Anclaje

Anclaje
Eric Frank Russell
Tieline, © 1955 (Astounding Science Fiction, Julio de 1955). Traducción de urijenny.

Originalmente publicada bajo el nombre de Duncan H. Munro. Esta historia respecto a un hombre solitario que mantiene una vigilancia galáctica desde un mundo acuático realmente hace pensar con cariño en las gaviotas.

Vio la aguja del medidor de salida saltar, oscilar, y caer nuevamente. Treinta segundos después lo mismo: subió, se estremeció y cayó. Treinta segundos después lo mismo nuevamente. Ha estado haciéndolo por semanas, meses, años…
Fuera del edificio de piedra fundida una antena en celosía se eleva hacia lo alto en el aire y apunta una gigantesca copa hacia las estrellas. Y desde la copa, a intervalos de medio minuto, se envía una voz silenciosa de largo alcance.
–Bunda uno. ¡Eep-eep-bop! Bunda uno. ¡Eep-eep-bop!
Desde ocho estaciones repetidoras sincronizadas, en islas solitarias alrededor del ecuador del planeta, se emite la misma llamada, radiando como los rayos de una rueda, tan lentamente como gira el mundo sobre su eje.
Afuera, en el abismo internebular donde se esconden los cuerpos obscuros sin soles que puedan descubrirlos, una nave eventual podría escuchar la voz, cambiar curso en sus propios planos horizontal o vertical y rugir directo hacia adelante.
Con qué frecuencia podía ocurrir esto, no tenía modo de saberlo. Permanecía en tremenda soledad, señalando el camino a aquellos que nunca dirían “¡Gracias!”. Demasiado pequeña y fugaz para ser vista alguna vez, su estela titiló brevemente en el espacio entre las espirales de estrellas y luego se perdió. Como “las naves que pasan en la noche”.
Bunda uno. Un faro en el espacio. Un mundo con atmósfera semejante a la de la Tierra pero escasa tierra firme. Una esfera de océanos inmensos salpicados de escarpadas islas en las que no vivía nada que fuera compañía y consuelo para alguien con forma humana.
Esta isla en particular era la mayor superficie sólida en un mundo de desechos acuosos. Treinta y cinco kilómetros de largo por once de ancho, un verdadero continente en los términos de Bunda. Sin árboles, ni animales, ni pájaros, ni flores. Habían arbustos achaparrados, bajos y retorcidos, líquenes, y pequeños hongos. Había unas cincuenta especies de insectos anfibios que mantenían estables sus poblaciones a través del enfrentamiento de unos con otros. Y nada más.
Sobre todo el planeta se extendía un silencio espantoso. Esto era lo horrible: el silencio. Los vientos eran suaves, consistentes, nunca declinando a un suspiro o creciendo hasta un aullido. Los mares avanzando perezosamente, arrastrándose veinticinco lentos centímetros hasta las rocas, y deslizándose de nuevo los veinticinco centímetros hacia abajo sin un sobresalto, un chapoteo, un sonido de aspersión de rocío. Los insectos eran silenciosos, sin un chirrido o chillido en el montón. Los pálidos líquenes y los deformes arbustos se mantenían inmóviles, como extravagantes entidades paralizadas por la eterna calma.
Detrás del edificio hay un jardín. Cuando los constructores de la baliza establecieron por primera vez el lugar en que se ubicaría la instalación, convirtieron un cuarto de hectárea de dura roca en terreno cultivable, y plantaron allí raíces y semillas de la Tierra. No aparecieron flores, pero prosperaron algunos vegetales. Tenía cincuenta surcos de remolacha, espinacas, y brócoli. Y tenía cebollas del tamaño de pelotas football.
Nunca comió una cebolla. Las detestaba. Pero las mantenía junto con el resto, cuidándolas con esmero, por variar la rutina y por el placer de escuchar el grueso empuje de una pala, el firme tintineo de una azada.
La aguja saltó, se estremeció, y cayó nuevamente. Si observaba con demasiada frecuencia y durante demasiado tiempo, se volvía hipnótico. Había veces en que desarrollaba un insano deseo de cambiar sus características: la oscilación en algo idiota pero refrescantemente nuevo; destrozar el código en clave del gran transmisor y substituirlo por alguna insensatez que la copa podría enviar hacia las sorprendidas estrellas.
–Wossop na bullwacka. ¡Bammer-bam-whop! Wossop na bullwacka. ¡Bammer-bam-whop!
Había pasado antes y algún día podría pasar de nuevo.
No había pasado tanto tiempo desde que un crucero liviano tuvo que eliminar una estación del grupo Wolf después que su baliza comenzó a radiar en forma incoherente. La locura de un hombre puso en peligro a un transporte que llevaba dos mil personas a bordo. Al poner un faro fuera de servicio hay que avanzar a ciegas en la obscuridad del espacio profundo.
Para unirse al Servicio de Balizamiento había que aceptar diez años de confinamiento solitario con una remuneración muy elevada y la satisfacción de realizar un servicio de necesidad pública. El prospecto trataba de atraer personas jóvenes, adaptables y aún firmes sobre la buena y vieja Tierra. La realidad, era sombría, prohibitiva, y había demostrado ser demasiado para muchos. El hombre no sirve para vivir solo.
–¿Así que eres de las Islas Occidentales, eh? ¡Justamente la clase de hombres que necesitamos! Tenemos una estación llamada Bunda uno que está hecha a medida para ti. Serás capaz de aguantar mejor que la mayoría. Las personas de las ciudades no sirven en lugares como ese; sin importar cuán excelentes sean sus calificaciones técnicas, tarde o temprano se quiebran por la falta de “luces brillantes”. Sí, un hombre de las Islas Occidentales está cortado a la medida para Bunda uno. No añorarás aquello que nunca has tenido. En Bunda uno encontrarás todo aquello a lo que estás acostumbrado: islas rocosas y grandes mares, igual que en casa…  Igual que en casa.
El hogar.
Abajo, en la playa sin olas había guijarros y bellas conchillas, y pequeñas cosas que se arrastraban, como cangrejos. En el océano cimbreantes campos de algas marinas a través de los que se lanzaban vastos cardúmenes de peces, grandes y pequeños, igual que los peces de los océanos terrestres. Lo sabía, porque tiraba líneas de pesca desde la orilla, los pescaba, los desenganchaba, y los arrojaba de nuevo a la libertad de la que él carecía.
Pero ningún malecón de piedras gastadas proyectado en las aguas verdes, ni pequeños y oxidados vapores rodando a través de la bahía, nadie en la playa trabajando con tarros de alquitrán o remendando redes. Ni barriles rodando y traqueteando desde la tonelería, ni bloques brillantes arrastrados fuera de la planta de hielo, ni hordas plateadas tambaleándose y avanzando a los tumbos bajo los cascarones. Y en el ocaso ninguna voz en la capilla pidiendo por los que están en peligro en el mar.
En la Tierra los grandes cerebros científicos trabajaban muy bien cuando tenían que tratar con problemas netamente técnicos. La estación maestra de Bunda uno era semiautomática, sus ocho balizas esclavas plenamente automáticas, y extraían su energía de generadores atómicos que podían funcionar sin mantenimiento durante una centuria o más. La fuerza de las voces de aviso era suficiente para empujarla a través de un poderoso abismo entre cúmulos de incontables soles. Todo lo que se necesitaba para alcanzar un cien por ciento de eficiencia era un ojo vigilante respaldado por conocimiento, capacidad e iniciativa, un mecanismo de emergencia que pudiera hacer de la baliza una unidad autoreparable. En otras palabras, un hombre.
Aquí es donde su ingenio no resiste. Un hombre. Un hombre no es un dispositivo. No puede ser evaluado, tratado, o ser hecho para funcionar como un dispositivo.
Con algún retraso tuvieron que reconocer el hecho, después que el tercer demente tuvo que ser retirado de su puesto. Tres colapsos mentales en una organización que contaba con cuatrocientas estaciones aisladas no es una gran proporción. Menos del uno por ciento. Pero tres casos eran demasiado. Y el número podría acrecentarse a medida que con el transcurso del tiempo se fueran quebrando otros encargados de estaciones de balizamiento. Analizaron el problema. Ah, exclamaron, la respuesta es el precondicionamiento.
De modo que los próximos candidatos tendrían que atravesar un tamiz científicamente diseñado, un formidable y extenso curso calculado para quebrar lo quebrable y dejar un duro resto adecuado para el servicio. No se pudo implementar. La necesidad de hombres era demasiado grande, el número de candidatos demasiado bajo, y se quebrarían demasiados.
Después examinaron otra media docena de teorías sin mejor suerte. El precepto y la práctica no siempre concuerdan. Los grandes cerebros lo podían haber hecho ellos mismos con una pizca de sentido común.
Su última novedad fue la teoría del anclaje [tieline]. Afirmaron que los hombres han nacido en la Tierra y necesitan un anclaje a Tierra. Dándoles tal anclaje, se mantendrían sujetos a la cordura. Se podría resistir a través de los diez años de confinamiento solitario.
¿Qué es un anclaje?
Cherchez la femme, sugirió alguien, mirando hacia el mundo sobre sus gafas. Lo discutieron, desechándolo por una docena de razones. Las complicaciones imaginables iban desde el asesinato hasta los bebés. Además, significaba duplicar en masa el transporte periódico de suministros para una entidad no técnica.
¿Un perro, entonces? Perfecto para aquellos pocos mundos en los que un perro puede arreglarse por sí mismo. ¿Pero qué respecto a otros mundos, tales como Bunda? Los cargamentos en el espacio se valuaban en gramos, no en toneladas, y no era aún el tiempo en que pudiera embarcarse alimento para perros alrededor del cosmos para beneficio de los simples y extensamente dispersos perros callejeros.
El primer anclaje que se intentó fue improvisado y completamente mecánico, y tuvo la virtud de romper el silencio que era el anatema de Bunda. La nave de suministro anual dejó caer su carga de alimentos junto con un grabador y una docena de cintas.
Para el siguiente mes tenía ruidos, no sólo palabras y música, sino también sonidos característicos de la Tierra: el estruendo del tráfico junto a una curva en día feriado, el tronar de los trenes, el repicar de las campanas de la mañana de domingo, el agudo parloteo de los niños saliendo de la escuela. La evidencia auditiva de la vida lejana, muy lejana. En la primera audición se deleitó. En la veinteava se aburrió. No hubo treintava vez.
La aguja de salida saltó, se estremeció, y cayó.
El grabador estaba abandonado en un rincón. Fuera de allí, en las nieblas estelares se encontraban sus hermanos solitarios. Aún no podía hablarles, o escucharlos. Estaban fuera del alcance del radio y sus mundos giraban como el suyo. Se sentó y vigiló la aguja y sintió el abominable silencio de Bunda.
Ocho meses atrás, en tiempo de la Tierra, la nave de suministros había traído evidencia de que aún se embaucaba con la teoría del anclaje. Junto con la provisión anual había dejado una caja pequeña y un pequeño libro.
Extrayendo la caja de su embalaje, la abrió y se encontró enfrentado a un monstruo con ojos de insecto. La cosa había girado su cabeza triangular y lo miraba con  horrible frialdad. Luego se movió a lo largo, con torpes movimientos de sus patas para trepar. Cerró la caja rápidamente y consultó el libro.
Este le informaba que el nombre del recién llegado era Jason, que era un mantis predicador, manso, inofensivo y completamente capaz de arreglarse por sí mismo en Bunda. Jason, decía el libro, ha sido testeado en su dieta con varias especies de insectos de Bunda y los ha comido ansiosamente. En algunos lugares de la Tierra los mantis eran la mascota de los niños.
Esto mostraba como trabajaban sus mentes obstinadamente en pos de su objetivo. Se había decidido que el anclaje debía ser una criatura viva, nacida naturalmente en Terra. También que debía ser capaz de mantenerse por sí misma en un planeta extraño. Pero, encontrándose cómodamente en sillones y no perdidos en los campos estelares, pasaron por alto la cualidad esencial de la familiaridad. Habría sido mejor que le hubieran enviado un gato callejero. A él no le gustaban los gatos y no había leche, pero al menos los mares estaban repletos de peces. Además, los gatos hacen ruidos. Ronronean y maúllan. La cosa en la caja era amenazadora y silenciosa.
¿Quién, en las Islas Occidentales, había encontrado alguna vez un mantis predicador? Él nunca había visto uno en su vida anterior. Se parecía a la representación de pesadilla de un marciano.
Nunca había tocado uno. Lo mantenía en su caja, donde se paraba sobre largas patas, girando bizarramente su cabeza, lo miraba con mirada fría, y nunca emitía un sonido. El primer día que le entregó un saltamontes de Bunda, atrapado entre los líquenes, se asqueó por el modo en que arrancó la cabeza de la víctima y la masticó. Un par de veces soñó con un gigantesco Jason alzándose sobre él, las fauces abiertas como una grande y hambrienta trampa.
Luego de un par de semanas, ya había tenido suficiente. Tomó la caja, y seis millas al norte de la instalación, la abrió, inclinándola; vio a Jason alejarse entre los arbustos y líquenes. Lo favoreció con una mirada de basilisco antes de desaparecer. Había dos terranos en Bunda y estaban mutuamente perdidos.
–Bunda One. ¡Eep-eep-bop!
Salto, oscilación, caída. Ninguna palabra de reconocimiento por parte de una nave asistida atravesando la distante obscuridad. Ningún sonido de vida aparte de los grabados en una cinta magnética. Ninguna realidad dentro de una realidad extraña que crece cada día en lo irreal y elusivo.
Podría ser valioso sabotear la estación con objeto de repararla y volverla a poner en servicio, creando así una fingida justificación para la propia existencia. Pero un millar de formas de vida en una nave podrían pagar por esto con la muerte. El precio por la distracción que podría romper la monotonía era demasiado elevado.
O podría gastar las horas fuera de servicio haciendo una búsqueda en el norte por el pequeño monstruo, llamando, llamando, y sin esperar encontrarlo.
–¡Jason! ¡Jason!
Y en alguna parte, entre los peñascos y las hendiduras, una angulosa cabeza de ojos prominentes se volvió hacia su voz, sin responder. Si Jason hubiera sido capaz de “cantar” como un grillo, tal vez habría podido soportar a la criatura, llegando a amarla, sabiendo que los chirridos eran la conversación del mantis. Pero Jason era tan sombrío y silencioso como el sereno y proscripto mundo de Bunda.
Hizo una verificación final del transmisor, monitoreó sus ocho retransmisores esclavos llamando en la distancia, y se fue a la cama; acostado allí se preguntó por milésima vez si vería el final de los diez años, o si estaba condenado a quebrarse antes de llegar al final.
Si no enloquecía, los científicos en la Tierra podrían usarlo como conejillo de Indias, un precedente para los que trabajan en el tema, en sus esfuerzos para la determinación de la causa y la cura. Sí, eran ingeniosos, muy ingeniosos. Pero había algunas cosas respecto a las que no eran tan perspicaces. Con ese pensamiento cayó en un sueño intranquilo.

Alguna estupidez a veces demuestra ser la chispa que impulsa a encontrar una solución. Todos los problemas se pueden resolver con tiempo suficiente. El tiempo para este era ahora.
La nave vagamundos Henderson rodó fuera del campo de estrellas, descendió en jadeantes antigravs, y se sostuvo un momento a seiscientos metros sobre la baliza. Carecía de reservas para aterrizar, así que retornó a la inmensidad del espacio profundo a continuar su periplo. Simplemente se detuvo, dejó caer el último anclaje pensado por los grandes cerebros y retornó hacia la obscuridad. El cargamento se arremolinó abajo, en la noche de Bunda, como un torbellino de grandes copos de nieve grises.
Al amanecer se despertó inconsciente de la visita. La nave de suministros no llegaría hasta después de cuatro meses. Echó una mirada a su reloj con los ojos entrecerrados, frunciendo el ceño con desconcierto ante el motivo que lo había hecho despertar tan temprano. Algo, un impreciso algo que se introdujo en sus sueños.
¿Qué fue eso? Un ruido.
¡Un ruido!
Se enderezó, escuchó. De nuevo, desde fuera, atenuado por la distancia. El gemido de un gato abandonado. No, no es eso. Más como el llanto de un bebé perdido.
Es la imaginación. El proceso de fractura psíquica debe haber comenzado. Había subsistido cuatro años. Algún otro ermitaño podría haber aguantado los seis restantes. Estaba escuchando cosas y esto era un signo seguro de desequilibrio mental.
De nuevo el sonido.
Se levantó de la cama, se vistió, se examinó en el espejo. No le pareció que lo miraba el rostro de un idiota. Un poco tenso, quizá, pero por lo demás normal. Se dirigió hacia la sala de control, estudió el panel de instrumentos. Salto, oscilación, caída.
–Bunda uno. ¡Eep-eep-bop!
Todo estaba en orden allí. Regresó a su propia habitación, se frotó sus orejas, escuchó. Alguien –alguna cosa– estaba afuera gimiendo en el amanecer en las aguas crecientes. ¿Qué? Una vez que destrabó la puerta con dedos nerviosos, miró hacia afuera. El sonido aumentó, derramándose a su alrededor, por todas partes, inundando completamente su ser. Estuvo largo tiempo de pie, temblando. Luego recomponiéndose corrió hacia el depósito, rellenó sus bolsillos de galletas, se llenó también ambas manos.
Tropezó al cambiar abruptamente la velocidad para cerrar la puerta.
Corrió apresurado, bajando hacia la playa de guijarros con las manos cargadas extendidas, su respiración jadeante de alegría.
Y allí, en el borde del calmo océano, se quedó con los ojos brillantes, los brazos ampliamente abiertos mientras setecientas gaviotas se arremolinaban a su alrededor, tomando galletas de sus dedos, pavoneándose entre sus pies.
Todo el tiempo chillaban el himno de las islas, la canción del interminable mar, la salvaje, salvaje música que era genuinamente de la Tierra.

Traducción y edición digital de urijenny