{"id":3421,"date":"2009-01-27T21:32:28","date_gmt":"2009-01-27T21:32:28","guid":{"rendered":"http:\/\/nasdat.com\/?p=3421"},"modified":"2009-01-27T21:32:28","modified_gmt":"2009-01-27T21:32:28","slug":"recursos-de-la-autodestrucci\u00f3n.-","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nasdat.com\/?p=3421","title":{"rendered":"Recursos de la autodestrucci\u00f3n."},"content":{"rendered":"<p>Emile Cioran.<\/p>\n<p>Nacidos en una prisi\u00f3n, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podr\u00edamos alcanzar el t\u00e9rmino de un solo d\u00eda si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar el d\u00eda siguiente&#8230;Los grilletes y el aire irrespetable de este mundo nos lo quitan todo, salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan.\u00a0 <\/p>\n<p>Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: \u00bfhay don m\u00e1s misterioso? La consolaci\u00f3n por el suicidio posible ampl\u00eda infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada m\u00e1s sencillo y m\u00e1s terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos. En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabr\u00eda hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: \u00bfc\u00f3mo renunciar\u00edamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?&#8230;\u00a0 <\/p>\n<p>Quien no haya concebido jam\u00e1s su propia anulaci\u00f3n, quien no haya presentido el recurso a la cuerda, a la bala, al veneno o al mar, es un recluso envilecido o un gusano reptante sobre la carro\u00f1a c\u00f3smica. Este mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no est\u00e1 en el poder de nadie impedirnos nuestra autoabolici\u00f3n. Todos los \u00fatiles nos ayudan, todos nuestros abismos nos invitan; pero todos nuestros instintos se oponen. Esta contradicci\u00f3n desarrolla en el esp\u00edritu un conflicto sin salida. Cuando comenzamos a reflexionar sobre la vida, a descubrir en ella un infinito de vacuidad, nuestros instintos se han erigido ya en gu\u00edas y fautores de nuestros actos; refrenan el vuelo de nuestra inspiraci\u00f3n y la ligereza de nuestro desprendimiento. Si, en el momento de nuestro nacimiento, fu\u00e9ramos tan conscientes como lo somos al salir de la adolescencia, es m\u00e1s que probable que a los cinco a\u00f1os el suicidio fuera un fen\u00f3meno habitual o incluso una cuesti\u00f3n de honorabilidad. Pero despertamos demasiado tarde: tenemos contra nosotros los a\u00f1os fecundados \u00fanicamente por la presencia de los instintos, que deben quedarse estupefactos de las conclusiones a las que conducen nuestras meditaciones y decepciones. Y reaccionan; sin embargo, como hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos due\u00f1os de una resoluci\u00f3n un tanto m\u00e1s atractiva cuanto que no la ponemos en pr\u00e1ctica. Nos hace soportar todos los d\u00edas y, m\u00e1s a\u00fan, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explot\u00e1semos nunca, y acab\u00e1semos en la expiraci\u00f3n tradicional, hubi\u00e9ramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: \u00bfhay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en s\u00ed?\u00a0 <\/p>\n<p>Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque ve\u00edan en ello un ejemplo de insumisi\u00f3n que humillaba a los templos y a los dioses. Cierto concilio consideraba el suicidio como un pecado m\u00e1s grave que el crimen, porque el asesino puede siempre arrepentirse, salvarse, mientras que quien se ha quitado la vida ha franqueado los l\u00edmites de la salvaci\u00f3n. Pero el acto de matarse \u00bfno parte de una f\u00f3rmula radical de salvaci\u00f3n? Y la nada, \u00bfno vale tanto como la eternidad? S\u00f3lo el existente no tiene necesidad de hacer la guerra al universo; es a s\u00ed mismo a quien env\u00eda el ultim\u00e1tum. No aspira ya a ser para siempre, si en un acto incomparable ha sido absolutamente \u00e9l mismo. Rechaza el cielo y la tierra como se rechaza a s\u00ed mismo. Al menos, habr\u00e1 alcanzado una plenitud de libertad inaccesible al que la busca indefinidamente en el futuro&#8230;\u00a0 <\/p>\n<p>Ninguna iglesia, ninguna alcald\u00eda ha inventado hasta el presente un solo argumento v\u00e1lido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, \u00bfqu\u00e9 se le responde? Nadie est\u00e1 a la altura de tomar sobre s\u00ed los fardos de otro. Y \u00bfde qu\u00e9 fuerza dispone la dial\u00e9ctica contra el asalto de las penas irrefutables y de mil evidencias desconsoladas? El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ning\u00fan animal es capaz de \u00e9l y los \u00e1ngeles apenas lo han adivinado; sin \u00e9l, la realidad humana ser\u00eda menos curiosa y menos pintoresca: le faltar\u00eda un clima extra\u00f1o y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estrat\u00e9gico, aunque no sea m\u00e1s que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.\u00a0 <\/p>\n<p>Los sabios antiguos, que se daban la muerte como prueba de su madurez, hab\u00edan creado una disciplina del suicidio que los modernos han desaprendido. Volcados a una agon\u00eda sin genio, no somos ni autores de nuestras postrimer\u00edas, ni \u00e1rbitros de nuestros adioses: el final no es nuestro final: la excelencia de una iniciativa \u00fanica &#8211; por la que rescatar\u00edamos una vida ins\u00edpida y sin talento- nos falta, como nos falta el cinismo sublime, el fasto antiguo del arte de perecer. Rutinarios de la desesperaci\u00f3n, cad\u00e1veres que se aceptan, todos nos sobrevivimos y no morimos m\u00e1s que para cumplir una formalidad in\u00fatil. Es como si nuestra vida no se atarease m\u00e1s que en aplazar el momento en que podr\u00edamos librarnos de ella.\u00a0 <\/p>\n<p>Tomado de: &#8220;Breviario de podredumbre&#8221;, E. M. Cioran, Taurus Ediciones, 1991\u00a0 <\/p>\n<p>Supremac\u00eda de lo adjetivo.<\/p>\n<p>Como no puede haber sino un n\u00famero restringido de posiciones cara a los problemas \u00faltimos, el esp\u00edritu se encuentra limitado en su expansi\u00f3n por ese l\u00edmite natural que es lo esencial, por esa imposibilidad de multiplicar indefinidamente las dificultades capitales: la historia se atarea \u00fanicamente en cambiar el rostro de una cantidad de interrogantes y soluciones. Lo que el esp\u00edritu inventa no es m\u00e1s que una serie de calificaciones nuevas; vuelve a bautizar los elementos o busca en sus l\u00e9xicos ep\u00edtetos menos usados para un mismo e inmutable dolor. Siempre se ha sufrido, pero el sufrimiento ha sido o &#8220;sublime&#8221; o &#8220;justo&#8221; o &#8220;absurdo&#8221;, seg\u00fan la visi\u00f3n de conjunto que el momento filos\u00f3fico manten\u00eda. La desgracia constituye la trampa de todo lo que respira; pero sus modalidades han evolucionado: han compuesto esa sucesi\u00f3n de apariencias irreductibles que inducen a cada instante a creer que es el primero en sufrir as\u00ed. El orgullo de esta unicidad le incita a enamorarse de su propio mal y a hacerlo durar. En un mundo de sufrimientos, cada uno de ellos es solipsista con respecto a todos los otros. La originalidad de la desgracia es debida a la calidad verbal que la a\u00edsla en el conjunto de las palabras y las sensaciones&#8230;\u00a0 <\/p>\n<p>Los calificativos cambian: ese cambio se llama progreso del esp\u00edritu. Suprimidos todos: \u00bfqu\u00e9 quedar\u00eda de la civilizaci\u00f3n? La diferencia entre la inteligencia y la estupidez reside en el manejo del adjetivo, cuyo uso no diversificado constituye la banalidad. Incluso Dios no vive m\u00e1s que por los adjetivos que se le a\u00f1aden; esta es la raz\u00f3n de ser de la teolog\u00eda. As\u00ed, el hombre, calificando siempre diferentemente la monoton\u00eda de su infelicidad, no se justifica ante el esp\u00edritu m\u00e1s que por la b\u00fasqueda apasionada del nuevo adjetivo.\u00a0 <\/p>\n<p>(Y sin embargo, esa b\u00fasqueda es lamentable. La miseria de la expresi\u00f3n, que es la miseria del esp\u00edritu, se manifiesta en la indigencia de las palabras, en su agotamiento y degradaci\u00f3n: los atributos merced a los que determinamos las cosas y las sensaciones yacen finalmente ante nosotros como carro\u00f1as verbales. Y dirigimos miradas llenas de nostalgia al tiempo en el que no desprend\u00edan m\u00e1s que un olor a cerrado. Todo alejandrinismo proviene finalmente de la necesidad de airear las palabras, de prestar a su marchitamiento el suplemento de un refinamiento alerta; pero acaba en un agotamiento donde el esp\u00edritu y el verbo se confunden y descomponen. (Etapa idealmente postrera de una literatura y de una civilizaci\u00f3n: imaginemos un Val\u00e9ry con el alma de un Ner\u00f3n&#8230;)\u00a0 <\/p>\n<p>Mientras nuestros sentidos frescos y nuestro coraz\u00f3n ingenuo se reencuentran y deleitan en el universo de las calificaciones, prosperan el azar del adjetivo, el cual, una vez disecado, se revela impropio y deficiente. Decimos del espacio, el tiempo y el sufrimiento que son infinitos: pero infinito no tiene m\u00e1s alcance que: hermoso, sublime, armonioso, feo&#8230;\u00bfQuiere uno restringirse a ver el fondo de las palabras? No se ve nada, pues \u00e9ste, separado del alma expansiva y f\u00e9rtil, es vac\u00edo y nulo. El poder de la inteligencia se ejercita en proyectar sobre \u00e9l un lustre, en pulirlo y hacerlo deslumbrante; este poder, erigido en sistema, se llama cultura, fuego de artificio sobre trasfondo de nada.)\u00a0<br \/>\n\u00a0<br \/>\n\u00a0 <\/p>\n<p>\u00a0<br \/>\n\u00a0<br \/>\n\u00a0<br \/>\n\u00a0<br \/>\n\u00a0 <\/p>\n<p>EMILE MICHEL CIORAN<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Emile Cioran. 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