Author Topic: Yo enseño la vida por la muerte  (Read 1452 times)

Crow

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Yo enseño la vida por la muerte
« on: Marzo 20, 2006, 04:23:12 pm »
Yo enseño la vida
Por la muerte


U
N AMIGO HA PREGUNTADO: ¿Estás enseñando a la gente a morir?  ¿Estás enseñando la muerte?  Deberías enseñar, más bien, la vida.



T
IENE RAZÓN: en efecto, estoy enseñando a la gente a morir.  Estoy enseñando el arte de morir, porque el que aprende el arte de morir también se convierte en un experto en el arte de vivir.  El que accede a morir se hace digno de vivir la vida suprema.  Sólo los que han aprendido a suprimirse a sí mismos llegan también a saber ser.
   Pueden parecer cosas opuestas, porque hemos supuesto que la vida y la muerte se oponen entre sí, que son cosas contradictorias; pero no lo son.  Hemos establecido entre ambas una falsa contradicción que ha producido unos resultados nefastos.  Es posible que nada haya hecho tanto daño a la raza humana como esta contradicción, y esta contradicción se ha extendido a muchos niveles de nuestras vidas.  Si tomamos cosas que son, en esencia, unas, y las dividimos en partes independientes (y no sólo independientes, sino contradictorias), el resultado final sólo puede ser la creación de un hombre esquizofrénico, loco.
   Supongamos que hay un lugar donde viven gentes locas.  Surgirían grandes dificultades si esas gentes creyeran que el frío y el calor eran cosas no sólo independientes entre sí, sino contradictorias, por la sencilla razón de que el frío y el calor no son contradictorios, sino que son grados diferentes de medir una misma cosa.  Nuestro conocimiento del frío y del calor no es absoluto, es muy relativo.  Esto quedará claro con un pequeño experimento.
   Siempre nos encontramos cosas calientes y cosas frías.  Vemos también que lo que está caliente está caliente, y que lo que está frío está frío: no creemos que una misma cosa pueda estar caliente y fría al mismo tiempo.  Ahora bien: cuando volváis a vuestras casas, realizad un pequeño experimento.  Tomad un recipiente con agua caliente, otro recipiente con agua fría y otro recipiente con agua a temperatura ambiente.  Meted una mano en el agua caliente y la otra en el agua fría.  Después, sacad ambas manos y metedlas en el agua que está a temperatura ambiente.  Una mano sentirá que el agua está fría y la otra sentirá que esa misma agua está caliente.  ¿Está fría o está caliente?  Una mano dirá está caliente, la otra dirá que está fría.  Entonces, ¿cuál es el verdadero estado del agua?  Si una mano siente que el agua está caliente y la otra siente al mismo tiempo que está fría, entonces tendremos que darnos cuenta de que el agua no está ni fría ni caliente: la sensación que produce de calor o de frío depende de nuestras manos.
   El calor y el frío son grados de una misma cosa; no son cosas diferentes.  La diferencia entre ambos es una cuestión de cantidad, no de cualidad.
   ¿Habéis pensado alguna vez en la diferencia entre la infancia y la vejez?  Solemos pensar que son cosas opuestas: la infancia por un lado, la vejez por otro lado.  Pero ¿en qué se diferencia, en realidad, la infancia de la vejez?  La única diferencia es una cuestión de años, la única diferencia es una cuestión de días; la diferencia no es cualitativa, sólo es cuantitativa.
   Pensemos, por ejemplo, en un niño de cinco años.  Podemos llamarlo “un viejo de cinco años”.  ¿Qué tendría de malo?  Si decimos “un niño de cinco años” es sólo por una costumbre de la lengua.  Si queremos, podemos decir (como se hace en inglés) que es “cinco años viejo” (five years old), lo que también puede significar que es “un viejo de cinco años”.  Un hombre es un viejo de setenta años, mientras que otro es cinco años viejo.  ¿Qué diferencia hay?  Si queremos, podemos decir que el hombre de setenta años es un niño de setenta años: al fin y al cabo, el niño crece hasta hacerse viejo.  Pero cuando observamos estas cosas por separado, parecen dos cosas contradictorias.   Parece que la infancia y la vejez son cosas opuestas entre sí.  Pero, si lo fueran, el niño no podría hacerse viejo nunca.  ¿Cómo podría?  ¿Cómo pueden dos cosas contrarias ser una misma?  ¿Habéis visto alguna vez el día o la noche en que el niño se convertía en un viejo?  ¿Podéis señalar sobre el calendario que en tal día este hombre era un niño y que en tal otro día se convirtió en viejo?
   En realidad, el problema es… Por ejemplo, hay unos escalones que llevan a la terraza.  Veis los escalones inferiores y veis los escalones superiores, pero quizás no veáis los escalones intermedios.  Puede pareceros que los escalones inferiores y los superiores son independientes, que están apartados unos de otros.  Pero el que es capaz de ver toda la escalera negará tal distinción.  Dirá: “La diferencia entre los escalones del fondo y los escalones superiores sólo es aparente, por la existencia de los escalones intermedios.  El escalón del fondo está conectado con el escalón superior”.
   La diferencia entre el infierno y el cielo no es una cuestión de cualidad: la única diferencia es de cantidad.  No creáis que el infierno y el cielo son cosas contrarias, diametralmente opuestas entre sí.  La diferencia entre el infierno y el cielo es la misma que entre el frío y el calor, entre el escalón inferior y el superior, entre el niño y el viejo.
   Existe una diferencia del mismo tipo entre el nacimiento y la muerte; de otra manera, el que naciera nunca podría morir.  Si el nacimiento y la muerte fueran cosas opuestas, ¿cómo podría terminar en la muerte el nacimiento?  Sólo podemos llegar hasta el punto que nos es inherente.  El nacimiento se desarrolla hasta llegar a la muerte.  Esto significa que el nacimiento y la muerte son dos extremos de una misma cosa.  Sembramos una semilla: ésta se desarrolla hasta convertirse en planta, y después se convierte en flor.  ¿Habéis creído alguna ve que existía una oposición entre la semilla y la flor?  La flor se desarrolla desde la propia semilla, que se convierte en flor.  El desarrollo es inherente a la semilla.
   El nacimiento se convierte en muerte.  Sólo Dios sabe por qué necedad y en qué época desafortunada se fijó en la mente humana la idea de que el nacimiento y la muerte son dos cosas independientes.  Queremos vivir; no queremos morir, pero no sabemos que la muerte forma parte de la vida.  Cuando llegamos a la conclusión de que no queremos morir, desde ese mismo momento es seguro que nuestras vidas estarán llenas de problemas y de dificultades.
   Toda la humanidad se ha vuelto esquizofrénica.  La mente del hombre se ha disgregado en partes, en fragmentos; y esto se debe a un motivo.  Hemos supuesto que la totalidad de la vida está dividida en partes,  y hemos enfrentado entre sí a estas partes.  El hombre es el mismo, pero nosotros hemos creado divisiones dentro de él y hemos decidido, además, que estas divisiones se oponen entre sí.  Hemos hecho esto en todas las esferas.  Decimos a una persona: “No tengas ira; aprende a perdonar”, sin darnos cuenta de que la diferencia entre la ira y el perdón también es una cuestión de grados, como la diferencia entre el frío y el calor, entre la infancia y la vejez.  Podemos decir que la ira, reducida a su nivel más bajo es el perdón: no existe una dicotomía entre ambos.  Pero los antiguos preceptos de la humanidad nos enseñan: “Líbrate de la ira y practica el perdón”, como si la ira y el perdón fueran unas cosas tan diferentes que fuera posible dejar la ira y conservar el perdón.  La única consecuencia que puede tener tal cosa es dividir al hombre en fragmentos y producirle problemas.
   Todos nuestros antiguos sistemas de creencias dicen que la sexualidad y el brahmacharya, la castidad, se oponen entre sí.  Nada puede estar más equivocado que esto.  El brahmacharya es el nivel más bajo de la sexualidad.  La sexualidad, disminuida, reducida, es el brahmacharya.  La distancia entre los dos no es una cuestión de enemistad ni de contradicción.  Recordadlo: en este mundo no existe en absoluto la contradicción.  En realidad, no puede existir nunca la contradicción en el mundo; pues, si existiera, no habría  manera posible de unificar los opuestos.  Si el nacimiento y la muerte fueran entidades independientes, el nacimiento seguiría su propio curso y la muerte seguiría el suyo: no se encontrarían en ningún punto.  Así como dos líneas paralelas no se encuentran en ninguna parte, tampoco se encontrarían nunca el nacimiento y la muerte.
   El nacimiento y la muerte están entrelazados, son dos extremos de un proceso ininterrumpido.  Lo que quiero decir cuando digo esto es que si queremos que el hombre se salve de la locura en un futuro próximo, tendremos que aceptar la vida en su totalidad.  Ya no podemos permitirnos crear divisiones y enfrentar entre sí las partes.
   Es muy raro que el que dice: “La sexualidad se opone al brahmacharya; por lo tanto, liberémonos de la sexualidad” acabe por destruirse a sí mismo en sus intentos de liberarse de la sexualidad.  Esta persona no podrá alcanzar nunca el brahmacharya.  Mientras se  esfuerza por eliminar de su vida la sexualidad, su mente permanecerá fijada únicamente en la sexualidad: no podrá alcanzar el brahmacharya nunca, de ninguna manera.  Su mente estará sometida para siempre  a una gran tensión y agitación: eso mismo será su muerte.  Su vida le resultará una carga demasiado pesada.  Se volverá pesado y no será capaz de vivir en absoluto, ni siquiera un momento.  Tendrá un gran problema.
   Si lo miráis de este modo (y ésta es la realidad), entonces lo que os digo es que la sexualidad y el brahmacharya están relacionados entre sí, del mismo modo que lo están los escalones inferiores y los superiores.  Cuando el hombre sube por la escala de la sexualidad, llega al brahmacharya.  El brahmacharya no es más que la sexualidad reducida a su grado más bajo.  La persona llega a un punto donde casi siente que todo se ha quedado vacío: llega al fin último.  Por lo tanto, no hay contradicciones en la vida, no hay tensiones.  En tal caso, no hay inquietud en la vida.  Así pues podemos vivir una vida natural.
   Estoy hablando del modo de vivir una vida muy natural, en todos los aspectos.  No vivimos de manera natural a ningún nivel, pues hemos aprendido los modos de vida antinaturales.  Si dijeseis a una persona: “Sólo debes caminar con el pie izquierdo, porque el pie izquierdo representa la religión, lo correcto.  No camines con el pie derecho, porque el pie derecho representa lo incorrecto…”  Si la persona se creyera esto… y hay muchas personas que se lo creerían, siempre se han encontrado personas dispuestas a creer en ideas tan estúpidas.  Entonces os encontrarías con personas que aceptarían que caminar con el pie izquierdo es correcto y que caminar con el pie izquierdo es incorrecto.  Enseguida empezarían a cortarse el pie derecho y a intentar caminar con el pie izquierdo.  No podrían caminar.
   Sólo podemos caminar por el movimiento combinado de ambas piernas.  La pierna no camina nunca sola, por sí misma, aunque sólo adelantamos una pierna cada vez.  Cuando camináis, sólo levantáis una pierna cada vez, lo que puede producir la falsa impresión de que sólo camináis con un pie.  Pero no olvidéis que el que está quieto, el que está en reposo, es tan importante como el que se mueve.  El día que la persona alcanza el brahmacharya, la sexualidad en reposo desempeña un papel importante en ese logro, del mismo modo que la pierna derecha estática desempeña un papel importante en el movimiento hacia delante de la pierna izquierda.  La pierna izquierda sería incapaz de moverse sin la ayuda de la derecha.
   La sexualidad que se ha quedado en reposo se convierte en el punto de apoyo para el surgimiento del brahmacharya cuando la sexualidad ha dejado de moverse.  Si se arranca el punto de apoyo de la sexualidad, si se rompe, se conseguirá sin duda suprimir la sexualidad, pero eso no servirá para alcanzar el brahmacharya.  Por el contrario, la persona se quedará suspendida en el limbo, del mismo modo que todas las antiguas enseñanzas han dejado a la humanidad suspendida en el limbo.  Lo que vemos a nuestro alrededor no es más que el movimiento del paso con la pierna izquierda y con la derecha, del pie izquierdo y del derecho.
   En la vida todo está integrado.  La diversidad aparente es como las notas de una gran sinfonía.  Si elimináis algo, os encontraréis en dificultades.  Alguien puede decir que el color negro representa el mal.  Por eso nadie puede ir vestido de negro en una boda: se puede ir de negro cuando ha muerto alguien.  Hay personas que creen que el negro es un signo del mal, y hay personas que creen que el blanco es un signo de pureza.  No es malo establecer tales diferencias en un sentido simbólico; pero si alguien dijera: “Librémonos del negro; eliminemos el negro de la superficie de la Tierra”, entonces, recordadlo: quedaría muy poco blanco, pues la blancura del blanco sólo destaca con toda su nitidez sobre un fondo negro.
   El maestro escribe con tiza blanca en una pizarra negra.  ¿Está loco?  ¿Por qué no escribe en una pared blanca?  Naturalmente, podemos escribir en una pared blanca, pero las letras no destacarían.  El blanco se manifiesta por el fondo negro; en realidad, el negro está haciendo que destaque el blanco.  Recordadlo: el blanco del hombre que recomienda la enemistad con el negro se volverá inevitablemente apagado, insípido.
   Cuando alguien recomienda no manifestar la ira, su perdón será impotente.  La fuerza del perdón se encuentra en la ira; sólo el que puede tener ira tiene la capacidad de perdonar.  Cuanto más feroz sea la ira, mayor será la grandeza de ánimo del perdón.  En ausencia de la ira, el perdón parecerá completamente desvaído, absolutamente carente de vida, muerto.
   Si se destruye la sexualidad de una persona (y existen medios para destruir la sexualidad), entonces, recordadlo: así no se convertirá en un brahmacharya, en una persona casta; se convertirá, sencillamente, en una persona impotente.  Y existe una diferencia fundamental entre ambas cosas.  Existen medios para eliminar la sexualidad, pero la persona no puede convertirse en un brahmacharya a base de eliminar el sexo: así sólo puede volverse impotente.  Transformando el sexo, aceptándolo, dirigiendo su energía hacia un nivel superior, podemos alcanzar sin duda el brahmacharya.  Pero recordad que el brillo que veis en los ojos de un brahmachari, de una persona casta, es el brillo de la energía sexual misma.  La energía es la misma, pero se ha transformado.
   Lo que quiero decir es que las cosas que llamamos opuestas no son opuestas: la vida se rige por un orden muy misterioso.  Debéis de haber visto un montón de ladrillos ante una casa en construcción.  Todos los ladrillos son iguales.  Pero cuando el arquitecto, el constructor, construye un arco para poner una puerta en la casa, dispone los ladrillos estableciendo una oposición.  Los ladrillos son iguales, pero al construir el arco los dispone oponiéndolos los unos a los otros para que se sostengan entre sí.  No podría construir el arco si empezara a construir en un extremo para llegar al otro: el arco se caería inmediatamente.
   Los ladrillos que se apoyan sólo en un lado del arco no tienen fuerza; no se encuentran con una resistencia que los sustente.  Siempre que se produce una resistencia, se crea una fuerza.  Toda fuerza surge de la oposición; toda energía se produce a partir de la resistencia.  En la vida, la creación de la energía, de la potencia, se apoya en el principio de la polaridad.  Todos los ladrillos son iguales, pero se disponen uno a uno estableciendo una oposición.
   Dios, divino arquitecto de la vida, es muy inteligente.  Sabe que la vida se enfriaría inmediatamente, se disolvería enseguida, si los ladrillos no se dispusieran estableciendo una oposición entre unos y otros.  Por eso ha dispuesto la ira frente al perdón, la sexualidad frente al brahmacharya, y así se crea una energía, por la resistencia presente entre los términos.  Y esa energía es la vida.  Ha dispuesto los ladrillos del nacimiento y de la muerte juntos, uno frente al otro, y así se crea una puerta de acceso a la vida que pasa por medio de ambos.  Hay personas que dicen: “Sólo aceptaremos el ladrillo de la vida; no aceptaremos el ladrillo de la muerte”.  Está bien.  Como queráis.  Pero si no aceptáis la muerte, moriréis en ese mismo instante, porque entonces todos los ladrillos que quedan serán iguales.  Sólo quedarán los ladrillos de la vida, y se derrumbarán al instante.
   Este error se ha repetido muchas veces, y, por ello, el hombre ha padecido y ha estado angustiado desde hace diez mil años.  Se empeña en colocar todos los ladrillos por un lado; no quiere ladrillos en el lado opuesto.  “Eliminad la polaridad”, dice.  “Si creemos en Dios, entonces no creeremos en nada más.  Entonces no creeremos en el samsara, en el mundo terrenal.  Si hay Dios, entonces no hay samsara; entonces no podemos aceptar de ningún modo el mundo temporal.  No podemos estar en la plaza del mercado, no podemos ocuparnos de nuestros negocios; como creemos en Dios, nos haremos monjes y viviremos en el bosque”.
   El hombre que dice esto querría crear su mundo con los ladrillos de Dios.  ¿Os imagináis las consecuencias que tendría que, por error, las personas seglares se volvieran locas y se hicieran monjes?  Desde aquel mismo día, las cosas no avanzarían ni un centímetro; desde aquel mismo día el mundo quedaría en ruinas.
   En realidad, el hombre que se ha hecho monje no tiene idea de que está sobreviviendo, de que su pie izquierdo avanza porque alguien, un seglar, lleva una tienda allí en el mercado.  Un pie está asentado allí; por eso tiene libertad de movimiento el monje.  El aliento vital mismo del monje procede del seglar.  El monje se hace la ilusión de que vive por sí mismo, pero la realidad es que se alimenta exclusivamente del mundo temporal.  Pero él sigue denostando al seglar, sigue diciendo: “Renuncia al mundo y hazte monje”.  No se da cuenta de que así se produciría una situación de suicidio universal, una situación de la que ni siquiera él podría librarse: también él moriría.  Piensa en utilizar ladrillos que estarían todos dispuestos de un mismo lado.
   También hay personas que dicen lo contrario.  Dicen: “No hay Dios; sólo existe este mundo, y nada más.  Sólo creemos en la materia”.  Y, como sólo creen en la materia, también ellos intentan crearse un mundo propio.  También ellos han llegado a aquel lugar donde se produciría el suicidio universal.  Pues si sólo existe la materia y no hay Dios, entonces desaparece todo lo que da sabor a la vida, lo que da encanto a la vida, lo que da movimiento a la vida, lo que nos anima a levantarnos.
   Si creyésemos que no hay Dios, que no existe más que la materia, ¿qué significado tendría la vida?  Entonces la vida se vuelve completamente inútil. Por eso hay en Occidente personas como Sastre, Camus, Kafka y otros que hablan mucho del absurdo.  Hoy día, todos los filósofos occidentales dicen al unísono que la vida es absurda.  Lo que dijo una vez Shakespeare se ha vuelto relevante de pronto, y los pensadores occidentales lo están repitiendo en el contexto de la vida misma: “Un cuento contado por un loco, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.  No puede haber ningún significado, ningún sentido, porque sólo habéis juntado ladrillos de materia, de nada más que materia.  Es normal que desaparezca completamente el significado.  Así como el mundo perdería su significado si sólo hubiera monjes, también se perdería el significado si sólo hubiera seglares.
   Es interesante ver que el seglar sobrevive gracias al asceta y que el asceta sobrevive gracias al seglar, del mismo modo que el pie izquierdo depende del pie derecho y el pie derecho depende del pie izquierdo.  Esta dependencia parece a primera vista una contradicción, pero a un nivel más profundo no lo es.  Ambos pies forman parte de un mismo ser; uno lo mantiene asentado, el otro lo hace moverse.
   Nadie puede conocer toda la verdad de la vida sin haber comprendido correctamente esta contradicción.  La persona que, por su oposición, se empeña en quitarle la mitad todavía no ha alcanzado la inteligencia suficiente.  Podéis quitarle la mitad, desde luego, pero en cuanto suceda eso morirá también la otra mitad; pues, indudablemente, la segunda mitad recibió su energía vital de la primera mitad, y de ninguna otra parte.
   He oído contar lo siguiente: dos monjes mantenían una discusión, que podía resultar útil en un apuro.  Su amigo el otro monje solía opinar: “¿Para qué necesitamos el dinero?  Somos ascetas, ¿para qué necesitamos el dinero?  Sólo los seglares tienen dinero”.  Ambos solían proponer diversos argumentos a favor de sus puntos de vista respectivos, y los argumentos de ambos parecían correctos.
   El mayor misterio de este universo es que podemos presentar un número igual de argumentos a favor de cualquiera de los ladrillos opuestos que se han utilizado en su creación, y la discusión es interminable porque ambos ladrillos se emplean por igual.  Cualquiera puede decir: “Mirad: el universo ha sido creado con mis ladrillos”, mientras que otro puede alegar en contra del primero: “No, el universo está hecho con mis ladrillos”.
   Y la vida es tan vasta que pocas personas evolucionan lo suficiente para ver que toda la estructura está formada de ladrillos que se oponen.  Los demás sólo ven los ladrillos que tienen al alcance de la vista.  Dicen: “Tienes razón: el universo ha sido creado por los sannyas.  Tienes razón: Brahman es la fuente del universo.  Tienes razón, el universo está hecho de atman”.  Otros dicen: “El universo está hecho de materia, está hecho de polvo, nada más.  Todo acabará en polvo: “polvo eres y en polvo te convertirás”.  Estas personas tampoco pueden mostrar más que ladrillos que contemplan desde su punto de vista particular.  En todo este asunto no se impone en la discusión ni el teísta ni el ateo; no sale victorioso ni el materialista ni el espiritualista.  No pueden.  Sus afirmaciones parten de una visión dicotómica de la vida.
   De modo que aquellos dos monjes mantenían una viva discusión.  Uno sostenía que era necesario tener dinero, mientras que el otro no estaba de acuerdo con ello.  Una tarde llegaron a un río con mucha prisa.  Se hacía de noche.  Uno de los monjes se dirigió al barquero, que ya amarraba su barca para retirarse, y le dijo:
   -Te ruego que no amarres todavía la barca: llévanos a la otra orilla del río.  Se hace de noche y debemos pasar al otro lado.
   -Lo siento –dijo el barquero-: ya he terminado por hoy y ahora tengo que volver a mi aldea.  Os llevaré al otro lado mañana por la mañana.
   -No  -dijeron los monjes-, no podemos esperar hasta mañana.  Nuestro gurú, con el que hemos vivido, el que nos ha enseñado todo lo que es la vida, está a punto de morir.  Según dicen, no llegará a mañana.  Nos ha convocado.  No podemos pasar aquí la noche.
   -Está bien –dijo el barquero-.  Os llevaré al otro lado por cinco rupias.
   El monje que era partidario de llevar dinero se rió y, mirando al otro monje, le dijo:
   -¿Qué te parece, amigo mío?  ¿Llevar dinero es inútil o es útil?
   El otro monje no hizo más que reírse.  El primer monje pagó cinco rupias al barquero: había vencido.  Cuando llegaron a la otra orilla, el primer monje dijo de nuevo:
   -¿Qué tienes que decir, amigo mío?  Si no hubiésemos llevado dinero, no habríamos podido cruzar el río.
   El segundo monje se rió a carcajadas.  Dijo:
   -¡Si cruzamos el río no fue porque tú llevases dinero, sino porque eras capaz de desprenderte de él!  Pudimos cruzar el río, no porque tú tuvieses dinero, sino porque podías soltarlo.
   Así, la discusión seguía en pie.  El segundo monje añadió:
   -Yo siempre he dicho que un monje debe tener el valor de soltar el dinero.  Podíamos renunciar a él: por eso pudimos cruzar el río. Si te hubieras aferrado a él, si no lo hubieras soltado, ¿cómo habríamos cruzado el río?
   El problema seguía pendiente.  El primer monje se río también.  Llegaron ante su gurú.  Le preguntaron:
   -¿Qué podemos hacer?  Esta cuestión se ha vuelto muy problemática.  Lo que ha pasado hoy ilustra muy claramente  nuestras diferencias.  Uno de nosotros cree que pudimos cruzar el río porque llevábamos dinero encima, y el otro cree que pudimos cruzarlo porque lo soltamos.  Nos mantenemos firmes en nuestras posturas, y parece que ambos tenemos razón.
   El gurú se rió a grandes carcajadas.
   -Estáis locos los dos –dijo-  Estáis cayendo en la misma tontería en que ha caído la humanidad desde hace siglos.
   -¿Qué tontería es ésa? –preguntaron los monjes. 
   El gurú respondió:
   -Cada uno de vosotros está mirando una parte de la verdad.  Es verdad que sólo pudisteis contratar la barca y atravesar el río porque soltasteis el dinero; pero también es verdad la otra parte: pudisteis dejar vuestro dinero porque tenías dinero que dejar.  Naturalmente, es verdad que pudisteis atravesar el río porque llevabas dinero encima.  Pero la otra parte es igualmente cierta: si no hubieseis llevado dinero, no habríais podido pasar.  Pasasteis el río porque soltasteis el dinero.  Así, ambas cosas son verdaderas.  No hay contradicción entre ambas.


P
ERO NOSOTROS HEMOS CREADO tales dicotomías a todos los niveles de nuestras vidas.  Y el que cree en una de las dos partes es capaz de presentar un argumento convincente para apoyarla.  No es difícil, pues, al fin y al cabo, cada persona cuenta al menos con la mitad de la vida para apoyarse.  Está viviendo la mitad de su vida, lo que no es poco.  Es más que suficiente para defenderlo.  Nada se podrá resolver a base de discusiones.  Habrá que investigar la vida, conocerla en su totalidad.
   Es verdad que yo enseño la muerte, pero eso no quiere decir que esté en contra de la vida. Lo que quiere decir es que la muerte es la puerta de acceso al conocimiento de la vida, y también el reconocimiento de la vida.  Lo que quiere decir es que  no veo que la vida y la muerte sean opuestas entre sí.  Puedo llamarlo “arte de morir” o puedo llamarlo “arte de vivir”: ambos términos significan la misma cosa.  Depende de cómo lo miremos.  Podéis preguntarme: “¿Por qué no lo llamas “arte de vivir”?  Existen motivos para ello.
   El primero es que nos hemos apegado a la vida en extremo.  Y este apego se ha vuelto muy desequilibrado.  También puedo llamarlo “arte de vivir”, pero no quiero llamarlo así porque vosotros estáis demasiado apegados a la vida.  Si os dijera: “Venid a aprender el arte de vivir”, vendrías corriendo porque querrías reforzar vuestro apego a la vida.  Yo lo llamo “arte de morir” para que podáis recuperar vuestro equilibrio.  Si aprendéis a morir, entonces tendréis ante vosotros la vida y la muerte en condiciones de igualdad: se convertirán en vuestro pie izquierdo y en vuestro pie derecho.  Entonces alcanzaréis la vida definitiva.  En su estado definitivo, la vida no contiene ni nacimiento ni muerte, pero tiene dos piernas, a las que nosotros llamamos nacimiento y muerte.
   Naturalmente, si existiera una ciudad cuyos habitantes fueran unos suicidas, donde nadie quisiera vivir, yo no iría allí a hablar del arte de morir.  Allí diría: “Aprende del arte de vivir”.  Y así como yo os digo a vosotros: “La meditación es la puerta de la vida”.  Les diría:”Venid, aprended a vivir, pues mientras no hayáis aprendido a vivir, no sabréis morir.  Si queréis morir; dejad que os enseñe a vivir, pues cuando hayáis aprendido a vivir, habréis aprendido también a morir”.  Sólo entonces acudirán a mí los habitantes de esa ciudad.  Vuestra ciudad es exactamente al revés: vosotros sois los habitantes de una ciudad donde nadie quiere morir, donde todos quieren vivir, donde la gente quiere aferrarse a la vida con tanta fuerza que la muerte no les llegue nunca.  Por eso estoy obligado a hablaros de la muerte.  No es cosa mía; si lo llamo “arte de morir” es por vosotros.  Siempre he dicho lo mismo.
   

U
NA VEZ, EL BUDA LLEGÓ A UN PUEBLO.  Era la madrugada, y el sol estaba a punto de aparecer por el horizonte.  Un hombre se le acercó y le dijo:
-Soy ateo: no creo en Dios.  Tú ¿qué opinas?  ¿Existe Dios?
   El Buda respondió:
   -Sólo Dios es.  No hay nada más que Dios en todas partes.
   -Pero ¡a mí me habían dicho que tú eras ateo!  -dijo el hombre.
   -Te debieron de informar mal –aseguró el Buda-.
   Yo soy teísta.  Ahora lo has oído de mi propia boca.  Soy el mayor teísta que ha habido nunca.  Dios es, y no hay nada más que Dios.
   El hombre se quedó bajo el árbol con una sensación de incomodidad.  El Buda siguió su camino.
   Al mediodía se le acercó otro hombre y le dijo:
   -Soy teísta.  Creo absolutamente en Dios.  Soy enemigo de los ateos.  He venido a preguntarte qué opinas de la existencia de Dios.
   El Buda respondió:
   -¿Dios?  Ni lo hay, ni lo puede haber nunca.  No existe Dios, en absoluto
   El hombre no daba crédito a sus oídos.
   -¿Qué estás diciendo? –exclamó-.  Oí decir que había llegado al pueblo un hombre religioso y viene a preguntarle si existe Dios.  ¿Y me respondes así?
   -¿Yo, hombre religioso? –replicó el Buda-.  ¿Yo, creyente?  Yo soy el mayor ateo que ha habido nunca.
   El hombre se quedó completamente confundido.  Nosotros podemos comprender la confusión de este hombre; pero Ananda, discípulos del Buda, estaba terriblemente intrigado, pues había oído ambas conversaciones.  Se inquietó mucho; no entendía aquello.  Lo de la mañana estaba bien, pero por la tarde había surgido un problema.
   -¿Qué le ha pasado al Buda? –se preguntaba Ananda-  Por la mañana dijo que era el mayor de los teístas, pero por la tarde ha dicho que era el mayor de los ateos.
   Se dedicó a interrogar al Buda aquella noche, cuando estuvieran a solas.  Pero aquella noche Ananda lo esperaba otra sorpresa.
   Cuando cayó la noche se acercó otra persona al Buda y le dijo que no sabía si Dios existía o no.  Aquel hombre debía de ser un agnóstico, una persona que dice que no sabe si existe Dios o no; que nadie lo sabe y que nadie podría saberlo nunca.  Le dijo, pues:
   -No sé si hay un Dios o no.  Tú ¿qué dices?  ¿Qué crees?
   El Buda respondió:
   -Si tú no lo sabes, yo tampoco lo sé.  Y sería bueno que los dos guardásemos silencio.
   Cuando este hombre oyó la respuesta del Buda, también él se quedó confuso.  Le dijo:
   -Había oído decir que estabas iluminado; por eso creías que lo sabrías.
   -Has debida de oír mal –dijo el Buda-  Yo soy un hombre absolutamente ignorante.  ¿Qué conocimiento puedo tener?  Intentad haceros cargo de lo que debía de estar pasando.  Ananda.  Poneos en su lugar.  ¿Advertís su dificultad?  Cuando se hizo de noche y todos se hubieron marchado, tocó los pies del Buda y le dijo:
   -¿Es que quieres matarme?  ¿Qué haces?
   -¡Casi me muero!  Nunca había estado tan alterado y tan inquieto como lo he estado hoy.  ¿Qué es eso que has estado diciendo todo el día?  ¿Estás en tu sano juicio?  ¿Estás seguro de que sabes lo que has dicho hoy?  Por la mañana has dicho una cosa, por la tarde has dicho otra y por la noche has dado una respuesta completamente distinta a la misma pregunta.
   El Buda dijo:
   -Esas respuestas no eran para ti.  Di aquellas respuestas a quienes correspondían.  ¿Por qué las escuchaste?  ¿Te parece bien oír lo que digo a los demás?
   -¡Esto es el colmo!  -dijo Ananda-.  ¿Cómo podía dejar de oírlas?  ¡Yo estaba presente, allí mismo, y no tenía tapados los oídos!  Y ¿cómo podría suceder que yo no quisiera oírte hablar?  Me encanta oírte hablar, sin que me importe con quién hables.
   -Pero ¿por qué estás alterado? –Dijo el Buda-  ¡Mis respuestas no eran para ti!
   -Puede que no lo fueran –dijo Ananda-, pero yo me encuentro ante un dilema.  Te ruego que me respondas ahora mismo: ¿Cuál es la verdad?  ¿Por qué has dado tres respuestas diferentes?
   Buda le explicó:
   -Tenía que llevarlos a los tres a un punto de equilibrio.  El hombre que vino por la mañana era ateo.  Siendo sólo ateo estaba incompleto, pues la vida se compone de términos opuestos.
   Tened esto presente: la persona verdaderamente religiosa es las dos cosas: atea por una parte y creyente en lo divino por otra parte.  Su vida contiene ambos aspectos, pero él armoniza los dos términos opuestos.  En esa armonía misma está la religión.  Y al que sólo cree en Dios le falta madurez religiosa.  Todavía no ha alcanzado un equilibrio en su vida.  Por eso, el Buda dijo:
   -Tenía que introducir equilibrio en su vida.  Se había vuelto muy pesado de un lado, y por eso yo tuve que poner algunas piedras en el otro platillo de la balanza.  Además, también quise desestabilizarlo, pues se había convencido de alguna manera de que no hay Dios.  Era preciso hacerlo titubear en su convencimiento, pues el que llega a una certidumbre, muere.  El viaje debe proseguir; la búsqueda debe continuar.
   El que vino por la tarde era teísta.  Yo tuve que decirle que yo era ateo porque también él se había descentrado; también él había perdido el equilibrio.  La vida es un equilibrio.  EL que alcanza este equilibrio, alcanza la verdad.


E
L MOTIVO POR EL QUE OS DIGO que debéis aprender el arte de morir es que vuestra vida se ha descentrado.  Estáis colocados con mucha solidez en la balanza de la vida y, por eso, todo se ha convertido en piedra.  La vida se ha solidificado; se ha perdido el equilibrio.
   Adelante: invitad también a la muerte.  Decidle: “Ven y sé tú también mi invitada.  Nos alojaremos juntos”.  El día en que la vida accede a vivir con la muerte, se transforma en la vida suprema.  ¡El día que damos la bienvenida a la muerte, que la abrazamos, que la estrechamos contra nosotros, se termina la cuestión!  Ese día desaparece el aguijón de la muerte.  El aguijón se encontraba en nuestra huida de la muerte, en nuestro mido a ella.  Cuando una persona se adelanta y abraza a la muerte, entonces la muerte pierde, la muerte es vencida, porque el hombre que abraza a la muerte, se vuelve inmortal.  Ahora, la muerte no le puede hacer nada.  ¿Qué puede hacerle la muerte cuando el hombre mismo está preparado para desaparecer?
   Existen dos tipos de personas: a las primeras las busca la muerte; las segundas buscan a la muerte.  La muerte busca a los que huyen de ella.  Y otros buscan a la muerte, pero ésta los rehuye constantemente.  Buscan a la muerte sin cesar, pero no la encuentran.  ¿Qué tipo de persona os gustaría ser: la que huye de la muerte, o la que la abraza?  La persona que rehuye la muerte seguirá derrotada; toda su vida será la larga historia de una derrota.  El que abraza a la muerte triunfará inmediatamente sobre ella; ya no existirá la derrota en su vida.  Entonces su vida se convierte en un viaje triunfal.
   Sí: yo enseño el arte mismo de morir.  Os estoy enseñando a morir para que podáis alcanzar la vida.  ¿Sabéis un secreto?  Cuando una persona aprende a vivir a oscuras, cuando acepta la oscuridad absoluta, la oscuridad se convierte en luz para él.  ¿Sabéis que cuando una persona toma veneno con amor, con alegría, como si tomara néctar, el veneno se convierte en néctar para él?  Si no lo sabéis, debéis descubrirlo.  Una de las verdades más profundas de la vida es que cuando una persona acepta el veneno con amor, el veneno deja de ser veneno para él: se convierte en néctar.  Y cuando una persona ha aceptado la oscuridad misma de todo corazón, descubre con asombro que la oscuridad se ha convertido en luz.  Y cuando una persona recibe el dolor con los brazos abiertos. Descubre que ya no hay dolor: para él sólo queda felicidad.
   Al que acepta su estado de agitación y acepta vivir con ella se le abren de par en par las puertas de la paz y de la tranquilidad.  Esto parece una contradicción.  Pero recordad que el que dice que quiere alcanzar la paz nunca puede tener paz, porque decir “quiero alcanzar la paz” es, en realidad, buscar la agitación.  El hombre ya es inquieto de suyo; pero aún existen algunos que se crean una nueva inquietud diciendo: “Queremos tener paz”.
   Una vez acudió a verme un hombre.  Me dijo:
   -He estado en el ashram de Ramana, en Pondicherry, y en el ashram de Ramakrishna: todos están llenos de hipocresía.  Allí no pude encontrar nada más que eso.  Yo busco la paz y no la encuentro en ninguna parte.  Llevo dos años viajando en su busca.  Oí hablar de ti en Pondicherry.  Desde allí he venido directamente a verte.  Quiero la paz.
   Yo le dije:
   -Levántate y márchate ahora mismo por esa puerta; de lo contrario, también podrán decir de mí que soy un hipócrita.
   -¿Qué quieres decir? –me preguntó él.
   -Sencillamente, que te vayas –dije yo-  Y no vuelvas la vista nunca más hacia aquí.  Será mejor que me ponga a salvo antes de que también me llames hipócrita a mí.
   -Pero ¡yo he venido a buscar la paz! –dijo el hombre.
   -Piérdete de vista: eso es todo –dije yo-  Y voy a preguntarte una cosa: ¿a quién has preguntado el modo de sufrir?  ¿Qué gurú te ha iniciado en el arte de la agitación?  ¿A qué ashram has asistido para aprender a estar inquieto?
   -No he ido a ninguna parte –respondió el hombre.
   Entonces yo le dije:
   -Eres un sujeto tan listo que hasta sabes crearte su propia agitación mental.  Entonces ¿qué me queda que enseñarte?  Has seguido un camino para crear tu agitación: sigue el camino opuesto y encontrarás la paz.  ¿Qué quieres de mí?  No digas  a nadie que has venido a verme, ni por equivocación.  ¡Yo no tengo nada que ver con lo que te pasa!
   -Te ruego que me enseñes el camino para encontrar la paz –dijo el hombre.
   -Estás buscando caminos para dejar de agitarte –le dije-  Sólo hay un camino para alcanzar la paz: estate en paz con la inquietud.
   El que acepta a inquietud en su totalidad, el que le dice: “Ven, alójate conmigo.  Sé mi huésped en esta misma casa”, descubre de pronto que la inquietud lo ha abandonado.  Con el cambio de nuestra actitud mental, la inquietud desaparece.  Cuando uno acepta hasta la propia inquietud, su mente se tranquiliza.  ¿Cómo va a durar la inquietud si la mente está sintonizada con la paz?
   Esta inquietud surge de una actitud de no aceptación: incluso de la no aceptación de la inquietud misma.  El que dice que no quiere aceptar la inquietud seguirá inquieto, pues esa misma no aceptación es, en sí misma, la raí del problema.  Alguien dice: “No quiero aceptar la inquietud; no puedo aceptar el sufrimiento; no puedo aceptar la muerte; no puedo aceptar la oscuridad”.  Muy bien: que no las acepte; pero seguirá rodeado de todo lo que no quiere aceptar.  Ved, por el contrario, lo que pasa cuando aceptáis, cuando admitís algo que nadie más quiere admitir.  Descubriréis con gran sorpresa que lo que tenías por enemigo se ha convertido en amigo vuestro.  Si invitáis a vuestro enemigo a que sea huésped vuestro ¿qué otra cosa puede hacer sino volverse amigo vuestro?
   Si he pasado tres días comentando con vosotros estas cuestiones ha sido porque he visto que habíais acudido aquí con el deseo de vencer a la muerte.  Debíais de creer que os enseñaría algún truco para no morir nunca.

   Un amigo ha escrito una carta en la que dice: ¿Vas a enseñarnos a rejuvenecer nuestros cuerpos?  ¿Vas a mostrarnos algún medio alquímico para volvernos jóvenes de nuevo?  Entonces valdría la pena gastarse el dinero para ir allí.


Q
UIZÁS HAYÁIS VENIDO VOSOTROS también con la misma idea.  En tal caso, quedaréis desilusionados, pues aquí os estoy enseñando el arte de morir.  Os digo: ¡Morid!  ¿Por qué huir de la muerte?  Aceptadla; dadle la bienvenida.  Y recordad que os estoy entregando la clave misma de la victoria sobre la muerte.  Por mucho que os sometáis a un proceso de rejuvenecimiento, todavía tendréis que morir.  Es seguro que el cuerpo morirá.
   El rejuvenecimiento sólo puede retrasar un poco más la muerte; es posible evitar así la muerte durante un poco más de tiempo.  Lo único que supone esto es que vuestros problemas se alargarán durante un período mayor.  En vez de morir después de setenta años, podrías morir después de setecientos años.  Los sufrimientos a los que de otro modo podrías haber dado fin al cabo de setenta años se alargarían durante setecientos años.  ¿Qué esperabais?  Los males de setenta años durarán setecientos años.  Las disputas de setenta años durarán hasta los setecientos años.  Las disputas de setenta años se alargarán durante setecientos años: se extenderán, multiplicadas, durante todo ese tiempo.  ¿Qué otra cosa esperabais que sucediera?
   Quizás no se os haya ocurrido, pero si de verdad os encontraseis con una persona que os pudiera dar una poción, diciéndoos: “Tómate esto y vivirás setecientos años”, vosotros le dirías: “Espera un momento: deja que lo piense”.  No creo que ninguno de vosotros se tomase una poción que alargase la vida hasta los setecientos años.  ¿Qué querría decir esto?  Querría decir: “Yo seguiré como soy.  Este yo mismo tendrá que vivir setecientos años”.  Y eso resultará muy costoso; tendría graves consecuencias.
   Si los científicos descubren algún día el modo de dar al hombre una vida infinita (y este descubrimiento no es imposible; no es muy difícil), entonces, recordadlo: la gente empezará a busca un gurú que les enseñe a morir rápidamente.  Así como ahora la gente busca gurús que sean capaces de rejuvenecerles los cuerpos, la gente buscará entonces a alguien que les enseñe el secreto, la técnica de la muerte, para que no los puedan librar de ella ni siquiera los científicos.  Intentarán defraudar al Estado librándose de la vida.
   No comprendemos que una vida larga no tiene sentido.  El sentido de la vida se encuentra en su intensidad.  Una persona puede vivir un solo momento de una manera total, más que lo que puede alcanzar otra en una número infinito de vidas.  Es cuestión de vivir, y sólo la persona que no tiene miedo a la muerte puede vivir.  De lo contrario, ¿cómo va a vivir?  El miedo a la muerte hace temblar al hombre nunca está quieto; no deja de correr.
   ¿Habéis advertido que en el mundo aumenta constantemente la velocidad?  Todo es veloz.  El cohete es mejor que el carro de bueyes en cierto sentido, pues el cohete puede llevarnos más deprisa a los sitios; pero ¿por qué dar tanta importancia a la velocidad?  Quizás no os hayáis dado cuenta de ello, pero la búsqueda de la velocidad por parte del hombre es un intento de huir de donde está.  Donde está, está tan asustado, tiene tanto miedo, que quiere marcharse.  Le parece que en cualquier otra parte estaría mejor que donde está.
   En toda Europa y en América los fines de semana y las fiestas se han convertido en una gran molestia.  La gente se cansa más en estos días que en cualquier otro.  Lo que quieren es saltar al coche y marcharse a toda prisa: a cien kilómetros, a doscientos kilómetros, a trescientos kilómetros, para huir a un paraje tranquilo, al monte, a un pueblo de montaña, a la playa.  Lo que los mueve a marcharse tan deprisa es que los demás también corren, también tienen prisa, y podrían llegar antes al mismo sitio.  Si se les pregunta dónde quieren ir, no lo saben.  Pero una cosa es segura: quieren alejarse del lugar donde están; quieren alejarse de su casa, de su mujer, de su trabajo.
   El hombre es incapaz de vivir, por eso corre tanto de un lado a otro.  Quiere tener vehículos cada vez más potentes para correr más.  Preguntadle dónde va, dónde quiere ir, y os responderá: “No te lo puedo decir ahora mismo, no tengo tiempo.  Tengo que llegar pronto… tenemos que llegar a la Luna; tenemos que llegar a Marte”.  Pasamos corriendo toda nuestra vida.  ¿De qué huimos?  ¿Qué tenemos, por una parte, ser incapaces de vivir plenamente; y, por otra parte, el miedo a la muerte es inminente, está presente? Ambas cosas están conectadas entre sí.  El hombre que tiene miedo a la muerte no será capaz de vivir su vida: seguirá con el temor a la muerte.  Entonces ¿qué solución hay?
   Me preguntáis: “¿Qué solución hay?  ¿Qué remedio tenemos?”  Yo os digo: aceptad la muerte.  Invitad a la muerte y decid: “Adelante, me preocuparé de la vida más tarde: ven tú primero.  Deja que termine contigo primero para que pueda dejar resuelta la cuestión de una vez por todas.  Después viviré a gusto.  Primero voy a ocuparme de ti, y después me asentará a vivir cómodamente”.  La meditación es el medio para aceptar la muerte con esta actitud. La meditación es el medio, la meditación es la solución que permite transmitir a la muerte tal invitación.  El que acepta la muerte de este modo se detiene inmediatamente.  Su velocidad desaparece.
   ¿Lo habéis observado alguna vez?  Cuando estáis enfadados y vais en bicicleta, pedaleáis más deprisa.  Cuando estáis enfadados y conducís un automóvil, pisáis más el acelerador.  Los psicólogos dicen que los accidentes de automóvil no se deben al mal estado de las carreteras sino a la persona que pisa el acelerador: algo anda mal en esa persona.  Tiene los dientes apretados con ira y está pisando más el acelerador, y de alguna manera desea tener un accidente.  Está lleno del deseo de chocar con algo.  La vida le parece tan monótona y tan inútil que quiere darle algo de emoción, algo de variedad, aunque sólo sea chocándose con algo, a falta de otra cosa.  Cree que eso lo emocionará, le hará sentirse bien.  Le parece que tendrá la satisfacción de saber que en su vida ha pasado algo, que ha estado totalmente vacía.
   En Europa y en América muchos criminales han declarado ante los tribunales que no tenían nada en contra de la persona a la que mataron: lo único que querían era ver sus nombres en letras de molde, y aquélla era la única manera a su alcance.  El nombre de una buena persona no aparece nunca en los periódicos: allí sólo leeréis los nombres de los asesinos y de los criminales.  Existen dos tipos de asesinos: los que cometen un único asesinato por causas personales y los que cometen asesinatos colectivos, los políticos.  Sólo los nombres de éstos aparecen en los periódicos; los demás es como si no existieran.  Aunque seáis buenos ciudadanos, vuestro nombre no figurará en los periódicos; pero si dais una puñalada a una persona, saldréis en los titulares.
   Un criminal confiesa ante el tribunal: “No tenía ninguna enemistad contra aquella persona: no había visto nunca a aquel hombre.  Sólo le vi la espalda y le clavé un cuchillo.  Cuando brotó la sangre de la víctima, yo sentí la satisfacción de que por fin había hecho algo de lo que hablaría la gente. De que mi vida no había pasado en vano. El caso aparece en todos los periódicos.  Los tribunales, los jueces y los abogados importantes vestidos con togas negras discuten mi caso con toda seriedad.   Cuando veo todo esto, me parece que también yo he hecho algo, que no soy una persona corriente”.
   La persona que rehuye la muerte, que teme la muerte, se ha quedado tan frustrada, tan triste y aburrida, que está dispuesta a hacer cualquier cosa.  Pero lo único que no hace es dar la bienvenida a la muerte.  En cuanto una persona da la bienvenida a la muerte, en cuanto acepta la muerte, se abre en su vida una puerta nueva, una puerta que lo conduce hasta lo divino.
   En el exterior del templo de Dios está escrita la palabra “Morid”, mientras que dentro desborda el río de la vida.  La gente ve el letrero que dice: “Morid” y vuelve atrás.  Nadie entra. Es una idea muy buena, una idea muy inteligente; de lo contrario, habría una multitud afuera y sería difícil vivir.  Por eso, en el exterior del templo de la vida hay un letrero que dice “Morid”.  Los que se asustan al verlo, huyen.  Por eso os he dicho que hay que aprender a morir.
   El mayor secreto de la vida es aprender a morir, aprender a aceptar la muerte.  Dejad que muera el pasado todos los días.  Muramos todos los días.  No estamos dejando que muera el pasado de ayer.  El hombre de setenta años mantiene vivos los recuerdos felices de su infancia.  Su infancia no ha muerto todavía.  El hombre todavía conserva el deseo de regresar a su infancia.  Es tan viejo que no puede moverse, que está postrado en cama, pero su juventud no ha muerto todavía.  Todavía piensa en las mismas cosas.  Las imágenes se siguen moviendo ante sus ojos.  Nunca acopiamos el valor de morir, nunca dejamos que muera nada, y, en consecuencia, todo se amontona.  No dejamos lo muerto por muerto; por el contrario, lo acumulamos como una carga pesada, y entonces resulta imposible vivir bajo su peso.  Así pues, una de las claves del arte de morir es ésta: dejad lo muerto por muerto.
   Una vez que Jesús pasaba junto a un lago sucedió un incidente maravilloso.  Era de madrugada.  El sol estaba a punto de salir y el horizonte acababa de arrebolarse.  Un pescador había arrojado su red al lago para pescar.  Cuando empezó a sacar la red, Jesús puso su mano en el hombro del pescador y le dijo:
   -Amigo mío, ¿quieres pasar toda la vida pescando peces?
   El pescador ya se había planteado esta cuestión muchas veces.  ¿Hay alguien que no se la plantee?  Naturalmente, los peces pueden ser distintos, la red puede ser distinta, el lago puede ser distinto, pero de todas maneras se plantea la pregunta: “¿He de pasar toda mi vida pescando peces?
   El pescador se dio la vuelta para ver quién era el hombre que le hacía la misma pregunta que él se había planteado.  Miró a Jesús.  Vio sus ojos serenos y alegres, su personalidad.  Le dijo:
   -No tengo otra posibilidad.  ¿En qué otra parte podré encontrar un lago?  ¿En qué otra parte podré encontrar peces y arrojar la red para pescarlos?  Yo también me pregunto si seguiré pescando peces el resto de mi vida.
   Entonces dijo Jesús:
   -Yo también soy pescador, pero arrojo mi red en otro mar.  Ven, sígueme si quieres; pero recuerda: sólo el hombre que tiene valor para renunciar a su red vieja puede arrojar una red nueva.  Deja atrás la red vieja.
   El pescador debía de ser hombre valeroso.  Hay muy poca gente valerosa como él.  Dejó allí mismo su red llena de peces.  Debió de pasarle por la mente el deseo de recoger, al menos, la red que ya tenía llena, pero Jesús le dijo:
   -Sólo pueden arrojar su red al nuevo mar los que tienen valor para dejar atrás la red vieja.  Dejad la red allí mismo.
   El pescador dejó su red y le preguntó:
   -¿Dime dónde debo ir?
   ¡Pareces hombre valiente!  -dijo Jesús-  Tienes capacidad para llegar a alguna parte.  ¡Ven conmigo!
   Cuando se acercaron a las afueras del pueblo, llegó ante ellos un hombre que corría.  Éste detuvo al pescador y le dijo:
   -¿Dónde vas, loco?  Tu padre, que estaba enfermo ha muerto.  ¿Dónde estabas?  Fuimos a buscarte al lago y allí encontramos tu red.  ¿Dónde vas?
   El pescador dijo:
   -Te ruego que me concedas algunos días para enterrar a mi padre y celebrar su funeral.  Después volveré a tu lado.
   Las palabras que respondió Jesús al pescador son enormemente maravillosas.  Le dijo:
   -¡Necio, deja que los muertos entierren a los muertos!  ¿Qué necesidad hay de que vayas?  Ven.  Sígueme.  El que ha muerto ya está muerto; ¿por qué molestarse siquiera en enterrarlo?  No son más que trucos para mantenerlo vivo.  El que ya ha muerto, ha muerto para siempre.  Y hay muchos muertos en el pueblo.  Ellos enterrarán al muerto.  Tú ven conmigo.
   El pescador dudó un momento.  Observándolo, Jesús le dijo:
   -Quizás te he juzgado mal cuando creí que eras capaz de dejar tu red vieja.
   El pescador se detuvo un momento y, después, siguió a Jesús.  Jesús dijo:
   -Eres hombre valiente.  Si eres capaz de dejar atrás a los muertos, puedes alcanzar verdaderamente la vida.

E
N REALIDAD, DEBE SOLTARSE TODO lo que ha muerto en el pasado.
Os sentáis en meditación, pero siempre venís luego a decirme que nunca da resultado, que os siguen llegando pensamientos.  Los pensamientos no llegan así; la cuestión es: ¿habéis llegado a dejarlos?  Siempre seguís aferrados a ellos, ¿cómo echarles la culpa a ellos?  Si un hombre tiene un perro, le da de comer, lo tiene atado en su casa, y de pronto un día lo suelta, lo echa a la calle, y el pobre perro vuelve una y otra vez al hombre, ¿tendría la culpa el perro?
   Todos estos días habéis dado de comer al perro, lo habéis acariciado, le habéis dado cariño, habéis jugado con él, le habéis puesto un collar al cuello, lo habéis tenido en vuestra casa.  Y de pronto decidís meditar y decís al perro que se largue.  ¿Cómo puede ser?  El pobre perro no tiene idea de lo que os ha pasado de una manera tan repentina, de modo que se da algunas vueltas y vuelve a vosotros.  Cree que quizás estéis jugando con él; por eso, cuanto más insistís en echarlo, más juguetón se vuelve, más vuelve a vosotros.  Le parece que está pasando algo nuevo, que quizás el amo esté de buen humor, y por eso se interesa cada vez más por el juego.
   Venís a decirme que los pensamientos no os dejan.  ¿Cómo van a dejaros?  Los habéis alimentado de vuestra propia sangre.  Los habéis atado a vosotros mismos; les habéis puesto un collar al cuello, con vuestro nombre.  Decid a alguien que lo que piensa está equivocado: saltará contra vosotros, diciendo: “¿Qué quieres decir?, ¿qué lo que pienso está equivocado?  ¡Mis pensamientos no pueden estar equivocados nunca!”  De modo que el pensamiento, que lleva un collar con vuestro nombre, vuelve a vosotros.  ¿Cómo va a saber vuestro pensamiento que estáis meditando?  Decís a vuestro pensamiento: “¡Fuera de aquí!  ¡Largo!”  Pero el pensamiento no se va a ir así como así.
   Alimentamos a los pensamientos.  Alimentamos los pensamientos del pasado, los atamos a nosotros mismos.  Pero un día, de pronto, queréis que os dejen.  No os dejarán en un solo día.  Tendréis que dejar de darles de comer, tendréis que dejar de cuidarlos.
   Recordadlo: si queréis dejar los pensamientos, dejad de decir: “Mis pensamientos”.  ¿Cómo podréis dejar algo que consideráis vuestro?  Si queréis quitaros de encima los pensamientos, dejad de interesaros por ellos.  ¿Cómo van a marcharse a no ser que dejéis de interesados por ellos?  De otro modo, ¿cómo van a saber que vosotros habéis cambiado, que ya no os interesan?
   Todos nuestros recuerdos del pasado son pensamientos.  Nos estamos aferrando a toda una red de ellos.  No les permitimos morir.
   Dejad morir vuestros pensamientos.  Dejad muerto lo que está muerto: no intentéis mantenerlo vivo.  Pero lo estamos manteniendo vivo…
   También esto forma parte del arte de morir.  Mantened también presente esta clave: si queréis aprender el arte de morir, dejad lo muerto por muerto.  Ni siquiera hace falta que lo conservéis en vuestra memoria.  Decidle adiós, dejadlo marchar.  Ayer terminó ayer, ahora ya no existe; pero, a pesar de ello, mantiene su presa sobre nosotros.
   Hay otra pequeña pregunta.  Un amigo ha preguntado: ¿Qué es una mente llena de ilusiones?  ¿Qué es una mente muy confusa?  ¿Qué es la claridad mental?


D
EBEMOS COMPRENDER ESTO, pues será útil para la meditación, así como para aprender el arte de morir.  Ha formulado una pregunta muy significativa.  Pregunta: “¿Qué es una mente confusa?”  Pero aquí hemos cometido un error: Decimos “mente agitada”.  Aquí se encuentra el error.  ¿Cuál es el error?  El error es que estamos utilizando dos palabras (“mente” y “confusa”), y la verdad de la cuestión es que no existe la mente confusa.  En realidad, el estado mismo de confusión es la mente.  No existe una mente confusa.  La mente es confusión.
   No se trata de que la mente pueda tranquilizarse: la mente es, en sí misma, la intranquilidad.  Y cuando no hay confusión, no se trata de que la mente se haya tranquilizado: es que la mente ha desaparecido.
   Imaginaros, por ejemplo, que hay una tormenta en el mar, que el mar está agitado.  ¿Dirías que se trata de “una tormenta agitada”?  ¿Diría alguien que es “una tormenta agitada”?  Os limitarías a decir que es una tormenta, pues, “tormenta” ya es, de suyo, sinónimo de “agitación”.  Y cuando se acalla la tormenta, ¿decís que la tormenta se ha quedado tranquila?  ¡Lo único que decís es que la tormenta ya no existe!
   Para comprender la mente, recordad también que “mente” no es más que un sinónimo de “confusión”.  Cuando se hace la paz, no es que la mente se haya quedado en paz, sino, más bien, que la mente ya no existe en absoluto.   Aparece un estado de no-mente.  Y cuando ya no existe la mente, entonces lo que queda se llama atman.  El mar existe aun cuando no hay tormenta.  Cuando desaparece la tormenta, queda el mar.  Cuando la mente confusa deja de existir, lo que queda es el atman, la conciencia.
   La mente no es una cosa, no es más que un estado de confusión, un estado de desorden.  La mente no es una facultad, no es una sustancia.  El cuerpo es una cosa, el atman es otra cosa, y la falta de paz entre ambos se llama mente.  En estado de paz queda el cuerpo, queda el atman, pero ya no hay mente.
   No existe una mente tranquila.  Se trata de un error de expresión, debido a la lengua que nos hemos creado.  Hablamos de “un cuerpo enfermo”, de “un cuerpo sano”.  Esto es correcto.  Existen cuerpos enfermos, claro está, y también existen cuerpos sanos.  Al desaparecer la enfermedad, queda un cuerpo sano.  Pero no es así en el caso de la mente.  No existe “una mente sana” y “una mente enferma”.  La mente es, por sí misma, enferma.  Su mismo ser es la confusión.  Su mismo ser es malsano.  Su mismo ser es una enfermedad.
   No preguntéis, pues, cómo podéis librar a la mente de la confusión, pues, ¿cómo podéis libraros de esta mente? Preguntad cómo puede morir esta mente.  Preguntad cómo podéis eliminar esta mente.  Preguntad qué podéis hacer para que la mente deje de existir.
   La meditación es un medio para acabar con la mente, para despedirse de la mente.  La meditación significa salir de la mente.  La meditación significa apartarse de la mente.  La meditación significa la cesación de la mente.  La meditación significa apartarse de donde reina la confusión.  Al apartarnos de la confusión, la confusión se aquieta, pues lo que  la crea es nuestra propia presencia.  Si nos apartamos, deja de existir.
   Supongamos, por ejemplo, que dos personas tienen una pelea.  Tú has venido a pelear conmigo y estamos peleados.  Si yo me aparto, ¿cómo podría continuar la pelea?  Cesaría, pues sólo puede continuar si yo participo en ella.  Vivimos en un plano mental; estamos presentes allí donde reina el desorden, donde se producen las agitaciones.  No queremos apartarnos de allí, pero queremos llevar allí la paz.  Allí no puede haber paz.  Tened la bondad de apartaros: eso es todo.
   En cuanto os apartéis, la agitación cesará.  La meditación no es una técnica que sirva para llevar la paz a vuestra mente; es, más bien, una técnica para apartaros de la mente.  La meditación es un medio para huir, para alejaros de las olas de la confusión.

   Otro amigo ha formulado una pregunta relacionada con la anterior.  También sería bueno entender esto.  Ha preguntado: ¿Qué diferencia hay entre estar en meditación y practicar la meditación?


E
S LA MISMA DIFERENCIA que ya os estoy explicando.  Si una persona está practicando la meditación, está intentando apaciguar una mente confusa.  ¿Qué hará?  Intentará tranquilizar su mente.  Cuando una persona está en estado de meditación, no está intentando tranquilizar su mente, más bien, está apartándose de ella.
   Si el sol aprieta demasiado, si es insoportable, podéis ver que un hombre abre su sombrilla; y las sombrillas se pueden abrir al sol y uno puede refugiarse en su sombra o bajo cualquier otra sombra para protegerse.  Pero no es posible abrir una sombrilla dentro de la mente.  La única protección posible sería un pensamiento, y éstos no cambian nada.  Sería como si un hombre intentase permanecer bajo el sol con los ojos cerrados pensando que tiene una sombrilla sobre la cabeza y que no siente calor.  Pero habrá de sentir calor.  El hombre intenta hacer algo, intenta refrescar el sol.  Intenta “practicar” la meditación.  Pero hay otro hombre que, cuando hace sol, se limita a levantarse, a pasearse por su casa y a relajarse.  No se esfuerza por refrescar el sol: se limita a apartarse del sol.
   Practicar la meditación significa hacer un esfuerzo, un esfuerzo por cambiar la mente.  Y estar en meditación significa no hacer ningún esfuerzo por cambiar la mente, sino pasar adentro en silencio.
   Debéis tener en cuenta la diferencia entre ambas cosas.  Si haces un esfuerzo por meditar, la meditación no se producirá nunca.  Si intentáis hacer un esfuerzo  os forzáis, os decidís a calmar vuestra mente pase lo que pase, no dará resultado, pues, al fin y al cabo, ¿quién estará haciendo todo esto?  ¿Quién estará dando esas muestras de decisión?  ¿Quién, sino vosotros?
   Ya estáis confusos, inquietos desde el primer momento.  Intentáis calmaros: esto significa que os buscáis un nuevo problema.  Estáis sentados en tensión, dispuestos, olvidándolo todo.  Cuanto más rígidos os ponéis, cuantas más dificultades os encontráis, más tensos os quedáis.  Éste no es el camino.  Yo os pido que meditéis porque la meditación es relajación.  No tenéis que hacer nada: simplemente, relajaros.
   Procurad entenderlo.  Dejadme que os lo explique un poco mejor con un pequeño ejemplo.  Utilizadlo como criterio último.  Un hombre nada en el río.  Dice que quiere alcanzar la otra orilla.  La corriente del río es fuerte y él agita los brazos y las piernas intentando avanzar a nado.  Se cansa, se fatiga, está agotado, pero sigue nadando.  Este hombre se está esforzando.  Nadar es un esfuerzo para él.  Practicar la meditación también es un esfuerzo.  Pero hay otro hombre.  En lugar de nadar, éste se limita a flotar.  Se deja llevar por el río.  No agita los brazos ni las piernas; sencillamente, se acuesta en el río.  El río fluye, y él también fluye.  No nada en absoluto, sólo flota.  No hace falta ningún esfuerzo para flotar; flotar  es un “no-esfuerzo”.
   La me