{"id":707,"date":"2006-03-22T06:47:19","date_gmt":"2006-03-22T06:47:19","guid":{"rendered":"http:\/\/nasdat.com\/?p=707"},"modified":"2006-03-22T06:47:19","modified_gmt":"2006-03-22T06:47:19","slug":"leyenda-calchaqu\u00cd-de-el-cardenal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nasdat.com\/?p=707","title":{"rendered":"LEYENDA CALCHAQU\u00cd DE EL CARDENAL"},"content":{"rendered":"<p>LEYENDA CALCHAQU\u00cd DE EL CARDENAL<\/p>\n<p>Los calchaqu\u00edes pertenecieron al grupo de los diaguitas, grupo \u00e9tnico que habit\u00f3 en valles y quebradas del noroeste de la Argentina. La cultura diaguita fue la que desarroll\u00f3 la cultura ind\u00edgena m\u00e1s compleja en territorio argentino. El arte diaguita relumbr\u00f3 en la cer\u00e1mica y la metalurgia. Antes de la dominaci\u00f3n espa\u00f1ola, hacia el 1480, durante el reinado del Inca Tupac Yupanqui ( el hijo de Pachacutec) los incas se adentraron en territorio argentino. Esto explica los elementos incaicos que influyen en esta leyenda que ahora le presentamos en Temakel: la leyenda calchaqu\u00ed de el cardenal.<\/p>\n<p>El cardenal es un p\u00e1jaro de tama\u00f1o mediano y de agradable aspecto que nidifica en los montes. De plumaje compacto, tiene el lomo de color gris acero; el pecho y el abdomen, blanco ceniciento; la garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que el penacho de suaves plumitas en que \u00e9sta termina. Una l\u00ednea blanca separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.<\/p>\n<p>Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola, larga y cuadrada.<br \/>\nMovedizo, \u00e1gil y vivaz, es muy cantor. Su canto, en forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable, y se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.<br \/>\nEl nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo construye en los \u00e1rboles y arbustos.<\/p>\n<p>Los guaran\u00edes lo llaman ac\u00e1 pit\u00e1 (cabeza roja). En la leyenda calchaqu\u00ed, el cardenal surgir\u00e1 como metamorfosis de una pareja humana desventurada&#8230;<\/p>\n<p>LEYENDA CALCHAQU\u00cd DE EL CARDENAL<\/p>\n<p>Cuando el a\u00f1il y el rojo, el amarillo y el anaranjado, ti\u00f1eron el cielo y el cerro con los colores del crep\u00fasculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaqu\u00ed, descend\u00edan por los senderos de la monta\u00f1a abrupta.<br \/>\nUn deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del valle de donde salieran hac\u00eda ya cuatro lunas.<br \/>\nMarchaban callados. S\u00f3lo se o\u00edan sus voces cuando alguno de ellos, advertido de alg\u00fan peligro, daba el alerta a los dem\u00e1s.<br \/>\nAl frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como \u00e9l y como \u00e9l querido y respetado por su pueblo.<br \/>\nLlegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso, indicando a los dem\u00e1s, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija en una figura extra\u00f1a que su sagacidad hab\u00eda descubierto.<br \/>\nSe acerc\u00f3 a ella con toda precauci\u00f3n temiendo que se desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una hermosa joven, recostada contra un corpulento pacar\u00e1, dorm\u00eda pl\u00e1cidamente. Un rayo de luna iluminaba su rostro p\u00e1lido, y arrancaba destellos de plata de la t\u00fanica con que cubr\u00eda su esbelto cuerpo.<br \/>\nRumores de admiraci\u00f3n de sus compa\u00f1eros escuch\u00f3 Ancali. Se acerc\u00f3 sigiloso para no despertar a la ni\u00f1a y, cuando se hallaba cerca, no pudo reprimir su entusiasmo:<br \/>\n-\u00a1Acchachay! -exclam\u00f3 muy bajo.<br \/>\nComo al conjuro de una orden misteriosa, despert\u00f3 la joven y al verse rodeada por desconocidos, los mir\u00f3 azorada. Se levant\u00f3 con presteza y su mirada sorprendida se fij\u00f3 en Ancali, alto, fornido, de rostro recio y expresi\u00f3n cordial que en ese momento con voz afable le preguntaba:<br \/>\n-\u00bfQui\u00e9n eres y qu\u00e9 haces en los dominios de Pusquillo?<br \/>\n-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi madre me env\u00eda a la tierra para que siembre bondad entre los hombres -respondi\u00f3 la ni\u00f1a con dulce voz y expresi\u00f3n humilde.<br \/>\nEra tanta su belleza, tanta sumisi\u00f3n hab\u00eda en el tono y tanta ternura en las palabras, que Ancali se sinti\u00f3 atra\u00eddo por la desconocida. Siguiendo un impulso generoso le ofreci\u00f3:<br \/>\n-Ven a la tribu de mi padre donde ser\u00e1s bien recibida. Ven con nosotros&#8230;<br \/>\nUn rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca. Ella, entonces, creyendo ver en el hecho una demostraci\u00f3n de la conformidad de Mama Quilla, su madre, acept\u00f3 agradecida.<br \/>\nSe uni\u00f3 a los guerreros y al frente del grupo, al lado de Ancali, march\u00f3 por el sendero del bosque entre lianas y plantas trepadoras que ca\u00edan desde las ramas de los \u00e1rboles semejando cascadas de verdura.<br \/>\nA la ma\u00f1ana siguiente, Ancali y sus guerreros, junto con Vilca, arribaron a los tolder\u00edas de la tribu.<\/p>\n<p>Ancali y sus compa\u00f1eros fueron recibidos con alborozo.<br \/>\nLos cazadores se despojaron de armas y flechas entregando a sus familiares el producto de tantos d\u00edas dedicados a la caza: venados, guanacos, suris, plumas vistosas de raro colorido, pieles de jaguar&#8230;<br \/>\nVilca, mientras tanto, permanec\u00eda ignorada. Nadie hab\u00eda reparado en ella. Junto a un array\u00e1n florecido era muda espectadora de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.<br \/>\nDe improviso oy\u00f3, a su lado, una voz que le preguntaba:<br \/>\n-\u00bfQui\u00e9n es la imilla que con asombro asiste a la llegada de nuestros cazadores?<br \/>\nDi\u00f3se vuelta la ni\u00f1a y vio, junto a ella, a un hombre de cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y mirada penetrante. Llevaba en su cabeza una toca redonda que ca\u00eda hacia la espalda en un pliegue de forma triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.<br \/>\nSegura, por este hecho, de que se hallaba ante uno de ellos, iba a responderle, cuando oy\u00f3 al desconocido que, al tiempo que clavaba su vista penetrante en ella, sonriendo volv\u00eda a preguntarle:<br \/>\n-\u00bfQui\u00e9n eres, extranjera? \u00bfDe d\u00f3nde vienes?<br \/>\n-Soy Vilca -respondi\u00f3 medrosa-. Soy la hija de Quilla y de su reinado vengo.<br \/>\n-\u00bfC\u00f3mo llegaste hasta los dominios del gran cacique Pusquillo? -inquiri\u00f3 curioso el hombre.<br \/>\n-Los cazadores me encontraron en el bosque y con ellos he venido&#8230;<br \/>\nEn ese instante, del grupo de cazadores se separ\u00f3 uno de ellos. Era Ancali, que con un precioso manojo de plumas de ave del para\u00edso se dirig\u00eda hacia donde se hallaba la extranjera.<br \/>\nAsombrados miraron todos al hijo del cacique, y su sorpresa fue mayor cuando distinguieron a la desconocida que conversaba con Suri, el hechicero.<br \/>\nLleg\u00f3 Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las hermosas plumas, la invit\u00f3:<br \/>\n-Toma, Vilca&#8230; Adorna tus cabellos y acomp\u00e1\u00f1ame. Mi padre, el cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.<br \/>\nObedeci\u00f3 la ni\u00f1a y pocos momentos despu\u00e9s se hallaba ante el cacique quien, ganado por su simpat\u00eda y por su hermosura, la recibi\u00f3 afable y cari\u00f1oso considerando de buen augurio que Quilla, la reina de la noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.<br \/>\nMientras tanto Suri, el hechicero, despechado por lo que \u00e9l consider\u00f3 un desprecio, al no ser llamado para la presentaci\u00f3n de la extranjera al curaca de la tribu, sinti\u00f3 por ella, que absorb\u00eda la atenci\u00f3n de todos, una envidia sin l\u00edmites. Sus sentimientos mezquinos lo incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde entonces una marcada aversi\u00f3n por la dulce Vilca, ajena por completo a tal sentimiento. La odi\u00f3 y se prometi\u00f3 hacerle imposible la vida en la tribu hasta conseguir que la abandonara.<br \/>\nIgnorando tan bajos prop\u00f3sitos y sinti\u00e9ndose, en cambio, querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en los dominios de Pusquillo.<br \/>\nSuave y delicada por naturaleza, se granje\u00f3 de inmediato la simpat\u00eda y el cari\u00f1o de la tribu. Particip\u00f3 de las tareas de las mujeres y se adiestr\u00f3 en el tejido del algod\u00f3n que cosechaban en las extensas plantaciones de la regi\u00f3n, constituyendo una de sus principales riquezas. Aprendi\u00f3 a hilar la lana y a tejerla.<\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana, el curaca Pusquillo, el jefe de la tribu, el padre de Ancali, mand\u00f3 llamar por su hijo.<br \/>\n-Te he llamado, Ancali. T\u00fa has de sucederme en el poder y no quiero morir sin que hayas elegido a la compa\u00f1era de tu vida-manifest\u00f3 el curaca Pusquillo-. Elige entre nuestras doncellas&#8230; Que sea buena y justa como tu madre lo fue&#8230; S\u00f3lo as\u00ed te har\u00e1 feliz y har\u00e1 la felicidad de tu pueblo. Y yo morir\u00e9 tranquilo&#8230;<br \/>\n-Padre, mi elecci\u00f3n est\u00e1 hecha y s\u00f3lo aspiro a tu aprobaci\u00f3n -respondi\u00f3 Ancali-. Quiero a Vilca, padre, y si no me he animado antes a confes\u00e1rtelo, es que, por tratarse de una extranjera, tem\u00ed tu desaprobaci\u00f3n. Pero ahora s\u00e9 que la quieres y que aprecias sus condiciones. \u00bfConscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compa\u00f1era? Es buena, justa y humilde. Es la \u00fanica capaz de hacerme feliz. \u00bfLo consientes padre?<br \/>\n-No s\u00f3lo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo m\u00edo. Vilca es buena y afable y es hija de Quilla. Debemos sentirnos orgullosos de que nos haya entregado a su hija. Los dioses han querido favorecernos. Estoy muy contento con tu elecci\u00f3n, hijo&#8230; Ve a buscar a Vilca&#8230; Quiero que conozca mi aprobaci\u00f3n&#8230; Ser\u00e1 necesario que la ceremonia se lleve a cabo cuanto antes&#8230; -termin\u00f3 el curaca, desfallecido.<br \/>\n-No ser\u00e1 tan pronto, padre. Antes quiero ir al Nevado de Pisca Cruz en busca de la raspadura de piedra de la cumbre, del lugar donde caen los rayos, que curar\u00e1 tus males. Vilca te cuidar\u00e1 durante mi ausencia y a mi vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me unir\u00e9 a ella para siempre. Mama Quilla nos proteger\u00e1 desde el cielo. Voy en busca de mi novia, padre.<br \/>\nAl salir de la casa, Ancali se cruz\u00f3 con Suri que llegaba, como todas las tardes, con una poci\u00f3n destinada a su padre.<br \/>\nEn el horizonte, encendido en fulgores de incendio, el sol escond\u00eda sus \u00faltimos rayos.<br \/>\nCorri\u00f3 Ancali en busca de su prometida. Cuando volvi\u00f3 con ella, feliz al poder realizar su mayor deseo, la present\u00f3 a su padre.<br \/>\nEl anciano se hallaba tendido en el lecho, con los ojos cerrados, respirando con dificultad.<br \/>\nDesde un rinc\u00f3n en sombras, observaba Suri. Ancali tuvo un sobresalto. Su padre estaba peor que cuando \u00e9l lo dejara hac\u00eda unos instantes. Vilca frot\u00f3 la frente del anciano con hierbas arom\u00e1ticas y el viejo cacique abri\u00f3 los ojos. Despu\u00e9s, con dificultad, levant\u00f3 una mano y con voz desfallecida balbuce\u00f3:<br \/>\n-Que se\u00e1is felices, hijos m\u00edos. Que nuestros dioses os protejan&#8230;<br \/>\nCerr\u00f3 los ojos nuevamente y recost\u00f3 pesadamente la cabeza.<br \/>\nVilca y Ancali se miraron consternados.<br \/>\nEl hijo tom\u00f3 una resoluci\u00f3n:<br \/>\n-Qu\u00e9date con \u00e9l, Vilca. No te separes de su lado. Yo corro al Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que cura&#8230;<br \/>\nAl o\u00edr estas palabras Suri, el machi, el hechicero, sali\u00f3 de la sombra y encar\u00e1ndose con los j\u00f3venes, profetiz\u00f3:<br \/>\n-Los dioses no est\u00e1n contentos, por eso quieren la muerte del curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la ira de nuestros antepasados. Alguien a quien debe haber enviado Zupay&#8230; \u00a1Ten cuidado, Ancali!<br \/>\nCon paso mesurado y una significativa mirada cargada de odio dirigida a Vilca, sali\u00f3 el hechicero.<br \/>\n-\u00bfQu\u00e9 ha querido decir el machi, Ancali? \u00bfPor qu\u00e9 me mir\u00f3 con encono? \u00bfPor qu\u00e9 sospecha que soy enviada de Zupay?<br \/>\n-Nada puedo explicarme -repuso consternado el joven-. Pero en cambio desconf\u00edo&#8230; Desconf\u00edo de Suri. Sus p\u00f3cimas empeoran a mi padre. Creo que en lugar de buscar la salvaci\u00f3n de su vida, trata de darle muerte. Y mi padre, en cambio, \u00a1conf\u00eda en \u00e9l! \u00a1Con qu\u00e9 fe sigue sus consejos y toma los brebajes preparados por \u00e9l! Yo, por mi parte, he cre\u00eddo comprender que Suri nos odia&#8230; Pero, \u00bfpor qu\u00e9? -termin\u00f3 ansioso.<br \/>\n-Ancali&#8230; escucha&#8230; Nunca quise hablarte de esto porque no hall\u00e9 raz\u00f3n para hacerlo. Pero ahora es necesario que sepas&#8230; A quien odia el machi es a m\u00ed&#8230; Me lo dijo hace tiempo&#8230; para convencerme de que abandonara la tribu&#8230; Y me amenaz\u00f3 con males irreparables&#8230; de los que habr\u00eda de sentirme culpable&#8230; No lo cre\u00ed. Sin duda ha llevado la venganza contra tu padre por haberme admitido en sus dominios&#8230;<br \/>\n-\u00a1C\u00f3mo es posible! -le interrumpi\u00f3 Ancali indignado-. \u00bfQu\u00e9 raz\u00f3n puede tener?<br \/>\n-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades superiores a las suyas y desea arrojarme de aqu\u00ed. El no ve con buenos ojos nuestro matrimonio. Cree que es la oportunidad que busco para ejercer luego mis poderes contra \u00e9l y quiere vengarse en ti para que me arrojes de tu lado. \u00a1No permitas que contin\u00fae atendiendo al cacique!<br \/>\n-T\u00fa confirmas mis sospechas&#8230; No abandones a mi padre mientras dure mi ausencia. Correr\u00e9 tan r\u00e1pido como el venado y dentro de dos d\u00edas, cuando Inti, el Sol, env\u00ede sus rayos m\u00e1s c\u00e1lidos a la tierra, estar\u00e9 de vuelta con la piedra milagrosa que salvar\u00e1 a mi padre&#8230;<br \/>\nSe despidi\u00f3 Ancali y desde ese momento Vilca no se separ\u00f3 del anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre yac\u00eda inconsciente, mientras de sus labios brotaban palabras entrecortadas pronunciadas en el delirio.<br \/>\nLa noche fue terrible. Entre estertores y gemidos pas\u00f3 el enfermo sus horas.<br \/>\nVilca, con el cari\u00f1o y la suavidad que le eran propios, cubr\u00eda la frente ardorosa con hierbas arom\u00e1ticas.<br \/>\nUn rayo de luna penetraba por la abertura de la entrada.<br \/>\nA la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba. Su lucidez era completa y aunque se expresaba con dificultad, sus ideas eran claras. Llam\u00f3 a la futura esposa de su hijo para decirle:<br \/>\n-Vilca, hija&#8230; ya puedo llamarte as\u00ed porque te considero hija m\u00eda&#8230; Voy a morir&#8230; Lo presiento&#8230; Nuestros antepasados me llaman a su lado y mi hora llega. Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero que su gobierno sea justo&#8230; que no descanse hasta lograr la mayor felicidad y el completo bienestar de su pueblo&#8230; Ahora, hija m\u00eda, llama a Llamta. Es el m\u00e1s adicto de mis guerreros. Quiero morir mirando el cielo&#8230; Quiero que me lleven bajo los \u00e1rboles&#8230;<br \/>\nLos deseos de Pusquillo se cumplieron. Entre varios fornidos guerreros lo transportaron fuera, coloc\u00e1ndolo bajo la sombra de un a\u00f1oso y corpulento cha\u00f1ar cuyas flores amarillas ca\u00edan como lluvia de oro sobre el cuerpo del cacique.<br \/>\nRodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas en el suelo para evitar que la muerte pasara.<br \/>\nLuego, el machi, presidiendo las ceremonias para rogar por la salud del curaca, invoc\u00f3 a Yastay, diciendo con voz mon\u00f3tona y dolorida:<\/p>\n<p>Yastago, abuelo viejo,<br \/>\nperdone si le han hecho mal,<br \/>\n\u00a1padrecito viejo, kusiya!<\/p>\n<p>De inmediato, con tutusca y ma\u00edz amasaron una figura de guanaco, lo ba\u00f1aron en chicha y lo cubrieron con hojas de coca.<br \/>\nUna vez as\u00ed preparado, pasaron el peque\u00f1o guanaco por el cuerpo del enfermo haci\u00e9ndolo con especial cuidado sobre la cabeza. Limpiaron la grasitud dejada sobre la piel del curaca por la figura del animalito, y una vez cumplido este rito, enterraron al peque\u00f1o guanaco en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique moribundo, y lo rociaron con abundante chicha. Mientras tanto, grandes org\u00edas acompa\u00f1adas por cantos y s\u00faplicas se realizaban en las proximidades de este sitio, ofrecidas a los dioses para que tomaran a su cargo la salvaci\u00f3n del enfermo.<br \/>\nAl lado de \u00e9ste se encontraba Vilca, que, como lo prometiera, no abandon\u00f3 un instante al padre de su novio.<br \/>\nEn el cielo temblaban las estrellas&#8230;<br \/>\nLa respiraci\u00f3n del viejo curaca era penosa y entrecortada. De vez en cuando un rictus de dolor se dibujaba en su rostro. Sus manos se crispaban sobre la manta que lo cubr\u00eda, y sus labios resecos balbuceaban apenas:<br \/>\n-Agua&#8230;<br \/>\nVilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba y le daba de beber.<br \/>\nAs\u00ed pas\u00f3 la noche.<br \/>\nAl amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los oscuros tintes por los celestes gris\u00e1ceos de la aurora; cuando la vida volv\u00eda a renacer, el alma del anciano cacique vol\u00f3 a la regi\u00f3n de lo desconocido. Al aparecer los primeros rayos del sol, abri\u00e9ndose camino en las tinieblas, Pusquillo muri\u00f3.<br \/>\nDesde lejos, con expresi\u00f3n maliciosa, Suri observaba complacido. Una parte de su venganza se hab\u00eda cumplido: el veneno, suministrado diariamente al cacique en peque\u00f1as dosis, hab\u00eda surtido el efecto esperado.<br \/>\nDos d\u00edas despu\u00e9s regres\u00f3 Ancali. Llegaba triunfante, despu\u00e9s de haber arrancado a la cumbre m\u00e1gica de la monta\u00f1a el remedio maravilloso capaz de devolver a su padre la salud perdida.<br \/>\nPoco dur\u00f3 la expresi\u00f3n alegre de su rostro. Al acercarse a los alrededores de su pueblo, f\u00e1cil le fue adivinar la tragedia ocurrida durante su ausencia y convencerse de la inmensa desgracia que lo hab\u00eda alcanzado. Su padre hab\u00eda muerto. No ten\u00eda necesidad de preguntarlo. Lo le\u00eda en los rostros amigos que lo miraban con compasi\u00f3n, en las bocas cerradas de la tribu que no se animaban a darle la fatal noticia.<br \/>\nAncali corri\u00f3 al lugar donde yac\u00eda su padre muerto. Ya no le qued\u00f3 ninguna duda.<br \/>\nCon sus cuerpos envueltos en mantas de colores, un coro de mujeres relataba con cantos y sollozos las haza\u00f1as y glorias del difunto, mientras el resto de los presentes, incansables, segu\u00eda acompa\u00f1ando la ceremonia con danzas, saltos y alaridos de dolor.<br \/>\nFrente al sepulcro preparado, colocadas en palos, estaban las ovejas asadas de las que se val\u00eda el machi para conocer el destino del difunto en el &#8220;pa\u00eds de los muertos&#8221;.<br \/>\nEncontr\u00f3 a Vilca, tal como se lo prometiera, junto al curaca muerto.<br \/>\nAl llegar Ancali, cedi\u00f3 al hijo el puesto que le correspond\u00eda dirigi\u00e9ndose ella a la orilla del arroyo que, con sus aguas, fertilizaba el valle. Se sent\u00f3 en una piedra y qued\u00f3 pensativa.<br \/>\nDe su abstracci\u00f3n la sac\u00f3 una voz conocida y repulsiva que le dec\u00eda:<br \/>\n-\u00bfHas venido a gozar de tu obra? \u00bfTienes ya proyectos para el futuro?<br \/>\nEra Suri, que con todo cinismo acusaba a la inocente Vilca de la muerte de Pusquillo.<br \/>\n-\u00bfMi obra, has dicho? -pregunt\u00f3 a su vez, iracunda, la doncella.<br \/>\n-Tu obra, \u00a1s\u00ed! En una oportunidad te dije que si no abandonabas la tribu, la desgracia caer\u00eda sobre los que te quisieran, y he cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si no abandonas estos lugares, te juro que te arrepentir\u00e1s y cuando lo hagas, \u00a1ser\u00e1 tarde!<br \/>\n-Nada podr\u00e1s en contra de m\u00ed&#8230; Muy pronto ser\u00e9 la esposa de Ancali y \u00e9l, como jefe, sabr\u00e1 dar cuenta de tu osad\u00eda -respondi\u00f3 Vilca indignada.<br \/>\n-Ya sabr\u00e9 impedir que tus planes prosperen -dijo con sorna el machi, y agreg\u00f3: Yo indicar\u00e9 qui\u00e9n ha de suceder al viejo curaca, y no ser\u00e1 por cierto Ancali como t\u00fa mal supones -termin\u00f3 el malvado hechicero con una mueca desde\u00f1osa.<br \/>\nSuri era muy respetado en la tribu. Los poderes sobrenaturales que se le reconoc\u00edan hac\u00edan considerarlo un ser superior enviado por los dioses tutelares. Su palabra se o\u00eda con inter\u00e9s y sus consejos eran seguidos sin discusi\u00f3n.<br \/>\nValido de estas prerrogativas, el terrible hechicero, siguiendo un plan trazado de antemano, dej\u00f3 a Vilca para dirigirse a la casa de Anca, el m\u00e1s anciano y m\u00e1s respetado de los que formaban el Consejo de Ancianos, que era el que deb\u00eda designar al nuevo jefe de la tribu.<br \/>\nCon palabra persuasiva y acento terminante, como si se tratara de la m\u00e1s cierta de las revelaciones, le dijo:<br \/>\n-A tu gran sabidur\u00eda e inigualada experiencia, quiero librar el secreto que me han revelado los astros. Una gran desgracia se cierne sobre nuestra tribu&#8230; Horas amargas tendremos que pasar, pues estamos a merced de una impostora que miente, dici\u00e9ndose hija de Quilla para ser admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha descubierto su supercher\u00eda y yo puedo decirte, \u00a1oh gran Anca!, que la extranjera miente. \u00a1Es una enviada de Zupay llegada para labrar nuestra desgracia! Por lo tanto, debe ser condenada a morir. \u00a1Si as\u00ed no lo hici\u00e9ramos, los mayores malos acabar\u00e1n con nosotros como lo ha hecho con nuestro gran cacique!<br \/>\nImpresionado por tales palabras, apresur\u00f3se Anca a convocar al Consejo de Ancianos que de inmediato resolvi\u00f3 condenar a muerte a la infortunada Vilca.<br \/>\nNada se le particip\u00f3 a Ancali, temerosos de que se opusiera al designio de los astros por salvar a su prometida, y esa noche, cuando todo era quietud y paz en la tribu, los que deb\u00edan hacer cumplir la pena, amparados por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa donde estaba descansando y la llevaron a la monta\u00f1a en la cual le dar\u00edan muerte, luego de cumplir ritos establecidos.<br \/>\nUna vez all\u00ed, buscaron una piedra alta y angosta a la cual la ataron.<br \/>\nDe inmediato, a cierta distancia esparcieron hierbas olorosas y, mientras Suri hac\u00eda conjuros para alejar a Zupay, uno de los ancianos encendi\u00f3 las hierbas que desprendieron un humo denso de olor acre.<br \/>\nLa infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba desesperados llamados a su prometido a quien ped\u00eda socorro.<br \/>\nLa luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta escena desgarradora.<br \/>\nSuri, por el contrario, se sent\u00eda muy feliz. Todo suced\u00eda de acuerdo a sus m\u00e1s \u00edntimos deseos y a sus bien trazados planes. \u00a1Por fin iba a lograr la desaparici\u00f3n de la intrusa!<br \/>\nSin embargo, no contaba el malvado hechicero con el cari\u00f1o y el respeto que sent\u00edan por Ancali sus subordinados.<br \/>\nUno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca. Volv\u00eda de acompa\u00f1ar hasta el l\u00edmite de los dominios de Pusquillo al cacique de una tribu vecina venido para asistir a las ceremonias f\u00fanebres del difunto curaca.<br \/>\nAl pasar cerca del lugar se\u00f1alado para el sacrificio de Vilca, Guasca, favorecido por la luna que continuaba iluminando la escena, not\u00f3 que algo ins\u00f3lito suced\u00eda. Los angustiosos gritos de la doncella atrajeron su atenci\u00f3n.<br \/>\nSe acerc\u00f3 cauteloso tratando de no ser visto y observ\u00f3. Reconoci\u00f3 a Vilca, y al o\u00edr que se repet\u00edan sus desesperados llamados a Ancali abandon\u00f3 el lugar, corriendo a avisar a su jefe.<br \/>\nPronto estuvo ante \u00e9l poni\u00e9ndolo al tanto de lo que ocurr\u00eda.<br \/>\nDe inmediato parti\u00f3 Ancali al frente de varios guerreros que no lo abandonaban nunca.<br \/>\nCuando lleg\u00f3 al lugar del sacrificio, los conjuros y las ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la cabeza ca\u00edda sobre el pecho, lloraba su infortunio.<br \/>\nCorri\u00f3 Ancali a librarla de las ligaduras y cuando ya la crey\u00f3 salvada, una lluvia de flechas parti\u00f3 del grupo de verdugos de la hermosa y dulce Vilca.<br \/>\nDecididos, respondieron al ataque los j\u00f3venes guerreros de Ancali y cuando descontaban la victoria, un grito angustioso de \u00e9ste les indic\u00f3 que su jefe hab\u00eda sido alcanzado por alguna flecha enemiga.<br \/>\nAs\u00ed era en efecto. De la cabeza del intr\u00e9pido muchacho manaba abundante sangre que Vilca trataba de resta\u00f1ar con sus manos cari\u00f1osas.<br \/>\nLa vida hu\u00eda por la herida abierta y Ancali comenz\u00f3 a desfallecer.<br \/>\nAngustiada, un gemido brot\u00f3 de la garganta de la infortunada doncella que se abraz\u00f3 a su prometido como queriendo infundirle la energ\u00eda que le faltaba.<br \/>\nEse fue el momento que quiso aprovechar Suri para apoderarse de los j\u00f3venes; pero cuando ya crey\u00f3 tenerlos a su alcance, debi\u00f3 sufrir la m\u00e1s cruel de las derrotas.<br \/>\nLos cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y perdieron su forma humana tomando, en cambio, las de dos hermosos pajaritos grises, cuyas cabecitas blancas estaban adornadas con un llamativo penacho rojo, tan rojo como la sangre que manaba de la herida que la flecha traicionera caus\u00f3 a Ancali.<br \/>\nAun as\u00ed, Suri quiso tomarlos, pero las dos avecillas, abriendo las alas echaron a volar hasta posarse, muy juntas, en la rama de un tarco para entonar desde all\u00ed una melod\u00eda muy dulce, conjunci\u00f3n de amor y libertad que pobl\u00f3 los aires con armon\u00edas de cristal.<br \/>\nNo desesper\u00f3 el malvado Suri, y tomando el arco y las flechas arroj\u00f3 una a las avecillas. Pero la flecha arrojada se volvi\u00f3 contra el hechicero, incrust\u00e1ndose en su coraz\u00f3n y terminando con un ser tan perverso que s\u00f3lo caus\u00f3 males entre los que le rodearon.<br \/>\nMientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba el canto alegre de las nuevas avecillas&#8230;<br \/>\nLa luna continuaba enviando a la tierra sus rayos de plata.<br \/>\nEn esta forma, dicen los calchaqu\u00edes, nacieron los cardenales, que as\u00ed acrecentaron el n\u00famero de las aves que regalan nuestra vista y deleitan nuestros o\u00eddos con las m\u00e1s exquisitas melod\u00edas.(*)<\/p>\n<p>(*) Versi\u00f3n abreviada y modificada parcialmente de la versi\u00f3n procedente de la Biblioteca &#8220;Petaquita de Leyendas&#8221;, de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perell\u00f3n, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de &#8220;Antolog\u00eda Folkl\u00f3rica Argentina&#8221;, del Consejo Nacional de Educaci\u00f3n, Kraft, 1940.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>LEYENDA CALCHAQU\u00cd DE EL CARDENAL Los calchaqu\u00edes pertenecieron al grupo de los diaguitas, grupo \u00e9tnico que habit\u00f3 en valles y quebradas del noroeste de la Argentina. La cultura diaguita fue la que desarroll\u00f3 la cultura ind\u00edgena m\u00e1s compleja en territorio argentino. El arte diaguita relumbr\u00f3 en la cer\u00e1mica y la metalurgia. 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