Los grandes secretos de los falsos adivinadores

Los grandes secretos de los falsos adivinadores

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Era la fiesta posterior a un examen de fin de curso de la escuela Andrés Soler de la Asociación Nacional de Actores de México allá por 1979 o cosa similar, y yo, que había asistido para ayudar con el equipo de sonido a un amigo, director de teatro y profesor de la escuela, miraba con apetito francamente voluptuoso a una actora de largo cabello negro, que hablaba encantada de la vida con un actorzuelo más joven, más alto y más guapo que yo.

Alguien comentó que la tal actora cumplía años en una fecha determinada (una semana después, me parece) y en mi delirio de donjuanismo instantáneo procedí a acercarme muy serio, me metí entre ella y su galán ofreciendo disculpas y le dije: “Tú eres Escorpión, ¿verdad?”

No habiéndome visto en su vida (me vio en el examen, pero ni se enteró), la niña quedó debidamente impresionada. Preguntó cómo lo sabía y, en lugar de responderle, dije alguna vaguedad sobre que la había visto y dudaba si era Escorpión o Sagitario, y que me llamaba mucho la atención porque percibía que ella era una persona que ardía con un tremendo fuego interno que no dejaba ver tan fácilmente.

Para ese momento, el galán de opereta (nunca mejor dicho) estaba anulado, borrado, olvidado, cancelado, erradicado y omitido. Yo tenía la completa atención de la sabrosa actora.

Y cuando ella me pedía que le dijera más y yo empezaba a tejer fantasías con el obvio propósito de llevarla al tálamo, apareció esa cosa de la que carecen por completo los embusteros profesionales: la conciencia. El enano infeliz malhumorado y latoso que la gente normal suele llevar al hombro empezó a recriminarme: a) estás mintiendo, b) estás abusando, c) estás corriendo el riesgo de afectar a una persona inocente, d) si te sigues metiendo en este pantano, te vas a arrepentir, e) estás mintiendo y debiera darte vergüenza, f) estás jugando sucio con un chaval que quizá es su novio, g) estás mintiendo…

Ya no escuché al enano, que, conociéndolo, se acaba el alfabeto con los acápites de sus refunfuños. Murmuré un par de estupideces, le dije a la morena que luego hablábamos y me retiré a buscar un ron con cocacola.

Mi amigo David, el profesor de la actora, me preguntó qué había yo hecho que la nena no me quitaba los ojos de encima. Nunca la volví a ver. El muy cabrón de David, supe después, usó el truco para conquistar a cierta vedetriz que llegó a tener algún renombre en México.

En realidad, lo único que hice fue usar un dato inocente (la fecha del cumpleaños) reinterpretado (convertido en su signo astrológico), y luego soltar generalidades descaradamente por puro ludibrio, por lúbrica, libertina, libidinosa y lasciva lujuria.

Una vez callado el enano con dos pepinazos de ron con cola, me di cuenta del enorme poder que había tenido la posibilidad de ejercer sobre una jovencita de fácil asombro, poca información y ganas de acercarse a lo misterioso.

Ese poder es lo que emborracha a los desvergonzados que se roban la vida (que no se la ganan) “adivinando”.

Astrólogos, quirománticos, geománticos, lectores de la borra del café, observadores de las entrañas de las aves, tarotistas… éstos y otros habitantes del mundo místico aseguran poder ver el futuro y el pasado. Son en su mayoría sanguijuelas con patas.

(Aclaración al canto: no faltan los botarates bienintencionados que realmente creen que tienen poderes para anormales, aunque son los menos. Sin embargo, consciente o inconscientemente usan los mismos procedimientos que aquí revelamos.)

Las técnicas que usan los manipuladores profesionales, desde los “másters en astrología” hasta los desvergonzados que tienen un doctorado en publicidad y márketing y ganan al mes lo que uno se tarda dos años en ver pasar por su cuenta bancaria se llama genéricamente “lectura en frío”.

Para esta entrada, acudimos a algunos conceptos del artículo sobre cold reading del Skeptic’s Dictionary.

Primero, en la lectura en frío, el manipulador echa mano de la inclinación que tiene el ser humano de extraer de una situación un significado mayor que el que tiene. Es decir, la víctima intentará darle sentido a lo que se le diga.

Segundo, el manipulador también aprovecha que la gente en general es egocéntrica y tiende a verse con demasiados buenos ojos (es decir, nuestra educación no ha conseguido enseñarnos a practicar una sana autocrítica).

Tercero, el manipulador usa también en su beneficio el hecho de que sus víctimas se acordarán más intensamente de sus “aciertos” que de sus errores (especialidad de los vivillos que año con año sueltan predicciones de todo tipo, sabiendo que con que atinen una tienen para publicitarse como dementes un año después; no hay mejor ejemplo que el del charlatán-esperpento Octavio Aceves, que cada año predecía la boda del Príncipe Felipe, y como el heredero se casa este año, el diminuto argentino ha hecho una gran alharaca, sin hacer caso del hecho de que lleva como ocho años fracasando exactamente con la misma “predicción”).

Cuarto, el manipulador ofrece generalidades aplicables a todos los seres humanos. Todos compartimos una enorme cantidad de características, todos sufrimos ante los problemas, todos tenemos proyectos no realizados, todos queremos más dinero (hasta Bill Gates), todos queremos amar y ser amados, todos tenemos profundas frustraciones.

Finalmente, el manipulador usa el lenguaje (o la labia) con precisión quirúrgica para sacarle detalles a la víctima haciendo lo que en inglés se llama “ir a la pesca de información”. Frases como: “Has estado pensando mucho en una persona que murió no hace mucho tiempo, ¿no es así?” parecen dar información cuando en realidad la están extrayendo. Si la víctima es tan ingenua como para responder “Sí, mi tío Bucéfalo”, el farsantazo puede soltar “Exacto, eso es lo que veo” y dejar la impresión (entre el público y en el huésped que parasita de momento) que “adivinó que Pepín estaba acordándose de su tío Bucéfalo”.

Con estos principios, un sujeto lo bastante descarado puede “leer” a un extraño y hacerle creer que lo hace utilizando poderes especiales.

Los más avezados usan otros trucos para irse guiando por sus adivinaciones del pasado. Recuerdo a un lector de posos de café turco que no despegaba sus ojos de los del pollo al que estaba desplumando, atento a cualquier indicio (sobre todo en la dilatación del iris) que le indicara que una mentira en particular complacía a su presa.

¿Que usted no sabía que el iris se nos dilata cuando vemos algo que nos gusta y se contrae ante algo que nos disgusta aun manteniendo las mismas condiciones de luz? Pues los comerciantes de los zocos árabes lo saben desde tiempos inmemoriales. Por eso cuando le muestran algún artículo lo miran a los ojos: la reacción que usted muestre en el iris de los ojos les indica hasta dónde se puede regatear con usted, qué tan interesado está realmente en el artículo que se le oferta.

Esto lo redescubrieron y sistematizaron los verdaderos neuropsicólogos en los años 70 (mientras que los parapsicólogos no han aportado nada de conocimientos, datos o técnicas útiles a la humanidad).

Lo mismo puede decirse del lenguaje corporal. Los buenos observadores de sus congéneres llevan milenios interpretando los sentimientos o emociones que hay detrás de ciertos actos, posturas o gestos. La ciencia (no las inútiles paraciencias) han confirmado el hecho y sistematizado su conocimiento.

Un buen seudoadivinador interpretará todo lo que tiene la persona: ¿qué ropa lleva, fina o corriente?, ¿tiene el calzado muy desgastado?, ¿usa colonia o perfume?, ¿se expresa con culta corrección o con la bastedad del barrio o de la aldea?, ¿lleva joyas? Todos estos detalles dan, al observador cuidadoso, una enorme cantidad de información sobre nosotros.

Si el tipo suelta esa información habiéndola disfrazado previamente de adivinación (o “mancia”, como gustan de decir ahora los habitantes del castillo de los burdos pretenciosos), la ilusión puede ser enormemente poderosa.

Si este tipo de lectura en frío se realiza, además, en una “consulta” de un supuesto “sanador”, curandero, médico brujo o cualquier otro depredador de la enfermedad ajena, el gil que paga sentirá que está ante un sujeto verdaderamente poderoso, y no dudará en abandonar un tratamiento médico a cambio de patrañas que pueden ocasionarle daños tan irreversibles como la misma muerte.

(Aclaración: los médicos que saben hacer clínica usan cierta medida de lectura en frío para saber cosas que el paciente puede no querer decirles. El máximo exponente de la lectura en frío en el consultorio médico fue sin duda Joseph Bell, el profesor de Arthur Conan Doyle que fue la inspiración para que éste inventara a Sherlock Holmes. Pero como los médicos no aseguran “curar todo” ni afirman tener “poderes”, quedan a merced de las soeces acusaciones que con frecuencia enderezan contra ellos especímenes como Paco Porras y otros matraqueros astrales.)

Para terminar, copiamos algunas “lecturas” (para que vea usted cómo operan estos ejemplares).

Voy a un sitio de “numerología” (una de las pamplinas más irracionales del planeta). Siguiendo sus instrucciones saco “mi número del destino o senda de vida”, que es 6 (según éstos insignes cantamañanas, sólo hay 9 destinos en el mundo, ya que aseguran sin despeinarse que los 9 destinos anunciados valen para todos los ingenuos del planeta).

Sobre el 6, suelta la siguiente sarta de mamadas (en cursivas, nuestros comentarios van en negritas):

Muchas veces en esta vida, usted será llamado a ser un pacificador y para ayudar a otros a tomar decisiones difíciles, ya que este número del destino denota servicio a otros, responsabilidad y elaboración de muchos ajustes para favorecer a otros en sus necesidades.

Esto, evidentemente, se aplica a cualquiera, tenga el 6 o la raíz cúbica de pi.

Buscando la perfección en otras personas, lo puede conducir a algunas desilusiones en el amor y las relaciones. Usted debería casarse o establecerse en una sólida relación, ya que el lado elevado del número seis, es el amor, la familia, la armonía y el servicio a los demás.

O sea, sólo las personas cuya suma de año, mes y día de nacimiento tendrán desilusiones. Joder con mi mala pata. Y sólo nosotros debemos cargar con el matrimonio, ¿por qué? Pues sencillamente porque la enorme mayoría de la gente se enamora y se casa, y entonces en esta “predicción”, el autor “atina” con la mayoría de quienes tienen el 6.

En contraposición, usted puede experimentar discusiones y problemas con su relaciones románticas que pueden conducir a la separación y el divorcio.

Otra generalidad del tamaño de Mongolia, por supuesto. A tales eventualidades estamos expuestos todos.

Su actitud en la vida será lo que determine cómo vivirá el destino del número seis.

Fantástico, ¿no? Uno es el arquitecto de su propio destino. ¡Qué gran adivinación!

Pero, ¿qué habría pasado si en realidad yo fuera no el 6 sino el 3?

Este número de vida es probablemente el más placentero de todos, ya que es el de la auto expresión, y el pleno disfrute de actividades en una atmósfera armoniosa. Su creatividad y sociabilidad atraerá a muchos amigos y compañeros.

Pues esto se me aplica igualmente. Soy creativo, sociable y me gusta disfrutar en una atmósfera armoniosa. ¿Será que sumé mal?

Usted también tiene la tendencia de sentir celos; debe trabajar para guardarlo para sí mismo, pues si demuestra esos sentimientos en el momento equivocado a la persona equivocada, podría perder un amor o amistades.

Sabio consejo. Pero como casi todos hemos sido celosos, es otro disporo a la segura.

Además, debería aprender a enfocar sus energías, y no permitir que éstas se dispersen.

¿Significa esto que si uno no es 3 sí puede permitir que sus “energías” se dispersen? ¡Qué bien!

Los problemas que encontrará en su búsqueda de amor y belleza, son despreciables contra el potencial de gran éxito.

Obvio, ¿no?

Pues así van todos los números.

Nos despedimos con los absolutamente insanos horóscopos “para abril” del gran promotor de este blog, el mentiroso profesional Manuel Capella.

Nos dice, por ejemplo:

Se impone una nueva realidad en tu ámbito profesional, te conviene asumir las novedades al tiempo que mantienes lo mejor conocido. Lo más importante es que este año Saturno entrará en tu casa diez, algo que augura cambios en tu ámbito profesional o en los más destacados aspectos relacionados con tu futuro. Entras en una etapa compleja. Por otro lado, nuevos proyectos pueden surgir a través de los amigos, procura encontrar momentos para cultivar las relaciones personales, que supondrán una vía de escape y oportunidades para realizarte más ampliamente.

¿Esta ristra de generalidades groseras se le aplica a usted? Piénselo bien. A mí, por lo pronto, se me aplica sin duda alguna. Pero es el “horóscopo” para Libra, y yo no soy Libra.

Aprovecha el clima de euforia para marcar un nuevo rumbo y sentirte mucho mejor contigo mismo. Hace unos cuantos meses que Júpiter, el planeta de la buena suerte, transita por tu signo. Debes confiar en tus posibilidades, en tu potencial y en tu futuro. Tendrás buenas oportunidades para mejorar en todos los sentidos y será el momento de cambiar tu suerte. Los enamoramientos serán habituales entre los nativos del signo. Tu creatividad estará por las nubes. Desde finales de agosto la economía será uno de los aspectos más preocupantes.

¿Se le aplica esto a usted? ¿Importa si usted es Escorpión, Tauro o el verdadero destinatario de esta colecón de obviedades, que es Leo?

Así, en el mundo delirante de los profesionales en la superchería, lo que se encuentra son generalidades, vaguedades, obviedades y otros productos de la lectura en frío que permiten que se cree la impresión de que tienen alguna idea de lo que están diciendo.

¿Cuál sería la prueba de un verdadero adivinador?

Se requerirían varias, claro, porque sólo por azar (cosa que estudia la ley de las probabilidades) siempre es posible “atinar” alguna predicción, especialmente si es evidente (de un tiempo acá, todos los comemocos profesionales “predicen” la muerte de Juan Pablo II, aunque para todos nosotros es evidente que el pontífice está cada vez más enfermo y que también cumple años, o sea que inevitablemente morirá en un futuro cercano, cosa que aprovecharán los gusanos videntes para alimentarse con su cadáver gritando que “ellos lo predijeron”, puáj).

Es decir, se requiere una batería de pruebas en las que un supuesto adivinador se pueda desempeñar tan bien como cualquier profesional de verdad.

Digamos, ponemos a un contador o contable frente a veinte resmas de facturas, recibos y datos, y les pedimos que calculen, con sus conocimientos, el impuesto anual sobre la renta que deben pagar esas diez personas. El resultado medirá un nivel de profesionalidad determinado.

Luego se pone a un astrocharlatán ante las fechas y horas de nacimiento de veinte personas que ya hayan muerto (tomadas al azar de algún registro civil) y se le pide que calcule la fecha y hora de la muerte de los veinte.

Si el adivinador obtuviera un porcentaje de aciertos similar al del contador, entonces quizá sepa algo y valga la pena perder el tiempo con él.

Ante la imposibilidad de obtener resultados correctos en este tipo de experimentos (de los que huyen como de la viruela), los farsantes ofrecen otra maravillosa técnica final de la lectura en frío: la presentación de pretextos, coartadas, excusas y justificaciones.

Y cuando todo falla, mienten. Después de todo, como dijo Steiner, su principio básico guía todas sus patrañas: diles lo que quieren escuchar y volverán para que les digas más.

Tarotimos y tarotaradeces

Tarotimos y tarotaradeces

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(Corregido y aumentado el 22 de agosto a las 23:59)

Si acude usted a cualquier croupier de la desvergüenza ocupado en “echarle las cartas del Tarot” a sus víctimas y pregunta sobre el origen del jueguito de naipes en cuestión, lo más seguro es que le sacudan un cuento según el cual tal baraja procede del antiguo Egipto (pobre Egipto, cuánta raja le sacan éstos), y quizá susurren que la creó “el propio dios Toth” (cosa que nos obligaría a creer además que Isis, Osiris, Anubis y demás dioses egipcios no eran mitos, sino verdaderas deidades con existencia lo bastante corpórea para pintar barajas; si usted puede creer eso, quizá le interese comprar un puente que tenemos estorbando en la bahía de San Francisco).

Toda esa historia no es sino un collar de pamplinas primorosamente ensartadas en un hilo de fantasía desatada.

Los más descarados serán capaces de decirle que “las figuras” del Tarot, o al menos la de los llamados “arcanos mayores” están grabadas en un pasillo de la Gran Pirámide de Keops, lo cual es, simple y llanamente, una mentira del tamaño de la Esfinge. (A ver cómo le iban a hacer los egipcios para inventar la carta de “La Papisa”, elemento claramente medieval).

La realidad es que las cartas de jugar, de adivinar o de hacer tonto al conciudadano no se inventaron en el Antiguo Egipto ni en el antiguo nada, sino que fueron creadas a petición de Huey Song, emperador chino que en 1120 (medievo pleno) pidió que le inventaran algo para entretener a su bien abastecido harén de esposas, queridas, concubinas, amantes, amigas con derecho a roce y desconocidas obtenidas quién sabe cómo. Alguno de los lambiscones que generalmente se encuentran por docenas en los palacios reales pintó unas tarjetitas de papel (invento chino, por cierto) y con ellas inventó un jueguito para que pasaran el rato las compañeras de cama del emperador.

Las cartas fueron a dar a Italia, como tantos otros inventos chinos, por medio de comerciantes como Marco Polo. Ya en 1227 se habla de que a los niños italianos se les instruye en las virtudes cristianas por medio de unos naipes llamados “carticellas”. A la gente le da por inventar juegos con las tales cartas y a apostar en ellos, lo que atrae las furias de la iglesia católica y le da su carácter medio prohibido a tales trozos oblongos de cartulina. Las cartas llegan a los pueblos árabes, quienes nos devuelven el nombre “nayb”, del que procede “naipe”.

Y durante todos esos cientos o miles de años, ni un carajo sobre el “tarot” ni sobre adivinaciones ni adivinanzas.

Es hasta principios del siglo XV (en 1415 o 1430 o por ahí) que Filippo María Visconti, duque de Milán, manda a hacer un juego de cartas que se conserva hasta hoy y al que se llama “tarot italiano”, aunque algunas de sus cartas sean distintas a las que se usan hoy (lo cual nos da la medida del “respeto” por la antigüedad que tienen los engañabobos, que cambian las cartas como les viene en gana y luego cuentan historias del antiguo Egipto). No hay nada que indique que el mazo de cartas de Filippo se haya usado para echarle la suerte a nadie, por cierto. Las referencias místicas del tarot comienzan en 1546 a cargo de Guillaume Postel.

O sea, que el Tarot es un invento bastante moderno si lo comparamos con otras “técnicas de adivinación” o “mancias” inventadas en el pasado, como las que implican interpretar el vuelo de los pájaros, las vísceras de animales sacrificados, los huesos, el I Ching y demás.

Por supuesto, si uno pregunta por el significado de la palabra “tarot” el tallanaipes de la adivinación pondrá los ojitos en blanco y dirá que significa “libro de Toth” en antiguo egipcio (idioma del que no sabe nada, claro), o que tiene que ver con tora, rota o ator, es decir, el tetragrámmaton o nombre de dios (que en realidad son las letras hebreas YHVH, de donde sale Yahvé, como todo mundo puede ver son igualitas a “ator”); o que se relaciona con la Torah judía y por tanto con la cábala, o nos ofenderá con alguna otra tontería igualmente imaginaria.

La realidad es que “tarots” era como se llamaba a los “triunfos” en francés y el juego de cartas y parlanchinería llamado “tarots” era popular en Italia en el siglo XV. Fin del misterio. El nombrecito viene del francés y de un juego de azar, nada de idioma egipcio, hebreo, dioses antiguos ni delirios cabalísticos.

El “tarot” actual en sus enemil variantes (ahora cada charlatanazo produce el suyo propio para venderlo en kioscos junto con manuales de uso que no sirven para nada) procede del de Marsella, que tiene la pavorosa antigüedad de quinientos años, más o menos. Consta de 78 cartas, 22 de las cuales son los “arcanos mayores” (suena impresionante) y tienen los conocidos dibujitos del diablo, la muerte, los enamorados, la rueda de la fortuna, etc, mientras que las 56 restantes (“arcanos menores”) se parecen mucho a la baraja española, divididas en 4 palos pero con 14 cartas cada uno. Se numeran del 1 al 10 (como las de pókar) con cuatro figuras: rey, reina, caballo y sota.

Los exprimidores de congéneres suelen limitarse a los 22 “arcanos mayores” y con ellos pueden producir verdaderos milagros, como provocarle miedos irracionales a personas de aspecto normal, hacer que personas razonables actúen como bobos o producir dinero de la nada, mismo que se embolsan con gran regocijo.

La pregunta, claro, es si las cartas éstas o cualesquiera otras (incluidas las del Memorama) pueden “predecir” el futuro o “responder” a preguntas. La respuesta es no. Simplemente y sin más. Como todos los demás métodos adivinatorios, el tarot se basa en generalizaciones, en la lectura en frío que ya disecamos aquí, en respuestas buenas para cualquier circunstancia y en un descaro verdaderamente asombroso por parte del tarotimador.

Para el ritual, se supone que hay que barajar el tarot y luego el incauto lo debe cortar y luego se van sacando las cartas, disponiéndolas boca abajo en distintas formas, como la “cruz céltica”, el “calendario”, el “trisquel” o la “sencilla”. Una vez puesto el solitario en su sitio, se van destapando las cartas una por una en un orden determinado y se supone que la relación entre el significado original de la carta y su posición respecto a las demás nos va diciendo si conviene o no dedicarnos a la pastelería fina o al regenteo de burdeles, si la sabrosa Jennifer se ha prendado de nosotros o si es mejor pedir el aumento de sueldo en viernes o en martes.

En todo ese proceso, ni el aprendiz de brujo ni su damnificado se preguntan (mucho menos se responden) cómo es que las cartas no sólo conocen el futuro, sino que reconocen que usted es usted y no alguien más, y saben que están respondiendo a una pregunta y no a otra.

Pero la prueba de fuego de cualquier tarotorpe es preguntarle algo concreto que esté fuera de su conocimiento. Porque lo más llamativo de esta forma de adivinación (y de todas las formas de adivinación, para el caso) es que ni las cartas del tarot ni la bola de cristal ni las hojas del té ni las runas ni los posos del café ni el zodiaco van más allá de los conocimientos precisos y medibles del adivino en particular.

Por ejemplo, si usted le pregunta a un tarotonto quién va a ganar el partido de fútbol que se celebrará el domingo en el Estadio Mayapán de México entre las Avispas de Zumpango y los Albigranas de Tingüindín, la respuesta variará mucho dependiendo de lo que sepa el tarotimador en cuestión.

Si no es mexicano, probablemente haga mucha parafernalia para salirle con una vaguedad como “las tendencias cósmicas parecen favorecer a las Avispas, pero deberán tener mucho cuidado para evitar que los Albigranas aprovechen su influencia afortunada”. (¿Verdad que parece una respuesta sin responder nada?)

Si el tarotarado es mexicano, le dirá que no sea payaso, que no existen ni esos equipos de fútbol ni el tal estadio, información que todo el esoterismo del universo no puede transmitirle al tarotrucador de otro país.

Igualmente, pocos taroteros (si no es que ninguno) podrán responderle si fue Bob Bakker o Jack Horner el que afirmó que las aves actuales proceden de los dinosaurios. Esa respuesta, tan sencilla que la encuentra en cualquier lado (fue Bakker) está más allá del tarot porque está más allá del conocimiento del supuesto esotérico “superior iniciado en los misterios cabalísticos de los templarios y los rituales egipcios” (mamada que no significa nada, por cierto).

Porque si el tarot sirviera de verdad para ver el futuro y aprender respuestas a las grandes preguntas, los científicos estarían echando las cartas alegremente en lugar de quemarse las pestañas en sus laboratorios para encontrar la cura del catarro común, mientras que los tarotriviales seguramente se dedicarían a algo más honrado, sobre todo porque se enseñaría el tarot en las escuelas como fuente de sabiduría y ellos resultarían obsoletos.

Y pese a que este mundo es de locos, todavía no llega a tanto, para desgracia de los tarotarugos.

(Por cierto, Lola, en su blog Uno por uno, uno; uno por uno, dos; uno por uno… hace otras consideraciones entretenidas sobre el tarot esta semana.)

La maravillosa verdad sobre la meditación

La maravillosa verdad sobre la meditación

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La meditación funciona.

Antes de que usted proceda a llamar a los servicios de salud informando que el autor de este blog ha perdido la chaveta completamente y ahora chupa de la pipa de hachís de los infelices orates, permítanos la posibilidad de dar nuestros argumentos.

Primero, no se confunda “meditación” con la “Meditación Trascendental (Marca Registrada)” del insigne embaucador y conocido enfermo sexual Maharishi Mahesh Yogui. Lo que hace ese gordito infeliz es un asunto de sectas peligrosas debidamente tratado en sitios más serios que éste (merece seriedad por el daño psicológico atroz que le inflige a sus víctimas en su búsqueda de poder, sexo y dinero, por no decir que además ha dejado en la pobreza a más de cuatro “fieles creyentes”).

Segundo, no se confunda “meditación” con el rollo misticoide con el que se ha rodeado esta palabra por parte de casi todos los charlatanes, ya que casi todos acuden a esta práctica.

Tercero: entiéndase “meditación” como lo que uno hace cuando “medita”, es decir, aislarse sensorialmente del mundo a su alrededor y del trajín cotidiano, relajar sus músculos, tratar de no pensar en las preocupaciones cotidianas y concentrarse en cosas agradables. (Es lo mismo que uno hace si, en vez de mirarse el ombligo, da tranquilos paseos solitarios por el campo o navega con brisa leve en un velero, o se sienta a escuchar música suave tranquilamente en su sofá [en lugar de escuchar música potindustrial salsero-heavy en un walkman mientras corre, viaja en autobús, come apresuradamente algún alimento basura o espera con impaciencia].)

Hecho esto, entiéndase: cuando uno hace esas cosas (aislarse, relajarse, desconectar, pensar en cosas agradables) se siente bien.

Ese sentirse bien es lo que funciona en las prácticas meditativas.

De hecho, es lo único que funciona.

Dado que la reacción que provoca es notable y observable, numerosísimas disciplinas esotericonas la usan de forma depredadora dándole todo tipo de extrañas, maravillosas y siempre contradictorias implicaciones. Desde las prácticas orientalistas que aseguran que la meditación lleva a la iluminación nihilista del buda hasta los newagers esquizoides de California que meditan antes de iniciar una sesión de channeling, que es como le llaman al espiritismo reciclado.

Bueno, pues meditando no se llega a ser el buda, ni se entiende mejor el universo ni se comunica uno con los espíritus.

Pero se siente bien.

Esto no debería sorprendernos. Mientras más vivimos en una sociedad occidental moderna, menos tiempo tenemos para nosotros mismos, más acelerados vamos, menos descanso tenemos, no sólo físico, sino mental. Nuestros ratos libres los ocupan formas del ocio más o menos bruscas y adrenalínicas, diseñadas para cobrarnos por disfrutarlas o para inducirnos al consumo ocupando toda nuestra atención. Y ocupan las 18 horas del día que solemos estar despiertos.

En ese tornado de actividad y estímulos intensos y permanentes, tomarse diez minutos para no hacer nada, para concentrarse en cosas “intrascendentes” según la visión de la sociedad neoliberal de consumo, nos provoca una sensación de paz, tranquilidad y bienestar. Y no por motivos astrales, por la influencia de una deidad ni por energías imaginarias supuestas por impostores a prueba de bombas, sino porque nuestro cuerpo y mente agradecen ese paréntesis.

Se llama “descanso”. Le dicen “meditación”.

Y entonces, luego de esos diez minutos, nos sentimos bien o, para no exagerar, nos sentimos mejor que antes de esos diez minutos.

No nos sentiremos mucho mejor si meditamos seis horas seguidas, y es probable que nos dé un calambre en el espinazo, como nadie aguanta paseos de seis horas por el campo todos los días ni seis horas de conciertos a diario.

Pero los diez minutos de “desconectar” son algo agradable y, según algunos médicos, sano y recomendable.

Y la maravillosa verdad sobre el tema es que puede hacerse sin comulgar con ruedas de molino administradas por algún gurú con la cabeza rapada o un astrologuillo pillo disfrazado de Harry Potter.

Pero usted no lo sabe.

Y de allí se agarran los vendedores de disparates.

Usted se acerca a un grupo, club, asociación, sociedad, hermandad, cábala, junta, conspiración, iglesia, secta, sectita,sectota, agrupación, asamblea, corporación, red u lo que se les ocurra llamarla (incluso una marca registrada) y no pasa mucho tiempo antes de que lo pongan a meditar para “demostrarle” que su “filosofía” (y hay que tener la cara de acero al alto carbono para llamarle filosofía a las extravagancias que afirman estos psicotiquillos) guarda “misteriosísimos secretos” que ellos pueden develarle. Y usted sigue las indicaciones, se relaja y “medita”. Diez minutos, no más.

Usted, poco acostumbrado a no hacer nada, descubre que esos diez minutos le sientan de maravilla, como una siesta de media hora, pues.

Y en ese momento, usted está adobado para que le injerten el cuento de que ese bienestar puede verse aumentado, ampliado, magnificado, potenciado y desarrollado si usted adquiere el curso, el libro, el casete, el vídeo, la conferencia, la clase, el diplomado, la membresía, etc., etc. que le ofrecen a precio de regalo. Y está listo para que le digan que ese bienestar procede de energías supuestas, de interacciones indemostrables o de una “sabiduría ancestral” que nunca sirvió para que nuestros ancestros vivieran vidas más largas, más sanas, más sabias y más felices.

Caramba, piensa uno que ha vivido los últimos diez o quince años a velocidad de fórmula uno, si eso pueden hacer en diez minutos y gratis, ¿qué no podrán hacer en tres meses y soltándoles unos billetucos?

La verdad es que no pueden hacer nada, y que usted puede disfrutar el ratito de bienestar de la “meditación” sin tener que comprar las demás historias que le cuenten estos desvergonzados. La “meditación” es su principal truco, cuando no el único, para el reclutamiento de corderitos para su matadero. Tienen algo que funciona y sobre eso levantan un enorme edificio de demencias imposibles de demostrar, explicaciones psicodislépticas y “filosofías” afiladas para extirparle la cartera.

Pero dado que esto no es del conocimiento común, usted sigue sin saberlo.

Y muerde el cebo.

La meditación para sentirse bien funciona, sin importar que usted la haga según sus depredadores para “volar” como los discípulos de Sexy Sadie (nombre que John Lennon le dio al Maharishi), para “iluminarse”, para “contactar” con espiritus o extraterrestres, para “captar energía vital”, para “alinear sus chacras”, para “cargar el aura”, para “percibir el cuerpo astral”, para “desfloccinipaucificar las nerenias del discombuto místico” o cualquier mercadería que le estén ofertando.

Por supuesto, una vez habiendo picado, descubrirá que no conseguirá ni volar ni iluminarse ni nada por el estilo, simplemente se sentirá mejor por motivos eminentemente fisiológicos del funcionamiento normal (no paranormal) del cuerpo y la mente humanos. Pero para entonces ya pueden haberle hecho un bonito lavado de cerebro para dejárselo con consistencia de arroz con leche, como cualquier invitado de Javier Sierra en “Crónicas Marcianas”.

El desconocimiento generalizado de que este “descanso” funciona como “meditación” sin explicaciones descabelladas lo aprovecha un amplio surtido de oligofrénicos para ofrecerle “algo más” a las personas a las que les arrancan algo (dignidad, dinero, sexo, poder, admiración o libertad de pensamiento).

Ahora usted lo sabe: la “meditación” funciona. Pero no por los cuentos que relatan simuladores diversos.

Así que relájese, respire hondo y tranquilícese. A eso le llaman “meditación” y cobran por ello, cuando usted lo puede tener de manera gratuita y sin regalarle el alma a los comerciantes de la ignorancia humana.

Atlantis, el continente de los ingenuos

Atlantis, el continente de los ingenuos

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Relatos de culturas poco conocidas hay muchos. Algunos tienen, según se ha demostrado, bases reales más o menos sólidas y otros son, simplemente, producto de la maravillosa imaginación y creatividad humanas, dos cosas cuya existencia niega a rajatabla todo farsantazo que se respete.

Evidentemente, toda historia antigua y maravillosa se adereza con la imaginación que odian tan intensamente los seguidores de las chapucerías de Von Däniken y parásitos similares.

En la Edad Media, por ejemplo, Asia se pintaba como un lugar donde había hombres sin cabeza que llevaban los ojos en las tetillas y la boca en el ombligo. La cantidad de loqueras divertidas que los escritores y capitanes de barco o mercaderes eran capaces de inventar era tal que fueron muy populares por entonces los “Libros de maravillas”, que narraban descabelladas pero interesantes historias sobre sitios lejanos a los que no tenía acceso el lector (y a los que probablemente tampoco había ido el escritor).

Más atrás en el tiempo hay mitos detalladísimos como los del reino de Minos o de Troya, relatados por diversos autores en diversas épocas.

Evidentemente, cuando se encontró la civilización minoica, en ella no había un minotauro u hombre con cabeza de toro, mientras que en las excavaciones de Troya no aparecerán nunca los huesos de un semidiós llamado Aquiles cuyo único punto débil fuera el talón, siguiendo el mito. Y, mucho menos, resultó que en Asia vivieran los fenómenos de circo que inventaban escritores medievales maravillosos y admirables.

Uno de los mitos menos fundamentados es el de no una cultura, sino todo un continente completito perdido: Atlantis, un cuento empleado probablemente por Sócrates y recogido por Platón en sus Diálogos.

Solamente Platón, nadie más, habla de Atlantis. La suposición razonable es que es una alegoría de las muchas que usa Sócrates en los Diálogos de Platón para mostrar cómo se debe pensar.

De allí, numerosos vagos se han pasado años y años, cobrando y buscando Atlantis.

Por supuesto, la tontería no está en ver si ese mito, aunque tenga cara de invento por no estar sustentado en ningún otro autor, tiene una semilla de verdad (probablemente relacionado con la isla de Santorini), sino en que los charlatanes han decidido tomarlo al pie de la letra: todas las marvillas que Platón describe son aclamadas por los descerebrados como descripciones precisas y puntuales de la realidad exacta de un pueblo del que nadie sabe nada excepto Platón.

Por supuesto, si hubiera motivo para creer que tales descripciones se corresponden con la realidad, Atlantis debería ser asunto de la máxima importancia.

Pero, en sus Diálogos, Platón habla de muchas otras cosas que no son verdad ni son descripciones puntuales de la realidad. Así, habla constantemente de los dioses, en particular del rey del Olimpo, Zeus, pero ningún alérgico al trabajo anda tratando de vendernos la búsqueda de comunicación con el dios del rayo.

Igualmente, las imprecisiones de los diálogos (como, digamos, la teoría del color expuesta en “Critias”, uno de los dos diálogos donde se menciona a Atlantis, junto con “Timeo”) los revelan como lo que son: una forma de enseñar la filosofía que estaba apenas desarrollándose como una aproximación al conocimiento que, si bien estaba por vez primera apartándose de la creencia, no era ni con mucho representante de un conocimiento acabado.

O sea, estos tipos creen que Atlantis fue efectivamente un regalo al dios Poseidón, casado con la mortal Cleito cuyo hijo Atlas fundó la dinastía hasta que se violaron las leyes de Poseidón y Zeus decide destruir Atlantis.

Porque, si esa parte no es cierta, ¿en qué se basan para creer las otras partes, igualmente sin bases, igualmente imaginativas?

De hecho, los Diálogos de Platón en sí son un producto mucho más sorprendente que cualquier ejercicio de la imaginación relacionado con Atlantis o alguna fantasía similar. Sócrates inaugura una aproximación a la realidad que es mucho más importante que una cultura mítica, perfecciona el recién nacido pensamiento crítico (otra causa de alergia entre los simuladores profesionales), proclama la independencia del pensamiento ante el poder y, en resumen, funda la civilización occidental.

Por supuesto, los falsificadores de moneda intelectual no son capaces de darse cuenta de la hazaña de Sócrates. Y entonces se van a buscar Atlantis.

La seriedad y metodología científica empleada por los embaucadores en la búsqueda del mito queda patente en sus conclusiones preliminares.

Sin lugar a dudas, Atlantis está en:

Bajo el mar del sur de China

En el espacio exterior (según Alan Alford)

En la Antártida

En el altiplano sudamericano (Según J.M. Allen)

A la mitad del mediterráneo

En África

En Gran Bretaña

En Creta

En la India

Turquía occidental

Cuba

En Egipto

En el Mar Egeo

Más seriedad no se puede pedir.

Esta variedad de suposiciones descabelladas que no se pueden llamar teorías se debe a que los charlatanes necesitan salir con una “interpretación original” basada en cualquier pamplina (el supuesto mapa de Piri Reis, alucinaciones disfrazadas de trances mediúmnicos, interpretaciones absurdas de la realidad, libros de sus colegas del fraude, etc.) para vender libros y ser invitados a dictar conferencias a los agujeros en los que se reúnen quienes babean ante cualquier misterio falso (la misma tribu, por desgracia, que se queda fría y desinteresada ante los misterios verdaderos y las auténticas maravillas que nos ofrece el universo).

Y así, comen, beben y viven a costillas del engaño de otros que, de buena fe (por su falta de información) celebran sus palabras asombrados.

Pronto se podrá decir que Atlantis, en realidad, estuvo: en la Luna, en Cuernavaca, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, en Wichita Falls, en la Selva Negra alemana o en cualquier otro lugar novedoso que venda libros.

En fin, los timadores atlánticos no van a buscar a Zeus ni se lanzarán a encontrar el lugar preciso donde está la caverna de otra alegoría platónica, sino que seguirán picando piedra con la tontería de que Atlantis es verdad y no mito.

¿Cómo lo saben?

La verdad es que no lo saben, pero algo tienen que vender, o se verían obligados a hacer lo que más aborrecen: ganarse la vida honradamente.

Una cosa es segura: si Sócrates los viera y se enfrentara a ellos con su método dialéctico, no le llegaban al segundo round.

Sexy Sadie

Sexy Sadie

Sexy Sadie, what have you done?
You made a fool of everyone.
Sexy Sadie, you broke the rules,
You laid it down for all to see.

One sunny day the world was waiting for a lover
She came along to turn on everyone
Sexy Sadie the greatest of them all.

Sexy Sadie how did you know
The world was waiting just for you?

Sexy Sadie you’ll get yours yet,
However big you think you are

(Sexy Sadie, ¿qué has hecho?
Hiciste tontos a todos.
Sexy Sadie, rompiste las reglas,
lo exhibiste para que todos lo vieran.

Un día de sol el mundo estaba esperando una amante,
ella llegó para emocionar a todos.
Sexy Sadie, la más grande de todos.

Sexy Sadie, ¿cómo supiste
que el mundo estaba esperándote sólo a ti?

Sexy Sadie, aún te darán tu merecido,
sin importar cuán grande creas que eres.)
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Estos días en los que se recuerda a John Lennon como una de las voces esenciales de mi generación y de algunas anteriores, viene a cuento recordar que la “Sexy Sadie” de la canción de Lennon grabada por Los Beatles en su Álbum Blanco no es otro que el Maharishi Mahesh Yogui, el hombre que convirtió a la Meditación Trascendental® en una marca registrada (Transcendental Meditation®).

Los años sesenta marcaron, entre otras cosas, el enésimo descubrimiento de “oriente” por parte de occidentales frustrados con la cultura de origen europeo, cosa que aprovecharon para promoverse varios embaucadores, sobre todo de la India. Una muestra de estos personajes es una mezcla de comedia del absurdo con potentes tintes policiacos, y no es exhaustiva en modo alguno, faltan muchos:

Sai Baba: conocido por sus trucos de ilusionismo en los que hace aparecer objetos, incluidos relojes Rolex comprados por sus seguidores en tiendas cercanas a su ashram, denunciado como acosador sexual y sujeto de alta peligrosidad.

Su Divina Gracia Swami Bhaktivedanta Prabhupada: fundador de la Sociedad Internacional de la Conciencia de Krishna (ISKCO) o “Movimiento Hare Krishna”. El autoritario líder fallecido en 1977 buscaba siempre mostrar la cara más amable de los Hare Krishnas, pero cuando su ex-seguidor y crítico Steve Bryant apareció asesinado, se sugirió otra cara más oscura, así como las denuncias por maltratos y abusos en sus escuelas. Abunda en denuncias de ex-seguidores, algunos de ellos con puestos de relevancia en la secta, y que en varias ocasiones han llevado a los tribunales a los herederos del poder y la fortuna de Prabhupada.

Bhagwan Shree Rajneesh, swami más descarado y folklórico, llamado el “gurú de los Rolls Royce”, porque logró hacerse de una modesta colección de sólo 93 autos de esta marca. Los herederos del negocio usan el nombre “Osho”, que Rajneesh adoptó en los últimos años de su agitada vida de excesos al estilo de una estrella del rock.

Swami Satchidananda: creador del Instituto de Yoga Internacional llamado Yogaville®, que predica el Yoga Integral®, dueño de autos de lujo (con el infaltable Rolls Royce), un helicóptero y un Cadillac rosa, lo que revela que la espiritualidad no disminuye el mal gusto, y también regocijado practicante del erotismo pese a su celibato “oficial”, según relata una de sus víctimas, Susan Cohen.

Gurú Maharaj Ji (actualmente llamado también Prem Rawat), que empezó a predicar a los 6 años en el ashram de su padre, mismo que heredó a los 8 años para proclamarse sin más rodeos “dios”. A los 13 fue recibido en Nueva York por seguidores enloquecidos, y que hoy además de jet privado y casas en medio mundo, encabeza Elan Vital, además de ser constantemente denunciado como fraude por sus seguidores.

Pero el gurú de gurús, el swami de swamis, la personificación del delirio orientalista de la era hippie era el Maharishi Mahesh Yogui, y lo sigue siendo pese a que sus seguidores también lo denuncian en sitios como la Meditation Information Network.

Brevísima historia de un desvergonzado

El Maharishi Mahesh Yogui nació el 12 de enero de 1917 como Mahesh Prasad Varma, y recibió una buena educación. Sus biógrafos aseguran que estudió “física y matemáticas” en la Universidad de Allahabad, pero como ningún Mahesh Prasad Varma estuvo nunca matriculado en dicha casa de estudios, la versión oficial es que se inscribió como M C Srivastava, sin explicar si falsificó papeles para entrar, si lo consiguió mediante un milagro o si simplemente es una de las innumerables fábulas del Maharishi para impresionar a los crédulos.

Fue devoto (o zalamero adulador) discípulo del Gurú Dev Swami Brahmanand durante más de una década, pero cuando éste murió y no lo nombró sucesor, Mahesh decidió ponerse por su cuenta y fue primero a Uttar Kashi, donde vivió del fervor popular por los hombres santos o saddhu que plagan la zona, con lo cual es legítimo decir que el que sería el Maharishi Mahesh Yogui no ha hecho ni un solo día de trabajo honrado y real en toda su existencia, con una vocación de parásito que envidiaría cualquier tenia.

Hacia 1955-56 empezó a dar “conferencias” en el sur de la India y descubrió que en eso tenía un enorme éxito, con lo que las “invitaciones” (pagadas) para que hablara se multiplicaron. Allí surgió su idea de que no hay que ser monje ni actuar como tal para alcanzar las más altas metas espirituales, lo cual le abría la puerta para vivir como príncipe vendiendo espiritualidad, cosa que ya empezaba a hacer.

Su lanzamiento a internacional fue en noviembre de 1957, cuando habló en el Congreso Vegetariano Mundial explicando que con la meditación podría convertirnos a todos en vegetarianos. Después de ello, formó el Movimiento de la Regeneración Espiritual, que se dedicó a abrir centros de meditación por toda la India. Mahesh, ya convertido en el Maharishi Mahesh Yogui, decidió conquistar el mundo abriendo centros de su empresita: Birmania, Malasia, Singapur, Hong Kong y, finalmente, Estados Unidos en enero de 1959, en California.

En poco tiempo ya vivía y comía gratis con sus adeptos. En breve, el Maharishi (llamado “the giggling gutu” o “el gurú de las risitas”, porque constantemente soltaba risitas al hablar con la prensa, según los malpensados porque lo reventaba de risa la idea de que tantos se estuvieran tragando cualquier bobada que se le ocurriera soltar al gordito hindú) tenia chofer, comida de primera y casa con los que iba “iniciando” al mayoreo, y con el tiempo locales para poner sucursales de su negocio.

El biógrafo oficial del Maharishi, Paul Mason, fuente de la información aquí contenida, para que no se diga que nos documentamos con los “enemigos” del bon vivant indostano, cuenta que cuando se necesitó demasiado dinero para cumplir los deseos del Maharishi de tener centros dedicados a su rollo, algunos propusieron cobrar por ver al gordo, pero otros se preocuparon de que quienes no tuvieran dinero no pudieran “iluminarse”. Relata Mason algo que vale la pena citar literalmente:

… se acordó que el pago por la iniciación se relacionaría con los ingresos. En octubre de 1955, Bal Brahmachari Mahesh había declarado: “El camino es recto y la entrada es gratuita”. Pero en 1959 se llegó a establecer una cuota del salario de una semana, al parecer según el principio de “A la tierra que fueres, haz lo que vieres”.

Obviamente, desde el principio el Maharishi se ocupó de “iluminar” preferentemente a los ricos y famosos. Una semana del salario de una estrella de Hollywood “regenera el espíritu” e “ilumina” bastante más que una semana del salario de un carpintero.

Algunos de los caprichos del Maharishi son notables, como su gusto por el jugo de uva… lo peculiar no es el gusto por esta bebida en particular, sino que cada uva debía pelarse individualmente para exprimirla, y pasó un tiempo antes de que aceptara un jugo industrializado.

El gordo swami comenzó entonces una serie interminable de viajes, de apertura de centros y de establecimiento de diverass organizaciones cuyos ingresos, todos, iban a dar a una cuenta en Suiza. Por ejemplo, a fines de 1959 viajó a Londres y se repitió el esquema: vivir como rey a costa de los “iniciados” como el millonario Henry Nyburg, quien se lo llevó a conocer Suiza, Austria, Frqancia y Alemania en un Rolls Royce (esto de los Rolls Royce místicos no puede ser casualidad, pensaría uno).

Hacia 1960, el Maharishi inventa la historia de incorporar “la ciencia” a las enseñanzas tradicionales, poniendo las bases para las innumerables estupideces sobre “cuántica” y “ayur veda” que han hecho multimillonario a Deepak Chopra y que son la coartada de numerosos charlatanes. En Alemania dice que sus enseñanzas son las mismas que las de Cristo y Buda, con lo que aumentaba notablemente el número de clientes (es decir “iniciados”) potenciales.

Fue atacando así todos los países europeos hasta 1961, y en 1962 desembarca en África y publica el libro pretenciosamente intitulado El descubrimiento de la “energía nuclear vital”, la teoría del absoluto del Maharishi: el cumplimiento de la teoría de la relatividad del doctor Einstein, sublime tontería que reproducen numerosos engañabobos actuales (para darse una idea, vaya al grupo de correos Charlatanes y busque los delirios asombrosísimos del embaucador Paulino María Iñigo (sin acento en la “I”). Inventa además dos jugosos cuentos. El primero es que hay un Plan Divino para la humanidad, y que humildemente el pobre Maharishi es el encargado de hacer realidad tal plan para salvarnos. El segundo es el cuento de los “mantras”.

Los misteriosos “mantras”

Un “mantra” es una serie de sílabas o palabras que uno repite hasta la saciedad como parte del proceso de “meditación” en las versiones orientales de esta práctica. En la realidad, aunque la meditación funciona para relajarlo a uno, en el proceso importa un rábano si uno repite o no un mantra.

Pero el Maharishi inventó un sistema bastante ingenioso para mantener el asombro de sus seguidores. Según esto, cada discípulo recibía un “mantra” personal e intransferible (como una tarjeta de crédito mística) que, sin embargo, perdería su fuerza mística si se revelaba, era un secreto entre la inocente víctima y su “maestro” de Meditación Trascendental®. Lo asombroso es que si uno se muda, o el maestro se va de juerga, o simplemente durante un viaje quiere dejarle algo de dinero a alguno de los bazares mísiticos del Maharishi, el “maestro” que le toque sabrá “mágicamente” cuál es “su mantra único, singular, personal e intransferible”, lo cual sin duda impresiona.

Pero se ha descubierto que los mantras son los mismos para todas las personas de cada grupo de edad y sexo, como lo han determinado documentos presentados en los tribunales en casos contra la organización del gurú de las risitas.

Así, según grupo de edades, los mantras son (o solían ser): 12-13 Em, 14-15 Enga, 16-17 Ema, 18-19 Aing, 20-21 Aim, 22-23 Ainga, 24-25 Aima, 26-29 Shiring, 30-34 Shirim, 35-39 Hiring, 40-44 Hirim, 45-49 Kiring, 20-21 Aim, 50-54 Kirim, 55-59 Sham, 60-on Shama.

Un mago de escenario aplaudiría, porque el sistema es sin duda ingenioso. No así los ex-miembros de TM®, que se han sentido engañados por el gurú y que tienen, entre otras formas de denunciarlo y de apoyarse el Boletín de ex-miembros de TM®.

En 1963 publicó Science of Being and Art of Living (La ciencia de ser y el arte de vivir), donde volvía al cuento de que integraba los Vedas con la ciencia moderna. A fines de ese año inventó que, además de la vigilia, el sueño y el sueño profundo (o REM) había un cuarto estado de conciencia ampliada, un quinto, la “conciencia cósmica”, y hasta un sexto, la “conciencia de Dios”. Como funcionó, tres años después inventó un “séptimo estado” de la conciencia el “Conocimiento supremo”. En 63 también dijo que al meditar se podía cambiar la realidad física alrededor del meditante.

En 1965, el Maharishi consiguió a dos adeptos clave, John Densmore, baterista, y Ray Manzarek, tecladista, que formaron el grupo, The Doors. Y es que los dictados del Maharishi sobre la “conciencia cósmica” y la “liberación espiritual”, así como su idea de una “era de Acuario” cayeron en el mundo hippie como anillo al dedo, lo que le valió más seguidores entre los jóvenes rebeldes y, en particular, entre músicos y actores agobiados por el trabajo, relacionados con las drogas, insatisfechos y solos en la cima. Ante el movimieno (mientras que en entrevistas decía estar contra el desarme nuclear y apoyar la presencia de Estados Unidos en Vietnam), en 1966 agregó un adjetivo a su forma de meditación, que ahora era, “meditación trascendental”, lo que vendía muy bien. La “meditación trascendental” supuestamente manejaba una cosa inexistente llamada el “campo trascendental”, algo así como el “campo magnético” o el “campo gravitacional”, pero referido a la conciencia cósmica y que, por tanto, regía o dominaba a todos los demás (esto sería clave de sus afirmaciones más descabelladas en años posteriores).

El Maharishi y los Beatles

El encuentro con Los Beatles ocurrió en agosto de 1967, en un hotel de Londres. El Maharishi no tardó en darse cuenta de que la fama delirante del grupo podía darle un enorme impulso.

Pronto, el gurú estaba usando el nombre de los Beatles sin permiso, según relata Peter Brown, anunciando que irían a sus programas de televisión y exigiéndoles dinero, entre el 10 y el 25% de sus ingresos anuales, entregados en la famosa cuenta suiza. Este interés crematístico puso a los jóvenes músicos en guardia, y el ídolo finalmente se derrumbó cuando, en Rishikesh, el Maharishi se portó demasiado afectuoso en privado con Mia Farrow, abrazándola después de una sesión privada de meditación, lo que horrorizó a la joven actriz, que salió huyendo de las instalaciones del Maharishi (y así lo cuenta en su autobiografía la propia Farrow, pese a los intentos de los adeptos del Maharishi de negar el incidente).

Los Beatles rompieron con el Maharishi. Cuando éste les preguntó por qué, Lennon le contestó: “Si eres tan cósmico, sabrás por qué”, y Lennon narra que en ese momento el Maharishi lo miró como diciendo “Te voy a matar, bastardo”, un instante de ira que lo desenmascaraba a ojos del poco educado pero muy perceptivo músico.

De vuelta en casa, Lennon escribió la canción “Maharishi”, aunque sus abogados, temiendo una demanda del gordito que entre sonrisa y sonrisa era bastante avaricioso y peligroso, le recomendaron que no usara el nombre. Así nacía “Sexy Sadie”.

El Maharishi aprovechó al máximo la popularidad que le dio el ser “el gurú de Los Beatles” y el que los medios, como es habitual, dieran poca difusión a la ruptura con Los Beatles y a sus motivos.

Se instaló definitivamente en los Estados Unidos (aunque su central financiera está en Holanda) y sus planes florecieron. Compró una universidad, puso un partido político (el “Partido de la Ley Natural”, presente en unos 80 países) como quien pone una tienda, tiene una empresa de construcción (Maharishi Global Construction, que hace edificios que crean “felicidad, armonía y prosperidad”), una empresa de arquitectura (Maharishi Vedic Architecture, que diseña edificios que también producen, se supone, “buena salud, felicidad, armonía familiar e iluminación”), restaurantes que hacen “comida ayur-védica” supuestamente adaptada a las necesidades del comensal, fundó el “Servicio de consultoría corporativa astrológica” que ahora parece estar inactivo, pero en el que uno podía hacer consultas por 150 euros, pero el negocio de la astrología védica sigue.

Hay muchos más, pero el negocio más raro del Maharishi es, sin duda, su Yoguic Flying Club o club de vuelo yóguico, en el que le cobra a la gente por enseñarle a levitar, para lo cual usaba fotografías trucadas. El tema le costó 138 mil dólares en 1987 cuando perdió un juicio contra un hombre que lo demandó por no enseñarle a volar, pero esa cantidad es nada en la fortuna del Maharishi.

Viendo que mentir le podía salir barato (y que ganaba más con la mentira que lo que perdía en los tribunales), el Maharishi se desmelenó completamente, afirmaba que si muchas personas meditan pueden cambiar la realidad. Ha afirmado que sus maratones meditantes han disminuido los niveles de criminalidad en algunas ciudades (los estudios demuestran que no hay tal), que pueden controlar huracanes, mejorar la salud de la comunidad, etc., gracias a algo que modestamente llamó “el efecto Maharishi” y que hasta hoy no hay ni una prueba de que exista.

Lo que sí hay son muchos datos sobre las mentiras de la Meditación Trascendental.

Y eso mencionando sólo de paso cómo atrajo a Deepak Chopra y cómo este famosísimo engañabobos se peleó con el Maharishi por cosas de dinerillos y también “se puso por su cuenta”, atendiendo igualmente a los ricos y famosos para ganar dinero con mentiras salpicadas de falsedades sobre la “cuántica” y demás, como buen discípulo (de verdad) del Maharishi.

Pero el gurú cobra y ríe, dice tonterías y ríe, engaña y ríe. Lo opuesto, pues, a lo que fue Lennon. Por eso vale la penta tener en mente al embaucador indostano cuando leemos lo que escribió Gabriel García Márquez el 16 de diciembre de 1980 por la muerte de Lennon:

En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Los gurús pegan más fuerte y son más ricos, sí. Los que nunca ganan, no lo olvidemos, son las víctimas de los estafadores que venden espiritualidad falsa a cambio de dinero contante y sonante.

La wikiguerra de la wikimagia en Wikipedia

La wikiguerra de la wikimagia en Wikipedia

(Actualización 10:30 de la mañana: Me escribe un lector para informarme que la “votación” para borrar el artículo publipromocional de Psicomagia en la Wikipedia ha terminado con el masivo resultado de 8 votos a favor del borrado, 25 votos a favor de mantenerlo y 4 votos a favor del borrado anulados. Así que Jodorowsky y su bolsillo pueden descansar. Por cierto, hoy, en la entrada Psicomagia de Wikipedia ya ha sido borrado y censurado el enlace a la entrada sobre los embustes de Jodorowsky en este blog, con lo cual el ocultismo parece ir ganando de calle, convirtiendo “Wikipedia” en algo así como “Wikiembustedia”.)

Como ya mencionábamos, el nuevo espacio de la guerra de los fanáticos de lo paranormal contra el pensamiento crítico es la conocida enciclopedia colectiva Wikipedia al menos en su versión en español.

Desde hace tiempo que noto que, durante unos días, entra mucha gente a mi blog desde ciertas entradas de Wikipedia en español, y luego dejan de entrar. Revisando el tema, he podido constatar que la variación corresponde a épocas en las que alguien incluye este blog como “enlace crítico” en entradas como las referidas al tarot, la “psicomagia” o la acupuntura, y a las épocas en que tales enlaces son suprimidos, borrados, censurados o eliminados por otros colaboradores de dicha enciclopedia, que periódicamente “limpian” de críticas los sitios de sus supercherías favoritas.

El tema se ha comentado en algunas listas de análisis crítico de la charlatanería, y con base en ello un lector de este blog me escribe para contarme lo siguiente:

He notado que es un lugar en línea en el que la actividad de los promotores de diversas creencias han encontrado un espacio atractivo. Diversas páginas relacionadas con estas actividades están bajo constante edición por parte de quienes encuentran incómoda (por decir lo menos) la crítica hacia sus afirmaciones y prácticas.

Entradas de dicha enciclopedia en línea, tales como “Atlántida”, “Acupuntura”, “Psicomagia”, “Caras de Bélmez”, “Pulsología”, “Medicina tradicional china” y “Jaime Maussan”, entre otras, son editadas posiblemente por partidarios y creyentes que ante el menor asomo de crítica son rechazados utilizando toda suerte de argucias factibles por las reglas que ese servicio en línea ofrece.

Además, te informo que la inclusión de vínculos en varios artículos a entradas de “El retorno de los charlatanes” suele causar escozor, y se ha pedido en diversos casos la remoción de los mismos.

Pasándome por algunas de las discusiones en las que se pide la censura de las entradas de este blog he podido constatar que quienes promueven su eliminación echan mano de las mentiras habituales de la charlatanería contra quienes osan criticarlos. Uno de los argumentos recientes chilla que este blog es “una página personal”, olvidando, por ejemplo, que la “psicomagia” es un negocio muy, pero que muy personal de una familia muy peculiar, y sin notar el nivel delirante de autobombo y falsedad que permea los artículos sobre Alejandro Jodorowsky y sus embustes, escritos por él mismo, por su parentela, por su gente de relaciones públicas o, cuando menos, por sus más arrastrados adeptos. Principalmente, se aferran a su crítica del estilo del blog para descalificar los datos, información, hechos, referencias y argumentos que incluye. Es más, afirman que no existen tales datos, información, hechos, referencias y argumentos, como si con ello pudieran hacerlos desaparecer.

Evidentemente, este blog no es el tema del debate, sino la censura organizada, que existió antes de este poco trascendente espacio y seguirá existiendo cuando el blog pase a mejor vida. Pero dado el estilo desenfadado, callejero y ríspido que distingue a este blog, me permite poner en la mesa el debate sobre muchos otros enlaces, opiniones, ediciones y añadidos de otros colaboradores que han sido igualmente reprimidos por el fanatismo con poder que parece haberse adueñado de la Wikipedia en español, a la que ya algunos llaman “Wikimagia” o cosas peores. Y lo digo porque parece un hecho que cuando alguien critica a los wikitorquemadas, éstos se apresuran a ejercer represalias dentro de la propia enciclopedia virtual.

Qué es la Wikipedia

Wikipedia es, al parecer, una buena idea con salvaguardas insuficientes ante los ataques concertados. Se autodefine de la siguiente forma: “Wikipedia es una enciclopedia libre plurilingüe basada en la tecnología wiki. Wikipedia se escribe de forma colaborativa por voluntarios, permitiendo que la gran mayoría de los artículos sean modificados por cualquier persona con acceso mediante un navegador web.”

Por un lado, la propia Wikipedia afirma: “Debido a la diversidad y número de participantes e ideologías, provenientes de todas partes del mundo, Wikipedia intenta construir sus artículos de la forma más exhaustiva posible. El objetivo no es escribir artículos desde un único punto de vista, sino presentar abiertamente cada postura sobre un determinado tema.”

Pero cuando hay debate sobre un punto (como la censura propuesta por los defensores de la charlatanería), sólo pueden votar quienes tienen ciertos meses de colaboración y un número determinado de ediciones de la enciclopedia. De este modo, por ejemplo, puede votar por la censura alguien que se ganó el derecho por borrar información crítica de diversos artículso cien veces, pero no puede hacerlo alguien que sólo haya podido participar veinte veces. En realidad, las decisiones sobre la enciclopedia “democrática” las viene tomando un puñadito de veinte o treinta personas (en la versión en español).

Con esas reglas, resulta bastante hueco lo que afirma la enciclopedia en la citada entrada: “Ya que es imposible que el conocimiento sea absoluto y neutral en algunos artículos, debe dejarse el orgullo personal a un lado para dar paso al proyecto Wikipedia permitiendo la libertad de un pensamiento”, porque lo que parece evidente es que la brillante idea colaborativa y democrática de Wikipedia está ciertamente desprotegida ante ataques concertados de grupos con intereses definidos que “cumplen los requisitos” para censurar lo que quieren.

Ejemplos, ejemplos

Veamos qué tanto se ajustan los artículos de Wikipedia (a día de hoy, mañana pueden ser editados, borrados, censurados o sometidos a una lavadita de cara al menos temporal) a los criterios de “presentar abiertamente cada postura sobre un determinado tema” y permitir “la libertad de pensamiento” además, claro, de dar datos y no opiniones personales y promoción de negocitos.

Sobre la “medicina” tradicional china, la Wikipedia dice hoy “en los últimos años se están llevando a cabo numerosos estudios con Evidencia Científica que demuestran la eficacia real de la Medicina China en numerosos cuadros patológicos”.

Deje usted de lado que el uso de las mayúsculas reverenciales en “evidencia científica” es uno de los rasgos ortográficos distintivos de la babosería charlatanesca, el verdadero problema es que la entraduca en cuestión no menciona ni una fuente de tales misteriosas, asombrosas y curiosísimas “evidencias científicas”. Ya ni pregunte usted si se menciona si tales “evidencias científicas” imaginadas por el publicista que escribió esta pieza sustentan la extinción del rinoceronte y el tigre, depredados para ser utilizados en la “medicina” ésa en cuestión. Cierto, se menciona que hay “desacuerdos” sobre la neutralidad en el punto de vista del artículo como está hoy, pero yendo a la página de discusión lo que hay son protestas porque el artículo se atreve a mencionar que esta práctica mágica no está científicamente contrastada. Así, uno de los desocupados promotores de la charlatanería dice: “me da vergüenza que un tema tan interesante como la medicina tradicional china, se despache con tanta ligereza sobre todo, por los escepticos, que machacan todo lo que no entienden con el cartelito de ‘efecto placebo'” y otro asegura “. Es decir, ante el desaseo de un artículo que afirma que hay “evidencias científicas” procedentes de la fantasía, lo que les parece a los wikicensores charlatanescos es que ´hay que “abrir la mente”, que en este contexto significa creer ciegamente cualquier estupidez y no pretender que se pruebe, porque eso es estar “cerrado”.

La fraseología charlatanesca está presente en numerosas entradas. La “acupuntura” no tiene críticos, tiene “detractores” que son, por supuesto, “ortodoxos”, mientras que las pruebas en favor de esta terapéutica son tan sólidas como “se dice que en China incluso una apendicitis se controla por medio de la acupuntura sin necesidad de intervención quirúrgica”. Pero en casos como el “ayurveda” (la forma de curanderismo que es el negocio de Deepak Chopra y el Maharishi Mahesh Yogui), no existe ni siquiera la sugerencia de que haya ninguna crítica a su eficacia o a sus bases. Es un trozo de publicidad sin tapujos, como lo es la entrada publipromocional de Jaime Maussán, que de verdad que no tiene desperdicio por su bobería. Entretanto, a organizaciones como ARP-SAPC se les acusa alegremente (y aprovechando el anonimato) de ser “una organización sólo con fines de lucro”, sin dar prueba alguna de tan grave acusación (es que son “muy abiertos de mente”).

¿Algún enlace crítico o científico sobre la “medicina” tradicional china en la Wikipedia? Pues no.

En la entrada de psicomagia de Jodorowsky, por ejemplo, todo son elogios y aplausos, y el gran debate que existe hoy es para eliminar un solo enlace (éste) crítico de Jodorowsky, y dejar su imagen impoluta e inmune a los desacuerdos, que es lo que hace todo adepto que valga su sal con sus amados gurús, así se trate de personajes tan lamentables y peligrosos como ése.

Como en el caso del creacionismo y su inerés por entrar en las escuelas para obtener adeptos, el ataque concertado que al menos en el mundo hispanoparlante se ha montado contra la Wikipedia tiene por objeto el impedir que las posibles víctimas de las más diversas creencias irracionales tengan la oportunidad de conocer posiciones críticas que, incluso, pueden poner en ridículo las más egregias estupideces.

No se trata, que quede claro, de que los defensores del esoterismo de rebajas quieran “la oportunidad” de también difundir sus ideas en una enciclopedia, lo cual bien podría discutirse ya que una enciclopedia no es un espacio de evangelización de supersticiones, sino un depósito de conocimientos confiables. Pero ni el problema ni el debate son ésos, sino que la comunidad del fanatismo ocultista está empeñada en censurar, en eliminar de Wikipedia lo que no va de acuerdo con sus creencias irracionales y de imponer con la fuerza de los números de militantes con tiempo y decisión para hacerse oír, falsedades a modo de conocimientos.

Lo que, por otra parte, era de esperarse por parte de quienes nunca han usado la razón para defender las posiciones más singulares que sostienen.

Druideando

Druideando

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La exaltación de la cultura celta está muy bien.

No podría yo decir otra cosa considerando que mi rubicundo abuelo Fernando, nacido en Palacio de Ardisana, simpático pueblecito de Llanes, Asturias, algo debe haber tenido de celta.

Lo de la gaita está fantástico. La gaita me gusta un montón, especialmente la de un solo bordón o roncón, como la asturiana (las escocesas, de tres roncones, como que no acaban de ganarse el aprecio de mi tímpano). Y los experimentos modernos con la gaita, como los de Hevia y su gaita electrónica o el rock celta, me resultan sumamente agradables.

En general, la recuperación de lo mejor de todas las culturas originarias me parece siempre enriquecedora. Cuando una cultura o una lengua desaparecen, todos los humanos perdemos. Exalto el valor de las danzas aztecas, la música andina, el didjeridoo aborigen australiano, las artesanías de Moravia, los poemas sufís, la cocina tailandesa… todo eso que nos demuestra que somos multiculturales, que todos tenemos varias raíces, que la humanidad es un tapiz multicolor y que el racismo, la discriminación cultural y las persecuciones étnicas son una soberana imbecilidad propia de fanáticos descerebrados, y que por tanto deben combatirse con información y enseñanza de la tolerancia.

Parafraseando la “Meditación XVII” de John Donne: ninguna cultura es una isla, y la muerte de cualquiera de ellas me disminuye.

Pero cuando llega alguien y me dice que es “druida de nacimiento” sí me veo obligado a frenar en seco y decir, de manera comedida y meditada: “No seas payaso”.

A tenor de la recuperación de muchas tradiciones valiosas en todo el mundo gracias a la naciente conciencia de nuestra multiculturalidad (que tanto jode a los ultranacionalistas y racistas varios), se han multiplicado como los hongos después de la lluvia los muchachos vivarachos que aseguran ser médicos brujos, sacerdotes de religiones antiquísimas de las que no se sabe nada, depositarios de “conocimientos milenarios” y otras burradas de alto octanaje.

Pero el que todas las culturas sean importantes y contengan cosas valiosas para todos, una herencia común, no significa en modo alguno que absolutamente todas las expresiones de esas culturas merezcan ser celebradas en trance y aplaudidas como si fuéramos focas amaestradas.

El pasado nos lega sabiduría, sí, pero también pendejadas mil, barbajanadas sin fin, crueldad, ignorancia, miedos tontos y creencias que hoy sabemos que son falsas.

El lamentable lugar de la mujer en prácticamente todas las sociedades, la esclavitud, el derecho babilónico del ojo por ojo, los juicios por ordalía, la suciedad y la enfermedad, la elevada mortalidad infantil, la persecución de herejes o infieles, los cinturones de castidad, las guerras religiosas, las órdenes nobiliarias, la intolerancia organizada, la ignorancia supina, la persecución del conocimiento, los odios tribales y muchas otras barbaridades colosales son también parte de muchas culturas y no suena razonable que en aras de ser “tradicionales” y “folclóricos” debamos recuperarlas y ponerlas en práctica para sentir que estamos a tono con Gaia o que somos bien progres en el sentido más inadecuado de la palabra (es decir, regres).

Todas las culturas, al evolucionar, dejan atrás algunos de sus aspectos positivos junto con los negativos, y por tanto es necesario usar el criterio, la inteligencia y una visión de avanzada para seleccionar qué se debe recuperar (o impedir que desaparezca) y qué sólo se debe recordar como un error de los tiempos y cuyo lugar es el basurero de la historia.

Pero ahí sí que la jodimos, porque hablar de criterio, inteligencia y visión de avanzada cuando se trata con coprolitos parlantes es como hablar de la sensibilidad poética de los caracoles de panteón.

Y entonces aparecen megatontos que dicen “soy druida”, que hacen “rituales druídicos”, que celebran “bodas druídicas” y que, peroporsupuesto, han inventado “iglesias druídicas”, mismas que se dedican a pelearse entre sí a ver quién es más druida que el otro.

La realidad es que de los druidas verdaderos, los sacerdotes celtas, se sabe bien poco. Plinio el Viejo los menciona, abundando en su relación con los robles; Julio César, en su relación de la masacre de la cultura celta, nos da la descripción más amplia y conocida de los druidas, que junto con la de Plinio y la de otros escritores que se basan en obras desaparecidas, no va mucho más allá de lo que nos cuentan Uderzo y Goscinny en Las aventuras de Astérix el galo: hombres sabios con túnicas blancas cortando con hoces de oro muérdago de los sagrados robles, que eran sacerdotes y jueces, que eran respetados, que fungían de maestros y no tenían que pelear en las guerras ni pagar impuestos.

(De hecho, si nos fijamos un poco, muchos “druidas” actuales caricaturizan la caricatura de los genios franceses del cómic. Son Panorámix sin su gracia. Y sin sus poderes. Más parecidos a Asuracentúrix, también conocido como Seguroatercérix, pensaríamos, pero con peor voz.)

Los galos no dejaron historia escrita y los romanos, con su característica simpatía continental, se dedicaron a justificar las matanzas de Cayo Julio César argumentando que los celtas hacían atroces sacrificios humanos (argumento usado también para justificar la eliminación de Cartago y el fervor popular en las guerras púnicas, por cierto).

Confiar en que el enemigo de un pueblo nos dé una descripción serena, objetiva y desinteresada de las características de tal pueblo es disponer de candidez en cantidades genuinamente navegables (y ser candidato a que nos despeluque cualquier timador). Pero eso es lo que tenemos, pues, así que se nos perdonará si somos un tanto escépticos con la versión del César. Después de él, Augusto, Tiberio y Claudio se ocuparon de acabar con los druidas y todo lo céltico en el proceso de romanización de la Europa “bárbara”, al que pronto siguió el proceso de cristianización.

(Por tanto, tampoco son muy de fiar los escritores del siglo VI de nuestra era y posteriores, que tratan de describir a los druidas desaparecidos siglos atrás.)

Lo demás es fantasía sin control de sujetos a los que les gusta que los llamen “archidruidas” y zarandajas por el estilo.

Estos neochapuceros del druidismo inventado aseguran que tienen “poderes” asombrosos que les vienen de muy antiguo sin ocuparse ni tantito de explicar de dónde los sacaron.

Lástima que los poderes de todos los druidas combinados no consiguieron evitar que Julio César los arrasara, los matara al mayoreo, conquistara Europa y, sobre la sangre de los celtas, construyera su autoexaltación pitorreándose de la de por sí frágil república romana.

(Esto no lo diga cerca de un neodruidoide, que pueden tratar de cortarle la nariz como si fuera un muérdago.)

Esa mascarada pastoril aburguesada que son los “druidas” del siglo XXI se repite también en los desfiguros de muchos otros “neopaganos”, como la psicodisléptica religión “wicca” inventada por el británico Gerald Gardner entre 1949 y 1954 (asegurando, claro, que tenía conocimiento de una tradición oral milenaria, aunque, para sorpresa del personal, el misterio de cómo obtuvo ese conocimiento se lo llevó a la tumba) dando al mundo un batidillo entre el rosacrucianismo, la magia del gran showman Aleister Crowley y misticismo a medio cocinar de varias fuentes que trataban la “brujería” como si fuera una religión y no una práctica).

Por supuesto, todas estas religiones que impostoramente aseveran ser “herederas” de una u otra antigua creencia no hacen sino tratar de darle ropajes atractivos y respetables a sus muy modernas convicciones más o menos fanaticonas. Los neopaganos creen, como buenos verdes ultras posmodernos, que hay que “vivir en consonancia con la naturaleza” (lo cual está muy bien, siempre y cuando puedan ir en su todoterreno hasta los campos sagrados donde hacen sus desfiguros druídicos, o siempre que al tener un cálculo renal puedan correr al hospital a que los atiendan en lugar de hacerse una poción). Y entonces suponen que si los druidas adoraban al roble porque en él crecía una planta que no tocaba la tierra (el mentado muérdago) y tal cosa les parecía mágicamente maravillosa… entonces seguramente eran ecologistas modelo 2004.

Creer tal cosa es cometer uno de los más grandes pecados en el estudio de la historia y de la antropología: la proyección de nuestras propias creencias, ideas, suposiciones, conocimientos y forma de ser sobre el objeto de nuestro estudio.

Esto es una falla metodológica que han identificado claramente los verdaderos estudiosos, pero para un charlatán con tan poco seso como para poner sus propios meados en un vaso y bebérselos, es un modo de vida y una acción de profunda mala fe.

Lo cual no es nada raro cuando tratamos con imbéciles capaces de creerse una novela (como El código Da Vinci, por decir algo) y luego salir corriendo a perpetrar copiando de aquí y de allá un “diccionario esotérico” para que la gente “entienda” los “misterios revelados” de la novela, como ha hecho cierto escupemicrófonos de infame memoria.

Lo único que nos queda es desearle a los adefesios de “lo tradicional” que se vean desprovistos de agua corriente, electricidad, gafas, seguridad social, gas, televisión, Internet, radio, ropa de fábrica y otras horrendas supuraciones del mundo moderno y que se retiren a una cueva a comer bayas y a abrazar robles, con lo cual nos harán el enorme favor de dejar de estar jodiendo con cuentos sobre un pasado que nunca existió más que en sus villanas neuronas.

Detrás del creacionismo

Detrás del creacionismo

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Como parte de la celebración de la Semana Negra de Gijón (si no ha ido, no debe perdérsela el año que viene), un grupo de escritores visitó el Museo del Jurásico de Asturias, joyita arquitectónica y museográfica sobre la cual puede usted averiguar aquí y aquí, y que da una visión de conjunto de la era de los dinosaurios aprovechando los yacimientos de fósiles que han estado apareciendo en Asturias.

Lo que más me gustó es que tienen un fósil “para tocar”, es decir, expresamente puesto allí para que uno haga precisamente lo que suelen prohibir los museos que creen que se aprende sólo con la vista y el oído, y que las texturas nos las tenemos que imaginar.

Todos tallamos alegremente el fósil en cuestión. Igual este bloggero que el poeta mexicano Juan Bañuelos o la autora española de ciencia ficción Elia Barceló, como parte de la visita que nos llevó desde los primeros dinosaurios hasta los emplumados predecesores de las aves de hoy. Visita interesante, ilustrativa y que nos hizo pensar en la enorme, colosal, riquísima cantidad de datos y hechos a los que tienen que cerrar los ojos algunos para mantenerse en la terca de su peculiar interpretación de su religión, interpretación que, hay que señalarlo, no comparten la gran mayoría de los creyentes en la Biblia como libro sagrado (judíos, cristianos y musulmanes).

Hay dos formas de aproximarse a intentar explicar la realidad. La primera es ver todo cuanto ocurre relacionado con el fenómeno que nos interesa, obtener todos los datos relevantes del caso y luego ordenarlos de modo que se diseñe una hipótesis capaz de explicar todos los datos, hechos y acontecimientos que hemos recopilado. Esto es lo que hace la ciencia y lo que en la mayoría de los casos hacemos todos nosotros al enfrentar los desafíos del mundo que nos rodea (como diría cualquier documental farragoso de la 2 o del canal de Historia). La sistematización de esos datos permite exponerlos con claridad, valor didáctico e interés en libros como los de Richard Dawkins o en museos como éste, cariñosamente llamado el “Muja”.

La otra forma de enfrentar la realidad es enamorarse de una explicación más o menos extravagante (naves extraterrestres, telepatía, loqueseaterapia, revelación místico-religiosa con algún dios malcriado y vengativo) y luego aterrizar con ella sobre los datos, seleccionando amorosamente los que refuerzan nuestra explicación y barriendo debajo de la alfombra cualquiera que no se ajuste a lo que se nos da la gana creer irracionalmente. Así es como funcionan los crédulos en las más diversas áreas del charlatanaje.

Y en el charlatanaje de pedorrera mental destacan los talibanes bíblicos ultrafundamentalistas, especie de fanáticos babeantes que aseguran que cada palabra de la Biblia es verdad absoluta y literal, y que, por tanto, toda la realidad debe interpretarse de acuerdo a lo que se dice en dicho libro sagrado, en particular su primera parte, el Génesis.

(Si usted les narra cómo ha sido cambiada y adaptada una y otra vez la Biblia al paso de los siglos, les puede provocar un aneurisma.)

Para no ser llamados orates, salvajes, ignorantazos de altos vuelos, deformadores de la realidad o simples torquemadillas sin brújula, estos personajes gustan de llamarse “creacionistas”. Su principal afirmación es que el mundo fue creado hace apenas seis mil años por su deidad particular, y única y exclusivamente para darle albergue al ser humano, cumbre de la creación de su peculiar dios mitológico.

(Claro que al ver a Hitler, Franco, Pinochet, Jeffrey Dahmer, George W. Bush, Idi Amín y otros especímenes de similar ralea, eso de la “cumbre de la creación” no sale muy bien parado.)

Para sustentar su opinión, los creacionistas nos regalan afirmaciones descabelladas sin ningún dato al canto, como que el hombre convivió con los dinosaurios, que la Tierra no puede tener 4.500 millones de años ni el universo puede tener 15.000 millones de años y que la extinción de los dinosaurios se debió al diluvio (dicho de otro modo, Noé decidió no hacerle caso a su dios y no se le dio la gana meter en su arca parejas de basilosaurios, apatosaurios, velociraptors, hadrosaurios, diplodocos, ceratopsios y las demás variedades que forman los miles y miles de especies de dinosaurios).

El brillante físico Wolfgang Pauli dijo de las teorías tan desprovistas de comprensión y tan mal definidas que “ni siquiera están equivocadas”. La frase se aplica perfectamente a mitociencias como la patraña creacionista, que desprecia tantísimos aspectos del conocimiento humano y es tan extravagante e irracional que asombra a quienes se asoman a ella. Tratar de demostrar que está simplemente “equivocada” es como tratar de convencer a un paranoico de que nadie lo persigue o darle un curso de teoría de las probabilidades a un ludópata.

La única base del creacionismo es el fundamentalismo protestante. Las distintas iglesias protestantes son continuas productoras de talibanes cristianos, y vaya usted a saber por qué los católicos de otros países se apuntan a todas esas loqueras.

Si quiere usted ver una crítica a fondo de las más destacadas barbaridades que sueltan los creacionistas (mismos que en Estados Unidos luchan a diario para impedir que la evolución se enseñe en las escuelas), dése una vuelta por el Institute for Biological Research que tiene una página en español bastante completa, o, si lee en inglés, pásese por la revista Scientific American que da 15 respuestas a las tonterías creacionistas, o bien tómese un rato para leerse lo que dice sobre el creacionismo la Página racionalista.

O sea, como eso ya está hecho y bien hecho, no nos vamos a poner aquí hacer la crítica del creacionismo dato por dato y afirmación por afirmación. A cambio, nos concentramos, como siempre en lo obvio, en el error de fondo, en la más clamorosa estupidez. Y en este caso, lo obvio y la más clamorosa estupidez es que los huesos de los dinosaurios que nos encontramos son fósiles, es decir, son huesos mineralizados hasta convertirse en piedra, mientras que todos los restos que tenemos de hace seis mil años (según las ocurrencias de George Mc Ready Price, geólogo novato y fanático religioso adventista que fundó el creacionismo moderno según lo relata El loco, loco origen adventista del creacionismo moderno) son óseos, porque no han tenido tiempo de fosilizarse.

No hay fósiles de Neandertales de hace 30 mil años, tampoco, por no decir más recientes. La ciencia explica y demuestra que en tan breve tiempo no se pueden mineralizar los restos, lo cual dice a gritos que si hay restos mineralizados o hubo magia o pasaron millones de años.

Un fósil de un animal moderno como el hombre, o un hueso orgánico de un animal antiguo como el gigantosaurio serían un argumento sólido para los creacionistas. Pero para su desgracia, el tiempo (“el tiempo, el implacable, el que pasó”, que cantaba la Sonora Ponceña) es el único que puede hacer fósiles y destruir los huesos. El proceso de fosilización en sí basta y sobra para dejar en ridículo a los creacionistas y su idea de que el Universo se inauguró hace apenas 6 mil años.

Pero tras el velo alucinante del creacionismo se oculta un bicho mucho más peligroso, como siempre ocurre con los fundamentalistas. Para estos peligrosos fanáticos, si la historia del Génesis no es literalmente cierta, entonces muchas de sus creencias adicionales, generalmente las más llenas de odio, podrían no ser literalmente ciertas, lo que podría implicar que su deidad no les da permiso para odiar lo que odian.

¿Qué odian?

Como buenos fanáticos religiosos, están profundamente obsesionados por el sexo, y por ello consideran (y así se puede leer en sus pasquines) que aceptar el hecho de la evolución “justifica” horrores como los condones, la homosexualidad, la promiscuidad, el disfrute del meneo y el meneo del disfrute.

Y ellos, hermanos míos, están en este mundo precisamente para evitar que a cualquiera de nosotros se nos ocurra disfrutar del viejo metesaca. El sexo debe ser odioso, repelente, doloroso (de preferencia), desagradable, monstruoso y satánico. ¿Por qué? Porque creen que eso dice la Biblia, cosa que, por cierto, puede rebatir cualquiera que se haya leído la Biblia, en particular el Antiguo Testamento, plagado de historias sabrosas de encornamientos, calenturas, amores apasionados y otras maravillas. Pero todo fanático tiene su lado masoquista.

(Paréntesis necesario: cuando se llega al sabrosísimo Cantar de los cantares de Salomón, éstos mismos predicadores dejan de creer en el literalismo fundamentalista y pasan a suponer que los febriles versos del sabio rey hebreo son “metáforas”, “parábolas” o “versos simbólicos”, es decir, lo mismo que no aceptan que pudiera el Génesis.)

Pero hay más: el fundamentalismo es amigo del racismo, de la esclavitud y de la violencia, de la “guerra santa”, de la tortura y de la brutalidad, porque, como dijo Blas Pascal, “Los hombres nunca hacen el mal tan totalmente y tan alegremente como cuando lo hacen a partir de convicciones religiosas”.

Porque odian muchas cosas: al socialismo, a los ateos, a los judíos, a las mujeres, a los musulmanes, a los budistas, a los movimientos por la justicia social, a los pacifistas, a los científicos, a los racionalistas… odian, como todo buen obseso radical, a la gran mayoría de los seres humanos.

Detrás de los escritos de los “creacionistas” (todos ellos pastores, abogados, ministros, nunca biólogos moleculares, paleontólogos o geólogos) solemos encontrar la necesidad no sólo de que su creencia sea cierta, sino el sueño de que su iglesia (conducida por ellos, faltaba más) controle el mundo, las escuelas, las camas y las almas de todos, muy especialmente de los que se atreven a no creerles.

Pero, muy a su pesar, la evolución no es una “teoría” en el sentido que el lenguaje común le da a la palabra, sino una teoría científica, es decir, una descripción de los hechos conocidos, como la teoría de la gravedad de Newton (que describe un hecho real: las cosas se caen), la teoría de la relatividad de Einstein (que describe hechos reales a nivel macrocósmico) o la teoría de la circulación de la sangre de Harvey (que describe el hecho de que la sangre circula).

La evolución es un hecho, y hay teorías diversas que buscan describir cada vez más precisamente cómo ocurre este hecho, pero ninguna de ellas propone que el hecho que estudian no exista, como no hay una “teoría” “antigravitacionista” que diga que la gravedad no existe. Las teorías neodarwinistas se diferencian, por ejemplo, en que algunas plantean que la evolución es un proceso continuo mientras que otras consideran que las poblaciones animales se pueden mantener relativamente estables durante bastante tiempo y experimentar los grandes cambios evolutivos en períodos más bien breves.

A los creacionistas no les interesa saber cómo se crean las especies, cómo han evolucionado los seres vivos ni cómo empezó la vida, lo que les interesa es colaborar en el establecimiento de teocracias del nuevo milenio que nos devuelvan a los viejos, buenos tiempos de Tomás de Torquemada.

Y para conseguir esto abusan de la ignorancia de la gente, inventándole afirmaciones a los geólogos, biólogos, bioquímicos, zoólogos, físicos, químicos, embriólogos y otros científicos a los que, si pudieran, quemaban vivos.

Ese detallito es el que le quita lo cómico a las memeces, burradas y barbaridades que diseminan estos tipejos. En el fondo, son peligrosos, como la mayoría de los charlatanes.

Fantasía y realidad

Fantasía y realidad

Los niños muy pequeños y los esquizofrénicos no reconocen la diferencia entre la realidad y la fantasía. Se supone que un signo de madurez y cordura es, precisamente, diferenciar lo imaginario de lo real. En nuestra sociedad sigloveintiunera, la tarea de aportar madurez y cordura es emprendida fundamentalmente por los sistemas educativos.

Como contrapeso a ellos, tenemos la promoción del infantilismo y el delirio de los paranormalólogos, profesionales o amateurs, que se desviven por convencer a la gente de la realidad de diversas fantasías, para obtener a cambio atención, admiración, dinero y demás bienes.

El arte ha sido, involuntariamente, inspiración de las más diversas locuras: fantasmas, exorcismos, extraterrestres y otros delirios. Desde que Kenneth Arnold inauguró el plativolismo y los “contactos extraterrestres” inspirado en las novelas de ciencia ficción de la época, los contactados y platillófilos suelen ser sorprendidos contando como espeluznantes experiencias propias los guiones de películas diversas y las líneas argumentales de novelas y cuentos.

Un reciente ejemplo de esta esquizofrenia voluntaria fue la que los ocultistas lanzaron al mundo con motivo de la novela de Dan Brown El código Da Vinci. Es una novela, una historia imaginaria, escrita de manera apenas aseada, llena de paja pero que incluye como parte de su argumento a los cátaros, algunos asuntos de debate en la iglesia católica (en particular el matrimonio de Cristo con María Magdalena y los argumentos del viejo libro Jesús vivió y murió en Cachemira) y algunas realidades (explicadas en exasperante detalle, como para lectores imbéciles) como la historia del Opus Dei.

Nada raro, pues. Los escritores suelen (solemos) documentarnos en la realidad para darle verosimilitud a las narraciones de ficción. Claro, cuando Paco Ignacio Taibo II habla de un código de Da Vinci en el que se descubre que el genial renacentista inventó la bicicleta, todos suponen que es un artilugio literario y ningún tarado sale con un libro que pretenda argumentar lo mismo en serio. Pero al meter en su novela tradiciones gnósticas, Brown consiguió abrir una veta en la que hoy pica piedra cualquier cantidad de arribistas y aprovechados que escriben libros para “interpretar correctamente” la novela y para defender que la imaginación no es tal, sino que es reflejo de una realidad misteriosa que, por supuesto, los ocultistas conocen bien (porque lo dicen ellos) y a cambio de un dinerillo nos ofrecen esos conocimientos que, vaya usted a saber por qué, guardaron ocultos hasta ahora que el tema es comercializable. (Por cierto, mientras escribo esto, se confirma a TNT, de TeleCinco de España como el programa de televisión misteriológico que les faltaba a los soplapitos, y precisamente están hablando del libro en cuestión expertos en todología fingitoria como el inocente Miguel Blanco, el viejo lobo del cuento Enrique De Vicente y algunos de sus cachorros de la tontería, como el conspiranoico profesional Santiago Camacho y la periodista Almudena García Páramo, periodista que simuló ser historiadora en su único libro publicado, una biografía de Jesucristo. El tono sensacionalista revuelve el estómago y la sensación de ofensa a la inteligencia no alcanza a verse compensada la presencia de un sacerdote bastante serio y de Pepe Rodríguez como única voz de la razón en tal margallate. La actitud de los reportajillos y del presentador es tal que parecería que se están verdaderamente develando los más grandes misterios del mundo y no se están esparciendo fantasías interesadas.)

En realidad, lo que hacen los autores de los libros que “explican” la novela es refritear viejos rollos, desde El misterio de las catedrales de Fulcanelli, repitiendo como verdades delirios, suposiciones y creencias ya publicados en el pasado. No que ello les vaya a quitar el sueño, sobre todo cuando los arrullan en su seno Santa Regalía y Nuestra Señora del Perpetuo embuste.

Y deje usted eso, Dan Brown acaba de publicar otra novela en la que mete a los Illuminati, secta cuya sola mención hace que se estremezcan de emoción las cuentas bancarias de más de un embustero profesional. Ya vendrán los libros que nos expliquen cómo leer la novela, y los rollos de radio y televisión ocultista.

Ahora, me imagino, los pillines que medran en el mundo peculiar de las psicofonías, ese fenómeno casi desconocido en América Latina hasta hoy, estarán también aullando felices como macacos en carnaval porque Hollywood, que tiene mucha más potencia que cualquier editorial, está lanzando al mundo White noise película en la que Michael Keaton interpreta a un historiador dedicado a Hitler (obsesión peculiar de todos los paranormalólogos, curiosamente, al parecer porque creen en las mismas supercherías iniciáticas en las que creía Hitler y eso les hace imaginarse importantes de algún modo enfermizo) y obsesionado con las psicofonías, que vive una situación familiar lamentable como corresponde.

Es una película. Ficción. Obra de la imaginación. Una historia de Niall Johnson llevada al cine por el director Geoffrey Sax. Desgraciadamente, algunas personas emprenderán un esfuerzo interesado por borrar la línea la fantasía y la realidad, y harán su agosto, entre ellos nefastos personajes como Pedro Amorós cuyo libraco Psicofonías, ¿quién hay ahí? está siendo diseccionado por Lola Cárdenas en su blog Uno por uno, uno; uno por uno, dos; uno por uno….

Quienes se dedican a fomentar el infantilismo y la esquizofrenia sociales, siempre es útil señalarlo, sirven, queriéndolo o no, a todos los estamentos del poder fáctico que desean tener, ante todo, una población no demasiado crítica, no cuestionadora, no muy racional y ciertamente capaz de creerse las pamplinas que nos ofertan los neoliberales, los “filósofos posmodernistas” servidores del gran capital, las iglesias y los partidos políticos. Todo hay que decirlo.

Algunos de estos auspiciadores de la ignorancia ajena, por cierto, suelen soltar la soberana estupidez de que quienes no comulgamos con las ruedas de molino que expenden somos negados a la fantasía, o queremos aplicarle el método científico a las novelas de Philip K. Dick o al Concierto para violín de Beethoven.

Con tal afirmación, demuestran una vez más (por si hiciera falta) su carencia total de la más remota idea acerca de lo que es pensar racionalmente, y de paso tratan de indoctrinar a sus huestes para que supongan que todo hereje o incrédulo es una especie de robot. La deshumanización del adversario es una técnica propagandística bien conocida, y la usan al máximo.

Estupideces, pendejadas, boludeces, gilipolleces, huevadas, macanas… lo de siempre.

El pensamiento racional se aplica para diferenciar la fantasía de la realidad, para identificar claramente ambos terrenos, pero no para matar la fantasía, para constreñir la imaginación o para limitar la experiencia vital. Es decir, cuando yo escribo historias de fantasmas, de vampiros, de extraterrestres o de futuros posibles (que es uno de mis oficios), lo hago a sabiendas de que se trata de juegos de la imaginación, y como tales los ofrezco a los lectores.

Disfruto muchísimo de El señor de los anillos, de la música de Corelli y de los dibujos animados de la Warner, así como un montón más de obras de la imaginación… pero yo sé que no son reales, cosa que está mucho más allá de las capacidades (e intereses) de los ocultistas.

No por nada ese genio de la imaginación (aunque no gran estilista literario) Isaac Asimov, fue uno de los fundadores de la organización “escéptica” más importante de los Estados Unidos, CSICOP (Comité para la investigación científica de las afirmaciones sobre lo paranormal). Y, en realidad, la mayoría de los autores de ciencia ficción no son precisamente crédulos del ocultismo, ovnis incluidos.

En cambio, los paranormalólogos no sólo son capaces de creerse cualquier cosa, sino que, habiendo aplacado sus neuronas a palos, se lanzan por el mundo a vender cositas y a convencer a los demás de que también se las crean, por ridículas que parezcan. (Y algunos no se las creen, pero las promueven igual por los beneficios que les rinden.)

Cuando encuentran pretexto para promover sus patrañas gracias a algún juego de la imaginación de Hollywood, ronronean, se presentan a soltar peroratas inanes en los medios que monopolizan, tratando como enloquecidos de convencer a la gente de que lo que retrata la pantalla es real.

Los medios informativos o de entretenimiento, como lo han hecho notar estudiosos diversos, pueden impactar al público de tal manera que le otorgue a lo que aparece en ellos una credibilidad especial. “Lo leí en el periódico”, “lo dice en Internet”, “salió en la película”, “viene en un libro” son argumentos frecuentes y que revelan que el sistema educativo falla y que los charlatanes van ganando la partida. Hay gente que cree realmente que la posesión demoniaca existe porque lo dijo una película, o tarados que han acabado convencidos de que el mundo es realmente como lo propone la serie (cada vez menos interesante) de películas de Matrix.

Y ante eso, los buitrazos del ocultismo saltan sobre sus presas.

En este caso en particular, es de esperarse que quienes medran en el mundo de las psicofonías nuevamente se dejarán caer sobre los medios para hablar de “la verdad” que hay detrás de la película (que, si nos atenemos a las primeras críticas, es un buen filme de horror, por cierto). Y venderán libros, y revistas, y aparatos para psicofonear.

Y, en el proceso, se olvidarán de los frentes de batalla que tienen abiertos antes, como ciertos misteriosos análisis de ciertos misteriosos laboratorios sobre ciertas nada misteriosas caras de cierto pueblo llamado Bélmez. Confían en el olvido del público y en el poder de la novedad.

La fantasía es una herramienta maravillosa y la imaginación es el motor de todos los avances humanos. Pero eso no tiene nada que ver con la promoción de supersticiones absurdas.

Por si se encuentra usted con algún psicofonero profesional en las semanas de promoción de la película, dejo acá algunas preguntillas con las que puede medir hasta dónde están desapegados de la realidad los pillastres que venden este cuento:

¿Por qué no aparecen voces misteriosonas (“inclusiones”, les llaman) en las decenas o cientos de miles de estudios de grabación profesionales en los que diariamente se trabaja con locutores, actores, músicos, etc.? (Ojo, los más delirantes de estos soplapitos aseguran que consiguen que les hablen las voces misteriosonas incluso si el equipo está rodeado de una “jaula de Faraday”, que es precisamente lo que se usa en los estudios de grabación para aislarlos de radiaciones electromagnéticas parásitas que puedan afectar el preciso registro de los berridos del cantantillo de moda.)

¿Las “psicofonías” más o menos claras tienen alguna relación con el incremento en el mundo de aparatos emisores inalámbricos (teléfonos móviles o celulares, redes wifi, conectividad inalámbrica para aparatos de mano y portátiles)? ¿Han estudiado esta posibilidad? ¿Cómo manejan la medición del entorno electromagnético alrededor de sus mágicos aparatos que captan lo que no captan los equipos altamente profesionales?

¿Cómo definen “voz”? Es decir, la psicología nos explica que nuestro aparato de percepción busca patrones en el mundo, y al escuchar ruido blanco suele percibir cosas que no están allí igual que en las nubes se pueden ver desde barcos corsarios hasta a Alyssa Milano, todo es ponerse. En el caso de los psicofoneros, ¿tienen una definición operativa de “voz” en términos de longitud de onda, frecuencia, amplitud y armónicos que permita que un aparato detecte la “voz” o todo es según lo que cree percibir un loquito al cabo de unas cuatro horas de escuchar ruido blanco en su sótano?

¿Por qué siempre tienen que explicarnos lo que vamos a oir antes de que lo oigamos? ¿No están así condicionando la percepción, ayudando a provocar la ilusión auditiva (pareidolia o apofenia) que ellos consideran una verdad patente?

¿Han hecho experimentos controlados de psicofonería en algún laboratorio de verdad, con científicos serios? En caso de que la respuesta sea negativa, ¿por qué no? En caso de que sea positiva, ¿cuándo y en qué journal científico se publicaron los resultados?

Claro, a usted se le ocurrirán mejores preguntas. Lo que es importante es hacerlas, de preferencia públicamente. Y preparar otras preguntas para cuando Sony Pictures lance su versión cinematográfica de El código Da Vinci. Como primer pregunta se me ocurre: ¿de qué hablan estos ocultistas al mencionar al Santo Grial, si de dicho objeto no hay referencia histórica alguna, sino que es un invento de Chrétien de Troyes en su inconcluso romance El cuento del grial, escrito entre 1178 y 1181, terminado por al menos tres autores y considerado el inicio de la novela moderna (además del origen de la leyenda arturiana)?

Por cierto, Chrétien era brillante y son muy recomendables las obras de este autor francés publicadas por Siruela, pero sólo para quienes conocen la diferencia entre la fantasía y la realidad, se entiende.

Esto de convencer a la gente

Esto de convencer a la gente

Coartada recurrente de los charlatanes es suponer que sus creencias delirantes (y allí contamos tanto a las creencias que realmente tienen como a las creencias que saben que son absolutamente prepósteras pero que defienden porque llevan agua a su molino o arriman al ascua su sardina) son similares de alguna forma al conocimiento obtenido por medio de la ciencia. Así, los sitios chupaflautísticos están llenos de frases como: “el cientificismo es una religión más”, o “los científicos creen que sólo ellos tienen la verdad, igual que los curas”, o cosas aún más delirantes.

La moneda falsa que quieren pasar de contrabando con esto es que sus orateces son semejanets al conocimiento de verdad.

La diferencia, sin embargo, es bastante clara.

Convencer a los científicos: el secreto

Vamos a suponer por un momento que existe realmente alguna de las veinte mil propuestas de la paranormalología, digamos una que no contravenga gravemente a todo el conocimiento acumulado hasta la fecha y que no ofenda descaradamente al más elemental sentido común.

Supongamos, pues, que mañana un extraterrestre llama a la puerta de su enigmatólogo favorito y se pone enteramente a su disposición para poner en su sitio a quienes dicen neciamente que, hasta hoy, no hay ninguna prueba que nos haga suponer que hay seres inteligentes de otros planetas visitándonos nada más para que el club de los monopolizadores paranormales de los medios de comunicación puedan vender más basura.

¿Qué debería hacer este enigmatólogo para convencer a los científicos de que tiene en su sala a un extraterrestre genuino, verídico y mucho más vivo que cualquier muñequito de goma autopsiado fraudulentamente?

Bueno, el enigmatólogo (llamémoslo Juanjo para sentirnos en confianza) empieza por llamar a los científicos. Los insulta un rato en su inimitable estilo y luego los invita a tomarse un café con el ET que lo hará más rico que Bill Gates.

Los científicos llegan, profundamente escépticos. Entrevistan al ET, toman muestras de sus tejidos, revisan la nave que dejó aparcada a un lado de la piscina olímpica de Juanjo, lo observan acuciosamente y se van muy poco convencidos.

Ahora supongamos que las muestras de tejido (tomadas siguiendo un protocolo claro y reproducible, no como se arrancan cachos de piso de una casita de Bélmez para que los estudien unos laboratorios secretos que no consiguen resultado alguno en ocho meses) indican que el personaje que toma brandy en la elegante sala de Juanjo no tiene una estructura celular similar a la de los seres evolucionados en nuestro planeta. Mientras tanto, los que lo entrevistaron confirman que, efectivamente, los datos que dio para descifrar la escritura de los Moches peruanos realmente parecen tener sentido y, además, la nave espacial parece al menos ser de verdad.

A partir de allí se desarrollarían algunas llamadas telefónicas o correos electrónicos muy peculiares, del tipo: “Oye Pacorro, no vayas a pensar que ya me volví orate, pero hay algo que quiero que veas, tú que eres un bioquímico de Premier League” o “Tráete a todos los antropólogos que conoces”.

Bueno, supongamos que las pruebas se multiplican, se afinan protocolos, se repiten independientemente y resulta que sin lugar a dudas el eté de Juanjo no es de este planeta, y tiene conocimientos históricos y técnicos que no se podrían explicar de ninguna forma como no fuera admitiendo que es un eté realmente y que ha visitado nuestro planeta en el pasado.

¿Qué cree usted que harían los científicos?

Pues lo mismo que hicieron cuando les mandaron el primer ornitorrinco disecado desde Australia: al principio creyeron que era una broma, pero al tener más datos y pruebas (repito porque aquí está el meollo del asunto: DATOS Y PRUEBAS) fueron dudando y, finalmente, después de examinar a uno de estos alucinantes monotremas vivo y coleando, aceptaron su existencia.

(Imagínense ahora qué poco serio y menos creíble resultaría cualquier científico al que le mandan algo tan raro como un ornitorrinco y lo aceptara acríticamente, sin estudiarlo, sin dudar y sin pedir, sí, datos ypruebas.)

Es decir, sí hay una forma de convencer a los científicos: datos y pruebas.

Eso además les daría trabajo para muchísimos años, investigando (pero de verdad) a los etés, estableciendo comunicación efectiva y aprendiendo sobre los alcances de la vida, de la física y de la historia humana.

De hecho, los científicos serían enormemente felices, mientras que a Juanjo se le habría secado el pozo de los billetes.

Convencer a un creyente: misión imposible

Vamos ahora al otro extremo. Supongamos que uno intenta convencer a un creyente (en este caso a un genuino convencido, no un simple mercachifle de fumadas para consumo de personas de las que se burla cuando está de copas con los amigotes).

¿Cómo lo haría?

En serio, ¿cómo?

¿Existe alguna forma de convencer a algún creyente de que su creencia irracional, sincera pero sin bases, es falsa?

Pensemos en una verdaderamente evidente: el supuesto “rostro marciano”.

El orbitador Viking envió en 1976 una serie de interesantes fotografías de la superficie marciana. Pese a su baja resolución, los científicos aprendieron mucho sobre el planeta rojo.

Pero los misteriópatas se lanzaron como lobos sobre una foto en particular que parecía mostrar algo parecido a un rostro más o menos humanoide.

A partir de allí, todo era escribir loqueras, y los creyentes en lo que sea empezaron a engarzar las gemas de la estupidez en largos collares de necedades. Para empezar, bautizaron a la formación en cuestión como “La esfinge de Cidonia” (los más mamertos escriben “Cydonia”), decidiendo que era una esfinge como las egipcias porque… bueno, realmente nada más porque se veía bonito decirlo y porque cerca del rostro hay unas sombras que con algo de buena voluntad y medio cerrando los ojos parecen pirámides. Y todo el mundo sabe que las pirámides llevan acoplada una esfinge, como se puede ver en la cultura Maya… ah no, en la Mexica… bueno, tampoco… pero es que los egipcios eran marcianos y a ver, chistosito, demuéstrame que no es cierto.

Todo lo que a usted se le ocurra, lo dijeron, escribieron y vendieron los misteriólogos. Veinte años de pendejadas hubimos de escuchar y leer. Premio especial del jurado lleva, por cierto, la afirmación de que una de las “pirámides” era, ni más ni menos, un generador de energía alimentado con hidrógeno. (El autor de esta barbaridad vio el hidrógeno en la foto, casi seguro.)

Algunas sectas procedieron a invocar la “cara de Marte” para pedir dinero con objeto de intensificar sus contactos telepáticos con Marte.

Pero finalmente pasó lo que tenía que pasar. Mejores naves con mejores cámaras volvieron a Marte y, algo más de 20 años después, el 5 de abril de 1996, se dieron a conocer imágenes tomadas por el Mars Surveyor en la misma zona, dejando claro que la cara era una ilusión óptica o pareidolia, en esta imagen, la foto de baja resolución de la Viking está a la izquierda, y a la derecha la foto del Mars Surveyor en positivo y en negativo.

(Actualización: Aquí hay una fotografía muy grande (casi un mega) de la montaña que parecía una cara, fotografiada pro el Mars Surveyor. Juzguen la lectora y el lector.)

Asunto terminado, ¿o no?

Pues no.

Los mismos que consagraron las imágenes del Viking como “la prueba de vida inteligente en Marte aportada ni más ni menos que por la respetadísima NASA” pasaron a considerar las segundas fotos “un intento de manipulación de los perversos miserables de la isignificante y engañosa NASA”, y escribieron nuevos libros y artículos repitiendo lo mismo de antes pero añadiéndole la teoría de la conspiración que tanto los hace ronronear. Los “malos” que van a Marte nos quieren ocultar algo que sabemos con certeza los “buenos” que no podemos ni tirar un cohete o volador sin perder cuatro dedos.

El máximo embustero de México, Jaime Maussán, sigue haciendo y vendiendo programas este mismo 2005 dándole a “la cara de Marte” y pase usted a caja a pagar.

Los que se divirtieron tantos años con la “esfinge de Cydonia” no se conforman con ser “loquitos que ven caras en Marte y borrequitos en las nubes”, nonono… son (agárrese de la silla) “¡marsfasciólogos!!” (etimología papanatas: del latín “mars”, marte; “fascies”, cara y “logos” que significa “estudio” o bien “sufijo que se le sorraja a cualquier tontería para hacerla parecer respetable”).

¿Cómo se convence a estos creyentes y a tales negociantes de que su afirmación es falsa?

Pues no se puede.

Si los lleva uno a Marte, siempre podrán decir que los “malos” conspiradores han “borrado” la cara de Marte para ocultarnos el conocimiento. O que los marcianos la borraron para no quedar a merced de la NASA. Puestos a inventar coartadas, no tienen límite.

Ni necesidad de dar datos, pruebas o algo más que fantasías envueltas en papel atractivo.

Así, resulta mucho más fácil convencer a los “científicos oficiales académicos” de que Juanjo tiene un eté en casa que hacer entender a los más sinceros convencidos de que realmente no existen cosas tan evidentemente falsas como la cara de Marte, el bigfoot o “pie grande”, o los círculos de las cosechas realizados por platillos voladores (aunque puede usted hacerse el suyo contratando a los verdaderos expertos que los hacen, quienes, por cierto, no hace mucho crearon un verdadero “pie grande” para Nike).

Es la diferencia entre creer y saber. Para saber hay que cuestionar, dudar y estar dispuesto a aceptar algo en lo que no creemos de entrada. Para creer basta aceptar algo que nos gusta y negarnos a admitir que se cuestione o que se ponga en duda.

Promover la fe, por tanto, sólo se puede confundir con promover el conocimiento y el pensamiento crítico desde el interés y el fanatismo. Lo demás es lírica.

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