El cementerio de las patrañas

El cementerio de las patrañas

“No moriré del todo, amiga mía”, decía el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera en su poema Non omnis moriar, expresando así su esperanza de que su poesía lo sobreviviera un poco. Y sí, algunos de sus poemas, como Para entonces se han mantenido como ejemplos dignos del movimiento romántico tardío en la literatura mexicana, dándole así la razón al escritor.

Lo mismo podría decir líricamente, “no moriré del todo”, cualquier tontería, invención, fingimiento u ocurrencia del mundo de la superchería organizada.

Una vez aceptada por los embusteros profesionales alguna proposición, por descabellada que sea, e integrada en su desorganizada visión mágia del mundo, nunca la abandonarán. No importa que se demuestre más allá de toda duda que se trata de un cuento. Pensemos en el “Triángulo de las Bermudas”, en las afirmaciones peyoteras de Von Däniken, en el “vídeo lunar” de Benítez, en el cuento del “fantasma” de la película Tres hombres y un bebé, en Uri Geller, en Ingo Swann (bueno, Ingo está un tanto desaparecido desde 2002, parece que ahora le va mejor como pintor que como prodigio de la “visión remota”), e incluso en la “Cara de Marte”, ilusión óptica debida a la baja resolución de las cámaras de las Viking que ya se ha demostrado claramente que era un simple juego de sombras en la superficie marciana, lo cual no ha obstado para que algunos insignes imbéciles que se venden como “marsfaciólogos” siguen defendiendo como algo “real”, como un “legado” de alguna “civilización marciana” que sólo existe en sus delirios y em sus ganas de sentirse importantes.

Pero la vida media de las distintas “ideas mágicas” es en realidad muy variable. Algunas, por ejemplo la adivinación “leyendo” las entrañas de animales sacrificados, son ya sumamente infrecuentes, sobre todo en el mundo occidental, pese al gran cartel del que disfrutaron durante siglos. Otras formas de adivinación, como la cromiomancia, que es la adivinación del futuro quitando las telas de una cebolla, o la unicomancia, que acude a la contemplación de las uñas como ventana al porvenir, no parecen tener mucho cartel en el mundo charlatanesco del siglo XXI… pero, en cualquier momento, como verdaderos no-muertos al estilo de las tradiciones que recogió Bram Stoker en Drácula, pueden empujar la tapa de su ataúd, levantarse y volver a caminar entre los vivos, desplumando ingenuos de la mano de algún esperpento esotérico. En cambio, otras supersticiones igualmente bastas y groseras, como la astrología o el zahorismo, siguen más o menos sobreviviendo al mismo nivel y, claro, desplumando ingenuos.

De entre todas las formas de paranormalidad propuestas en los últimos años, hay algunas que me llaman la atención especialmente, porque, luego de nacer y refulgir de manera intensísima en los años 70 y 80, se han marchitado a tal grado que hoy apenas son parte menor del amplísimo mundo del delirio: distintas variedades de curalotodos, ungüentos milagrosos, bálsamos de Fierabrás y otras falsas panaceas entre las que destacan el agua de Tlacote y la corteza de tepezcohuite, las “pulseras biomagnéticas antiartritis” y el “biorritmo”.

De “milagro singular” a “uno del montón”

El “agua de Tlacote” es un cuento del presunto ingeniero Jesús Chain (o Chahin) Simón. Este personaje apareció en el mundo de la farsa curanderil mexicana por allá de la década de 1970 (si no me falla la memoria), acompañado de su hermano, ofertando un curalotodo llamado “Chaina” que vendía por correo a precio de oro y que, como se pudo determinar, no servía más que para hacerle una transfusión de dinero a las cuentas de los hermanitos.

Años después, en 1991 o 92, Jesús Chain se materializó en el estado de Querétaro como orgulloso dueño de un ranchito que, oh, casualidad, tenía un pozo de agua milagrosa, noticia que se empezó a difundir intensamente pero con muchísimo cuidado, hay que decirlo. En el proceso mercadotécnico, y con la experiencia de su anterior curalotodo, Chain evitó meticulosamente cualquier posible acusación de fraude. Es decir, no vendía el agua, sino las “consultas” que daban unos presuntos médicos y enfermeras que tenía contratados, y algunos otros productos; el agua era “gratis” si uno esperaba en fila tres o cuatro días en condiciones de terrible insalubridad, con un límite, si mal no recuerdo, de tres litros por cráneo. Pero todo lo demás que vendía engordó debidamente su cuenta bancaria, sin que el agua famosa sirviera para otra cosa que para quitar la sed.

El “agua de Tlacote” (nombre del rancho, claro) ejemplifica de manera muy clara una especie de ciclo por el que pasan todos los curalotodos, panaceas o preparados milagrosos.

Primero, se anuncian con bombo y platillo ante el mundo crédulo como maravillas que demostrablemente curan los más atroces padecimientos (la chaína era anticancerígena, supuestamente, mientras que el agua de Tlacote se publicitaba en sus inicios como cura contra el SIDA), entre los cuales siempre se encuentran afecciones crónicas y progresivas que imponen una tremenda carga psicológica entre quienes las padecen, como la diabetes y la artritis.

Los rumores se disparan, apoyados con entusiasmo por algunos cabecitas huecas que recorren el mundo buscando una nueva tontería irracional en la cual creer. Que si Magic Johnson vino a tomar el agua por su VIH, que si vino gente de la presidencia de la república (no hubiera sido nada raro, ya que el por entonces presidente ilegítimo de México, Carlos Salinas, tenía hasta bruja particular), que si los científicos están confundidísimos (Chaín decía con todo descaro que el agua de Tlacote “pesaba memos que el H2O” y la iban a estudiar los científicos durante “billones de años”) y extravagancias desvergonzadas por el estilo…

Viene una época dorada de la sustancia maravillosa. Los medios de comunicación se dan por enterados y, con esa falta de espíritu crítico que a diario exhiben en todos los idiomas existentes, le dan difusión al asunto, privilegian lo sensacionalista por encima de lo razonable, entrevistan a convencidos e incluyen la pócima en los chistes malos con los que salpican la televisión basura. Si se manejan bien los contactos, hay atención internacional y entusiastas a control remoto. El dinero fluye a raudales, el “inventor” o “descubridor” es invitado a recorrer el mundo repitiendo sus patrañas para cobrar más, sonriendo rozagante ante las cámaras de TV, dictando conferencias huecas y autocomplacientes, y cobrando con infinita dulzura.

Al cabo de un tiempo, hay personas que denuncian que han sido engatusadas y que el preparado en cuestión no les cura ni un uñero. Hay algún muerto. Los médicos, que ya sabían del asunto, son finalmente entrevistados por medios que sufren un súbito acto de contrición y explican que eso es un cuento absurdo y que hay gente perjudicada. Los entusiastas moderan las afirmaciones originales: el mejunje milagroso se convierte en “un auxiliar en el tratamiento de…” y se citan casos de gente que dice que el tratamiento “le ayudó” y que “se sintió mejor”.

Al cabo del ciclo, el milagro que todo lo sanaba, que daba resultados que, según el comerciante, tenían “asombrados a famosísimos médicos” queda simplemente en “una de las herramientas al alcance de la terapéutica alternativa”. Todos los que participan del chanchullo, cobrones o creyentes, se ponen de acuerdo para olvidarse de que originalmente se suponía que curaba el cáncer, el SIDA, la diabetes, la artritis y el dolor de amores. Y todos se ponen a buscar el siguiente milagrazo qué vender mientras la “terapéutica alternativa” sigue sin poder curar nada de ninguna relevancia.

En México, este ciclo lo siguió de manera precisa otro supuesto descubrimiento que no fue sino el abordaje de un biopirata. Se trata de la corteza del árbol de tepezcohuite (Mimosa tenuiflora), el “árbol de la piel” usado por los mayas chiapanecos para tratar quemaduras leves y otras lesiones superficiales de la piel.

Básicamente, el Dr. León Roque patentó en 1986 la forma de uso tradicional maya del tepezcohuite (corteza tostada y molida en polvo) y se puso a venderlo como milagro contra las quemaduras, con la inmensa tontería de que el polvo de tepezcohuite era algo así como la piel artificial que se obtiene mediante cultivo de tejidos.

El tepezcohuite o tepescohuite es un árbol cuya corteza es rica en taninos, y los taninos se conocen desde hace mucho como coadyuvantes en la cicatrización, aunque tienen efectos secundarios que nunca tuvo en cuenta Roque León, sin contar con que la corteza es rica en alcaloides, que también causan resultados no siempre deseables. Como fuera, la idea de que el tepezcohuite ayuda a las quemaduras tiene bases científicas, aunque dista mucho de ser un milagro.

Por cierto, en la tragedia de San Juanico, cuando una gasera estalló en el poblado de San Juan Ixhuatepec, en México, en 1984, muchos médicos desesperados por la gran cantidad de pacientes quemados echaron mano del tepezcohuite, sólo para descubrir que no era tan útil como otros medicamentos y que causaba problemas imprevistos al usarse para tratar quemaduras graves, de modo que falló en la verdadera y trágica prueba de fuego (y así lo relataron, sin que hicieran mucho caso los medios, los médicos de la Cruz Roja y de los hospitales del Instituto Mexicano del Seguro Social).

Pero lo de las quemaduras fue sólo el principio. En pocos meses, la fábrica de chifladuras de Roque León ofrecía al público champús de tepezcohuite para la calvicie, chicle de tepezcohuite para las caries, cremas rejuvenecedoras de tepezcohuite, jabón limpiador de tepezcohuite y cualquier cantidad de loqueras que evidentemente no tienen nada que ver con las verdaderas propiedades del tepezcohuite pero que engordaron con emoción las cuentas bancarias del biocorsario.

Por supuesto, ante las críticas, con esa delicada capacidad de los charlatanes de hacerse las víctimas, Roque León aullaba como gato al que le pisan la cola, afirmando que lo discriminaban “porque era mexicano”, que lo perseguían “las farmacéuticas transnacionales”, que era víctima de una “conjura de la medicina oficial” y las gansadas habituales. Por supuesto que en medio de tantos sollozos y desgarramientos de vestiduras, el embustero nunca respondía a las críticas puntuales que se le hacían.

Hoy, por supuesto, las afirmaciones sobre “milagros” curativos en el caso de las quemaduras ya no se hacen, pero el tepezcohuite aparece por todos lados en la farmacopea naturista y en los mejunjes New Age que suelen incluir otras verduras consideradas magicoides, como la sávila y el áloe vera.

De nuevo, se pasa de “milagro singular” a “uno del montón”.

Misterios del biomagnetismo

No vamos a repetir lo que ya escribimos en la entrada Los imanes mágicos (no, usted no es un clavo) sobre los mitos de la “magnetoterapia”, no. Aquí de lo que se trata es de la original y única “pulsera biomagnética”.

¿Se acuerdan? Una pulsera en forma de óvalo trunco con dos bolitas, pirindolos, chimisturrias o chimostretas en los extremos, así, pues, en versión de luxe.

Al principio era de cobre y se suponía que curaba la artritis como por arte de magia. Luego se convirtió en “biomagnética” y allí empezaron los problemas.

La versión original de este timo se la disputan al menos dos descarados de altos vuelos. Según la versión de Manuel L. Polo, el estremecedor descubrimiento lo consiguió precisamente Manuel L. Polo, quiropráctico afincado en la isla de Mallorca, en el año de 1973. Por su parte, Omar Garate Gamboa, personaje populista de la radio chilena, asegura que el verdadero inventor de la acojonante pulsera biomagnética o “pulsera de los once poderes” es sin duda alguna Omar Garate Gamboa.

De ser una cura milagrosa para la artritis, la pulsera en cuestión pasó a ser fuente de “buenas vibraciones” (lo que no quiere decir nada) e incluso se aparecieron vivillos como los del Hipnólogos asociados que le venden (de verdad, no me lo estoy inventando) un cassette llamado “Reprograme su pulsera biomagnética”.

Ya olvidado lo de la artritis, la pulserología se vino a hacer un maridaje con la “magnetoterapia” sin que nunca nadie nos pudiera explicar qué tiznaos era eso del “biomagnetismo”, que no pasa de ser una fumada. Hoy es, claro, “parte de la terapéutica”.

¿El guaguancó es un biorritmo?

Los biorritmos fueron un verdadero delirio en los años 70 que hoy están integrados en la parafernalia general del ocultismo tarambana.

Empecemos por la teoría: se supone, según algunas observaciones no sistemáticas de Hermann Swoboda (profesor de psicología, 1873-1963)y Wilhelm Fliess (médico y numerólogo, 1859-1928) que hay dos ciclos inalterables en la vida desde el momento del nacimiento, uno “femenino” de 28 días (que luego se llamó “emocional”) y otro “masculino” de 23 días (que se transmutó en “físico”). En la década de 1920, Alfred Telscher (ingeniero), agregó uno más, el “intelectual”, uno intelectual de 33 días. Se supone que en la mitad de cada uno de estos ciclos tenemos “alta energía” la mitad de los días y “baja energía” la otra mitad.

Y el “se supone” no es por molestar, sino porque no hay registros precisos de las observaciones en cuestión, realizadas siempre en poblaciones demasiado pequeñas y con mediciones altamente subjetivas. Los “ocho arcones de documentación” que Swoboda juraba tener fueron, decía él, robados por los rusos en la ocupación de Viena a fines de la Segunda Guerra Mundial.

Entonces, todo lo que pasa en la vida está regido simplemente por esos tres ciclos. Con eso se entiende todo. El paraíso del seudointelectual, pues, como anota James Randi. Ni siquiera se puede alterar tal ciclo, aunque todos los ciclos vitales que conocemos (como el de la menstruación, el de vigilia-sueño, el de hambre-saciedad, el de sed-hidratación, etc.), están sujetos a numerosísimas interacciones e influencias que los pueden alterar gravemente. La peculiaridad que tendrían los biorritmos, de ser ciertos, sería uno de los más asombrosos descubrimientos de la biología y la psicología.

Los biorrírmicos decidieron tomar cada ciclo y partirlo en dos, se supone que la mitad es de “descarga de energía” o “positivo” y la otra de “regeneración de energía” o “negativo”, y hay amenazantes “días críticos” que son siempre que alguno de los ciclos pasa por el imaginario punto cero entre lo positivo y lo negativo. Si dos ciclos pasan al mismo tiempo por ese punto, es muy crítico y si pasan los tres, échese a temblar. (No, tampoco explican qué misteriosas “energías” se descargan y regeneran.)

¿Cómo lo saben? Pues nada, que no lo saben. Es una ocurrencia, un constructo hipotético que nadie demostró nunca… porque no era necesario demostrarlo para venderlo.

Y además genera unas gráficas con un aspecto científico que tira de espaldas, como la siguiente, los supuestos biorritmos del cantante Bono de U2 para el 16 de marzo de 2005.

(Usé a Bono como pretexto para recordar a todos que pueden colaborar con los proyectos de este personaje para perforar pozos en África, tarea mucho más valiosa que cualquiera en la que se empeñen los embusteros.)

Los biorrítmicos aseguran que, por ejemplo, la mayoría de los accidentes y malos momentos ocurren en los “días críticos”.

Bueno, sí. Los días críticos, dobles críticos y triples críticos forman el 20% de todos los días de un período determinado. Pero además estos angelitos consideraban como relevantes también los días “medio críticos” (el anterior y el posterior a un día crítico). Así, viene resultando que más del 60% de los días de la vida son “críticos”. O sea, que la mayoría de los accidentes ocurren en el 60% de los días. Pues sí. Con o sin biorritmos.

Con base en esta teoría llena de agujeros y basada en nada, en los años 60 y 70 hubo una verdadera locura biorritmera. Llegó a haber hasta calculadoras de mano (de las enormes de allá de fines de los 70, con pantalla de diodos) que calculaban el biorritmo, los infaltables libros llenaron los estantes de las librerías, los “expertos” cobraron consultas, los “estudiosos” se broncearon bajo las luces de los estudios de televisión, los refriteadores escribieron los consabidos artículos sensacionalistas en las revistas esotéricas.

Por supuesto, varias personas pusieron a prueba las afirmaciones de los mercaderes del biorritmo, y en todos los casos se demostró que no había ninguna evidencia que siquiera sugiriera que esta hipótesis tenía visos de corresponderse con la realidad. Pero la locura siguió. No importaba que el Dr. Franz Hallberg de la Universidad de Minnesota, el profesor Colon Pittendrigh de la Universidad de Stanford o Robert Bailey, de los laboratorios Bell de Piscataway, Nueva Jersey, estudiaran las afirmaciones y determinaran que no se correspondían con los hechos.

Cuando James Randi escribió su libro Flim-Flam! (Fraudes pararnormales, Tikal Ediciones, Girona) en 1982, el asunto de los biorritmos tenía todavía una presencia tal que mereció que se le dedicara todo un capítulo a su desmontaje (he acudido aquí a los datos de Randi, precisamente). Sin embargo, ahora el biorritmo no es nada que predomine por encima de otras explicaciones simplonas como la astrología o los ajustes de los chakras.

Donde uno muere, otros se levantarán

Los embustes no se destruyen, sólo se transforman.

Ésta podría llamarse la Cuarta Ley de la Tontodinámica.

Para una persona normal, si se ha demostrado que algo no funciona, no es necesario darle mil vueltas. Si no funciona, no funciona. Punto. Siguiente.

Pero las cosas no se hacen así en el mundo del embuste y el pensamiento desordenado y revuelto. Siempre es posible hacer la machincuepa del “donde dije digo digo Diego”.

Y eso cuando no se multiplican los milagros.

Uno de mis acercamientos más aterradores con la capacidad de autoengaño (que es mucho más potente que la capacidad de engañar a otros) fue precisamente en 1988, cuando se dieron a conocer los estudios de datación de carbono 14 que confirmaban lo que ya se sabía según los registros históricos y la versión de la propia iglesia católica de la época: la “sábana santa” de Turín era un lienzo confeccionado y pintado en el siglo XI o XII como falsa reliquia (en una época de reliquias a tutiplén, como mencionamos en la entrada anterior sobre el grial).

Antes de que algunos ignorantazos de la física atómica como Javier Sierra argumentaran verdaderas tonterías como que los incendios cerca de los cuales estuvo el lienzo “alteró” los resultados (esto es una estupidez, el fuego no altera en lo más mínimo la proporción del isótopo carbono 14 respecto del carbono 12, que por algo las fogatas prehistóricas se datan también con Carbono 14 y sistemas similares de descomposición de isótopos), un autotitulado “sindonólogo” mexicano reaccionó con la velocidad del rayo y decretó que, a la luz de ese descubrimiento, la sábana santa no era un milagro, sino tres.

¿Su hipótesis, la idea con la que dio conferencias y escribió artículos e hizo radio y todo eso que hacen los charlatanes? Pues que la sábana santa era una especie de “pensamientografía retrocognitiva” o alguna oratez similar. Dicho de otro modo, decía que la imagen de la sábana sí es la de Jesucristo muerto en su sepulcro, pero fue obtenida psíquicamente con un viaje astral-temporal por parte de algún iluminado, que trasladó la imagen de Cristo desde el pasado para plasmarla con energías psíquicas en la sábana en cuestión.

Habrá pretextos sin charlatanes. Pero no hay charlatán sin pretextos.

O, como dicen en mi pueblo, que son muy mal hablados, “se inventaron los pretextos, se acabaron los pendejos”.

Es por eso que el cementerio de las patrañas está tan despoblado, finalmente.

Poliomielitis, siglo XXI

Poliomielitis, siglo XXI

Para mi amigo de la infancia, Enrique,
afectado por la poliomielitis,
que jugaba de portero en los recreos,
donde quiera que esté.

Una frecuente acusación irracional de los curanderos y otros embaucadores similares, así como de supuestos “investigadores de lo paranormal” y de muchos de sus más fanatizados seguidores, es que la medicina es únicamente un negocio que se aprovecha de, e incluso provoca, el dolor, las enfermedades y los sufrimientos de la gente, cuando las “verdaderas curaciones” son algo sencillo y las conocen las “medicinas alternativas”.

Esta visión conspiradora implica que no hay médicos honestos en el mundo, ni hay investigadores químicos o farmacobiológicos que no sean parte de la conspiración. Ellos son malvados. Hay que huir de ellos.

Acusaciones terribles como que “los médicos perpetúan la enfermedad” se sueltan con una facilidad propia de quien no tiene una percepción clara de la gravedad de sus palabras.

Estas afirmaciones, obviamente, provocan miedo entre quienes no están al tanto del nivel lamentable del debate por parte de los que sostienen la fe en lo paranormal. En su infinito desprecio por un conocimiento que no comprenden ni quieren comprender, mucho se guardan los cienciófobos de decir que la viruela, por ejemplo, no fue erradicada por bailes vudú, por acupunturistas, quiroprácticos o cualquier otra forma de curanderismo irracional, sino por la medicina con bases científicas.

Pero esto sería anecdótico de no ser porque, en parte debido a estos temores, se causa un dolor terrible y evitable.

Por ejemplo, parece increíble, que hoy en día sigue habiendo niños que contraen la poliomielitis debido a que muchas personas creyentes en diversas supersticiones le temen a que sus hijos sean vacunados.

Cuidado, no es que sus gobiernos no los atiendan, no es que no haya medicamentos o sean caros. Es que cuando los vacunadores van a sus casas, los padres impiden que los niños se vacunen.

La vacuna es un verdadero milagro de la ciencia: una gota administrada en la boca de un niño con un gotero. Nada más. Ni agujas ni sahumerios, ni invocaciones a Changó, ni imposición de manos, ni auras, ni energías imaginarias, nada que no sea una pequeña gota de vacuna en la boca del niño.

Y sin embargo hoy en día hay muchos casos de polio, sobre todo en países como la India, en los que supersticiones bastas y cavernarias como la medicina ayurvédica se oponen a la medicina moderna. Y por cada niño diagnosticado se calcula que hay 200 sin diagnosticar.

El objetivo de las organizaciones dedicadas a la salud es erradicar la poliomielitis para el año 2005. Los cienciófobos tienen el objetivo de impedirlo.

Veo un documental reciente, Un médico indio recorre un barrio pobre. Las madres ordenan a sus hijos esconderse para no ser sometidos a la malévola vacuna. Los niños huyen. El médico tiene que hacer investigación policiaca. “Me dicen que no hay niños, pero en la ropa recién lavada hay camisas de niños”, explica, y se lanza a luchar tratando de usar la razón para convencer a los padres de que no pasará nada, que no es miembro de una conspiración horrenda y cruel, que no quiere dañar a sus hijos, al contrario, quiere evitarles que sufran una parálisis poliomielítica que arruine sus vidas.

Pero el mito en la India es que la vacuna de la polio, esa gota, “esteriliza” a los que la toman. Es un mito fácilmente refutable con los millones de hijos que tenemos quienes fuimos vacunados en los tiempos de la gran epidemia de polio. Pero las pruebas no llegan, o no cuentan, o son miradas como parte de la conspiración. Y entonces, en las campañas nacionales de vacunación, le cierran las puertas a los voluntarios que traen la sospechosa gota. Los gurús de los grupos económicamente más desprotegidos en la India siguen difundiendo el rumor de que la vacuna causa impotencia en los niños. La ignorancia hace el resto.

¡Triunfos de la cienciofobia y la sabiduría milenaria!

El médico recuerda a unos padres indios que le dijeron que, si insistía, permitirían que su hijo fuera vacunado, pero después matarían al niño estrellándolo contra el piso.

Una niña pakistaní ha desarrollado la enfermedad. La trabajadora social explica: no la pueden enviar a la escuela y con esa “tara” no se podrá casar, de modo que estará protegida mientras vivan sus padres; cuando los padres mueran… ocurrirán cosas “impensables”.

(Según la autora india Phoolan Devi, lo “impensable” es muy sencillo: en las áreas más atrasadas de esos países, la mujer que no tiene un marido que la proteja, una mujer que no “pertenece” a nadie, está “a disposición” de todos los hombres, lo cual quiere decir que legalmente, según las iluminadas tradiciones milenarias, puede ser violada diariamente por quien así lo desee, entre otras vejaciones.)

¡Vivan la medicina alternativa y la superstición tradicional!

Los brotes de poliomielitis en Nigeria, que tiene la mayoría de los casos del mundo junto con India, también son atacados con campañas de vacunación. El mito de la esterilización causada por las vacunas se mezcla en este país y en el resto del África occidental amenazada por la polio con uno aún más atroz, que seguramente aplaudirán los cienciófobos occidentales (bien comidos y vacunados, claro): la vacuna contiene el virus del SIDA introducido por occidente para matar a los africanos.

La resistencia a las vacunas viene por parte de familias y jefes locales. Algunos jefes aceptan la oferta de enviar a analizar muestras de la vacuna para determinar que no sea dañina, que no tenga sino agua, agentes conservantes y virus de la poliomielitis debilitado. Pero otros ni siquiera admiten eso, después de todo, los análisis los harán científicos similares a los que hicieron la vacuna.

¡Vivan la iluminación del pasado y las venerables costumbres!

Africare, la Organización Mundial de Salud, UNICEF, los organismos nacionales de salud… todos son impotentes ante la superstición. Siempre quedan niños sin vacunar. Siempre hay el peligro de que la polio recurra a partir de un solo caso si hay otros niños sin vacunar.

En Sierra Leona, por ejemplo, los grupos de vacunación se juegan la vida para entrar a los 2/3 del país controlados por los rebeldes con el único objetivo de vacunar niños. Este documental en inglés relata parte de sus esfuerzos, apoyados por los “cascos azules” de Naciones Unidas.

Cada niño arrastrándose hoy por las calles de la India, Pakistán, Bangladesh, África occidental, Angola, Somalia, Haití, etc., cada niño con poliomielitis nacido en el siglo XXI es un dedo acusador apuntado a los cienciófobos, a los brujos, a los conspiranoicos.

¿Se harán cargo de ello o simplemente ni siquiera están enterados de tales tragedias humanas cuando enfilan sus baterías contra “la medicina” y “la ciencia” en general?

Cuidado: esto no significa que no deba mejorarse la investigación, que se deba descomercializar a la medicina o que las ideas ultraneoliberales que hoy dominan no deban ser atacadas, impugnadas y rechazadas. Tampoco significa que deba aceptarse que la ambición de las grandes farmacéuticas domine la investigación farmacológica. Mucho menos niega los errores, tanto de buena fe como hijos de la codicia. Pero estos defectos nos dicen no que la medicina sea inválida o temible, sino que las sociedades deben tener un mucho mayor control de la investigación farmacéutica y la medicina (como debería tenerlo sobre curanderismos, parapsicólogos, hipnotistas, adivinadores, médiums y sanadores) y, sobre todo, que debemos luchar por una sociedad más justa, mejor educada, capaz de pensar críticamente.

Pero quienes no “creen” en la medicina y luchan denodadamente contra ella, ni siquiera son parte del esfuerzo por controlar a los grandes monopolios. Les basta con denunciarlos y luego se ponen a defender a quienes aseguran que las afecciones se curan con un CD de “autohipnosis”.

La lucha del pensamiento crítico y el conocimiento certero contra la superstición y el ocultismo a veces puede parecer enormemente banal, una forma de perder el tiempo con discusiones bizantinas entre desocupados.

Sí, con frecuencia lo parece. Pero lo que hay detrás incluso de la discusión más trivial sobre la existencia de duendes son las consecuencias últimas del pensamiento mágico y supersticioso. Ante estas consecuencias, como las fotografías captadas por el ojo privilegiado de Sebastião Salgado, como todo el documental The last child sobre la lucha mundial para erradicar la poliomielitis, toda abstracción misteriológica se reduce a una complicidad repugnante con el sufrimiento ajeno.

Estos hechos le dan dimensión a lo que, de otro modo, sería sólo un barato ejercicio intelectual de burguesitos aburridos.

Homeopatía a petición popular

Homeopatía a petición popular

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El servicio de conteo de visitas a este blog full-contact nos informa, entre otras cosas, de las palabras de búsqueda en Google o Yahoo mediante las cuales los visitantes caen en las redes de nuestro influjo. En las últimas semanas resulta que muchos llegan acá buscando datos sobre la homeopatía, patraña que hemos mencionado, pero sin profundizar en ella.

En atención a esta anónima petición popular, responderemos ahora preguntas tan apasionantes como: ¿por qué los homeópatas van al médico?, ¿qué carajos es eso del efecto placebo?, ¿por qué no hacen investigación científica los homeopatitas?, ¿cuál es la historia de este simpático embuste? y cosillas similares.

Vamos, pues, de vuelta a fines del siglo XVIII, cuando no existía la medicina con bases científicas, cuando las chusmas morían como moscas en epidemias de peste (cólera, vómito negro y cosas así), cuando los médicos eran todavía practicantes más bien mágicos y cuando conceptos como la higiene simplemente no existían. La anatomía estaba en muchos aspectos donde la dejó Leonardo Da Vinci y, realmente, salvo algunos aspectos de la cirugía surgidos de la práctica en el campo de batalla y algunos conocimientos de herbolaria, poco podía hacer la medicina para resolver problemas de salud, sin contar con que se realizaban prácticas salvajes como el desangrado (en la creencia de que el “exceso de sangre” era causante de algunos males), ocasionándole graves daños a los enfermos. La sangre era considerada uno de los cuatro humores que movían al cuerpo.

Toda forma de medicina se basa, evidentemente, en una “teoría de la enfermedad”. Dicho de otro modo, según la idea de lo que causa la enfermedad viene la forma de curarla. La teoría de la enfermedad todavía era, en el siglo XVIII, la de los humores.

¿De mal humor y de buen humor?

La forma cotidiana de hablar del buen y mal humor tiene sus orígenes en la teoría de la enfermedad de Praxágoras popularizada por Hipócrates, que si bien fue un innovador en el siglo V antes de nuestra era, disponía de muy pocos datos reales sobre el funcionamiento del cuerpo humano.

Nos dice el sitio Universo E

Esta teoría bioquímica clásica considera que el cuerpo, como la personalidad, están regidos por dos fuerzas principales, una es el calor y la otra es el frío. Éstas actúan entre sí moderándose mutuamente, manteniendo un equilibro dentro del cual el cuerpo se encuentra saludable y sin padecimiento alguno, pero una vez que se aísla una de estas fuerzas es cuando se presenta el dolor, cuando una de estas fuerzas se encuentra pura, por ejemplo, cuando sobreviene la fiebre. Pero incluso en esos momentos cuando aparece la fiebre, se presenta el frío para lograr un balance, ya que el enfermo siente escalofríos y la fiebre dura tan solo un corto período hasta que se alcanza el equilibrio.

Dentro de esta teoría también se considera que, aunque las fuerzas principales son el frío y el calor, nunca se presentan solas, dependiendo del caso específico, pero siempre están mezcladas con lo seco y lo húmedo, lo cual conforma los cuatro humores del cuerpo: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico que tienen repartidas estas propiedades, por ejemplo, el flemático es frío y húmedo, mientras que el melancólico es frío y seco.

La medicina de entonces, fundamentalmente no científica, creía que había que sacar del cuerpo lo que estaba mal (sangre, bilis, etc.) para que con ello se fuera la enfermedad. Las lavativas y los vomitivos, junto con las sangrías, eran la base del curanderismo de entonces.

Hahnemann y una nueva teoría de la curación

En estos tiempos, un médico de Sajonia (Alemania), Christian Firedrich Samuel Hahnemann, se dio cuenta inteligentemente de que con frecuencia los médicos mataban más enfermos de los que curaban con sus prácticas. Metido en esta preocupación, cuando traducía el libro Materia Medica de Cullan al alemán, se encontró con la “explicación” de que la quinina (que no se había aislado, pero se conocía como corteza peruana o cinchona) actuaba por su “efecto tónico en el estómago”. Evidentemente, tal explicación es una tontería que no explica nada.

Hahnemann procedió a autoadministrarse una buena dosis de cinchona dos veces al día para ver qué efectos tenía, y descubrió admirado que a él le provocaba efectos similares a los de las enfermedades que supuestamente la cinchona ayudaba a curar. Y decimos que a él le provocaba estos efectos porque no se los causa a todas las personas sanas, ya que según el doctor William E. Thomas Hahnemann tenía los síntomas de lo que se conoce hoy como hipersensibilidad a la quinina, una leve alergia.

Basado en su observación de que la quinina parecía producir en una persona aparentemente sana los mismos síntomas que, por otra parte, curaba en las personas enfermas, Hahnemann dio un salto cuántico desprovisto de toda lógica científica y decidió que entonces “lo similar se cura con lo similar” o, como dicen los curanderos homeópatas cuando quieren sonar interesantes, similia similibus curantur, lo que quiere decir que en la creencia de Hahnemann con base en ese solo experimento sin control alguno, para curarse un síntoma cuando esté enfermo, debe usted administrarse una sustancia que provoque precisamente esos síntomas en una persona sana. A esto le llamó “Ley de los similares”.

Tal tontería equivale a recomendar echarse ácido sulfúrico en las quemaduras porque a las personas sin quemaduras el ácido sulfúrico les provoca los mismos síntomas (quemaduras, ardor, enrojecimiento y destrucción de tejidos).

Don Samuel Hahnemann era un bienintencionado, pero de ciencia sabía más bien poco. Sus seguidores por lo menos han heredado ese desprecio profundo por la ciencia.

Con base en esa peregrina teoría sacada de una sola experiencia, Hahnemann procedió a desarrollar toda una terapéutica para curar lo similar con lo similar. Su teoría era que en lugar de sacar lo malo, para curar el cuerpo había que ayudarlo a restablecer la “fuerza vital” del propio cuerpo.

¿Cuál fuerza vital? Pues la vis vitalis en la que se creía hasta que aprendimos la bastante fisiología y química como para darnos cuenta de que tal cosa no existe. Pero Hahnemann no dejaba de creer en la teoría de los humores, simplemente le aplicó otra terapia.

Hahnemann desarrolló su terapia basado en sus puras ocurrencias. Por ejemplo, creía que cantidades mínimas de una sustancia bastaban para curar enfermedades, y, de hecho, tenía la inexplicable convicción de que mientras más pequeña fuera la cantidad de la sustancia, más grande era su potencia curativa en el retablecimiento del equilibrio de los humores gracias a la fuerza vital. Otra creencia irracional de Hahnemann era que el poder curativo se intensificaba si se sometía a la sustancia, diluida en agua o líquido similar, a un vigoroso sacudimiento, que llamó “sucusión”. La creencia ya supersticiosa de Hahnemann era que al sacudir la dilución (o “sucusionarla”) ésta liberaba poderes inmateriales y espirituales responsables de la curación. Por tanto, cada trocito de sustancia podía diluirse una enorme cantidad de veces sin que perdiera potencia, al contrario.

Según sus cálculos, se podía, por ejemplo, hacer una tintura alcohólica de una planta y diluirla sucesivamente hasta que hubiera finalmente una parte de la tintura original por cada billón (un uno con doce ceros) de la dilución final, o 1:1,000,000,000,000. Las diluciones son tales que no queda ni una sola molécula de la sustancia original en el remedio que se le administra al paciente. Pero según Hahnemann, no importa, porque está “el espíritu” del agente curativo.

A esto le llamó, con tremenda pomposidad, la “Ley de infinitesimales”.

Si a alguien le interesa abundar sobre el proceso absolutamente
anecdótico e incierto que usó Hahnemann para determinar qué efectos supuestamente tenían algunas sustancias sobre personas supuestamente sanas, puede visitar en inglés la página de homeopatía del Skeptic’s Dictionary o leer, también en inglés, Homeopathy in Perspective de Anthony Campbell. Baste decir que su sistema dependía de lo que “sentía” una persona con una sustancia, y que ni siquiera se ocupaba de repetir las pruebas para ver si era confiable.

Y es que Hahnemann se concentraba en los síntomas y no en las causas de los síntomas, es decir, las enfermedades, porque creía firmemente que era “inheremente imposible conocer la naturaleza interna de los procesos de la enfermedad y, por tanto, era inútil especular sobre ellos o basar el tratamiento en teorías”.

Va de nuevo porque la frase es parte del dogma homeopático, es “INHERENTEMENTE IMPOSIBLE CONOCER LA NATURALEZA INTERNA DE LOS PROCESOS DE LA ENFERMEDAD Y, POR TANTO, ERA INÚTIL ESPECULAR SOBRE ELLOS O BASAR EL TRATAMIENTO EN TEORÍAS”.

(Cuando un curandero homeópata del siglo XXI le cuente a usted la trola de que ellos “tratan el verdadero origen de la enfermedad”, recuérdele esta bonita frase de su gurú, a ver qué contesta.)

Como científico, el bienintencionado y supersticioso Hahnemann era un total impresentable.

El caso es que enunció sus creencias en el libro Organon de la medicina homeopática (1810) y se quedó tan contento como un ratón encima de un queso, tanto que se puso a escribir su segundo libro: Teoría de las enfermedades crónicas (1812). Tal es toda su obra.

Quedarse en el pasado: un bonito negocio

Hahnemann no era científico, cosa que no era su culpa, y ciertamente los demás sanadores, curanderos o médicos de principios del siglo XIX tampoco lo eran. De hecho, el gran éxito inicial de las terapias de Hahnemann se debió a que, al no desangrar, hacer vomitar y aplicarle lavativas de mercurio a los pobres enfermos, les administraba cucharadas de nada que, cuando menos, no les jodían más la salud. Esto permitía que los procesos curativos naturales de los enfermos pudieran funcionar sin interferencias.

Ojo, la homeopatía no “causaba” la curación, simplemente evitaba que otras prácticas médicas tontas perjudicaran a los enfermos. Los remedios de Hahnemann eran más humanitarios y menos peligrosos que la alternativa a principios del siglo XIX. Y eran inocuos.

El problema vino a lo largo del siglo XIX, cuando la medicina se desarrolló en las líneas del conocimiento científico y la homeopatía optó por quedarse en el mundo medieval de los humores, la vis vitalis, las sucusiones, el “espíritu inmaterial” de las sustancias de Hahnemann y, sobre todo, la misma farmacopea del Organon de Hahnemann y el mismo sistema para investigar “curaciones”.

Mientras tanto, Pasteur postulaba una teoría de la enfermedad que sustituía satisfactoriamente a la teoría de los humores: la de los gérmenes patógenos. En resumen, esta teoría establece que muchas enfermedades son causadas por pequeños seres microscópicos (bacterias, protozoarios, virus). A diferencia de la anterior teoría de los humores, ésta se pudo comprobar por muchos medios hasta que, efectivamente, sabemos con certeza que muchas enfermedades son causadas por agentes patógenos. Y aprendimos a tratar esas enfermedades.

Y los homeópatas seguían en la teoría de los humores, las sucusiones, el “espíritu inmaterial” de las sustancias de Hahnemann y el mismo sistema para encontrar “curaciones”.

Luego la fisiología nos fue enseñando que otras enfermedades se deben a desarreglos funcionales del cuerpo, funcionamientos incorrectos, falta de algunas sustancias (como la insulina, cuya falta es el origen de la diabetes), exceso de otras, etc. Y aprendimos a tratar muchas de esas enfermedades.

Y los homeópatas seguían en la teoría de los humores, las sucusiones, el “espíritu inmaterial” de las sustancias de Hahnemann y el mismo sistema para encontrar “curaciones”.

La anatomía nos vino a explicar cómo muchas otras enfermedades son ocasionadas por problemas anatómicos, como una aorta bifurcada o una fístula rectal, y aprendimos a tratarlos.

Y los homeópatas seguían en la teoría de los humores, las sucusiones, el “espíritu inmaterial” de las sustancias de Hahnemann y el mismo sistema para encontrar “curaciones”.

La genética nos ha enseñado que muchas otras enfermedades o afecciones tienen su origen en alteraciones dañinas de nuestro material genético. La embriología nos ha alertado de problemas en el desarrollo que va de la fecundación del óvulo al nacimiento.

Y los homeópatas seguían en la teoría de los humores, las sucusiones, el “espíritu inmaterial” de las sustancias de Hahnemann y el mismo sistema para encontrar “curaciones”.

El lector avezado habrá percibido que hay un patrón discernible acá. O sea, que los homeópatas no han avanzado un milímetro desde 1812.

Ése es el problema.

Y todo eso sin contar lo que sabemos que no es cierto de las propuestas de Hahnemann, es decir:

a) Los efectos de una sustancia no aumentan al disminuir su cantidad, sino al revés,

b) Sacudir cualquier cosa no aumenta sus efectos,

c) Las sustancias químicas no tienen espíritu curativo inmaterial, y

d) Sin duda alguna, los síntomas no se curan con sustancias que causen los mismos síntomas para restablecer la armonía de los humores, sino que sino que los síntomas son indicaciones del verdadero origen de la enfermedad, que se cura con las acciones necesarias para eliminar la enfermedad: aparatos correctivos, medicamentos antibióticos, complementos nutritivos, sustitutos de sustancias (insulina, hormonas), intervenciones quirúrgicas y un vasto arsenal médico que ha logrado lo que Hahnemann no pudo conseguir: aumentar la cantidad y calidad de vida de las personas donde quiera que se apliquen sus principios (véase en este mismo blog el tremendo efecto de la medicina con bases científicas en China a guisa de ejemplo).

De la esquizofrenia como modo de vida: cómo ser homeópata sin volverse loco

Hay algunas partes de las afirmaciones actuales de la homeopatía que son verdaderamente alucinantes ya que contradicen sus creencias. Por un lado, los homeópatas niegan que la enfermedad tenga como causa los gérmenes patógenos, pero por otro lado aseguran que las vacunas (creadas precisamente para crear en nuestro organismo los anticuerpos necesarios para luchar con éxito contra gérmenes patógenos como el virus de la viruela) son “como la homeopatía”. No sólo es mentira, sino que es doloso y esquizofrénico. ¿Cómo es que las vacunas sirven para protegernos de algo que no existe?

Los homeópatas suelen no responder ante esto, pero llevan religiosamente a sus hijos a vacunar. (Cuando lo hacen, nos envían el sutil mensaje de que al menos parte de su cerebrito sabe perfectamente que lo suyo es un embuste.)

Los homeópatas dicen que todo es cuestión de que el cuerpo recupere el equilibrio de calor, frío, humedad y sequedad de los humores de la teoría de Praxágoras.

Pero estos señores suelen llevar gafas. Es más, llevan gafas en la misma proporción que el resto de la humanidad. ¿Por qué no se curan devolviéndose al equilibrio de los humores? ¿Será porque saben que su afección es un defecto anatómico para el que deben echar mano de los conocimientos de la ciencia?

Cuando tienen apendicitis (causada por una infección del apéndice a cargo de, lo adivinó usted, gérmenes patógenos, en este caso bacterias), los homeópatas no se toman cuatro chochitos ni se meten un supositorio de belladona (paréntesis: la belladona sirve para todo según los homeópatas, no hay uno que no la recete en abundancia). Se van a que los médicos (de verdad) los anestesien (con sustancias que no causan que se despierten, sino que causan que se duerman), los abran y les saquen el apéndice (con grandes protecciones contra infecciones, como es la higiene y la creación de campos estériles para la operación), les receten antibióticos para que su herida no se infecte (con los “inexistentes” gérmenes patógenos) y los manden a casa, listos a seguir embaucando a otros miembros de su misma especie con latinajos de similia similibus curantur y otras cosas que, en estos tiempos, tienen un parecido notable con los conjuros de Harry Potter.

Hay un desafío que solemos hacerle a los curanderos y médicos brujos que niegan la teoría de los gérmenes patógenos como causantes de enfermedades: ¿estarían dispuestos a dejarse inocular el virus de la rabia, convencidos de que no se morirán porque los virus no causan enfermedades? O, para no irnos a lo terriblemente mortal: ¿estarían dispuestos a dejarse inocular una buena infección intestinal?

La respuesta es, por supuesto, que no.

En mi pueblo decimos: “No hay borracho que coma lumbre”.

Naturaleza, atención personal y placebos

Cualquier médico avezado le dirá a usted que la gran mayoría de las consultas que hacemos a los médicos son innecesarias. Es decir, vamos al médico buscando tratamiento para enfermedades y afecciones de los que puede encargarse perfectamente nuestro cuerpo sin necesidad de ayuda externa.

En el caso de la gripa, por ejemplo, hay una máxima clásica: “con medicinas, siete días, sin medicinas, una semana”.

Por supuesto, cualquier curandero, médico brujo, sanador, naturista, homeópata, cromatoterapeuta o cualquier miembro de la tribu de los charlatanes, tendrá el mismo éxito.

Muchas veces vamos al médico para que atienda nuestros síntomas, y muchas veces ni eso puede hacer, como sabemos con tristeza quienes tenemos dos gripas al año y a quienes los “antigripales” (medicamentos para controlar los síntomas de la gripa, principalmente el moqueo, con antihistamínicos, y el dolor de cabeza y generalizado, con analgésicos) no nos causan efectos perceptibles, con lo que debemos aguantar a pie firme los embates virales. En todo caso, los médicos nos dan algo para los síntomas y dejan que la naturaleza siga su curso.

Pero cuando estamos enfermos necesitamos algo más que antihistamínicos o analgésicos, necesitamos atención humana, que nos hagan caso, que nos cuiden, y por desgracia, debido a los bajos presupuestos que nuestros gobiernos asignan a la salud, los médicos de los sistemas estatales de salud generalmente no pueden ofrecernos esa atención personalizada. Su tiempo es limitado, trabajan en exceso, atienden a demasiados pacientes.

Entonces, el frasquito con pildoritas o jarabe es flaco consuelo.

Y allí es donde los charlatanes hienden sus garras en las carnes de sus víctimas: les dan tiempo, les dan palabras amables (es su negocio), les dan consejitos, hacen todo lo que debería hacer el médico familiar. Establecen una relación personal con el paciente que siempre se agradece. No pueden curarnos, pero sicológicamente pueden apoyarnos como deberían hacerlo todos los médicos (y si no lo hacen no es, como quieren los charlatanes, culpa de los médicos, sino de los sistemas de salud que deberíamos ocuparnos en mejorar antes de acudir a pelamangos especializados en cobrar por no hacer nada).

Finalmente, hay enfermedades reales sujeto de tratamientos reales cuya curación puede acelerarse o producirse simplemente si el paciente cree que lo están ayudando. Los estudios científicos sobre medicamentos usan generalmente a dos grupos de pacientes, uno al que se le administra el medicamento en estudio y otro al que se le administra una sustancia inocua (azúcar, agua de colores, cápsulas con polvo de maíz) que en general se conoce con el nombre de placebo. Obviamente ni el médico que administra el tratamiento ni los pacientes saben a quién se le está dando medicamento y a quien remedios de mentiritas (a este sistema se le conoce como “prueba de doble ciego”).

Lo interesante es que, en todos los estudios, algunas personas del grupo que recibe el placebo informan que se sienten mejor, y en algunos casos la mejoría se puede medir y observar.

Actualmente, la ciencia seria está estudiando esto, que se conoce como “efecto placebo”, y los datos disponibles indican que parte el efecto placebo se debe precisamente al desarrollo natural de las afecciones, parte proviene de la interacción humana con un cuidador en el que se confía y parte proviene de las creencias personales respecto de la efectividad del tratamiento, de modo que una determinada forma de pensar puede estar ayudando a controlar alguna enfermedad o sus síntomas.

Estas tres cosas, el curso normal de la enfermedad, la atención personalizada y el efecto placebo (que es en parte provocado por los dos anteriores) explica bastante claramente cómo es que tantas personas que visitan a homeópatas sienten alguna mejoría. No tiene nada que ver, por supuesto, con la eficacia de sus remedios, que como hemos visto son totalmente inocuos. Pero esto nos dice que sigue habiendo aspectos de los procesos de las enfermedades que deben seguirse estudiando.

(Pero por supuesto la medicina con bases científicas es la responsable de hacer estos estudios, las prácticas supersticiosas de curación no estudian, no investigan y, ciertamente, no avanzan.)

¿Qué tiene de malo entonces la homeopatía?

Hasta cierto punto, en el mundo de las prácticas supersticiosas relacionadas con la salud, la homeopatía es una de las menos peligrosas directamente. La herbolaria aplicada sin conocimientos farmacobiológicos adecuados puede administrarle a las personas sustancias dañinas. La acupuntura puede causar daños neurológicos leves. Los quiroprácticos dejan ocasionalmente a sus pacientes parapléjicos al manipular salvajemente el cuello. La homeopatía es, en ese sentido, bastante inocente, como lo era cuando se le ocurrió a Hahnemann hace casi dos siglos.

Pero sí hay peligros.

Los tres peligros clave para quienes se hacen atender por homeópatas son el diagnóstico incorrecto, la evitación de un tratamiento médico efectivo y el ocultamiento de la verdad.

Los homeópatas no cuentan con las baterías de estudios, análisis, experiencia clínica, datos estadísticos y conocimientos anatomofisiológicos que tienen los médicos para hacer diagnósticos acertados. Y todos sabemos que, pese a todo ese arsenal, los médicos pueden equivocarse. Ahora calcule usted cuánto pueden equivocarse quienes solamente pretenden hacer un diagnóstico conversando con sus pacientes acerca de sus síntomas y haciendo algunas manipulaciones más bien inútiles.

Un diagnóstico acertado y oportuno es indispensable para un tratamiento correcto. Alguien que se haga tratar por homeópatas o por cualquier otro charlatán del curanderismo disminuye sus posibilidades de curación al retrasar o no acceder a un diagnóstico claro. Muchas enfermedades avanzan, y por ello su detección a tiempo es clave. Un ejemplo clarísimo es el cáncer, que cuando se diagnostica a tiempo tiene muchísimas posibilidades de tratamiento. Estando bajo el influjo de un homeópata, para cuando la víctima reaccione puede ser demasiado tarde.

La evitación del tratamiento médico es también un peligro latente. Los homeópatas basan gran parte de su “prestigio” en el ataque constante a la medicina con bases científicas (a la que llaman “alópata”, palabra inventada por ellos con objeto de insultar a quienes no comparten sus creencias), y por tanto suelen desanimar a sus clientes a que visiten a médicos de verdad. El peligro de esto es clarísimo, ya que las enfermedades que nuestro cuerpo no puede curar por sí mismo tienden a evolucionar y a complicarse, reduciendo la cantidad y calidad de nuestras vidas.

Finalmente, aunque a veces lo nieguen en público, los homeópatas creen en una serie de postulados demostrablemente falsos, sustentados en la magia y en las conclusiones sacadas muchas veces de la nada por parte de Hahnemann. Lo que creen es falso, y por tanto lo que le ofrecen a sus clientes, así sea con la mejor de las intenciones, es mentira. Todos, sanos o enfermos, tenemos derecho a obtener la información más completa, avanzada y certera acerca de nuestro cuerpo y mente, de nuestro estado de salud y de nuestras perspectivas de diagnóstico y pronóstico. Vivir menos y vivir peor es mucho más dañino cuando además, se vive en la mentira.

Lo de Hahnemann fue una equivocación, una teoría errónea, hija de la ignorancia de su tiempo como tantas otras. Lo de los homeópatas de hoy es totalmente imperdonable. Hahnemann propuso prácticas menos dañinas que las de la medicina de principios del siglo XIX, pero inútiles. En su momento, fueron benéficas, pero insistir en ellas desconociendo con tozudez de pollino los avances del conocimiento de casi doscientos años sólo puede ser producto de una profunda incapacidad mental o de una disposición absoluta a mentir con todo descaro para mantener vivo un negocio que debió desaparecer al surgir Louis Pasteur y que hoy sólo puede causar más daño que beneficios a sus víctimas.

¡Los grandes logros de la medicina alternativa!

¡Los grandes logros de la medicina alternativa!

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Pese a haber nacido en el corazón de la Ciudad de México y vivido allí durante décadas, hace cinco años vivo en Gijón, a orillas del Cantábrico, ciudad en extremo agradable, segura, alegre, protestona, guerrera, culta y llena de curiosidades. Una de esas curiosidades que siempre me llamó la atención es un monumento a Alexander Fleming, sobre todo cuando me enteré que éste es el primer monumento que se le hizo en el mundo al padre de la penicilina.

Hoy me entero que la creación de este monumento se debe a un artículo que un pediatra gijonés, Avelino González, escribió en el diario local El Comercio exaltando las maravillas de la penicilina, lo cual hizo que la población (no el gobierno, originador de tantas estatuas y monumentos inútiles, convenencieros y con frecuencia autoelogiadores) se uniera, aportara fondos y comisionara el busto del investigador.

Escribió el doctor González:

No era admiración, era verdadero asombro lo que yo veía en mis enfermitos tratados con esta droga; eran milagrosos sus resultados.

Pero aún fue mayor mi asombro y mi agradecimiento cuando mi nieto mayor cayó enfermo con una angina maligna estrepocócica y con localización cardiaca. Ni uno solo de esos enfermos se salvaban antes de la penicilina, pero tuve el placer de ver los resultados maravillosos de ella en mi nietecito de dos años, que no sólo salvó la vida, sino que no le dejó el menor rastro o lesión.

En esta era de antibióticos y enfermedades resistentes y nuevos antibióticos, hemos olvidado sin duda el verdadero cambio que produjo la penicilina.

Durante miles de años, en todo el mundo, pese a todas las charlatanerías, curanderismos, sanaciones, terapias imaginarias, chamanismos y brujerías, la gente se moría por causa de las mismas infecciones, sin cesar, sin paliativo. Y de pronto un medicamento obtenido mediante métodos confiables lo cambió todo.

Lo cambió todo no es cualquier cosa. Donde no sobrevivía nadie sobrevivieron millones.

Muy probablemente yo y la mayoría de los que estamos vivos hoy tenemos una deuda con Fleming. La historia de la enfermedad humana, de la lucha contra el dolor, se alteró radicalmente cuando Fleming identificó el principio activo del hongo penicillium, lo reprodujo en laboratorio, se determinó la dosificación adecuada y se empezó a producir industrialmente para llegar de manera accesible a millones y millones de enfermos.

De un día para otro dejaron de producirse cantidades incalculables de muertes o de dolencias prolongadas e incapacitantes. Como verdadera magia. Fleming consiguió lo que ningún charlatán de la “medicina natural” ha hecho nunca: tomar un elemento de la naturaleza, estudiarlo, conocerlo, investigarlo y convertirlo en un bien para toda la humanidad.

Lo mismo hizo Pasteur cuando desarrollo la teoría de los gérmenes como causantes de la enfermedad, teoría que ha demostrado ser cierta mientras que las demás teorías son falsas. (La teoría de los humores de la homeopatía, la teoría de las temperaturas del naturismo, la teoría de los doshas de la medicina ayurvédica, etc., etc., etc.) Y cuando puso a prueba su teoría con la vacuna antirrábica (donde antes morían todos se salvaron millones).

(Probablemente lo que no se imaginó Pasteur es que habría personas que vivirín gracias a las vacunas se dedicarían a la charlatanería y a negar la eficacia de la medicina que les salvó la vida. Calcule usted el tamaño del desagradecimiento que se necesita para caer tan bajo.)

Por supuesto, las medicinas alternativas no inventaron ni descubrieron, entre otras muchísimas:

la anestesia
la asepsia
los trasplantes de órganos
los antirretrovirales (esperanza de los sidóticos)
las vitaminas (absolutamente todas)
la insulina
las vacunas
el trabajo con células madre
la aspirina
el demerol (analgésico que controla el dolor más terrible)
la adrenalina (sin la cual cualquier infarto, shock o reacción anafiláctica pueden acabar en muerte)
el litio (medicamento contra la esquizofrenia)
el aciclovir (el mejor tratamiento contra el herpes genital)
el albuterol (broncodilatador del que depende la vida de muchos, entre otros los asmáticos)
la nitroglicerina (vida para muchas personas con afecciones cardiacas)
la carbamazepina (anticonvulsivo para epilépticos)
la ciclosporina (para evitar el rechazo en trasplantes)
las píldoras anticonceptivas, todas
el sildenafil (la mágica Viagra, pues)
el somatrem (ayuda al crecimiento en niños de crecimiento atrofiado)

Éstos y otros muchos medicamentos son, para millones de personas, milagros tan grandes como fue en su momento la penicilina y como siguen siendo todos los antibióticos.

Compárese con los grandes logros de la medicina alternativa, que en los últimos cien años han ofrecido, como avance salvador de vidas que ha impactado favorable y dramáticamente la salud pública:

Ninguno
Nada
Ni por asomo
¿Eh?
No, en serio
Hay que ser bastante miserable, irresponsable y desvergonzado para dedicar la vida a decirle a las víctimas de enfermedades que esta segunda lista es más impresionante que la primera, y que la disciplina que generó la primera lista “no sirve”, “es inútil”, “es dañina” y similares alucinaciones, mientras que se venden milagros inexistentes basados en la segunda lista de nulidades económicamente rentables.

¿O no?

Patrañas seudomayas

Patrañas seudomayas

¿Ha usted oído hablar de las “profecías mayas” que se han inventado los insignes cerefritos del mundo esohistérico? Bueno, según ha informado hasta Íker Jiménez (conocido, me cuentan, en el programa TDB de la televisión de Barcelona como “El vendemotos” en 2012 se acaba el mundo.

Sí, otra vez. Como todos los años (este año, por cierto, el mundo se acaba el 12 de septiembre con la segunda venida de Cristo, según Marilyn J. Agee, que, empero, astutamente no acepta apuestas al respecto), el mundo también se va a acabar en el 2012, porque lo dicen los mayas, según nos dicen unas personas que no tienen ni la más remota idea de la cultura maya, la astronomía maya, la matemática maya y el idioma maya. O sea, gente en la que puede confiar.

Pero antes le cuento a usted que el 24 de mayo, o como quien dice ayer, no hubo un terremoto en la Ciudad de México.

Bueno, la mayoría de los días no hay terremoto en México, lo que hay varias veces al año es lo que allí se llaman “temblores de tierra”, sismos pequeñajos y sin trascendencia, porque tratándose de un pais situado en una zona sísmica por partida doble (círculo de fuego volcánico y choque de placas tectónicas) la verdad es que por menos de 6 grados Richter casi nadie hacía mucha alharaca, como no fueran los turistas que salían en tropel de los hoteles. Cuando el temblor era de noche, no faltaba quien se iba a las zonas hoteleras a reírse de los extranjeros que acababan en la calle ataviados con una sábana, cuando no llevando el conocido “traje de rana” o de piel natural.

Sólo que el 19 de septiembre de 1985 hubo un terremoto de verdad que marcó para siempre a los que lo vivimos, por la violencia que tuvo y porque reveló grandes cantidades de basura oficial: se cayeron sobre todo edificios gubernamentales (escuelas y hospitales incluidos) construidos violando las leyes para forrar los bolsillos de constructores y gobiernícolas, como me señalaba mi amigo Mario Méndez Acosta, ingeniero de profesión, cuando recorrimos algunas zonas de desastre. Eso sin contar con que el gobierno mexicano se hizo pendejo más de 24 horas dejando la labor de rescate y cuidado de los damnificados a los ciudadanos, y luego medró de mala manera, atacando a los voluntarios en la prensa, robándose hasta tiendas de la Cruz Roja Internacional que luego aparecieron a la venta y en general haciendo amigos entre la población, que como cortesía votó contra ellos en 1988 eligiendo a Cuauhtémoc Cárdenas, sólo para que los neoliberales de Carlos Salinas de Gortari (una especie de Aznar mexicano, pero con menos pelo) se robaran la elección.

Tales recuerdos volvieron todos en tropel a los ciudadanos que vivieron el terremoto del 85, cómo no, cuando los medios de comunicación se ocuparon de anunciar que cierto destacado desvergonzado que se considera “sabio maya” y así se anuncia, y que responde al nombre (absolutamente inventado por su delirio) de Minik Zek Balam, Winik Ek Balam, “Jaguar Negro” y otros alias, había predicho, con base en que se le ocurrió y necesitaba promoverse, que en México iba a haber un terremoto el 24 de mayo de 2007. Y un terremoto terrible, con miles y miles de muertos. Y lo promovió hasta el delirio aquí, aquí, aquí y aquí, entre otros muchos sitios, incluyendo, por supuesto, la afirmación falsa de que el tipejo en cuestión había “predicho” el terremoto de 1985 pero “nadie se lo quiso publicar”.

(Claro que nadie predijo el terremoto de 1985, y ninguno de tales negociantes de la credulidad y la inseguridad ajenas tuvo durante muchos años la desvergüenza de decir que lo había predicho, porque probablemente le habrían dado una paliza (o madriza) por andar burlándose de los miles de muertos que nos dejó la horrenda mezcla terremoto-gobierno-corrupto. Pero al paso de los años, desvergonzados como la opiácea Giovanna, de profesión seudoastróloga escandalosa, han afirmado que hicieron tal predicción, lo cual trasciende el descaro para caer en la ofensa.)

El irresponsable embaucador que soltó esta “predicción” y que por ella debería ser invitado a unas vacaciones por cuenta del sufrido erario mexicano en algún reclusorio cercano a su domicilio no es Minik nada, sino que se llama Guillermo Jaime González Soto y hace apenas tres años se fingía tlacuilo (pintor de códices) azteca (para verle la cara al Dalai Lama y lamerle las botas al lamentable “presidente” mexicano Vicente Fox), hoy es falso maya y mañana, si el dinero llama, andará diciendo que es un lama tibetano como Cyril Hoskins (a) “Lobsang Rampa” o un chamán del desierto de Sonora, que a Carlos Castaneda ese negocio le salió redondito.

Por supuesto, note y observe usted que para los medios de comunicación, el mediopollito en cuestión era hasta ayer un “sabio maya” que hoy se convirtió de pronto en “presunto sabio maya”. Vaya, como que urgiría que los medios fueran un poco menos mausanoides y jimenezeros en estos casos.

Así que otra seudoprofecía seudomaya que se va a la mierda.

Como todas. Absolutamente todas.

Como la de 2012.

Le cuento: “Boquita de retrete”, amiguito y defendido de Bruno Cardeñosa (el bobo de guardia del ocultismo español), es un negociante que vende astrología con el cuento de que el 2010, o el 2012 (su aritmética era imprecisa, como es de esperarse), se va a acabar el mundo porque “lo dicen los mayas”. Es ejemplo de esta curiosa variedad de rentabilidad sobre la falsedad y la obtusez.

Pero ni “Boquita de retrete”, ni Bruno Cardeñosa (famoso por la sarta de estupideces que ha firmado sobre Teotihuacan, ciudad prehistórica mesoamericana de la que no sabe un carajo) ni ninguno de los insignes vendedores de misterios que andan contando esta trola, puede decir que los mayas predijeron que el mundo se acaba en 2012, porque no existe tal “predicción”.

Repito: los mayas nunca predijeron lo que le venden estos papafritas.

Nunca.

Lo que pasa es que el 21 o el 23 de diciembre de 2012, dependiendo de los cálculos, termina la “cuenta larga” de 13 baktunes del calendario maya. No es que el calendario “se acabe abruptamente” en tal o cual fecha como creen algunos holísticos de la estolidez, sino que la cuentase acaba como abril se acaba el 3o de abril y el año aw acaba el 31 de diciembre. Pero el calendario sigue con el primer día del nuevo mes, año o baktún, y punto. Las distintas “cuentas” del tiempo de los mayas no dependían sólo de la astronomía, obviamente, sino también de sus creencias religiosas, de aspectos políticos y económicos, etc.

Esta “cuenta larga” maya empezó cuando terminó la anterior, cosa que seguramente resulta una perogrullada para una persona normal, pero que no está de más señalar cuando tratamos con la tropa de la era de acuario, con los newageros y otras personas dispuestas a creer en los pitufos si se los dice un tipo con barba, túnica blanca, un kilo de incienso y una tonelada de buena onda. La cuenta larga anterior terminó el 11 de agosto del año 3114 antes de nuestra era. La cuenta larga actual empezó inmediatamente después.

Según la lógica de los vivarachos y listillos que venden esto, el mundo se acabó el 10 de agosto del 3114 antes de nuestra era… lástima que se reinauguró el día 11 sin que nadie se diera cuenta y lo anotara en sus crónicas: “Querido diario: el mundo se fue al carajo ayer, pero hoy regresó y la verdad no quisimos ni preguntarle qué pasó por no ponerlo de malas…”

Lo único que hay que esperar es que el 22 o el 24 de diciembre de 2012 comience otra cuenta larga, claro. Lo de que el mundo se va a acabar, y el cielo se va a caer, y lo sabe un señor que no sabe nada más, y que el 3114 fue el inicio de la sincronización galáctica o alguna payasada similar, y que a los mayas se lo contaron los extraterrestres de Orión no es ni siquiera una fumada, es una forma de hacer negocio inventada por un simpático engañabobos llamado José Argüelles, nacido en Minnesota, que para no trabajar se volvió místico y empezó a vivir de sus libracos desde los treintaidós años, y luego inventó la “convergencia armónica”, interpretó el calendario maya sin saber nada de cultura maya (sería para no contaminarse, pero los mayólogos se carcajean con sólo oir su nombre), que hizo las cuentas calendáricas sin ser muy ducho en aritmética (pero dice que su calendario es “biológicamente correcto”, y yo voy y me lo creo) y que vende libros y un juego sobre el fin del mundo y el ingreso de la Tierra en la Federación Galáctica o algo similar, anunciado para 2013, fecha en la que es de suponerse que don Pepe, nacido en 1939, esperaría ya estar debidamente retirado y riéndose de sus víctimas, si no trabajando de tiempo completo empujando margaritas desde abajo.

(O le da igual, la “convergencia armónica” seudomaya que armó en agosto de 1987 para fundar el turismo esohistérico iba a ser el inicio de una era de paz y amor universales, y no hace falta entrar en trance místico para darse cuenta de que no hubo tal y seguimos tan jodidos como antes y que las tonteorías de don José no sirven más que para mantener a su familia y vender productillos. Es que el new age es enemigo del materialismo, usted sabe.)

En resumen, mientras alguien no muestre siquiera una prueba de que los mayas creían que el final de la cuenta larga iba a ser el fin del mundo y no ocasión para empezar la siguiente cuenta larga, mientras no muestre a los etés de Orión y no se pruebe que Pepito Argüelles es realmente la reencarnación de Pacal Votan (una especie de híbrido mayanórdico fumarolo), las profecías seudomayas del 2012 son tan sólidas como las puntadas publicitarias de Guillermo Jaime, o incluso pueden ser más ridículas , como se puede ver aquí con Giorgio Bongiovanni incluido, para poner a prueba su capacidad de asombro, de modo que sólo nos queda destacar la desvergüenza infame del tal Minik Zek Balam, añadiendo a su ristra de nombres mamertos, con la cortesía que distingue a este blog y a su empingorotada clientela, el de “Joputín Charla Tantan”, que es maya, y exijo que mi compadre Héctor Chavarría (a) “El terror de los plativoleros” y que estudió maya en su yucateca juventud, lo certifique a dos manos.

Lo único que a mí me resulta claro es que si los señores mayas se encontraran a esta parvada de enamorados de la billetera ajena, su futuro sería como el que se ilustra en los murales de Bonampak. Y es que los genios astronómicos centroamericanos no aguantaban las pendejadasde muy buen grado que digamos.

Osho®, nueve y diez

Osho®, nueve y diez

Actualización el 2 de septiembre: Un lector informa que la entrada en Wikipedia en español sobre nuestro biografiado es un artículo pelota, barbero, rastrero, obsequioso y esencialmente publicitario sobre el personaje. No se pierda usted el capítulo donde en lugar de aceptar sus delitos se inventan la inevitable conspiración, en este caso a cargo del gobierno de Reagan (que francamente andaba en otras conspiraciones más cachondas y de alcance, como las que usó contra Polonia y Nicaragua). En fin, que más de lo mismo, Wikipedia sigue siendo la tierra prometida de los charlatanazos en varios idiomas.

El caballero que mira fijamente a la cámara de la policía en esta foto de 1985 es Chandra Mohan Jain, conocido al nacer como Acharya Rajneesh, más conocido hace veinte años como Bhagwan Shree Rajneesh o “el gurú de los Rolls Royce”, y brevemente (cuando afirmó ser la reencarnación de Buda) como Rajneesh Gautaman the Buddha. Si estos nombres no le dicen nada a usted, quizá sí ha oído el último de los muchos alias de este calenturiento truhán: Osho®. Además de ser su último nombre, Osho® es hoy una marca registrada del “círculo interior” de su secta, los 21 herederos seleccionados personalmente por él, dirigidos por Swami Prem Jayesh (originalmente Michael William O’Byrne, de Canadá, quien al menos hasta hace poco tenía prohibida la entrada en la India), que mantienen un fructífero negocio con los libros e ideas cambiantes de Rajneesh, centros vacacionales “de meditación”, ocho sabores de meditación para usted y diversos productos y servicios adicionales, incluido un alucinante “tarot zen Osho®” y una “multiversidad” en Pune, India, para aprender a meditar y conocer las “ciencias esotéricas” entre otras cosas.

El “Osho®” que ahora se promueve en la televisión española como “místico contemporáneo” o algo así no fue sino uno más de los muchos gurús o maestros indostanos que aterrizaron sobre la ingenuidad hippie de occidente en los años 70-80, a grupas del Maharishi Mahesh Yogui. A Rajneesh ya acudían occidentales en busca de “iluminación” desde mediados de los 70, como un producto diferenciado de su competencia. Lo que lo hizo singular es que, a diferencia de otros de su misma profesión, a Rajneesh le costaba muchísimo trabajo fingir ese ascetismo superior, ese desprendimiento de lo terrenal que tan bien simulaban el Maharishi o Su Divina Gracia Swami Bhaktivedanta Prabhupada, fundador de los Hare Krishnas. No, a Rajneesh le gustaban las mujeres guapas, el dinero a espuertas y los autos lujosos, en particular los de la marca Rolls Royce. Su pequeña manía por estos autos lo llevó a ser propietario de 93 de ellos. Su otra afición lo hizo crear una versión propia y aumentada del tantrismo hinduísta que permitía todo tipo de actos sexuales a gusto del maestro. En resumen, convirtió sus terrenales y bastos gustos de ciudadano de a pie en una “filosofía” del “materialismo es bueno” prefigurando un poco al Michael Douglas de “la avaricia es buena” en la película Wall Street, pero con túnicas e incienso.

Por supuesto, no es en lo más mínimo criticable que uno disfrute el sexo mientras no viole la ley, y tampoco lo es que se compre Rolls Royces si lo hace con dinero bien habido y no viola la ley (y mejor si no explota a nadie para conseguir el dinero). Pero obtener todo eso con el rollo místico y presentándose alternativamente como un superhombre, un dios, un Buda y un maestro espiritual ya no parece tan honesto. Y menos cuando usted viola la ley muy seguido y acaba como el caballero de la foto. Menos honesto es también que sus “ideas” fueran todas recicladas de otros autores, y que sus libros, según confesión de sus seguidores, fueran con frecuencia escritos por mujeres de su entorno más cercano, su harén, pues. Tampoco tiene alta puntuación de honestidad no pagar impuestos o defender el sexo incestuoso y el sexo con menores de edad, cosas que según sus seguidores hallaba natural y recomendable. Y tampoco es exactamente honesto tener a unos seguidores espirituales a los que se explota vilmente para obtener una fortuna económica manteniéndolos en condiciones de vida poco recomendables.

Nacido en 1931, Rajneesh se dedicó prácticamente toda su vida a ser gurú o “maestro”, consiguiendo una gran cantidad de seguidores en la India y algunos en los Estados Unidos. Dicho de otro modo, no trabajó un solo día de su vida, lo cual lo convierte en la envidia de más de cuatro. Su manejo del asunto de ser gurú y vivir de los seguidores siempre fue pragmático, y siempre buscó el apoyo de una mercadotecnia adecuada para llegar a más seguidores, con lo cual sus enseñanzas eran bastante “flexibles”, o de quita y pon: lo que enseñaba ayer podía negarlo hoy si convenía. Igual afirmaba que se iban a acabar las guerras que, cuando una firma de relaciones públicas le dijo que las profecías apocalípticas tenían mucho rating entre los seguidores profesionales, predijo guerras y atrocidades. Y cuando lo atrapaban cometiendo alguna barbaridad, acostándose con una o más adeptas, consumiendo valium y óxido nitroso “como para llenar un dirigible”, dice un exadepto (varios ex-seguidores aseguran que era adicto a ambos) o tomando por asalto un pueblo, lo hacía amparándose en el “tantra” o en algún ente espiritual inventado ad hoc esa mañana.

Pero Rajneesh era muy, muy simpático y convincente, y parecía honesto, con lo cual nunca le faltaron seguidores. Su “sabiduría” se puede calcular con sus afirmaciones como “India no necesita alta tecnología”, “en el año 2000 se habrán terminado todas las guerras” o sus profetizadas guerras que tampoco ocurrieron. Como fuera, su simpatía, su defensa del placer sexual y del materialismo y una vena cínica y pícara le ayudaron a recorrer el camino al estrellato mediático y a una fortuna cuyos alcances aún no son del todo conocidos.

Hasta que se ahogó en su propio pantano de cuentos.

Verá usted, en 1981, los seguidores estadounidenses de Rajneesh-Osho® compraron un rancho de 26 mil hectáreas en los condados de Wasco y Jefferson, estado de Oregon, en Estados Unidos, afirmando que querían hacer una comuna agrícola muy pastoril y mona. El lugar pasó a llamarse “Rancho Rajneesh”, se empezó a construir en él una ciudad en la que llegaron a vivir 3.000 de los seguidores de Rajneesh (los llamados “sannyasins”) y a él llegó a mediados de año el gurú en persona, que ya llevaba un tiempo en los Estados Unidos. Al parecer, el revuelo formado en la tranquila zona y en el cercano pueblo de Antelope hizo que cuando Rajneesh solicitó una extensión de su visado, las autoridades decidieran investigarlo. Dos problemas se hicieron evidentes, según cuentan los registros del sheriff de Wasco: una serie de matrimonios sospechosos entre seguidores estadounidenses y seguidores de otros países que parecían destinados sólo a conseguir la estancia legal de los sannyasins extranjeros (simples bodas de conveniencia) y el hecho de que la mudanza del señor Rajneesh de la India al país del dólar parecía estar relacionada con el hecho de que el caballero le debía al gobierno de la India unos seis millones de dólares en impuestos, cantidad que, inexplicablemente, no parecía dispuesto a pagar.

Para 1982, los seguidores del Rancho Rajneesh eran ya suficientes como para tomar por asalto la ciudad de Antelope. En una elección que convocaron en abril, ganó la propuesta de cambiarle de nombre a la ciudad por el de Rajneesh, incorporando como pueblo al rancho, ahora llamado Rajneeshpuram, y empezaron a exigir información y apoyo en dinero público para sus actividades ante la furia de los residentes originales. En 1983, los visitantes externos a la comuna de Rajneesh, como el sociólogo Lewis F. Carter, que escribió un estudio científico sobre la comunidad en la revista Contemporary Sociology en 1991, detectaron en la comuna el autoritarismo y la búsqueda del “control total” propias de las sectas, lo cual también era evidente en el interés fundamental por que la comuna produjera dinero para satisfacer los caprichos del “dios viviente”.

El capítulo más “mondo cane” de esta historia aún estaba por escribirse. Las tensiones entre los residentes “de siempre” y los advenedizos adeptos de Rajneesh llevaron a que estos últimos acumularan un importante arsenal mientras Osho® predecía que el SIDA mataría a todas las personas del mundo excepto a los de su comuna. Hubo un intento de asesinato del médico de Rajneesh y del fiscal de distrito del condado de Jefferson, el saqueo e incendio de la oficina de planificación del condado de Wasco y escuchas telefónicas y con micrófonos dentro de la comuna. En el colmo de lo bizarro, los seguidores del gurú cultivaron bacteria de salmonella y la esparcieron en bares de ensaladas de 1o restaurantes de The Dalles, en Wasco, afectando a más de 700 personas, con lo que esperaban poder influir en las elecciones de la comisión del condado inhabilitando a los votantes locales, en lo que hoy se considera, simplemente, el primer ataque bioterrorista moderno, y un aviso de ataques de otras sectas, como la de Shoko Asahara y su ataque al metro de Tokio con gas sarin . Rajneesh culpó de todo a su secretaria y buscó una salida a lo que se convertía en un infierno jurídico y mediático, entre otras cosas devolviéndole su nombre original al pueblo de Antelope. Pero no tuvo éxito, de modo que tomó a algunos de sus seguidores, subió a su jet privado y trató de huir, pero la oficina de inmigración y naturalización lo detuvo lo devolvió a Oregon, donde le tomaron la instantánea que abre esta entrada y lo llevó a juicio, acordando con él no sentenciarlo a una pena de prisión si abandonaba el país y se declaraba culpable de violar las leyes de inmigración. Fiel a su autoimagen, Rajneesh, en prisión, exigió una atención adecuada a su estatus superior: comida especial y un trono.

Rajneesh volvió a la India, dejando atrás a sus seguidores, varios de los cuales, en particular mujeres dirigentes, fueron a juicio y resultaron condenados por los intentos de asesinato mencionados, el ataque con salmonella y el fraude migratorio. Mientras ellos pasaban a ocupar una celda en Oregon (su secretaria, Sheela, que solía pasearse armada, fue condenada a 20 años en 1986), Rajneesh recorría 21 países en su jet privado: lo expulsaron de Grecia, pasó por España, anduvo en Uruguay (donde se cambió el nombre a Osho®), visitó Jamaica y volvió a Poona, India, donde finalmente murió en 1990.

Pero sus enseñanzas viven… No las del misticismo blanducho y fácil de esperar de “iluminación interna”, sino las de cómo armar una comuna con extranjeros. En abril de este año se informó que las autoridades australianas están investigando a la empresa de Osho® Melaleuca Properties porque, además de conflictos con Byron Shire, donde están ubicados, hay acusaciones de bodas de conveniencia para llevar a Australia a numerosos sannyasins de otros países, repitiendo hoy los acontecimientos de hace más de 20 años en Oregon.

Por cierto, existe en Antelope, Oregon, una placa conmemorativa de la resistencia del pueblo contra “la invasión y ocupación de Rajneesh de 1981-1985”. Sin duda el gurú dejó su huella en el pueblo, hoy de unos 60 habitantes.

Ése es, pues, el “místico contemporáneo” que ahora nos están vendiendo, probablemente el místico menos místico de la era de Acuario. Pero como ya hemos dicho, la charlatanería no se crea ni se destruye, sólo se guarda unos años hasta que la gente se olvide de los escándalos y ridículos del pasado, y se saca de nuevo a pasar la gorra entre los entusiastas siempre dispuestos a redescubrir oriente a tanto la dosis.

Golpes contra la charlatanería: criptozoología y falsati

Golpes contra la charlatanería: criptozoología y falsati

Malos tiempos corren para los charlatanes, por más que sus cuentas bancarias gocen de buena salud, porque la realidad (esa realidad molesta, necia, inconvencible, comprobable) les sigue zumbando hasta por debajo de la lengua.

Criptonadalogía

Los “criptozoólogos”, esos tipos que estudian (es un decir, cuando mucho recopilan) afirmaciones sobre la existencia de todo tipo de seres vivos misteriosísimos (el yeti, el pie grande, el hombre polilla, el monstruo del lago Ness, los unicornios y los dragones que escupen fuego) se quedan fuera de la jugada una vez más, pobrecillos.

Conservando un récord perfecto de CERO logros que los equipara a todos los demás misteriólogos del planeta, no hubo NI UN criptozoólogo en el grupo que descubrió numerosas nuevas especies en las montañas de Foja, Nueva Guinea.

Faltándole al respeto a criptozoólogos tan destacados como los insignes miembros de la “Sociedad Española de Criptozoología”, que se dedican tenazmente a recorrer el mundo recopilando testimonios sobre seres fantásticos y consiguiendo con éxito no obtener NI UNA prueba de la existencia de ninguna de sus quimeras, un grupo de malévolos científicos oficialistas, cerrados, dogmáticos y miembros de la conspiración mundial contra los ocultistas hicieron un “viaje de campo de evaluación rápida” de un mes, obtuvieron datos, los analizaron y finalmente informaron al mundo del descubrimiento de numerosas nuevas especies en las montañas de Foja.

Nótese la diferencia entre este procedimiento y el de los misteriólogos en general: el viaje se preparó y buscó durante años, desde que hace 25 Bruce Beehler empezara a intentarlo, se consiguió financiarlo sin necesidad de escribir ningún libro sobre los misterios de las montañas de Fojas y lo guapos, audaces y buenos que son los investigadores, se hizo el viaje (“rápido” de un mes, es decir, que ahora hay bases para hacer un viaje a fondo que puede durar años, cuando obviamente ningún misteriodista como J.J. Benítez ha pasado más de una semana en Nazca ni mucho menos uno como Íker Jiménez se ha tirado un día completo en Navalperal de Pinares), y el anuncio se hizo por medio de organizaciones que avalan que esto no es un mito, ni fotos manipuladas, ni cuentos para vender publicidad… ¡y el mundo entero lo celebró!

(¡Qué envidia para los chirlos rojos y los birlos fantasmas gigantes, que nunca consiguen tal reconocimiento!)

(Por cierto, Íker Jiménez Elizari, seguimos esperando las fotos que están “a disposición de todos”, a ver a qué horas. Si te sorprendemos muy ajustado de presupuesto, estoy dispuesto a mandarte el dinero necesario para que puedas cumplir con lo que dice tu paginilla.)

¡Vea las fotos del canguro arborícola, de la rana diminuta, del pájaro comedor de miel, disfrútelas! La ciencia nos obsequia esos verdaderos descubrimientos, sin necesidad de decir las necedades que están, sí, usted lo sabe, en el estante de misteriología de su librería preferida.

(No dude, claro, que los misteriólogos hablarán de las nuevas especies como si su descubrimiento sustentara o apoyara sus desvaríos extravagantes. Minutos de radio y televisión para la historia de la sinvergüencería nos esperan, disfrútelos también.)

Falsati en la NASA

Pero además, para remate, la charlatanería religiosa oficializada en gobierno se llevó otra patada a los bajos que, según los médicos que han visto la repetición del incidente, es de consideración.

Le cuento a usted: el presidente George W. Bush, conocido por su integrismo religioso y su peligrosa creencia de que está en su puesto no por los votos de sus compatriotas, sino por designio divino, tiene una grave preocupaciónpor controlar y censurar a los científicos que trabajan para el gobierno estadounidense en algunos temas que, por decirlo con delicadeza, le tocan un poco las gónadas.

Por ello, según aviso que nos da mi camarada y amigo Max de Mendizábal (o Morgan para los amigos) no tuvo empacho en nombrar a un joven llamado George C. Deutsch para que se ocupara de ejercer la censura en la NASA.

En lugar de la “conspiración en su contra” que claman los expendedores de enigmas de saldo, este chaval de 24 años, cuya experiencia se resume en haber trabajado para la campaña de reelección de George W. Bush, sí se dedicó a la censura de verdad y ordenó a la gente de relaciones públicas de la NASA que le cerrara a los reporteros el acceso al doctor James E. Hansen, climatólogo de la NASA que reconoce la existencia y riesgos del calentamiento global (tema que no le gusta nada al actual gobierno de EE.UU.). El doctor Hansen procedió a quejarse al New York Times, señalando que un personaje nombrado políticamente estaba tratando de controlar temas científicos.

La otra fantástica acción de Jorgito Deutsch (o George Carlton Deutsch III, hay que ser pijo y mamerto) fue ordenar a los redactores de la NASA que al hablar del Big Bang pusieran siempre antes las palabras “la teoría del”, porque su jefe, claro, no cree que el universo comenzara hace unos 15 mil millones de años con un Big Bang del que hay numerosas pruebas, sino que fue creado por su dios particular hace unos cuantos miles de años, en seis días y sin tanta pirotecnia.

Este escándalo no afectó a Deutsch, seguía contentísimo haciéndola de censor.

Lo que lo desgració fue el descubrimiento de su falsati.

(Se llama en México “falzati” o “falsati” a quien presume de títulos de los que carece, por un político que se ostentaba como doctor, fue cabeza del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y fugaz secretario (ministro) de educación pública cuando ni siquiera había terminado su licenciatura universitaria. El personaje está de nuevo incrustado en el gobierno, ahora sí con un doctorado. Esperamos que este neologismo se extienda para ahorrarnos palabras cuando denunciamos a personajes como Pedro Amorós y sus títulos de fantasía.)

George Deutsch ostentaba un falsati como licenciado en periodismo por la Universidad A&M de Texas, graduado en 2003. Ante sus lamentables acciones censoras, un bloggero de ésos medio anarcos que tanta lata dan, Nick Anthis le preguntó a la universidad en cuestión, y la universidad dijo que que Deutsch sí había estado inscrito, pero que no se graduó.

Y Bush lo tuvo que echar para regocijo de los físicos y otros científicos de la NASA.

(Lo cual nos lleva a concluir que el actual gobierno estadounidense guerrerista, fanático religioso y agresor de las libertades civiles es más consecuente con la decencia que el SEIP, que nunca ha reconocido las falsedades que adornan el currículum de su mariscal de campo. Es para echarse a temblar.)

Y como es de esperarse que ahora la NASA pueda hablar del Big Bang y del calentamiento global sin interferencias de fanáticos creyentes, siguen soplando, lo confirmamos, malos tiempos para los profesionales del soplapiterío.

La conjura de los necios #

La conjura de los necios #

Como ya están haciendo notar otras personas, el gallinero anda revuelto. Los adalides de la tolerancia y el respeto, los estandartes del “buenrollismo” que impregna cada vez más nuestra sociedad, los portadores de la “ciencia de vanguardia” (a mí que me registren, porque Ciencia, como la madre, sólo hay una), estas personas de mente abierta y dialogante que únicamente quieren que se revelen las auténticas verdades de la vida, el Universo y todo lo demás, han vuelto a darnos una visión muy clara de sus inquietudes y de la lógica que rige sus mentes.

En mi simplicidad, hay muchas cosas que no entiendo. Por ejemplo, lo del respeto. Siempre he pensado que el respeto no es un derecho que se obtiene al nacer, sino más bien un privilegio que se consigue a base de demostrar que se merece. Por eso no entiendo que deba respetar ideas completamente estúpidas. Como no entiendo que este respeto sea unidireccional, es decir, se exige pero no se da, especialmente si te contradicen.

Ahí llegamos a otro punto que no entiendo. De todos es sabido que “errar es humano”. También sabemos que “es de sabios rectificar y de necios perserverar en el error”. Todos queremos ser sabios. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en comportarnos como necios? Una emite una hipótesis. Se demuestra que no es cierta y se aportan pruebas. Entonces, en lugar de aceptar el error, se cierra en banda y alude a tétricas conspiraciones secretas en su contra. Seamos un poco maduros, ¿tan especial es un individuo cualquiera como para que todo el mundo tenga motivos para estar en su contra? En psiquiatría, eso tiene un nombre.

El tema de la tolerancia ya es casi de guasa. Es una palabra devaluada. El DRAE dice que la tolerancia es el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias” (segunda acepción). Por una vez, creo que los señores de la RAE se equivocan. La tolerancia es el “respeto a las ideas o creencias semejantes a las propias, que concede completa impunidad para despreciar las contrarias obteniendo el derecho a insultar a quienes promueven estas ideas contrarias exigiendo respeto para sí”. Al menos eso es lo que he entendido de las cosas que he leído en dos lugares muy concretos: el foro de lo SEIP (se siente, ya no les tengo respeto) y la lista de correo de Íker Jiménez (por supuesto, de acceso restringido y moderada, no sea que se cuelen críticas a lo “incriticable”).

Son tantas las incoherencias que ya no sé qué decir.

Si “aparece” un misterio y lo resuelve un científico de verdad, malo, porque seguro que es una conspiración de la ciencia “oficial”, dogmática y fascista come-niños que no quiere que se descubra la verdad. Es tan terrible esta conspiración que los adoradores de lo para-anormal se afanan en ocultar los resultados de la investigación y desvirtuarlos a ojos de la opinión pública, a quien le da igual cinco que quinientos.

Si lo “resuelve” (o sea, lo embrolla cada vez más) un pseudo-científico, entonces, por una parte se jactan de tenernos en jaque con cosas “inexplicables” (el diccionario, señores…), y por otra parte nos acusan de no investigarlo para que se sepa de una vez la verdad.

Esto me resulta especialmente divertido. Se supone que lo ha resuelto. Pero acusa a la “ciencia” de no investigarlo para que se sepa la verdad. Entonces, ¿qué es lo que ha resuelto? ¿El cómo llegar a fin de mes vendiendo libros y apariciones radio-televisivas? Porque no puedo entender que si investigan y resuelven un tema, luego protesten porque la verdad no se sabrá si no investigan los que de verdad saben. Encubiertamente reconocen que no están diciendo la verdad, pero parece que nadie se da cuenta. ¿Nadie? Bueno, menos una pequeña aldea gala que resiste…

Este último pensamiento me lleva al punto que realmente quería tratar en esta ocasión: ¿qué debe hacer un científico ante un misterio?

Y es que la cosa está jodida, si se me permite la palabra. Si no se investiga, mal; si se investiga, peor.

Hagamos lo que hagamos, de partida sabemos que nuestras conclusiones no van a ser aceptadas. Por eso, muchos científicos se resignan y en lugar de perder su tiempo con estúpidos pasatiempos de periódico, se emplean en cosas que son de verdad útiles (salvar vidas, permitir comodidades, aumentar la esperanza de vida digna, explicar el mundo en el que vivimos para adaptarnos mejor a él y maravillarnos con lo que ofrece…)

Sólo hay un problema. Un “pequeño” problema. Que mientras ellos se concentran en ampliar el bienestar para toda la humanidad, el resto de la humanidad condena su trabajo y prefiere creer en hadas.

Por eso creo que es necesario que un sector de la comunidad científica vuelque sus esfuerzos en llegar al gran público. Nos estamos jugando el futuro con esto.

Y es que últimamente me siento algo conspiranoica. Parece que se haya declarado una cruzada en contra del conocimiento que tantos años (miles) y sacrificios nos ha costado obtener. De no ser así, me pregunto entonces a qué viene tanto movimiento por la promoción del pensamiento mágico.

Pienso que el despecho a la Ciencia tiene buena parte de su fundamento en la dificultad de asumir la propia ignorancia así como la falta de voluntad por ponerle remedio. Por ello, los detractores de la Ciencia reflejan hacia fuera sus propias frustraciones atacando aquello que les hace sentir inferiores. Este mecanismo, muy propio del ser humano, sólo trae problemas. Es difícil asumir la parte de responsabilidad que le toca a uno en su propia incompetencia, máxime cuando nadie está dispuesto a aceptar sus propias limitaciones.

Así, se tacha a los científicos de dogmáticos, de cerrazón ante los “hechos maravillosos”, de no aceptar aquello que no puede ser demostrado, de encerrarse en su (envidiada) Torre de Marfil. De no poder ser la Emperatriz Infantil, supongo…

La situación se pinta oscura, pero por un motivo principal: los ignorantes convencidos y declarados son los más ruidosos, pero no necesariamente los más numerosos. Tal vez peque de optimista, pero creo que hay mucha más gente que duda que talibanes de la ignorancia. Hay mucho trabajo por hacer. Quien crea que no puede hacer nada es porque no se ha planteado siquiera hablar con los niños más cercanos. Los niños son el futuro, ¿no? Pues empecemos con ellos. A fin de cuentas, nada hay más angustioso para un niño que no poder distinguir entre su fantasía y la realidad. Cuando la confusión alcanza la edad adulta, tenemos a un militante de la ignorancia. Y ahí ya no se puede hacer nada.

“Educad a los niños, y no será necesario castigar a los hombres” (Pitágoras)

PD: “La conjura de los necios”, de John Kennedy O’Toole, es una lectura que desde aquí recomiendo encarecidamente, en especial para los que se sientan perseguidos por conspiraciones del gobierno y de los servicios de inteligencia.

Poder exorcista contra espiritus y magia negra #

Poder exorcista contra espiritus y magia negra #

Muchos queremos saber cómo ahuyentar malos espíritus, huir de energías negativas, de encantamientos de brujas, de magia negra y de maleficios y poder vivir con más tranquilidad sin esas amenazas sobre nuestras cabezas. Existen multitud de remedios en tiendas de esoterismo, videntes, adivinos que nos pueden aconsejar echando las cartas del tarot y sacerdotes de cultos paganos que practican el exorcismo.

Lamentablemente, las malas influencias seguirán ahí después de la intervención de esos y cualesquiera otros factores, porque para eliminar el mal hay que eliminar la causa, no añadir elementos que la distraigan. Cuando ya lo haya probado todo sin resultado, le propongo el verdadero remedio. Esta es mi receta secreta: no se lo crea. Piense que es todo mentira. El escepticismo es el más fuerte de los poderes sobrenaturales. Ante la presencia de un escéptico toda la magia desaparece, las energías negativas dejan de existir, los espíritus no se manifiestan y ni las brujas ni los adivinos tienen influencia alguna sobre el futuro ni el presente. ¿No quiere usted tener ese poder?

Si de verdad quiere acabar con el mal que le atormenta, infórmese. Pregunte a un escéptico. Lea un libro que desenmascare las mentiras de los parapsicólogos; por ejemplo lea un libro de Martin Gardner o de James Randi. Verá que no todo es inexplicable, o lo que es más, que todo lo que le han dicho que es inexplicable resulta que es explicable. Aprenda sobre psicología (sin “para”). Hay muchos más fenómenos de los que parece cuya explicación reside únicamente en la persona que los comunica, y no más allá.

Muchos le intentarán engañar afirmando que se equivoca, que todo eso es verdad, pero si realmente quiere deshacerse del mal que le aqueja, no les haga caso. Aprenda dónde está la única, verdadera conspiración, la que hasta ahora le han ocultado: la del negocio del esoterismo, que mueve cientos de millones de euros al año; la de los vendedores de misterio, de libros, de amuletos; la de los que venden caros remedios contra las enfermedades a base de plantas baratas que cobran a precio de orquídeas. Todos ellos conspiran contra usted haciéndose pasar por poderosos porque quieren sacarle su dinero, y si lo que usted diga demuestra que no cree en ellos, ellos acabarán reaccionando violentamente. Haga la prueba. Pero tenga cuidado, algunos pueden llegar a ser muy peligrosos. Unos pocos de ellos están lo bastante locos como para echar piedras sobre su propio tejado; es el caso de Lafayette Ronald Hubbard, fundador de la Iglesia de la Cienciología (o Cientología), que llegó a confesar en un libro: “La única manera de controlar a la gente es mentirles”. Esta Iglesia ha matado, y no dude de que volverá a hacerlo.

Hágase fuerte en su posición escéptica y verá cómo de repente la telequinesia deja de ser posible, los muertos no nos persiguen, las apariciones desaparecen, las almas sólo están en los corazones de las personas vivas, las brujas no tienen poder (más alla de poder darnos un puñetazo), los videntes sólo ven lo que usted les dice, el tarot es una patraña y su destino depende de usted. ¡Ay, qué he dicho! No se me vaya a asustar… ¿Y si resulta que su destino depende realmente de usted?

Artículo cedido por Pedro Gimeno, comentarista habitual de este weblog. A título personal, diré dos cosas: una, que suscribo hasta la última coma, y dos, que me hubiera gustado escribir esto primero 😉 La mente es poderosa, muy poderosa, sí; pero no de la forma que los vendedores de misterios nos quieren hacer creer.

Homo floresiensis y Homo pazguatensis

Homo floresiensis y Homo pazguatensis

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El descubrimiento del Homo floresiensis, un homínido de un metro veinte de estatura que se calcula que vivió hace entre 38 mil y 18 mil años en la isla de Flores, en Indonesia, y que anunció la revista Nature, es sin duda importante por muchas causas.

La principal por cuanto se refiere a nuestro tema es que la existencia de una tercera especie humana (junto con neandertal y nosotros) capaz de hacer herramientas y de tener capacidades cognitivas (si tal fuera el caso, ya bien advirtió Juan Luis Arsuaga que hay que determinar si realmente estos homínidos hicieron las herramientas encontradas, es decir, que hay que ser cautos porque se plantean ahora muchas nuevas preguntas) sería otra patada feroz a las fantasías creacionistas.

Pero con este nuevo descubrimiento también se pone en evidencia a las ideas absurdas sobre la singularidad de nuestra especie, sobre nuestra “preeminencia evolutiva” y, sobre todo, a los comandos de simuladores que fingen “investigar” cosas rarísimas como la “criptozoología” desde la barra de un bar.

Pero momento, ¿no dijo ya un brunujo, en una lista de correos de brujos, que esto es buenísimo para la “criptozoología”?

Es decir, ¿van a convertir este bofetón a sus hipótesis peyoteras en una especie de triunfo para vender más bosta de vaca encuadernada a sus pobres víctimas?

Pero claro.

Los Homo pazguatensis al abordaje

Como siempre, estos desdichados se dedican a denostar a la ciencia hasta que encuentran algún elemento científico que pueden comercializar, y entonces gritan como una tropa de monos aulladores cuando ven un jaguar: “¡Ya ven! ¡LA CIENCIA nos da la razón!”

Curioso, porque cuando la ciencia no les da la razón (en la casi totalidad de los casos), entonces la ciencia es fascista, dogmática, conspiranoica, cerrada, ciega, malévola, inútil, incapaz y todo lo que se les ocurra.

Es decir, que manipulan la ciencia igual que todo: a la sola conveniencia de sus gordos egos y sus más gordas billeteras.

Por ejemplo, sabemos que el Homo floresiensis vivió hasta hace al menos 18 mil años por medio de diversos métodos de datación, desde el carbono 14 (C-14) hasta la resonancia de spin de electrones (ESR), y eso lo aceptan encantados de la vida los mismos chupaflautas que dicen que esos sistemas de datación no son fiables para determinar sin duda alguna que el lienzo de Turín (“Sábana Santa”) es una falsificación del siglo XI-XII.

(Campeón en esto de la reinvención de la física atómica para marear congéneres es Javiercito Sierra, que alucina que el incendio al que estuvo expuesto el lienzo de Turín pudo “afectar” la datación con C-14, demostrando que no tiene puta idea de qué hace el fuego y qué hace la datación con C-14. Le dejamos una pista: que lea cómo se datan restos de antiguas fogatas con C-14 para que vea que el fuego no altera la proporción de isótopos de carbono en una muestra. Ah, tontito.)

Fascinante, ¿no?

Pero el hecho real, que ninguno de estos advenedizos con ganas de dinero facilón puede eliminar, es que el hallazgo del Homo floresiensis no lo hicieron los “criptozoológos”, los ovnílocos, los brujetes de la radio, los seudoinvestigadores que sustituyen la formación profesional con un chaleco, los productores en masa de libros mamones ni ninguno de su lamentable cónclave de fantasiosos a sueldo, sino científicos de verdad, como Mike Morwood y R. P. Soejono, los encargados del equipo de excavación arqueológica, y Peter Brown, quien hizo el análisis de los restos.

Ningún brujo pedorro de las ondas y las editoriales andaba cerca.

Ahora, evidentemente, un científico honrado, honesto, serio, preparado y no proclive a aterrizar sobre las cuentas bancarias ajenas para hacerlas más ligeritas, se toma estas cosas con calma. Peter Brown recibió los primeros restos de Homo floresiensis en septiembre de 2003. En lugar de hacer lo que los farsantes de la paranormalología e ir corriendo al programa de radio de un amiguete o cómplice para soltar cualquier barbaridad que se le ocurriera, estudió el asunto, hubo más excavaciones, muchos análisis. Sabían que tenían algo importante, pero al mismo tiempo sabían que por lo mismo debían tratarlo con toda la seriedad y estudiarlo a fondo para no dar conclusiones aventuradas, apresuradas ni inventadas. Se tomaron un añito.

Cuando acabaron, no fueron a los “grandes templos de la criptozoología” como serían Más allá de la ciencia, Año Cero o cosas por el estilo. Fueron a una revista como Nature (que nunca publicaría los febriles delirios de los brujazos). Los encargados de la revista pasaron los datos a científicos independientes de los descubridores para que evaluaran si el asunto era serio o se parecía a las caras duras de Bélmez de la Moraleda. Una vez que los otros científicos decidieron que este descubrimiento era sólido, se procedió a la publicación.

¿Cómo es posible que celebren esto los mismos que nunca se han preocupado por hacer las cosas bien y que, para remate, saben perfectamente que nunca les publicarían sus seudoinvestigaciones en Nature, cosa que por otro lado les da exactamente igual ya que lo suyo no es el conocimiento sino la depredación de ingenuos bienintencionados y la obtención de admiradores?

Pues prepárese usted.

Desde el yeti hasta el trasgu

En breve los escuchará usted llegar a la brillante conclusión de que unos esqueletos de hace 18 mil años en Indonesia de alguna manera “prueban” que existen determinados mitos modernos en lugares que no tienen nada que ver con Indonesia.

Los investigadores falsificados del mundo paranormal no han siquiera podido aceptar el descubrimiento de que todas las pruebas del Bigfoot o Sasquatch fueron un invento burlón de Ray Wallace, que les vio la cara de zopencos a los crédulos durante 44 años, de modo que no tendrán problema en utilizar indebidamente el descubrimiento de Homo floresiensis para justificar su creencia no sólo en Bigfoot, sino en el yeti, el chupacabras, el “mono zorrillo” (o “mono mofeta”) de la Florida y hasta el “hombre polilla”, mito recurrente.

Es obvio, también, que la seudodisciplina de la “criptozoología”, como la entienden los Homo pazguatensis, incluye desde animales cuya existencia es altamente probable (como el tilacino o tigre de Tasmania) hasta delirios tan insensatos como el monstruo del Lago Ness, el tal “hombre polilla”, el “demonio de Jersey” y las hadas.

Para cualquier persona relativamente normal, claro, el que se probara la supervivencia del tigre de Tasmania no significa que debamos creer en el Yeti o abominable hombre de las nieves, pero las personas relativamente normales no suelen volverse “criptozoólogos”.

En este caso, además, los Homo pazguatensis, siendo tontos, no lo son tanto como para no darse cuenta de que el Homo floresiensis era pequeño.

En la fantasía, los duendes son pequeños, los gnomos son pequeños, los pitufos son pequeños y los trasgus asturianos son pequeños, por dar unos cuantos ejemplos.

Y a los vendecriptosidades no les va a importar que los duendes, gnomos, pitufos y trasgus fueran mágicos, o que tuvieran poderes, o que se supone que han vivido en los últimos pocos cientos de años y bastante lejecitos de Indonesia. Ni siquiera que algunos sean azules. Las miles de diferencias entre los mitos y este descubrimiento no serán óbice… se centrarán en que son pequeños y en pocos meses tendremos libros al respecto.

De hecho, a todos los habitantes del reino de las hadas les llaman “La gente pequeña”, ¿no? Pues nada, no faltará el que diga que el Homo floresiensis “demuestra” (a saber cómo) que existe “la gente pequeña”.

Reinventemos la hadología.

Claro, hay que buscar en la “literatura” seudocientífica a ver cuándo y dónde dicen que en la isla de Flores hay homínidos de un metro de alto capaces de hacer herramientas.

Y veremos que no lo dicen en ningún lado.

Ningún “investigador” de lo paranormal, ningún “criptozoólogo”, ningún egregio ejemplo de rusticidad interesada, previó ni pudo haber previsto este descubrimiento de la paleoantropología.

Pero los Homo pazguatensis explotarán al pobre Homo floresiensis, oh hermanitos, vaya si lo explotarán.

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