consigue acercarse a él. Ella le da una copia del libro recientemente publicado El arte de ensoñar y le pide que se lo dedique. Él la besa en la mejilla, pero se niega a firmar el libro. “Oh, tengo las manos muy cansadas”, le dice. Y esta es la última vez que lo ve.

Entrevista en México

Entrevista en México
por Javier Molina, periódico UnomasUno, 1984,

Carlos Castaneda, el autor de Las enseñanzas de don Juan, se encuentra en México. El jueves, a las 19:30 horas, conversará con el público en la librería del Fondo de Cultura Económica. Comenzamos por plantearle una duda de muchos lectores: ¿Existe don Juan o es un invento (una creación literaria) de Carlos Castaneda?

“Es el conflicto del lector de Carlos Castaneda, afirma. Hace referencia a su propio conocimiento: ¿Cómo es posible que escriba cosas que no tienen sentido en el mundo cotidiano? La clave de esa reacción es la referencia que uno hace a sí mismo, a lo que uno sabe”.

Luego dice: “Don Juan no es un personaje literario, es una persona, que no vive ahora, pero que vivió en el mundo, como tu y yo conocemos el mundo. No habría podido crear un personaje como don Juan, porque no tengo la preparación. Lo que don Juan me dice no es algo que yo pueda improvisar, o extraerlo como una síntesis de mis lecturas. No se puede, es algo diferente”.

– Si usted quisiera resumir las enseñanzas de don Juan, o tal vez, destacar su enseñanza más importante ¿cuál sería?

– Lo más importante para mí, en lo que yo podría invertir todo lo que tengo si don Juan estuviera vendiendo algo, es esa premisa que consiste en perder la importancia personal, ese sentimiento de amor propio, el pundonor que nos legaron los antecesores nuestros: la idea de que el yo personal vale tanto.

“Alguna vez yo le pregunté por qué sería tan importante perder el sentimiento de la importancia personal. Don Juan dice que es una cosa muy sencilla: el 90% de nuestra energía está consumida en defender nuestras personas. La idea de él es que no hay razón para tanto esfuerzo. Defender la persona cuesta demasiado y no reporta nada”.

Esto es, para Carlos Castaneda, “el punto de articulación de las enseñanzas de don Juan. El quiere crear un ahorro de energía, a fin de que la misma se emplee en algo novedoso”.

Este algo novedoso se encuentra en las mismas enseñanzas de Juan Matus. “El está interesado en percibir conjuntos que no tienen ninguna historia en el mundo cotidiano. Por ejemplo, un conjunto nuevo sería ver al hombre como un “huevo luminoso”, una masa de energía y no solamente un cuerpo sólido. Esto le da al indio brujo una ventaja extraordinaria, que está vedada para nosotros. ¿Por qué – dice – es que nosotros no estamos interesados en la percepción?”

“Cuando me preguntó eso – relata Castaneda – yo le aseguré que estaba interesadísimo en la percepción, lo cual no era cierto, desde luego, porque el único interés que tengo yo, como hombre occidental, es en el significado, en la epistemología, de un modo u otro. De ahí que buscaba yo nuevos significados, y yo les llamo nuevos rumbos”.

– ¿Tienen que ver los nuevos rumbos con la realidad aparte de don Juan?

– La realidad aparte es en la realidad total de don Juan, porque él no está interesado en los nuevos rumbos o significados, que es un manejo intelectual. El está interesado en una búsqueda de unidades de percepción nuevas, que no tienen historia, como por ejemplo el ver a la muerte, a la muerte que nos deshace inexorablemente. Como occidentales intuimos pero no vemos ala muerte. Y al fin de cuentas, no nos interesa, porque (decía don Juan) no nos interesa la vida.

En el prólogo a la primera edición en español de Las enseñanzas de don Juan (Colección Popular del FCE, 1974) Octavio Paz escribe: ” …las creencias de don Juan han alimentado y enriquecido la sensibilidad y la imaginación de los indios desde hace varios miles de años”. Acerca de las culturas indígenas de México, Carlos Castaneda nos dice que “por supuesto, es la herencia del país. Don Juan es México, el México puro, el México antiguo”.

“En este momento – añade – hay en el país cantidad de gente que está envuelta en la misma búsqueda de don Juan. El me dejó explicar su conocimiento en mis libros. En este momento yo trabajo en el norte de México, con gente que son sus estudiantes, que son sus herederos”.

“Lo que es importantísimo – subraya Castaneda – es que cuando llega el español le quita al indígena las libertades visibles. El español deja al indígena sin nada, un paria total”.

“Lo que le queda a don Juan, y a los indígenas como él, es encararse con la libertad total, que no tiene nada que ver con las libertades políticas, ideológicas, o con el derecho a la felicidad y al bienestar”.
Castaneda explica que la libertad total “tiene que ver con el encararse con la realidad ineluctable, la muerte, la disolución del ser, de la conciencia. Don Juan quiere ser libre, una libertad completa. No quiere morirse como se muere el hombre cotidiano. Dice que él quiere convertirse en conciencia total”.
Hay dos palabras, en el habla de Juan Matus, que vale la pena explicar – le decimos a Castaneda -: ver y poder.

“Don Juan dice que toda la energía con la que nosotros podemos contar ya está distribuida. De ahí que no podamos romper la hegemonía de la percepción, y cuando nos encontramos con un brujo creemos habernos topado con un hombre incoherente, porque no está usando la energía disponible como nosotros lo hacemos”.

“Entonces para poder disponer de energía, ya que toda está distribuida, tenemos que ahorrarla, y para él hay un único modo de hacerlo: deshacernos de aquello que no reporta nada. Y ese aquello es la importancia del yo personal”. El planteamiento es que “si se pudiera ahorrar esa energía, habría suficiente capacidad para percibir esa otra realidad, esa realidad aparte y, sobre todo, habría suficiente energía para percibir el regalo del conocimiento total”.

Castaneda explica entonces el poder. “Es haber ahorrado esa energía que le permite a uno entrar en áreas de percepción inconcebibles. El hombre de poder es el que puede entrar en mundos de percepción inconcebibles para el que no ha podido ahorrar energía, para aquellos que han empleado toda su energía en defender sus personas”.

“Si tu dejaras de sentirte tan importante – comenta, para dejar clara la idea – serías invulnerable. ¿Qué te podrían hacer? Lo que nos hiere es que nos acusen, o nos ataquen en el amor propio. Uno hace lo mejor que puede, eso es indiscutible, pero jamás se puede uno tomar tan en serio. Ese es el secreto, ahí está, a lo mejor lo agarramos muy bien”.

Castaneda define su actitud cuando dice: “No quiero la fama o la riqueza, sino expresar, de la manera más simple, lo que don Juan me enseñó”.

Nos habla de su libro más reciente, el séptimo, que ya circula en los Estados Unidos con un título que podría traducirse como El fuego interno. Su autor cuenta que a la editora estadounidense no le gustó el título original, con el que, muy probablemente, aparecerá en español: Los guerreros de la libertad total. “Lo que quiero hacer es presentar un bosquejo, una especie de introducción a las tres maestrías que constituyen el conocimiento ancestral del indígena mexicano: la maestría de la percepción, la del Intento y la de lo que llaman el acecho”.

“Esta última maestría es el arte de vivir en el mundo cotidiano de la mejor manera posible. La maestría del Intento es el arte de Intentar relacionarnos con la fuerza que nos sustenta, porque hay algo que nos sustenta, que nos da energía y, por supuesto, la maestría de la percepción es el arte de la conciencia”.
En cuanto a la afirmación de que toda nuestra energía la usamos para destacar la importancia del yo personal, le comentamos la existencia de personas muy apartadas de esta idea: las que se entregan a una causa popular, social. “Me imagino que sí, dice, por lo que sé de la historia”. A propósito, afirma que “cada uno de los grandes líderes contemporáneos son unos maniáticos desesperantes. Napoleón, por ejemplo, que contribuyó enormidades a nuestro modo de pensar, Hitler… y lee las memorias de Freud, es una cosa desesperante…”

No estamos conformes, insistimos que hablamos de personas entregadas a una causa popular, social, como Miguel Hidalgo o Emiliano Zapata. Carlos Castaneda se pone de pie sin hacerlo.
“Esa es otra cosa, tienen el pellejo diferente. Hay allí otro tenor ancestral, otro gene. Esa gente está más cercana a don Juan que los líderes europeos. Es otra sentimentalidad”.

Javier Molina
Periódico Uno Más Uno Junio 1984

Conferencias de Carlos Castaneda en Mexico, Enero de 1996

Conferencias de Carlos Castaneda en Mexico, Enero de 1996

VIERNES 26 DE ENERO DE 1996 7:00PM – 10:30PM

Castaneda dice que un escritor, Mesmer [en realidad Friedrich Anton Mesmer, médico y terapeuta, y temprano experimentador con campos de energía humanos y curas hipnóticas: como el ser “mesmerizado] , ya había hablado sobre parar el juicio, sobre que nos habíamos equivocado.

“Todos quieren estar en las candilejas solo yo, yo, yo! La humanidad entera yo, yo, yo! ”

Don Juan le dijo: “Entre más chaparro mas egomaniático!” don Juan le agradecía mucho a Castaneda porque decía: “el mero hecho de verte llegar me dan ganas de vomitar! Cada vez que vienes me renuevo!”

Castaneda admiraba mucho a un maestro de la facultad que hablaba muy bonito. A este maestro le cuestionaban sobre algo y se quedaba varios minutos en silencio moviendo la boca, como masticando, pensando, hasta que empezaba una larga perorata, que los dejaba anonadados… don Juan le decía:” ¿quieres ser como tu maestro? ¡Obsérvalo!” Castaneda se dio cuenta que “era un genio de 8 a 3pm… ¡¡después no era nada!!! Era un gusano. Era todo lo que hacía! Todo lo que el descubre y hace no tiene influencia en su vida ¡¡Cómo es posible!!! ¡¡¡Para un brujo eso es inaudito!!!”

Castaneda habla sobre las 3 chacmools que ya no son chacmools: “¡Las 3 luchan contra su ego! Quisieron ser jefas cada una y se fueron a donde se fue Padilla! ”

don Juan: “¡¡No se puede insistir! Las cosas si quieren salir, salen…. si se insiste, ¡no!” Habla del New Age…. eso es Old Age… son egomaníacos…

Don Juan le decía a Castaneda que tenia clavos de Egomanía, que necesitaba sacárselos… Castaneda muchas veces le decia a don Juan: “Don Juan, sáqueme otro clavo”…. don Juan le contestaba:” No, no, hoy no”. 🙂

Don Juan me decía: “No hubo pasión, tu mamá ni supo lo que le paso, nada! Obsérvate, obsérvate, obsérvate, no te estas quieto.” (Castaneda con temblorina), “Eres el producto de una Cogida aburrida!!”

“La mayoría de nosotros somos iguales por eso no podemos brincar bien y perdemos energia en cosas que no son importantes ”

” Mi origen fue una cogida aburrida, don Juan me decía si no te gusta puedes decirte CA (además me llamo Carlos Aranha). ”

“Don Juan no quería fotos, ni publicidad para sus discípulos, porque no tenían energía, se iban a agotar. ”

“Un estudiante de don Juan se fue (Carol Tiggs). En el cosmos total hay otro medio, el mar de la conciencia, ella estuvo ida por 10 años.¡ Y ella regresó! Una vez que estaba dando un seminario en Los Angeles, al fondo del salón vi un resplandor ambarino, muy diferente a los de las demás personas, al ver vi a Carol Tiggs, ¡está muy joven! Algunos de ustedes la han visto y esta muy jovencita…. ”

“Disciplina para un brujo es un propósito, su propósito es la libertad, y para llegar se pulen.”

“Somos conjuntos de campos energéticos, un conglomerado. Algo nos mantiene en orden. ”

don Juan decía: “No se puede dominar esta fuerza (¡idiotas!), solo se puede acceder a ella. Fue el error de los brujos antiguos.”

“Si podemos tener acceso al México aquel… ¿qué nos detiene? ¿qué hacemos? …. Nos emborrachamos, nos drogamos y eso es amor por sí mismos? ¡¡Egomaniaticos!!! Uno no les puede ver… ¡porque se enojan!”

don Juan le preguntaba: “Cual es la contribución de tu hombre al sistema de pensamiento?¿ Que dijo tu abuelo? ¿Qué te dijo tu padre? ¿Qué dices tu? … ” Pucha!¿Qué cosa bruta! ¿Qué quieres de la vida? Castaneda contesta: ¡No sé! (después de mucho pensar) “Quiero amor” ( Castaneda cuenta que se estuvieron riendo de él por mucho tiempo… cada vez que lo veían venir decían: “¡Ahí viene el que anda buscando amor!”)

Castaneda: “Yo muchas veces le preguntaba a don Juan sobre algo que no tenia explicación y él me cantaba … “Pregúntale a las estrellas que por las noches me ven llorar….” ”

don Juan: “Como un mortal, tengo que encontrar todo lo que pueda!”

don Juan: “Yo no estoy obligado a honrar acuerdos en los que yo no participé” don Juan: “yo no participe en el acuerdo de ser viejo, ¡mírate tu! ¡mírame a mí!”

“don Juan me decía, hablas en renglones sintácticos , ej. “Es que nadie me comprende” ”

don Juan: “Deja todo lo que le incumbe al mundo cotidiano, te estas matando por comportarte como normal, eso lo haces con el dedo chiquito.¡¡¡ La lucha esta en el horizonte!!! ”

don Juan: “Deja de ser el macho latino… . ”

“Yo decía: yo quiero acabar con la hegemonía gringa, el problema está en que los países como los Estados Unidos nos tienen… (larga rollo sobre arreglar el mundo). don Juan se me quedaba viendo y me decía: “¿por qué no dejas de fumar? “

Epistemiologia antropologica

Hacia una Epistemología Antropológica
Lectura de una obra de Carlos Castaneda

Isabel Araya Olmos. Licenciada en Antropología

Introducción

¾Era distinto cuando había gente en el mundo -prosiguió- gente que sabía que un hombre podía convertirse en león de montaña o en pájaro, o que un hombre podía volar así no más. Por eso ya no uso la yerba del diablo. ¿Para qué? ¿Para asustar a los indios? Y lo vi triste, y una honda simpatía me llenó. Quise decirle algo, aunque fuera una perogrullada.
¾Tal vez, don Juan, ése sea el destino de todos los hombres que quieren saber.
¾Tal vez, dijo suavemente.
(Castaneda 1974:89)

El libro “Las enseñanzas de Don Juan: una forma yaqui de conocimiento”, de Carlos Castaneda (1974), integra una trilogía (1) que el autor escribe sobre la tradición y la sociedad de los brujos de México. Sin embargo, este texto puede ser leído por sí solo, como unidad que narra una etapa de la investigación/aprendizaje del escritor. Las posibles lecturas son múltiples ¾tantas como lectores existen¾ pero, aquí hemos querido situarnos desde la Epistemología, entendida como reflexión sobre el conocimiento, para desde esa perspectiva descubrir las distinciones tácitas que se entretejen en el relato.

El concepto de Epistemología es comprendido desde diversos enfoques o paradigmas que lo reconocen, por una parte, como una teoría general del conocimiento y, por otra, en tanto estudios más particularizados sobre la génesis y la estructura de las ciencias (Mardones, J. M. y N. Ursua 1995).

En este escrito (de Castaneda), se distinguen, desde un principio, temáticas estrechamente vinculadas con el comprender. Se reconoce, por una parte, el narrar de un aprendizaje: donde el antropólogo es el iniciado y el brujo Yaqui (2), don Juan, el maestro. También, desde la Etnología, se puede leer una descripción de otros dominios del entendimiento humano, un encuentro con el otro, la experiencia de la otredad (3).

Tal investigación, que empieza como un simple estudio de plantas alucinógenas (peyote, datura y hongos), en las prácticas de la hechicería yaqui, muestra en el fondo cuán difícil puede ser diferenciar y reconocer al sujeto que estudia del que es estudiado. No sólo por lo flexibles que resultan ser las fronteras de dicho límite, sino porque esa dualidad sujeto/objeto se desvanece y en su lugar aparece otra unidad dinámica: sujeto-observador/método/sujeto-observado, donde cada personaje puede cambiar según el contexto desde un polo a otro, ser interlocutor e intérprete a la vez.

Castaneda se interesa, como decíamos, en un conocimiento distinto al científico; pero, igualmente legítimo: el sistema de conocimiento de la magia o brujería yaqui. El busca entender esta otredad, y experimenta la extrañeza. En palabras de Octavio Paz:

“Esta experiencia… del saberse solo en el mundo a sentirse parte del mundo. Es un desprendimiento del yo que somos (o creemos ser) hacia el otro que también somos y que siempre es distinto de nosotros. Desprendimiento: aparición: Experiencia de la extrañeza que es ser hombres.” (Paz 1974:12)

La realidad ontológica se desploma

Con todo, no cabe duda que dicho estudio se centra en uno de los tantos cruces de la Epistemología. Describe el recorrido de un aprendiz, de un observador, sujeto que investiga, y revela descripciones de otros mundos, de “estados de realidad no ordinaria”, como los llama Castaneda. Este libro narra la confrontación de realidades distintas, el choque entre una realidad cotidiana (“realidad ordinaria”), y otra no cotidiana (“no ordinaria”), inducida por las plantas alucinógenas.

“En el contexto específico de sus enseñanzas, don Juan relacionaba el uso de la Datura inoxia (o Toloache), y la Psilocybe mexicana (hongo), con la adquisición de poder, un poder que él llamaba “aliado”. Relacionaba el uso de la Lophophora wiliamsii (o Peyote), con la adquisición de sabiduría, o conocimiento de la buena manera de vivir. La importancia de las plantas consistía, para don Juan, en su capacidad de producir etapas de percepción peculiar en un ser humano. Así, me guió al experimentar una serie de tales etapas con el propósito de exponer y validar su conocimiento. Las he llamado “estados de realidad no ordinaria”, en el sentido de realidad inusitada contrapuesta a la realidad ordinaria de la vida cotidiana. La distinción se basa en el significado inherente a los estados de realidad no ordinaria. En el contexto del saber de don Juan se consideraban reales, aunque su realidad se diferenciaba de la realidad ordinaria. Don Juan consideraba los estados de realidad no ordinaria como única forma de aprendizaje pragmático y único medio de poder adquirir poder.” (Castaneda; 1974: 39-40)

Con lo anterior se están esbozando los primeros contornos de una crítica a la ciencia clásica. Este juicio se va reafirmado en el transcurso de la investigación. El uso y la acción de los alucinógenos resulta ser una crítica de la Realidad: el derrumbe de una racionalidad sostenida por las percepciones, la ficción de una realidad fijada por los sentidos (G. Bateson 1985; H. Von Foerster 1990). Los estados de realidad no ordinaria son tan “reales” como la misma cotidianeidad. ¿Cuáles son los límites, entonces, entre “realidad” e “ilusión”? Estos se diluyen, no se alcanzan. La realidad ontológica se desploma.

“La visión de la otra realidad reposa sobre las ruinas de esta realidad. La destrucción de la realidad cotidiana es el resultado de lo que podría llamarse la crítica sensible del mundo. Es equivalente, en la esfera de los sentidos, de la crítica racional de la realidad. La visión se apoya en el escepticismo radical que nos hace dudar de la coherencia, consistencia y aun existencia de este mundo que vemos, oímos, olemos y tocamos. Para ver la otra realidad hay que dudar de la realidad que vemos con los ojos.” (Paz 1974:18)

La consistencia de la visión mágica del mundo

El conocimiento como reflexión partiría justamente desde una crisis, desde algo que se cuestiona. En un movimiento similar, el estatus de lo que llamamos “Realidad” se pone en duda, se convierte y termina por aceptar que consiste en simples “descripciones del mundo” que generamos nosotros mismos como sujetos observadores (Von Foerster 1974).

Las descripciones del mundo cotidiano, en Castaneda, son hasta menos consistentes e intensas que las visiones del peyote en ciertos momentos privilegiados. El mundo de las percepciones como realidad contrastante (en la que se logran constatar y verificar nuestras hipótesis), queda así invalidado, y sobre este escepticismo, ya no sensible sino racional, se puede criticar la ciencia clásica occidental, generando otra idea de nuestro entorno.

En ese mismo sentido, Octavio Paz agrega con increíble riqueza y claridad :

“En un primer momento la crítica (del escepticismo), destruye los fundamentos pretendidamente racionales en que descansa nuestra fe en la existencia del mundo y del ser del hombre: uno y otro son opiniones, creencias desprovistas de certidumbre racional. El escéptico se sirve de la razón para mostrar las insuficiencias de la razón, su sinrazón secreta. Inmediatamente después, en un movimiento circular, se vuelve sobre sí mismo y examina su razonamiento: si su crítica ha sido efectivamente racional, debe estar marcada por la misma inconsistencia. La sin razón de la razón, la incoherencia, aparecen también en la crítica de la razón. El escéptico tiene que cruzarse de brazos y, para no contradecirse una vez más, resignarse al silencio y a la inmovilidad. Si quiere seguir viviendo y hablando debe afirmar, con una sonrisa desesperada, la validez no-racional de las creencias.” (Paz 1974:19-20)

A Castaneda lo que le interesa no es mostrar la inconsistencia de nuestras descripciones de la realidad ¾sean las de la vida cotidiana o las de la clásica filosofía occidental¾ sino la consistencia de la visión mágica del mundo. Es por esta puerta que el autor entra y revalora el saber de la magia que posee don Juan. Sus experiencias de realidad no ordinaria dejan ya de ser “grotescas” ¾como aludía antes él mismo. Y poco a poco se va abriendo a las creencias y pensamiento del brujo yaqui como frente a un sistema de conocimiento que se autosostiene coherente en todos sus componentes e interrelaciones.

¿Castaneda como aprendiz, investigador o sujeto en conversión?

Carlos Castaneda, en tanto antropólogo, entra como observador; pero, a lo largo del libro va cambiando el ángulo de sus interpretaciones. Desde un principio explica que en la primera parte se limitará a narrar sus experiencias como aprendiz, y no a analizar las estructuras de este nuevo conocimiento. Es sólo en el segundo apartado que el autor elabora un esquema interpretativo del sistema mágico de conocimiento yaqui, de la construcción de mundo que propone el saber de don Juan.

Castaneda transita así desde un rol de observador científico a otro de aprendiz, o de amigo: investiga, y al hacerlo, aprende, se contacta, se relaciona, se vincula con ese otro, con don Juan. Ya en la introducción del libro, se puede leer:

“Le dije (a don Juan) que me interesaba obtener informes sobre plantas medicinales…(31). Me propuse averiguar dónde vivía don Juan, y más tarde lo visité varias veces. En cada visita intenté llevarlo a hablar del peyote; pero, sin éxito. No obstante nos hicimos muy buenos amigos, y mi investigación científica fue relegada, o al menos reencaminada por cauces que se hallaban mundos aparte de mi intención original… Al principio vi a don Juan simplemente como un hombre algo peculiar que sabía mucho sobre el peyote y que hablaba el español notablemente bien. Pero la gente con quien vivía lo consideraba dueño de algún ‘saber secreto’, lo creía ‘brujo’.” (Castaneda; 1974:31-32)

Se produce entonces un giro. Después de un año de conocerse, don Juan le explica que posee ciertos conocimientos recibidos de un maestro o “benefactor”, y que lo ha escogido a él como aprendiz, advirtiéndole que el proceso de aprendizaje será largo y arduo. Así, en 1961, Castaneda inicia su aprendizaje:

“En Junio de 1961 inicié mi aprendizaje con Don Juan. Anteriormente lo había visto en diversas ocasiones, pero siempre en calidad de observador antropológico”. (Castaneda 1974: 36)

No creemos, sin embargo, estar frente a una conversión del investigador científico en brujo, como argumenta Octavio Paz; por lo menos no en este primer libro. Tampoco interpretamos en éste una “destrucción crítica de la Antropología” (Paz 1974: 12), y una victoria de la magia. Leemos más bien un modo de poner en duda el estatus de verdad exclusiva de la ciencia clásica occidental, de cuestionar nuevamente el método empírico positivista.

Castaneda no se convierte en otro, sólo se relaciona con esta otredad. Se “comunica”, diría Fritz Wallner (1990). Pero en esta comunicación no hay una metamorfosis del observador. El tema tan central en la Antropología aparece de nuevo: lo Emic y lo Etic. Si entendemos por ello el observar un fenómeno social y humano desde “dentro” o “fuera”, respectivamente, se podría hablar aquí de una visión Emic, aunque Castaneda no logre ver jamás el saber de la brujería con los ojos de don Juan, de un indio Yaqui. El brujo puede ver la otra realidad porque la ve con otros ojos ¾con los ojos del otro. Castaneda se mantiene, entonces, y a pesar de todo, en su mundo de significados (Schütz 1974). Quizás algo hay en esto de lo que considera Kühn (1971), cuando afirma la incomunicabilidad de los Paradigmas, donde sólo es posible una traducción.

Investigación, métodos y análisis en el estudio de Castaneda

Este libro es luego una investigación. A partir de ciertas consideraciones, distinciones y métodos, logra elaborar una compresión íntegra de un fenómeno cultural. Dicho trabajo requiere entonces, y como punto de partida, de un investigador que entra en contacto con un conocimiento otro, con una realidad a interpretar.

La brujería de Don Juan es esa otra realidad, conocimiento “no científico”, dice Castaneda. Así, él investiga una tradición cerrada; intenta, desde la fenomenología, comprender crítica y “objetivamente” el saber de una sociedad que coexiste con la sociedad moderna mexicana, y que posee un pensamiento o un sistema de creencias de una amplia coherencia conceptual interna.

“Durante los meses siguientes a mi abandono del aprendizaje, necesité comprender lo que había experimentado, y lo que había experimentado era la enseñanza de un sistema coherente de creencias por medio de un método pragmático y experimental… Resultaba claro que el conocimiento de don Juan y su método de trasmitirlo eran los de su benefactor; así, mis dificultades para comprender sus enseñanzas debieron de ser análogas a las que él mismo experimentó… Tales observaciones me llevaron a creer que para cualquier principiante, indio o no, el conocimiento de la brujería se hacía incomprensible por las características extranjeras de los fenómenos que el aprendiz experimentaba. Personalmente, como occidental, dichas características me resultaron tan ajenas que me fue prácticamente imposible explicarlas según mi propia vida cotidiana… (38)… Así se hizo obvio que el saber de Don Juan debía ser examinado como él mismo lo comprendía; sólo en esos términos podría manifestarse en forma convincente… Por lo tanto mi primera tarea era determinar el orden de conceptualización empleado por don Juan.” (Castaneda 1974:38-39)

El trabajo de Carlos Castaneda se sirve de métodos y técnicas también. Busca con ellos, ahondar hacia lo más significativo de esa realidad. Propone de lleno la observación participante y la entrevista etnográfica, procedimientos que centran su interés en el sujeto y sus representaciones, en esa diversidad de las realidades construidas por nosotros mismos. Luego, el autor intenta recrear esta realidad experimentada y, a partir de su interpretación, elaborar nuevas construcciones teóricas.

En las enseñanzas de don Juan, la práctica ocupa un lugar central. Don Juan enseña a partir de la praxis, su método es pragmático e interviene directamente en la experiencia cotidiana del sujeto. Es quizás por ello, que Castaneda elige, al momento de retransmitir y analizar lo vivenciado, dividir su trabajo en las dos partes ya señaladas: por un lado, la narración de sus experiencias, por otro, la explicación del pensamiento de su maestro en un esquema lógico, operativo y conceptual.

“… he dividido este libro en dos partes. En la primera, presento selecciones de mis notas de campo, relativas a los estados de realidad no ordinaria que atravesé durante el aprendizaje… Mis notas de campo revelan la versión subjetiva de lo que yo percibía al atravesar la experiencia. Esa versión se presenta aquí tal como la narraba a don Juan, quién exigía una reminiscencia completa y fiel de cada detalle y un recuento pleno de cada experiencia… Mis notas de campo manifiestan asimismo el contenido del sistema de creencias de don Juan. He condensado largas páginas de preguntas y respuestas entre don Juan y yo…(44)… En la segunda parte de este libro, presento un análisis estructural sacado exclusivamente de los datos ofrecidos en la primer parte.” (Castaneda 1974:44-45)

El relato y el esquema conceptual

Los científicos deben construir mapas, modelos, esquemas, representaciones científicas. Entonces, de alguna manera, el libro se encuentra escindido en dos formas de trabajar o recrear la realidad: una esquemática (preocupada de dar cientificidad), y otra narrada, quizás de modo menos “sistematizado”; pero, que logra rescatar los procesos dinámicos a través de los cuales conocemos o aprehendemos, investigamos y descubrimos.

En el análisis esquemático sobre ese otro conocimiento yaqui, no se encuentra esa riqueza (recursividad intersubjetiva), presente en el relato. Pareciera que el investigador trivializa (desde el constructivismo), o estabiliza el mundo al que se ve enfrentado.

Como técnicas, el relato y la narración aparecen con más encanto porque resultan más completos, más abiertos. Si bien en la descripción de Castaneda no se especifican las estructuras lógicas que se van construyendo al reflexionar sobre lo aprendido o investigado, se hace posible palpar esa complejidad dinámica por la que se encamina todo proceso de conocer. La unidad sujeto-observador/métodos/sujeto-observado se ve en juego y, con ella, el proceso de enseñanza, de intercambio del conocimiento. Esa forma de narrar ayuda, sin embargo, faltaría quizás haber incluido desde un principio la esquematización final. Haber entrelazado desde ese mismo estilo literario, categorizaciones de interpretación y descripciones de las experiencias.

Una interpretación (de segundo orden)

Al intentar esta lectura desde la epistemología, buscábamos interpretar una obra, reflexionar sobre una interpretación, observar en un segundo nivel, para de este modo, descubrir las distinciones o estructuras cognitivas implícitas en ella.

Este comentario sobre “Las enseñanzas de don Juan: una forma yaqui de conocimiento”, rescata algunos de los supuestos básicos sobre los cuales reposa o se ancla el saber de las ciencias antropológicas. Interesaba, por ello, considerar y pensar ciertos conceptos claves, como los de “otredad”, “realidad”, “realidad ontológica”, “representación”, “investigación científica”, “unidad sujeto/objeto”, etc., a través de los cuales nos predisponemos a observar, y recreamos una realidad social y cultural.

Pero, profundicemos un poco más sobre el proceso del aprendizaje. Si hacemos un paralelo, no sería extraño encontrar similitudes entre el camino recorrido por Castaneda (en su aprendizaje/investigación), y el comúnmente aceptado por cualquier persona o grupo humano dispuesto a aprender sobre un tema determinado o saber específico.

En el caso del autor, se empieza por dudar de una realidad ordinaria incuestionada. El “consenso ordinario”, acuerdo tácito que establecemos colectivamente los seres humanos sobre nuestra realidad cotidiana, queda entre paréntesis. Lentamente, el aprendiz va aceptando esa otra forma de ver, paralela, ese “consenso especial” o aceptación de otro “orden conceptual” que le ofrece don Juan. El, es un aprendiz o investigador (no importa ya), y le interesa ciertamente descubrir y comprender las distinciones a través de las cuales se puede entender ese otro saber.

“… la aceptación de consenso especial significaba para mí, como aprendiz, la adopción de cierto punto de vista… significaba mi entrada en un nivel conceptual, el cual abarcaba un orden de conceptualización que haría comprensibles en sus propios términos las enseñanzas. Lo he llamado el “orden conceptual” porque era el orden que daba significado a los fenómenos inusitados que formaban el conocimiento de don Juan; era la matriz de significado… la meta del aprendiz consistía en adoptar ese orden de conceptualización, el individuo tenía dos alternativas: podía fallar en sus esfuerzos, o tener éxito… (el fracaso era) el acto de abandonar por entero la empresa bajo la presión creada por cualquiera de los cuatro enemigos simbólicos.” (4) (Castaneda; 1974: 273)

Al recordar cualquier tipo de aprendizaje, de seguro reconocemos la adopción de cierto “consenso especial”. Aparece ahí una nueva distinción, a veces más o menos acorde con lo ya aprendido dentro del consenso ordinario. Se nos desdibujan ciertos límites y se conforman otros. En un comienzo, nos cuesta aprehenderlos porque cuestionan nuestro ordenamiento conceptual anterior. Pero, ya adquirido, el consenso especial constituye el primer paso hacia la comprensión de ese otro saber. Se acepta la idea de una realidad antes no conocida, ajena a nuestro vivir; pero, posible. Se admite su validez, se hace coherente con nuestra comprensión del mundo. Castaneda sostiene:

“… cualquier aprendiz, al aceptar el consenso especial, era llevado a adoptar el orden conceptual del conocimiento enseñado… Desde el punto de vista de mi etapa personal de aprendizaje, pude decir que, hasta el tiempo en que me retiré del aprendizaje, las enseñanzas de don Juan habían fomentado la adopción de dos unidades del orden conceptual: 1.- la idea de que existía un reino de realidad separado, otro mundo, que he llamado “realidad de consenso especial”. 2.- la idea que la realidad de consenso especial, o ese otro mundo, era tan utilizable como el mundo de la vida cotidiana.” (Castaneda; 1974: 280)

En algún momento, en ese proceso que implica el aprender nuevos conocimientos, se cuestiona la realidad anterior, se abre otro marco de interpretación todavía difuso. El antropólogo Carlos Castaneda, ha de distinguir, en una etapa inicial de su aprendizaje, un sitio en el suelo, un espacio especial, “su lugar”, le dice don Juan. Para ello, necesita intuir las distinciones con las que interpreta la realidad su maestro.

“Don Juan empezó a preparar el terreno para el consenso especial produciendo el primer estado especial de realidad ordinaria… me hizo percibir… colores que parecían emanar de dos pequeñas zonas del suelo. Aisladas, tales zonas de color quedaban privadas de consenso ordinario; al parecer solo yo era capaz de verlas… Don Juan me dirigió a percibir en forma desacostumbrada una porción de realidad ordinaria; es decir, transformó ciertos elementos ordinarios en cosas que necesitaban un consenso especial.” (Castaneda; 1974:282-283)

De modo similar, al encontrarnos con nuevos enfoques teóricos, con nuevos conocimientos, aprendemos “a ver” con ojos diferentes: lo que antes era homogéneo revela matices, lo que no imaginábamos aparece. Continuamente, estamos trazando nuevas fronteras, dinámicas, colectivamente acordadas. Constantemente interpretamos nuestra realidad, nuestro entorno; sólo de vez en cuando decidimos iniciar un aprendizaje y muy pocas veces logramos sostenerlo en el tiempo.

Este proceso lo vive también Castaneda y elige detener su descubrir; sin embargo, logra aprehender la riqueza inherente al saber de don Juan:

“… aunque no continué porque no me hallaba, ni me hallaré jamas, preparado para soportar los rigores de tal entrenamiento… Tras haber organizado mi esquema estructural, y ya en posibilidad de descartar muchos datos superfluos… se me aclaró que… (las enseñanzas de don Juan), poseían un cohesión interna, una secuencia lógica que me permitía contemplar todo fenómeno a una luz que disipaba ese sentido de lo grotesco que era la marca de todo cuanto yo había experimentado. Me pareció obvio entonces que mi aprendizaje había sido sólo el principio de un camino muy largo. Y las arduas experiencias que yo había atravesado… eran apenas un fragmento muy pequeño de un sistema de pensamiento lógico del que don Juan sacaba inferencias significativas para su vida cotidiana, un sistema de creencias vastamente complejo donde el acto de indagar era la experiencia que llevaba a la exultación.” (Carlos Castaneda; 1974:280-281)

Bibliografía

* BATESON G. Pasos hacia una ecología de la mente. Editorial Carlos Lohé, Buenos Aires. 1985.
* CASTANEDA C. Las Enseñanzas de Don Juan: una forma Yaqui de conocimiento. Editorial Fondo de Cultura Económica, México – Argentina. 1974.(Octava reimpresión Argentina en 1990).
* KÜHN T. La estructura de las revoluciones científicas. Editorial Fondo de Cultura Económica, México. 1971.
* MARDONES J.M. y N URSUA. Filosofía de las ciencias humanas y sociales. Editorial Distribuciones Fontamara, S.A., México. 1995.
* PAZ O. “Una mirada anterior”. Prólogo. C. Castaneda, Las Enseñanzas de Don Juan: una forma Yaqui de conocimiento. Editorial Fondo de Cultura Económica, México – Argentina. 1974.
* SCHÜTZ A. Estudios sobre teoría social. Editorial Amorrortu, Buenos Aires. 1974.
* VON FOERSTER H. “Bases epistemológicas”. En J. Ibáñez, “Nuevos avances en la investigación social. La investigación de segundo orden.” Suplementos Anthropos 22, Barcelona. 1990.
* WALLNER F. Ocho Lecciones sobre el realismo constructivo. Introducción y Traducción de Hugo Ochoa. Editorial Universidad Católica de Valparaíso. 1990.

Notas

1. Según se puede leer en tal escrito, tres son los libros que componen esta trilogía: The Teachings of Don Juan: A Yaqui Way of Knowledge, University of California Press, 1968; A Separate Reality: Further Conversations with Don Juan, Simon and Schuster, 1990; Journey to Ixtlán: The lessons of Don Juan, Simon and Schuster, 1972.
2. Hechicero de la etnia yaqui de Sonora, en México. Los brujos yaqui forman parte de un tradición cerrada, de la sociedad de los brujos de México; cofradía, ésta, que se extiende por todo el territorio mexicano, hasta el sur de Estados Unidos; tradición sincrética de los herederos de sacerdotes y chamanes precolombinos (según el mismo libro Las Enseñanzas de Don Juan. Una forma Yaqui de conocimiento).
3. Experiencia constitutiva del ser humano, experiencia de la extrañeza, del alejarse del yo (que pensamos ser) para alcanzar un otro. De acuerdo a Octavio Paz. En “El Arco y la Lira”. México. 1956.
4. Los cuatro enemigos simbólicos de un hombre de conocimiento, para el saber yaqui, son: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. Constantemente, si se quiere llegar a ser hombre de conocimiento, se ha de batallar contra cada uno de esos cuatro enemigos. Renovar una y otra vez ese esfuerzo es la única forma de ganar y conservar el dominio de sí.

Cuerpo en el espejo

Cuerpo en el espejo

Gabriel Weisz

Vamos a disponer una construcción corporal en el mundo de la antigua cultura náhuatl bajo el influjo de dos creencias: el tonalismo y el nagualismo. Confirmamos el paso del humano a la forma animal bajo distintas condiciones del discurso mítico, principal alimentador del pensamiento religioso. Iniciamos con algunas historias de los dioses mesoamericanos y su paso a las formas animales. Sin embargo, existen maneras distintas en el discurso de las transformaciones, de manera que la planta también adquiere atributos humanos. Tratamos en este trabajo una serie de sustancias mitosomáticas, o sea, la mezcla de las “sustancias” del mito con las sustancias del cuerpo. No dejamos de mencionar el importante desempeño del calendario en todos estos discursos. Un nivel diferente ocupa la herbolaria y su influencia en la conceptuación del cuerpo mágico. Completamos nuestra descripción del cuerpo mágico con los rituales de sacrificio, pues con ello culmina un proceso radical de transformación y regeneración del mito como elemento mediador del cuerpo y la cosmogonía.

El sustantivo tonalli, derivado del verbo tona, “irradiar” (“hacer calor o sol,” según Molina), tiene varios significados: en uno remite al destino de la persona por el día en que nace. Muy significativo es que el vocablo tonalli consigna el simbolismo solar. El tonal asimismo remite a la acepción de espíritu familiar. Sahagún indica que el alma del infante era enviada del cielo más alto de Omeyocan, lugar de la dualidad. Después del nacimiento el infante es abandonado en el templo un par de noches, en este lugar se riega ceniza sobre el suelo; en tal forma los sacerdotes determinan las huellas que dejan los animales que pasan por allí, de esta manera el infante recibe de manera permanente, por compañero y guardián, a la bestia que lo visitó durante la noche (cfr. Beltrán, 1973).

En el tonalismo se plantea una relación entre animal y ser humano. Tal asociación toma lugar desde el mismo nacimiento del infante. El animal se ubica en un monte cercano al lugar donde acontece el nacimiento. La persona adopta una relación con su “tona” que la acompaña hasta su muerte. Sin embargo, López Austin estima que “faltan bases para afirmar si existió esta creencia en toda Mesoamérica” (1980, p. 431).

Sobre el nagualismo se opera una especie de proceso histriónico que yo identifico como etnodrama. En este etnodrama, el mago tiene la capacidad de adoptar una apariencia animal y luego puede retornar a su figura original cuando revierte el proceso. En el etnodrama existe la posibilidad de animar el drama de la transformación y así ubicarlo en el gran texto de la cosmogonía.

La cosmogonía náhuatl registra la transfiguración del dios Tezcatlipoca, que entre diversas formas tomaba la del coyote, ser fantasmal y zorrillo. Su nombre significa “Espejo humeante”, aparece con tal objeto en la nuca y una serpiente en uno de sus pies. El espejo puede evocar su naturaleza misteriosa y en constante cambio.

Se sabe que los espejos de obsidiana y otras piedras tenían un uso en la brujería y necromancia. Ponemos de manifiesto el efecto turbulento de esta deidad que causa discordia y conflicto en donde se hace presente. Pero también conserva una naturaleza dual pues así como puede traer destrucción, puede traer fortuna. Es un dios que encarna el cambio mediante el establecimiento del conflicto.

Muchos de los dioses adoptan formas animales, es el caso del tlacuache en Quetzalcóatl, el venado en Mixcóatl o bien el colibrí usado por Huitzilopochtli. Los dioses tenían dobles animales.

En el gran parque del emperador Moctezuma los militares españoles observaron jaguares y pumas. Una variedad de extraños monos, armadillos y gran cantidad de pájaros multicolores. Asimismo se alojaban mujeres barbadas y enanos deformes. Sobre los enanos y jorobados se pensaba que eran emisarios de los cielos. Los seres deformes se asociaban a los ahuiateteo, dioses del placer y de los excesos físicos.

El investigador Michel Graulich propone que el “Zoológico de Moctecuhzoma” albergaba los nahualtin de los dioses (cfr. Olivier, 1999 y Dembech, 1965). Registramos una historia que se narra en el Códice Nutall, (pp. 14-20) para sondear ciertas transformaciones del nagual.

En el relato la primera señora 3 Pedernal adopta la forma de una serpiente emplumada con el propósito de visitar a la diosa 1 Águila, la Abuela del río, dueña del Poniente y así quedar preñada. Cuando la diosa escucha su plegaria le obsequia una joya, indicación cierta de que iba a quedar encinta. Posteriormente se prepara el temazcal o baño de vapor como se acostumbraba para preparar a las mujeres que dan a luz. Nace su hija 3 Pedernal. La madre se transfigura de nuevo en su nahual, la serpiente emplumada (cfr. Jansen y Pérez Jiménez, 1998).

La fuerza del tonalli se ubica en la cabeza de la persona. La pérdida del tonalli o sombra –hemos de anotar la semejanza con ciertas características umbrosas que pertenecen a Tezcatlipoca – implica que ésta abandona el cuerpo por la noche y así se expone a ser dañada por un hechicero. Hoy en día entre los nahuas de Pajapan se mantiene que una hemorragia supone la pérdida de la sombra. El tonalli emplea a la sangre como su vehículo. Ruiz de Alarcón explica que cuando enferma una criatura consultan a la curandera o ticitl quien habla de una falta de hado, fortuna o estrella, todo lo cual abarca el tonalli. Sin embargo, son las llamadas tetonaltique las que devuelven el tonalli al lugar que corresponde. El procedimiento curativo consiste en hacer reflejar el rostro del enfermo sobre el agua, si notan el rostro obscuro, o cubierto con alguna sombra se diagnostica la ausencia del hado y fortuna, por el contrario, si el rostro aparece claro, se concluye que el niño no tiene una enfermedad grave y tan sólo lo sahuman. El tonalli marcaba un vínculo personal con el mundo de los dioses. Señalan este vínculo en “forma material, aunque invisible, como un hilo que salía de la cabeza del individuo” (López Austin, 1980, pp. 238-239).

En relación al tonalli solía hacerse una ofrenda de recortes de uñas y cabellos a el ahuítzotl, un animal al servicio de Tláloc, el dios de la lluvia. De aquí se plantea una curiosa escatología que consiste en ofrecer desechos corporales, aunque estas partes del cuerpo guardan la fuerza vital de las personas (cfr. López Austin, 1980).

Entre lo nahuas el ahuitzotl era una especie de nutria, el final de su cola se remataba con una mano humana que le servía para atrapar a sus víctimas que luego llevaba hasta las profundidades del agua. Los ahogados se incorporaban al ejército de muertos que servían a Tlaloc. Los cuerpos eran devueltos después, despojados de pelo, uñas y ojos. (Consultar el texto de Carmen Aguilera).

Un aspecto especialmente sobresaliente en una mitología corporal del tonalli es que no puede estar expuesto sin que se busque alguna cobertura que lo proteja. En tal sentido se administra una piel mágica de la planta que llamaban tlacopactli. Eran las tetonaltique o especialistas en devolver el tonalli que aplicaban la raíz de la planta en la mollera de los niños. Formaban collares de cuentas y se pensaba que el espíritu del muchacho quedaba atrapado en las cuentas de la planta. Este espíritu se encargaba de hacer penitencia por el muchacho. Pero es en la planta que se aloja el tonalli.

De manera análoga a la conformación del tonalli se encuentra una sustancia telúrica que se denominaba como ihíyotl . Pero solamente el nigromante era capaz de liberar el ihíyotl nagual como algunos lo denominaban. Esta entidad se albergaba en el hígado. Comprendemos porqué era la entidad predilecta del nigromante y con la cual podía transformarse, de manera deliberada, en animal. El ihíyotl aparecía como lugar luminoso, tenía el poder mágico de influir sobre otros seres pues lograba atraerlos a una persona, animal u objeto. Asimismo podemos distinguir las facultades racionales del tonalli de las más pasionales del ihíyotl. Existirá, tal vez, mayor movilidad en los atributos pasionales del ihíyotl. Me refiero a esa dinámica de los cambios en el estado de ánimo (consultar a López Austin, 1989).

Encontramos un material que define al nagual por la fecha ce quiahuitl o lluvia de su nacimiento. Esta condición puede asociarse al dios Naualpilli o gran Nagual, famoso dios huaxteca. La confederación azteca al momento de aniquilar el poderío huaxteca, secuestra al dios que resulta asimilado a Tlaloc, deidad de las aguas. Nahualpilli era conocido como nahualli, sabio, hechicero o nagual (ver a Beltrán, 1973). Por otro lado, no hay que olvidar que Tezcatlipoca o “Espejo humeante” era el hechicero por antonomasia del Posclásico tardío y se consideraba capaz de mudar su forma por la de un jaguar. Es pertinente mencionar que el gran nagual era igualmente asociado con el jaguar. El sacerdote que lo veneraba era identificado con el nombre oceloquacuilli o sacerdote jaguar (ver Beltrán, 1973).

En este punto me detengo en algunos estudios de Laurette Séjourné sobre la figura de Tezcatlipoca para destacar ciertos atributos que derivan del calendario, así pues en el jeroglífico del decimotercer día aparece un ser negro con los ojos vendados e identificado con Tezcatlipoca, por el espejo humeante. También aparece un hombre rojo que expulsa una sustancia blanca espumosa en algunos casos y amarilla en otros. El personaje rojo está emparentado con Atlazolteotl “Nuestra señora comedora de inmundicias”. En tal sentido se menciona un excremento divino, rasgo que nos hace recordar el peculiar ritual escatológico, en relación al tonalli, donde los desechos corporales alimentaban al ahuitzotl. No intento crear una equivalencia, sólo me limito a señalar algunos sedimentos del pensamiento mitológico. Sin embargo, para constatar la naturaleza escatológica de la deidad notamos que en el jeroglífico 15 águila del calendario notamos al Tezcatlipoca rojo que exhibe los signos de la materia fermentada y espumosa. Esta constitución escatológica tiene mayor apoyo en el papel que juega Tezcatlipoca como “materialización de la duración de la vida humana” [véase muerte] …” (Sejourné, 1983, p. 277)”.

Un dato complementario en la construcción de nuestro relato sobre la escatología nos conduce al arte lapidario de los nahuas. Los artesanos empleaban un poderoso pegamento que proviene de un árbol parecido al mezquite. Según el enviado por Felipe II, el protomédico Francisco Hernández, la mezcla de la goma se ponía a cocer con resina y arena. El resultado era el de una consistencia muy dura que le servía al lapidario para unir piedras y así fabricar los espejos (cfr. López Austin, 1988).

Una dimensión diferente del cuerpo mágico es la que encontramos con el uso de toda una herbolaria sagrada. Así tenemos el caso del peyote, cacto que tiene un efecto psicotrópico y cuyo alcaloide más conocido es la mescalina. El péyotl era una planta del Mictlán, región de las deidades de la muerte. Los nigromantes se encerraban para consumir el peyote y así consultar a los dioses. El objeto era curar enfermedades. El nigromante se denominaba Payni (ver Alarcón, Serna, Aguilera). El cuerpo mágico del peyote tiene una parte femenina en las cihuapipiltin, o sea las acompañantes del sol. Ellas eran las mujeres que morían en el parto. Así el peyote era conocido como tlazolcihuapilli, mujer hechicera y divina. Tenemos una serie de características del tonalismo, no sólo por las implicaciones solares, además sabemos que el péyotl significa “el resplandeciente”. Parece un término muy adecuado pues entre los efectos del cacto se registran “imágenes brillantemente coloridas y auras débilmente resplandecientes que parecen rodear a los objetos del mundo natural …” (Furst, 1980, pp. 200-201).

No puedo extenderme demasiado en los rasgos tan sugerentes que unen la herbolaria sagrada al cuerpo mágico. Sin embargo, es imposible dejar de mencionar la escultura extásica o estatua de Xochipilli “Príncipe de las flores”. Esta efigie representa una entidad sumida en el Temicxoch o “flores del sueño” como las describían los nahuas. El aspecto más impresionante de la estatua es que las partes descubiertas de su piel de piedra muestran distintos relieves de flores. También el cuerpo tiene labrados unos hongos, en las rodillas, el antebrazo derecho y en la parte superior de la cabeza. Estos hongos era los teonanácatl o “carne de dios”. La estatua descansa sobre un pedestal que se encuentra labrado. Es pertinente mencionar la presencia de una mariposa sobre este pedestal. La mariposa parece alimentarse del teonanácatl. Regresando a la estatua se encuentra el glifo del tonalo , que sabemos está incorporado al sol, a la luz pero también a las mariposas (cfr. Wasson, 1982).

A manera de explicación el teonanácatl se refiere a los hongos psilocíbicos, de donde proviene toda una dimensión sacralizada de un imaginario psicotrópico. En referencia a lo cual tenemos que, “la experiencia alucinogénica era llamada Temixoch, ‘el sueño florido’ (Furst, p. 139) Por ende lo relacionado con la flor, entre los nahuas, a menudo funcionaba como metáfora para estos sueños alucinógenos.

Para completar nuestro recorrido daremos algunos datos del tonalismo en el sacrificio. Los guerreros águilas y tigres, según lo que figura en el códice florentino, que morían en la guerra, “iban allá al cielo, a la morada del Sol. En virtud que el tonalli es manifestación de una energía propia de la vida, con la muerte se libera “un excedente de energía vital” (Duverger, 1983). En un relato del conceptualismo mítico la desintegración corporal libera el tonalli, de manera que la muerte del sacrificado es fuente de energía. Los que iban al sacrificio, a veces representaban las imágenes de los dioses “eran hombres poseídos por los dioses, y como tales morían en un rito renovador”. (López Austin, 1980, p. 433). Este conceptualismo mítico está coligado al ciclo calendárico. El tiempo parece encarnado en el hombre, al morir la existencia divina en la forma humana se produce la fuerza necesaria que resulta creadora de una nueva potencia. Finalmente, se sabe de una comunión que ocurría al ingerir el cuerpo de los sacrificados. El propósito era absorber la fuerza divina que se albergaba en el cuerpo del sacrificado.

Nuevamente en el Códice florentino aparece la figura del dios protector de los guerreros:

Permite, oh Tezcatlipoca, que los guerreros águilas
y tigres se adornen con plumas y sean cubiertos de tiza …

Concédeles que disfruten la dulzura de la muerte a
Filo de obsidiana, que den con regocijo su corazón al cuchillo
de sacrificio, a la mariposa de obsidiana, el atavío de
plumas, y que deseen y codicien la muerte florida, la flor
letal (itzimiquizxóchitl).

Resta decir que la creencia era que los sacrificados reencarnaban en forma de colibríes y mariposas. La flor en el contexto del sacrificio funcionaba como discurso del juego sagrado (cfr. Duverger). La flor tendrá muchos otros significados que hemos de dejar sin describir, por el tipo de problemas que decidimos abordar.

A lo largo de este ensayo nos planteamos una visión cultural del cuerpo en la cual las sustancias de los dioses forman parte de un pensamiento biológico que atraviesa por los humanos, las plantas y distintos animales. Claro está que aludimos a una biología del imaginario, en nuestra lectura, pero una biología tangible en el uso y costumbres del mundo náhuatl. ¿Será posible que al ubicar la otredad como “imaginario” sólo demostramos nuestra ignorancia para incorporar una biología noemática al trabajo con nuestro cuerpo?

Bibliografía

Alarcón, Hernando Ruíz de. 1948-52. Tratado de las idolatrías, supersticiones, dioses, ritos y otras costumbres gentilicias de las razas aborígenes. Tomo XX. México: Fuente Cultural.

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Dembeck, Hermann. 1965. Animals and Men. Trad. del alemán Richard and Clara Winston. London: Doubleday.

Duverger, Christian. 1983. La flor letal: Economía del sacrificio azteca. México: FCE

Furst,T. Peter. Alucinógenos y cultura. 1980. México: FCE.

Jansen, Maarten y Gabina Aurora Pérez Jiménez. “Dos princesas mixtecas en Monte Albán.” Arqueología mexicana. Vol.V.NÚM.29. 1998.

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Olivier, Guilhem. “Los animales en el mundo prehispánico.”Arqueología mexicana. Vol.VI-NÚM.35.1999.

Séjourné, Laurette. 1983. El pensamiento Náhuatl cifrado por los calendarios. Trad. Josefina Oliva de Coll. México: Siglo XXI.

Serna, Jacinto de la. 1948-52. Tratado de las idolatrías, supersticiones, dioses, ritos y otras costumbres gentilicias de las razas aborígenes. Tomo X. México: Fuente Cultural.

Wasson, Gordon. “Xochipilli, príncipe de las flores: Una nueva interpretación.” Revista de la UNAM. Nueva época. No. 11. Marzo de 1982.

Una entrevista con Daniel C. Noel

Daniel C. Noel
Una entrevista con Daniel C. Noel

Por Sandy McIntosh
traducción por José González Riquelme

Daniel C. Noel, autor de Seeing Castaneda: Reactions to the “Don Juan” Writings of Carlos Castaneda (1976) [traducida al español como “Castaneda a examen: Debate en torno al autor de «Las enseñanzas de Don Juan».], se ha dedicado a la enseñanza no tradicional de Filosofía y Letras en programas para adultos durante veinte y cinco años, primero en el Goddard College y desde 1981 en el Vermont College de la Universidad Norwich en Montpelier. Es también profesor adjunto en el Pacifica Graduate Institute en Carpinteria, California. Ha publicado otros cinco libros, el más reciente Paths to the Power of Myth. Da conferencias con frecuencia y realiza seminarios en las islas Británicas y el sudoeste americano.

Introducción

Tratando de encontrar sentido al torbellino crítico e ideológico que se ha producido a la muerte de Carlos Castaneda, algunos de nosotros hemos vuelto a leer las críticas que se habían publicado sobre sus obras. Dos de estas primeras críticas aparecieron en 1976: Castaneda´s Journey: The Power and the Allegory de Richard de Mille [traducida al españo como “La aventura de Castaneda: el poder y la alegoría] y Seeing Castaneda: Reactions to the “Don Juan” Writings of Carlos Castaneda de Daniel C. Noel. Aunque ninguno de los dos estaba al corriente del proyecto del otro, ambos se concentraron en lo que era el “punto clave” de la brujería de Castaneda en ese momento: la sospecha de que los libros de Castaneda fueran ficción. Sin embargo, mientras de Mille se dedicaba a perseguir las pistas que probaban el engaño literario y antropológico de Castaneda, Noel se concentraba en algo diferente. Vio que Castaneda estaba haciendo algo significativo, es decir, que estaba aportando una forma de chamanismo al mundo occidental, y lo hacía, al parecer, a través de un engaño. “Castaneda”, escribió más tarde, “parece que ha aportado la experiencia viva del chamanismo indígena a la cultura occidental que había suprimido esta expresión espiritual en su propia historia, acallando a sus practicantes y relegándola al irrelevante apartado de las curiosidades de los museos y al estudio de excéntricos intelectuales”.

En 1977, después de más de veinte años de la publicación de Seeing Castaneda, Daniel Noel publica The Soul of Shamanism: Western Fantasies, Imaginal Realities [El Alma del chamanismo: Fantasías occidentales, realidades imaginadas]. En este libro explora el mundo de lo que llama neochamanismo, presentando una perspectiva general de cómo el mundo occidental ha imaginado al chamán mediante las obras de sus escritores, como Castaneda. Y lo que es más importante, evalúa cómo podemos llegar a entender estas aportaciones, dándole todo su valor tanto en nuestros sueños como en nuestro estado de vigilia.

P: Si le parece podría hablarnos del interés que ha tenido por Carlos Castaneda durante más de tres décadas. ¿En primer lugar qué le aportaron sus escritos y cómo ha evolucionado su opinión sobre él a lo largo del tiempo?

R: La primera vez que oí hablar de Las enseñanzas de Don Juan fue a un estudiante en el Lafayette College, creo que en 1970. Había estado dando clases allí durante varios años en el departamento de Religión, ocupándome de la filosofía de la religión, aunque por entonces yo estaba realmente más interesado en la correlación entre la religión-literatura y la religión-psicología. De todas maneras, publiqué algunas cosas sobre la teología radical de los años sesenta conocida como “Dios ha muerto”, participé en algunas protestas políticas menores, experimenté con halucinógenos blandos —bueno, creo que sólo marihuana, aunque estuve en reuniones en donde circulaban otras substancias, etc. Tenía una familia joven y no me sentía muy aventurero, claro, de manera que mi “preparación” para Castaneda por entonces era intelectual. Cuando leí el primer libro de Castaneda me pareció una dramatización maravillosa de temas que me habían fascinado en mis lecturas más abstractas de Nietzsche, Feuerbach, Wallace Stevens, Owen Barfield, y otros: relativismo, nihilismo, la muerte de “Dios” pero el retorno de lo sagrado, el poder de la metáfora en el lenguaje religioso. Las Enseñanzas se convirtieron así en una herramienta pedagógica, algo con lo que animar a mis estudiantes en un curso bastante abstruso llamado “Interpretaciones modernas de la Religión”. Fue muy bien recibido, y durante el curso apareció publicado un pasaje del libro siguiente, Una realidad aparte, en la revista Esquire. Y con esto quedé enganchado.

Un par de años más tarde estaba en el State College, Pennsylvania, visitando la Penn State University, y vi en una librería una serie de libros llamados “Escritores de los setenta” publicados por Warner Paperback Library. La serie tenía comentarios sobre los más atractivos escritores del momento: Hesse, Tolkien, Brautigan, Pynchon. Decidí proponer un comentario sobre Castaneda; y aceptaron. De manera que ahora sólo tenía que ahondar en los libros de Castaneda —ya eran tres— así como en otras fuentes de información secundarias, e intentar decir cual era su significado. Me enfrasqué mucho —puedo decir que me sumergí casi halucinogénicamente— en estas obras. Me di cuenta que lo que pasaba (en parte) era que el lector se veía arrastrado a un aprendizaje con los escritos de Castaneda, de una manera que se asemejaba al aprendizaje del Carlos de los libros de don Juan. Eso es lo que quise presentar, intentando demostrarlo, en el manuscrito que hice para Warner, y que acabé alrededor de 1974.

En ese momento no había reconocido la condición de ficción embaucadora de los libros. Sabía que eran raros, pero me sentía feliz de poder trabajar con ellos como materializaciones maravillosas de temas trascendentes en las postrimerías modernistas de la vorágine de la cultura occidental. Me encantaba que un chamán indígena estuviera constantemente llevándole la delantera a un estudiante graduado, representante de la racional cultura occidental —aunque esto empezó a parecerme un poco sospechoso, una confabulación, con Carlos el hombre de paja a quien el lector se sentiría agradablemente superior.

Cuando el libro Carlos Castaneda: Writer For The Seventies, estaba a punto de publicarse en 1975 tropecé con un obstáculo que hizo más densa la trama. Simon and Schuster, el editor de Castaneda, le negó la autorización a mi editor para poder citar las palabras de don Juan en mi libro. Ya he contado esta pequeñez de brujería editorial en The Soul of Shamanism [El alma del chamanismo], así que no lo repetiré aquí. Baste decir que me sentí descorazonado: mi libro se apoyaba en citas textuales y no me podía permitir una demanda, de manera que el libro fue machacado como un bicho por la negativa tan poco corriente de Simon and Schuster.

Pero esto aumentó mi fascinación por Castaneda al envolver aún más en el misterio quién era y lo que pretendía. Lo localicé por carta y me telefoneó cuatro veces (que se relatan en mi libro de 1997). Recuerdo que pensé que el origen de la palabra “phony” [falso o farsante] era el sonido de voces por teléfono [“telephone” o, abreviando, “phone”], pero la persona que me llamó desde el nevado Vermont parecía ser Carlos —que dijo algunas cosas encantadoras y también algunas cosas engañosas. Como solía hacer de costumbre, según averigüé después.

Con esto llegamos a 1976: Publiqué una colección de artículos para Putnam (Seeing Castaneda) [Castaneda a examen], con objeto de recuperar un poco del esfuerzo perdido con el libro para Warner. Incluso aquí tuve que tomar las citas de Castaneda de los artículos ya publicados e incluidos en Castaneda a examen y parafrasearlos por miedo a que Simon and Schuster me persiguiera. Por entonces ya había leído —y publicado en mi colección— unas palabras de la novelista Joyce Carol Oates que dudaba de la veracidad de Castaneda. Mientras rumiaba esto —Oates no presentó muchas pruebas de sus sospechas— se publicó el libro de Richard De Mille, Castaneda´s Journey [La aventura de Castaneda]. Por entonces no creía que demostrar que Castaneda nos engañaba fuera posible realmente, pero el no estar seguro si los libros eran realidad o ficción era suficiente para despertar algunas dudas —y algunas posibilidades.

De Mille y yo intercambiamos algunas cartas durante unos cuantos años, no llegando a ponernos de acuerdo totalmente sobre el valor que los libros pudieran tener, dada su ambigüedad entre realidad y ficción, y sobre qué enseñanza nos podría transmitir esa ambigüedad. Al final de los años setenta ambos hicimos una crítica de un libro de Castaneda en el mismo número de la revista Parabola y comentamos nuestras respectivas críticas. Cuando en 1980 publicó su segundo libro, The Don Juan Papers, yo ya había aceptado que probablemente tenía razón: los libros de Castaneda eran ficción. Aunque De Mille hizo su desenmascaramiento con un gran sentido del humor —no se percibía desilusión o enojo— aún no contemplaba a mi entera satisfacción el potencial docente (por ejemplo, el efecto “postmodernizador” de no tener realmente un don Juan, pero haber reintroducido una forma de sabiduría indígena en un contexto secular occidental) de los libros que estaban siendo reconocidos y considerados como ficticios. ¿Qué nos decía el éxito del engaño sobre los lectores? ¿Y sobre el poder de la imaginación en ausencia de objetos reales?

Yo sabía que algún día hablaría de todo esto en otro libro, pero pasaron diecisiete años antes de que esto ocurriera. No volví a hablar con Castaneda cara a cara o por teléfono, y sus libros posteriores me fueron pareciendo cada vez más difíciles de leer. Pero nunca dejé de admirarlo por lo que hizo —o mejor dicho, por lo que su engaño hizo posible, tal como yo lo percibo y que finalmente he contado en The Soul of Shamanism. La vuelta del chamanismo al mundo occidental como un movimiento religioso —como “neochamanismo”— tuvo lugar gracias a un poder ficticio, un término que he tomado y adaptado del novelista Ronald Sukenick, para definir el poder y el proceso imaginativo que tuvo lugar al escribir Castaneda y leer nosotros las obras que creímos reales, verdaderas, sabias e incluso transformadoras. Pero parece bastante seguro que no hubo ningún don Juan, ningún desierto, ningún don Genaro, ningún Mescalito, ninguna Gorda, ningún nada de nada que estuviera basado en hechos. Sólo palabras mágicas en historias mágicas —una representación que apunta hacia el verdadero chamanismo que encuentro en el trabajo de Castaneda y en el de otros occidentales que lo siguieron.

Q: A muchas personas que, aparte de leer a Castaneda, asistieron a sus seminarios de Tensegridad y a sus clases privadas, las pruebas documentales recientes que revelan contradicciones y falta de honradez en su comportamiento y en el de sus compañeras les ha causado tristeza y rabia. Sin embargo, usted considera que hay algo genuino que deberíamos considerar: un “verdadero chamanismo” en el trabajo de Castaneda. En The Soul of Shamanism usted escribe que “el poder ficticio de la imaginación literaria que secretamente ha fomentado el neochamanismo es también el poder imaginativo de la psique, el ‘alma’ del mundo occidental y de sus buscadores actuales, para ser redescubierta y recuperada con actos y artes de imaginación chamánicos”. ¿Cómo deberíamos entender esto?

R: Creo que esta afirmación de The Soul of Shamanism debería entenderse como una provocación para reconsiderar algo que nuestra cultura ha tratado de rechazar tanto como ha rechazado el valor del chamanismo indígena: el poder y el proceso de imaginar como una realidad con implicaciones chamánicas. Esta reconsideración es difícil —¡tendría que escribir todo un libro recomendándola!— porque normalmente no damos a la realidad de la imaginación la importancia que tiene. Convencionalmente comparamos la imaginación con la realidad, en ver de verla como una realidad independiente, no-literal y no-objetiva por derecho propio. Esto significa que es más que algo que nosotros inventamos (aunque también podemos hacer eso) como decisión del ego, como un juguete. O incluso como una herramienta poderosa, tal como la “visualización creativa” para perder peso, ayudar en las actividades atléticas, o convocar a las células T asesinas contra la leucemia. Estos son unos usos valiosos de la visualización, como si fuera un animal doméstico que te ayudara, una mula o un perro de ciego. Pero esa visualización más profunda en la que pienso es espontánea —viene a ti como un animal salvaje, o un poder animal, como digo en el libro. Esto sería equivalente a los “espíritus” que encontramos en el chamanismo indígena: una fuerza formidable con la que bailar y conversar. El valor de la tradición Junguiana/posjunguiana en psicología es que no es solamente una psicología de la imaginación sino también una psicología “imaginativa”. Reconoce y participa en esta “imaginación salvaje” al mismo tiempo que ayuda a explicarla. Fue el trabajar con las ideas de James Hillman en particular —mientras reflexionaba sobre las lecciones que nos ha dado la dedicación a imaginar de Castaneda— lo que me hizo ver que una cierta relación con la imaginación podía ser un recurso chamánico o neochamánico. Es decir, que podía tomar el engaño de Castaneda como un ejemplo de su imaginación literaria en funcionamiento, suscitando nuestra imaginación como lectores. Fue tan poderosa la realidad de este factor que propició la formación de todo un movimiento. Y ni siquiera estoy seguro de que participar en seminarios —o tomar halucinógenos, — realmente “vaya más allá” de la experiencia básica de leer esas palabras halucinógenas que escribe Carlos. Puede ser un paso atrás, si me apuras. O tal vez sólo sea un paso al lado, pero no hacia adelante. Pero ahora que los seminarios y el mecanismo social que los rodea están en cuestión, puede que se esté presentando una oportunidad de aprender —una oportunidad chamánica de aprender, si te parece.

P: Algunos de nosotros, al tratar de desmantelar los elementos de las enseñanzas de Castaneda, nos hemos preguntado si la cultura de la que Castaneda extrajo sus revelaciones (“las chamanes del México antiguo”) es accesible a los occidentales. Esta inquietud refleja aquellos comentarios desdeñosos de Robert Bly sobre Castaneda de que “Nadie puede echar cimientos en la tierra de nadie”. Para obtener algún beneficio de la oportunidad de aprendizaje chamánico que usted sugiere ¿qué importancia tiene esta consideración para nosotros?

R: Creo que las consideraciones de “apropiación cultural” —o apropiación indebida o inadecuada — son muy importantes en todo esto. Entre las muchas cosas que me gustan de los libros de Castaneda, no se encuentra la deformación de las culturas indígenas, empezando por la de los yaquis. Hemos oprimido a estos pueblos durante tanto tiempo como para que pensemos, como “occidentales”, que existe un terreno de juego común y que nuestras buenas intenciones son suficientes para traspasar el límite que nos separa de la sabiduría chamánica de tales culturas. Yo no descartaría en absoluto la posibilidad de que un “buscador” occidental sea capaz de llevar a cabo un entrenamiento auténtico con un maestro indígena. Pero las posibilidades de que esto ocurra son muy remotas; en su lugar, lo que tenemos es decepción, engreimiento y explotación. Cuando Castaneda empezó a hablar de los “Toltecas” y sus ideas sobre el “cuerpo energético” me pregunté cómo había llegado la jerga de la Nueva Era al México antiguo (!). No, para mí la mejor opción es tratar de desarrollar algo partiendo del propio legado del mundo occidental que pueda tener fructíferos paralelismos con los chamanismos indígenas. Casi inevitablemente un esfuerzo así requeriría la ayuda de la psicología, y mi propuesta, como ya he dicho, utiliza la psicología post-Junguiana porque me parece la mejor preparada para estar a la altura así como explicar el poder y el proceso de imaginar que el fraude de Castaneda nos presenta como un recurso válido. Si fuéramos capaces de desarrollar un auténtico neochamanismo occidental, entonces tendríamos algo para devolver a los pueblos indígenas cuando ellos nos ofrecen libremente algo de su sabiduría espiritual —en lugar de simplemente agarrar su regalo sin nada a cambio, excepto nuestras buenas intenciones envueltas en dólares gringos.

P: Usted conjura a Merlín, el famoso Merlín de los tiempos del Rey Arturo, como un probable arquetipo en el que basar un neochamanismo occidental. Usted lo relaciona con Jung, contando que durante el proceso de construcción de su torre de retiro en Bollingen en el lago Zurich, Jung grabó imágenes y frases en un gran cubo de granito porque le recordaba la vida de Merlín en el bosque, después de que este sabio desapareciera del mundo. ¿Por qué Merlín en particular, y qué es lo que lo relaciona con Jung y con nosotros?

R: Como mencioné antes, no creo que podamos comprender estas materias —es decir, cómo identificarnos, como occidentales, con la espiritualidad chamánica— sin la ayuda de la psicología. Así que esto es lo que nos relaciona con Jung, entre otros forjadores de la modernos psicología occidental. Además, Jung estaba involucrado en áreas que para mí son las más apropiadas: la imaginación, la realidad de la psique, los sueños, la necesidad de espiritualidad y de “la vida simbólica”, etc. La relación entre Jung y Merlín no es rigurosa, en absoluto, pero su propia fascinación personal con la figura y la leyenda de Merlín, como se muestra en parte por la anécdota que usted ha recordado sobre su piedra en Bollingen, parece al menos una relación sugerente, una oportunidad para imaginar posibles paralelismos. También insinúo en mi libro que cuando Merlín desaparece de los asuntos mundanos de la corte de Arturo y de las ocupaciones militares, y es encantado volviéndolo invisible por Niniane/Viviane/Nimue, se convierte en un personaje de leyenda, en un figura íntima, en una parte de la psique occidental. De esta manera reside en un reino en donde la psicología y la estética se entremezclan —es como decir que se lleva consigo su “chamanismo celta”— y en ese reino es en donde Jung se estableció en este siglo. Merlín es un posible modelo de comportamiento chamánico occidental —uno que yo relaciono, un tanto libremente, con Jung. Pero hay otras figuras que han sido consideradas como archi-chamanes occidentales: Orfeo, por ejemplo, o Fausto. Necesitaba un modelo, con una historia, que materializara mis puntos de vista abstractos sobre el (neo)chamanismo occidental como objetivo posible, viable. Pero no hay ninguna ortodoxia Merliniana. Podía haber tomado a Orfeo o a Fausto e incluso haberles encontrado relaciones con Jung. Pero Merlín, y la relación Merlín-Jung, tal como es, me resultaba muy evocadora, provocando mi imaginación, que se encuentra a mitad de camino de la práctica chamánica, para gente como yo.

P: Incluso así, usted persiguió a Merlín de una manera muy concreta, viajando hasta Carmarthen en Gales, a la “Ciudad de Merlín”. Allí olvidó tomar su medicina para el corazón, se esforzó subiendo un camino muy empinado hasta un castillo que se encuentra al parecer cerca de la caverna en donde Merlín duerme hechizado. Usted escribió: “Decido continuar el ascenso, diciéndome que los dolores desaparecerán cuando llegue a la cima y pueda descansar. Aún así, temo que esto sea una estúpida hazaña temeraria que pueda llegar a costarme la vida.” Usted describió su ascenso como “controlado por el ego” y “heroico”, aunque advierte la incómoda sospecha de que debajo de estas cualidades hay algo —algún conocimiento— que pugna por salir. Después, usted habla del cuento de los hermanos Grimm “El espíritu de la botella”, en el cual un joven que camina por el bosque oye una voz que le dice: “¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí!” Estas cosas me llevan a la situación actual de los que hemos seguido a Castaneda. Cuando hablamos entre nosotros, algunos repetimos eslóganes tales como “Estoy siguiendo el camino del guerrero” o “Los hechos de la vida cotidiana carecen de importancia; lo único que importa es nuestro encuentro con el infinito”, mientras que otros desacreditan y ridiculizan estos eslóganes, a veces con contra-eslóganes. E incluso hay otros que aseguran que la auténtica solución radica en encontrar un maestro mejor. Me pregunto si, bajo todo esto, no habrá algo tratando de salir de nosotros que quiere deshacerse de los eslóganes, de los contra-eslóganes, e incluso de los maestros, y ponerse en pie y hacerse oír. ¿Cómo reacciona usted a esto?

R: Sí, he buscado a Merlín “de una manera concreta”, pero concreta no tiene que ser literal, o literaria. Los poemas son concretos; las historias son concretas; las imágenes y la imaginación son concretas —sin necesidad de hacer literatura. Mi experiencia en Gales fue sentida con el corazón, en el sentido de que sufrí dolores en el pecho que parecían ser una angina. Pero la relación que tienen con Merlín es, sobre todo, por la naturaleza emotiva de mi ascenso por aquella colina galesa. Quise ser tentativo sobre el significado final de mi experiencia, tentativo y metafórico. Sé que Merlín yace durmiendo en muchos lugares de las Islas Británicas y de la Bretaña —he visitado varios de ellos sin ningún problema con el corazón, al menos a nivel físico. Me surgieron como invitaciones para imaginar, aperturas al “otro mundo” de la imaginación. Y con la imaginación llega el sentimiento; para mí en esa época de mi vida —al menos tal como lo vi en retrospección cuando escribí el libro— la experiencia en Gales estaba aderezada con el final devastador de una relación así como la preocupación por mi estado de salud. Cualquier conocimiento que pudiera llevar conmigo —y creo que alguno había— no era metafísico. Era conocimiento del lugar adecuado para imaginar en el paisaje y en mi vida, al encontrar ese paisaje y buscar aprender de él. Hillman lo llama “el pensamiento del corazón”, viendo al corazón como el “órgano” de la imaginación. De la misma manera me referí a las palabras de Thomas Moore sobre “el problema del corazón” después de contar mi encuentro en la colina de Gales. Por último, usted puede preguntar que fue lo que encontré después de todo. Me repetiré: el poder y el proceso, chamánico en muchos aspectos, de imaginar. No un proceso intencionado de inventarse cosas sino la aparición espontánea de imágenes, alimentadas por la leyenda —no por ningún hecho— de Merlín y de esa colina, por molestias físicas (Elaine Scarry en The Body in Pain escribe cómo el dolor provoca imágenes), por asociaciones emocionales. ¿Fueron de este tipo “mi” imágenes? Jung dice que el inconsciente llega hasta Dios sabe donde —no sabemos donde termina. Lo mismo se puede decir de la imaginación: podemos participar con ella cuando está en un primer plano, pero su parte oculta llega más allá del ego, más allá de uno mismo, tal vez extendiéndose hasta el misterio. Para mí, con mis antecedentes particulares y mi experiencia, Merlín, el Merlín chamánico, es uno de los nombres de ese misterio.

Copyright © 1999, Sandy McIntosh y Daniel C. Noel

EL DON DEL ÁGUILA

EL DON DEL ÁGUILA
por Carlos Castaneda

TERCERA PARTE: EL DON DEL ÁGUILA
IX. LA REGLA DEL NAGUAL

Don Juan había sido extraordinariamente parco en cuanto a la historia de su vida personal. Su reticencia era, en lo fundamental, un recurso didáctico; hasta donde le concernía, su vida empezó cuando se convirtió en guerrero, y todo lo que le había ocurrido con anterioridad era de muy pocas consecuencias.

Todo lo que la Gorda y yo sabíamos de esa primera época de su vida, era que don Juan había nacido en Arizona, de ascendencia yaqui y yuma. Cuando aún era niño sus padres lo llevaron a vivir con los yaquis, en el norte de México. A los diez años de edad lo atrapó la marea de las guerras yaquis. Su madre fue asesinada, y después su padre fue aprehendido por el ejército mexicano. Tanto don Juan como su padre fueron enviados a un centro de reubicación en el estado de Yucatán, en el extremo sur del país. Allí creció.

Lo que le haya sucedido durante ese periodo nunca se nos fue revelado. Don Juan creía que no había necesidad de hablarnos de eso. Yo creía lo contrario. La importancia que di a esa parte de su vida, tenía que ver con mi convicción de que los rasgos distintivos y el énfasis de su mando emergieron de ese inventario personal de existencia.
Pero ese inventario, por muy importante que haya sido, no fue lo que le dio el inmenso significado que él tenía para nosotros, o para sus demás compañeros. Su preeminencia total se basaba en el acto fortuito de haberse ligado con “la regla”.

El hallarse ligado con la regla puede describirse como vivir un mito. Don Juan vivía un mito, un mito que lo atrapó y que lo hizo ser el nagual.
Don Juan decía que cuando la regla lo atrapó, él era un hombre agresivo y desenfrenado que vivía en el exilio, como miles de otros indios yaquis. Don Juan trabajaba en las plantaciones tabacaleras del sur de México. Un día, después del trabajo, le dispararon un tiro en el pecho en un encuentro casi fatal con un compañero de trabajo sobre cuestiones de dinero. Cuando volvió en sí, un viejo indio estaba inclinado sobre él y hurgaba con los dedos una pequeña herida que don Juan tenía en el pecho. La bala no había penetrado en la cavidad pectoral, sino que se hallaba alojada en un músculo, junto a una costilla. Don Juan se desmayó dos o tres veces a causa de la conmoción, la pérdida de sangre y, según él mismo lo refirió, del temor a morir. El viejo indio extrajo la bala y, como don Juan no tenía dónde quedarse, se lo llevó a su propia casa y lo cuidó durante más de un mes.

El viejo indio era bondadoso pero severo. Un día, cuando don Juan ya se sentía relativamente fuerte y casi se había recuperado, el viejo le dio un fuerte golpe en la espalda y lo forzó a entrar en un estado de conciencia acrecentada. Después, sin mayores preliminares, le reveló a don Juan la porción de la regla que tenía que ver con el nagual y su función.

Don Juan llevó a cabo exactamente lo mismo conmigo y con la Gorda; nos hizo cambiar niveles de conciencia y nos dijo la regla del nagual de la siguiente manera:

Al poder que gobierna el destino de todos los seres vivientes se le llama el Águila, no porque sea un águila o porque tenga algo que ver con las águilas, sino porque a los videntes se les aparece como una inconmensurable y negrísima águila, de altura infinita; empinada como se empinan las águilas.
A medida que el vidente contempla esa negrura; cuatro estallidos de luz le revelan lo que es el Águila. El primer estallido, que es como un rayo, guía al vidente a distinguir los contornos del cuerpo del Águila. Hay trozos de blancura que parecen ser las plumas y los talones de un águila. Un segundo estallido de luz revela una vibrante negrura, creadora de viento, que aletea como las alas de un águila. Con el tercer estallido de luz el vidente advierte un ojo taladrante, inhumano. Y el cuarto y último estallido le deja ver lo que el Águila hace.

El Águila se halla devorando la conciencia de todas las criaturas que, vivas en la tierra un momento antes y ahora muertas, van flotando como un incesante enjambre de luciérnagas hacia el pico del Águila para encontrar a su dueño, su razón de haber tenido vida. El Águila desenreda esas minúsculas llamas, las tiende como un curtidor extiende una piel, y después las consume, pues la conciencia es el sustento del Águila.

El Águila, ese poder que gobierna los destinos de los seres vivientes, refleja igualmente y al instante a todos esos seres. Por tanto, no tiene sentido que el hombre le rece al Águila, le pida favores, o tenga esperanzas de gracia. La parte humana del Águila es demasiado insignificante como para conmover a la totalidad.
Sólo a través de las acciones del Águila el vidente puede decir qué es lo que ella quiere. El Águila, aunque no se conmueve ante las circunstancias de ningún ser viviente, ha concedido un regalo, a cada uno de estos seres. A su propio modo y por su propio derecho, cualquiera de ellos, si así lo desea, tiene el poder de conservar la llama de la conciencia, el poder de desobedecer el comparendo para morir y ser consumido.

A cada cosa viviente se le ha concedido el poder, si así lo desea, de buscar una apertura hacia la libertad y de pasar por ella. Es obvio para el vidente que ve esa apertura y para las criaturas que pasan a través de ella, que el Águila ha concedido ese regalo a fin de perpetuar la conciencia.
Con el propósito de guiar a los seres vivientes hacia esa apertura, el Águila creó al nagual. El nagual es un ser doble a quien se ha revelado la regla. Ya tenga forma de ser humano, de animal, de planta o de cualquier cosa viviente, el nagual, por virtud de su doblez, está forzado a buscar ese pasaje oculto.
El nagual aparece en pares, masculino y femenino. Un hombre doble y una mujer doble se convierten en el nagual sólo después de que la regia les ha sido revelada a cada uno de ellos, y cada uno de ellos la ha comprendido y la ha aceptado en su totalidad.

Al ojo del vidente, un hombre nagual o una mujer nagual aparece como un huevo luminoso con cuatro compartimientos. A diferencia del ser humano ordinario, que sólo tiene dos lados, uno derecho y uno izquierdo, el nagual tiene el lado izquierdo dividido en dos secciones longitudinales, y un lado derecho igualmente dividido en dos.

El Águila creó el primer hombre nagual y la primera mujer nagual como videntes y de inmediato los puso en el mundo para que vieran. Les proporcionó cuatro guerreras acechadoras, tres guerreros y un propio, a quienes ellos tendrían que mantener, engrandecer y conducir a la libertad.
Las guerreras son llamadas las cuatro direcciones, las cuatro esquinas de un cuadrado, los cuatro humores, los cuatro vientos, las cuatro distintas personalidades femeninas que existen en la raza humana.
La primera es el Este. Se le llama orden. Es, optimista, de corazón liviano, suave, persistente como una brisa constante.

La segunda es el Norte. Es llamada fuerza. Tiene muchos recursos, es brusca, directa, tenaz como el viento duro.
La tercera es el Oeste. Se le llama sentimiento. Es introspectiva, llena de remordimientos, astuta, taimada, como una ráfaga de viento frío.
La cuarta es el Sur. Se le llama crecimiento. Nutre, es bullanguera, tímida, animada como el viento caliente.

Los tres guerreros y el propio representan los cuatro tipos de actividad y temperamento masculinos.
El primer tipo es el hombre que conoce, el erudito; un hombre confiable, noble, sereno, enteramente dedicado a llevar a cabo su tarea, cualquiera que ésta fuera.
El segundo tipo es el hombre de acción, sumamente volátil, un gran compañero, voluble y lleno de humor.
El tercer tipo es el organizador, el socio anónimo, el hombre misterioso, desconocido. Nada puede decirse de él porque no deja que nada de él se escape.
El propio es el cuarto tipo. Es el asistente, un hombre sombrío y taciturno que logra mucho si se le dirige adecuadamente pero que no puede actuar por sí mismo.
Con el fin de hacer las cosas más fáciles, el Águila mostró al hombre nagual y a la mujer nagual que cada uno de estos tipos entre los hombres y las mujeres de la tierra tienen rasgos específicos en su cuerpo luminoso.
El erudito tiene una especie de hendidura superficial, una brillante depresión en el plexo solar. En algunos hombres aparece como un estanque de intensa luminosidad, a veces tersa y reluciente como un espejo que no refleja.
El hombre de acción tiene unas fibras que emanan del área de la voluntad. El número de fibras varía de una a cinco, y su grosor fluctúa desde un cordel hasta un macizo tentáculo parecido a un látigo de más de dos metros. Algunos hombres tienen hasta tres de estas fibras desarrolladas al punto de ser tentáculos.

Al socio anónimo no se le reconoce por ningún rasgo exclusivo sino por su habilidad de crear, muy involuntariamente, un estallido de poder que bloquea con efectividad la atención de los videntes. Cuando están en presencia de este tipo de hombre, los videntes se descubren inmersos en detalles externos en vez de ver.
El asistente no tiene configuración obvia. Ante el vidente aparece como un brillo diáfano en un cascarón de luminosidad sin imperfecciones.
En el dominio femenino, se reconoce al Este por las casi imperceptibles manchas de su luminosidad, que son como pequeñas zonas de descoloración.
El Norte tiene una radiación que abarca todo, exuda un destello rojizo, casi como calor.
El Oeste tiene una tenue membrana que la envuelve, que la hace verse más oscura que las otras.
El Sur tiene un destello intermitente; brilla durante un momento y después se opaca, para brillar de nuevo.
El hombre nagual y la mujer nagual tienen dos movimientos distintos en sus cuerpos luminosos; sus lados derechos ondean, mientras los izquierdos giran.

En términos de personalidad, el hombre nagual es un proveedor, estable, incambiable. La mujer nagual es un ser en guerra pero aún así es un ser calmado, por siempre consciente pero sin ningún esfuerzo. Cada uno de ellos refleja los cuatro tipos de su sexo en cuatro materas de comportamiento.

La primera orden que el Águila dio al hombre nagual y a la mujer nagual fue que encontraran, por sus propios medios, otro grupo de cuatro guerreras, las cuatro direcciones, que siendo ensoñadoras fuesen las réplicas exactas de las acechadoras.

Las ensoñadoras aparecen ante el vidente como si tuviesen en sus partes medias un delantal de fibras que asemejan cabellos. Las acechadoras tienen un rasgo semejante, qué parece delantal, pero en vez de fibras el delantal consiste en incontables, pequeñas y redondas protuberancias.
Las ocho guerreras están divididas en dos bandas, que son llamadas planetas derecho e izquierdo. El planeta derecho está compuesto de cuatro acechadoras; el izquierdo, de cuatro ensoñadoras. Las guerreras de cada planeta fueron adiestradas por el Águila en la regla de sus tareas específicas: las acechadoras aprendieron a acechar; las soñadoras, a soñar.

Las dos guerreras de cada dirección viven juntas. Son tan semejantes que se reflejan la una a la otra, y sólo a través de la impecabilidad pueden encontrar solaz y estímulo en su reflejo comunal.
La única vez en que las cuatro soñadoras o las cuatro acechadoras se reúnen, es cuando tienen que llevar a cabo una tarea extrema. Pero sólo bajo circunstancias especiales deben juntar sus manos. Ese contacto las fusiona en un solo ser y solamente debe de ser usado en casos de necesidad extrema, o en el momento de abandonar este mundo.
Las dos guerreras de cada dirección están unidas a cualquiera de los guerreros, en la combinación que sea necesaria. De esa manera establecen un grupo de cuatro casas, en las que se pueden incorporar cuantos más guerreros sean necesarios.

Los guerreros y el propio también pueden formar un grupo independiente de cuatro hombres, o cada uno de ellos puede funcionar como ser solitario, si eso dicta la necesidad.
Después, al nagual y a su grupo se les ordenó encontrar a otros tres propios. Estos podían ser todos hombres o todas mujeres o un grupo mixto; las mujeres tenían que ser del Sur.

Para asegurar que el primer hombre nagual condujera a su grupo a la libertad, sin desviarse del camino o sin corromperse, el Águila se llevó a la mujer nagual al otro mundo para que sirviera como faro que guía al grupo hacia la apertura.
El nagual y sus guerreros recibieron luego la orden de olvidar. Fueron hundidos en la oscuridad y se les dio nuevas tareas: la tarea de recordarse a sí mismos, y la tarea de recordar al Águila.
La orden de olvidar fue tan enorme que todos se separaron. No pudieron recordar quiénes eran. El Águila designó que si lograban recordarse a sí mismos nuevamente, podrían hallar la totalidad de sí mismos. Sólo entonces tendrían la fuerza y la tolerancia necesarias para buscar y enfrentar su jornada definitiva.

Su última tarea, después de recobrar la totalidad de sí mismos, consistió en conseguir un nuevo par de seres dobles y de transformarlos en un nuevo hombre nagual y en una nueva mujer nagual por virtud de revelarles la regla.
Y así como el primer hombre nagual y la primera mujer nagual fueron provistos de una banda mínima, su deber era proporcionar al nuevo par de naguales cuatro guerreras acechadoras, tres guerreros y un propio.
Cuando el primer nagual y su banda estuvieron listos para entrar en el pasaje, la primera mujer nagual ya los esperaba para guiarlos. Se les ordenó entonces que se llevaran con ellos a la nueva mujer nagual a fin de que ella sirviera de faro a su gente; el nuevo hombre nagual se quedó en el mundo para repetir el ciclo.

Mientras se hallan en el mundo, el número mínimo que se hallaba la dirección del nagual es dieciséis: ocho guerreras, cuatro guerreros contando al nagual, y cuatro propios. En el momento de abandonar el mundo, cuando la nueva mujer nagual se encuentra con ellos, el número del nagual es diecisiete. Si el poder personal permite tener más guerreros, éstos deben añadirse en múltiplos de cuatro.

Yo había presentado a don Juan la cuestión de cómo fue que se hizo conocer la regla al hombre. Me explicó que la regla no tenía fin y que cubría cada faceta de la conducta de un guerrero. La interpretación y acumulación de la regla es obra de videntes cuya tarea, a través de los milenios, ha sido ver al Águila, observar su flujo incesante. Por medio de sus observaciones, los videntes han concluido que, si el cascarón luminoso que comprende la humanidad de uno ha sido roto, uno puede encontrar en el Águila el tenue reflejo del hombre. Los irrevocables dictados del Águila pueden ser capturados por los videntes, interpretados adecuadamente por ellos, y acumulados en forma de un cuerpo de gobierno.

Don Juan me explicó que la regla no era un cuento, y que cruzar hacia la libertad no significa vida eterna tal como se entiende comúnmente a la eternidad: esto es, vivir por siempre. Lo que la regla asentaba era que uno podía conservar la conciencia, que por fuerza se abandona en el momento de morir. Don Juan no podía explicar lo que significaba conservar esa conciencia, o quizá ni siquiera podía concebirlo. Su benefactor le había dicho que en el momento de cruzar, uno entra en la tercera atención, y que el cuerpo en su totalidad se inflama de conocimiento. Cada célula se torna, al instante, consciente de sí misma y también de la totalidad del cuerpo.
Su benefactor también le había dicho que este tipo de conciencia no tiene sentido para nuestras mentes compartamentalizadas. Por consiguiente, el meollo de la lucha del guerrero no consistía tanto en enterarse de que el cruce del que se habla en la regla significaba cruzar a la tercera atención, sino, más bien, en concebir que tal conciencia existe.

Don Juan decía que al principio la regla era, para él, algo estrictamente en el dominio de las palabras. No podía imaginar cómo podía deslizarse al dominio del mundo real y sus manifestaciones. Bajo la efectiva guía de su benefactor, sin embargo, y después de mucho trabajo, finalmente logró comprender la verdadera naturaleza de la regla, y la aceptó totalmente como un conjunto de directivas pragmáticas y no como mito. A partir de ese momento, no tuvo problemas al tratar con la realidad de la tercera atención. El único obstáculo en su camino surgió a raíz de su creencia de que la regla era un mapa. Estaba tan convencido de ello, que creyó que tenía que buscar una apertura en el mundo, un pasaje. De alguna manera, se había quedado innecesariamente atascado en el primer nivel del desarrollo de un guerrero.

Como resultado de esto, la tarea de don Juan, en su capacidad de guía y maestro, fue dirigida a ayudar a los aprendices, y a mí en lo especial, a evitar que se repitiera ese error. Lo que logró hacer con nosotros fue conducirnos a través de las tres etapas del desarrollo del guerrero, sin enfatizar ninguna de ellas más de la cuenta. Primero nos guió para que tomáramos la regla como mapa, después nos guió a la comprensión de que uno puede obtener una conciencia suprema, porque tal cosa existe; y, por último, nos guió a un pasaje concreto para pasar a ese otro mundo oculto de la conciencia.

Para conducirnos a través de la primera etapa, la aceptación de la regla como un mapa, don Juan tomó la sección que pertenece al nagual y su función, y nos mostró que ésta corresponde a hechos inequívocos. El logró esto a fuerza de hacernos tener, mientras nos hallábamos en fases de conciencia acrecentada, un trato sin restricciones con los miembros del grupo, que eran las personificaciones vivientes de los ocho tipos descritos por la regla. Conforme tratamos con ellos, se nos revelaron aspectos más complejos e inducidos de la regla. Hasta que estuvimos en condiciones de comprender que nos encontrábamos atrapados en la red de algo que en un principio habíamos conceptualizado como mito, pero que en esencia era un mapa.

Don Juan nos dijo que, en este respecto, su caso había sido idéntico al nuestro. Su benefactor le ayudó a pasar a través de esa primera fase permitiéndole el mismo tipo de interacción. Para ello lo hizo desplazarse una y otra vez de la conciencia del lado derecho a la del izquierdo, lo presentó con los miembros de su propio grupo, las ocho guerreras, los tres guerreros y los cuatro propios, que eran, como es obligatorio, los ejemplos más estrictos de los tipos que describe la regla. El impacto de conocerlos y de tratar con ellos fue aplastante para don Juan. No sólo lo obligó a considerar la regla como un hecho positivo sino que lo hizo comprender la magnitud de nuestras desconocidas posibilidades.

Don Juan dijo que para el momento en que todos los miembros de su propio grupo habían sido reunidos, él se hallaba tan profundamente dado a la vida del guerrero, que no le causó gran sorpresa el hecho de que, sin ningún esfuerzo evidente por parte de nadie, ellos vinieron a ser réplicas perfectas de los guerreros del grupo de su benefactor. La similitud de sus gustos personales, antipatías, afiliaciones, etcétera, no era resultado de imitación; don Juan decía que ellos pertenecían, tal como plantea la regla, a grupos específicos de gente que tiene las mismas reacciones. Las únicas diferencias entre la gente del mismo grupo era el tono de sus voces, el sonido de su risa.

Al explicarme los efectos que en él había tenido el trato con los guerreros de su benefactor, don Juan tocó el tema de la muy significativa diferencia que existía entre cómo interpretaban la regla su benefactor y él, y también en cómo conducían y enseñaban a otros a aceptarla como mapa. Me dijo que hay dos tipos de interpretaciones: la universal y la individual. Las interpretaciones universales toman las afirmaciones que conforman el cuerpo de la regla tal como son. Un ejemplo sería decir que al Águila no le importan las acciones de los hombres y, sin embargo, les ha proporcionado un pasaje hacia la libertad.

La interpretación individual, por otra parte, es una conclusión presente, del día, a la que llegan los videntes al utilizar las interpretaciones universales como premisas. Un ejemplo sería decir que a causa de que al Águila no le importo, yo tendría que ver modos de asegurar mis posibilidades de alcanzar la libertad, quizás a través de mi propia iniciativa.
Según don Juan, él y su benefactor eran muy distintos en sus métodos para guiar a sus pupilos. Don Juan decía que su benefactor era demasiado severo; guiaba con mano de hierro y, siguiendo su convicción de que con el Águila no existen las limosnas, nunca hizo nada por nadie de una manera directa.
En cambio, apoyó activamente a todos para que se ayudaran a sí mismos. Consideraba que el regalo de la libertad que ofrece el Águila no es una dádiva sino la oportunidad de tener una oportunidad.
Don Juan, aunque apreciaba los méritos del método de su benefactor, no estaba de acuerdo con él. Cuando él ya era nagual vio que ese método desperdicia tiempo irreemplazable. Para él era más eficaz presentarle a cualquiera una situación dada y forzarlo a aceptarla, y no esperar a que estuviese listo a enfrentarla por su propia cuenta. Ese fue el método que siguió conmigo y con los demás aprendices.

La ocasión en que esa diferencia fue más agobiante para don Juan, fue durante el tiempo que trató con los guerreros de su benefactor. El mandato de la regla era que el benefactor tenía que encontrarle a don Juan primero una mujer nagual y después un grupo de cuatro mujeres y cuatro hombres para componer su grupo de guerreros. El benefactor vio que don Juan aún no disponía de suficiente poder personal para asumir la responsabilidad de una mujer nagual, así es que invirtió el orden y pidió a las mujeres de su propio grupo que hallaran primero las cuatro mujeres y después los cuatro hombres.

Don Juan confesó que la idea de esa inversión lo entusiasmó. Había entendido que esas mujeres eran para su uso, y en su mente eso se traducía en un uso sexual. Su ruina fue el revelar sus expectativas a su benefactor, quien inmediatamente lo puso en contacto con los guerreros y las guerreras de su propio grupo y lo dejó con ellos.
Para don Juan fue un verdadero encontrón conocer a esos guerreros, no sólo porque eran a propósito difíciles con él, sino porque ese encuentro es de por sí un abre caminos.

Don Juan decía que es un abre caminos porque los actos en el lado izquierdo no pueden tener lugar a no ser que todos los participantes compartan el mismo estado. Por esa razón no nos dejaba entrar en la conciencia del lado izquierdo sino para llevar a cabo nuestra actividad con sus guerreros. En su caso, sin embargo, su benefactor lo empujó a ella y no lo dejó salir de allí.

Don Juan me dio una breve relación de lo que ocurrió durante su primer encuentro con los miembros del grupo de su benefactor. Tenía la idea de que quizá yo podía usar esa experiencia como una muestra de lo que me esperaba. Me dijo que el mundo de su benefactor tenía una seguridad magnífica. Los miembros de su grupo eran guerreros indios que provenían de todo México. Cuando él los conoció, todos ellos vivían en una remota región montañosa del sur de México.

Al llegar a la casa, don Juan se enfrentó a dos mujeres idénticas, las indias más grandes que jamás hubiera visto. Eran ceñudas y malas, pero tenían facciones muy agradables. Cuando él quiso pasar entre ellas, lo atraparon con sus enormes barrigas, lo cogieron de los brazos y empezaron a golpearlo. Lo tiraron al suelo y se sentaron sobre él, casi aplastándole la caja torácica. Lo tuvieron inmovilizado mas de doce horas mientras negociaban con su benefactor, quien tuvo que hablar sin parar toda la noche hasta que ellas finalmente dejaron libre a don Juan en la mañana. Me dijo que lo que lo aterró más que nada fue la determinación que mostraban los ojos de esas mujeres. Pensó que estaba perdido, porque ellas iban a quedarse sentadas encima de él hasta que muriera, como lo habían advertido.

Por regla general debe haber un periodo de espera de unas cuantas semanas antes de conocer al siguiente grupo de guerreros, pero debido a que su benefactor planeaba dejarlo permanentemente con ellos, don Juan fue inmediatamente presentado a los demás. Conoció a cada uno de ellos en un solo día y todos ellos lo trataron como basura. Argüían que no era el hombre adecuado para la tarea, que era demasiado soez y excesivamente estúpido, joven pero ya senil en su manera de ser. Su benefactor habló brillantemente en defensa de don Juan; les dijo que todos ellos iban a tener la oportunidad de modificar esas condiciones, y que debería ser el máximo deleite, para ellos y para don Juan, asumir esa responsabilidad.

Don Juan me dijo que la primera impresión fue correcta. Para él, a partir de ese momento, sólo hubo penurias y trabajo. Las mujeres vieron que don Juan era ingobernable y que no se le podía confiar la compleja y delicada tarea de dirigir a cuatro mujeres. Como eran videntes, hicieron su propia interpretación personal de la regla y decidieron que sería más adecuado para don Juan tener primero a los cuatro guerreros y luego a las cuatro mujeres. Don Juan estaba convencido de que ese ver había sido justo. Para poder dirigir guerreras, un nagual tiene que hallarse en un estado de poder personal consumado; un estado de seriedad y control, en el cual los sentimientos humanos desempeñan un papel mínimo; en ese tiempo tal estado le era inconcebible.

Su benefactor lo puso bajo la supervisión directa de sus dos guerreras del Oeste, las más intransigentes y feroces de todas. Don Juan me dijo que las mujeres del Oeste, de acuerdo con la regla, están totalmente locas y que alguien tiene que cuidarlas. Bajó las durezas del ensoñar y del acechar sus lados derechos, sus mentes se dañan. Su razón se extingue muy fácilmente por el hecho de que su conciencia del lado izquierdo es extremadamente aguda. Una vez que pierden el lado racional son ensoñadoras y acechadoras insuperables porque ya no tienen ningún lastre racional que las contenga.

Don Juan dice que esas mujeres lo curaron de la lujuria. Durante seis meses pasó la mayor parte del tiempo en un arnés, suspendido del techo de una cocina rural, como jamón que se ahuma, hasta que quedó completamente limpio de pensamientos de ganancia y de gratificación personal.

Don Juan me explicó que el arnés de cuero es espléndido recurso para curar ciertas enfermedades que no son físicas. Mientras más alta esté suspendida una persona y más tiempo pase sin tocar el suelo, pendiendo en el aire, mejores son las posibilidades de un efecto verdaderamente purificador.

A medida que las dos guerreras del Oeste lo limpiaban, las otras mujeres estaban atareadas en encontrar los hombres y las mujeres que iban a formar su grupo. Les tomó años lograrlo. Don Juan, en tanto, tuvo que tratar por su propia cuenta a todos los guerreros de su benefactor. La presencia y el contacto con ellos fue tan avasallador que don Juan creyó que nunca se vería libre de su influencia. El resultado fue una adherencia total y literal al cuerpo de la regla. Don Juan decía que desperdició tiempo irremplazable reflexionando sobre la existencia de su pasaje real hacia el otro mundo. Consideraba que esa preocupación era una trampa que debía evitarse a toda costa. Para protegerme de ella, no me dejó llevar a cabo el trato obligatorio con los miembros de su cuerpo a menos que estuviera protegido por la presencia de la Gorda o de cualquier otro de los aprendices.

En mi caso, conocer a los guerreros de don Juan fue el resultado final de un largo proceso. Nunca se hizo mención de ellos en las conversaciones habituales con don Juan. Yo sabía de su existencia solamente a través de inferencias; él me iba revelando porciones de la regla que me daban a entender eso. Más tarde, don Juan admitió que esas personas existían, y que a la larga yo las conocería. Me preparó para esos encuentros dándome instrucciones y consejos generales.

Me previno acerca de un error común; el error de sobrestimar la conciencia del lado izquierdo, de deslumbrarse ante su claridad y poder. Me dijo que estar en la conciencia del lado izquierdo no quiere decir que uno se libera inmediatamente de los desatinos: sólo significa tener una capacidad perceptiva más intensa, una facilidad aún mayor para comprender y aprender y, sobre todo, una gran habilidad para olvidar.
A medida que se aproximaba la hora de que conociera a los guerreros de don Juan, éste me dio una escueta descripción del grupo de su benefactor, como una guía para mi propio uso. Me dijo que para un espectador el mundo de su benefactor podría parecer a veces que consistía en cuatro familias.

La primera estaba formada por las mujeres del Sur y el primer propio; la segunda, por las mujeres del Este, el erudito y un propio; la tercera, por las mujeres del Norte, el hombre de acción y otro propio; y la cuarta, por las mujeres del Oeste, el socio anónimo y un tercer propio.
Otras veces, ese mundo podía parecer compuesto de grupos. Había un grupo de cuatro hombres de mayor edad, completamente distintos, que eran el benefactor de don Juan y sus tres guerreros. Luego, estaba un grupo de cuatro hombres tremendamente parecidos entre sí: los propios. Un tercer grupo compuesto de dos pares de gemelas, aparentemente. idénticas, que vivían juntas y que eran las mujeres del Sur y las del Este. Y un cuarto grupo formado por otros dos pares de supuestas hermanas, las mujeres del Norte y del Oeste.

Ninguna de estas mujeres tenía lazos de parentesco entre sí, simplemente parecían iguales, al punto, en ciertos casos, de ser idénticas. Don Juan creía que esto era producto del enorme poder personal que tenía su benefactor. Don Juan describió a las mujeres del Sur como dos mastodontes temibles en apariencia pero muy simpáticas y afectuosas. Las mujeres del Este eran muy bellas, frescas y graciosas, un verdadero deleite para verlas y oírlas. Las mujeres del Norte eran completamente femeninas, vanas, coquetas, preocupadas con la edad, pero también terriblemente directas e impacientes. Las mujeres del Oeste eran a veces locas, y otras, un epítome de severidad y determinación. Eran las que más perturbaban a don Juan, quien no podía reconciliar el hecho de que fueran tan sobrias, bondadosas y serviciales, con el hecho de que en un momento dado podían perder la compostura y quedar totalmente locas.

Los hombres, por otra parte, de ninguna manera eran memorables para don Juan. Creía que no había nada notable en ellos. Todos parecían hallarse completamente anulados por la conmocionante fuerza y determinación de las mujeres y por la personalidad avasalladora del benefactor.

En cuanto a su propio desarrollo, don Juan decía que el haber sido empujado al mundo de su benefactor le hizo comprender cuán fácil y conveniente le había sido dejar que su vida transcurriera sin disciplina alguna Entendió que su error había consistido en creer que sus miras eran las únicas metas valiosas que un hombre podía tener. Toda su vida había sido un indigente; la ambición que lo consumía, por tanto, era tener posesiones materiales, ser alguien. Tanto le preocupó el afán de salir adelante y la desesperación de saber que no lo estaba logrando; que nunca tuvo tiempo de examinar cosa alguna. De buena gana se aunó a su benefactor porque creyó que se le estaba presentando una oportunidad de engrandecerse. Pensó que, por lo menos, podría aprender a ser brujo. La realidad de su encuentro con el mundo de su benefactor fue tan diferente, que él la concebía como algo análogo al efecto de la conquista española en la cultura indígena. Algo que destruyó todo, pero que también llevó a una revalidación total.

Mi reacción a los preparativos para conocer al grupo de guerreros de don Juan no fue temor reverencial o miedo, sino más bien una mezquina preocupación intelectual sobre dos cuestiones. La primera era la proposición de que en el mundo sólo hay cuatro tipos de hombres y cuatro tipos de mujeres. Argüí con don Juan que la variación individual en la gente es demasiado vasta y compleja para un esquema tan simple. El no estuvo de acuerdo conmigo. Dijo que la regla era final, y que ésta no permitía un número indefinido de tipos de gente.

La segunda cuestión era el contexto cultural del conocimiento de don Juan. El no lo sabía. Lo consideraba producto de una especie de panindianismo. Su conjetura era que una vez, en el mundo indígena anterior a la Conquista, la manipulación de la segunda atención se vició. Se había desarrollado sin ningún obstáculo durante quizá miles de años, hasta que perdió la fuerza.

Los practicantes de ese tiempo posiblemente no necesitaban controles, y así, sin freno, la segunda atención, en vez de volverse más fuerte se debilitó conforme se volvió más y más intrincada. Después vinieron los invasores españoles y, con su tecnología superior, destruyeron el mundo de los indios. Don Juan me dijo que su benefactor se hallaba convencido de que sólo un grupo pequeño de guerreros sobrevivió y pudo reagrupar su conocimiento y redirigir su sendero. Todo lo que don Juan y su benefactor sabían de la segunda atención venía a ser versión reestructurada, una nueva versión a la que se le habían añadido restricciones porque había sido forjada bajo las más ásperas condiciones de supresión.

El nagualismo segun Coneculta

Los animales, la naturaleza y la sobrenaturaleza

Pese a que algunas especies fundamentales para la vida humana fueron traídas por los españoles, entre las que se cuentan los animales de carga, en época prehispánica existía una gran biodiversidad. Aves, reptiles, mamíferos, insectos, peces y moluscos, fueron muy importantes dentro de la cosmovisión prehispánica.

Tonalismo y nagualismo

De todos estos animales, los más relevantes, sin lugar a dudas, fueron el jaguar, el águila y la serpiente. El hombre poseía un gran conocimiento de las numerosas especies y las distancias no fueron obstáculo para poder obtener ciertos especimenes, como lo ejemplifica el célebre caso de la presencia de esqueletos de guacamayas encontrados en Casas Grandes, Chihuahua.

En lo que respecta a su relación con la sobrenaturaleza, hay que destacar que los animales eran seres muy cercanos a los dioses. Numerosas eran las deidades que se vinculaban de alguna u otra forma con los animales, ya fuera porque el dios era un animal (como Xólotl, el dios perro), por su nombre (como Quetzalcóatl- serpiente emplumada- o Huitzilopochtli -colibrí de la izquierda-), por sus atavíos zoomorfos o porque se creía que el numen tenía la capacidad de manifestarse como un animal. Además de ser muy próximos a las deidades del panteón mesoamericano, muchos animales tiene un papel preponderante en los mitos, tanto en los de creación del mundo, como los que explican la llegada de algún elemento a la vida humana, como el fuego.

Dos conceptos fundamentales nos permiten comprender la complejidad simbólica de los animales: tonalismo y nagualismo. El primero de ellos hace referencia a la supuesta capacidad de algunos individuos para convertirse en animales, mientras que el segundo nos remite a que todos los hombres se relacionaban, por el día de su nacimiento o de su baño ritual, con algún animal. Se creía que este último sería determinante para algunos aspectos de su vida.

Tonalismo y nagualismo

El tonalismo era entendido como una forma de posesión que supuestamente realizaban los hombres, los dioses y los muertos, en diversos seres entre los que predominan los animales. De acuerdo con el investigador Alfredo López Austin, la identidad anímica (una especie de alma) que realizaba dicha posesión era el Ihíyotl, misma que se creía estaba albergada, antes de salir de su dueño, en el hígado. No todos tenían la capacidad de realizar estas posesiones, sino que era una cosa de hechiceros o de personajes muy relevantes. Tezcatlipoca es el dios que, por excelencia, se transforma en un mayor número de animales (como el pavo y el jaguar), en cosas o en seres fantasmales. Este concepto se encontraba también difundido entre los mayas.

La noción de tonalismo, se relaciona con la entidad anímica que se creía estaba alojada en la cabeza: el tonalli. Este concepto nos remite a que una persona podía establecer un vínculo con un animal, “que vivía en el monte”, desde los primeros días de su vida. Esta relación sería permanente y era sencilla de establecer. Al respecto, cabe destacar que en el calendario ritual nahua, conocido como tonalpohualli, de veinte signos o glifos, diez de ellos corresponden a animales (águila, cocodrilo, conejo, jaguar, lagartija, mono, perro, serpiente, venado y zopilote). Nacer o recibir el baño ritual en un día con el signo de un animal implicaba una influencia para toda la vida. Por ejemplo, el que nacía en un día conejo tendría predisposición a ser borracho, mientras que el que lo hacía en un día venado sería tímido o cobarde.

Frenesi de lo visible:Nagualismo como etnodrama

N° 9
FRENESI DE LO VISIBLE

Cuerpo en el espejo

Gabriel Weisz

Vamos a disponer una construcción corporal en el mundo de la antigua cultura náhuatl bajo el influjo de dos creencias: el tonalismo y el nagualismo. Confirmamos el paso del humano a la forma animal bajo distintas condiciones del discurso mítico, principal alimentador del pensamiento religioso. Iniciamos con algunas historias de los dioses mesoamericanos y su paso a las formas animales. Sin embargo, existen maneras distintas en el discurso de las transformaciones, de manera que la planta también adquiere atributos humanos. Tratamos en este trabajo una serie de sustancias mitosomáticas, o sea, la mezcla de las “sustancias” del mito con las sustancias del cuerpo. No dejamos de mencionar el importante desempeño del calendario en todos estos discursos. Un nivel diferente ocupa la herbolaria y su influencia en la conceptuación del cuerpo mágico. Completamos nuestra descripción del cuerpo mágico con los rituales de sacrificio, pues con ello culmina un proceso radical de transformación y regeneración del mito como elemento mediador del cuerpo y la cosmogonía.

El sustantivo tonalli, derivado del verbo tona, “irradiar” (“hacer calor o sol,” según Molina), tiene varios significados: en uno remite al destino de la persona por el día en que nace. Muy significativo es que el vocablo tonalli consigna el simbolismo solar. El tonal asimismo remite a la acepción de espíritu familiar. Sahagún indica que el alma del infante era enviada del cielo más alto de Omeyocan, lugar de la dualidad. Después del nacimiento el infante es abandonado en el templo un par de noches, en este lugar se riega ceniza sobre el suelo; en tal forma los sacerdotes determinan las huellas que dejan los animales que pasan por allí, de esta manera el infante recibe de manera permanente, por compañero y guardián, a la bestia que lo visitó durante la noche (cfr. Beltrán, 1973).

En el tonalismo se plantea una relación entre animal y ser humano. Tal asociación toma lugar desde el mismo nacimiento del infante. El animal se ubica en un monte cercano al lugar donde acontece el nacimiento. La persona adopta una relación con su “tona” que la acompaña hasta su muerte. Sin embargo, López Austin estima que “faltan bases para afirmar si existió esta creencia en toda Mesoamérica” (1980, p. 431).

Sobre el nagualismo se opera una especie de proceso histriónico que yo identifico como etnodrama. En este etnodrama, el mago tiene la capacidad de adoptar una apariencia animal y luego puede retornar a su figura original cuando revierte el proceso. En el etnodrama existe la posibilidad de animar el drama de la transformación y así ubicarlo en el gran texto de la cosmogonía.

La cosmogonía náhuatl registra la transfiguración del dios Tezcatlipoca, que entre diversas formas tomaba la del coyote, ser fantasmal y zorrillo. Su nombre significa “Espejo humeante”, aparece con tal objeto en la nuca y una serpiente en uno de sus pies. El espejo puede evocar su naturaleza misteriosa y en constante cambio.

Se sabe que los espejos de obsidiana y otras piedras tenían un uso en la brujería y necromancia. Ponemos de manifiesto el efecto turbulento de esta deidad que causa discordia y conflicto en donde se hace presente. Pero también conserva una naturaleza dual pues así como puede traer destrucción, puede traer fortuna. Es un dios que encarna el cambio mediante el establecimiento del conflicto.

Muchos de los dioses adoptan formas animales, es el caso del tlacuache en Quetzalcóatl, el venado en Mixcóatl o bien el colibrí usado por Huitzilopochtli. Los dioses tenían dobles animales.

En el gran parque del emperador Moctezuma los militares españoles observaron jaguares y pumas. Una variedad de extraños monos, armadillos y gran cantidad de pájaros multicolores. Asimismo se alojaban mujeres barbadas y enanos deformes. Sobre los enanos y jorobados se pensaba que eran emisarios de los cielos. Los seres deformes se asociaban a los ahuiateteo, dioses del placer y de los excesos físicos.

El investigador Michel Graulich propone que el “Zoológico de Moctecuhzoma” albergaba los nahualtin de los dioses (cfr. Olivier, 1999 y Dembech, 1965). Registramos una historia que se narra en el Códice Nutall, (pp. 14-20) para sondear ciertas transformaciones del nagual.

En el relato la primera señora 3 Pedernal adopta la forma de una serpiente emplumada con el propósito de visitar a la diosa 1 Águila, la Abuela del río, dueña del Poniente y así quedar preñada. Cuando la diosa escucha su plegaria le obsequia una joya, indicación cierta de que iba a quedar encinta. Posteriormente se prepara el temazcal o baño de vapor como se acostumbraba para preparar a las mujeres que dan a luz. Nace su hija 3 Pedernal. La madre se transfigura de nuevo en su nahual, la serpiente emplumada (cfr. Jansen y Pérez Jiménez, 1998).

La fuerza del tonalli se ubica en la cabeza de la persona. La pérdida del tonalli o sombra –hemos de anotar la semejanza con ciertas características umbrosas que pertenecen a Tezcatlipoca – implica que ésta abandona el cuerpo por la noche y así se expone a ser dañada por un hechicero. Hoy en día entre los nahuas de Pajapan se mantiene que una hemorragia supone la pérdida de la sombra. El tonalli emplea a la sangre como su vehículo. Ruiz de Alarcón explica que cuando enferma una criatura consultan a la curandera o ticitl quien habla de una falta de hado, fortuna o estrella, todo lo cual abarca el tonalli. Sin embargo, son las llamadas tetonaltique las que devuelven el tonalli al lugar que corresponde. El procedimiento curativo consiste en hacer reflejar el rostro del enfermo sobre el agua, si notan el rostro obscuro, o cubierto con alguna sombra se diagnostica la ausencia del hado y fortuna, por el contrario, si el rostro aparece claro, se concluye que el niño no tiene una enfermedad grave y tan sólo lo sahuman. El tonalli marcaba un vínculo personal con el mundo de los dioses. Señalan este vínculo en “forma material, aunque invisible, como un hilo que salía de la cabeza del individuo” (López Austin, 1980, pp. 238-239).

En relación al tonalli solía hacerse una ofrenda de recortes de uñas y cabellos a el ahuítzotl, un animal al servicio de Tláloc, el dios de la lluvia. De aquí se plantea una curiosa escatología que consiste en ofrecer desechos corporales, aunque estas partes del cuerpo guardan la fuerza vital de las personas (cfr. López Austin, 1980).

Entre lo nahuas el ahuitzotl era una especie de nutria, el final de su cola se remataba con una mano humana que le servía para atrapar a sus víctimas que luego llevaba hasta las profundidades del agua. Los ahogados se incorporaban al ejército de muertos que servían a Tlaloc. Los cuerpos eran devueltos después, despojados de pelo, uñas y ojos. (Consultar el texto de Carmen Aguilera).

Un aspecto especialmente sobresaliente en una mitología corporal del tonalli es que no puede estar expuesto sin que se busque alguna cobertura que lo proteja. En tal sentido se administra una piel mágica de la planta que llamaban tlacopactli. Eran las tetonaltique o especialistas en devolver el tonalli que aplicaban la raíz de la planta en la mollera de los niños. Formaban collares de cuentas y se pensaba que el espíritu del muchacho quedaba atrapado en las cuentas de la planta. Este espíritu se encargaba de hacer penitencia por el muchacho. Pero es en la planta que se aloja el tonalli.

De manera análoga a la conformación del tonalli se encuentra una sustancia telúrica que se denominaba como ihíyotl . Pero solamente el nigromante era capaz de liberar el ihíyotl nagual como algunos lo denominaban. Esta entidad se albergaba en el hígado. Comprendemos porqué era la entidad predilecta del nigromante y con la cual podía transformarse, de manera deliberada, en animal. El ihíyotl aparecía como lugar luminoso, tenía el poder mágico de influir sobre otros seres pues lograba atraerlos a una persona, animal u objeto. Asimismo podemos distinguir las facultades racionales del tonalli de las más pasionales del ihíyotl. Existirá, tal vez, mayor movilidad en los atributos pasionales del ihíyotl. Me refiero a esa dinámica de los cambios en el estado de ánimo (consultar a López Austin, 1989).

Encontramos un material que define al nagual por la fecha ce quiahuitl o lluvia de su nacimiento. Esta condición puede asociarse al dios Naualpilli o gran Nagual, famoso dios huaxteca. La confederación azteca al momento de aniquilar el poderío huaxteca, secuestra al dios que resulta asimilado a Tlaloc, deidad de las aguas. Nahualpilli era conocido como nahualli, sabio, hechicero o nagual (ver a Beltrán, 1973). Por otro lado, no hay que olvidar que Tezcatlipoca o “Espejo humeante” era el hechicero por antonomasia del Posclásico tardío y se consideraba capaz de mudar su forma por la de un jaguar. Es pertinente mencionar que el gran nagual era igualmente asociado con el jaguar. El sacerdote que lo veneraba era identificado con el nombre oceloquacuilli o sacerdote jaguar (ver Beltrán, 1973).

En este punto me detengo en algunos estudios de Laurette Séjourné sobre la figura de Tezcatlipoca para destacar ciertos atributos que derivan del calendario, así pues en el jeroglífico del decimotercer día aparece un ser negro con los ojos vendados e identificado con Tezcatlipoca, por el espejo humeante. También aparece un hombre rojo que expulsa una sustancia blanca espumosa en algunos casos y amarilla en otros. El personaje rojo está emparentado con Atlazolteotl “Nuestra señora comedora de inmundicias”. En tal sentido se menciona un excremento divino, rasgo que nos hace recordar el peculiar ritual escatológico, en relación al tonalli, donde los desechos corporales alimentaban al ahuitzotl. No intento crear una equivalencia, sólo me limito a señalar algunos sedimentos del pensamiento mitológico. Sin embargo, para constatar la naturaleza escatológica de la deidad notamos que en el jeroglífico 15 águila del calendario notamos al Tezcatlipoca rojo que exhibe los signos de la materia fermentada y espumosa. Esta constitución escatológica tiene mayor apoyo en el papel que juega Tezcatlipoca como “materialización de la duración de la vida humana” [véase muerte] …” (Sejourné, 1983, p. 277)”.

Un dato complementario en la construcción de nuestro relato sobre la escatología nos conduce al arte lapidario de los nahuas. Los artesanos empleaban un poderoso pegamento que proviene de un árbol parecido al mezquite. Según el enviado por Felipe II, el protomédico Francisco Hernández, la mezcla de la goma se ponía a cocer con resina y arena. El resultado era el de una consistencia muy dura que le servía al lapidario para unir piedras y así fabricar los espejos (cfr. López Austin, 1988).

Una dimensión diferente del cuerpo mágico es la que encontramos con el uso de toda una herbolaria sagrada. Así tenemos el caso del peyote, cacto que tiene un efecto psicotrópico y cuyo alcaloide más conocido es la mescalina. El péyotl era una planta del Mictlán, región de las deidades de la muerte. Los nigromantes se encerraban para consumir el peyote y así consultar a los dioses. El objeto era curar enfermedades. El nigromante se denominaba Payni (ver Alarcón, Serna, Aguilera). El cuerpo mágico del peyote tiene una parte femenina en las cihuapipiltin, o sea las acompañantes del sol. Ellas eran las mujeres que morían en el parto. Así el peyote era conocido como tlazolcihuapilli, mujer hechicera y divina. Tenemos una serie de características del tonalismo, no sólo por las implicaciones solares, además sabemos que el péyotl significa “el resplandeciente”. Parece un término muy adecuado pues entre los efectos del cacto se registran “imágenes brillantemente coloridas y auras débilmente resplandecientes que parecen rodear a los objetos del mundo natural …” (Furst, 1980, pp. 200-201).

No puedo extenderme demasiado en los rasgos tan sugerentes que unen la herbolaria sagrada al cuerpo mágico. Sin embargo, es imposible dejar de mencionar la escultura extásica o estatua de Xochipilli “Príncipe de las flores”. Esta efigie representa una entidad sumida en el Temicxoch o “flores del sueño” como las describían los nahuas. El aspecto más impresionante de la estatua es que las partes descubiertas de su piel de piedra muestran distintos relieves de flores. También el cuerpo tiene labrados unos hongos, en las rodillas, el antebrazo derecho y en la parte superior de la cabeza. Estos hongos era los teonanácatl o “carne de dios”. La estatua descansa sobre un pedestal que se encuentra labrado. Es pertinente mencionar la presencia de una mariposa sobre este pedestal. La mariposa parece alimentarse del teonanácatl. Regresando a la estatua se encuentra el glifo del tonalo , que sabemos está incorporado al sol, a la luz pero también a las mariposas (cfr. Wasson, 1982).

A manera de explicación el teonanácatl se refiere a los hongos psilocíbicos, de donde proviene toda una dimensión sacralizada de un imaginario psicotrópico. En referencia a lo cual tenemos que, “la experiencia alucinogénica era llamada Temixoch, ‘el sueño florido’ (Furst, p. 139) Por ende lo relacionado con la flor, entre los nahuas, a menudo funcionaba como metáfora para estos sueños alucinógenos.

Para completar nuestro recorrido daremos algunos datos del tonalismo en el sacrificio. Los guerreros águilas y tigres, según lo que figura en el códice florentino, que morían en la guerra, “iban allá al cielo, a la morada del Sol. En virtud que el tonalli es manifestación de una energía propia de la vida, con la muerte se libera “un excedente de energía vital” (Duverger, 1983). En un relato del conceptualismo mítico la desintegración corporal libera el tonalli, de manera que la muerte del sacrificado es fuente de energía. Los que iban al sacrificio, a veces representaban las imágenes de los dioses “eran hombres poseídos por los dioses, y como tales morían en un rito renovador”. (López Austin, 1980, p. 433). Este conceptualismo mítico está coligado al ciclo calendárico. El tiempo parece encarnado en el hombre, al morir la existencia divina en la forma humana se produce la fuerza necesaria que resulta creadora de una nueva potencia. Finalmente, se sabe de una comunión que ocurría al ingerir el cuerpo de los sacrificados. El propósito era absorber la fuerza divina que se albergaba en el cuerpo del sacrificado.

Nuevamente en el Códice florentino aparece la figura del dios protector de los guerreros:

Permite, oh Tezcatlipoca, que los guerreros águilas
y tigres se adornen con plumas y sean cubiertos de tiza …

Concédeles que disfruten la dulzura de la muerte a
Filo de obsidiana, que den con regocijo su corazón al cuchillo
de sacrificio, a la mariposa de obsidiana, el atavío de
plumas, y que deseen y codicien la muerte florida, la flor
letal (itzimiquizxóchitl).

Resta decir que la creencia era que los sacrificados reencarnaban en forma de colibríes y mariposas. La flor en el contexto del sacrificio funcionaba como discurso del juego sagrado (cfr. Duverger). La flor tendrá muchos otros significados que hemos de dejar sin describir, por el tipo de problemas que decidimos abordar.

A lo largo de este ensayo nos planteamos una visión cultural del cuerpo en la cual las sustancias de los dioses forman parte de un pensamiento biológico que atraviesa por los humanos, las plantas y distintos animales. Claro está que aludimos a una biología del imaginario, en nuestra lectura, pero una biología tangible en el uso y costumbres del mundo náhuatl. ¿Será posible que al ubicar la otredad como “imaginario” sólo demostramos nuestra ignorancia para incorporar una biología noemática al trabajo con nuestro cuerpo?

Bibliografía

Alarcón, Hernando Ruíz de. 1948-52. Tratado de las idolatrías, supersticiones, dioses, ritos y otras costumbres gentilicias de las razas aborígenes. Tomo XX. México: Fuente Cultural.

Aguilera, Carmen. 1985.Flora y fauna mexicana: Mitología y tradiciones. España, León y México: Everest mexicana.

Aguirre Beltrán, Gonzalo. 1973. Medicina y magia: El proceso de aculturación en la estructura colonial. México: Intsituto nacional indigenista. Serie Antropología social.

Dembeck, Hermann. 1965. Animals and Men. Trad. del alemán Richard and Clara Winston. London: Doubleday.

Duverger, Christian. 1983. La flor letal: Economía del sacrificio azteca. México: FCE

Furst,T. Peter. Alucinógenos y cultura. 1980. México: FCE.

Jansen, Maarten y Gabina Aurora Pérez Jiménez. “Dos princesas mixtecas en Monte Albán.” Arqueología mexicana. Vol.V.NÚM.29. 1998.

López Austin, Alfredo.1980. Cuerpo humano e ideología: Las concepciones de los antiguos nahuas. México: UNAM.

————–. 1988. Una vieja historia de la mierda. México: Toledo.

————–. 1989. Hombre-Dios: Religión y política en el mundo náhuatl. México. UNAM. Instituto de investigaciones históricas.

Olivier, Guilhem. “Los animales en el mundo prehispánico.”Arqueología mexicana. Vol.VI-NÚM.35.1999.

Séjourné, Laurette. 1983. El pensamiento Náhuatl cifrado por los calendarios. Trad. Josefina Oliva de Coll. México: Siglo XXI.

Serna, Jacinto de la. 1948-52. Tratado de las idolatrías, supersticiones, dioses, ritos y otras costumbres gentilicias de las razas aborígenes. Tomo X. México: Fuente Cultural.

Wasson, Gordon. “Xochipilli, príncipe de las flores: Una nueva interpretación.” Revista de la UNAM. Nueva época. No. 11. Marzo de 1982.

Historia

– ¿Cuáles eran los nombres de su padre y su madre? –pregunté.
– No pierdas tu tiempo con esa mierda – dijo suavemente, pero con fuerza insospechada. (…) No tengo ninguna historia personal – dijo tras larga pausa -. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.
– ¿Cómo puede uno dejar su historia personal? – pregunté en tono de discusión.
– Primero hay que tener el deseo de dejarla – dijo -. Y luego tiene uno que cortársela armoniosamente, poco a poco.
– ¿Por qué uno iba a tener ese deseo? – exclamé. Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi historia personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.
– Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal – dije.
– A acabar con ella, a eso me refiero – respondió cortante.
– Usted, por ejemplo – dije -. Usted es yaqui. No puede cambiar eso.
– ¿Lo soy? – preguntó sonriendo -. ¿Cómo sabes?
– ¡Cierto! – dije -. No puedo saberlo con certeza, es este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo que hace que sea historia personal.
Sentí haber remachado un clavo bien puesto.
– El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal – replicó él -. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.
Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo.
– No sabes quién soy, ¿verdad? – dijo como si leyera mis pensamientos -. Jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.
Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.
– Tu padre conoce todo lo tuyo – dijo -. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.
Don Juan dijo que todos cuantos me conocían tenían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.
– ¿No ves? – preguntó con dramatismo -. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesitan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.
– No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas – dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.
– Es muy sencillo – dijo él -. Terminamos hablando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.
(…)
– Vale más borrar la historia personal – dijo despacio… – porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos. Aquí estás tú, por ejemplo – prosiguió -. En estos momentos no sabes si vas o si vienes. Y eso es porque yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.
– ¿Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? – intercalé.
– Por supuesto que… no – exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida. (…) Ese es el secretito que voy a darte hoy – dijo en voz baja -. Nadie conoce mi historia personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo. (…) ¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? – dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.
Luego posó en mí los ojos y sonrió.
– Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte. (…) Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos lo que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.
– Pero eso es absurdo – protesté -. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?
– Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puede ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.
– Pero eso sería mentir.
– No me importan las mentiras ni las verdades – dijo con severidad -. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal. (…) Cuando uno no tiene historial personal – explicó -, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quieres conservar frescura, la novedad de lo que haces. (…) De ahora en adelante, debes simplemente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.
– ¡Yo no puedo guardar secretos! – exclamé -. Lo que usted dice es inútil para mí.
– ¡Pues cambia! – dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada. (…) Verás – prosiguió -: sólo tenemos una alternativa: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo segundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocionante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.
Repuse que borrar la historia personal sólo acrecentaría nuestra sensación de inseguridad.
– Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo – dijo él -. Es más emocionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.

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