Author Topic: Encontrad tu propio camino  (Read 1403 times)

Crow

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Encontrad tu propio camino
« on: Marzo 20, 2006, 04:21:02 pm »
Encontrad vuestro propio
Camino

U
N AMIGO HA PREGUNTADO: Has dicho que no hay verdad mayor que la muerte.  También has dicho alguna vez que aquello que llamamos muerte no existe.  ¿Cuál de las dos afirmaciones es verdadera?

A
MBAS SON VERDADERAS.  Cuando digo que no hay verdad mayor que la muerte, estoy haciéndoos ver que el fenómeno de la muerte es una realidad enorme en esta vida, en lo que llamamos “vida” y en lo que entendemos por “vida”; en términos de nuestra personalidad, que consiste en lo que yo describo como “el yo”  Esta personalidad morirá; lo que llamamos “vida” morirá también.  La muerte es inevitable.  Sin duda, vosotros moriréis y yo moriré, y esta vida también se destruirá, quedará reducida a polvo, borrada.
   Cuando digo que no hay verdad mayor que la muerte, quiero recordaros el hecho de que todos vamos a morir.  Y cuando digo que la muerte es completamente falsa, quiero recordaros que dentro de este “yo”, dentro de “vosotros”, hay alguien que no morirá nunca.  Y también hay una vida que es diferente de lo que vosotros creéis que es la vida: una vida sin muerte.  Ambas cosas son verdaderas: son verdaderas a la vez.  Si suponéis que sólo una de ellas es verdadera, no seréis capaces de comprender toda la verdad.
   Si alguien dice que la sombra es una realidad, que la oscuridad es una realidad, tiene razón.  La oscuridad existe, y también existe la sombra.  Y si otra persona dice que la oscuridad no existe, también tiene razón.  Lo que dice es que la oscuridad no tiene una existencia positiva.  Si os pido que me traigáis un par de sacos de oscuridad  no seríais capaces de hacerlo.  Una habitación está llena de oscuridad; pero si os piden que saquéis de ella la oscuridad, no seréis capaces de hacerlo.  O si yo os digo: “Si allí hay oscuridad, haced el favor de traérmela”, no podréis hacerlo.  ¿Por qué?  Porque la oscuridad tiene una existencia negativa; la oscuridad es, simplemente, la ausencia de luz.
   Aunque la oscuridad existe, sin embargo no es más que la ausencia de luz.  Así pues, si alguien dijera que no hay oscuridad, tiene razón.  Existe la presencia de luz y existe la ausencia de luz, pero no existe la oscuridad como tal.  Por esta razón podemos hacer lo que queramos con la luz, pero con la oscuridad no podemos hacer nada.  Si queréis eliminar la oscuridad, tendréis que encender la luz; si queréis producir oscuridad, tendréis que apagar la luz.  No se puede hacer nada directamente con la oscuridad.
   Vais corriendo por una carretera.  Vuestra sombra aparece detrás de vosotros; corre también con vosotros.  Todos pueden ver la sombra; nadie puede negar su existencia.  Pero también puede decirse que no hay sombra, porque no tiene entidad propia.  La sombra existe porque vuestro cuerpo detiene la luz del sol.  Cuando vuestro cuerpo detiene la luz, se forma una sombra; cuando tenéis el sol sobre la cabeza, no se forma sombra, porque los rayos del sol no se detienen. Si hiciéramos una figura humana de vidrio, no aparecería ninguna sombra, porque los rayos atravesarían el cristal.
   Cuando se bloquea la luz, se forma una sombra; la sombra no es más que una ausencia de luz.  Por tanto, si una persona dice que la sombra existe, no se equivoca.  Pero ésta es una verdad a medias.  Debería añadir, además, que la sombra no existe.  En tal caso la verdad queda completa.  Esto significa que una sombra es algo que existe pero, a la vez, no existe.  Pero con nuestra manera de pensar no somos capaces de ver nada si no lo dividimos en dos partes independientes.
   Una vez juzgaron a un hombre acusado de cometer un asesinato.  Había matado a otro hombre, y los que habían visto cometer el crimen se presentaron como testigos.  Un testigo dijo:
   -El crimen se cometió al aire libre y brillaban las estrellas en el cielo.  Yo veía las estrellas y vi el crimen.
   A continuación se presentó otro testigo ocular que dijo:
   -El crimen se cometió dentro de la casa, cerca de la puerta junto a una pared.  Hay manchas de sangre en la pared, y, como yo estaba junto a la pared, también se me manchó de sangre la ropa.  Este asesinato se cometió dentro de la casa.
   El juez estaba confuso.  ¿Cómo podían decir la verdad los dos?  Evidentemente, uno de los dos mentía.  El asesino se echó a reír.  El juez le preguntó de qué se reía.  El asesino dijo:
   -Le diré que ambos tienen razón.  La casa estaba a medio construir: todavía no se había levantado el tejado.  Se veían las estrellas.  El asesinato se cometió a cielo abierto, pero cerca de la puerta, junto a la pared que está manchada de sangre.  La casa estaba casi terminada: habían construido las paredes; sólo faltaba el tejado.  De modo que ambos tienen razón.
   La vida es tan complicada que hasta las cosas que parecen contradictorias resultan verdaderas.  La vida e muy compleja.  La vida no es como creemos: contiene muchas contradicciones; es muy vasta.
   En cierto sentido, la muerte es la mayor de las verdades, pues el modo en que vivimos tendrá fin; moriremos, dejando de ser como somos, y el marco que hemos creado también será destruido.  Aquellos a los que consideramos como todo nuestro mundo (nuestra esposa o marido, nuestro hijo, nuestro padre, nuestro amigo) morirán también.  Pero, al mismo tiempo, la muerte es una falsedad, porque hay algo que reside dentro del hijo que no es el hijo, y que no morirá nunca.  Hay algo que reside dentro del padre que no es el padre, y que no morirá nunca.  El padre morirá, por supuesto, pero dentro de él hay algo más que el padre, más allá de la relación familiar, que no muere.
   El cuerpo morirá, pero hay algo dentro del cuerpo que no muere nunca.  Ambas cosas son verdaderas a la vez.  Así pues, es preciso tener presentes ambas cosas para comprender la naturaleza de la muerte.

O
TRO AMIGO HA PREGUNTADO: Las cosas que queremos suprimir, tales como las cadenas de la fe ciega o de la superstición, quedan confirmadas todavía más en tus charlas.  Según lo que dices, parece ser que hay vida tras la muerte, que hay dioses y fantasmas, que existe la transmigración del alma. En ese caso, será difícil librarse de las supersticiones.  ¿No se reforzarán todavía más?

   Es preciso comprender dos cosas en este sentido.  La primera e que si algo se toma como superstición sin estudiarlo e investigarlo debidamente, ello equivale a crear una superstición todavía mayor: es muestra de una mentalidad altamente supersticiosa.  Una persona cree que hay fantasmas y espíritus malignos y vosotros la llamáis supersticiosa, y eso os hace sentiros muy entendidos.  Pero la pregunta es: ¿qué es la superstición?  Si alguien cree que hay fantasmas y espíritus malignos sin investigarlo, eso es superstición; y si otra persona cree que no existen tales cosas, también eso es superstición.  La superstición es creer algo sin saber si es cierto.  Una persona no es supersticiosa por el mero hecho de que tenga creencias opuestas a las vuestras.
   El que cree en Dios puede ser tan crédulo como el no creyente.  Debemos comprender la definición de superstición.  Significa creer ciegamente en algo sin comprobarlo.  Los rusos son unos supersticiosos ateos; los hindúes son unos teístas supersticiosos: ambos caen en la fe ciega.  Los rusos nunca se han preocupado de descubrir si es verdad que Dios existe: se han limitado a creerlo así; y los hindúes tampoco han procurado descubrir si es verdad que Dios existe antes de creerlo así.  Por lo tanto, no cometáis el error de creer que sólo los teístas son supersticiosos: los ateos también tienen sus propias supersticiones.  Parece contradictorio: ¿cómo puede existir una superstición científica?
   Si habéis estudiado geometría, debéis conocer la definición de Euclides que dice que la línea tiene longitud pero no tiene grosor.  Y bien, ¿acaso puede haber algo más supersticioso que esto?  Nunca ha existido una línea sin grosor.  A los niños se les enseña que el punto no tiene ni longitud ni grosor; y hasta el más grande de los científicos parte del supuesto de que el punto no tiene longitud ni grosor.  ¿Puede existir un punto sin longitud ni grosor?  Todos estamos acostumbrados a usar las cifras del uno al nueve.  Bien podríamos preguntarnos: ¿es que esto no es una superstición?  ¿Por qué nueve cifras?  Ningún científico puede explicar por qué se usan nueve cifras.  ¿Por qué no siete?  ¿Qué tiene de malo el siete?  ¿Por qué no tres?  Algunos matemáticos (Leibniz fue uno de ellos) se las arreglaron con sólo tres cifras.  Leibniz dijo: al uno, dos, tres, les sigue el diez, once, doce, trece; después viene el veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés.  Así era su sistema de numeración; se manejaba muy bien con él, y desafió a los que no estaban de acuerdo con él a que demostrasen que estaba equivocado.  Puso en tela de juicio la necesidad de nueve cifras.
   Más tarde, Einstein dijo que tampoco eran necesarias siquiera tres cifras y que bastaba con dos; sería difícil arreglárselas con solo una cifra, pero dos son suficientes.  La necesidad de nueve cifras en las matemáticas es una superstición científica.  Pero el matemático tampoco está dispuesto a renuncia a ella.  Dice: “¿Cómo podemos trabajar con menos de nueve cifras?”  Así pues, esto no es más que una creencia; no tiene más significado que esto.
   Desde un punto de vista científico creemos que son verdad centenares de cosas que,  en realidad, son supersticiones.  Los científicos también son supersticiosos, y en nuestros tiempos se están disipando las supersticiones religiosas mientras aumentan las supersticiones científicas.  La diferencia entre las dos consiste, simplemente, en que si preguntáis a una persona religiosa cómo llegó a conocer la existencia de Dios, os dirá que está escrito en el Gita, mientras que si le preguntáis cómo llegó a saber que la aritmética funciona con nueve cifras, os dirá que está escrito en el libro de tal o cual matemático.
   ¿Qué diferencia hay entre las dos?  Las respuestas de cierto tipo se encuentran en el Gita, en el Corán; las respuestas de otro tipo se encuentran en un libro de matemáticas.  ¿Qué diferencia hay?  Esto demuestra que tenemos que comprender lo que es realmente la superstición.  La superstición es aquello en lo que creemos sin tener un conocimiento de ello.  Aceptamos muchas cosas y rechazamos muchas cosas sin saber nada de ellas: también esto es supersticioso.
   Suponed que en un pueblo un hombre es poseído por un espíritu.  Las personas cultas dirán que es una superstición.  Supongamos que las personas sin cultura son supersticiosas: ya las hemos tachado de supersticiosas porque estas personas sencillas, como son incultas, son incapaces de presentar ningún argumento que apoye su creencia.  Así, todas las personas cultas del pueblo sostienen que el cuento de que este hombre está poseído por un espíritu es falso; pero no saben que en una universidad como la de Harvard, en los Estados Unidos, hay un departamento en que se llevan a cabo investigaciones sobre los espíritus y los fantasmas. El departamento ha publicado incluso fotografías de  estos seres.  No tienen ni idea de que en la actualidad algunos científicos muy respetados realizan serias investigaciones sobre los fantasmas y los espíritus, y han obtenido tales resultados que más tarde o más temprano llegarán a darse cuenta de que eran ellos, los hombres cultos, los que eran supersticiosos, y de que si bien aquellos a los que llamaban supersticiosos no sabían nada de aquello en lo que creían, lo que decían era verdad.
   Si leéis a Ryon o a Oliver Lodge, os sorprenderéis, Oliver Lodge fue un científico que recibió el premio Nobel.  A lo largo de toda su vida hizo investigaciones sobre los fantasmas y los espíritus.  Antes de morir dejó escrito un documento en el que decía: “Todas las verdades de la ciencia que he descubierto no son, ni mucho menos, tan verdaderas como los fantasmas y los espíritus.  Pero no tenemos conocimiento de ellos porque los supersticiosos cultos no se preocupan de enterarse de los descubrimientos que se producen en el mundo.”
   Si una persona dice que es capaz de leer la mente de otro, decimos que es una superstición.  En Rusia, donde hay científicos a los que podríamos llamar “rigurosos”, hay un hombre llamado Fiodev.  Es un gran científico ruso.  Ha comunicado sus pensamientos desde Moscú, sin medios visibles, a la mente de una persona que estaba en Tiflis, a mil quinientos kilómetros de distancia.  Esto se examinó científicamente y se comprobó que era cierto.  Los científicos realizan investigaciones de este tipo porque tarde o temprano resultarán útiles en los viajes espaciales.  En el caso de una avería mecánica en una nave espacial, que siempre es posible, los científicos podrán ponerse en contacto con los tripulantes por estos medios.  De otro modo, la nave espacial podría perderse para siempre.  Con este fin los científicos rusos están realizando investigaciones intensivas sobre la telepatía y han obtenido resultados asombrosos.
   Fiodev realizó sus investigaciones con la colaboración de un amigo suyo.  Su amigo estaba en Tiflis, a mil quinientos kilómetros, y se había escondido tras un arbusto, en un parque, provisto de un aparato de radio, y Fiodev y él estaban en contacto.  Al cabo de cierto tiempo, el amigo informó a Fiodev de que había llegado un hombre que se había sentado en el banco número diez.  Pidió a Fiodev que enviara a aquel hombre el mensaje de que se durmiera en tres minutos.  El hombre estaba plenamente despierto; estaba fumando y tarareando a solas.  Fiodev empezó a enviarle sugerencias (tal como hago yo). “Te estás relajando; te estás relajando.”  A una distancia de mil quinientos kilómetros.  Fiodev le envió intensamente durante tres minutos esta sugerencia: “Duérmete; duérmete.”  Al cabo de tres minutos exactamente, el hombre que estaba sentado en el banco se quedó dormido y se le cayó el cigarrillo de las manos. 
   Pero podía tratarse de una coincidencia.  Era posible que el hombre que se había sentado en el banco estuviera cansado y se hubiera quedado dormido.  De manera que el amigo dijo a Fiodev que el hombre se había quedado dormido, en efecto, pero que podía tratarse de una coincidencia, así que pidió a Fiodev que lo despertase exactamente siete minutos más tarde.  Fiodev envió a aquel hombre sugerencias de que se despertase, y exactamente siete minutos más tarde el hombre abrió los ojos y se levantó.  El hombre del banco era un desconocido; no tenía idea de lo que estaba pasando, y el amigo de Fiodev lo abordó y le preguntó si había sentido algo raro.
   -Sí –dijo el hombre-, desde luego que sí.  Estoy muy extrañado.  Había venido aquí para esperar a una persona, y de pronto sentí que mi cuerpo estaba a punto de quedarse dormido.  Perdí el control y me quedé dormido.  Y después tuve una fuerte sensación de que alguien me decía: “Levántate, levántate. ¡Levántate dentro de siete minutos!”.  No entiendo nada.
   El hombre no tenía la menor idea de lo que había sucedido.
   La comunicación del pensamiento sin ningún medio visible se ha convertido en una realidad científica, pero una persona culta lo llamaría superstición.  Es posible que un enfermo sea curado desde una ciudad distante: no es demasiado difícil.  También es posible curar una mordedura de serpiente desde miles de kilómetros de distancia: no tiene gran dificultad.  Pero hay muchos tipos diferentes de supersticiones.  Y recordad que la superstición de la persona culta siempre es más peligrosa que la de la persona inculta, porque la persona culta no considera que su superstición sea una superstición.  Para ella, es una consecuencia a la que ha llegado después de mucha reflexión.
   Este amigo nos dice ahora que tenemos que romper las cadenas de la superstición.  Aseguraos primero de que existen cadenas, de lo contrario podéis romper también los brazos y las piernas a alguien.  Sólo se pueden romper cadenas cuando hay tales cadenas.  ¿Y si no hay ninguna?  Debéis aseguraos también de que lo que tomáis por una cadena que debe romperse no resulta ser un adorno que tendréis que reconstruir.  Todas estas cosas deben estudiarse con mucho cuidado.
   Yo estoy en contra de la superstición por completo: deben suprimirse las supersticiones de todo tipo.  Pero esto no significa que esta supresión sea una superstición mía.  No significa que debamos ponernos a suprimirlas sin comprenderlas claramente, que debamos empeñarnos en romperlas sin una reflexión adecuada.  Tal supresión arbitraria también se convertiría en supersticiosa.
   Cada época tiene sus propias supersticiones.  Recordadlo: las supersticiones también tienen sus modas.  Las supersticiones adoptan una forma nueva en cada época.  El hombre abandona las supersticiones antiguas y adopta otras nuevas, pero nunca se libera de ellas para siempre; la modifica y las cambia.  Pero nosotros no nos damos cuenta de ello nunca.
   Por ejemplo, hubo una época en que corría la superstición de tener por religioso al hombre que se aplicaba el tilak, la señal en la frente.  ¿Qué tiene que ver la aplicación del tilak con la religiosidad?  Pero así se entendería.  Y el que no se aplicaba el tilak era tildado de irreligioso.  Esta vieja superstición ya no está de moda.  Ahora tenemos nuevas supersticiones, igualmente necias.  Al hombre que lleva corbata se le considera distinguido: el que no la lleva es tenido por vulgar.  Es lo mismo: no hay ninguna diferencia.  La corbata ha sustituido al tilak, y el hombre sigue siendo el mismo.  ¿Qué diferencia hay?
   La corbata no es mejor que el tilak.  Quizás sea peor todavía, pues al menos la aplicación del tilak tenía un significado.  La corbata no tiene significado alguno en este país, aunque quizás lo tenga en algún otro país.  La corbata es útil en los países fríos, pues sirve para proteger la garganta del frío.  En esos países, el hombre que no puede protegerse del frío la garganta debe de ser pobre, evidentemente. El hombre adinerado puede protegerse la garganta con una corbata; pero cuando alguien se pone una corbata al cuello en un país cálido como el nuestro nos da un poco de miedo: ¡nos preguntamos si es un hombre adinerado o un loco!
   El hecho de que una persona sea adinerada no significa que tenga que padecer el calor o llevar aquel lazo al cuello.  La corbata es un lazo; la corbata es un nudo corredizo.  Llevarla en al algún país frío tiene sentido, pero llevarla en un país cálido no tiene el menor sentido.  A pesar de lo cual, el hombre que tiene cierto concepto de su dignidad (el magistrado, el abogado, el político) sale con su lazo al cuello.  ¡Y estas mismas personas tachan de supersticiosos a los que llevan el tilak!  Bien podríamos preguntarles: “¿Acaso no es también una superstición llevar corbata?  ¿En virtud de qué principio científico os habéis atado ese lazo al cuello?”  Pero la corbata es aceptable porque es una superstición de esta época, y el tilak es inaceptable porque es una superstición de otra época.
   Como dije antes: así como la corbata tiene algún significado para los habitantes de los países fríos, la aplicación del tilak también puede tener un significado; pero es absolutamente peligroso y erróneo decir que se trata de una superstición sin reflexionar sobre ello.  Quizás no hayáis pensado por qué se aplica el tilak.  Se suele aplicar por superstición; pero cuando la gente se lo aplicaba originalmente, tenía cierta explicación científica.  En concreto, el tilak se aplica en la frente, en el punto situado entre los ojos donde está situado el agya chakra, el chakra del tercer ojo.  Este punto se calienta en cuanto se practica un poco la meditación, pero se enfría aplicando madera de sándalo.  La aplicación de la madera de sándalo es una técnica muy científica, pero que ya se ha perdido: a la gente ya no le interesa esa ciencia.  Ahora ya nadie se aplica madera de sándalo, aunque sepa lo que es el agya chakra, practique o no practique la meditación.
   Es extraño ver a gente que lleva corbata en los países cálidos.  La costumbre de levar corbata puede tener una base científica en los países fríos, y, del mismo modo, el tilak tiene un significado científico para el que medita sobre el agya chakra, pues la madera de sándalo enfría ese punto.  Cuando se medita sobre el agya chakra, se produce un estímulo y esa zona se calienta: hay que enfriarla; de lo contrario pueden producirse daños en el cerebro.  Pero si nos propusiésemos eliminar todos los tilak, se lo quitaríamos, por supuesto, a todos los que lo llevan sin sentido, pero también se lo quitaríamos de la frente al pobre hombre que quizás se lo haya aplicado por razones personales.  Y si no se lo quiere quitar, lo llamaremos supersticioso.
   Lo que quiero decir es que no hay manera de determinar lo que es supersticioso y lo que no lo es.  En realidad, una misma cosa puede ser una superstición en ciertas circunstancias y puede ser científica en circunstancias diferentes.  Una cosa que puede parecer científica en ciertas circunstancias puede parecer acientífica en un conjunto diferente de circunstancias.
   Por ejemplo, en el Tíbet existe la costumbre de bañarse una vez al año, cosa muy racional, porque en el Tíbet no hay polvo y, como el clima es frío, la gente no suda, por lo cual no necesitan bañarse.  Bañarse todos los días sería dañino para sus cuerpos: les haría perder mucho calor corporal.  Y ¿cómo podrían recuperar ese calor?  En el Tíbet sería muy costoso estar desabrigadas.  Si una persona pasara todo el día desabrigada, necesitaría un cuarenta por ciento más de alimentos para recuperar las calorías que perdería.  En un país como la India, el hombre que anda desnudo es respetado, pues se le considera un asceta.  Mahavira era razonable: iba desnudo; y en un país cálido como éste, cuanto más calor desprende el cuerpo, más fresco se siente en su interior.  Pero si llegara al Tíbet un seguidor de Mahavira desnudo, merecería que lo recluyeran en un manicomio.  Aparecer así en el Tíbet será completamente acientífico, una estupidez. Pero así sucede siempre.
   Cuando viene a la India un lama tibetano, no se baña nunca.  Una vez conviví con Boda Gaya con unos lamas tibetanos.  Olían tan mal que era un tormento estar sentado a su lado.  Cuando les pregunté a qué se debía aquello, me respondieron: “Seguimos la regla de bañarnos sólo una vez al año.”  Aquí es donde establezco la diferencia entre la superstición y la ciencia.  Lo que es una ciencia en el  Tíbet es una superstición en la India.  Aquí, estos lamas huelen mal sin darse cuenta de que sus cuerpos sudan mucho ni de que hay mucho polvo.
   Nosotros no nos damos cuenta, pero hay países donde no hay nada de polvo.  Cuando Kruschev vino a la India por primera vez lo llevaron a Agra para que viera el Taj Mahal, y por el camino vio que se formaba un remolino de polvo.  Hizo parar el coche, se apeó y se puso en el centro del remolino.  Estaba muy contento.  Dijo: “¡Qué suerte! Nunca había tenido una experiencia como ésta.”  A nosotros no nos parecía una suerte vernos rodeados de tanto polvo.  Pero en su país hay montones de nieve, no de polvo.  Era una experiencia fascinante para él, como lo es la nieve para nosotros.  ¡Cuánto nos emociona caminar por la nieve en el Himalaya!  Por lo tanto, no os pongáis a romper cosas porque creáis que son cadenas, sin considerar antes la época, las circunstancias y su utilidad.
   La mentalidad científica es la que siempre titubea.  La persona que tiene mentalidad científica nunca toma una decisión precipitada diciéndose: “Esto es correcto y aquello es erróneo”.  Siempre se dice: “Es posible que esto sea correcto, pero voy a investigar todavía más.”  Aun al final de sus investigaciones no toma una decisión afirmando con certeza: “De acuerdo; esto es erróneo: vamos a suprimirlo.”  La vida es tan misteriosa que no podemos afirmar nada de una manera tan definitiva.  Lo único que podemos decir es: “De momento conocemos hasta aquí, y a la luz de estos conocimientos parece que tal y tal cosa es errónea.”  Eso es todo.  La persona con actitud científica dirá: “A la luz de la información de que disponemos hasta el momento, hoy no parece que tal y tal cosa sea correcta; pero, con una nueva información, puede parecer correcta mañana.”  Esta persona no toma nunca una decisión precipitada sobre lo que es correcto y lo que es erróneo.  Siempre sigue investigando con mentalidad inquisitiva y humilde.
   Mantener una superstición produce agrado, y también produce agrado quebrantarla.  Lo agradable de mantener una superstición es que nos ahorra el trabajo de pensar: creemos lo que creen todos los demás.  Ni siquiera queremos preguntarnos la explicación ni por qué es así.  ¿Por qué molestarnos?  Nos limitamos a seguir a la multitud.  Tener supersticiones es cómodo.
   Y también hay personas que se dedican a quebrantar las supersticiones: también eso es muy cómodo.  La persona que quebranta las supersticiones da la impresión de ser racional sin serlo verdaderamente.  No es fácil ser racionales: para ver las cosas racionalmente hay que poner en tensión todos los nervios.  El hombre estudia tan detenidamente las cosas que le resulta difícil hacer afirmaciones categóricas.  Dirá: “En tales circunstancias es válido no bañarse en el Tíbet, mientras que en tales otras circunstancias es una superstición absoluta no bañarse en la India.”  La persona que piensa racionalmente hablará de este modo.
   Por otra parte, el reformista social no se preocupa de lo que dice: se preocupa de suprimir cosas; quiere suprimir ciertas cosas.  Yo le digo: adelante; suprime.  Hay muchas cosas que deben  ser suprimidas; pero lo primero que hay que suprimir, sin embargo, es la irreflexión.  Lo primero que hay que suprimir es la tendencia a obrar sin pensar racionalmente las cosas antes.  Lo que significa esto es que si destruís algo sin pensarlo debidamente, esa destrucción no tiene valor.  Hay que implantar la tendencia a pensar racionalmente, y hay que suprimir la tendencia a creer irreflexivamente.  Esto nos llevará a ver contextos diferentes, significados diferentes.  De esta forma, emprenderemos una búsqueda intensiva; pensaremos y razonaremos.  Así, consideraremos todas las posibilidades.
   El psicoanálisis es muy popular en Occidente, y lo más interesante es que el psicoanálisis está realizando la misma labor que desempeñan los médicos brujos de toda la vida en los pueblos.  Actualmente existe en Francia una secta activa fundada por Cuvier se basa en los mismos principios del médico brujo, con la diferencia de que Cuvier es un científico y utiliza terminología científica.  Por lo demás, todo es lo mismo: no hay diferencia alguna.
   Os sorprenderá saber que cuando un sadhu, un asceta medicante, un hombre corriente del pueblo sin conocimientos de medicina, entrega en nombre de Dios una pizca de ceniza a un enfermo, decimos que es una superstición.  Pero tiene la misma eficacia que produce la misma proporción de curaciones que el tratamiento alopático.  Es muy interesante: la misma proporción.  Se están realizando muchos experimentos en este sentido.
   En un hospital de Londres se realizó un experimento único.  Un conjunto de cien pacientes que padecían una misma enfermedad se dividió en dos grupos.  A cincuenta pacientes se les inyectó la medicación habitual, y a los otros cincuenta se les inyectó agua.  Y lo maravilloso fue que la proporción de pacientes curados fue la misma en ambos grupos.  De modo que surgió una pregunta: ¿Qué pasa aquí?
   En vista de este experimento, se hizo necesario examinar más de cerca la cuestión.  Y lo que quedó claro fue que la idea, la sensación de que se está recibiendo un medicamento, tiene un efecto más poderoso que el medicamento mismo.  Además, ni siquiera el medicamento, la administración del medicamento mismo, tiene tanto efecto como la idea de lo caro que es el medicamento y de la fama que tiene el médico.  Un médico menos conocido fracasa en su tratamiento, no porque no conozca su profesión, sino, simplemente, porque no es muy conocido.  El médico famoso impresiona inmediatamente al paciente.  Con su atuendo ostentoso, su consulta bien instalada, sus minutas, su coche grande, la necesidad de pedir hora con mucho adelanto, la multitud de pacientes, la cola: todo eso nos impresiona tanto que no importa mucho que sepa o no lo que nos está dando.
   La verdad es que para ser un buen médico no hace falta tener grandes conocimientos de medicina; lo que hace falta es tener excelentes conocimiento del arte de la publicidad.  La cuestión es lo mejor o peor que el médico se sepa anunciar.  Lo que arroja beneficios es la publicidad, no la medicina.
   Hace poco se publicaron unas estadísticas médicas según las cuales en Francia hay unos ochenta mil médicos y unos cientos sesenta mil curanderos.  Cuando el paciente se cansa de los médicos titulados lo curan los que no saben medicina.  Pero saben tratar a un paciente.  Por eso vemos que se practican tantas “patías”.  ¿No os extraña que abunden tanto las “patías” en esta era de la ciencia?  Hasta la naturopatía da resultado: un emplasto de arcilla en el vientre da resultado; un enema de agua da resultado; los amuletos  del médico brujo dan resultado.  Hasta la homeopatía, que no consiste más que en pequeñas píldoras de azúcar, da resultado.  Todo ello da resultado, como la alopatía.

   Por eso surge la pregunta: ¿cómo se cuera el paciente?  Si un curandero de aldea receta un poco de polvo y cura a sus pacientes, tendremos que pensar con cuidado; tendremos que preocuparnos de si conviene o no romper estas supersticiones.  El hombre que lleva un estetoscopio al cuello y que tiene un coche grande también es capaz de curar a sus pacientes por métodos científicos.  Pero aquí también interviene una magia: la magia del coche, del estetoscopio.
   Yo conozco a un curandero.  No tiene ningún título universitario, pero ha curado a muchos pacientes que yo le he enviado, pacientes que habían sido desahuciados por otros médicos.  Es listo; tiene una notable comprensión de la naturaleza humana.  En realidad, ¡así es como llega uno a ser médico titulado!  Cuando uno visita su clínica para recibir un tratamiento, él realiza el diagnóstico de tal modo que al paciente le desaparece la mitad de la enfermedad mientras el médico le diagnostica.  Es un médico extremadamente hábil; intimida a todos los demás médicos.
   Tiene una sala de consultas grande, imponente y de aspecto serio, con una gran mesa en la que hace tenderse al paciente.  Sobre el pecho del paciente cuelga una cosa parecida a un estetoscopio.  Este artilugio está conectado a dos tubos transparentes llenos de agua coloreada.  Cuando aplica al pecho del paciente el artilugio semejante a un estetoscopio, los latidos del corazón hacen saltar el agua del tubo.  El paciente ve saltar el agua y se convence de que se encuentra en presencia de un gran médico: nunca había visto a un médico como éste.  Lo que utiliza es una especie de estetoscopio, aunque no se lo aplica a los oídos: observa la subida y la bajada del agua en los tubos, y esto convence al paciente de que éste no es un médico corriente.
   ¿Sabes por qué los médicos alopáticos escriben las recetas con una letra tan ilegible?  El motivo es que si fueseis capaces de leerlas, descubrirías que son una cosa tan corriente que podrías comprarla incluso en el mercado; por eso, la receta se escribe intencionalmente de tal modo que vosotros no podéis leerla.  En concreto, si presentaseis de nuevo esa misma receta al médico, no sería capaz de entender lo que había escrito él mismo.  Otra cosa interesante es que los nombres de todas las medicinas tienen que estar escritos en latín y en griego.  El motivo es sencillo: si tuviera que escribir en inglés, en hindi o en gujarati, jamás le pagarías diez o quince rupias por una inyección: sabrías que no era más que una decocción de semillas de alcaravea.
   Todos éstos son trucos mágicos.  Es lo mismo que el pueblerino que administra a sus pacientes una pizca de ceniza.  Pero tampoco esto sería eficaz si tuviera el aspecto de persona corriente.  Pero si va vestido con una túnica ocre, tendrá mayor efecto.  Y si el hombre tiene fama de honrado, de virtuoso, de amable y de sincero, la pizca de ceniza tendrá mucho más efecto.  Si se sabe que no pide dinero, que ni siquiera toca nunca el dinero, entonces la ceniza tendrá un efecto electrizante.  Así pues, lo que tiene un efecto no es la ceniza, son los demás factores que intervienen.  Hay que estudiar con cuidado si se debe seguir permitiendo que se practiquen estas curaciones; pues si se prohíben estas curaciones, será preciso encontrar otras, igualmente falsas, para que las sustituyan.  El proceso no tiene fin.
   Es necesario hacer que la persona piense racionalmente para que no se provoque enfermedades falsas a sí mismo.  Mientras sigan contrayéndose enfermedades falsas, seguirán apareciendo médicos falsos.  Si elimináis los antiguos métodos falsos, aparecerán otros nuevos; y si elimináis éstos, nacerán otros.  Existen tantos tipos de tratamiento en el mundo que no hay manera de decidir cuál es el correcto: todos afirman que son útiles para curar las enfermedades.  Y sus afirmaciones son válidas: curan las enfermedades, en efecto.
   Cuanto más ahondamos en el psiquismo humano, más claro queda que la enfermedad está en alguna parte de la mente humana.  Mientras la enfermedad se encuentre en la mente humana, seguirán existiendo también los tratamientos falsos.  Por esta razón, a mí no me preocupa tanto eliminar los tratamientos falsos: me preocupa más poner fin a la enfermedad en la mente humana.  Si desaparece la enfermedad en la mente humana, si se despierta la conciencia del hombre, si éste se vuelve juicioso, no estará rodeado de problemas molestos.  Si vais a recoger la ceniza, no es porque en un pueblo haya un hombre que la reparte.  No: si el hombre la reparte, es porque vosotros estáis deseosos de recogerla.
   Nadie se convierte en vuestro líder por sí mismo: sois vosotros los que no sois capaces de vivir ni un instante sin un líder; éste es el motivo por el que alguien tiene que convertirse en líder.  Si elimináis a un líder, encontraréis a otro, y si éste es eliminado, encontraréis a un tercero.  Y, en realidad, mientras estáis eliminando a un líder; ya os habréis enterado de quién queréis como nuevo líder.  Por eso, los líderes de todo el mundo conocen bien la necesidad de seguir dirigiendo partidos de oposición.  Saben, con confianza, que cuando el pueblo se cansa de un líder elige automáticamente al segundo, y que cuando se cansa del segundo lo sustituye por el tercero.  Por eso funciona en todo el mundo el bipartidismo.  La gente es igual en todas partes.
   En las últimas elecciones yo estaba en Raipur.  Un amigo mío, que vive en Raipur desde hace mucho tiempo, había salido elegido varias veces como diputado, pero aquella vez había sido derrotado.  En su lugar salió elegido otro amigo mío, completamente desconocido y que había llegado a Raipur recientemente.  Pregunté a mi amigo cómo había sucedido aquello.  ¿Cómo había podido perder su escaño a favor de un recién llegado?
   -Está muy claro –me dijo-  La gente se había acostumbrado demasiado a mí.  Ese hombre es una cara nueva: la gente no lo conoce todavía.  No hay de qué preocuparse: cuando él se convierta también en personaje familiar, también quedará derrotado.  Tendré que esperar a que llegue el momento de nuevo.  Por entonces se habrán vuelto a olvidar de mí, y entonces tendré ventaja.
   En el fondo, no es cuestión de eliminar a este líder o a aquel, de suprimir esta superstición o aquella: esa no es la cuestión.  La cuestión es producir en el hombre un cambio fundamental.  La mentalidad científica no será muy partidaria de la superstición, pero la superstición seguirá existiendo mientras el hombre esté satisfecho con su ceguera.  Si el hombre no está preparado para abrir los ojos, entonces deberá existir la ceguera.
   Y dejadme que os pregunte una cosa: ¿quiénes de entre nosotros estamos dispuestos verdaderamente a abrir los ojos?  Ninguno de nosotros está dispuesto a ver con los ojos abiertos, pues con los ojos abiertos podemos ver verdades que no queremos ver.  Por eso cerramos los ojos y vemos lo que nos diga nuestra fantasía.  ¿Habéis abierto alguna vez los ojos y habéis observado con detenimiento cómo es la vida?  Eso no queréis hacerlo, pues entonces verías cosas terroríficas.
   Cada persona se considera a sí misma absolutamente piadosa, un mahatma.  Si abriera los ojos y mirase con detenimiento, descubriría con horror al mayor de los pecadores escondido dentro de sí mismo.  No quiere ver eso, por supuesto, porque entonces le resultaría difícil ser un mahatma, y por eso se cierra los ojos a sí mismo.  Y no sólo eso: al hacerlo, recurre a las personas que pueden ayudarle a cerrar los ojos: atrae a su alrededor a todas las personas que pueden venir a decirle que es un gran mahatma.  Así sigue recogiendo seguidores.  Reúne a su alrededor a todas las personas que contribuyen a conseguir que siga ciego.
   Y existen muchos trucos maravillosos para atraer a la gente; se practican unos engaños increíbles en este sentido.  Uno de los trucos para atraer  a la gente es gritar constantemente: “¡No os acerquéis a mí!  ¡No quiero tener a nadie a mi lado!”  A la gente la impresiona tremendamente este truco.  Acuden en masa al lado de una persona así.  Cuanto más los rechaza, mayor mahatma se creen que es.  Un mahatma corriente recibiría bien a la gente, pero éste levanta el bastón y rechaza a la gente.  No manifiesta interés por nadie.
   He oído hablar de un hombre que llevaba varios años paseándose por una playa de California.  Se había convertido en una especie de atracción.  Decían de él que era un hombre tan simple que si uno le daba a elegir entre un billete de diez dólares y una moneda de diez centavos, cogía la moneda de diez centavos.  Así de inocente era.  Un hombre, movido por la curiosidad, fue a verlo cinco o seis veces y siempre lo encontraba rodeado de una multitud.  La gente le preguntaba: “Amigo, ¿qué prefieres: esto o esto?”, y él tomaba enseguida la moneda de diez centavos, diciendo que le gustaba, que le gustaba su brillo.  La gente lo tomaba por un hombre muy sencillo.
   Al hombre curioso le resultaba difícil creerse que después de tantos años aquel sujeto no conociera los billetes de diez dólares.  ¡Era demasiada inocencia!  Una tarde, cuando se había disuelto la multitud, aquel hombre curioso abordó al sujeto y le dijo:
   -Llevo veinte años observándolo y me sorprende ver lo que ha durado este juego.  ¿Sigue usted sin reconocer los billetes de diez dólares?
   El sujeto se rió y dijo:
   -Desde el primer día sabía lo que era un billete de diez dólares, pero, si lo hubiera dado a entender, el juego habría terminado allí mismo.  No reconociendo el billete, he recogido monedas de diez centavos de miles de espectadores.  Si reconozco un billete, será el único billete que llegaría a mis manos: esa gente no me daría ningún billete más.  De modo que, si quiero ganar dinero de verdad, debo despreciar la riqueza; y los billetes se irán acumulando por sí mismo.  Entiendo bien toda la operación; mi trabajo marcha bien.  Algunos días recojo hasta quinientos dólares de la gente.  El juego seguirá adelante con toda seguridad.
   Al que llaman mahatma conoce también el valor del dinero, aunque si le hablamos de dinero dirá que ni siquiera lo toca nunca.  Pero su discípulo, que está a su lado, recoge las ofrendas y las guarda en la caja fuerte: ¡porque el mahatma no toca nunca el dinero!
   ¿Qué se puede hacer si una persona quiere seguir ciega?  ¿Quién será tan tonta de hacer algo al respecto?  El personaje de la playa no tiene la culpa de la malicia.  Los que producen la malicia son los que lo abordan.  El pobre sujeto tiene que representar su farsa por la malicia de ellos.  Os diré una cosa: si no lo hubiera hecho él, otro habría hecho lo mismo.  Y la gente es tonta: siempre que puedan, seguirán haciendo lo que hicieron con aquel sujeto; quieren que alguien les quite el dinero.  Por este motivo, se seguirán representando esas farsas.  Sólo podrá dárseles fin cuando empecemos a destruir la tontería del ser humano.
   Así pues, no os preocupéis demasiado de romper las cadenas de la superstición, pues si la persona que lleva la cadena sigue siendo la misma, se forjará otras.  No es capaz de vivir sin cadenas.  Las personas de este tipo crearán cadenas nuevas.
   Todas las religiones aspiran a romper estas cadenas, y cada religión crea una cadena nueva.  El mundo ha visto muchas religiones nuevas.  Todas ellas se establecieron para introducir reformas; todas ellas proclamaron su intención de erradicar todas las supersticiones establecidas, pero, mientras se suprimen las supersticiones, en realidad no se suprime nada.  Naturalmente, los que están hartos de las supersticiones antiguas las sustituyen por otras nuevas y se quedan muy contentos, pues tienen la impresión de que han producido un cambio.
   En realidad, la persona inteligente nunca se aferra a nada; ni siquiera a ninguna creencia, ni mucho menos a una superstición.  Vive inteligentemente; no se agarra a nada.  Nunca crea ninguna cadena, porque sabe que la vida en libertad produce una alegría inmensa.  No os creéis vosotros ninguna cadena.
   De modo que la verdadera cuestión es despertar en cada individuo la conciencia suficiente para que produzca en él el deseo de ser libre, de volverse inteligente, de volverse autorrealizado, de llenarse de conciencia.  Si se pudiera reducir la tendencia a vivir ciegamente (a convertirse en seguidor, en sectario, en creyentes en alguien), todas las supersticiones se desmoronarían.  Pero en ese caso no sucedería que se derrumbaría una superstición mientras sobrevivía otra: se derrumbarían todas, desaparecerían todas a la vez.  De otro modo, durarían para siempre.
   Lo que debemos entender es que no se consigue nada con un simple cambio de ropas.  Que cada uno lleve la ropa que prefiera.  Si alguien quiere llevar ropas de color ocre, que las lleve: ¿por qué impedírselo?  Si alguien quiere llevar ropas negras, que las lleve.  Lo que hay que advertir es que un cambio de ropa no equivale a un cambio de vida.  Cuando nos hemos dado cuenta de esto, ya no tenemos necesidad de cambiar de ropa, pues la persona que nos haga cambiar de ropa la sustituirá inmediatamente por ropa de otro tipo.
   Un sannyasin, vestido con ropas de color ocre, fue a visitar a Gandhi y le dijo que sus ideas lo habían impresionado mucho y que también él quería servir a la patria.  Lo que le respondió Gandhi fue muy significativo.  Le dijo:
   - Esta bien, pero en primer lugar tienes que renunciar a tus ropas ocres, porque serían un obstáculo para tu labor.  En general, la gente está al servicio de los que llevan ropas ocres, en lugar de ser al contrario.
   Esto era muy cierto.  Pero cuando Gandhi le hizo renunciar a las ropas ocres, le recomendó a continuación que se pusiera ropas de kadhi, de algodón hilado en casa.
   Ahora, los que llevan ropas de kadhi hacen cosas que antes no hacían ni siquiera los que llevaban ropas ocres.  ¿Qué es lo que ha cambiado?  Ahora, los que llevan ropas de kadhi aceptan que los demás estén a su servicio.  Las pobres gentes que llevaban las ropas ocres no aceptaron nunca tanto servicio por parte de los demás como el que aceptan ahora los que llevan las ropas de kadhi.  De modo que el kadhi ha resultado muy costoso para este país.  El sannyasin estaba muy contento de haberse liberado de su superstición acerca de las ropas ocres; pero ahora lleva ropas de kadhi; ahora está aferrado a la superstición del kadhi.  ¿Qué diferencia hay?
   La verdadera cuestión no es hacer que la gente deje una cosa y obligarla a tomar otra.  La cuestión es llegar a comprender la mentalidad misma que se aferra a las cosas.
   Gandhi no agudizó la inteligencia de aquel hombre; aquel hombre se quedó tan necio como antes.  No le hizo más que cambiar de topa, y el hombre se quedó muy contento con eso.  Pero ¿qué había cambiado?  Así han sido siempre las cosas.
   En los últimos cinco mil años la historia de la humanidad ha sido muy desdichada.  En el intento de derribar unas supersticiones no cambiamos nunca al hombre: nos limitamos a eliminar la superstición, pero el hombre crea a continuación una superstición nueva.  Sea l que sea lo que le ofrezcamos, se arroja sobre ello.  “Está bien –dice-; así sea.  ¡Dejaré la otra superstición y me aferraré a ésta!”  Y nos sentimos muy contentos porque ha aceptado la superstición nuestra.
   Solía venir a visitarme un joven.  Hablaba de las escrituras día y noche.  Se sabía de memoria los Upanishads, el Gita, los Vedas.  Yo le dije:
   -Déjate de tonterías.  ¡No vas a alcanzar nada con esto!
   Él se enfadó mucho conmigo, pero siguió visitándome.  La persona que se enfada mucho con nosotros nunca deja de visitarnos, pues el enfado también estrecha los lazos personales.  Estaba enfadado conmigo, sin duda, pero seguía viniendo.  Pasó el tiempo, siguió escuchando mis palabras, y algo lo conmovió.  Un día se acercó a mí y e dijo:
   -He hecho un paquete con el Gita, los Upanishads y los Vedas y los he tirado todos a un pozo.
   -¿Cuánto te he dicho yo que los tirases? –le pregunté.
   -Tenía que vaciar mi estante para hacer sitio para tus libros –dijo él-  Ahora estoy plenamente de acuerdo con tus libros.
   -Pero esto ha hecho más difíciles las cosas –dije yo-.  No ha cambiado nada.  Lo único que te decía yo era que no estuvieses de acuerdo con ningún libro.  Nunca te he pedido que tirases aquellos libros y que te aferrases a los míos.  ¿Qué es lo que ha cambiado?
   Los que llaman gurús se ponen muy contentos cuando la gente comparte las supersticiones que ellos proponen.  Así es como, aunque sigan cambiando las supersticiones, el hombre sigue siendo supersticioso.
   De modo que yo dije al joven que tirase mis libros al mismo pozo.
   -¿Cómo es posible? –me dijo él.
   Me aseguró que no era capaz de hacer tal cosa.  Así que yo le dije:
   -Entonces, todo se ha quedado como estaba.  Ahora, mi libro se ha convertido en tu Gita.  ¿Qué tenía de malo el Gita del pobre Krishna?  Si tenías la necesidad de cargar con algo, su Gita era suficiente: cubría tus necesidades; era mucho más grueso que mi libro; te proporcionaba el lastre suficiente.  ¿En qué han cambiado las cosas ahora?  ¿Cuándo he acusado yo a Krishna?  ¿Cuándo he crucificado yo a Krishna?
   Así han sido siempre las cosas, y así siguen siendo.  Lo que sucede es sencillamente, que el hombre sigue siendo el mismo: sólo cambian sus juguetes.  “Sí: si alguien adopta mi juguete, eso es bueno; me encanta que alguien haya adoptado por fin mis ideas.  Mi ego se satisface al ver que alguien ha empezado a creer por fin en mí más que en Krishna.”  Pero así no se cambia a la humanidad; esto no puede beneficiar nunca a la humanidad.  Lo que debe preocuparnos es el modo de romper, desde dentro, esta mentalidad humana que se aferra a las cosas.  ¿Cómo puede superar el hombre su ceguera? 
   Yo hago esta sugerencia a nuestro amigo: no te propongas eliminar las supersticiones; por el contrario, cambia la mentalidad supersticiosa.  Cambia esa mente que engendra la superstición, para que pueda nacer un hombre nuevo.  Pero es una labor ardua; requiere mucho esfuerzo.  No es tarea fácil.  Es preciso mantener una actitud muy científica para llevarla a cabo.
   No os apresuréis tanto en negar la existencia de los fantasmas y de los malos espíritus.  Son mucho más reales que vosotros.  No hay ninguna falsedad en su existencia; pero tendréis que estudiarlo.  Y suele suceder que los que tienen miedo a los fantasmas empiezan también a dudar de su existencia.  Eso dicen; y no porque se hayan vuelto muy entendidos: el único motivo es la satisfacción de sus deseos.  No quieren que existan los fantasmas, porque si existen los fantasmas es difícil pasear por los callejones oscuros.  Por eso se repiten en voz alta: “los fantasmas no existen.  ¡De ningún modo!  Son supersticiones: ¡vamos a suprimir las supersticiones!”  Lo que están diciendo es que les dan mucho miedo los fantasmas.  Si de verdad existieran los fantasmas, éstos causarían muchos problemas, de modo que no deben existir: esto es lo que desean.  Una mentalidad como ésta nunca conseguirá que los fantasmas no existan.
   Si los fantasmas existen, es que existen.  Que lo creamos o no, no cambia las cosas.  Lo que existe, existe, y es mejor que lo investiguemos, pues lo que existe está relacionado con nosotros de una manera o de otra: es lógico que así sea.  Por eso, es más apropiado comprenderlos, reconocerlos, y encontrar maneras de ponerse en contacto con ellos, descubrir el modo de relacionarse con ellos.  No es cosa fácil.
   El espacio vacío que veis entre vosotros y otra persona no está necesariamente vacío.  Allí puede haber alguien.  Quizás no lo veáis: eso es otra cuestión.  Pero la idea de que allí podría haber alguien puede asustarnos.  Por eso no dejamos espacios vacíos; por eso nos acercamos los unos a los otros.  Siempre tenemos miedo a los espacios vacíos: por eso llenamos nuestra habitación de muebles, de calendarios, de imágenes de dioses y diosas, de cualquier cosa.  Los espacios vacíos, las casas vacías, nos asustan.  Los llenamos de personas, de muebles, para que no quede ningún espacio vacío.  Aun así, queda mucho espacio vacío que no está vacío del todo.  Y tiene su ciencia propia.
   Si alguien quiere trabajar en este sentido, puede hacerlo.  Se puede trabajar sistemáticamente sobre este tema.  Es una ciencia independiente; tiene sus leyes y sus métodos propios,  Pero no digáis nunca que estas cosas existen o que no existen, antes de haber empezado a trabajar en este tema.  Es mejor dejar pendiente vuestra decisión, aplazar vuestras conclusiones de momento: decid, simplemente, que no lo sabéis.
   Si a una persona con mentalidad científica se le pregunta si existen o no los fantasmas, una respuesta característica suya sería la siguiente: “No lo sé, pues todavía o lo he estudiado.  Tampoco he mirado todavía dentro de mí siquiera.  ¿Cómo puedo descubrir si existen o no los fantasmas?  ¡Ni siquiera soy capaz de encontrarme a mí mismo!”  Por lo tanto, no os apresuréis a responder sí o no.  El que ofrece una respuesta rápida es supersticioso.  Seguid pensando, seguid buscando.  En realidad, la persona inteligente responde con muchos titubeos.
   Una vez preguntaron a Einstein cómo distinguía él a un científico de una persona supersticiosa.  Einstein respondió:
   -Si a una persona supersticiosa se le hacen cien preguntas, estará preparada para ofrecer ciento una respuestas.  Y si a un científico se le hacen cien preguntas, afirmará que ignora por completo la respuesta de noventa y ocho.  A las otras dos responderá: “De esto sé un poco, pero mis conocimientos no son definitivos: pueden cambiar mañana”.
   Recordad que la mentalidad científica es la única mentalidad inocente.  La mentalidad supersticiosa no lo es.  Pero las apariencias indican lo contrario.  Parece que la mentalidad supersticiosa es muy sencilla, pero no lo es: es muy compleja y astuta.  La mayor astucia de la mentalidad supersticiosa es afirmar cosas de las que no tiene conocimientos.  La persona que tiene esta mentalidad ni siquiera sabe nada acerca de una piedra que está a la puerta de su casa, pero en su ansia de demostrar que su Dios es verdadero y que el nuestro es falso está dispuesta a salir a matar a la gente.  Ni siquiera es capaz de explicar lo que es una piedra… Y si no es capaz de demostrar que la piedra es musulmana o hinduista, ¿cómo será capaz de demostrar que Dios es hinduista o musulmán?  ¡Pero saldrá a matar a la gente!  Y recordad que recurrir a la violencia demuestra que los motivos de tales actos están arraigados en la superstición.
   La gente nunca llega a las manos por cuestiones relacionadas con el conocimiento: es imposible.  Cuando existe una lucha, podéis estar seguros de que interviene la superstición, pues la persona supersticiosa quiere demostrar por medio de la lucha que tiene razón: no dispone de otros medios.  Si un hombre cayese sobre mí y me pusiera una espada al cuello, diciéndome: “Dime que tengo razón, o te corto la cabeza”,  podrá cortarme la cabeza, por supuesto, pero no demostrará con eso que tiene razón.  Nadie ha demostrado nunca que tiene la razón a base de cortar la cabeza a otra persona.
   Aunque todos los musulmanes se reuniesen y mataran a todos los hinduistas, no demostrarían que tiene la razón, del mismo modo que los hinduistas no demostrarían  que tienen razón si se uniesen para pasar a cuchillo a todos los musulmanes.  Lo único que demostrarían sería su estupidez, nada más.  ¿Ha demostrado alguna vez la espada la verdad de algo?  Pero es el único medio al alcance la persona supersticiosa.  ¿A qué otro medio puede recurrir para decir que tal cosa es verdad?  No tiene conceptos; no ha investigado nunca; no tiene pruebas; no tiene orientación.  Sólo sabe una cosa: la fuerza puede más que la razón.
   Las gentes de todo el mundo están obrando así.  No estoy diciendo que sólo sean los líderes religiosos los que estén realizando tales actos de violencia: los políticos hacen lo mismo.  La razón en la disputa entre Rusia y los Estados Unidos se determinará soltando bombas de hidrógeno: está claro, no hay otro medio.  Es exactamente el mismo tipo de estupidez.  ¿Es éste el modo de determinar cuál de los dos tiene razón?   ¿Cómo se puede determinar si Marx tiene la razón o no?  ¿Será por medio de la espada?  ¿O soltando la bomba de hidrógeno?  ¿Cómo será?  Tendrá que determinarse por medio del pensamiento, pero el hombre todavía no tiene libertad para pensar, sigue cegado por la superstición.
   Recordad, pues, que lo que yo considero importante no es romper las cadenas; lo que considero importante es eliminar la mentalidad supersticiosa que crea esas cadenas.  Si se mantiene esa mentalidad, entonces por muchas cadenas que rompáis ella creará otras nuevas.  Y recordad que las nuevas ataduras son mucho más atractivas, más agradables, más dignas de aferrarse a ellas.  Y recordad también otra cosa: la cadena nueva siempre es más fuerte que la antigua, porque nuestro conocimiento del modo de forjar cadenas también se ha desarrollado más, ha avanzado más.  Suelo pensar que los que se dedican a eliminar las supersticiones no consiguen más que proporcionar supersticiones mucho más resistentes que sustituyen a las viejas y gastadas: no hacen más que esto.
   Lo que hay que descartar es la mentalidad supersticiosa, de lo contrario ésta seguirá engendrando supersticiones.  Volveos racionales y haced que los demás se vuelvan también racionales.  Ser racionales significa pensar, buscar, investigar. No habléis hasta que tengáis la experiencia adecuada, y aun entonces estad dispuestos a reconocer que vuestra experiencia no tiene por qué ser necesariamente correcta.  La gente puede tener experiencias diferentes mañana.  Es posible, incluso, que vosotros tengáis que vivir experiencias diferentes, y no es seguro que la  que tuvisteis no fuera una alucinación.
   Así pues, mientras esa experiencia no se haya verificado con docenas de experiencias, es mejor que  no digáis nada al respecto.  Por eso, los científicos realizan un experimento, lo repiten mil veces, hacen que otras mil personas lo repitan, y sólo entonces llegan a alguna conclusión.  E incluso entonces no terminan de llegar a una conclusión definitiva.  EL que quiere llegar a una conclusión con prisas no es capaz de pensar.  La persona que tiene prisa por llegar a una conclusión definitiva se llena inevitablemente de superstición.  Y todos tenemos mucha prisa.
   ¡Un amigo nos ha preguntado todo lo que busca el conjunto de la humanidad sin haber sido capaz de encontrarlo!  Nos ha preguntado: ¿Existe Dios?  ¿Qué es el jivatman, el alma individual?  ¿Dónde está el moksha?  ¿Quién creó el cielo?  ¿Existe el infierno?  ¿Por qué ha aparecido el hombre sobre la Tierra?  ¿Cuál es el objetivo de la vida?


T
IENE TANTA PRISA que quiere saber todo esto inmediatamente.  Una persona que tiene tanta prisa se volverá supersticiosa sin duda alguna.  La búsqueda requiere gran paciencia, una paciencia enorme: no importa que no encontremos en una vida lo que buscamos, lo que importa es que sigamos buscando.  En realidad, para la persona racional, lo importante no es alcanzar, sino buscar.  Para la persona supersticiosa lo importante es alcanzar, buscar no tiene ninguna importancia.
   La persona supersticiosa desea angustiosamente saber cómo puede alcanzar.  No le importa demasiado descubrir primero si existe Dios o no.  No le interesa la búsqueda de Dios: no es plato de su gusto.  Dice: “Buscadlo vosotros y mostrádmelo.”  Por eso se dedica a buscar a un gurú.
   El que se dedica a buscar a un gurú tiene muchas probabilidades de acabar volviéndose supersticioso: no parará hasta que acabe así.  En realidad, buscar a un gurú equivale a decir: “Tú has encontrado algo; ahora te rogamos que nos lo enseñes.  Como ya lo has encontrado tú, ¿para qué vamos a buscarlo nosotros?  Nos inclinamos a tus pies.  Te rogamos que nos entregues lo que has alcanzado.”  La idea es que otra persona os ponga la mano en la cabeza y os haga conocer a Dios.  Por eso hay gente que vaga de un sitio a otro aceptando mantras, haciéndose iniciar, pagando cuotas, lavando los pies a otros, sirviendo a otros, con la esperanza de poder hacer suyo lo que ha alcanzado otro.  Esto no puede pasar nunca.  Aquí se manifiesta claramente el dominio de la mentalidad supersticiosa.
   Nunca podréis hacer vuestro lo que ha alcanzado otro.  Otra persona se puso a buscar y encontró, ¿y vosotros queréis tenerlo de balde?  Y recordad que si esa persona ha buscado, mientras buscaba debió de darse cuenta de que uno alcanza buscando, y no preguntando.  Por ello, no pretenderá tener discípulos.  Sólo quieren tener discípulos los que todavía no han alcanzado ellos mismos.  Están pendientes de otro gurú superior.  Hay una larga serie de gurús, cada uno de los cuales espera sacar algo del anterior.
   Muchos gurús han muerto ya, pero hay personas que siguen pendientes de ellos con la esperanza de que les darán algo.  Hay una larga cadena de gurús, que se remonta miles y a millones de años, y todos están pendientes los unos de los otros con la esperanza de que alguien les dé algo.  Éste es el sello de la mentalidad supersticiosa.
   La característica de la mentalidad inquisitiva, la señal de una mente reflexiva, es que se dice a sí misma: “Si existe Dios, lo buscaré.  Si consigo encontrarlo, será por mis propios méritos, por derecho propio.  Si lo encuentro alguna vez, será por mi dedicación de toda una vida, por mi sacrificio, por mi meditación.  Será fruto de mi propio esfuerzo.”
   Recordadlo: si alguien ofrece a Dios de balde, la persona que piensa racionalmente lo rechazará.  Se dirá: “No está bien aceptar algo que no es fruto de mi propio esfuerzo.  Lo he de alcanzar por mi propio esfuerzo.”  Y tened en cuenta que existen algunas cosas que sólo se pueden alcanzar por el propio esfuerzo.  Dios no es algo que se venda en el mercado, una mercancía que se encuentra en cualquier parte.  La verdad no es un artículo que se venda en unos grandes almacenes, donde cualquiera puede ir a comprarla.  Pero sí hay abiertas tiendas de este tipo.
   Hay tiendas, hay bazares, que tienen expuesto un letrero que dice: “Aquí se encuentra la Verdad Auténtica.”  ¡Hasta la verdad puede ser auténtica o falsa!  En cada una de estas tiendas hay un letrero que dice: “Aquí vive el auténtico maestro.  Todos los demás que viven en otras partes son imitaciones.  Ésta es la única tienda auténtica.  ¡Compren aquí!  ¡Permítanos que les brindemos nuestros servicios!”  Y en cuanto hayáis entrado en una de estas tiendas, el propietario se empeñará en no dejaros marchar.  Todos estos daños son obra de la mentalidad supersticiosa.
   Me gustaría deciros: confiad en lo que buscáis, no en lo que pedía a otros.  No alcanzaréis la divinidad pidiendo a otros, sino conociendo.  Tampoco os creáis nunca lo que dicen los demás.  Alguien la puede haber alcanzado (siempre es posible, por supuesto); por ello, tampoco seáis incrédulos: también eso es superstición.  No seáis ni crédulos ni incrédulos.  Si se presenta alguien ante vosotros diciendo que ha alcanzado la divinidad, decidle: “Enhorabuena.  Dios ha sido muy compasivo contigo al permitirte encontrarlo.  Pero te ruego que no me lo enseñes.  Déjame que lo encuentre yo también, de lo contrario seguiré estando cojo”.
   Si os llevan hasta un destino donde otro ha llegado andando antes que vosotros, llegaréis cojos.  Los pies se fortalecen andando.  Llegar a un destino no es tan importante; lo verdaderamente importante es que el viajero se fortalece en el camino.  Alcanzar algo no tiene tanta importancia como la transformación del que lo ha alcanzado.
   Dios, el conocimiento o el Moksha no son cosas prefabricadas.  Son el fruto de la ofrenda de nuestra vida, de una vida de esfuerzo y de sadhana.  Es como la flor definitiva que llega por sí misma.  Pero si vais al mercado sólo encontraréis flores de plástico.  Duran más tiempo.  Sólo hay que quitarles el polvo: duran más  tiempo y engañan.  Pero ¿a quién engañan?  Las flores de plástico pueden engañar a los demás.  Pueden engañar a los que pasan por la calle: los transeúntes pueden creerse que tenéis flores de verdad en la ventana, pero vosotros no podéis engañaros, pues las habéis comprado vosotros mismos.
   Para tener flores de verdad hay que sembrar las semillas, hay que dedicar un esfuerzo, hay que cuidar las plantas.  Después, las flores salen por sí mismas: nadie las trae.  La experiencia de lo definitivo es como la flor; nuestro sadhana es como la planta.  Si cuidamos la planta, la flor llegará por sí misma.  Pero nosotros tenemos prisa.  Decimos: “Déjate de plantas: ¡basta con que nos des la flor!”
   Algunas veces, cuando los niños tiene un examen en la escuela, no resuelven el problema de aritmética: se limitan a copiar la solución que leen en las últimas páginas del libro de aritmética.  Aunque la respuesta que escriben es absolutamente correcta,