LA OBRA LITERARIA DE MIRCEA ELIADE

LA OBRA LITERARIA DE MIRCEA ELIADE

Por Mircea Handoca, biógrafo de Mircea Eliade
  Brillante escritor rumano, Mircea Eliade es al mismo tiempo uno de los más conocidos historiadores de las religiones y orientalistas del mundo. Ya en 1950, su nombre figuraba en todos diccionarios y enciclopedias. Su obra literaria llega casi a las ocho mil páginas. Sus primeros trabajos literarios pertenecen al campo de la literatura fantástica. Al relato con el que debuta, Cómo encontré la piedra filosofal, le siguen algunos de corte «realista», donde la primacía corresponde al análisis psicológico. En los últimos tres decenios de su vida, vuelve a predominar el género fantástico. Su producción de juventud revela, en mayor o menor medida, elementos autobiográficos. Pero no hay que identificar la vida del protagonista narrador con la del autor. Domina la introspección y no se narran acontecimientos sino que se analizan minuciosamente los recovecos más ocultos del alma. El joven autor, empapado de sensualidad, dota en ocasiones a sus personajes con sus propias vivencias, dominadas por la obsesión de la carne. Desazón, miedo, perturbaciones físicas o alucinaciones se diseccionan con lucidez y naturalidad.

    A esa actividad febril de los comienzos, se le añade el empeño por crear personajes auténticos y viables. A ese periodo pertenece La novela del adolescente miope, de publicación póstuma (1989), que en realidad es un diario disfrazado de novela.

    Novela de aventuras espirituales, Isabel y las aguas del diablo (1930) es un análisis psicológico donde mezcla sueños y realidad, desbordante de vitalidad y sensualidad.

    Su celebridad como escritor en Rumania se debe a Maitreyi, traducida hasta el presente a diez idiomas. Ese inquietante poema de amor ha sido asimilado a obras maestras de la literatura universal, como Dafnis y Cloe, Tristán e Isolda, Manon Lescaut o Pablo y Virginia. Allan, joven ingeniero europeo alter ego del autor sucumbe al hechizo de una joven bengalí de 16 años, Maitreyi, hija del ingeniero Narendra Sen. Los prejuicios de casta de la familia rompen ese amor único.

    La novela nos introduce en un marco exótico: una pensión de Calcuta, el ambiente de la ciudad, la magia y el misterio de la India bañada por el Ganges y atravesada por el Himalaya. No puede pasarse por alto el estremecedor juramento que la protagonista hace a la tierra, que por toda la eternidad pertenecerá a su amado. Para penetrar en esa concepción arcaica india, sería necesario leer el capítulo dedicado a la Tierra y a sus dioses del Tratado de historia de las religiones.

    Escrita en primera persona, Maitreyi reproduce íntegramente pasajes del diario eliadiano sin ningún retoque. A menudo se entremezclan apostillas posteriores donde el protagonista narrador censura sus excesos al analizar los hechos con más lucidez. Por supuesto, estamos ante una novela autobiográfica pues Allan es un trasunto del autor..

    Del ciclo de las novelas realistas de Eliade forman parte Retorno del paraíso (1934), en la que predomina la técnica del monólogo interior, y Los jóvenes bárbaros (1935), amplio retablo social. La primera presenta a los jóvenes de la generación del propio Eliade, sin ideales ni certidumbres, en el meollo de los acontecimientos de los años 1932-33. La mayor parte de la acción transcurre en Bucarest, en los cafés, en la redacción de un periódico y en una fábrica durante las grandes huelgas que sacudieron a la capital rumana. Pavel Anicet, el personaje principal, es un joven rubio, de complexión atlética, guapo y fascinante. De gran inteligencia, prometía un futuro brillante en el periodismo y en la cultura. Pero sorprendentemente, dejó de leer y de escribir. Este donjuán, deseado y codiciado, está enamorado a la vez de dos mujeres, y no es capaz de centrar su amor en una sola. Angustiado y deseando la soledad, no ve más salida que el suicidio. La muerte serena y sin dolor le asegura la libertad. Es el verdadero estado de placidez. El suicidio de Pavel expresa la tragedia de su propia generación.

    Continuación aparente de la anterior, Los jóvenes bárbaros tiene su propia autonomía. Los personajes son, en su inmensa mayoría, jóvenes entre 18 y 25 años, y portan consigo el nihilismo de los personajes de Dostoyevski. Inconformistas, con un gran fe en sí mismos, creen que el mundo empieza con ellos, un mundo que centran, sobre todo, en el sexo. Seres contradictorios a quienes poco importan los amigos o la familia, no respetan la palabra dada, son despiadados y carecen de escrúpulos. No hay moral para ellos. De la galería de «bárbaros» se desprende, en primer término, Petru Anicet (hermano de Pavel). Para él la música lo es todo. Frío y brutal, sueña con llegar a ser alguien y a conquistar un lugar preeminente en la música rumana. El dinero y la celebridad podían conseguirse mediante una mujer o mediante el robo. Anisoara, su alumna de piano, de 16 años, de familia rica, se le entrega con frenesí. No vacila en obligarla a robar para él las joyas de la familia. La señora Anicet, al enterarse, se ahorca de vergüenza. La escena final, el entierro de la madre de Petru, está escrita con mano maestra.

    Cuando el autor releyó el libro en 1964, le pareció interesante y atractivo aunque la crudeza de algunas de escenas me ha exasperado. Al propio tiempo, quizá con razón, el salvajismo y bestialidad de estos bárbaros de 20 y 25 años, conservan en la novela toda su actualidad y sentido. Pues estos personajes cínicos, crueles y salvajes se han hecho familiares en Europa Occidental en los últimos años.

    Considerado en su conjunto (por la composición, tipología e ideas), este libro plantea el conflicto generacional y la descomposición de la familia. Contiene pasajes antológicos como la descripción de la extraña atmósfera reinante en casa de la familia Lecca, la fiesta de Felicia o la muerte y entierro de la madre de Anicet. Los personajes, verosímiles y llenos de vida, se comportan y discuten con desenvoltura en un ambiente social pintado con fervor y autenticidad y que constituye uno de los méritos fundamentales del libro.

  Boda en el cielo (1939) es una fascinante historia de amor. Una noche, un joven escritor (Mavrodin) y un ingeniero maduro (Hasnas) se cuentan mutuamente ese gran amor que solo puede tener lugar una vez en la vida. En distintas épocas, los dos conocieron a la misma mujer «única». Ileana y Lena son la misma persona, la encarnación magistral del eterno femenino: candor y sensualidad, delicadeza y gracia, celestial y terrenal. Los retratos de personas y hechos narrados se ensamblan en una sólida construcción arquitectónica. Es una novela impregnada de la poesía del Bucarest de antaño. Un detalle concreto revela la autenticidad del decorado. Durante un largo y hermoso otoño, los enamorados callejean juntos por la ciudad solazándose con los aromas y abundancia de las frutas en la puerta de las tiendas y admirando la variedad cromática del paisaje, verdadero canto lírico a su querida ciudad. Su trazo maestro para el retrato, su penetración psicológica y el poder evocador del autor movieron a un jurado de críticos literarios a considerar a Boda en el cielo, casi medio siglo después de haber sido escrita, como la mejor novela extranjera publicada en Italia en 1984.

    El elemento fantástico es otra dimensión fundamental de la literatura eliadiana. A este respecto cabe mencionar en el periodo de entreguerras La señorita Cristina (1936), La serpiente (1937), El secreto del Dr. Honigberger y Medianoche en Serampor (1940). Las dos primeras están estrechamente ligadas a las tradiciones populares rumanas mientras las otras dos descubren los «misterios» de la India y nos introducen en el «mundo invisible».

    También los primeros relatos publicados después de la guerra pertenecen al género fantástico, Un hombre grande (1952), La hija del capitán (1955), El adivinador de piedras (1959), El burdel de las gitanas (1959) y El viejo y el funcionario (1967). Las dos últimas son consideradas obras maestras.

  El burdel de las gitanas tiene como marco el Bucarest de los años treinta. Estamos en una ciudad agobiada por un calor tórrido, cuando «todo el mundo» se ha ido de veraneo. El autor, que aspira a las esencias, crea arquetipos. El relato nos presenta los temas que se encuentran en otros de los libros eliadianos como la salida del tiempo, lo sagrado camuflado en lo profano y el laberinto. En los ocho episodios hay una continua interpenetración entre lo real y lo fantástico. El camino de la vida a la muerte del personaje principal, de lo profano a lo sagrado, se presenta con sencillez y naturalidad. Gavrilescu «pasa al otro mundo» de modo natural, junto a Hildegard, su mujer amada. Idéntica salida del tiempo y del espacio nos encontramos también en La noche de San Juan cuando Stefan encuentra finalmente a Ileana, la mujer que el destino le había predestinado. Se han hecho muchas analogías entre los personajes de El burdel de las gitanas y los mitológicos. Las tres muchachas han sido comparadas con las Magas, seres imaginarios que, en la creencia popular rumana, deciden la suerte de los hombres al nacer, la vieja con Cerbero y el cochero con Caronte, el barquero que atraviesa la laguna Estigia. Pero no busquemos insistentemente «claves», por más que Mircea Eliade considere a su literatura como hija de la mitología.

    Como se deja dicho, el paisaje bucarestino es fundamental en la obra eliadiana, sobre todo el de entreguerras. La vida literaria de los viejos cafés Corso y Cap?a, el ajetreo de Calea Victoriei y los bulevares, los jardines de Cismigiu, los parques y mansiones de la aristocrática Carretera, la descripción de las viejas casonas señoriales (sirva como paradigma la que hace en El secreto del doctor Honigberger, de la misteriosa y patriarcal casa de la señora Zerlendi) son un canto lírico a su querida ciudad que en sus libros tiene una sustatividad propia, una vida tan propia como la de los personajes. Nadie en la literatura rumana ha descrito con tanto amor y realismo a Bucarest, un Bucarest que, en buena medida, ya no existe.

    En un mundo de violencia, a finales del siglo y del milenio, la obra literaria de Mircea Eliade desprende serenidad, armonía, clemencia y amor (por más que a veces se describan formas nocivas de agresividad y brutalidad). ¿Cuál es el «secreto» por el que Eliade atrae en igual medida a sutiles exégetas y a millares de lectores? Es difícil decirlo. En primer lugar, un talento innato y no «hecho».  Nadie podrá explicar la causa del embrujo y del encanto que le subyuga al leer Maitreyi o El viejo y el funcionario. Utilizando distintas modalidades literarias (novela realista, exótica, mágica, fantástica o el retablo social), todo es natural y encaja a la perfección impregnado de fervor. La autenticidad y la sinceridad no solo se hallan en los libros narrados en primera persona.

    Con independencia del tema y de los procedimientos artísticos, nunca encontramos vulgares mistificaciones. La verosimilitud es su rasgo característico básico, incluso en la literatura fantástica el paso de lo real a lo irreal se presenta de forma verídica. Véase, por ejemplo, en El tiempo de un centenario, donde trata de «justificar» mediante una teoría científica algo que el lector sabe que no es real, que una corriente de dos millones de voltios puede regenerar el tejido humano, para así meterlo dentro de la historia. Ahí reside además la diferencia de lo fantástico en Eliade con la ciencia ficción. Mientras en este último género la acción tiene lugar en un mundo, por lo general, futuro y en un medio absolutamente irreal y científicamente distinto al actual, los relatos eliadianos se sitúan en un plano contemporáneo y donde todo parece normal y, de pronto, dentro de esa normalidad sucede lo extraordinario a un personaje, sale del tiempo, cambia de plano, pasa de lo profano a lo sacro, sin que nadie lo advierta, incluso a veces ese personaje es incapaz de ver esa irrealidad en la que vive, como el caso de Gavrilescu el de las gitanas que busca toda clase de explicaciones «lógicas» a su anormal situación de salida del tiempo. Otro ejemplo es el de Dominic Matei, el viejo protagonista de El tiempo de un centenario ya citado, que en la noche de Resurrección recibe la descarga de un rayo y, en vez de morir, rejuvenece y adquiere una memoria prodigiosa; en parte, recuerda al cuento de Borges Funes el memorioso.

    Creador impresionante de tipos humanos, sobre todo del encanto, frescura y atracción magnética de la mujer. Todos los exégetas coinciden en que sus retratos literarios de mujer son insuperables, la Ileana de Boda en el cielo o los personajes femeninos de La noche de San Juan (por no hablar de Maitreyi, personaje al fin y al cabo real) revelan un profundo conocimiento del alma femenina y rayan a gran altura, tanto que pueden codearse con los mejores de la literatura actual.

    Cuentista de la estirpe de los que dieron lugar a Las 1001 noches (¿qué es el viejo Farama, de El viejo y el funcionario, sino un trasunto de Scherezade?), paisajista sin par que sabe captar los detalles, la variedad cromática de las estaciones e incluso los olores, Mircea Elide es un demiurgo, un creador de vida. Su obra literaria es un convincente llamamiento al bien, a la verdad y a la belleza, todo ello arropado con una emoción que llega al más alto grado de tensión.

MIRCEA ELIADE Y EL IDEAL DEL HOMBRE UNIVERSAL

MIRCEA ELIADE Y EL IDEAL DEL HOMBRE UNIVERSAL 
Por J.P. Couliano (*)

Mircea Eliade en su juventud, durante un viaje a la India hacia 1930.

    Mircea Eliade es quizás el máximo historiador de las religiones del siglo pasado. En sus obras supo consumar algo aconsejado por Walter Otto: intuir la experiencia viva que subyace en los mitos y el universo de los dioses. Muchas de sus obras son de lectura esencial para quienes deseen adentrarse seriamente en el mundo de la mitología y la historia de las religiones: El mito del eterno retorno; Tratado de historia de las religiones; Mito y Realidad; Sobre Herreros y alquimistas; El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Y la obra colectiva que dirigió en la Universidad de Chicago donde enseñó e investigó en sus últimos años: Tratado de las ideas y creencias religiosas.

  Aquí editamos un artículo de uno de sus más cercanos colaboradores, J. P. Couliano, quien traza una sustantiva perspectiva biográfica de Eliade y se adentra en los sentidos fundamentales de su cosmovisión nutrida por el pensamiento simbólico y mítico. Mircea Eliade fue también escritor, un temperamento artístico. Quizá eso explique su lucidez para entender que los mitos no son alocada fábula sino la expresión de un universo de divinas fuerzas creadoras.

El artículo de Couliano (en traducción del cuaderno Homo religiosus. Dialogues avec le sacré Paris, 1994, realizada por F. Schwartz) nos ha sido cedido gentilmente por la página El hilo de Ariadna, importante sitio abocado a la recopilación de textos sobre mitología y religión.

E.I

MIRCEA ELIADE Y EL IDEAL DEL HOMBRE UNIVERSAL
                                                                                                                                          Por J. P. Couliano

EL ITINERARIO

Nacido el 9 de Marzo de 1907,su padre era oficial de carrera, Mircea Eliade iba a manifestar una aptitud precoz para los estudios enciclopédicos. Habiendo empezado por artículos de entomología en un periódico de divulgación científica, iba a festejar pronto la aparición de su quinto artículo. Su adolescencia está marcada por dos actitudes complementarias: crisis de desesperación melancólica y rebeliones heroicas contra ellas y contra las limitaciones de la condición humana en general. Se acostumbra a dormir sólo cinco horas por la noche e incluso a ingerir substancias repulsivas para dormir así su voluntad. Después de Honoré de Balzac, su primera pasión literaria, descubre a Giovanni Papini y se reconoce a él mismo en el “hombre finito” (uomo finito) hasta llegar a perder su propia identidad. En esta época se apasiona ya por la historia de las ciencias sagradas-sobre todo la alquimia- por el orientalismo y la historia de las religiones.

Habiendo comenzado sus estudios universitarios de filosofía en 1925, fue llamado por su profesor Nae Ioneseu (1890-1940), un joven sabio de aspecto e inteligencia mefistofélicos que iba a llegar a ser poco después uno de los corifeos del movimiento tradicionalista de Rumania. En este momento, Nae Ionescu repartía su tiempo entre sus cursos de metafísica y de lógica y el periódico “Cuvántul” (El Verbo), de orientación política nacionalista. En un panorama político dominado por el partido liberal, los nacionales-campesinos se situaban a la izquierda del gobierno y basaban sus proyectos de reformas económicas y sociales en la idea del bienestar de la clase mayoritaria, que era la de los campesinos.

Sin interesarse directamente por la política, Mircea Eliade, que iba pronto a llegar a ser redactor en el “Cuvántal”, era un demócrata nato. Una visita a Italia, que iba a proporcionarle el encuentro soñado con su ídolo Giovanni Papini, y sus encuentros con los sabios Ernesto Buonaiuti y Virgilio Macchioro, le brindan la ocasión de condenar, en un artículo, el régimen de Musolini. A Virgilio Macchioro, que le proporcionó las informaciones, se le expulsó, por lo que al punto el ingenuo y joven Eliade decidió no ocuparse nunca jamás directamente de política.

En Italia supo de la existencia de Surendranath Dasgupta, gran historiador de la cultura india, y de la generosidad del maharadjah de Kassimbazaar. Escribió a éste para pedirle una beca para la India, para conocer las prácticas del yoga. Se le concedió la beca y, en 1929, Mircea Eliade, con sus 22 años, fue a Calcuta, donde vivió primero en una pensión anglo-india, y se mudó después a casa de su gurú Dasgupta. Un amor desgraciado le aleja sin embargo de la casa del gurú y se retira a Rishikesh en el ashram himalayo de Shri Shivananda. Un nuevo amor, y la necesidad de cumplir el servicio militar en Rumania, le obligan a abandonar el ashram y a volver a Bucarest, donde acababa de aparecer su primera novela “Isabel y las aguas del diablo 1930.

En Rumania la celebridad y una larga serie de desilusiones acompañan a Eliade habiendo hecho el doctorado en filosofía con una primera versión de este libro que, publicado conjuntamente por P. Geuthner en 1936, que iba a representar hasta ese momento la única obra de síntesis sobre el yoga. Eliade se consagra a la vez a la carrera de novelista y a la de profesor universitario, llegando a sustituir a Nae Ionescu en la Facultad de Letras. En 1933, es el éxito -de prestigio y de público- de su novela autobiográfica “Maytreyl”, traducido en 1950 al francés con el título “La Noche Bengalí”. Poco después, ensayos, memorias, novelas y escritos científicos se suceden ininterrumpidamente: 22, de 1932 a 1943.

Muchos son colección de artículos; en efecto, hasta 1943, había más de un millar, y Eliade apenas si había llegado a la madurez.
Decepcionado por el partido nacional-campesino que había llegado al poder y por el rey que le había hecho volver a Rumania, el profesor Nae Ionescu entra en contacto poco a poco con la organización extremista La Guardia de hierro, de Cornelio Zelia-Codreanu (1899-1938). Por ello el periódico Cuvántal estuvo cerrado, casi sin interrupción, a partir de 1933. Ideólogo de una revolución ortodoxa que iba a restaurar los valores de la espiritualidad autóctona, Nae Ionescu, bien conocedor del hebreo y de la cultura judía, termina por asumir insensiblemente posiciones vagamente antisemitas. Su discípulo Mircea Eliade se lo reprocha en una célebre polémica del año 1934. En efecto, Eliade siempre se había colocado en posiciones democráticas, rehusando caer en los excesos de sus amigos de la derecha o de la izquierda comunista. Estaba cansado de uno y de otros, puesto que participaba en un círculo de conferencias llamado Criterion, cuyo fin era justamente representar todos los puntos de vista en un debate auténticamente pluralista. Por desgracia, desde 1934, los puntos de vista se radicalizan, Eliade se ve encasillado en un no man’s land por sus amigos de la izquierda y de la extrema derecha, unos le reprochan sistemáticamente su espiritualidad”, los otros su postura en el “problema judío”. Y sin embargo, Eliade terminará por ser considerado de moduabusino como hombre de derechas, a causa de la política cada vez más radical de su maestro Nae Ionescu. Así, durante las grandes purgas organizadas por el rey Carlos III, fue internado en un campo de concentración, después del arresto de Nae Ionescu. Puesto en libertad, es víctima sin embargo de este malentendido que le causó el arresto. Poco después, en los Idus de Marzo de 1940, Nae Ionescu caía, probablemente víctima de uno de estos servicios de espionaje extranjeros y que se daban cuenta de la enorme importancia económica y estratégica de Rumania a principios de la guerra. El 10 de abril de 1940, Mircea Eliade es nombrado Consejero cultural de la Embajada rumana en Londres por el gobierno del liberal anglófilo C. Tatarescu, siendo Ministro de Cultura el historiador liberal C.C. Guiresco. Cuando, el 10 de febrero de 1941, Inglaterra rompe las relaciones diplomáticas con Rumania Eliade será destinado a Lisboa mientras dura la guerra.
La experiencia portuguesa es fundamental para la posición política asumida por Eliade en esta época trágica. Demócrata convencido, se ve obligado a aceptar la realidad de la dictadura, pues Rumania había pasado de la dictadura real de 1938-40 a la dictadura militar de 1941-44. Por otro lado, en Portugal, cae de pleno en una dictadura próspera en el momento y, según la confusión de sus mismos adversarios, tan “democrática” como posible, y de ella puede admirar” lo mismo una posición moderada dentro de una política extremista que el rechazo orgulloso del antisemitismo bajo todas sus formas. Salazar, ¡qué gran ejemplo de equilibrio para esta dictadura militar rumana que es cada vez más presa de las amenazas y de las promesas de Hitler, este Hitler que el líder portugués se permitía criticar en público, afirmando que la ocupación de Europa por los ejércitos nazis constituían la mayor desgracia de la civilización occidental! Por ello, Eliade describe la experiencia portuguesa en un libro aparecido en Rumania en 1942, con el fin de persuadir al dictador de su propio país para que asuma una actitud menos rígida con respecto a las peticiones alemanas. El mismo Salazar, con quien se iba a encontrar en agosto de 1942, considera como una locura la guerra en Rusia y declara que, si fuera Antonesco, se preocupara de que el ejército se quedara en el país. Mircea Eliade vuelve a Bucarest para tratar de transmitir este importante consejo al líder rumano, pero ni tan siquiera puede llegar a su antecámara. Es su última visita a suelo rumano.
El fin de la guerra le coge en París, ante las dificultades del exilio, que afronta solo, su primera mujer muere durante la guerra.
El enorme éxito de sus primeras obras científicas no le asegura sin embargo un puesto en el CNRS, la sospecha, infundada pero alimentada por la embajada de Rumania, y pensando sobre él de que había sido miembro de “la Guardia de Hierro…El 9 de enero de 1950, se casa con Christinel Cottesco, la inseparable compañera de su vida y de su trabajo en sus últimos treinta y cinco años. Amigo de Carl Gustav Jung, participa en las conferencias Eranos en Ascona y obtiene una modesta beca de la Fundación Bollingen de New York, que le permite vivir hasta 1955, cuando, invitado a Chicago para hacerse cargo de las célebres Haskell Lectures, ocupará la cátedra vacante del gran sociólogo y fenomenólogo de las religiones Joachim Wach. Establecido en los Estados Unidos, Mircea Eliade,” va además a alcanzar una gloria permanente merecida por su originalidad, su erudición innegable y la profundidad de sus 30 volúmenes, aparecidos después de la guerra “y traducidos a 18 lenguas. Propuesto dos veces para el premio Nobel de Literatura, Mircea Eliade recibirá igualmente las más altas distinciones académicas y honoríficas en Francia, Estados Unidos, y en otros países de Europa y de América.
La obra amplia y profunda del historiador de las religiones surge de un debate implícito sobre el sentido de la existencia en el mundo. El fin de Eliade es el de trazar los contornos de una antropología filosófica a partir de la descripción de las estructuras fundamentales de la religión”.

Hay tres hipótesis en la carrera científica de Eliade: la propia del especialista, autor de las monografías sobre el yoga (1936-1954). el chamanismo (1951) o las religiones australianas (1973); la del fenomenólogo -comparatista, autor del “Tratado de historia de las religiones” (1949), de los “Aspectos del mito” (1963) o de la enorme “Historia de las creencias y de las ideas religiosas” (1976-1983); y la del filósofo autor de varios ensayos importantes, en rumano y en francés, algunos publicados en los volúmenes “Mitos”, “Sueños y Misterios” (1957), “la Nostalgia de los orígenes” (1971), etc.

SOBREPASAR LOS LIMITES DE LA CONDICION HUMANA

El estudio de los documentos religiosos de la humanidad revela a Eliade la existencia de una identidad o de una continuidad de estructura, que se manifiesta en las múltiples analogías al nivel de las técnicas religiosas propiamente dichas. Es así como, sin pronunciarse sobre las filiaciones entre estos dos fenómenos religiosos distintos, Eliade hace notar, por ejemplo, los grandes parecidos entre el yoga y el chamanismo, a nivel de sus preocupaciones existenciales y de la realización práctica de ellas. Para el chamán lo importante es el éxtasis. Todo lo que hace, hasta los más pequeños detalles de su vestido, por ejemplo, va encaminado a este fin. El éxtasis es tanto una realización efectiva como una representación teatral hasta el punto de que los límites entre los dos son a menudo imperceptibles. Pero la ideología del chamanismo afirma que el técnico puede trascender los limites de la condición humana y la práctica enfrenta a veces al investigador con los fenómenos paradójicos.
En cuanto al yoga, aunque se base en las mismas creencias arcaicas que el chamanismo, representa una técnica donde el cosmos está más bien en el interior del practicante asumido en su cuerpo sutil. Para Eliade, el éxtasis del chamanismo se opone al “enstase” (éxtasis) del yogin.
Fiel a este programa de investigación de las técnicas religiosas de superación de la condición humana, Eliade iba igualmente a analizar este fenómeno a la vez social y místico, que es la iniciación (Nacimientos místicos, 1959, 1976, bajo el título de “Iniciaciones, ritos, sociedades secretas”). Dentro de un mismo programa de exploración de los fenómenos religiosos fundamentales a través de los cuales el hombre afirma su autonomía espiritual, aparecen las investigaciones de Eliade sobre la alquimia, esbozadas ya en dos pequeños volúmenes en rumano (1935, 1937), y conocidas ya gracias al libro “Forjadores y Alquimistas” (1956).
Chamanismo, yoga, iniciaciones, alquimia, forman cuatro temas mayores a los que Eliade ha consagrado preferentemente sus obras.
Fundada en esta extensa experiencia del documento religioso auténtico, la obra del fenomenólogo representa una continuación y a la vez una superación de los temas monográficos encaminados hacia la realización de grandes síntesis. La perspectiva fenomenológica trata de poner de manifiesto las estructuras y los tipos de las religiones del mundo, llegar conocer los aspectos comunes, y en una palabra: establecer la esencia de la religión.
Como disciplina autónoma la Fenomenología de las religiones aparece en Holanda durante la segunda mitad del s. XIX, representada por los profesores P.D. Chantepie de la Saussaye ( Amsterdam ) y C. Tiele ( Leiden ). Después de la aparición de la obra de E. Husserl , esta disciplina se inspira en su filosofía para defender su procedimiento, que se propone conocer la esencia del fenómeno en cuestión. Su carácter de disciplina científica, que trabaja inductivamente, es puesto cada vez más de manifiesto por los numerosos fenomenólogos alemanes, holandeses y suecos de principios del siglo XX. El más importante de ellos es el profesor de Geoninga, en el que se inspiró Eliade, G. Van der Leeuw (1890-1950), autor de la importante “Fenomenología de la religión”(1933), así como de otras obras de la estructura de la religión y la mentalidad primitiva.
Fue de algún modo una tradición en los tratados de fenomenología esbozar cuadros de categorías religiosas recurrentes, como las formas más simples de las experiencias religiosas humanas, determinadas por los medios en donde se desarrolla la vida natural: el cielo, la tierra, la vegetación, la roca. Su orden estaba dictado por la idea evolucionista, implícita o explícitamente, de que las religiones se desarrollan de acuerdo a una superación de lo simple e inferior hacia lo complejo y superior. El problema de Dios en el monoteísmo sólo podía ser tratado, pues, al final de las listas de dichas categorías.

LO SAGRADO MODIFICA NUESTRA PERCEPCION DEL ESPACIO-TIEMPO

En su ” Tratado de historia de las religiones” Eliade modifica en dos puntos la posición tradicional de la fenomenología. En primer lugar porque su fenomenología de la religión no va más allá de la experiencia unida al medio natural, espacio-temporal. En segundo lugar, porque se habla del Dios monoteísta al principio, y no al final de la obra.
Pero la principal innovación introducida por Eliade en la fenomenología es sin embargo de orden más elevado: consiste en la determinación de las categorías según las cuales la experiencia religiosa modifica la percepción del espacio y el tiempo ; se trata de un tema tratado en infinidad de sus obras a partir de “El mito de la reintegración” (1942) .
Como fenomenólogo, Eliade introduce en su obra el concepto fundamental de “hierofanía”, que representa la revelación de lo sagrado en los objetos naturales y artificiales que rodean al hombre.
Lo que en primer lugar se revela como sagrado es la tierra, el cielo, el agua, el árbol, la piedra. Pero cada una de estas hierofanías expresa otra modalidad de lo sagrado: el cielo refleja la trascendencia; la tierra la fecundidad, etc… En una amplia síntesis Mircea Eliade traza la experiencia humana de lo sagrado, una experiencia extraña y fascinante a la vez.
El territorio tiene, para el hombre arcaico, siempre una orientación: se trata de un espacio sagrado alrededor del centro del mundo, que es a la vez absoluto desde el punto de vista ontológico y relativo desde el pragmático ( por ejemplo en el budismo cada stupa – tumba de Buda – es un centro del mundo y al mismo tiempo la única tumba del único Buda).
El tiempo sagrado es un tiempo que se ha vuelto cíclico por la conmemoración periódica y estable de acontecimientos que tuvieron lugar en los orígenes.
Espacio y tiempo sagrado deben su carácter especial al mito, en tanto éste es una historia que se refiere a los orígenes del mundo en el sentido más general; y es al mismo tiempo relativo al territorio, pues establece su carácter sagrado, en relación con las gestas de seres míticos primordiales, y relativo al tiempo, cuyos ciclos son establecidos por ceremonias y rituales periódicos, instituidos ab origine por los personajes del mito.
Para el hombre arcaico el mundo es sólo un pretexto, un soporte cuya realidad no aparece en la experiencia sensible, sino en virtud de las experiencias de las huellas originales de los seres míticos, en una palabra a través de la experiencia de las hierofanías.
La concepción del mundo moderno, completamente profano, no orientado hacia ningún valor más allá de la historia, ha sido prefigurada por el judeocristianismo que es vehículo de la noción del tiempo lineal, donde la historia ocupa el lugar de los acontecimientos del mito.
Se puede decir, de alguna manera, que en las religiones abrahánicas la historia misma está mitificada: la “pascua no es como en los pueblos cananeos una simple fiesta de primavera sino la conmemoración de la salida del pueblo elegido de su cautiverio en Egipto; la pasión de Cristo no tiene lugar in illo tempore, en el origen del tiempo o en el tiempo del sueño, como los sucesos narrados entre los mitos australianos, se desarrolla en un momento histórico determinado, bajo el procurador Poncio Pilatos, y así otros elementos.
Concebida de este modo, la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, juega un papel fundamental en la antropología filosófica de M. Eliade.
Expuesta en muchos de sus libros y ensayos, desde “El mito del eterno retorno”(1949) hasta “La nostalgia de los orígenes” (1971), la antropología filosófica de Eliade no tiene nada de doctrina sistemática. Está fundada en algunas premisas de orden fenomenológico, y en teorías del psicoanálisis de Carl Gustav Jung.

EL HOMBRE MODERNO VIVE DESORIENTADO

Famosa imagen que muestra a Jung y a Mircea Eliade (izquierda) en conversación.

  Eliade admite sobre todo la idea de Jung sobre las supervivencias arcaicas en el inconsciente del hombre moderno. Este hombre moderno lleva en si la paradoja de una existencia a dos niveles diferentes y paralelos, incompatibles entre ellos para tomar conciencia de sí mismo: por una parte, su nivel histórico, organizado según un esquema de adecuación a una situación alienante y, por otra parte, su nivel mítico, es decir, su estructura psíquica profunda, organizada según un esquema simbólico. El hombre histórico continúa viviendo inconscientemente según las mismas categorías que el hombre pre-moderno, su vida inconsciente está incluso estructurada según un esquema de iniciación implícita dentro -de su contacto con la historia. Esta situación puede definirse según la fórmula del psicoanalista Erich Neumann, como un “ritual del destino”; el hombre moderno padece la ordalía de la historia, está inconscientemente iniciado en la existencia responsable por el hecho mismo de su historicidad. Así es como Eliade recupera, además, la existencia dentro del mundo del hombre moderno: asignándole siempre un modelo mítico.

Esta problemática del ritual del destino se repite con mucha frecuencia en la creación literaria de Eliade. Están, junto con algunas novelas realistas, en su mayoría inéditas, en Francia, y junto con la novela experimental “Luz que se apaga”, 1934, contiene varias novelas y relatos fantásticos, casi todos al alcance, y traducidos al francés.

Al principio, los relatos fantásticos de Eliade responde a una convicción expresada en el excelente ensayo “El folklore como medio de conocimiento”, 1937, traducido al francés por Alain Paruit en Herne, 1978: puesto que todos los fenómenos paranormales son reales, estas hazañas fantásticas que Eliade expone en sus novelas -desplazamiento de los personajes en el tiempo y en el espacio, facultad de acción mágica, “metasomatosis, incluso el mismo vampirismo (“Señorita Christina”, 1936, traducción francesa 1978)- son también reales.

Más tarde, Eliade elabora una teoría del “milagro imposible de conocer” que desemboca en una especie de “sincronicidad” en el sentido que Jung da a esta palabra. Se sabe, en efecto, que Jung negaba la relación causal entre los elementos de un pronóstico (por ejemplo la carta celeste en la astrología) y la realización de éste. Admitía, sin embargo, la existencia de lo que llamaba la “sincronicidad”. En esta segunda fase de la literatura fantástica de” Mircea Eliade, el relato de hazañas sobrenaturales apenas cambia, con la primacía absoluta del desplazamiento en el tiempo corrimiento de las capas del tiempo una sobre otra, discontinuidad del tiempo”, etc.). Son los personajes los que cambian completamente, y su actitud con respecto a lo que ocurre. Es el “idiota” de la estética expresionista (“El Pasa-Muralla” de Marcel Aymé, “El hombre de las risas” de autor dramático rumano George Ciprian, etc.) el que desde ahora hace su aparición en la prosa de Eliade, sobre todos en sus relatos “Las Bohemias”, 1958, traducción francesa, 1978, “14.000 cabezas de ganado”, 1959, “El hombre viejo y el oficial”, 1968, traducción francesa, 1977, etc.
En la gran novela, en parte autobiográfica, “Selva prohibida” (que aparece en francés en 1955, el papel del “idiota” es transferido al anti-héroe por excelencia que es Stéphane Vizira, cuyo problema fundamental es la irrupción de lo sobrenatural en lo real, la premonición y la interpretación de ésta. Stéphane es un hombre moderno, un hombre normal, cuya existencia histórica está perturbada por una serie de “sincronicidades”. Este espacio abierto de la noche del inconsciente que se ha entreabierto para él, tiene compasión de él y lo absorbe al final.
El tercer período en la literatura fantástica de Eliade, al responder a una intención de recuperación de todos aquellos que sufren, de las conciencias a la deriva, se distingue claramente con respecto a las dos primeras. Esta última metamorfosis de Mircea Eliade aparece a partir más o menos del relato “Uniformes de un general”, 1974, que inaugura todo un ciclo, llamado por nosotros “ciclo del espectáculo y de la criptografía”. Este ciclo contiene todas las últimos cuentos de Eliade: “Incógnito en Buchenwald”, “Las Tres Gracias”, “La Peregrina”, “El Tiempo de un centenario”, “Diecinueve risas” y “Dayan”. La transición entre el “ciclo del idiota” y el “ciclo del espectáculo” se realiza en el cuento “En la Corte de Dionis”, publicado por primera vez en “Revista Scriitorilor Románi” (Múnchen 1968, p. 24-66).
En el primer ciclo, el de las “Noches en Serampore, “El secreto del doctor Honigberger”,”La serpiente”, que podría llamarse “ciclo indio”, Eliade es un especialista de lo sagrado. En el segundo ciclo, el especialista es reemplazado por el idiota, el corto de inteligencia. Pero en los dos casos, se trata de una irrupción de lo fantástico en lo cotidiano.
Reminiscencias del idiota -del que hay que señalar este carácter positivo que tenía el “idiota triumphans” de Nicho-las de Cuse y, por otra parte, en toda la tradición cristiana-” que persisten en el tercer ciclo, lo “mismo que otras temáticas propias de Eliade. Pero, en general, este “ciclo del espectáculo y de la criptografía” nos enfrenta a personajes y a problemas nuevos. Lo fantástico, que ya no irrumpe en lo cotidiano está esta vez en relación con la ciencia moderna y la criptografía -de ahí el papel decisivo del policía, del criptógrafo que crea el mito planteando la existencia de un enigma-. Además, los procedimientos para descifrar juegan un papel importante en este espectáculo organizado por jóvenes en búsqueda de la libertad absoluta, tema central de varias obras pertenecientes al ciclo. No se trata ahora de milagros. “Estamos condenados a la libertad absoluta” dice un personaje al final de “Diecinueve risas” (p. 139). Y por haber descifrado los mensajes en clave que aparecen de ninguna parte para inquietar a la policía, el resultado es desastroso: “Ha habido cortos de inteligencia en este mundo nuestro. Pero el más célebre sigue siendo Parsifal. Puesto que él fue el único que preguntó: ¿dónde está el Santo Grial?…¡Qué miserable este Grial que se nos ha encomendado buscar. Buscar y encontrar! (Pelerina, en Ethos 3, p. 35-36).

El desciframiento, esencial para las narraciones de este “círculo del espectáculo y de la criptografía”, no desemboca en “nada”. Sin embargo, la significación de la existencia en el mundo, esta existencia que, basándose en “nada”, está condenada a la libertad absoluta, sólo puede plantearse por medio de una operación de desciframiento.

ELIADE, MISTAGOGO DE LOS TIEMPOS MODERNOS

Se le puede dar a Eliade el apelativo de “mistagogo”. Entre los Griegos, el mistagogo era el sacerdote que presidía la iniciación a los misterios, de donde, por extensión, un maestro, un guía. Esta es una de las significaciones de la palabra. Hay, sin embargo, otra que, sin ser peyorativa, indica un proceso artificial: el mistagogo es alguien que inventa misterios y arrastra a los demás a seguirle por su camino. Las dos significaciones se aplican a Eliade: es maestro, iniciador en los misterios que él ha creado.
Es inútil insistir en el estatuto y la importancia de la hermenéutica en la obra científica de Eliade, dada a conocer por Adrián Marino en su libro, traducido al francés en 1981.
En las memorias y los diarios de Eliade, la hermenéutica adquiere un estatuto esencial que ha sido señalado varias veces. A través de una actividad hermenéutica, Eliade asume y comprende episodios de su propia existencia y de la cultura moderna: por ejemplo son el yoga y el tantrismo los que le ayudan a integrar estas experiencias anárquicas de su adolescencia, cuando reducía sus horas de sueño y afianzaba su voluntad comiendo objetos repulsivos; el amor le revela el misterio de la totalidad; otras veces, traza paralelismos entre las teorías de la física moderna y diversas experiencias místicas, etc.
En la literatura de Eliade, la hermenéutica conserva este carácter existencial, siendo una técnica principal de subsistencia y de liberación. El sentido es consubstancial al hombre, que sólo puede subsistir en la medida en que tiene uno. Liberarse significa haber encontrado un sentido. Ahora bien, la hermenéutica es justamente la operación que plantea un sentido. Es necesario que cada uno busque su propio Graal. La búsqueda del Graal es una actividad esencialmente hermenéutica. El “primer” Eliade, el teórico del milagro y de su irrupción en el mundo, creía que el sentido es trascendente con respecto a la hermenéutica “misma. El “segundo” Eliade, el del “miserable Graal…buscado y encontrado”, cree que es la hermenéutica la que plantea el sentido. Así es como el mistagogo, que actuaba como iniciador en los misterios objetivos transcendiendo al operador, se da cuenta de que sólo es un inventor de misterios por medio de la hermenéutica. En la literatura de Eliade, a lo largo de sus tres etapas o ciclos, la madeja de la trascendencia se divide, de modo que al final, en el tercer ciclo, el hombre no se encuentra separado de nada (“libertad absoluta”) si no es por la delgada pared de la hermenéutica. En este momento, todo el mensaje de Eliade podría resumirse en estas palabras: para sobrevivir, hay que practicar la hermenéutica. En cuanto a las modalidades de la hermenéutica, la que más conviene al hombre, es la criptografía. Hay siempre que descifrar misterios, pues el desciframiento no está hecho para disipar la duda: al contrario, es él quién la crea, él es el mecanismo que produce el misterio. Sobre lo que este mecanismo actúa no tiene verdaderamente importancia: como mucho, nos podemos servir de las manchas de moho en un muro (“Incógnito en Buchenwald”), tesis de Eliade que se aparenta a la del gran mistagogo moderno, Jorge Luis Borges. Pero esta operación es eficaz con la condición que no se desvele el misterio, dicho de otro modo, que no se consiga descifrar el mensaje. En este caso, el sentido que se obtiene es siempre ridículo por su poca importancia, es sólo un “miserable Graal”. El Graal sólo puede ser verdadero factor de sentido, de elevación moral y de equilibrio mientras dura su búsqueda: cuando se le encuentra,-es decir, cuando la facultad hermenéutica ya no se ejerce- es factor de muerte. Pues el Graal, es nada y su búsqueda no es lo que nos acerca a él, sino lo que nos separa de él.
Efectivamente, habrá fieles de Eliade que gritará: ¿había que investigar durante tanto tiempo para darse cuenta que entre lo que no es nada y el Graal no hay ninguna diferencia? Pero, como Eliade mismo, cada uno lo aprenderá solamente en el momento conveniente, de modo que esta revelación no será menos extraordinaria que otra. Ni menos terrible.
La función del mistagogo es instruir y acompañar. No hay mistagogo sin fieles. Mircea Eliade no ha instituido verdaderos misterios. Sus libros se dirigen al mundo entero. Todos los lectores son sus fieles. Pero a aquellos que se acercan a él, Eliade les responde con un intenso e igual resplandor de amor. Es su hipóstasis de “santo”: dar a cada uno, sin discriminación, todo su amor. Hipóstasis tardía, que comienza con un ejercicio del que son testimonio varios de sus libros: amar a dos mujeres a la vez, con el mismo amor imparcial completo. Así como la disminución del tiempo de sueño sólo puede efectuarse un minuto por noche, el resplandor universal del amor sólo puede obtenerse empezando por el caso menos complicado: tratar de amar a dos seres diferentes con todo su amor, para alcanzar mas tarde a toda la humanidad

Es el método del doctor Payot aplicado a la santidad.

Eliade ha llegado tan lejos en este camino que se le podría sin duda aplicar todas las palabras del capítulo 49 del Tao-Te-King: “el sabio no tiene corazón para sí mismo; su corazón, es el corazón de su pueblo. Yo soy bueno con el que es bueno, pero soy igualmente bueno con el que es malo, pues es la virtud en sí misma la que es buena. Yo soy sincero con el que es sincero, pero soy igualmente sincero con el traidor, pues es la virtud en sí misma la que es sincera. La existencia del sabio en el mundo no es tranquila: su corazón resplandece sobre todos los mortales; sus gentes le aman y el sabio los trata como si fueran sus propios hijos”.
Pero la actividad de mistagogo de Eliade sólo puede manifestarse por medio de una parábola que pertenece a la sabiduría de Oriente: La Escritura del Lotus, la Saddharmapundarika budista, dice que la probabilidad que el hombre tiene para liberarse dentro de esta misma existencia no es mayor que la de que una tortuga tuerta suba a la superficie del agua en el momento justo en que un tronco provisto de un agujero pase por encima de su ojo sano, de modo que ella pueda subirse, por el agujero, hasta el tronco. La tortuga es tuerta, su posibilidad de orientación está disminuida; la probabilidad además de que justo el tronco que pasa esté agujereado es mínima. El tronco flota al azar, recorriendo todas las aguas del mundo: la probabilidad que pase justo por encima de la tortuga es mínima. Hay poca esperanza de salvarse. Pero la función del mistagogo es justamente la de lanzar al agua piezas de madera agujereadas para las tortugas tuertas.

Este es el papel que asumió Mircea Eliade: su literatura, sobre todo sus cuentos, son esas “piezas de madera” cuya función es la de entrenar a las tortugas para un ejercicio verdaderamente insólito, un ejercicio que ha sido representado por siempre en una de las obras maestras de Constantin Brancusi: “Tortuga volante”. (*)

(*) Fuente:  J.P.Couliano, Mircea Eliade y el hombre universal, en traducción del cuaderno Homo religiosus. Dialogues avec le sacré Paris, 1994, realizado por F. Schwartz. Publicado con anterioridad en El hilo de ariadna.

(*)  J. P.COULIANO, el autor, que ha muerto asesinado hace una década, fue historiador de las religiones y colaborador de Eliade. Obras en castellano: “Eros y magia en el Renacimiento” , Madrid, Siruela, 1999; “Experiencias del éxtasis” Madrid, Paidós Orientalia, 1998

Frazer, James George – La Rama Dorada: un estudio sobre magia y religión

Frazer, James George – La Rama Dorada: un estudio sobre magia y religión

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La Rama Dorada: Un Estudio sobre Magia y Religión (The Golden Bough: A Study in Magic and Religion) es la obra principal del antropólogo escocés sir James George Frazer, publicada por primera vez en 1890 en dos volúmenes, cuya segunda versión (1907-1915) aumentó el número de volúmenes hasta doce y que fue reducido por el autor hasta uno solo en 1922.

El motivo de la obra es esclarecer los orígenes primitivos de una vieja leyenda acerca de un sacerdote de Diana armado con una espada, nombrado como “rey del bosque”, que habitaba dentro de las raíces de un viejo árbol en el bosque de Nemi en Italia, cuyo puesto solo podría ser tomado si el postulante lograba asesinar al antecesor.

De la leyenda anterior, el autor realiza una entretejida investigación de los diferentes aspectos constitutivos del mito, mediante la comparación de los diferentes cultos, leyendas y tradiciones de distintas regiones del mundo en semejanza con el fundamento de la obra.

Esta obra influyo enormemente en la mentalidad antropológica de las posteriores décadas, llegando a formar parte de las principales obras de antropología jamás escritas.

Con esta obra, el autor pretende demostrar que todas las religiones primitivas tienen características en común, por lo que la justificación de los principios de determinadas costumbres mágicas o religiosas servirán igualmente para la comprensión del origen y significado de otras formas religiosas análogas.

Uno de los primeros postulados que esta obra pone en claro es la división de las prácticas mágicas según el principio que trata de seguir la mente salvaje; así, la magia podrá ser homeopática si trata de que “lo semejante produzca lo semejante”; o simpatética (en el orginal inglés “simpatic” textualmente se traduciría simpática) o contaminante, si sigue el principio de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas, al separarse, tienen tal relación mágica que lo que se le haga a una lo sufrirá la otra.

Siguiendo la línea antropológica evolucionista del autor, se declara que todas las culturas del mundo han seguido un proceso semejante en su evolución religiosa, siempre empezando en las actividades mágicas y derivando en religiones bien establecidas, diferenciándose la primera de la segunda en que esta última busca propiciarse a entidades superiores o deidades, mientras que la primera solo busca alcanzar el efecto necesario o “lógico” de la naturaleza. Esto último resulta, según Frazer, de un entendimiento equivocado de las leyes naturales de causa y efecto y de un presupuesto necesario de un medio entre el acto mágico y el efecto, algo “a semejanza del éter de la física moderna” (Frazer 1922, III, 3).

SIR J. G. FRAZER Y LA MAGIA

Londres, 3 noviembre

Un encuentro inesperado y afortunado en casa de un coleccionista de fetiches, me ha permitido escuchar, durante algunos minutos, las palabras de Sir James George Frazer, el más grande antropólogo. según dicen, del mundo entero. Mi pasión, tal vez atávica, por la vida de los salvajes me había hecho recorrer, hace poco tiempo, el famoso «Gol-den Bough» y he podido así seguir mejor las palabras del ilustre paleontólogo del alma humana.

La conversación en torno de la mesa del té ha recaído, por inocente astucia de mi coleccionista, sobre la Magia. y Sir Frazer no ha podido menos de tomar parte. Aunque sea viejo y haya trabajado sin descanso durante toda su vida, conserva todavía un aspecto de una inteligencia siempre tensa: ojos de juez forrados de humorista.

-Los hombres modernos -dijo- consideran con demasiado desprecio a la Magia, y los espíritus científicos y prácticos miran con piedad irónica a los viejos brujos y hasta a aquellos que hoy los estudian. Son ingratos. Faltan al respeto a la madre.

»Toda la civilización moderna -y por moderna entiendo la que comienza con la Grecia de Sócrates y, después de una interrupción de siglos, ha fructificado desde el Renacimiento hasta nosotros-es hija legítima de la Magia. Todas nuestras artes, nuestras leyes, nuestras tradiciones políticas, nuestras ciencias, han salido directamente de la Magia de los primitivos. La Magia ha sido el puente único y necesario entre la animalidad y la cultura. Todos aquellos que se burlan de la Magia son hijos y sobrinos de los antiguos magos y primos de los hechiceros que todavía operan entre los salvajes.

»Ya he hecho notar estas verdades en distintas partes de mis libros, pero nadie las ha reconocido ni sospechado. Comencemos por las artes. En lo que se refiere a la música la demostración ya está hecha, y de un modo persuasivo, por un musicólogo francés: Combarieu. La música, en los tiempos más remotos, no era más que un ramo del arte de los encantamientos. El teatro, como saben todos, no es más que la desviación de las primitivas ceremonias litúrgicas, esto es, fundamentalmente mágicas, y la danza, como ha demostrado Hirn, tiene el mismo origen. De la poesía se puede decir lo mismo: los más antiguos fragmentos, tanto en los Vedas como en la literatura arcaica latina, son fórmulas mágicas, palabras potentes que, ayudadas del ritmo, debían evitar los males o atraer hacia nosotros los dones de los dioses. Las pinturas primitivas que encontramos en las cavernas son obras de brujos que se servían de esas imágenes para hacer que fuese fructífera la caza de los hombres paleolíticos, fundándose sobre uno de los principios esenciales de la Magia simpática. Crear una imagen significa, para el mago, conquistar el poder sobre la cosa representada. A la misma razón se debe el origen de la escultura: ustedes saben que incluso en la Edad Media se acostumbraba, para matar con seguridad a un enemigo, modelar en cera o en barro una estatuita que se le pareciese y luego romperla o exponerla a la llama. Lo que se hacía a la estatua era sentido por el modelo. La escultura egipcia, tan realista, era un expediente mágico para conservar, más allá de la muerte, la integridad corporal para la esperada resurrección. Las formas más arcaicas de la arquitectura, como los dólmenes y los cromlechs servían, como sabemos, para misteriosos ritos que tenían más de mágico que de religioso. Si quieren una demostración más amplia pueden leer un estudio de mi amigo Salomón Reinach, aparecido en la Anthropologie del año 1903.

»En lo que se refiere a la moral y a la legislación, ya he demostrado, ampliamente en uno de mis libros, The Psyche’s Task, cómo los principios éticos elementales que reinan todavía en nuestra vida, e informan nuestros códigos, fueron establecidos y consagrados por lo que nosotros llamamos superstición y que se reduce casi siempre a la Magia. Las prohibiciones fundadas en el tabú se hallan en los orígenes de nuestra moral. Se creía, por ejemplo, que las relaciones ilícitas entre un hombre y una mujer perjudicaban el éxito de la casa o la fecundidad de los campos, y por eso eran severamente prohibidas. Se creó así en los hombres el horror al adulterio, que perdura todavía, aunque atenuado, en nuestras costumbres. Hoy se condena por otras razones, pero no se hubiera sin duda llegado a condenarlo sin el trabajo preparatorio de la Magia.

»Los primeros reyes de las primeras tribus fueron hechiceros, y si más tarde fueron guerreros, éstos se hallaron también bajo la dominación de grecia fue mágica y el poder de los magos sobre los guerreros fue el poder del espíritu sobre la fuerza. En los antiguos reyes se encuentran siempre las huellas de carácter sagrado y mágico, y hasta hace pocos siglos se atribuía todavía a los monarcas de Francia y de Inglaterra la milagrosa virtud de curar ciertas enfermedades con el simple contacto de la mano. El rey mago primitivo debía ofrecer su vida en holocausto si caía alguna desgracia sobre su pueblo, y un resto de esta costumbre se halla entre los modernos soberanos que consideran corno un deber acudir a los lugares donde ha ocurrido una desgracia, incluso con peligro de su vida.

»Y finalmente, la ciencia, la orgullosa ciencia de nuestro tiempo, como ha demostrado ya Lenormand. se halla estrechamente unida a la Magia. La Magia, en efecto, supone que a ciertos fenómenos seguirán infaliblemente otros fenómenos sin la intervención de una voluntad extraña. Se funda, como la ciencia, sobre el determinismo, es decir, sobre la fe implícita en una realidad ordenada y homogénea. El mago no pretendía violentar los hechos pero, conociendo las secretas afinidades y el orden en que se sucedían, se contentaba con imitar aquel fenómeno que era el antecedente constante del fenómeno deseado. Sus errores y sus fracasos procedían de no haber observado bien aquella trabazón fija de sucesiones y fundarse en relaciones aparentes más que sustanciales, pero el principio de que partía era el mismo sobre el cual se halla edificada la ciencia moderna. Incluso los muchachos saben que la química se deriva de la alquimia. la astronomía de la astrología y la medicina científica del hermetismo.

»No hablo de las religiones, cuyas relaciones con la Magia son evidentes para todos los que conocen la antigüedad. Además todavía hoy, en muchos lugares no se distinguen de las más burdas hechicerías Basta pensar en la boga de que gozan, en ciertos países cultos, las doctrinas teosóficas y las escuelas ocultistas, para darse cuenta de que la Magia, todavía en nuestros días, satisface las necesidades espirituales de millones de hombres.

»Toda nuestra civilización desciende, pues, de las creencias y de las prácticas de la Magia, y un pesimista podría sostener, con un ligero esfuerzo sofístico, que la cultura contemporánea no ha rebasado todavía la zona mágica. Los pueblos tienen hambre de milagros y los piden a todos: a los demagogos, a los sonámbulos, a los electricistas, a los médiums, a las profetisas privadas, a los profesores de física y de quiromancia. Los salvajes son, indudablemente, nuestros padres y tal vez nuestros hermanos, y la Magia es la matriz benéfica de la que han salido, como decía al principio, nuestras artes, nuestras morales y nuestras ciencias. Todos los intelectuales no son más que magos que han evolucionado, más cautos y más claros.

Sir James George Frazer se calló y nadie supo qué contestarle. Me he acordado de que mi madre era maorí y la gran estima que siento hacia mi mismo ha aumentado mucho desde hace algunas horas.

Tabu de la saliva

El mismo miedo a la hechicería que ha llevado a muchos pueblos a ocultar o destruir sus recortes de pelo y uñas, ha inducido a otros pueblos y aun a los mismos a tratar su saliva de manera semejante. Dados los principios de la magia simpatética, la saliva es parte del hombre y todo lo que a ella se haga tendrá en él un efecto correspondiente. Un indio chilote que recoge el salivazo de un enemigo, lo pone en una patata y expone la patata al humo diciendo al mismo tiempo ciertos conjuros, en la creencia de que su enemigo se irá consumiendo a medida que el humo va secando la patata. También, pone el salivazo dentro de la boca de una rana y arroja al animalito a un río inaccesible e innavegable, lo que hará que la víctima humana tiemble y se estremezca de calenturas. Los nativos de Urewera, comarca de Nueva Zelandia, gozan de gran reputación como hábiles brujos. Se decía que hacían uso de la saliva de las gentes para embrujarlas. Por esto, los visitantes tenían buen cuidado de ocultar sus esputos, temiendo proveer de material a estos brujos para trabajar en su daño. Del mismo modo, en algunas tribus africanas meridionales no se atreverá a escupir ningún hombre cuando el enemigo está cerca; podría encontrar su escupitina y entregársela a un brujo que la mezclaría con ingredientes mágicos para dañar de este modo la persona que la escupió; aun en su propia casa la saliva es cuidadosamente barrida y destruida por igual razón.

Si la gente vulgar es tan cauta, natural será que los reyes y jefes lo sean mucho más. Los jefes de las islas Sandwich iban acompañados de un sirviente de confianza que llevaba una escupidera portátil y lo depositado en ella se enterraba cuidadosamente todas las mañanas para ponerlo fuera del alcance de los hechiceros. En la Costa de los Esclavos, y por la misma razón, siempre que un rey o jefe expectoraba, se recogía el esputo con sumo cuidado y se ocultaba o enterraba. Las mismas precauciones, y por la misma razón, se toman con los escupitajos del jefe deTabali en la Nigeria meridional.

El uso mágico que puede hacerse de la saliva la señala, igual que a la sangre y a las recortaduras de las uñas, como una base material apropiada para un convenio, puesto que cambiando su saliva las partes concertantes se dan así el uno al otro garantía de su buena fe. Si después alguno de ellos reniega del contrato, el otro puede castigar su perfidia por un tratamiento mágico de la saliva del perjuro, que tiene bajo su custodia. Así, cuando los wajagga del África oriental desean hacer un trato, las dos partes contratantes se sentarán con un tazón de leche o de cerveza entre ellos y después de recitar un conjuro sobre la bebida, cada uno sucesivamente tomará una bocanada de la leche o cerveza y se la introducirá al otro en la boca. En los casos urgentes, cuando no hay tiempo para gastarlo en ceremonias, sencillamente se escupirán a turno el uno al otro dentro de la boca, lo cual sella el convenio a las mil maravillas.

La rama dorada, capítulo XXI, 9

Dominio magico del sol

Así como el mago piensa que puede hacer llover, del mismo modo imagina que puede obligar al sol a brillar, apresurar su marcha o detenerla. Los ojebways imaginaron que el eclipse significaba que el sol estaba extinguiéndose y, en consecuencia, disparaban al aire flechas incendiarias, esperando que podrían reavivar su luz agonizante. Los sencis del Perú también disparaban flechas encendidas al sol durante los eclipses, pero al parecer hacían esto, más bien que para reencandilar la lámpara solar, para ahuyentar una bestia salvaje con quien estaba luchando, según ellos creían. A la inversa, algunas tribus del Orinoco durante un eclipse de luna ponían bajo tierra ramas encendidas, pues, según ellos, si la luna se extinguiera, todos los fuegos de la tierra se apagarían con ella, excepto los que estuvieran ocultos a su mirada. Durante un eclipse de sol, los kamtchacos solían sacar de sus cabañas el fuego y oraban al gran luminar para que les alumbrase como anteriormente. Pero la oración dirigida al sol muestra que esta ceremonia era religiosa más que mágica. Puramente mágica, por otro lado, era la ceremonia que cumplían los indios chilcotín en ocasiones parecidas. Hombres y mujeres, remangándose las túnicas como cuando viajan y apoyándose en garrotes como si fueran cargados con mucho peso andaban sin cesar formando un círculo, hasta que el eclipse había pasado.[1] Indudablemente creían que así sostenían los pasos cansinos del sol según caminaba su fatigosa vuelta por el cielo. De modo parecido, en el antiguo Egipto, el rey, como representante del sol, caminaba solemnemente alrededor de los muros de un templo con objeto de asegurar que el sol cumpliera su marcha diaria alrededor del cielo, sin la interrupción de un eclipse cualquiera u otro contratiempo. Y después del equinoccio de otoño, los antiguos egipcios tenían una fiesta llamada “la natividad del bastón del sol”, pues como el luminar declinaba día tras día en e) cielo y su luz y calor iban disminuyendo, suponían necesitaba un bastón en que apoyarse. Cuando un brujo de Nueva Caledonia desea un día de sol claro, lleva algunas plantas y corales al cementerio y hace a modo de un paquete con ello, añadiendo dos rizos del cabello de un niño vivo de su familia, como también dos dientes o una quijada entera del esqueleto de un antepasado. Después, trepa por un monte cuya cima se baña en los primeros rayos del sol mañanero, y allí deposita tres clases de plantas sobre una piedra plana, coloca una rama de coral seco al lado de ellas y cuelga el paquete de los hechizos sobre la piedra. A la mañana siguiente vuelve al mismo lugar y prende fuego al paquete en el momento en que el sol asoma sobre el mar. Mientras sube el humo, frota la piedra con el coral seco, invoca a sus antepasados y dice: “Sol, hago esto para que seas abrasador y te comas todas las nubes del cielo”. Repite al anochecer la misma ceremonia. Los neocaledonios también hacen sequías, por medio de una piedra en forma de disco con un agujero. En el momento en que el sol aparece, el hechicero coge la piedra y pasa y repasa varias veces una rama ardiendo por el agujero, mientras dice: “Enciendo al sol con la idea de que se comerá las nubes y secará nuestra tierra para que no pueda producir nada”. Los isleños de Banks hacen que brille el sol por medio de un sol imitado; cogen una piedra muy redonda llamada vat loa o piedra-sol, le ovillan un cordoncillo rojo alrededor y le pegan unas plumas de lechuza que representan rayos, y entonan el conjuro apropiado en voz baja. Después cuelgan la piedra de algún árbol alto tal como una higuera de Bengala o una casuarina,[2] en algún lugar sagrado.

La ofrenda que el brahmán hace por la mañana, se supone hace salir el sol[3] y se nos ha dicho que “seguramente no saldría si no hiciera esa ofrenda”. Los antiguos mexicanos concebían al sol como fuente de todas las fuerzas vitales: consecuentemente le llamaban Ipalnemohuani,[4] “aquel por quien todos viven”. Pero si concede la vida al mundo, también necesita recibir vida de éste, y como el corazón es el asiento y símbolo de la vida, ofrecían al sol corazones ensangrentados de hombres y animales para mantenerle vigoroso y habilitarle para correr su camino por el cielo. Así, los sacrificios mexicanos al sol fueron más mágicos que religiosos, estando ideados no tanto para agradarle y complacerle como para renovar físicamente sus energías de calor, luz y movimiento. La demanda constante de víctimas humanas para alimentar el fuego solar se satisfacía emprendiendo guerras todos los años contra las naciones vecinas y trayendo ejércitos de cautivos para sacrificarlos en el altar. Así, las incesantes guerras de los mexicanos y su cruel sistema de sacrificios humanos, los más monstruosos que se recuerdan,[5] tienen su origen, en gran medida, en una teoría equivocada del sistema solar. No es necesario dar ilustración más elocuente de las consecuencias desastrosas que pueden derivarse en la práctica de un error puramente especulativo. Los antiguos griegos creyeron que el sol caminaba en su carro por el cielo y por eso los rodios, que adoraban al sol como a su principal deidad, le dedicaban anualmente un carro y cuatro caballos, hundiendo la cuadriga en el mar para que lo usase. Indudablemente pensaban que después de un año entero de trabajo los antiguos caballos y el carro estarían estropeados. Es probable que, por motivo parecido, los reyes de Judá, idólatras, dedicasen carros y caballos al sol: los espartanos, persas y masagetas también sacrificaban caballos al sol. Los espartanos hacían estos sacrificios en la cumbre del monte Taigeto, la bellísima cordillera tras de la que veían ponerse el sol todas las tardes. Es tan natural que los habitantes del valle de Esparta hicieran esto, como el que los isleños de Rodas arrojasen carros y caballos al mar dentro del cual creían se hundía el sol al anochecer, pues así, ya fuera sobre la montaña o en el mar, los caballos de refresco esperarían al cansado dios en el sitio donde con más agrado los recibiría al final de su jornada.

Así como algunas gentes piensan que pueden encender el sol o darle velocidad en su carrera, otros imaginan poder retrasarle y aun pararle. En un puerto de los Andes peruanos hay dos torreones arruinados sobre lomas enfrentadas. En los muros están engrapados unos ganchos de hierro con el propósito de sostener una red extendida de torre a torre. Esta red estaba proyectada para coger al sol. Las historias de hombres que han capturado con un lazo al sol, son bastante conocidas. Cuando el sol está bajando en el otoño y se hunde cada vez más en el cielo ártico, los esquimales de Iglulik se entretienen jugando a las “cunitas de gato”[6] con objeto de enredar al sol entre las cuerdas y prevenir así su desaparición. Por el contrario, cuando el sol se va elevando en el cielo de primavera, los esquimales juegan al “cubilete y la pelota” para favorecer su vuelta. Cuando un negro australiano desea que el sol no se ponga hasta que él llegue a casa, coloca un cepellón en la horquilla de un árbol que mire exactamente en la dirección del sol poniente. Por el contrario, si desea que el sol camine más aprisa, el australiano arroja arena al aire y la sopla hacia el sol, quizás para llevarle en volandas hacia el poniente y enterrarle bajo las arenas en las que parece hundirse al llegar la noche.

Así como hay gentes que consideran posible acelerar el sol, así también hay otras que creen poder empujar a la tardía luna. Los nativos de Nueva Guinea calculan los meses por la luna y se ha sabido de algunos que arrojaban piedras y cantos a la luna, con idea de acelerar su progreso y acortar así el tiempo de la vuelta de sus amigos que estaban fuera de casa hacía doce meses, trabajando en una plantación de tabaco. Los malayos piensan que una puesta de sol brillante puede producir fiebre a una persona débil. Por eso intentan extinguir el resplandor escupiéndole agua y tirándole ceniza. Los indios shuswap creen que podrán atraer el tiempo frío quemando la madera de un árbol que haya sido partido por un rayo. La creencia puede fundarse en la observación de que, en su país, el frío sigue a las tormentas. Por eso, en primavera, cuando estos indios caminan por la nieve o en tierras altas, queman astillas de dicha madera con objeto de que la costra de nieve no se funda.

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[1] Esto nos recuerda la “danza de los viejitos” de México, que quizás tiene alguna relación con esta danza solar.

[2] Árbol cuyas hojas son parecidas a las plumas del ave corredora casuario.

[3] Chantecler, de E. Rostand.

[4] No es éste el parecer de don Alfonso Caso, que nos cuenta de la filosofía teleológica del dios invisible del rey de Texcoco, Nezahualcóyotl, denominado “el dios de la inmediata vecindad”, Tloque Nahuaque o Ipalnemohuani, “aquel por quien todos viven”.

[5] Sir James Frazer, en este mismo libro, nos recuerda sacrificios humanos mucho mas espantosos y crueles en otros pueblos y aun en época más moderna.

[6] Juego de niños muy conocido, que se hace con un bramante enredado entre los dedos siguiendo ciertas reglas y figuras.

El arbol de mayo

En algunas partes de Suecia, la víspera del “día mayo” cada muchacho lleva un brazado de ramitas de abedul verde con todas o parte de sus hojas; marchan llevando a la cabeza del grupo al violinista de la aldea y hacen la ronda de las casas cantando coplas de mayo cuyo tema más importante es una oración para el buen tiempo, una cosecha opima y bendiciones espirituales para todos. Uno de los rondadores lleva una cesta en la que le van echando obsequios de huevos y cosas semejantes. Si los muchachos son bien recibidos, clavan una ranura con hojas en el tejadillo de la puerta de la casa. Mas generalmente, es en Suecia, en el solsticio de verano cuando celebran estas costumbres; la víspera de San Juan (23 de junio) hacen una limpieza general en las casas y después las adornan con ramaje verde y flores. Ponen a lo largo del sendero o paso que conduce a la puerta de la casa solariega abetos jóvenes y otros más alrededor de la finca, construyendo muy frecuentemente en el jardín arbolados umbríos, cenadores y glorietas, todo de ramaje. En Estocolmo este día se celebra un mercado de ramaje en el que se exhiben para la venta millares de “palos mayos” (maj stanger) de dos a cuatro metros de alto, decorados con hojas, flores, tiras de papeles de colores, cáscaras de huevos doradas y ensartadas en junquillos y demás cosas por el estilo. Encienden fogatas en las lomas y colinas y la gente baila a su alrededor y saltan por encima. Mas el acontecimiento principal del día es la erección del “palo mayo”; suele ser éste un abeto alto y robusto al que cortan todas sus ramas. A veces le ponen aros y otros pedazos de madera cruzados y atados a distintas alturas del árbol, mientras otros están provistos de arcos que representan, según dicen, a un hombre con los brazos en jarras. Desde la punta a la base, no sólo el mismo maj stanger (palo mayo), sino también los aros, arcos, etc., están adornados con hojarasca, trozos de telas de colorines, doradas cáscaras de huevo y demás cosas similares, y arriba en la punta una veleta o grímpola, o también una bandera nacional. La erección del “árbol mayo”, de cuya decoración y adorno están encargadas las mozas del lugar, es un motivo de gran ceremonia: el pueblo acude y baila formando un gran círculo a su alrededor. Costumbres solsticiales estivales de la misma especie son usuales en muchas partes de Alemania; así, en las montañas del Alto Harz pintaban en las plazas de los pueblos abetos muy altos descortezados y adornados con flores y cáscaras de huevo pintadas de rojo y amarillo. Alrededor de estos árboles bailaba la gente moza durante el día y la gente formal al anochecer. También se ponían “mayos” en el día de San Juan o solsticio en algunos lugares de Bohemia. Los mozos traían del bosque un abeto esbelto clavándolo en un altozano y las mozas lo adornaban con ramilletes, guirnaldas y cintas encarnadas. Por último, lo quemaban.

No será necesario aducir muchos ejemplos, dada la extensión de la costumbre, tradicional en varios países de Europa, tales como Inglaterra, Francia, España y Alemania, de erigir el “árbol mayo” o “palo mayo” el día 1° de mayo. Nos bastarán solamente algunos. El escritor Phillip Stubbes, de la secta de los puritanos, en su Anatomía de las Ofensas (o Contumelia), cuya primera edición londinense está fechada en el año 1583, describe con aversión manifiesta cómo acostumbraban a traer su “árbol mayo” en los días de la buena reina Isabel. Su descripción nos .proporciona una visión animada de la alegre Inglaterra de antaño. “En mayo, Pentecostés o fechas parecidas, todos los jóvenes y muchachas, viejos y casados, corretean por la noche en los bosques, umbrías, lomas y montañas, donde pasan toda la velada en alegres pasatiempos: y por la mañana, cuando vuelven, traen consigo abedules y ramas de árboles para adornar sus reuniones. Y no hay que asombrarse, pues allí está un gran señor presente entre ellos como superintendente de todos sus pasatiempos y juegos, a saber, Satán, príncipe del infierno. Pero el objeto más precioso que traen entonces es su árbol mayo para llevar a casa con gran reverencia, como verán. Tiene veinte o cuarenta yuntas de bueyes y cada uno de ellos en las puntas de sus cuernos un ramillete de flores bonitas. Estos bueyes son los que acarrean para casa el árbol mayo (este ídolo hediondo, mejor aún), cubierto todo él de flores y yerbas atadas con cuerdas alrededor desde el tope hasta el pie y en ocasiones le pintan de diversos colores; con un acompañamiento de doscientos o trescientos hombres, mujeres y niños van tras él con gran devoción. Cuando le plantan en el suelo, con su revoloteo de pañuelos y banderolas echan paja al pie del árbol mayo, así como ramas verdes, e instalan casetas, pérgolas y cenadores en torno. Después bailan a su alrededor a modo de paganos en la instalación de sus ídolos, de los cuales es una copia perfecta y, mejor aún, la misma cosa. He oído noticias dignas de crédito (y en viva voce), dadas por hombres de reputación y gran seriedad, según las cuales, de cuarenta, sesenta o un centenar de doncellas que van al bosque esa noche, escasamente la tercera parte de ellas vuelven inmaculadas a sus casas”.

La Rama dorada, capítulo X

Una tortuga problematica

Hace unos cuarenta años, los sabios de Shanghai estuvieron muy preocupados con el descubrimiento de la causa de una rebelión local. Una investigación cuidadosa les dio la certeza de que la rebelión se debía a la forma de un nuevo y gran templo que había sido construido dándole por desgracia la silueta de una tortuga, animal del más perverso carácter. La dificultad era seria y el peligro arreciaba; derribar el templo hubiera sido impío y dejarlo como estaba era invitar a una serie de desastres parecidos y aun peores. Sin embargo, el genio de los profesores de geomancia de la localidad, a tono con las circunstancias, superó la dificultad triunfalmente y apartó el peligro. Para ello cegaron dos pozos que representaban los ojos de la tortuga, incapacitando al mal afamado animal para causar nuevos males.

Longevidad

Para asegurarse una larga vida, los chinos recurren a ciertos encantamientos complicados que concentran en sí mismos la esencia mágica que emana, según los principios homeopáticos, de los tiempos y las estaciones, de las personas y las cosas. Los vehículos empleados para transmitir estas influencias felices no son otros que las ropas de amortajar. De ellas se proveen en vida muchos chinos, y la mayoría de las gentes las hacen cortar y coser por muchachas solteras o mujeres muy jóvenes, calculando sabiamente que, como probablemente tales personas vivirán todavía muchos años, una parte de su capacidad para vivir mucho pasará seguramente a las telas y así retardarán por largo tiempo el momento en que deben tener su uso apropiado. Además, las prendas se coserán de preferencia en un año que tenga un mes intercalar, pues la mentalidad china cree sinceramente que las telas de amortajar hechas en un año excepcionalmente largo poseen la capacidad de prolongar la vida de un modo excepcional. Entre las vestiduras, en una de ellas en particular derrochan cuidados especiales para imbuirle esta cualidad inestimable. Es una gran túnica de seda de color azul obscuro con la palabra “longevidad” bordada sobre toda ella con hilo de oro. Regalar a un padre anciano uno de estos espléndidos y costosos ropajes, conocidos como “vestidos de longevidad”, es estimado por los chinos como un acto de piedad filial y una delicada atención. Como con esta vestidura el propósito es prolongar la vida de su propietario, éste la lleva con frecuencia, especialmente en las fiestas, con objeto de facilitar la influencia de longevidad creada por las numerosas letras de oro con las que está adornada, y de que obre con toda su fuerza sobre su propia persona. El día de su cumpleaños, sobre todo, difícilmente dejarán de ponerse esta prenda, pues el sentido común en China atribuye un gran almacenamiento de energía vital al día del cumpleaños, el que se gastará en forma de salud y vigor durante el resto del año. Ataviado con su suntuosa mortaja y absorbiendo su bendita influencia por todos los poros del cuerpo, el feliz propietario de ella recibe complacido las felicitaciones de los amigos y parientes que calurosamente le expresan su admiración por el magnífico atavío y por la piedad filial que incitó a los hijos a regalar tan bellísimo y útil presente al autor de sus días.

En La rama dorada

El mago publico

James George Frazer – El mago público

El lector recordará que nos enfrascamos en el laberinto de la magia por una consideración de dos diferentes tipos de “hombre-dios”. Esta pista ha guiado nuestros errantes pasos a través del embrollo y al fin a un terreno firme, desde donde, descansando un poco del viaje, podemos mirar hacia atrás el sendero que acabamos de andar y hacia adelante al más largo y escarpado camino que todavía hemos de subir.

Como resultado del examen precedente, pueden distinguirse convenientemente los dos tipos de “hombre-dios”, el religioso y el mágico, respectivamente. En el primero se supone que un ser de orden diferente y superior al hombre llega a encarnar, por mucho o poco tiempo, en un cuerpo humano, manifestando su poder y sabiduría sobrehumanos, haciendo milagros y profecías reveladas por medio del tabernáculo carnal que se ha dignado tomar como morada. También este tipo de hombre-dios puede denominarse apropiadamente el inspirado o encarnado. En él, su cuerpo humano es sólo un frágil vaso de barro lleno de un espíritu inmortal y divino. En cambio, el hombre-dios de la clase mágica no es otra cosa que un hombre que posee en grado inusitado los altos poderes que la mayoría de sus compañeros se arrogan, aunque en más pequeña escala, pues en una sociedad primitiva no es fácil encontrar una persona que no sea ducha en magia. Así, mientras un hombre-dios del tipo primero o inspirado deriva su divinidad de una deidad que ha condescendido a ocultar su esplendor celestial tras una máscara opaca de barro moldeado, un hombre-dios del segundo tipo deriva su poder extraordinario de una especial simpatía con la naturaleza. No es meramente el receptáculo de un espíritu divino. Su ser entero, cuerpo y alma, está así tan delicadamente acorde con la armonía universal, que un toque de su mano o un giro de su cabeza producirá una conmoción vibrante en la estructura universal de las cosas; y a la inversa, su organismo divino será agudamente sensible a los más ligeros cambios del ambiente, que dejarían enteramente impasibles a la mayoría de los mortales. Mas el límite entre los dos tipos de hombre-dios, por muy fácil que nos sea diseñarlo en teoría, raras veces puede delinearse en la práctica, por lo que no insistimos más en la distinción.

Hemos visto que el arte mágico en la práctica puede emplearse para el beneficio de los individuos o de la sociedad en general, y que según que se dirija a uno u otro de los dos objetivos puede denominársele magia pública o privada. Además, dejamos señalado que el mago público ocupa una posición de gran influencia, desde la cual, si es hombre prudente y hábil, puede avanzar poco a poco al rango de jefe o rey. Un examen de la magia pública nos conduce a la comprensión de la realeza primitiva, puesto que en la sociedad salvaje y bárbara muchos jefes y reyes en gran medida parecen deber su autoridad a su reputación como magos.

Entre los objetivos de utilidad pública que puede proponerse la magia, el más esencial es el suministro adecuado de víveres. Los ejemplos citados en las páginas anteriores prueban que los proveedores de alimentos, cazador, pescador, labrador, recurren todos a las prácticas mágicas en la consecución de sus variadas ocupaciones; mas ellos lo hacen sólo como individuos y para su beneficio y el de sus familias, y no como funcionarios públicos que actúan en interés general. Sucede lo contrario cuando los ritos no se ejecutan por los cazadores, pescadores y labriegos, sino por magos profesionales y para todos. En la sociedad primitiva, donde la uniformidad de las ocupaciones es la regla y apenas ha empezado la diferenciación de la comunidad en varias clases de trabajadores, cada hombre es más o menos su propio mago; él practica conjuros y encantamientos para su propio bien y en daño de sus enemigos. Cuando se instituye una clase especial de magos se realiza un gran progreso; en otras palabras, cuando se escoge a cierto número de hombres con el expreso propósito de beneficiar a la sociedad en general por su habilidad, ya dirigiendo su pericia contra las enfermedades, el pronóstico del futuro, la regulación del tiempo o cualquier otro designio de utilidad general. La importancia de los medios adoptados por la mayoría de estos prácticos en el cumplimiento de sus fines no debe ocultarnos la inmensa importancia de la institución misma. Aquí encontramos, al menos en los más altos grados de salvajismo, a un grupo de hombres relevados de la necesidad de ganarse la vida con el duro trabajo manual, lo que les permite y aun les anima a seguir investigando en las secretas vías de la naturaleza. Era a la vez su deber y su interés saber más que sus compañeros para familiarizarse con todo lo que pudiera ayudar al hombre en su lucha ardua con la naturaleza, todo lo que pudiera mitigar sus sufrimientos y prolongar la vida. Las propiedades de las drogas y minerales, las causas de la lluvia y de las sequías, del trueno y del relámpago, los cambios de las estaciones, las fases de la luna, la jornada diaria y el viaje anual del sol, los cambios de las estrellas, el misterio de la vida y el misterio de la muerte: todas estas cosas debieron excitar el deseo de estos tempranos filósofos, estimulándolos a encontrar soluciones a los problemas que indudablemente llamaron su atención con más frecuencia en la forma más práctica, debido a las demandas apremiantes de sus clientes, que esperaban de ellos no sólo entender, sino regular los grandes procesos naturales para el bien del hombre. No es de extrañar que sus primeros disparos dieran muy lejos del blanco. La aproximación lenta y nunca terminada hacia la verdad consiste en una perpetua formación y comprobación de hipótesis, aceptando las que en cada momento creemos adecuadas a los hechos y rechazando las demás. Las perspectivas de las causas naturales acogidas por el mágico salvaje no es dudoso que ahora parezcan manifestaciones falsas y absurdas. En su día fueron hipótesis legítimas, aunque no soportaran la prueba de la experiencia. Ridículos y vituperables son los justos calificativos, no a los que inventaron estas teorías rudas, sino a los que obstinadamente las aceptaron después de haberse propuesto otras mejores. Es indudable que ningún hombre pudo tener nunca mayores incentivos en la prosecución de la verdad que estos hechiceros salvajes. Mantener por lo menos una apariencia de sabiduría era absolutamente necesario; una simple equivocación que se descubriese podía costarles la vida. Sin duda que esto les condujo a practicar la impostura con el propósito de encubrir su ignorancia, pero también les dio el motivo más poderoso para sustituir el conocimiento fingido por el real, puesto que si se desea aparentar que se conoce alguna cosa, el mejor método es conocerla de verdad. Así, sin embargo, aunque podemos justamente rechazar las pretensiones extravagantes de los magos y condenar las supercherías con que engañaron a la humanidad, la institución original de esta clase de hombres, tomándola en su conjunto, ha producido un bien incalculable para los humanos. Ellos fueron los predecesores directos, no sólo de nuestros médicos y cirujanos, sino de nuestros investigadores y descubridores en cada una de las ramas de la ciencia natural. Ellos empezaron la obra que desde entonces llevaron sus sucesores a tan gloriosas y benéficas consecuencias, y si el comienzo fue pobre y débil, impútese a las dificultades inevitables que obstruían el sendero del conocimiento más bien que a la incapacidad natural o a la testarudez de los hombres.

La Rama dorada, cap. 5

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