{"id":725,"date":"2006-03-22T06:57:56","date_gmt":"2006-03-22T06:57:56","guid":{"rendered":"http:\/\/nasdat.com\/?p=725"},"modified":"2006-03-22T06:57:56","modified_gmt":"2006-03-22T06:57:56","slug":"la-otra-mexicanidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nasdat.com\/?p=725","title":{"rendered":"La otra mexicanidad"},"content":{"rendered":"<p>La otra mexicanidad<\/p>\n<p>Greco Sotelo<\/p>\n<p>Cada primer domingo de noviembre llegan en procesi\u00f3n a la iglesia de Santiago Tlatelolco, de paso hacia el destino final: la Bas\u00edlica de Guadalupe. Descargan sus mochilas para vestir sus cuerpos con el peso de la leyenda compartida. La transformaci\u00f3n por el atuendo, la mutaci\u00f3n simb\u00f3lica es tan efectiva hoy como antes. El prop\u00f3sito, sin embargo, es muy distinto. El reportaje de Greco Sotelo es ilustrador al respecto, y pone al lector frente a una comunidad que quiz\u00e1 esta semana no estar\u00e1 tan ocupada gritando vivas a &#8220;los h\u00e9roes que nos dieron patria&#8221;, como en la b\u00fasqueda y afirmaci\u00f3n de su (&#8220;otra&#8221;) mexicanidad.<\/p>\n<p>Aquellos mexicanos, hombres, mujeres y ni\u00f1os que huyeron de la conquista -dice Sotelo- vienen de regreso, atra\u00eddos por ella y con un prop\u00f3sito com\u00fan: el encuentro devoto con Tonantzin-Guadalupe, la Madre Sint\u00e9tica de quienes habitamos este territorio, la Gran Bisagra entre pasado y presente, &#8220;la que pudo perdonar al Cort\u00e9s que todos llevamos dentro, la que supo consolar a nuestro \u00edntimo Cuauht\u00e9moc&#8221;.<\/p>\n<p>La &#8220;mexicanidad&#8221;: r\u00edos de familias emplumadas lanz\u00e1ndose contra los muros de la Bas\u00edlica de Guadalupe. La &#8220;mexicanidad&#8221;: desconfiados, hoscos danzantes guerreros vociferando contra el t\u00edmido saj\u00f3n que se repliega sobre sus pasos en el Z\u00f3calo. La &#8220;mexicanidad&#8221;: santo y se\u00f1a de modernos tenochcas inconformes, cofrad\u00eda de la desilusi\u00f3n, c\u00edrculo m\u00e1gico contra la historia y la perversi\u00f3n de Occidente, tibio resguardo del copal amn\u00e9sico.<\/p>\n<p>El llanto se extiende, las l\u00e1grimas<br \/>\n[gotean all\u00ed en Tlatelolco.<br \/>\nPor agua se fueron ya los mexicanos;<br \/>\nsemejan mujeres; la huida es<br \/>\n[general&#8230;<\/p>\n<p>Es el 8 de noviembre de 1998, sobre la calzada de Guadalupe. Aquellos mexicanos que huyeron de la conquista vienen de regreso, apegados, amorosos, atra\u00eddos por ella. Hace exactamente 479 a\u00f1os, otro 8 de noviembre, el capit\u00e1n espa\u00f1ol Hern\u00e1n Cort\u00e9s penetr\u00f3 en la ciudad de M\u00e9xico con el fin de ganar para su Dios y para s\u00ed mismo a una naci\u00f3n de paganos. De M\u00e9xico-Tenochtitlan a M\u00e9xico Distrito Federal, esa naci\u00f3n no parece haber cambiado mucho en su ra\u00edz profunda: el alma ind\u00edgena. Pero la memoria es corta y complaciente en unos; larga, triste y revanchista en otros.<\/p>\n<p>Llorad, amigos m\u00edos,<br \/>\ntened entendido que con estos hechos<br \/>\nhemos perdido la naci\u00f3n mexicana.<\/p>\n<p>&#8220;El mundo ind\u00edgena prehisp\u00e1nico es nuestro gran mito de origen -se\u00f1ala el doctor Antonio Rubial, reconocido colonialista de la UNAM-, de all\u00ed esa f\u00e1cil identificaci\u00f3n con un para\u00edso perdido. Seg\u00fan la `mexicanidad`, en el mundo prehisp\u00e1nico todo era armon\u00eda y belleza, un espacio id\u00edlico donde el hombre y la naturaleza viv\u00edan sin contradicciones&#8221;. Los errores, los desajustes, los cataclismos naturales y sociales, el odio entre las almas, el divorcio irreparable de nuestra Madre nutricia y protectora: males todos oriundos del hombre blanco, del falso Quetzalc\u00f3atl que violent\u00f3 de una vez para siempre la pr\u00edstina inocencia del ind\u00edgena. &#8220;Yo creo que hay que retomar las ra\u00edces lo m\u00e1s que se pueda -afirma Nadia Morales, de 21 a\u00f1os, contemplando los grupos de danzantes-: el sincretismo fue utilizado por los ind\u00edgenas de una manera inteligente, para mantener sus tradiciones. Pero ahora no existe necesidad de eso&#8221;.<\/p>\n<p>Hacia las 11 de la ma\u00f1ana, sobre el atrio de la iglesia de Santiago Tlatelolco, nutridos grupos de hombres, mujeres y ni\u00f1os han descargado sus mochilas para vestir sus cuerpos con el peso de una leyenda compartida. Se quitaron las chamarras, los su\u00e9teres, las camisas; se zafaron los pantalones, los zapatos. Luego, en un ambiente de regocijo general, se amarraron el maxtli sobre la cadera, la tilma sobre los hombros, las ajorcas de ayoyotes en los tobillos y -quienes pudieron costearlo- el copil de plumas sobre la orgullosa frente. La transformaci\u00f3n por el atuendo, la mutaci\u00f3n simb\u00f3lica es tan efectiva ahora como antes. El prop\u00f3sito, sin embargo, es muy distinto. El guerrero negro con su penacho de plumas; el &#8220;conchero&#8221; de vistoso fald\u00f3n; la &#8220;Malinche&#8221; reverente con su sahumerio y sus banderas tienen ahora un prop\u00f3sito com\u00fan: el encuentro devoto con la Tonantzin-Guadalupe.<\/p>\n<p>Mientras la procesi\u00f3n se fragua en Tlatelolco, m\u00edtico lugar de sacrificios, una vieja decr\u00e9pita es depositada intempestivamente por un coche sobre el camell\u00f3n de la calzada de Guadalupe, a pocos metros de la rampa que conduce a la Bas\u00edlica. Incre\u00edblemente vieja y encorvada, su cuerpo derrengado viste un traje hechizo con glifos prehisp\u00e1nicos en pegotes azules. Avanza con dificultad, el magro cuerpo descoyuntado, sosteniendo una sonaja de lata. No tendr\u00e1 menos de 95 a\u00f1os, aunque es imposible saberlo, porque apenas habla. Jovita, su acompa\u00f1ante, la ayuda a reclinarse sobre una banca del camell\u00f3n: &#8220;Nosotros nos adelantamos, porque ella por su edad se queda atr\u00e1s, y la peregrinaci\u00f3n viene muy aprisa. Ella me dijo que viene aqu\u00ed desde que ten\u00eda 13 a\u00f1os, con el grupo Quetzalc\u00f3atl. Para que usted entre al grupo, s\u00f3lo necesita tenerle fe a la Virgen, y tener ganas de danzar. Pero debe ust\u00e9 jurar. Y si ya jur\u00f3 y luego sale con que `no quiero ser danzante`, luego le va mal a ust\u00e9, luego se arrepiente_&#8221;.<\/p>\n<p>La conversaci\u00f3n se corta abruptamente ante el arribo de los primeros contingentes, anunciados por bandas de coheteros que acompa\u00f1an la peregrinaci\u00f3n a ambos lados del camell\u00f3n. Las viejas huyen sobre la rampa, los cohetes estallan arriba con un silbido prolongado y melanc\u00f3lico. Abajo, el tr\u00e1fico habitual de domingo en las inmediaciones de la Bas\u00edlica se confunde en letreros, bocinazos y mentadas de madre: &#8220;VILLA-METRO HIDALGO&#8221;, &#8220;REFORMA-METRO GARIBALDI&#8221;. El cohetero de adelante prende la mecha, sin prisa, oteando el cielo; el cohetero de atr\u00e1s lleva su carga explosiva con paso cansado, mirando el suelo.<\/p>\n<p>El tumulto de emplumados avanza, barriendo el suelo sobre el camell\u00f3n. Todos son los ind\u00edgenas de anta\u00f1o, todos son los cat\u00f3licos presentes, todos son los devotos de la Madre Sint\u00e9tica de los mexicanos. Guadalupe-Tonantzin, la Gran Bisagra entre pasado y presente. Guadalupe-Tonantzin, la que pudo perdonar al Cort\u00e9s que todos llevamos dentro, la que supo consolar a nuestro \u00edntimo Cuauht\u00e9moc. El estruendo de bandas musicales y de tambores apaleados con furia llena la opaca y caliente ma\u00f1ana de domingo. &#8220;La danza es mejor que el yoga -comenta euf\u00f3rico Florencio Guti\u00e9rrez, de 77 a\u00f1os, vestido a la usanza guerrera-: toda mi familia es como un clan, y yo lo comando seg\u00fan las costumbres de nuestros ancestros chichimecas&#8221;.<\/p>\n<p>Es imposible retener visualmente cada parte del caos. La banda de m\u00fasicos de la comunidad oaxaque\u00f1a de Yatzachi El Alto revienta el aire a trompetazos; delante de ellos, un grupo de ni\u00f1as bailan agitando globos y rosas rojas. El sonido de los cohetes se mezcla con el de las bandas, los tambores y los agudos gritos infantiles; la visi\u00f3n de los estandartes, con el humo del copal, los atuendos de colores chillantes y el ornamento plumario. En un momento dado, la vista de la Bas\u00edlica parece imprimirle a la procesi\u00f3n un ritmo fren\u00e9tico. Pasan tundiendo el suelo las &#8220;danzas chichimecas de conquista&#8221;, con su blas\u00f3n donde ondean los padres franciscanos; los pobr\u00edsimos vestidos romanos de los campesinos de Tenango del Valle muestran, al mismo tiempo, su entusiasmo y su miseria; la ferocidad guerrera de la Peregrinaci\u00f3n Azteca se pasea en trajes de cuero y pieles de ocelote, contrastando con las ni\u00f1as multicolores de la Corporaci\u00f3n de Concheros de M\u00e9xico, y las mandolinas af\u00f3nicas pulsadas por viejos encorvados del Grupo Xochipili.<\/p>\n<p>Han venido desde todos lados, subiendo y bajando cerros. Han venido en camiones comunales, en autobuses alquilados, en los desvencijados autos familiares, en la mustia uniformidad del Metro. Para llegar al encuentro de su fe, salieron temprano desde Santa Mar\u00eda del Monte, Santiago Zapotitl\u00e1n, Chalma, Jocotitl\u00e1n, desde el pueblo de San Rafael y desde Santa Rosa de Lima. Llegaron de la colonia Renovaci\u00f3n de Iztapalapa, y de la Caracol de Ecatepec, de Nezahualc\u00f3yotl y del mismo Templo Mayor, entra\u00f1a profunda de la antigua An\u00e1huac. &#8220;Venimos por nuestra devoci\u00f3n, por nuestro gran amor que sentimos por la Virgen -comenta una adolescente acompa\u00f1ada de su madre-, y tambi\u00e9n por Dios&#8221;. Tambi\u00e9n por Dios, el invitado de \u00faltima hora. Dios se ha colado al fest\u00edn de Guadalupe, subordinada en rango, mas no en audiencia. &#8220;El d\u00eda 12 de diciembre, que venimos a bailarle aqu\u00ed a la virgen, no tenemos oportunidad de entrar a la iglesia a o\u00edr misa -explica Porfirio Ponce, de Iztapalapa-, es por eso que muchos preferimos venir este d\u00eda, porque es el d\u00eda especial de los danzantes&#8221;.<\/p>\n<p>La peregrinaci\u00f3n se aproxima a su teocalli en el fin del segundo milenio. El tono de la m\u00fasica es triste, festivo o marcial, seg\u00fan la naturaleza del grupo. Las alabanzas de los concheros tienen un timbre piadoso y pla\u00f1idero: son los sincr\u00e9ticos, los conquistados de buen modo. Por el contrario, las danzas guerreras de aztecas y chichimecas son agresivas, de un protagonismo rebelde y desafiante: son los nost\u00e1lgicos de un pasado impoluto, los conquistados de mal modo. El atuendo y los instrumentos, s\u00edmbolos al fin, atestiguan las convicciones de unos y de otros. Los &#8220;concheros&#8221; son partidarios del pudor de las ropas largas, y la &#8220;concha&#8221; o mandolina es la aceptaci\u00f3n cultural de Occidente. Los &#8220;aztecas&#8221; y &#8220;chichimecas&#8221;, por su parte, prefieren llamar Tonantzin a la madre que a pocos metros les espera. Bailan semidesnudos, portan el salvaje maxtli, los orgullosos pectorales, las soberbias plumas de los que no hubieron de someterse f\u00e1cilmente. Por convencimiento propio han abandonado las cuerdas occidentales, y han retornado al m\u00edtico retumbar de sus huehuetls.<\/p>\n<p>En los espacios que se han creado entre grupo y grupo, ni\u00f1os prehisp\u00e1nicos con cintas rojas en la cabeza corren sosteniendo bolsas de limonada entre los dientes. De un momento a otro, los costados del camell\u00f3n a lo largo de la calzada aparecen atestados de puestos ef\u00edmeros: aguas frescas, frutas enchiladas, gorras y rebozos de lana, casetes, sombreros de paja. El ambulantaje del siglo XX se ha puesto a las \u00f3rdenes del carnaval de la nostalgia, del teatro apabullante de lo que una vez fuimos. A derecha y a izquierda, adelante y atr\u00e1s, una ciudad indiferente es testigo de la m\u00e1s ex\u00f3tica de las peregrinaciones guadalupanas. De sur a norte han bailado cruzando la avenida Consulado y Robles Dom\u00ednguez, la Henry Ford, Tesoro y Talism\u00e1n; a su paso, enormes letreros sucios de holl\u00edn y grasa cotidiana han atestiguado los sahumerios, los gritos, el canto melanc\u00f3lico de los concheros: Porcelanite, Banamex, Wall Mart, McDonalds. &#8220;No que no, s\u00ed que s\u00ed, ya volvimos a salir: el Pasado Prehisp\u00e1nico&#8221;. &#8220;Este maxtli s\u00ed se ve, este huehuetl s\u00ed se siente&#8221;. Es preciso demostrar lo que somos, como dir\u00eda Ortega, &#8220;bajo la forma de haberlo sido&#8221;. Es necesario anunciar al mundo (y a nosotros mismos) que seguimos all\u00ed, que la imagen del espejo no ha cambiado, que seguimos siendo iguales a nosotros mismos: eterna polea vuelta sobre s\u00ed, insaciable deseo de autoafirmaci\u00f3n: la mexicanidad del mexicano.<\/p>\n<p>&#8220;Los pueblos que tienen una conciencia nacional no necesitan predicarla o explicarla -sostiene el doctor Rubial-, la tienen, y punto. La `mexicanidad` es, de alguna manera, la confesi\u00f3n de que no hemos asimilado una cultura nacional propia, en t\u00e9rminos de conciencia colectiva&#8221;. Concheros contra danzantes, danzantes contra chimaleros, chimaleros contra concheros. Entre la mano hispanista que pulsa la mandolina, y la ind\u00edgena que azota el huehuetl, se alza conciliadora y pura la virgen bic\u00e9fala, la Mestiza, la que mira al pasado y al futuro de la naci\u00f3n mexicana.<\/p>\n<p>Traspasando el enrejado del atrio, abierto de par en par, las conformidades y grupos de danzantes van ocupando los distintos puntos de la explanada. Para llegar all\u00ed, los contingentes han tenido que adelgazarse en el penoso embudo del p\u00f3rtico, atiborrado de im\u00e1genes religiosas, fritangas y puestos de todo tipo. Uno que otro danzante no ha podido resistirse al pambazo, el huarache o el agua fresca. Pero en un momento alcanza tambi\u00e9n la explanada, busca a los suyos, se integra otra vez al grupo. Bailan de frente a Ella, los ojos puestos en su Casa, en su Misericordia. Son poco m\u00e1s de las dos en una tarde c\u00e1lida y sin viento. Sobre el dintel de la Bas\u00edlica, la pregunta infinita de la Virgen cae sobre sus hijos: &#8220;\u00bfAcaso No Estoy Yo Aqu\u00ed, Que Soy Tu Madre?&#8221;.<\/p>\n<p>Acaso: grieta de la certidumbre, posibilidad del naufragio. Acaso. Poco a poco la explanada adquiere las dimensiones de una verbena f\u00e1ustica. Es casi imposible hablar si no es a gritos. Como siempre, predomina el rugido de los huehuetls, de los tambores; debajo, insistente y mon\u00f3tono, el murmullo de los ayoyotes completa la m\u00fasica pagana. Desga\u00f1itadas alabanzas concheras vienen temblando, a veces, desde el fondo del atrio. Las \u00faltimas conformidades van llegando, arrastrando a su paso la cuota habitual de enfermos mortecinos, de tullidos sin remedio, de penitentes asfixiados por culpas inaudibles. &#8220;\u00bfAcaso no estoy yo aqu\u00ed, que soy tu Madre?&#8221;. Responder\u00e1n con su coraz\u00f3n los que no son esc\u00e9pticos, los que han llegado caminando sobre sus manos y rodillas, los que han venido a descargar al hijo atravesado por pu\u00f1al o picahielo, los que piden un lugar para dormir esta noche, los miserables de esta tierra.<\/p>\n<p>Hacia las cinco de la tarde, la intensidad de la fiesta ha mermado. Abajo, sobre las escaleras que dan al p\u00f3rtico, algunos puestos han empezado a levantarse, y desaparecen las portadas de los \u00faltimos diarios: &#8220;Debate civilizado en torno al Fobaproa, pide L\u00f3pez Obrador&#8221;. &#8220;Amenazan epidemias; temen brotes de dengue y malaria por culpa de `Mitch`&#8221;. Mitch, Fobaproa: los nuevos nombres de los viejos males. Pero la Virgen, acaso. Es necesario acogerse a su gracia, con plumas caras de fais\u00e1n o guacamaya, con plumas baratas de guajolote o gallo blanco. Ella no distingue entre la gamuza de los guerreros pudientes y el pl\u00e1stico de los que apenas se acabalan. Ella es la patrona y protectora de los mel\u00f3dicos &#8220;concheros&#8221;, de los rudos &#8220;chichimecas&#8221;, de los soberbios &#8220;aztecas&#8221;, y aun de los desprestigiados &#8220;chimaleros&#8221;, que podr\u00edan venderla a Ella en un descuido, como han vendido -dicen- la memoria y la imagen de sus padres ind\u00edgenas.<\/p>\n<p>&#8220;\u00a1El es Dios!&#8221;: el sincretismo conchero<\/p>\n<p>&#8220;La se\u00f1al del sincretismo cay\u00f3 sobre San Gremal -explica un joven conchero, metiendo la mano sobre una bolsita de nanches en el Z\u00f3calo-: all\u00ed, una noche, los fieles cat\u00f3licos estaban escuchando misa cuando los indios bajaron de los montes cercanos. Se arm\u00f3 la batalla. Y en eso estaban cuando el cielo se abri\u00f3, deslumbr\u00e1ndolos a todos. Quedaron paralizados de terror divino, indios y cat\u00f3licos. Entonces, mir\u00e1ndose unos a otros, dijeron: &#8220;\u00a1El es Dios!&#8221;.<\/p>\n<p>Los dem\u00e1s j\u00f3venes del grupo escuchan por en\u00e9sima vez la historia, regocijados, atentos. Casi puede advertirse en ellos un estremecimiento, como si el cielo se hubiese abierto de nuevo mostr\u00e1ndoles toda la verdad de esa revelaci\u00f3n: ni indios paganos ni cat\u00f3licos hispanos. Simplemente mexicanos. Entre Tezcatlipoca y Jes\u00fas se alza ahora la verdad de un Cristo extensivo, piadoso, ilimitado, que bien podr\u00eda apellidarse Ometecutli-Omec\u00edhuatl, dualidad infinita, creadora de todo cuanto hay. Ll\u00e1male c\u00f3mo quieras: &#8220;El es Dios&#8221;.<\/p>\n<p>La an\u00e9cdota de San Gremal, mito fundacional de los concheros, no es otra que la antiqu\u00edsima leyenda sobre el origen de la ciudad de Quer\u00e9taro, en la tercera d\u00e9cada del siglo XVI. Pero a los j\u00f3venes danzantes de la conformidad Ollin Ayacaxtli, las precisiones hist\u00f3ricas parecen importarles menos que la paralizante visi\u00f3n que encierra ese pasaje. Cuando pregunto algo, o pido una opini\u00f3n, tres o cuatro muchachos se disputan la palabra. &#8220;No te vayas&#8221;, le dice uno a otro: &#8220;T\u00fa tambi\u00e9n est\u00e1s embarcado&#8221;. Embarcado en la devoci\u00f3n conchera, navegando sobre modernas religiosidades gastadas y credos infecundos. Los grupos de concheros son -as\u00ed lo percibe el extra\u00f1o- cofrad\u00edas regocijadas de amigos en torno a una fe viva: El es Dios.<\/p>\n<p>&#8220;Entre los grupos de danzantes, me parece que los `concheros` tienen mucho m\u00e1s qu\u00e9 ofrecerse entre s\u00ed -comenta Mario Giraud, pintor y poeta indigenista-, tienen un respeto hacia sus tradiciones antiguas; las cuidan, las promueven dentro de sus comunidades. A sus hijos les ense\u00f1an el sentido de la danza, su por qu\u00e9. En cambio, el `chimalero` no es otra cosa que un vendedor de imagen. Es la verdad. Danzan para ganarse una lana, lo que no es otra cosa que devaluar la identidad que dicen respetar&#8221;. A s\u00f3lo unos meses del final del segundo milenio, la devoci\u00f3n de los concheros parece efectivamente a salvo del marasmo y la rigidez de los credos tradicionales. Sus agrupaciones son por lo general fuertes, disciplinadas, solidarias. Por m\u00e1s que las manifestaciones de su fe se llamen &#8220;obligaciones&#8221;, es evidente que las velaciones, danzas y peregrinaciones concheras est\u00e1n movidas por un af\u00e1n de encontrarse, de reconocerse en los otros a trav\u00e9s de la fe en un Dios formalmente cat\u00f3lico, pero acechado por sombras paganas y pante\u00edstas. &#8220;El es Dios, pero, \u00bfqui\u00e9n es El?&#8221;. &#8220;Bueno, mejor cantemos nuestras alabanzas&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;Es dif\u00edcil saber hasta d\u00f3nde se remontan estos grupos de concheros, que manejan todo un discurso sobre el pasado ind\u00edgena y el sincretismo -se\u00f1ala el doctor Rubial-, pero su tradici\u00f3n es evidentemente cristiana. Los santuarios son cristianos, los santos son cristianos. Hay un rescate de elementos ind\u00edgenas, pero son m\u00ednimos. Yo creo que es sobre todo a partir de la revoluci\u00f3n cuando los `concheros` generan un discurso nacionalista m\u00e1s articulado&#8221;. Aunque en los contenidos esenciales la fe conchera sea indiscutiblemente cat\u00f3lica, su pr\u00e1ctica \u00edntima y externa bordea sin duda la excentricidad pagana. &#8220;En alguna ocasi\u00f3n fui reconvenido por un padrecito -recuerda Alberto Avila, viejo conchero de la palabra de don Ernesto Ortiz-, porque se me ocurri\u00f3 identificar a Cristo con Ometecutli. En realidad, no fue m\u00e1s all\u00e1, s\u00f3lo me pidi\u00f3 que hab\u00eda que evitar confusiones&#8221;.<\/p>\n<p>Acostumbrada desde siempre a lidiar con paganos insumisos y culturas indoblegables, la Iglesia ha sabido convivir con las conformidades concheras en armon\u00eda y santa paz. Caminan juntas, en la misma direcci\u00f3n, pero dir\u00edase que no precisamente tomadas de la mano. Hay demasiadas caracolas, sahumerios de copal y llantos quejumbrosos por la m\u00edtica Tenochtitlan en estos &#8220;compadritos&#8221;. Y tantos, que el mismo Alberto Avila, hijo de refugiados espa\u00f1oles, reconoce que se ha visto algunas veces compelido a equilibrar la balanza. &#8220;En una ocasi\u00f3n, al perder mi primer uniforme, decid\u00ed vestirme con un h\u00e1bito de fraile. Quise recalcar que esto es producto de un sincretismo, y que no s\u00f3lo el copal y las plumas pesan&#8221;.<\/p>\n<p>La velaci\u00f3n de un conchero<\/p>\n<p>Es una noche fr\u00eda de mediados de noviembre, y el Renault destartalado de Alberto Avila se ha detenido ante un humilde zagu\u00e1n de la calle Texcoco, en la colonia La Laguna, Tlalnepantla. Alberto, un hombre alto, delgado, con una barba espesa y canosa, avanza hacia una larga cochera improvisada como santuario. Lleva un pantal\u00f3n ordinario de mezclilla, una sudadera Everlast, una veladora en la mano y la &#8220;concha&#8221; o mandolina bajo el brazo. Su paso es r\u00e1pido, decidido, con la desenvoltura que le han dado 25 a\u00f1os de tradici\u00f3n &#8220;conchera&#8221;.<\/p>\n<p>Saludando a los viejos &#8220;compadritos&#8221; con la mirada, espera su turno para &#8220;presentarse&#8221; ante el altar, donde una mujer morena recibe a los danzantes con sahumerios de copal. Es, en el lenguaje &#8220;conchero&#8221;, &#8220;La Malinche&#8221;, y sus ojos recuerdan los de Melqu\u00edades en la descripci\u00f3n de Garc\u00eda M\u00e1rquez: unos ojos orientales que parecen conocer el otro lado de las cosas. De todas las jerarqu\u00edas del rito -el Capit\u00e1n, las Palabras, el Regidor, el Sargento- &#8220;La Malinche&#8221; es sin duda la advocaci\u00f3n m\u00e1s significativa. En la liturgia conchera, la Traidora por excelencia, el pecado original del derrumbe mexica, ha venido a consolidarse como la figura central de la reconciliaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Llegada la ocasi\u00f3n, Alberto entrega la veladora, se reclina, intercambia \u00f3sculos devotos con la sacerdotisa, y pone sus labios sobre la &#8220;sombra&#8221; o &#8220;arbolito&#8221;, el estandarte de su conformidad. &#8220;La Malinche&#8221;, por su parte, bendice el &#8220;arma&#8221; o &#8220;concha&#8221; del danzante con el humo sagrado. Para \u00e9l, la velaci\u00f3n en memoria de la muerte del viejo jefe, don Ernesto Ortiz, ha comenzado. Las alabanzas, el intercambio del tradicional saludo &#8220;conchero&#8221;, y el embriagante copal se mueven por el recinto:<\/p>\n<p>\u00a1En esta santa Mesa, s\u00ed hay conformidad<br \/>\nv\u00e1lgame el Misterio de la Trinidad&#8230;<br \/>\nAll\u00e1 en la gran, en la gran Tenochtitl\u00e1n.<br \/>\nAll\u00e1 en la gran, en la gran Tenochtitl\u00e1n!<\/p>\n<p>Los saludos informales, el bullicio, la complicidad de las an\u00e9cdotas contadas en grupo, las sonrisas, escapan al tono habitual de las ceremonias del catolicismo burocr\u00e1tico. Hay un ambiente c\u00e1lido, fraterno en esta improvisada galer\u00eda presidida al fondo por las figuras del Santo Ni\u00f1o de Atocha y de la Virgen de San Juan de los Lagos. El alabancero desgrana sus coplas en honor del jefe desaparecido:<\/p>\n<p>El Se\u00f1or vive feliz con el Jefe Ernesto Ortiz<br \/>\nLa sonrisa del Ni\u00f1ito, la Virgen de los Laguitos<\/p>\n<p>Los miembros de la conformidad de Ernesto Ortiz van llenando poco a poco el espacio preparado para recibirlos en el domicilio del extinto capit\u00e1n. A lo largo del corredor se han dispuesto sillas para los invitados y cordones con papel picado blanco y negro acent\u00faan a un tiempo el tono regocijado de la ceremonia, y su car\u00e1cter luctuoso. Una fuerte lona, atada a los muros, resguarda a los &#8220;compadritos&#8221; del fr\u00edo y concentra la atm\u00f3sfera del copal. &#8220;Antes de entrar a la danza yo me compromet\u00ed con el asunto cristiano, cat\u00f3lico -se\u00f1ala Alberto Avila- y entend\u00ed que cualquier rollo hacia el futuro tendr\u00e1 que ser sincr\u00e9tico y cristo-c\u00e9ntrico. Por eso me molestan estos intentos por volver al pasado sin aceptar nuestra cultura actual. Jes\u00fas realiz\u00f3 una haza\u00f1a que compromete a la humanidad entera con la reconquista del para\u00edso. Y esta tarde, que es de todos, se encuentra en el futuro, no en el pasado&#8221;.<\/p>\n<p>Apostado a la entrada del zagu\u00e1n, un hombre gordo metido en un poncho de lana se levanta de la silla para sonar la caracola. Anuncia la llegada de la primera conformidad visitante. A lo lejos, la caracola de la &#8220;Danza de las Insignias Aztecas&#8221; responde al saludo con un lamento largo y quejumbroso. Vienen cantando; vienen repartiendo el sahumerio por los cuatro vientos; vienen anunciando su homenaje al viejo jefe Ernesto Ortiz:<\/p>\n<p>Estos son los S\u00edmbolos que el Se\u00f1or mand\u00f3<br \/>\npara el cumplimiento de la Obligaci\u00f3n;<br \/>\nall\u00e1 en la gran, en la gran Tenochtitl\u00e1n,<br \/>\nall\u00e1 en la gran, en la gran Tenochtitl\u00e1n&#8230;<\/p>\n<p>Tras el final de cada copla, cerrando la intervenci\u00f3n agradecida de cada invitado, las voces se alzan diciendo, repitiendo: &#8220;\u00a1El es Dios!&#8221;, &#8220;\u00a1El es Dios, compa\u00f1ero!&#8221;. Ataviados con ropas distintas, entonando diferentes alabanzas, las mesas o conformidades van llegando respetuosamente al recinto. Entre una y otra, un &#8220;compadrito&#8221; silencioso barre el polvo sobre el p\u00f3rtico del zagu\u00e1n. Su humildad no es menos ejemplar que la del &#8220;capit\u00e1n&#8221; que conduce, o &#8220;La Malinche&#8221; que &#8220;bendice&#8221;, o el &#8220;caracol&#8221; que abre los vientos y anuncia la llegada. Todos los grupos se llaman, significativamente, &#8220;conformidades&#8221;: Conformidad de las Danzas Aztecas, Conformidad Xinaxtli, Conformidad Ollin Ayacaxtli, Conformidad Azteca de la Gran Tenochtitlan. Es la conformidad con la conquista, con el perd\u00f3n, con el mestizaje, con esta ambigua manera de olvidar -recordando- la tragedia de M\u00e9xico-Tenochtitlan.<\/p>\n<p>Asomado a la ventanilla de la Miscel\u00e1nea Chabelita, frente a la velaci\u00f3n, el &#8220;compadrito&#8221; Alberto compra seis paquetes de pastillas de menta para repartir entre los desga\u00f1itados &#8220;concheros&#8221;. &#8220;Esa era mi gran bronca, cuando de joven quer\u00eda estudiar medicina&#8221;, recuerda: &#8220;\u00bfQui\u00e9n tiene una soluci\u00f3n al problema de la muerte?&#8221;. Sobre la calle, la luz mortecina de cuatro farolas revela una hilera de casas de cemento y ladrillos sin escalar. Perros moviendo la cola hacen una guardia fam\u00e9lica frente a un puesto de tacos, en la esquina. El fr\u00edo aprieta en Tlalnepantla, en un barrio popular no del todo olvidado por la mano de Dios.<\/p>\n<p>&#8220;Ser cat\u00f3lico hoy en d\u00eda es una cuesti\u00f3n muy problem\u00e1tica -contin\u00faa Alberto-, la fe no es una cosa que se transmita gen\u00e9ticamente, o por mandato. Por imponerle a alguien la fe, le quitamos su libertad de decidir y de acercarse a ella libremente&#8221;. Mientras habla, a sus espaldas, grupos de gentes con cintas rojas, plumas y melodiosas &#8220;conchas&#8221;, van ingresando en la atm\u00f3sfera del copal bendecida por la presencia del Santo Ni\u00f1o. Con sus cantos, con sus alabanzas, rinden un homenaje al jefe muerto, dan gracias a sus santitos y a la Virgen y -al mismo tiempo- ayudan al Sol a enfrentar exitosamente la diaria batalla contra los dioses nocturnos. No hay contradicciones: &#8220;El es Dios&#8221;. Alberto, sus &#8220;compadritos&#8221; y &#8220;comadritas&#8221;, han elegido libremente una catolicidad pintada por la nostalgia de un pasado para siempre perdido. Cat\u00f3licos, apost\u00f3licos y romanos. S\u00ed, pero con la honda tristeza de haber dejado algo de s\u00ed mismos, all\u00e1, muy lejos, all\u00e1, &#8220;en la gran Tenochtitlan&#8221;.<\/p>\n<p>Greco Sotelo es historiador, egresado de la UNAM. Correo: vitabrevis@latinmail.com<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La otra mexicanidad Greco Sotelo Cada primer domingo de noviembre llegan en procesi\u00f3n a la iglesia de Santiago Tlatelolco, de paso hacia el destino final: la Bas\u00edlica de Guadalupe. 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