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ESCALERAS A LOS DIOSES
« on: Marzo 11, 2006, 01:15:35 pm »
ESCALERAS A LOS DIOSES

                                escribe GUSTAVO FERNÁNDEZ

 
El “rewe” y la “machi”

         Enclavados en las frías montañas del sur argentino, en las provincias de Neuquén y Río Negro, viven aún grupos de indígenas mapuches. Hace ya seis siglos que pisan esos suelos y han quedado lejos sus orígenes en las costas del Océano Pacífico. Pueblo endurecido en la lucha contra los elementos y asentado en inhóspitos sitios, representa el mejor ejemplo de las posibilidades de supervivencia del hombre sobre el medio.

         Vamos a revisar ciertos aspectos de la cultura de esas tierras, comenzando con un personaje imprescindible de sus rituales religiosos, la “machi” (utilizamos el artículo femenino a causa de que generalmente es una mujer quien desempeña este papel, o un hombre con tendencias homosexuales exacerbadas). Aunando conocimientos de la farmacopea indígena con poderes adivinatorios y facultades de hechicería, pero principalmente siendo la intermediaria con los dioses (recordemos que el budismo, refiriéndose  a los poderes  del yogui  –“siddhis”–  dice  que oyen  sonidos  humanos y celestes a  la vez –“dighannokaya”–). Esta definición cuadraría para la machi, con lo que puede ser entendida como una shamán (intermediario con los cielos en otras partes del mundo) principalmente en la región euroasiática vecina al Círculo Polar Ártico.

         Un elemento importante atañe al carácter homosexual del machi varón y posiblemente al lesbianismo de la machi femenina. Mircea Eliade habla de los “chukchis”, de chamanes “transformados en mujeres”, que cambian sus ropas y maneras masculinas por femeninas. Añade que hacen esto respondiendo a un orden anterior; tal hecho también se registra entre los “kachandales” (esquimales asiáticos) y “koryakos”. En América, además de entre los mapuches y araucanos, se los rastrea en la parte norte del continente, entre los arapahos, cheyennes y utes, entre otros. Un investigador que visita a los araucanos cincuenta años atrás, encuentra a un reconocido hermafrodita asumiendo el papel de machi. Por otra parte, en todo el mundo hay ejemplos de shamanes epilépticos, enfermos nerviosos y, en general, individuos con rasgos físicos diferenciales.

            A través de esta descripción de la machi y sus características, ingresamos en el ritual indígena. En una de sus principales ceremonias, la consagración de la machi, aparece un destacado elemento a ella asociado.

            Este es el “rewe” o escala sagrada; se trata de un tronco de unos tres metros de altura con una plataforma en su tope, a la que se accede por escalones tallados en el mismo. En la ceremonia, las iniciadas ascienden al rewe en un estado de éxtasis inducido, llegan a la plataforma, y allí entrarán en contacto con Ngüenechén (dios creador, el “dominador de los hombres”), luego caen desvanecidas. Más tarde contarán su visión del dios. Como final de la iniciación algunos observadores comentan que dos machis viejas hacen un tajo en la lengua de la iniciada y le introducen allí hojas de canela.

            ¿Por qué nos importa tanto el “rewe”?. Por su simbolismo. Recordemos que M. Eliade piensa que pueblos distribuidos en todo el orbe se rigen por la idea de que el Eje del Mundo pasa por el centro de su hábitat. Una de las representaciones de este eje sería el árbol. Tal cosa ocurre en México, Siberia y otros lugares. También entre los mapuches y araucanos, donde el Eje del Mundo se identifica con el rewe.

            ¿Cómo se difundió entre sitios tan lejanos entre sí esta curiosa leyenda?. Misterio. Y aún más, históricamente la encontramos hasta donde llegan las inferencias arqueológicas (por ejemplo, en el culto al pilar de la antigua Creta, o en la isla de Pascua, llamada “Rapa Nui” o “Te Pito Te Henua” –“el ombligo del mundo”– entre esos aborígenes). Aclaremos que el eje del Mundo sería el medio de comunicación entre la tierra y el cielo; y tal comunicación es la que establece la machi al subir al rewe, batiendo frenéticamente su tambor. Dentro del mismo, hay un puñado de piedras, entre las que se encuentran verdes, que ya veremos más adelante (los shamanes altaicos suben a un abedul, los sacerdotes mayas a un ceibo sagrado). Y aquí conviene recordar que René Guenon identifica la rama vertical de la Cruz cristiana con el Eje del Mundo.

            Uno de los más importantes accesorios de la machi son ciertas piedras de índole mágico. Las hay negras, de origen volcánico (“likan”) y también verdes (“llanka”) o “cháquiras” (cuentas de collar). La compleja simbología que acompaña a estas piedras está muy distante de ser aclarada. Pero resulta posible tender algunas líneas de investigación. Enumeraremos simplemente otros lugares del planeta en que se ha dado encontrar tales elementos en parecidas circunstancias. Entre grupos del Caribe, el shamán (o “chamán”) posee guijarros, cada uno de los cuales representa un espíritu. Igual cosa ocurre en grupos del Alto Amazonas que estudiara A. Métraux. Por otra parte, en un estudio de Eduardo Crivelli se comenta la forma en que un araucano llama al corazón: “llankapiuke” o “corazón de llanka”, habiéndose visto que llanka eran las piedras verdes.

            Crivelli llama la atención sobre el hecho de que en el lenguaje esotérico azteca el nombre para el corazón sacrifical era “chalchihuitl”, pasible de ser traducido como “esmeralda”, “jade”, “piedra preciosa”, o “piedra verde”. Recordemos que el dios principal zapoteca era Choschatepetl, y que su significado era “corazón del pueblo”. Agreguemos que se representaba con una esmeralda, y en esa esmeralda van grabadas un ave y una serpiente, símbolos éstos de la “serpiente emplumada”, por ende, voladora, y de aquí nos proyectamos al dragón.

            René Guenon, al comentar el origen del Santo Grial nos recuerda que, según una leyenda, esa copa habría sido tallada por los ángeles en una esmeralda desprendida de la frente de Lucifer. Inmediatamente la compara con el “tilka”, perla frontal que ocupa a veces el lugar del tercer ojo en Shiva, según la iconografía hindú. Más adelante identificará al símbolo de la copa (Grial) con el del corazón, y es aquí donde cobran importancia los hechos apuntados.

            Volviendo al rewe, observemos que es a su alrededor que se celebra todos los años el “Nguillatún”, rogativa en base a danzas pantomímicas para las que se emplea un tocado especial: plumas de avestruz, cascabeles y cola... para semejar una serpiente emplumada. Al margen del enigma que constituye de suyo la presencia de este símbolo “centroamericano” en tan australes tierras, no deja de ser sugestivo que el emblema maya y azteca que muchos investigadores vinculan con la presencia de seres extraterrestres en la antigüedad se halle presente en una festividad donde se suma al rewe, una verdadera entrada al cielo en busca de los dioses, y a la presencia de las piedras verdes, expresión de sabiduría y misterio, siempre presente en la frente de los dragones (que según la mitología china trajeron el conocimiento del cielo a los humanos) o en el extremo superior del rewe, sentando el precedente de que esos guijarros privinieron de “allí”.

            ¿Meteoritos?. Quizás, si no fuera porque los “meteoritos verdes” son asaz extraños y además, la piedra verde, de forma generalmente oval, está siempre asociada a manifestaciones de tipo divino o cósmico, acompañando algún otro enigma y no en forma independiente.

            Las observaciones de “grandes globos de fuego verde”, evolucionando bajo control inteligente sobre los desiertos norteaericanos en 1949, persiguiendo aviones e interfiriendo comunicaciones (al punto de motivar un estudio militar norteamericano sobre los mismos, el “Project Twinkle” o “Proyecto Centella”), quizás nos den la respuesta.

            La simbología, al margen de las hipótesis que a modo de respuestas aquí planteamos, dejan sentada una cosa: la entrada al “ngüechén” (cielo) sólo es posible desde un punto elevado (rewe) y por medio de una “llanka” (piedra verde). Más aún, sólo por seres (machis) de características físicas muy peculiares. Con esto no queremos decir que los cosmonautas extraterrestres conocidos en aquel remoto pasado en que surgió el mito fueran homosexuales, sino que esta peculiaridad psicofisiológica, indudablemente tan extraña para los aborígenes como esas manifestaciones del cielo, haya sido el medio por el cual se quisiera perpetuar esa constante antropológica.

         Y tampoco puedo evitar esta asociación (¿ilícita?) de ideas: si tomamos globalmente al fenómeno OVNI como un metamensaje a través de los tiempos, ¿será casualidad que uno de los “encuentros de tercer tipo” más sonados en Argentina, un ya lejano 16 de setiembre de 1973, le ocurriera a un camionero llamado, justamente, Dionisio Llanca?.