{"id":3628,"date":"2009-02-11T19:49:54","date_gmt":"2009-02-11T19:49:54","guid":{"rendered":"http:\/\/nasdat.com\/?p=3628"},"modified":"2009-02-11T19:49:54","modified_gmt":"2009-02-11T19:49:54","slug":"la-catedral-piedra-viva","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nasdat.com\/?p=3628","title":{"rendered":"LA CATEDRAL, PIEDRA VIVA"},"content":{"rendered":"<p>Christian Jacq y Fran\u00e7ois Brunier<\/p>\n<p>Cap. IX de &#8220;El mensaje de los constructores de catedrales&#8221;, Barcelona, Plaza &#038; Jan\u00e9s, 1976.<\/p>\n<p>Ciudad feliz, Jerusal\u00e9n, tu nombre es visi\u00f3n de paz, t\u00fa que te elevas en los cielos, t\u00fa hecha de piedras vivas&#8230; Del cielo desciendes, prometida esposa del Se\u00f1or. El cimiento, la piedra angular, es Jesucristo, enviado del Padre. \u00a1Oh, ciudad! Al juntar tus muros, Jesucristo uni\u00f3 la Ciudad santa y el creyente que lo recibe descubre en su Dios su morada.<br \/>\n(ANALECTA HYMNICA, LI, n.\u00ba 102). <\/p>\n<p>Qui\u00e9ralo o no el hombre, el mundo sigue edific\u00e1ndose cada d\u00eda; el Universo es un lugar de perpetuas mutaciones, de transformaciones incesantes que en su mayor\u00eda se nos evaden. El tiempo que transcurre nos permite comprobarlo, en parte, en nuestra propia existencia, ya que nuestra apariencia f\u00edsica se modifica igual que nuestra visi\u00f3n personal de la vida. En el fondo de ese movimiento existe algo inmutable, un punto central: la raza &#8220;Hombre&#8221; se encuentra en cada individuo, el Universo permanece en equilibrio y nos impregna con su radiaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Para la Edad Media es esencial conciliar el movimiento y lo inmutable. De lo contrario, el hombre permanece est\u00e1tico o se convierte en la presa f\u00e1cil de las circunstancias y de los acontecimientos fugaces. Entonces es cuando se impone la idea de una doble ciudad: la de los dioses, segura en su eternidad que nada ser\u00e1 capaz de corromper, y la de la tierra, que las civilizaciones van construyendo sucesivamente hasta la extinci\u00f3n de la Humanidad. El arte del maestro de obras consiste en armonizarlas y hacerlas coincidir con el mayor rigor.<\/p>\n<p>La catedral perfecta del Universo es la ciudad de Dios. Todo est\u00e1 ordenado en ella de acuerdo con unos ritmos que no var\u00edan nunca. Los planetas cumplen su revoluci\u00f3n con una tranquila constancia, el sol se levanta cada ma\u00f1ana por el Este y las fases de la luna se repiten cada mes. Es posible prever, por la observaci\u00f3n y el c\u00e1lculo, el desplazamiento de los astros y comprender las leyes celestes que aplica el arquitecto soberano de los mundos, sin fallar un solo instante. Si el cielo es el lugar donde se expresan magnificas verdades, la organizaci\u00f3n de la Tierra ha de hacerse a su imagen. As\u00ed, pues, los maestros de obras tienen el deber de volver a crear la morada divina en el suelo de Occidente con el fin de que todos los hombres tengan ante sus ojos una imagen de la arquitectura secreta del para\u00edso, una imagen que les permitir\u00e1 perfeccionarse y edificar el templo en s\u00ed mismos.<\/p>\n<p>As\u00ed puede reconstituirse la gesti\u00f3n de los creadores de catedrales. En primer lugar, reconocer la armon\u00eda del Universo y de sus leyes, seguidamente manifestarla en una construcci\u00f3n de piedra y, por \u00faltimo, ofrecerla al hombre como ejemplo a seguir. El ciclo del visitante contempor\u00e1neo es absolutamente inverso: al contemplar Saint-Sernin, de Toulouse, ve primero una iglesia, luego percibe la belleza como elemento esencial de su propia nobleza. De una manera m\u00e1s o menos consciente siente en \u00e9l el esp\u00edritu de la catedral concreta. Seguidamente observa la perfecci\u00f3n de las l\u00edneas y las curvas, la coherencia de los muros, la precisi\u00f3n de los detalles esculpidos. Adquiere conciencia de que se encuentra situado de nuevo dentro de un orden en el que los juegos de luz desempe\u00f1an el principal papel. Y de un modo completamente natural se interroga sobre la fuente de esta luz y sobre el origen de esta arquitectura, y vuelve a encontrar la comuni\u00f3n perdida con el Universo entero.<\/p>\n<p>Para la Edad Media, el destino humano est\u00e1 claro: venimos de Dios y vamos hacia Dios. No hemos elegido el d\u00eda de nuestro nacimiento y tampoco elegiremos el de nuestra muerte. Nuestra aventura se desarrolla entre esos dos limites, tan misterioso uno como el otro y somos responsables de la orientaci\u00f3n que adoptemos: negarnos a aceptar el misterio, hundi\u00e9ndonos en la ignorancia o aceptarlo tal como es y avanzar hacia el Conocimiento. El milagro de las catedrales es uno de los pocos que nos da el medio de progresar por esta \u00faltima v\u00eda. Ellas son otros tantos hitos indicadores en el bosque de los s\u00edmbolos, otras tantas br\u00fajulas que mantienen el sentido de la vida.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s, la catedral a\u00fana a los seres pasados, presentes y por venir. Desde el origen, el esp\u00edritu humano trata de penetrar los secretos de la Naturaleza. La gruta prehist\u00f3rica, los primeros templos de madera, los vastos edificios de piedra son resultados de una misma intenci\u00f3n y surgieron del mismo ideal. Por esto, todos los constructores de todos los tiempos se han reunido en la catedral medieval. Los justos que han ocupado un lugar en los cielos junto al Se\u00f1or dirigen el pensamiento de los maestros de obras y se encuentran presentes entre nosotros al afirmarse un arte sagrado. Es frecuente en las leyendas de la Edad Media que unos personajes del m\u00e1s all\u00e1 vuelvan a la tierra y pidan al arquitecto que erija una iglesia en un lugar designado por ellos.<\/p>\n<p>En el interior de las catedrales se celebraba, a cada instante, la uni\u00f3n entre el hombre y el Creador. Esas mansiones sagradas, alcanzando a la vez la mayor altura y la m\u00e1s lejana profundidad, integran el cuerpo inmortal de la Sabidur\u00eda al cuerpo mortal del individuo y de esta alianza surge el hombre nuevo que habla todas las lenguas.<\/p>\n<p>El s\u00edmbolo de la ciudad celeste era ya conocido por las civilizaciones m\u00e1s remotas. Por ejemplo, la Babilonia terrena ten\u00eda su modelo en la Babilonia de las alturas. En Egipto, los casos son numerosos. De la inmensa ciudad de Tebas, donde hoy d\u00eda se admiran los templos de Karnak y Luxor, se nos ha dicho que se llama el orbe de la Tierra entera y que sus piedras angulares est\u00e1n colocadas en los cuatro pilares. Est\u00e1n, pues, con todos los vientos y sujetan el firmamento de Aquel que est\u00e1 oculto. En Roma, el Pante\u00f3n representaba tambi\u00e9n la esfera celeste.<\/p>\n<p>En el momento en que se impone el Cristianismo, la noci\u00f3n de Iglesia tiene dos sentidos complementarios. Por una parte, es la comunidad local dirigida por el Antiguo, y por otra, la sociedad universal de fieles. Volvemos a encontrar estas dos dimensiones en la catedral de la Edad Media. Es, a la vez, el faro de una ciudad de caracter\u00edsticas bien se\u00f1aladas y el emblema de la totalidad de los peregrinos. Ciudades tan modestas como Chartres o 5aint-Bertrand-de-Comminges consagraron todos sus esfuerzos a la construcci\u00f3n de sus grandes iglesias, porque se consideraban como reinos completos donde deb\u00edan realizarse todos los elementos de la vida espiritual magnificados por la catedral.<\/p>\n<p>Al visitar el Sacr\u00e9-Coeur, nos sentimos limitados por una \u00e9poca y por un lugar exacto. Ese monumento artificial, hecho de piedras inertes, apenas despierta nuestro inter\u00e9s. Por el contrario, al franquear el umbral de una catedral nos sentimos acogidos por piedras vivas. En el templo, nuestros pensamientos se entretejen con la imagen de las nervaduras, nuestros sentimientos se ennoblecen y se yerguen siguiendo la l\u00ednea de los pilares y nuestra mirada se colma con el color inmaterial de las vidrieras. Para el hombre de la Edad Media, la catedral es, de una manera tangible, la Jerusal\u00e9n celeste. Sabe que la palabra de las piedras le revela las virtudes que necesita y le pone en guardia contra los errores fatales; sabe que la cripta comunica directamente con nuestra Madre la Tierra y que la ventana circular de la b\u00f3veda se abre ante nuestro Padre el Cielo. En la catedral ya no es un caminante, un forastero inquieto por el ma\u00f1ana, sino un invitado colmado de las m\u00e1s valiosas riquezas, un hijo que Nuestra Se\u00f1ora recibe en su palacio. Sin embargo, lo que le espera es el trabajo y no el reposo. Y tambi\u00e9n sabe que ese trabajo es un don porque transforma el mundo en plegaria y el alma en luz.<\/p>\n<p>Si el templo medieval representa el Universo, es el Libro el que nos permite interpretarlo. Ser\u00eda vano creer en una posibilidad de lectura directa por medio de cualquier instrumento. Nuestra mirada es naturalmente imperfecta y debemos recurrir al texto sagrado que componen las piedras para comprender el lenguaje de Dios. Todo pasa como si cada uno de nosotros poseyera una letra, que sola, no es de utilidad alguna. Al unirlas en una sociedad profana, tampoco obtenemos un resultado m\u00e1s satisfactorio porque formamos palabras artificiales o las letras chocan entre s\u00ed carentes de toda coherencia. Por el contrario, los maestros de obras conocen la tradici\u00f3n y los s\u00edmbolos y son capaces de redactar un libro inteligible en el que cada letra ocupa su lugar y en el que se inscriben las m\u00e1s altas verdades. A buen seguro, las p\u00e1ginas se encuentran dispersas por toda la tierra. Descubrimos una en Milly-la-Foret, otra en Bayona, una tercera en Colonia, una cuarta en Canterbury. A nosotros nos corresponde viajar y reconstituir el Libro inicial donde podremos escribir nuestra experiencia aportando la piedra nueva de nuestra conciencia.<\/p>\n<p>&#8220;Lo que irradia aqu\u00ed dentro, os lo presagia la puerta dorada -dec\u00eda el texto grabado en la fachada de la iglesia abacial de Saint-Denis-. Por la belleza sensible, el alma adormecida se eleva a la belleza verdadera y de la tierra en la que yac\u00eda sumergida resucita al cielo al ver la luz de sus esplendores&#8221;. Con ocasi\u00f3n de la consagraci\u00f3n de una catedral se celebraba la bienaventurada ciudad de Jerusal\u00e9n, esa visi\u00f3n de paz construida con piedras vivas en los cielos y rodeada de \u00e1ngeles como el cortejo de una novia. Ella descend\u00eda de las alturas para que la esposa quedara unida al Se\u00f1or y que cada hombre digno de Jesucristo fuera el testimonio de aquel casamiento. La iglesia desbordaba de melod\u00edas, de alabanzas y de c\u00e1nticos mientras que el Dios triple y \u00fanico abr\u00eda las puertas. Implorando su clemencia, los elegidos que participaban en la celebraci\u00f3n ped\u00edan &#8220;la revoluci\u00f3n de los a\u00f1os hasta los tiempos m\u00e1s remotos&#8221;, de manera que la obra realizada fuera eterna y animada por una constante alegr\u00eda.<\/p>\n<p>Mundo transfigurado, la catedral contiene una luz que no existe en parte alguna fuera de ella porque es fruto de un esfuerzo libremente realizado. El maestro de obras le conf\u00eda aquello que su civilizaci\u00f3n tiene de m\u00e1s elevado con el fin de que ella lo distribuya sin restricciones a las generaciones futuras. La ofrenda hecha al templo se multiplica hasta el infinito y se transmite por los siglos de los siglos.<\/p>\n<p>Estas concepciones simb\u00f3licas no tendr\u00edan m\u00e1s que un valor secundario si la catedral de la Edad Media no hubiera sido, ante todo, el centro vital de la ciudad donde se hab\u00eda establecido una comunidad humana. Los medievales no la admiraban como un monumento agradable por sus formas, sino como una referencia esencial de la vida social. La catedral es \u00fatil porque sacraliza la vida cotidiana. Si se comparara la ciudad a un torno de alfarero del que nacen las actividades de cada d\u00eda, la catedral ser\u00eda el eje invisible alrededor del cual se organiza todo.<\/p>\n<p>El edificio ejerce una protecci\u00f3n m\u00e1gica. Su campanario ahuyenta a los demonios y provoca la llegada de los \u00e1ngeles que ayudar\u00e1n a los ciudadanos con sus consejos. Las g\u00e1rgolas disipan las tempestades y las flechas atraen el influjo magn\u00e9tico que se extender\u00e1 sobre la poblaci\u00f3n y la mantendr\u00e1 en resonancia con los movimientos celestes. La construcci\u00f3n entera en un talism\u00e1n gigantesco que pone a la comunidad al abrigo de las fuerzas hostiles; una ciudad privada de templo est\u00e1 expuesta a las peores calamidades.<\/p>\n<p>Cada ciudadano ejerce un oficio en el cual se concentra olvidando en cierto modo las funciones que ejerce su pr\u00f3jimo. Cuando acude a la catedral se encuentra con los que tienen otra profesi\u00f3n y charlan sobre sus respectivos \u00e9xitos y fracasos para que el trabajo del individuo se convierta en bien de todos. Gracias al templo, los elementos dispersos del cuerpo social conquistan de nuevo su indispensable unidad. Adem\u00e1s, los gremios habr\u00e1n confiado sus denarios a los constructores y en el transcurso de los a\u00f1os siguen ofreciendo objetos lit\u00fargicos, vidrieras y esculturas. El embellecimiento y la conservaci\u00f3n de la iglesia no quedan abandonados a un administrador, sino que dependen de la responsabilidad colectiva. En el mismo interior de la catedral, la poblaci\u00f3n tomaba las decisiones determinantes para su porvenir; se daban cursos, se representaba en la nave el repertorio del teatro sacro y se acud\u00eda a cosechar informaciones relativas a los asuntos del reino. La catedral permanec\u00eda abierta a todas las horas del d\u00eda y de la noche. Campesinos, artesanos, caballeros y burgueses mantienen numerosas conversaciones antes y despu\u00e9s de la celebraci\u00f3n de la liturgia que les da un mismo h\u00e1lito, un mismo ideal sin cesar avivado.<\/p>\n<p>La Edad Media intent\u00f3 crear comunidades, no multitudes. A la unidad de las piedras juntas respond\u00eda la unidad de la comunidad de hombres ligados por la veneraci\u00f3n de un mundo sagrado. El &#8220;cuerpo m\u00edstico&#8221; de Jesucristo se encarnaba, precisamente, en el alma de una poblaci\u00f3n unida alrededor de su iglesia.<\/p>\n<p>Las reuniones y las fiestas ten\u00edan un car\u00e1cter espiritual muy importante, que con frecuencia ha sido mal comprendido. Las celebraciones calificadas de &#8220;licenciosas&#8221; en las que, por ejemplo, se ve\u00eda entrar en la catedral un hombre y una mujer desnudos a lomos de un asno, fueron instauradas por la propia Iglesia, especialmente en las ciudades donde exist\u00eda un cap\u00edtulo importante de can\u00f3nigos. Los eclesi\u00e1sticos de la Edad Media ten\u00edan el sentido del juego de la vida, de lo precario de las jerarqu\u00edas y sab\u00edan que, de vez en cuando, hab\u00eda que replantear los valores adquiridos. A trav\u00e9s de la fiesta se liberaba una energ\u00eda cr\u00edtica, una oleada carnavalesca donde se representaba un mundo al rev\u00e9s cuya visi\u00f3n permit\u00eda apreciar el valor aut\u00e9ntico del mundo ordenado.<\/p>\n<p>El maestro de obras y el abad pensaban que el hombre no soporta el aburrimiento ni la monoton\u00eda y que una tensi\u00f3n excesiva hacia lo absoluto &#8220;romper\u00eda&#8221; su alma. Gracias a la alternaci\u00f3n del acto y de la meditaci\u00f3n, de la seriedad y la risa, es posible alcanzar un equilibrio que no se hunda en la uniformidad. En el siglo XIV se rechaz\u00f3 este ritmo de la vida comunitaria y una corriente rigorista, acompa\u00f1ada adem\u00e1s por los m\u00e1s abyectos cr\u00edmenes, conden\u00f3 las fiestas. Debemos citar aqu\u00ed un p\u00e1rrafo de una carta circular de la Facultad parisiense de Teolog\u00eda, fechada en marzo de 1444. Los \u00faltimos sabios de la \u00e9poca medieval explicaban de una manera admirable el profundo sentido de la fiesta de los Locos:<\/p>\n<p>&#8220;Nuestros predecesores, que eran unos grandes personajes, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No hagamos estas cosas con seriedad, sino tan s\u00f3lo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al a\u00f1o. Los toneles de vino estallar\u00edan si de vez en cuando no se les abriera la piquera o el bitoque para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos bajeles o unos toneles con los sellos mal colocados que el vino de la Sabidur\u00eda har\u00eda estallar si lo dej\u00e1semos hervir de esa manera con una continua devoci\u00f3n al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno&#8221;. No se prest\u00f3 o\u00eddos a la advertencia y la supresi\u00f3n de las fiestas priv\u00f3 a la sociedad de sus m\u00e1s c\u00e1lidos colores.<\/p>\n<p>El prodigio m\u00e1s grande llevado a cabo por la catedral fue el de reunir todas las expresiones art\u00edsticas cuya necesidad hemos se\u00f1alado anteriormente. La palabra del obispo manifiesta el arte del Verbo, el pensamiento del maestro de obras el de la arquitectura, la mano del artesano el de la escultura, los Misterios el del teatro ritual y los c\u00e1nticos el de la m\u00fasica. Con ellos se evita la dispersi\u00f3n tan temida que el diablo lanza en nuestro camino, y en el alma, que no es uniformidad, comulgan las aspiraciones m\u00e1s nobles. El templo es comparable al c\u00e1liz del Grial que contiene las respuestas a cualquier interrogante, crea los reyes y hace fructificar las mieses. El mal caballero, aquel que se aferra exclusivamente a su inter\u00e9s personal, no es capaz de verlo. Con el fin de evitar su fracaso, hay que operar una &#8220;conversi\u00f3n de la mirada&#8221; que franquea el obst\u00e1culo de los detalles materiales y nos conduce hasta el coro de la catedral.<\/p>\n<p>Una de sus funciones m\u00e1s extraordinarias y de las menos conocidas es la de ser una central que emite y distribuye la energ\u00eda c\u00f3smica. Este concepto es de origen egipcio ya que en los templos fara\u00f3nicos se hacia la ofrenda a los dioses para que la creaci\u00f3n se renueve y aporte su dinamismo a la Humanidad. No hay ninguna diferencia entre la energ\u00eda espiritual y la que hace moverse la corteza celeste y agita los mares. Un n\u00famero reducido de sacerdotes iniciados la acumula en el lugar santo y se ocupa de regularizarla. Como escrib\u00eda Heer, nuestras antiguas iglesias son comparables a los trituradores at\u00f3micos, ya que en ellas se concentran los poderes ben\u00e9ficos, conservados constantemente por el recogimiento, la liturgia y los s\u00edmbolos. En vez de disociar la materia y de jugar a aprendiz de brujo, el sabio medieval manejaba las fuerzas universales con respeto y lucidez. De este modo imped\u00eda la inevitable explosi\u00f3n que se produce cuando el hombre destruye los ciclos naturales que no llega a comprender a causa de su vanidad.<\/p>\n<p>Si la catedral es el gu\u00eda por excelencia de nuestra vida interior, expresa su ense\u00f1anza con la mayor severidad. Despu\u00e9s de haber abierto nuestro coraz\u00f3n, exige la abertura de nuestra conciencia. &#8220;Yo soy -nos dice- el Camino, la Verdad y la Vida, pero t\u00fa habr\u00e1s de luchar contigo mismo para franquear el umbral y comprender el sentido de las figuras de piedra. No basta el m\u00e1s ferviente sentimiento; tienes que ponerte en orden, pensar tu vida y vivir tu pensamiento. Las piedras de los muros, pulidas y cuadradas representan los santos, es decir, los hombres purificados por la mano del Maestro de Obras supremo. Han permanecido entre nosotros para indicarnos el camino&#8221;. Y Michelet escrib\u00eda:<\/p>\n<p>&#8220;Hombres vulgares que cre\u00e9is que esas piedras s\u00f3lo son piedras, que no sent\u00eds circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aqu\u00ed hay algo grande, eterno&#8221;.<\/p>\n<p>Pasar por delante de la catedral sin verla ser\u00eda perder para siempre esa realidad humana nacida de una uni\u00f3n sagrada entre el esp\u00edritu y la mano y manifestada en la tierra de Occidente. Y san Bernardo puntualiza:<\/p>\n<p>&#8220;Es preciso que en nosotros se cumplan espiritualmente los ritos de que han sido objeto materialmente esas murallas. Lo que los obispos han hecho en este edificio, es lo que Jesucristo, el Pont\u00edfice de los bienes futuros, opera cada d\u00eda en nosotros de una manera invisible&#8230; Entraremos en la casa que no ha sido erigida por la mano del hombre, en la morada eterna de los cielos. Se construy\u00f3 con piedras vivas, que son los \u00e1ngeles y los hombres&#8221;.<\/p>\n<p>Cuando la piedra habla, la materia se convierte en esp\u00edritu, el hombre y la catedral son una sola carne. M\u00e1s all\u00e1 de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos o\u00edr el eco de su palabra que resuena bajo las b\u00f3vedas y repercute de s\u00edmbolo en s\u00edmbolo<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Christian Jacq y Fran\u00e7ois Brunier Cap. IX de &#8220;El mensaje de los constructores de catedrales&#8221;, Barcelona, Plaza &#038; Jan\u00e9s, 1976. 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