{"id":658,"date":"2008-11-04T22:02:57","date_gmt":"2008-11-04T22:02:57","guid":{"rendered":"http:\/\/nasdat.com\/?p=658"},"modified":"2008-11-04T22:02:57","modified_gmt":"2008-11-04T22:02:57","slug":"el-chaman-y-la-lluvia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nasdat.com\/?p=658","title":{"rendered":"EL CHAMAN Y LA LLUVIA"},"content":{"rendered":"<p>EL CHAMAN Y LA LLUVIA<br \/>\nPillanhue<\/p>\n<p>El angosto sendero termina de golpe cuando el arroyo ensancha su cauce inundando los riscales de la ribera. De ah\u00ed s\u00f3lo el verde trepa las altas paredes del abra rumbo al penacho nevado del volc\u00e1n, donde el aire se vuelve llovizna cerca de las nubes.<\/p>\n<p>Luego del arroyo, peque\u00f1os claros marcan el rastro difuso del camino hacia la cumbre, atrapados en la mara\u00f1a de zarzales pertinaces, \u00f1ires* de monte bajo y l\u00edquenes que perfuman el aire h\u00famedo y rumoroso.<\/p>\n<p>Hacia el sur, donde la Cordillera del Viento precipita sus abismos azules, el vuelo del c\u00f3ndor explora sus territorios como un papel quemado por las corrientes heladas.<\/p>\n<p>Dos d\u00edas para llegar a la cima, arriesgan a calcular los baqueanos. A mitad del camino, la angostura del Choroi* &#8211; como la llaman los indios- insin\u00faa las escabrosas sendas que viboreando buscan las nacientes del arroyo, espesando a\u00fan m\u00e1s el monte impenetrable.<\/p>\n<p>Al oriente, en los contrafuertes de la precordillera, la luz titila su resolana de cuarzo, mezclando los verdes intensos con los sepias de la monta\u00f1a, hasta ponerlos violetas de lejan\u00eda. De a trechos el sol reluce su plata en el arroyo que se pierde tras los \u00e1rboles para aparecer de nuevo cauce abajo, en d\u00e9bil reverbero antes que definitivamente se lo trague el horizonte.<\/p>\n<p>Pillanhue*, el antiguo volc\u00e1n duerme su sue\u00f1o de siglos, esperando la ira de dioses olvidados, para regurgitar su demorado cataclismo. En sus laderas a\u00fan pueden verse las cicatrices hondas que los r\u00edos de lava tatuaron la roca, como culebras escapadas de ese colosal caldero. Todav\u00eda, debajo del ropaje con que el monte invasor abriga su coraz\u00f3n de piedra, tiembla el magma su encierro, cual monstruo comido y vomitado desde lo m\u00e1s profundo del planeta.<\/p>\n<p>En d\u00edas claros, cuando las nubes abandonan su collar plumoso, el Pillanhue muestra su cr\u00e1ter oscuro. En su seno de dura artesan\u00eda, un lago cristalino refleja un cielo alto desde su pupila fabulosa.<\/p>\n<p>Pocos conocen su secreto. Aventureros, buscadores de oro, fugitivos, merodearon sus dominios sin hollar su virginidad geol\u00f3gica. Dicen que solamente un hombre conoce c\u00f3mo se llega&#8230;<\/p>\n<p>Muchos lo intentaron. Algunos regresaron para relatar historias afiebradas de locura. Otros, nunca volvieron. Ese hombre, al que nombrar con recelo, nadie sabe bien de d\u00f3nde vino y en d\u00f3nde se puede encontrar&#8230; Brujo?, hechicero?, curandero?, loco?, ermita\u00f1o?&#8230;\u00bfcham\u00e1n*?.<\/p>\n<p>En los fogones se sabe escuchar ese nombre que luego el miedo esconde en los rincones m\u00e1s secretos de los ranchos. Alguien lo suelta en la noche y en el fuego se queman esas s\u00edlabas con el chisporroteo de le\u00f1a de cipr\u00e9s.<\/p>\n<p>Tintica<\/p>\n<p>Cuando el invierno espesa el aire y el lago se vuelve hielo, Pay\u00fan* sale de la caverna. Arropa su magra figura con cueros, apaga la fogata, carga sus secretos y cruza el lago que lo ve marcar el centro de su m\u00e9dula con el rastro de sus tranus*, que a cada paso parte en dos el silencio de las cumbres. Dicen que detr\u00e1s del volc\u00e1n, tan lejos que apenas se imagina, est\u00e1 el mar.<\/p>\n<p>Que hay que bajar por desfiladeros tortuosos, viendo a la piedra en carne viva alimentar el fr\u00edo de los ventisqueros, tap\u00e1ndole el ojo a las tormentas y velando de la monta\u00f1a para que no se pierda.<\/p>\n<p>A la distancia los picos de la cordillera prolongan en sombras sus aristas filosas, cortando en finas lonjas de silbidos la carnadura del viento del oeste. Entre un aire celeste se esfuman las \u00faltimas v\u00e9rtebras del espinazo del continente, antes de hundirse en el oc\u00e9ano.<\/p>\n<p>Todav\u00eda el verde muestra un tono t\u00edmido frente a la nieve eterna. M\u00e1s abajo, renovado y vigoroso, cierra fila entre batallones de \u00e1rboles quietos, para ser al final de la pendiente, el l\u00edmite exacto entre el monte y un mar sereno.<\/p>\n<p>Luego el paisaje se torna menos duro. El coraz\u00f3n amaina sus latidos. Se respira una brisa clara, cargada de fragancias nuevas que cuentan de fogones familiares, \u00e1rboles aserrados, rumor de pueblo.<\/p>\n<p>El pueblo es, desde la altura, al principio s\u00f3lo una mancha que a medida que se desciende va tomando forma: casas de madera alineadas al borde de la calle angosta; la iglesia blanca frente a la plazuela de una cuadra por lado y los manchones de bosques entre los claros que deja la labranza.<\/p>\n<p>Entre perros que salen a su encuentro y gente pobre que lo ver pasar como un sue\u00f1o, Pay\u00fan camina con los ojos cargados de mar.<\/p>\n<p>El peque\u00f1o caser\u00edo se llama Tintica*, uno de los pocos nombres que los conquistadores espa\u00f1oles respetaron entre El Carmen y Nuestra Se\u00f1ora de Atocha. Tintica qued\u00f3 prendido en la memoria como un delirio antiguo. Algunos viejos cuentan c\u00f3mo muri\u00f3 all\u00ed la abuela de Pay\u00fan quemada viva por hereje. La trajeron arrastrando \u0096dicen- hasta el centro de la plaza. La crucificaron y le prendieron fuego. Dicen que ardi\u00f3 nueve d\u00edas sin que el cuerpo perdiera su forma; se gastaron toda la le\u00f1a seca y la vieja segu\u00eda entera, echando fuego por el hueco de los ojos.<\/p>\n<p>Reci\u00e9n al d\u00e9cimo d\u00eda, cuando una llovizna fina cubri\u00f3 el caser\u00edo tapando sus celajes mortecinos, el cad\u00e1ver comenz\u00f3 a disolverse. Un agua negra corr\u00eda desde las cenizas en direcci\u00f3n al mar, resumiendo el torrente en las arenas de la playa. La marea en cada ola se la tragaba en r\u00edtmicas bocanadas, hasta que s\u00f3lo una mancha oscura, como de aceite, separaba el azul del mar y el horizonte. A ese sitio sabe llegar Pay\u00fan para no olvidar lo que es.<\/p>\n<p>Alguien vendr\u00e1 del este<\/p>\n<p>Pay\u00fan sinti\u00f3 la luz de la ma\u00f1ana en la cara. Los rayos se filtraban por los intersticios de la roca hiriendo la oscura atm\u00f3sfera de la caverna. En el centro a\u00fan boqueaba el fuego de la noche con un d\u00e9bil latido entre la ceniza. Arrim\u00f3 le\u00f1a nueva y pronto el fr\u00edo de la piedra se repleg\u00f3 mansamente dando lugar a las llamas con sus serpientes inquietas.<\/p>\n<p>Como cada amanecer, se qued\u00f3 mirando esa lumbre con las pupilas encendidas por los misterios del humo y sus designios, buscando la secreta escritura de los antepasados, descifrando el mensaje que el fuego reflejaba desde lo m\u00e1s hondo del tiempo.<\/p>\n<p>&#8211; Alguien vendr\u00e1 del este&#8230;memoriz\u00f3 en silencio. Afuera el canto de la diuca* se humedec\u00eda en el roc\u00edo de la cascada. El arroyo romp\u00eda su pre\u00f1ez de hielo en min\u00fasculas part\u00edculas, fundiendo su canto melodioso monte abajo, despialando su acerado brillo.<\/p>\n<p>Apenas los lengales* encendieron sus perfiles con destellos dorados, Pay\u00fan march\u00f3 cauce abajo con un sol estruj\u00e1ndole sus amarillos en el rostro curtido.<\/p>\n<p>Con recelo de puma descend\u00eda lentamente el sendero conocido s\u00f3lo por sus pisadas, yendo al encuentro del legado que los antiguos le anunciaron como un destino inexorable.<\/p>\n<p>En la otra orilla del arroyo, justo donde termina el camino que conocen los viajeros, estaba el hombre: Con el asombro asomado a los ojos, contemplaba la imponente silueta del Pillanhue, absorto por tanta maravilla.<\/p>\n<p>&#8211; Vengo desde Ca\u00f1ad\u00f3n Largo&#8230; mi mujer est\u00e1 muy mal&#8230; se me muere, lahuentuf\u00e9*!<\/p>\n<p>&#8211; Vamos&#8230;- dijo Pay\u00fan secamente.<\/p>\n<p>El rancho estaba al pie de una lomada. Todo era silencio. Adentro, entre unos jergones mugrientos se adivinaba a la enferma por los quejidos. Un olor agrio le golpe\u00f3 la cara cuando traspas\u00f3 la puerta y se encontr\u00f3 con su mirada bald\u00eda.<\/p>\n<p>&#8211; Dejame solo&#8230;- le orden\u00f3 mientras se quitaba su tosco abrigo de cuero. Debajo del catre, como destilando la muerte, los orines de la enferma goteaban, cayendo como una lluvia mon\u00f3tona desde los tientos al suelo.<\/p>\n<p>Pay\u00fan tom\u00f3 un cuenco y los junt\u00f3 gota a gota. Suavemente sent\u00f3 a la mujer y trago a trago se los hizo beber. Despu\u00e9s le acomod\u00f3 los cueros y le sac\u00f3 con la mano el sudor que le ca\u00eda de la frente. Un silencio denso, s\u00f3lo quebrado por la respiraci\u00f3n despareja de la enferma, cubr\u00eda aquel \u00e1mbito de dura miseria.<\/p>\n<p>El hombre regres\u00f3 de desensillar el caballo que a un tiro de piedra ramoneaba los escasos coirones. En la cocina ning\u00fan sonido delataba la vida, como si el alma de esa gente se hubiera ido con el \u00faltimo humo que la chimenea soplaba hacia un cielo p\u00e1lido y lejano.<\/p>\n<p>Le cost\u00f3 prender el fuego. La le\u00f1a verde le sahumaba la cara y pon\u00eda una neblina olorosa por el estrecho ambiente.<\/p>\n<p>No bien las llamas vencieron la resistencia del humo, la claridad vacilante se trep\u00f3 a las paredes devolviendo su forma a cada cosa.<\/p>\n<p>Cuando se pudo ver, Pay\u00fan ya no estaba.<\/p>\n<p>Lejos, donde la tierra confunde su lomo alaz\u00e1n con las primeras estribaciones, se desle\u00eda su espalda untada de infinito.<\/p>\n<p>Al amanecer desde la pieza de la mujer llegaban cortos reclamos.<\/p>\n<p>&#8211; Demetrio,&#8230;Demetrio&#8230;<\/p>\n<p>Entre sue\u00f1os al hombre le parec\u00eda escuchar esa voz lo llamaba. Se hab\u00eda dormido sentado, cansado y triste, mirando las brasas agonizar en la cocina<\/p>\n<p>Se incorpor\u00f3 de un salto y fue al encuentro de su mujer que lo esperaba parada cerca del catre.<\/p>\n<p>La sostuvo entre sus brazos fuertes y la mir\u00f3 largamente. Como saliendo del fondo de esa cabellera desgre\u00f1ada, la vida mostraba de nuevo su pujanza, en un agua limpia desbordada de los ojos.<\/p>\n<p>Pay\u00fan<\/p>\n<p>Laifil*, la abuela de Pay\u00fan muerta en Tintica, hab\u00eda vivido largos a\u00f1os en un paraje al norte de Cruz Negra, en los primeros m\u00e9danos del desierto.<\/p>\n<p>Desterrada por los comentarios acerbos de un obispo, termin\u00f3 confinada con su oficio de machi al sur, donde el mar lavaba su terrosa memoria.<\/p>\n<p>Pay\u00fan, sexto reto\u00f1o de su hija soltera y de padre desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le cubr\u00eda todo el rostro uni\u00e9ndosele a un pelo lacio como enjambre de avispas negras.<\/p>\n<p>Para Laifil fue la se\u00f1al. Ese ni\u00f1o endeble, contrahecho, era el elegido por los dioses para ser depositario del legado ancestral. Le cost\u00f3 caminar y adolescente, reci\u00e9n pudo pronunciar el nombre de su abuela, que desde que naci\u00f3 se apoder\u00f3 de \u00e9l y lo llev\u00f3 a su choza solitaria.<\/p>\n<p>Para ser cham\u00e1n, se nace cham\u00e1n.<\/p>\n<p>Ella, que hab\u00eda viajado las cien leguas hasta Almejuelas para hacer llover luego de treinta a\u00f1os de sequ\u00eda; que le pudo decir a Manuela Ch\u00e1vez, con s\u00f3lo \u0093leer\u0094 en la clara de un huevo de gallina que su hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al cuarto mes de nacido le abri\u00f3 al ni\u00f1o el tercer ojo, con el que Pay\u00fan podr\u00eda escrutar m\u00e1s all\u00e1 de las cosas.<\/p>\n<p>En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre su cr\u00e1neo peque\u00f1o. le puso el sagrado anillo de plata, puerta por donde pasar\u00e1 esa luz que s\u00f3lo pueden recibir \u0093los que no tienen sombra\u0094, \u0093los que s\u00f3lo vieron sus rostros en los espejos de agua\u0094, \u0093los que caminan por el fuego\u0094, \u0093los que se lastiman y no sangran\u0094, \u0093los que saben encontrar la flor azul que hacer ver a los ciegos\u0094, \u0093los que ven m\u00e1s all\u00e1 de los ojos\u0094, \u0093los que est\u00e1n siempre despiertos\u0094&#8230;<\/p>\n<p>Con el pasar de los d\u00edas el duro aprendizaje: uno a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar el melincolahu\u00e9n*, esa agua sanadora que en neblina transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno doloroso, con la lengua clavada al canelo* patriarcal, para ver entre l\u00e1grimas las primeras visiones.<\/p>\n<p>Hasta que un d\u00eda, en el mismo sitio donde los dioses antiguos saben bajar transformados en hualas*, el iniciado enfrenta su prueba definitiva.<\/p>\n<p>Acostado sobre un matr\u00f3n, los brazos pegados el cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al naciente. Ning\u00fan m\u00fasculo se mueve. A su lado la vieja machi* golpea el peque\u00f1o tambor acompa\u00f1ando un canto monocorde y misterioso.<\/p>\n<p>Nada de lo que dice es palabra conocida.<\/p>\n<p>A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como en un estertor el\u00e9ctrico, se desploma como fulminada por un rayo.<\/p>\n<p>En ese instante, al cuerpo de Pay\u00fan le acomete un temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura dormida.<\/p>\n<p>Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento luminoso se lo lleva por encima de los \u00e1rboles.<\/p>\n<p>A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Pay\u00fan arrodillado, de cara al oeste \u0096donde moran los difuntos- mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.<\/p>\n<p>Como el caer de una estrella<\/p>\n<p>Luego de la tr\u00e1gica muerte de Laifil, nada fue igual en Tintica. Era como si Dios,<\/p>\n<p>desde entonces, transitara tan pobre y necesitado como los paisanos y mestizos que comparten<\/p>\n<p>sus vidas y esos designios ineludibles.<\/p>\n<p>A todos aquellos que arrimaron le\u00f1a a la hoguera, la machi muerta les record\u00f3 la crueldad con l\u00fagubres se\u00f1ales.<\/p>\n<p>A Primitiva Huenchocoy en d\u00edas que el viento del oeste parec\u00eda dormido sobre un mar aceitoso, un aire repentino le cerraba puertas y se prolongada en quejido ronco que s\u00f3lo ella o\u00eda. Un fr\u00edo de tumbas se instalaba en sus huesos a pesar del sol quemante del verano. Le buscaron remedio pero nada le cur\u00f3 ese temor al fantasma que cerraba puertas y pon\u00eda hielo en su sangre. Enloquecida, en una marejada grande, nadie la oy\u00f3 perderse entre el estruendo de las olas. Apareci\u00f3 ahogada, con los ojos arrancados, en la playa donde Pay\u00fan suele regresar a encontrarse con su abuela.<\/p>\n<p>A Secundino Gam\u00edn, por las noches, manos huesudas y heladas le recorren la espalda para robarle el sue\u00f1o y alejarse luego con pasos que no dejan rastros a la luz del d\u00eda.<\/p>\n<p>El sabe esperar despierto&#8230; y nada. Es cuando lo vence el sue\u00f1o que la difunta lo despierta y se aleja de repente dej\u00e1ndolo estaqueado por un miedo torturante.<\/p>\n<p>A la Vicenta Ainol la locura le fue llegando despacio, como una agon\u00eda perezosa y cruel. Ve\u00eda como un \u00f1amco* posaba sus redondas pupilas en la ventana y luego le daba el lomo como se\u00f1al de desgracia antes de marcharse. Ella lo miraba y gritaba su angustia, sin que nadie pudiera jam\u00e1s ver al aguilucho pecho blanco. As\u00ed una y otra vez &#8230; meses, a\u00f1os.<\/p>\n<p>Una noche se levant\u00f3 y fue al encuentro del ave. Al aclarar la encontraron colgada de la cumbrera con un tiento al cuello y los pies a una cuarta de la pila de le\u00f1a que amonton\u00f3 para subir y ahorcarse.<\/p>\n<p>Otros cuentan que ven una luz que baja de los montes y recorre la calle principal hasta llegar al centro de la plazuela. Ah\u00ed se detiene algunos instantes para iniciar luego una fren\u00e9tica danza, hasta convertirse en remolino de fuego. Lentamente va perdiendo fuerza y, ya d\u00e9bil, enfila hacia el mar donde la noche se la traga. Un penetrante olor azufra las sombras del pueblo quieto. En cada casa, un soplo h\u00famedo apaga velas y candiles, mientras que afuera, no lejos de los cercos, los perros torean extra\u00f1as figuras que m\u00e1s tarde se repliegan arrastr\u00e1ndose con ruido de cadenas.<\/p>\n<p>Hace un tiempo marcharon en busca del cura de El Carmen. El cura vino casi de mala gana y luego de un largo serm\u00f3n que culpaba a demonios y pecadores por las penurias del pueblo se lleg\u00f3, hasta el centro de la plaza y bendijo el sitio con agua santa. Todos se santiguaron a un tiempo y con gestos de recogimiento lo acompa\u00f1aron de regreso a la iglesia. Despu\u00e9s de la partida del padre Ovalle, una calma pesada envolvi\u00f3 al caser\u00edo.<\/p>\n<p>Sin embargo, algunos dicen que vieron sobre el mar, como el caer de una estrella, aunque muy cerca de la playa y con un brillo extra\u00f1o.<\/p>\n<p>Dicen que suele aparecer cada vez que muere alguno de los que crucificaron y quemaron viva a Laifil, la abuela del mago Pay\u00fan.<\/p>\n<p>Laifil<\/p>\n<p>Arrodillado, juntando las palmas de las manos como guardando en un cofre las cruces que entre las l\u00edneas de la vida y de la muerte, marcaban a sangre su destino, Pay\u00fan entr\u00f3 en trance para ver llegar a Laifil en su canoa desde alg\u00fan lejano laberinto. Se le aparec\u00eda brumosa, ajada la piel por tantas intemperies, las manos sarmentosas de tejer interminables matrones, por hablarle desde su boca peque\u00f1a, arrugada, hundida, como una pu\u00f1alada dada en un cuero..<\/p>\n<p>&#8211; Nada de lo que vez, es como lo vez&#8230;- le dec\u00eda. Hay que entender lo que dicen los que habitan el misterio para no errar el camino. Nada de lo que se ve es eso en realidad \u0096repet\u00eda. La mente no puede distinguir qu\u00e9 es realidad y qu\u00e9 es fantas\u00eda. Por eso debes usar tu instinto, esa parte animal que tienes para entender a la madre tierra. Cuando no se usa el instinto s\u00f3lo se ve lo que se desea ver, no lo que hay que ver en realidad.<\/p>\n<p>Recuerda que para tener todo, primero debes quedarte sin nada. Nada de lo que la gente cree que es suyo le pertenece; el hombre sabio, Pay\u00fan, es aquel que poco o nada tiene. Que cuando marcha, todo lo esencial lo lleva puesto.<\/p>\n<p>Las mariposas son en verdad ilusiones de j\u00f3venes v\u00edrgenes desaparecidas; los sapos, esp\u00edritus de gente quemada y no sepultada; las v\u00edboras, hembras ad\u00falteras que se cruzaron con machos de otras especie; los p\u00e1jaros s\u00f3lo son pensamientos: negros, blancos, de colores. Ver\u00e1s pasar a la gente dormida caminando feliz hacia su despe\u00f1adero. Est\u00e1n dormidos, por eso no te ven ni pueden sentir el fuego, o la piedra, o la nieve, o el cuchillo, o el lazo, o la peste que los matar\u00e1.<\/p>\n<p>Te llamar\u00e1n mago Pay\u00fan\u0096le dec\u00eda- porque dormidos, creer\u00e1n ver lo que t\u00fa quieras que vean o sientan y ser\u00e1 tu voluntad medir en ellos el bien y el mal, la noche y el d\u00eda, como la vida y la muerte.<\/p>\n<p>Antes de lograr abrir los ojos, vio como la anciana sub\u00eda a la canoa y remando parsimoniosamente se alejaba rumbo a Mocha*, la isla que seg\u00fan los antiguos, es el lugar donde residen los esp\u00edritus.<\/p>\n<p>Con la boca reseca por sales y vientos, carg\u00e1ndose el crep\u00fasculo como un poncho, marchaba caviloso por la calle entre caminantes que lo atravesaban como a una transparencia , sin imaginar su presencia entre las voces y ruidos de la aldea.<\/p>\n<p>Con el \u00faltimo rayo de sol colgado de su rostro indio, dejaba atr\u00e1s las casas grises que al final del caser\u00edo se fund\u00edan con las primeras manchas de monte, antes que la monta\u00f1a se apoderara del valle con su mole imponente.<\/p>\n<p>Arriba, del otro lado de la cordillera, luego de cruzar el costado sur del Pillanhue y reconocerse en el espejo esmeralda de sus aguas, le aguardar\u00e1 la caverna y su abrigo de minerales antiguos y los mensajes que el fuego le develar\u00e1 en luz cuando la fogata abra su cerrado p\u00e1rpado de cenizas.<\/p>\n<p>Rinconada<\/p>\n<p>Todo era viejo, desgastando por ese viento arenoso puliendo los perfiles de casas abandonadas hace tanto tiempo.<\/p>\n<p>La iglesia sin cura, amontonaba un m\u00e9dano bajo frente a sus gruesas puertas cerradas, en un silencio macizo s\u00f3lo roto por alguna campanada fuera de hora, cada vez que una r\u00e1faga de viento norte mov\u00eda y golpeaba el negro badajo, colgante como test\u00edculo de toro.<\/p>\n<p>Por el callej\u00f3n principal de Rinconada suele pasar la historia como una anciana ciega sin detenerse. Fue obligado descanso de las tropas revolucionarias en su tr\u00e1nsito al norte y parada de mercaderes, bandoleros y contrabandistas de frontera.<\/p>\n<p>Algunos aseguran que el mism\u00edsimo Brigadier General Don Estanislao Lezcano, hizo noche en la v\u00edspera de la batalla de El Quemado, velando las armas antes de aquel sangriento combate que sembrara de muertos el valle y signara para siempre la suerte de la gesta emancipadora.<\/p>\n<p>Y hasta se dijo que el Coronel Robustiano Campos, ca\u00eddo en esa pelea, fue enterrado por sus soldados en el cementerio, pero no se sabe d\u00f3nde, pues nunca se conoci\u00f3 el lugar de su tumba. Pero eso fue hace un siglo!<\/p>\n<p>De aquellas cincuenta familias, hoy quedan algunos viejos con los ojos grises de ver por siempre tanto desamparo. Y la C\u00e1ndida Moraga con su hijo enfermo, en esa casona blanca delataba por un humo sin forma que repta un cielo ceniciento, como el \u00faltimo pulso de la vida en aquellas desolaciones.<\/p>\n<p>En horas que el viento para, en el erial que cobija a los muertos entre picas bajas, las cruces tapadas ocultan el nombre de alguna historia familiar ajada de olvidos largos. Pero el mismo viento sabe escarbar los arenales y entonces las cruces muestran los apellidos de aquellos huesos tristes: Amaranta Sol\u00eds (q.e.p.d.), Alejandrino Quenao (q.e.p.d.), Domitila Soca (q.e.p.d.), Porfidio Curinao (q.e.p.d.)&#8230;<\/p>\n<p>Por la entrada despareja, seguida por la mula que sin esfuerzo cargaba al peque\u00f1o jinete, Laifil caminaba con la vista fija en ese humito parado en el aire, que le se\u00f1alaba el final de aquel largo viaje.<\/p>\n<p>Un zagu\u00e1n estrecho terminaba en el patio de baldosones r\u00fasticos desde donde una galer\u00eda espaciosa daba sombra a las habitaciones que en hileras, conformaban aquella construcci\u00f3n que fuera almac\u00e9n y fonda en tiempos mejores.<\/p>\n<p>Cuando sus anteriores ocupantes la abandonaron, C\u00e1ndida escondi\u00f3 la peste de su hijo entre esos muros de tres jemes de anchura. En esa penumbra de socav\u00f3n, un ni\u00f1o con rostro de viejo miraba deslumbrado el chorro de luz que le acuchillaba los sentidos, iluminando esa carcoma oscura que le masticaba las entra\u00f1as.<\/p>\n<p>Laifil lo contemplaba callada, como quien se asoma luego de un derrumbe. Al fin dijo:<\/p>\n<p>&#8211; Me llamaron tarde. Esta criatura no tiene remedio&#8230;ya huele a podrido el pensamiento \u0096 murmur\u00f3 la machi como un rezo \u0096 No creo que pase de esta noche&#8230;<\/p>\n<p>Unas manos piadosas le cerraron los ojitos para devolverlo a las tinieblas.<\/p>\n<p>Al otro d\u00eda, con el sol pintando de fuego las crestas de las serran\u00edas, la machi seguida de la mula y el peque\u00f1o Pay\u00fan montado, le daban la espalda al caser\u00edo, mientras un viento nuevo, reci\u00e9n venido, amontonaba arena junto a la cruz del angelito.<\/p>\n<p>Pirquinero<\/p>\n<p>Agachado como estaba sobre las aguas, apenas si pudo ver la figura reflejada que se deformaba llevada por la corriente. Al levantar la vista, se encontr\u00f3 de golpe con Pay\u00fan que lo observaba desde la orilla.<\/p>\n<p>Lentamente el buscador de oro se enderez\u00f3. Desde la batea, una breve catarata rubia de agua y arena cay\u00f3 para perderse entre el rumor de cauce andando.<\/p>\n<p>-Buenas&#8230;- alcanz\u00f3 a decir, a\u00fan metido hasta las rodillas en el arroyo.<\/p>\n<p>Pay\u00fan levant\u00f3 un brazo en mudo saludo y se qued\u00f3 inm\u00f3vil, como quien no termina de entender lo que est\u00e1 viendo.<\/p>\n<p>El hombre camin\u00f3 el trecho que lo separaba de la orilla con los ojos fijos en la silueta morena, aparecida de la nada.<\/p>\n<p>Cuando estuvo cerca, la mirada del indio se hab\u00eda puesto lacia.<\/p>\n<p>-Hace tres d\u00edas que lavo&#8230; y ni una chispita! Parece prometedor el sitio pero, hasta ahora&#8230; Vengo de Farellones y comentan los mineros que en la naciente de este arroyo hay oro. Y usted, \u00bfqu\u00e9 anda haciendo por aqu\u00ed?<\/p>\n<p>&#8211; Vine a o\u00edr el ruido de la lluvia \u0096dijo Pay\u00fan para volver a adentrarse en un mutismo prolongado.<\/p>\n<p>&#8211; Me llamo Joaqu\u00edn Meneses \u0096coment\u00f3 el pirquinero* acuclillado junto al fog\u00f3n de piedras bochas que encerraban un fuego de le\u00f1as menudas.<\/p>\n<p>-\u00bfHa encontrado oro, aqu\u00ed?<\/p>\n<p>&#8211; No busco oro, no lo necesito&#8230; respondi\u00f3 el mago.<\/p>\n<p>Meneses lo escuch\u00f3 como a una voz lejana y sin sentido. Antes que pudiera ordenar sus pensamientos, Pay\u00fan agreg\u00f3:<\/p>\n<p>&#8211; Nada se puede conseguir con oro. El oro es el sudor sagrado del volc\u00e1n y quien le roba al Pillanhue s\u00f3lo puede esperar desgracias!<\/p>\n<p>El hombre contuvo una risa que pudo ocultar gracias al pretexto de ir por le\u00f1a para el fuego agonizante. Cuando regres\u00f3, el moverse de algunas ramas le se\u00f1alaron el rumbo por donde se hab\u00eda marchado aquella extra\u00f1a aparici\u00f3n.<\/p>\n<p>Un sol nuevo entibiaba el aire fresco. Meneses se desperezaba fuera de los cueros. El vapor de la respiraci\u00f3n le mojaba la barba hirsuta con una neblina tornasolada, mientras las fr\u00edas aguas del chorrillo, entrechocaban sus perlas l\u00edquidas como una m\u00fasica venida de los sue\u00f1os.<\/p>\n<p>En jornadas largas, repetidas, de sol a sol, con voluntad obsesiva, fue sac\u00e1ndole el lecho sus l\u00e1grimas doradas. Una a una las guardaba en aquella bolsita de curo sobado, hasta que el tiento que la cerraba apenas pod\u00eda atarse.<\/p>\n<p>Ese mediod\u00eda, cansado de lavar en vano toda la monta\u00f1a, decidi\u00f3, que ya estaba bueno, que era tiempo de descansar, de festejar por todo esa quincena metido en el agua sin m\u00e1s cielo que \u00e9se, que se reflejaba siempre y\u00e9ndose.<\/p>\n<p>&#8211; Si le doy tranco sin parar, antes que se ponga oscuro puedo estar en Ca\u00f1ad\u00f3n Huemul \u0096meditaba mientras terminaba de acomodar los trastos, pregustando ese aguardiente fuerte que sirve en el boliche del vasco.<\/p>\n<p>Mientras rumiaba estos pensamientos, desde el oeste un nublado plomizo, como de p\u00f3lvora, tapaba las formas de la monta\u00f1a. Un silencio hondo, pesado, preanunciaba la nevada. Los animales del monte mostraron temprano esa ansiedad que los intranquiliza en cada cambio de clima. Meneses no sab\u00eda que cuando los pilquines* se alborotan no siendo \u00e9poca de celo, es seguro que nevar\u00e1. Con los pies arrim\u00f3 tierra al fuego hasta sofocarlo. Orin\u00f3 cerca del agua y se puso a caminar feliz, sintiendo la bolsita con el oro apretada entre la ropa y las costillas. A poco de andar la tarde mostraba un cielo sucio y los primeros copos le ca\u00edan sin ruido por la espalda. Lo que fue apenas una llovizna gruesa, se transform\u00f3 de pronto en un desierto blanco sin orillas, por donde camin\u00f3 sin rumbo hasta que el m\u00e1s profundo, lo puso a un paso del delirio. Lo \u00faltimo que vio fue una enorme v\u00edbora, que abarcaba hasta donde la nieve le dejaba ver, que lo atrapaba y hund\u00eda en una negra y fr\u00eda oquedad sin l\u00edmite. Cuando lo hallaron, Meneses estaba desnudo. Dicen que cuando se ahog\u00f3 en el Arroyo de las Vueltas en aquella nevada grande, la correntada le fue quitando a puro golpe de agua y risco todo lo que llevaba. Que todo se lo llev\u00f3 el agua, menos a Meneses que parec\u00eda dormido, no muerto.<\/p>\n<p>Esa flor azul<\/p>\n<p>Javier Etchemaitechea le pasaba un trapo al mostrador tratando de limpiarle esa p\u00e1tina oscura que el uso y los a\u00f1os le untaron a su hosco maderamen.<\/p>\n<p>En Ca\u00f1ad\u00f3n Huemul \u0096parada de carros y chatas- su boliche reun\u00eda a los pocos pobladores de la zona y viajeros que desde septiembre a marzo, se animaban a transitar aquellos huellones marcados a puro invierno en la piel nativa del p\u00e1ramo.<\/p>\n<p>Javier miraba la lluvia empa\u00f1ar la ma\u00f1ana fr\u00eda, con esa gar\u00faa obstinada que llevaba cuatro d\u00edas seguidos sin parar, como quien acepta resignando un veredicto irrefutable. Esa llovizna tenaz, que apenas le permit\u00eda ver hasta el palenque solitario, parec\u00eda mojarle la \u00fanica regi\u00f3n a salvo de aquella tempestad obcecada: los recuerdos.<\/p>\n<p>Se ve\u00eda joven, reci\u00e9n llegado, con esa desmesurada vastedad extendi\u00e9ndose antes sus ojos azorados. Sus primeros trabajos, largos arreos, los primeros pesos, duros inviernos esperando a la vida en estrechos fogones de dilatadas estancias inglesas, privaciones, alg\u00fan amor pasajero que s\u00f3lo dura la plata de un mensual cuando baja a los pueblos de las costa. Esquila, ba\u00f1os, se\u00f1alada, desierto, soledad&#8230;<\/p>\n<p>Hasta que lleg\u00f3 el d\u00eda en que un paisano suyo le ofreci\u00f3 el boliche y juntando los ahorros de a\u00f1os a las ganas de quedarse por alg\u00fan tiempo en un solo sitio, se le anim\u00f3 al oficio de bolichero.<\/p>\n<p>Y aqu\u00ed lleva treinta a\u00f1os viendo pasar todos los d\u00edas entre arrieros quemados de intemperie, troperos tallados de vientos, indios melanc\u00f3licos, oportunos mercachifles, puesteros llenos de olvidos.<\/p>\n<p>&#8211; Una grapa, don Javier&#8230;qu\u00e9 va a tomar Ud.?<\/p>\n<p>&#8211; Pa\u0092 m\u00ed una ca\u00f1a dulce y un vino pa\u0092 mi compa\u00f1ero.<\/p>\n<p>&#8211; Traigo cuero e\u0092 zorro&#8230; once traigo&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; Vasco&#8230; una ginebra doble!<\/p>\n<p>Un ruido que ven\u00eda de esa lluvia mansa le devolvi\u00f3 la conciencia. Vio entonces al bulto que trataba de encontrar el hueco de la puerta, soltando briznas de agua su haraposo ropaje. El reci\u00e9n llegado tanteaba el piso con una vara corta que hac\u00eda de bast\u00f3n y se guiaba tocando los objetos que encontraba a su paso o los sonidos que le indicaban la presencia humana en ese rumbo. Cuando logr\u00f3 entrar, cerr\u00f3 la puerta tras de s\u00ed y se qued\u00f3 inm\u00f3vil por unos segundos esperando percibir nuevos mensajes. Camin\u00f3 hasta el mostrador al mismo tiempo que se quitaba la boina negra y preguntaba&#8230; \u0096Hay alguien aqu\u00ed?<\/p>\n<p>&#8211; Qu\u00e9 d\u00eda para salir de recorrida, don Hilario! \u0096espet\u00f3 el vasco s\u00f3lo por decir algo; luego agreg\u00f3 \u0096Desde que se le dio por llover finito, no he visto gente; debe estar mala la huella.. Suerte que vino Ud. para conversar y no estar solo, aburrido de ver garuar!<\/p>\n<p>&#8211; Me han dicho que Ud. sabe donde se le puede encontrar al curandero, que sabe venir por aqu\u00ed&#8230;que Ud. sabe&#8230; \u0096dijo el ciego sec\u00e1ndose las \u00faltimas gotas de la cara con el dorso de la mano.<\/p>\n<p>&#8211; Ah! Pay\u00fan!&#8230; hace como un a\u00f1o que no baja. La vez pasada lo fueron a buscar cuando la mujer de Demetrio Magari\u00f1o estuvo tan enferma. El la cur\u00f3 s\u00f3lo con verla&#8230; de palabra. Pero hay que ir hasta donde termina el camino que lleva al volc\u00e1n, justo donde el Arroyo las Vueltas nace de los chorrillos. Ah\u00ed hay que prender fuego y esperar que baje. Eso dicen&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; Gracias, don Javier \u0096dijo el ciego enfilando hacia la puerta, con la vara adelant\u00e1ndose a su paso vacilante. Sali\u00f3 del boliche para desaparecer tapado por la cerraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Pay\u00fan mir\u00f3 el humo subir recto, sostenido en la quietud de la ma\u00f1ana como un pabilo blanco sobre los \u00e1rboles. Tap\u00f3 con ramas la boca de la caverna y march\u00f3 aguas abajo. <\/p>\n<p> El ciego sentado junto al fuego, adivinaba ese sol joven salido de la tierra que le calentaba la cara y le pon\u00eda un reverbero lila en sus pupilas opacas.<\/p>\n<p>Sinti\u00f3 de golpe la mano del indio apoyarse en su hombro. Ning\u00fan ruido hab\u00eda denunciado su llegada. Gir\u00f3 la cabeza preguntando&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; Qui\u00e9n anda ah\u00ed?<\/p>\n<p>&#8211; Pay\u00fan \u0096contest\u00f3 el cham\u00e1n con voz apenas audible.<\/p>\n<p>&#8211; He venido a verlo porque quiero que me cure. Soy ciego.<\/p>\n<p>&#8211; Ya lo s\u00e9&#8230; s\u00e9 tambi\u00e9n por qu\u00e9 perdiste la vista. Si encuentro esa flor azul que Elch\u00e9n* guarda para dar luz a los ciegos, volver\u00e1s a ver. Si no la encuentro, nunca m\u00e1s ver\u00e1s.<\/p>\n<p>Ahora vuelve por donde viniste y por ninguna causa regreses a este sitio \u0096le sugiri\u00f3 para quedar en silencio.<\/p>\n<p>&#8211; Gracias, gracias Pay\u00fan! \u0096expres\u00f3 el ciego extendiendo los brazos en busca del cham\u00e1n, pero nada encontr\u00f3. Nadie respondi\u00f3 a sus palabras.<\/p>\n<p>Lenta, dolorosamente avanzaba el ciego, tropezando, cayendo y levant\u00e1ndose para caer de nuevo sobre el \u00e1spero suelo.<\/p>\n<p>D\u00edas enteros de penosa marcha regreso a Ca\u00f1ad\u00f3n Huemul, con la esperanza abrig\u00e1ndole su coraz\u00f3n fatigado, sobreviviendo a lo m\u00e1s hondo de su noche.<\/p>\n<p>Primero fue como un lejano deseo de llorar que se derrumbaba de sus ojos dormidos. En el cristal l\u00edquido de la l\u00e1grima, un arco iris difuso le ilumin\u00f3 los sentidos con min\u00fasculo rel\u00e1mpago, torn\u00e1ndose de a poco en una visi\u00f3n acuosa, estremecida por flechas luminosas que fueron dando color a cada cosa: al principio, el camino, luego las casa y por \u00faltimo la gente.<\/p>\n<p>Hilario lloraba. Era esa la forma m\u00e1s rotunda de lavar tanta oscuridad.<\/p>\n<p>En la caverna el cham\u00e1n miraba el fuego, perdido en lejanos territorios, mientras la flor azul que Elch\u00e9n guarda para dar luz a los ciegos, le azulaba la negra obsidiana de sus ojos.<\/p>\n<p>El \u00faltimo viaje<\/p>\n<p>Mientras caminaba hacia el mar, Pay\u00fan present\u00eda que \u00e9ste ser\u00eda el \u00faltimo encuentro con su venerada abuela. Algo muy \u00edntimo, visceral, asomado de los confines de la sangre, le avisaba de aquella p\u00e9rdida, signada por un atavismo milenario.<\/p>\n<p>Laifil, que despu\u00e9s de muerta parec\u00eda seguir envejeciendo, se le apareci\u00f3 armada de la postrera hechura humana. Esa que en cien a\u00f1os de existencia terrena la maceraba enjuta y macilenta, como una grotesca cris\u00e1lida detenida en el tiempo de otra esfera.<\/p>\n<p>La canoa parec\u00eda no tocar el agua, apoyada sobre un vapor brumoso. Se detuvo pr\u00f3xima a la playa, empujada por el flujo del mar sin que la anciana realizara esfuerzo alguno.<\/p>\n<p>Una fuerza invisible a los ojos mov\u00eda silente al peque\u00f1o nav\u00edo, donde navegaba esa capitana decr\u00e9pita, haciendo puerto en su \u00faltimo viaje por este mundo. Regresaba par entregar los restos de aquella antigua magia de chamanes a su nieto, a que los mortales nombran mago Pay\u00fan.<\/p>\n<p>Volv\u00eda para borrar sus rastros terrestres, antes de convertirse definitivamente en susurro de caracolas marinas.<\/p>\n<p>Pay\u00fan anhelante, sumido en el trance m\u00e1s profundo, iba al encuentro de Laifil. Sin que abriera la boca, la voz de la vieja machi sal\u00eda clara, aumentada por un eco met\u00e1lico, escapado luego de pasar por tortuosos meandros subterr\u00e1neos.<\/p>\n<p>-Los antiguos chamanes, fueron peregrinos venidos del norte, tan al norte donde la tierra se estrecha en una lonja angosta, en la frontera con los hielos eternos. Mi abuela Paineco* contaba esta historia, Pay\u00fan.<\/p>\n<p>Que cuando los viajeros llegaron, los d\u00edas eran largos y tibios y los inviernos cortos y templados; que abundaban animales y plantas; que hab\u00eda buenas pariciones cada a\u00f1o: las hembras par\u00edan hijos sanos. Nadie peleaba con su hermano; nadie le quitaba la tierra o su alimento al otro. No hab\u00eda enfermos y la gente mor\u00eda muy anciana.<\/p>\n<p>Pero en medio de tanta riqueza fueron olvidando a sus dioses, y fue entonces que el sol perdi\u00f3 ese brillo que fecundaba a la madre tierra con hasta dos cosechas anuales. El aire se puso fr\u00edo y llegaron las lluvias interminables, que arrasaban poblados enteros, emplazados en las m\u00e1rgenes de los r\u00edos. Cuando cesaron las lluvias, el sol, ya fr\u00edo, las convert\u00eda en nieve, en hielo que al no derretir el sol, secaba los r\u00edos y esa sequ\u00eda extend\u00eda luego su sed a comarcas enteras.<\/p>\n<p>Entonces el hombre por hombre mataba; uno, para quitar, mataba!, el otro, mataba para no dejarse quitar!.<\/p>\n<p>La gente enferm\u00f3 y poco a poco la tierra generosa se transform\u00f3 en desierto. Tarde llegaron las rogativas y sacrificios humanos!.<\/p>\n<p>S\u00f3lo quedaron las ense\u00f1anzas que trajeron aquellos peregrinos para salvar a los \u00faltimos n\u00e1ufragos!.<\/p>\n<p>Y t\u00fa Pay\u00fan ser\u00e1s el que cierre para siempre ese ciclo de muerte.<\/p>\n<p>Por alg\u00fan tiempo pareci\u00f3 callar y desaparecer entre la bruma. Sin embargo su voz llegaba n\u00edtida, como si la vieja machi le estuviera hablando al o\u00eddo, tan cercana que pod\u00eda tocarla si quisiera.<\/p>\n<p>Desde su cuiminquel\u00e9n* le oy\u00f3 decir&#8230;<\/p>\n<p>-Pronto vendr\u00e1n forasteros para adue\u00f1arse de la tierra. Cortar\u00e1n los \u00e1rboles para usar madera y envenenar\u00e1n las aguas de lagos, r\u00edos y arroyos y llenar\u00e1n de humo y pestilencias el aire de los campos. Vendr\u00e1n para matar por el gusto de matar los animales del monte. Ellos ser\u00e1n los adelantados del m\u00e1s poderoso huecuf\u00fa* que se conozca, que extender\u00e1 su poder maligno desde los hielos del norte hasta los hielos del sur.<\/p>\n<p>Entre esa gente deber\u00e1s vivir, Pay\u00fan!.<\/p>\n<p>Hasta que el volc\u00e1n, origen de todas las anunciaciones , explote la furia contenida de los dioses, arrasando con las herej\u00edas de los hombres.<\/p>\n<p>Cuando abri\u00f3 los ojos, el mar se hab\u00eda retirado. Las aves marinas surcaban un cielo rosa, garabateando en las alturas sus letras min\u00fasculas. Una mancha oscura, como de aceite, se fund\u00eda con el horizonte.<\/p>\n<p>El grito<\/p>\n<p>Siguiendo los repliegues escabrosos por donde la cordillera declina su mole india en quebradas profundas, el caminante se dejaba llevar por sendas casi borradas que cabras salvajes y huemules labraban a fuerza de pezu\u00f1as en los riscales de las cumbres.<\/p>\n<p>Ven\u00eda de Zaino Cahuel*, con ese rumbo que seg\u00fan los dichos de un trashumante lo llevar\u00eda al encuentro del curandero que habitaba alg\u00fan remoto paraje andino.<\/p>\n<p>S\u00f3lo con lo puesto marchaba animado por una energ\u00eda escondida, rec\u00f3ndita, que le calentaba la sangre y lo empujaba desde lo hondo de su instinto mestizo.<\/p>\n<p>Lorenzo \u00d1elay era bajo, de cara ancha y oscura, sombreada por una cabellera negra y dura que, ind\u00f3cil, le ca\u00eda hasta sus hombros fuertes. Hijo de la monta\u00f1a, era capaz de caminar d\u00edas enteros sin mostrar fatiga, aliment\u00e1ndose con lo que cazaba, algunos pi\u00f1ones y frutos silvestres. Hab\u00eda perdido la cuenta de las jornadas que llevaba caminando, decidido a encontrar a ese mago que llaman Pay\u00fan, quiz\u00e1s la \u00faltima esperanza para hallar remedio al da\u00f1o que diezmaba a su gente.<\/p>\n<p>Esa noche mientras dorm\u00eda, a Lorenzo \u00d1elay se le apareci\u00f3 el cham\u00e1n. So\u00f1\u00f3 que le anunciaba su presencia. Que lo esperaba a la sombra de ese mismo coihue* &#8211; le dec\u00eda- donde el mestizo, cansado despu\u00e9s de una larga marcha, se hab\u00eda dormido. Entumecido por el fr\u00edo de la noche, abri\u00f3 los ojos sobresaltado para ver a Pay\u00fan que lo contemplaba en silencio. Se incorpor\u00f3 al tiempo con ambas manos se sacud\u00eda el polvo de sus ropas, intentando coordinar alguna frase para comunicarse con aquella aparici\u00f3n que lo aturd\u00eda y desorientaba. Al fin dijo&#8230;<\/p>\n<p>-Soy de Zaino Cahuel&#8230; me llamo Lorenzo \u00d1elay y hace d\u00edas que camino&#8230; lo andaba buscando&#8230;<\/p>\n<p>Pay\u00fan parec\u00eda no escucharlo. Con la mirada neblinosa escrutaba la distancia como quien m\u00e1s que mirar, estuviera recordando. Por su memoria se suced\u00edan im\u00e1genes de lugares y gentes de aquellas historias que \u00e9l conoc\u00eda en detalle y que ahora reviv\u00eda para verlas de cerca, para entrar en ellas como protagonista de esos dramas acaecidos a m\u00e1s de cien leguas de su escondida caverna.<\/p>\n<p>En esas visiones, aparec\u00eda la hondonada donde Lorenzo \u00d1elay levant\u00f3 su rancho, con piedras desiguales hasta la altura de un hombre y que tech\u00f3 con coir\u00f3n y barro. Su mujer y las cuatro criaturas que velaban en la m\u00e1s dolorosa de las miserias, las muertes de abuelos y t\u00edos enterrados en la falda sur de la lomada, donde el sol de los indios les calentaba los huesos cada ma\u00f1ana. Todo era cristalino de tan pobre!.<\/p>\n<p>El arroyo arrastrando su sombra l\u00edquida por el cauce de piedras duras. El campo de pastos altos estirando su verdor a lo largo del valle hasta tocar el cielo. Cabras como pintadas trepando los ijares de las lomas. Perros pastores. Voces que un viento distra\u00eddo arrea sin apuro por el silencio de la tarde.<\/p>\n<p>Pero cuando el atardecer cierra el p\u00e1rpado cansado del d\u00eda, algo transforma esa calma en una inquietud antigua, un escalofr\u00edo que las sombras de la noche acent\u00faan en cada sonido, en los latidos que regresan de un miedo encerrado en la memoria, hasta cuajarle la sangre de espanto. \u00a1Siempre en noches sin luna!<\/p>\n<p>\u00a1Ese grito que todos oyen estaqueados de terror!. Este reclamo que se fue llevando uno a uno a los varones de la casa para regresarlos muertos, sin ninguna herida, enteros, tirados por los campos. Se pueden ver los t\u00famulos asomando como senos grotescos en el pecho de la lomada.<\/p>\n<p>Ese grito llamando en la noche y el hombre, sacando coraje hasta de sus muertos, contestaba&#8230; Entonces se adentraba en la oscuridad como absorbidos por ese llamado irresistible, que lo maniataba en su mara\u00f1a alucinante, hasta alejarlo definitivamente de la vida.<\/p>\n<p>Si nadie sal\u00eda, el grito se repet\u00eda, cada vez m\u00e1s d\u00e9bil, m\u00e1s espaciado, hasta que las primeras luces del alba acuchillaban a las tinieblas en retirada.<\/p>\n<p>Todo comenz\u00f3 \u0096hace a\u00f1os- con el abuelo Lindor.<\/p>\n<p>El fue el primero y pensaron que alguna enfermedad le fue minando la salud, hasta volverlo viento. Despu\u00e9s el t\u00edo Desiderio desapareci\u00f3 y lo encontraron muero cerca de Mall\u00edn* Grande. Era joven el t\u00edo Desiderio!.<\/p>\n<p>Al a\u00f1o siguiente se fue el t\u00edo Ferm\u00edn y ya no quedaron dudas que \u0093alguien\u0094 se llevaba a los varones de los \u00d1elay luego que se oyera ese grito en noches sin luna!. El \u00faltimo, Celso, hermano de Lorenzo, lo hallaron muerto de sed, despu\u00e9s de deambular tres d\u00edas con sus noches en c\u00edrculos, andando y desandando una y otra vez el mismo camino a s\u00f3lo metros del arroyo.<\/p>\n<p>-Llevame a Zaino Cahuel \u0096dijo el cham\u00e1n al mestizo que se hab\u00eda mantenido callado observando con curiosidad y respeto las cavilaciones del mago.<\/p>\n<p>Tras varias jornadas de marcha, sin cruzar siquiera una palabra, divisaron el rancho al pie de la lomada. Los perros olfatearon la presencia de Lorenzo en la brisa que bajaba de la cordillera lejano y salieron a su encuentro con ladridos cortos de j\u00fabilo. En el patio, una mujer con cuatro ni\u00f1os agarrados a su pollera, lo aguardaba como quien espera el \u00faltimo de los milagros!.<\/p>\n<p>Pasaban los d\u00edas con sus noches sin que el grito azotara su l\u00e1tigo de miedo. Todo suced\u00eda lacio, repetido, anunciado desde el mismo comienzo del tiempo. Nada parec\u00eda turbar la paz campesina de ese paisaje apresado entre lomadas azules y cordilleras altas.<\/p>\n<p>Esa noche, cuando todos dorm\u00edan, Pay\u00fan supo que \u00e9l vendr\u00eda! Y lo esper\u00f3 hasta pasada la media noche, cuando el grito, como de un hachazo, parti\u00f3 en dos el aire quieto.<\/p>\n<p>\u00c9l le respondi\u00f3 como si su grito fuera el eco de ese alarido quemante. Ese grito lastimero, casi quejido, se fue acercando con cada respuesta del cham\u00e1n, hasta que todos sintieron que esa voz les recorr\u00eda los sentidos como un aliento f\u00e9tido.<\/p>\n<p>Parado en el hueco de la puerta, Pay\u00fan lo vio surgir de las sombras.<\/p>\n<p>El brillo de sus espuelas alumbraron por un instante y pudo ver sus botas altas, el chaquet\u00f3n negro envolviendo la bruma, el sombrero al\u00f3n coronando su rostro invisible.<\/p>\n<p>En ese peque\u00f1o rel\u00e1mpago, sus labios finos y apretados parec\u00edan aprisionar una mueca sarc\u00e1stica debajo de una nariz aguile\u00f1a, como pico de ave carro\u00f1era.<\/p>\n<p>El cham\u00e1n le busc\u00f3 los ojos al amo de las tinieblas.<\/p>\n<p>\u00a1El aparecido no ten\u00eda ojos!<\/p>\n<p>Avanz\u00f3 hasta tenerlo al alcance de sus brazos. Entonces levant\u00f3 las manos con las palmas hacia fuera y le mostr\u00f3 las cruces grabadas en la piel!<\/p>\n<p>Un aullido b\u00e1rbaro desgarr\u00f3 la noche y el amo de las tinieblas se desmoron\u00f3 quemado por el fuego de su propio incendio! Un fuerte olor a azufre trasminaba las r\u00fasticas paredes del rancho.<\/p>\n<p>Cuando amaneci\u00f3 y la vida regresaba a ocupar su sitio, un aire fresco, bajado de las cumbres, barr\u00eda despreocupado unas cenizas oscuras como sopladas por golpes de alas.<\/p>\n<p>Cuando le preguntaron a Lorenzo \u00d1elay por el mago Pay\u00fan, el mestizo dijo&#8230;<\/p>\n<p>&#8211; Se ha marchado&#8230;<\/p>\n<p>Del amarillo tenue al rojo intenso<\/p>\n<p>Hab\u00eda permanecido tanto tiempo mirando la cascada que sus sentidos se acostumbraron al rumor de las aguas despe\u00f1\u00e1ndose. Una quietud dolorosa apretaba el aire h\u00famedo contra la piedra, quiz\u00e1 presagiando el cataclismo anunciado desde el propio origen de las cosas.<\/p>\n<p>Primero fue como el quebrarse de una rama en silencio del bosque; luego el temblor sacado de lo hondo de la tierra, un estremecimiento prolongado recorriendo las colosales v\u00e9rtebras de la monta\u00f1a, despertando sus v\u00f3mitos de fuego.<\/p>\n<p>Desde el cr\u00e1ter del Paillanhue, un humo oscuro sosten\u00eda sus culebras sobre el fondo blanco de las cumbres.<\/p>\n<p>Pay\u00fan contempl\u00f3 las primeras fumarolas como qui\u00e9n recibe una se\u00f1al largamente esperada. D\u00e1ndole la espalda al volc\u00e1n, busc\u00f3 el sitio donde el agua pura del torrente esconde, con paciencia de siglos, aquella greda prodigiosa. Con el pu\u00f1ado de arcilla regres\u00f3 presuroso a la caverna y de rodillas, inclinado sobre la lumbre cansina de la hoguera, abri\u00f3 la piel de su mano izquierda con el peque\u00f1o sangrador de cuarzo.<\/p>\n<p>La sangre del cham\u00e1n se fue mezclando con el barro sagrado hasta formar un amasijo luminoso. Mientras modelaba, mojaba con su saliva aquella tierra espiritualizada, para darle vida a esa peque\u00f1a y misteriosa reliquia. En sus ojos parec\u00eda reflejarse aquella extra\u00f1a figura, alumbraba por los nacientes incendios que la lava encend\u00eda con sus lenguas invasoras.<\/p>\n<p>Para ese mediod\u00eda, el sol era apenas un c\u00edrculo de cobre viejo antes de desaparecer devorado por un cielo de cenizas. En cada explosi\u00f3n el volc\u00e1n escup\u00eda sus entra\u00f1as de piedra l\u00edquida, en co\u00e1gulos oscuros que agujereaban el aire caliente, como un monstruoso animal cavando su madriguera en el centro mismo de ese infierno. Luego de m\u00ednimas treguas, su tos geol\u00f3gica lanzaba de nuevo sus estupos fundidos, animando marejadas incandescentes.<\/p>\n<p>Siete d\u00edas estuvo el Pillanhue sacudi\u00e9ndose con temblores que remec\u00edan su lastimada naturaleza. Despu\u00e9s, en menguados estertores, con un escalofr\u00edo que recorr\u00eda su nueva piel bas\u00e1ltica, se fue quedando dormido.<\/p>\n<p>Una atm\u00f3sfera agria, \u00e1cida, sosten\u00eda a\u00fan viva la lava morena que calcinaba con su escondido rescoldo el ramaje de los \u00e1rboles moribundos.<\/p>\n<p>Como luego de un combate, lentas humaredas trepaban penosamente los celajes de la cordillera, esfumando sus sombras duras.<\/p>\n<p>Hacia el naciente un mar de cenizas disipaba la marca del horizonte, extendiendo su neblina plomiza hasta el infinito.<\/p>\n<p>Nada parec\u00eda tener vida. S\u00f3lo el agua, como una v\u00edbora ciega, hurgaba en su memoria de limo buscando una salida por aquella tierra todav\u00eda quemante. Entre vapores sulfurosos, esa tinta negra se abr\u00eda cauce ladera abajo. Paraba en diques de lava endurecida, para vencer con su h\u00famedo instinto cada uno de los obst\u00e1culos que encontraba en su camino.<\/p>\n<p>Cuando lleg\u00f3 a la angostura del Choroi, su pupila mostraba una lej\u00eda de cielo limpio, hasta reconocerse cristalina en el lecho del arroyo.<\/p>\n<p>Una paz de muerte envolv\u00eda al paisaje desolado. Mantos de cenizas escaldaban las heridas de la monta\u00f1a, mientras el viento golpeaba su sonaja contra los riscales, repitiendo como en sue\u00f1os el murmullo helado de las cumbres.<\/p>\n<p>En alg\u00fan lugar cercano al viejo Pillanhue, la vida leudaba en secreto su eterna maravilla.<\/p>\n<p>El moderno edificio donde funciona el Instituto Nacional de Investigaciones Antropol\u00f3gicas destaca su imponente estructura entre edificaciones m\u00e1s bajas. Luego de ascender los trece pelda\u00f1os de su escalinata de entrada, se arriba al amplio hall central, desde donde se tiene acceso a espaciosas salas perfectamente iluminadas. Armarios, vitrinas y anaqueles albergan al legado cultural de nuestros antepasados.<\/p>\n<p>Cient\u00edficos, profesores, estudiantes y turistas, abarrotan a menudo sus dependencias, en un incesante ir y venir entre las 10 y 18 hs., de lunes a viernes.<\/p>\n<p>En el cuarto piso est\u00e1 la sala dedicada a Culturas Andinas. Un mueble de madera lustrada con vidrios corredizos exhibe, entre vasijas incaicas, cer\u00e1mica Chav\u00edn y artesan\u00edas rituales, una estatuilla de arcilla cocida, que casi escondida, escapa al inter\u00e9s de los visitantes, no obstante su llamativo color que va desde el amarillo tenue al rojo intenso, protegida por un barniz extra\u00f1o que le otorga un brillo indeleble.<\/p>\n<p>En los registros del Instituto consta que fue hallada por un arriero al pie de un volc\u00e1n extinguido de los andes patag\u00f3nicos. Expuesta con el N\u00b0 27.123, la descripci\u00f3n reza: &#8230; \u0093 figura antropomorfa de 120 mm de altura y 35 mm de espesor, hecha en arcilla cocida. La pieza parece representar a un sacerdote en actitud ritual. Tiene boca grande, barba, nariz ancha y chata, ojos ovalados. Sobre el pecho carga un pectoral que sugiere la representaci\u00f3n estilizada de un felino. Una t\u00fanica que nace de los hombros lo envuelve dejando ver al final sus pies descalzos. Una vincha de metal ci\u00f1e la frente y un tocado de plumas adorna su cabeza, prolong\u00e1ndose en largas orejeras. Los brazos, que terminan en grotescas manos con cuatro dedos y u\u00f1as afiladas, cuelgan a los costados del cuerpo\u0094.<\/p>\n<p>\u0093Se desconoce su verdadero origen y significado\u0094&#8230; (*)<\/p>\n<p>(*) Fuente: Hugo Covaro, El chaman y la lluvia, obra que se termin\u00f3 de imprimir en noviembre de 1996 en los talleres gr\u00e1ficos de Servicop, Editorial Universitaria de La Plata (ISBN: 987-9160-08-8).<\/p>\n<p>VOCABULARIO<\/p>\n<p>Canelo: (Drymis winteri) \u00c1rbol sagrado del pueblo mapuche.<\/p>\n<p>Cipr\u00e9s: (Austrocedrus chilensis) Planta con\u00edfera de madera incorruptible.<\/p>\n<p>Coihue: (Nothofagus dombeyi) Gran \u00e1rbol de la cordillera andina de hoja perenne, pariente del roble.<\/p>\n<p>Coir\u00f3n: (Poa sp.) Tipo de pajonal muy difundido por la regi\u00f3n patag\u00f3nica, que sirve de alimento al ganado.<\/p>\n<p>Cham\u00e1n o sham\u00e1n: Sacerdote, adivino, curandero. Personaje m\u00edstico dotado de poderes superiores. Su sabidur\u00eda tiene origen en las tribus siberianas uralo-altaicas.<\/p>\n<p>Chispita: T\u00e9rmino con que los mineros llaman a las pepitas de oro.<\/p>\n<p>Choroi: (Cyanoliseus patagonus) Palabra mapuche que significa loro. Loro cordillerano de vistosos colores.<\/p>\n<p>Cuiminquel\u00e9n: Del mapuche, el estado de trance del cham\u00e1n o de la machi.<\/p>\n<p>Diuca: (Diuca diuca) Hermosa ave canora de los bosques cordilleranos . Es gris con el pecho blanco.<\/p>\n<p>Elch\u00e9n: Uno de los nombres de Dios, entre los mapuches.<\/p>\n<p>Huala: Cisne de plumaje gris que anida en los lagos patag\u00f3nicos. Su nido es flotante y pone 2 o3 huevos de color celeste claro. Ente mitol\u00f3gico mapuche. Algunos autores llaman huala al mac\u00e1 zambullidor.(Colymbus rolland).<\/p>\n<p>Huecuv\u00fa o huecuf\u00fa: Espir\u00edtu del mal; significa \u0093opera desde afuera\u0094. Vocablo mapuche.<\/p>\n<p>Huemul: (Hippocamellus bisulcus) Ciervo de las cordilleras andinas, en peligro de extinci\u00f3n.<\/p>\n<p>Lahuentuf\u00e9: El que cura o da remedios.<\/p>\n<p>Laifil: Palabra compuesta por lai= muerte y fil, ap\u00f3cope de fil\u00fa= v\u00edbora. Significa v\u00edbora muerta.<\/p>\n<p>Lenga: (Nothofagus pumilio) \u00c1rbol de los bosques cordilleranos de madera noble muy usada en carpinter\u00eda.<\/p>\n<p>Machi: Pitonisa, curandera, oficiante principal en las rogativas del pueblo mapuche.<\/p>\n<p>Mall\u00edn: Terreno llano y h\u00famedo con buena pastura.<\/p>\n<p>Melincolahu\u00e9n: T\u00e9rmino compuesto por meli= cuatro, co= agua y lahu\u00e9n= remedio. Agua sagrada que el cham\u00e1n obtiene de la neblina que producen algunas cascadas. Significa: \u0093remedio de las cuatro aguas\u0094.<\/p>\n<p>Mocha: Isla del Pac\u00edfico, ubicada frente a la provincia chilena de Arauco, descubierta por Juan Bautista Pastene en 1544. Seg\u00fan la mitolog\u00eda mapuche, es residencia del esp\u00edritu de los muertos.<\/p>\n<p>\u00d1amco u \u00f1ancu: (Elanus Leucurus) Aguilucho pecho blanco. Ave considerada pr\u00e9saga por el mapuche: si da el pecho buen augurio; si da el lomo mal presagio.<\/p>\n<p>\u00d1ire: (Nothofagus ant\u00e1rtica) \u00c1rbol cordillerano de porte mediano o bajo, seg\u00fan las regiones.<\/p>\n<p>Paineco: Palabra compuesta por paine= celeste y co= agua. Voz mapuche que significa agua celeste.<\/p>\n<p>Pay\u00fan: T\u00e9rmino mapuche. Significa \u0093barba\u0094.<\/p>\n<p>Pilqu\u00edn o chinchill\u00f3n: (Lagidium viscacia) Peque\u00f1a ardilla de la cordillera patag\u00f3nica de color gris claro con manchas de tonos amarillentos.<\/p>\n<p>Pillanhue: Palabra compuesta por pill\u00e1n= antiguo dios del trueno que habitaba los volcanes (por extensi\u00f3n en la actualidad es sin\u00f3nimo de volc\u00e1n), y hue= lugar. Significa \u0093lugar donde hay volcanes\u0094 o \u0093donde mora Pill\u00e1n\u0094.<\/p>\n<p>Pirca: Muro hecho con piedras, generalmente de poca altura.<\/p>\n<p>Pirquinero: Americanismo. D\u00edcese del buscador de oro en r\u00edos y arroyos o minas abandonadas.<\/p>\n<p>Tintica: Pajarito trepador que habita los bosques cordilleranos. Es de color pardo, con pico y patas oscuras.<\/p>\n<p>Tranu: Calzado r\u00fastico de cuero con el pelo hacia afuera. Es voz mapuche.<\/p>\n<p>Zaino Cahuel: Caballo zaino. Cahuel es una deformaci\u00f3n mapuche de caballo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>EL CHAMAN Y LA LLUVIA Pillanhue El angosto sendero termina de golpe cuando el arroyo ensancha su cauce inundando los riscales de la ribera. De ah\u00ed s\u00f3lo el verde trepa las altas paredes del abra rumbo al penacho nevado del volc\u00e1n, donde el aire se vuelve llovizna cerca de las nubes. Luego del arroyo, peque\u00f1os claros marcan el rastro difuso<\/p>\n","protected":false},"author":4,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[51],"tags":[],"class_list":["post-658","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-poemas-y-cuentos-indigenas"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/658","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/4"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=658"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/658\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=658"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=658"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/nasdat.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=658"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}