Author Topic: El amor es peligroso  (Read 1244 times)

Crow

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El amor es peligroso
« on: Marzo 20, 2006, 04:21:32 pm »
El amor es peligroso


U
N AMIGO HA PREGUNTADO: ¿Por qué pensar en la muerte?  Tenemos la vida: vamos a vivirla.  Vivamos el presente.  ¿Por qué ponernos a pensar en la muerte?


H
A PREGUNTADO BIEN.  Pero el hecho mismo de que pregunte por qué nos llenamos de ideas de muerte, o de que recomiende que vivamos el presente sin pensar siquiera en la muerte, ya demuestra que él mismo no puede librarse de pensar en la muerte.  La muerte es un hecho tan enorme que no es posible pasarlo por alto, aunque nosotros intentamos no pensar en la muerte a lo largo de nuestras vidas: no porque no valga la pena pensar en ella, sino porque la idea misma de la muerte es aterradora.  La idea misma de que “yo moriré” hace que un escalofrío nos recorra la espalda.  Naturalmente, os hará temblar cuando os estéis muriendo, pero aun antes, si la idea se apodera de vuestras mentes, os hará temblar hasta la médula.
   El hombre ha intentado siempre olvidarse de la muerte, ha intentado no pensar en ella.  Hemos organizado toda nuestra vida de tal modo que la muerte no resulte visible.  Todos los esfuerzos y los planes humanos dirigidos a falsificar la muerte tienen un éxito aparente, pero este éxito nunca es real, pues la muerte está allí.  ¿Cómo escaparéis de ella?  ¿Dónde os esconderéis?  Aunque huyáis de ella, acabaréis encontrándoos con ella.  Donde quiera que huyáis, toméis el rumbo que toméis, acabaréis llegando a ella.  Se acerca un poco más cada día, penséis en ella o no, huyáis de ella o no.  Nadie puede escaparse de un hecho.
   La cuestión no es que la muerte sea algo que sólo sucederá en el futuro, y que, por lo tanto, no debamos pensar en ella ahora.  También esto es un concepto erróneo.  La muerte no sucederá en el futuro: la muerte ya está sucediendo en todo momento.  Aunque se completará en el futuro, en realidad está teniendo lugar en todo momento.  Estamos muriendo en este mismo momento.  Si pasamos una hora aquí, habremos muerto una hora.  Quizás tardemos setenta años en morir por completo, pero esta hora formará parte del proceso.  Durante una hora también estaremos muriéndonos.  No es que al cabo de setenta años uno se muera de pronto: la muerte nunca sucede de manera instantánea.  No es un suceso repentino; es un desarrollo que comienza con el nacimiento.
   En concreto, el nacimiento es la primera parte de la muerte, y la muerte es la última parte.  Este viaje comienza con el nacimiento.  Lo que llamamos el día del nacimiento es, en realidad, el primer día de la muerte.  El viaje llevará tiempo, pero continuará.
   Por ejemplo, un hombre parte de Dwarka camino de Calcuta.  El primer paso de su viaje será tan importante para llegar a Calcuta como el último paso del viaje.  El último paso será tan útil para llevarlo a Calcuta como el último.  Y si bien el primer paso, por sí mismo, no puede llevarlo hasta Calcuta, el último paso tampoco puede hacerlo por sí mismo.  Esto significa que cuando dio su primer paso hacia Calcuta empezó a llega a Calcuta.  A cada paso que daba, Calcuta se acercaba cada vez más.  Quizás digáis que tardó seis meses en llegar a Calcuta, pero la realidad es que sólo gracias a que empezó a llegar seis meses antes pudo llegar seis meses después.
   Lo que me gustaría deciros en segundo lugar es lo siguiente: no creáis que la muerte se encuentra en algún momento futuro.  La muerte está presente en todo momento.  Y ¿qué es el futuro?  Es el total de todos nuestros presentes.  Le estamos sumando cosas constantemente.  Es como cuando calentamos agua.  Al primer grado, el agua se calienta, pero todavía no se ha convertido en vapor.  Y lo mismo sucede cuando el agua se calienta dos grados.  El agua se convertirá en vapor cuando se calienta hasta los cien grados; pero empezó a aproximarse al estado de vapor en el primer grado, y siguió en el segundo, en el tercero, y así sucesivamente.  Pero el agua no se convierte en vapor ni siquiera cuando está a noventa y nueve grados: eso sólo sucederá cuando lleguen a los cien.
   ¿No se os ha ocurrido pensar que el centésimo grado también es un grado, del mismo modo que el primer grado también es un grado?  El viaje desde el grado nonagésimo noveno hasta el centésimo es igual al viaje del grado primero al segundo: no hay diferencia.  Así, el que lo sabe os advertirá en el primer grado que el agua se convertirá en vapor, aunque vosotros no veáis que el agua se está convirtiendo en vapor.  Naturalmente, puede decir que el agua se está calentando, pero ¿acaso se está convirtiendo en vapor?  Podemos engañarnos hasta el grado nonagésimo noveno pensando que el agua todavía no se está convirtiendo en vapor, pero cuando llegue al grado centésimo es seguro que se convertirá en vapor.  Cada grado la acerca cada vez más al punto de ebullición.
   Por lo tanto, no tiene sentido que intentéis salvaros de la muerte o aplazarla diciendo que la muerte se encuentra en el futuro.  La muerte está sucediendo en todo momento; estamos muriéndonos todos los días.  En realidad, prácticamente no existe ninguna diferencia entre lo que llamamos vivir y el morir.  Lo que llamamos vivir no es más que un sinónimo de morir gradualmente.  No os digo que penséis en el futuro; lo que os digo es que observéis lo que ya está sucediendo ahora mismo.  Ni siquiera os digo que penséis.
   Este amigo ha preguntado: “¿Por qué pensar en la muerte?”  Yo no digo que penséis.  Pensar no os llevará a ninguna parte.  Recordadlo: no es posible conocer ningún hecho a base de pensar.  En realidad, pensar es una manera de falsear los hechos.  Miráis una flor, y si empezáis a pensar en ella no conoceréis nunca la flor, porque cuanto más os dedicáis a pensar en ella, más se apartará de vosotros.  Os adelantáis en vuestros pensamientos mientras la flor sigue allí.  ¿Qué tiene que ver la flor con lo que estáis pensando?  Una flor es un hecho.  Si queréis conocer una flor, no penséis en ella: mirad la flor.
   Existe una diferencia entre pensar y ver, y es una diferencia significativa.  Occidente da mucha importancia al pensamiento.  Por eso han llamado “filosofía” a su ciencia del pensamiento.  La filosofía es el pensamiento conceptual.  Nosotros hemos llamado a la misma ciencia darshan.  Debemos comprender esto un poco mejor.  Nosotros hemos llamado darshan y ellos la han llamado filosofía, y existe una diferencia fundamental entre ambas.  Los que creen que “filosofía” y “darshan” son sinónimos no saben nada.  No son sinónimos.  Por eso no hay una filosofía hindú ni tampoco hay un darshan occidental.
   Occidente tiene una ciencia del pensamiento: se basa en la investigación, la lógica, el análisis.  Al Oriente le interesan otras cosas.  El Oriente ha descubierto que existen ciertos hechos que no se pueden conocer nunca a base de pensar en ellos.  Estos hechos tendrán que verse, tendrán que vivirse.  Y existe una diferencia enorme entre vivir y pensar.
   El hombre que piensa acerca del amor puede llegar a escribir una tesis sobre él, pero el enamorado lo vive, lo ve, aunque quizás no sea capaz de escribir una tesis sobre él.  Y si alguien pide a un enamorado que le diga algo acerca del amor, éste puede cerrar los ojos, puede llenarse de lágrimas y puede responderle: “Te ruedo que no me lo preguntes.  ¿Qué puedo decir del amor?”  El que ha pensado acerca del amor se pasará horas enteras explicándolo, pero quizás no sepa nada del amor.
   Pensar y ver son dos procesos completamente diferentes.  Por eso no os digo que debáis pensar en la muerte.  Nunca podréis conocer la muerte a base de pensar en ella.  Tendréis que verla.  Lo que os digo es esto: la muerte está aquí, ahora mismo, dentro de vosotros, y vosotros tenéis que verla.  Lo que yo llamo “el yo” se está muriendo constantemente.  Este fenómeno de la muerte tendrá que ser visto, este fenómeno de la muerte tendrá que ser vivido, este fenómeno, este “yo me muero, yo me muero”, tendrá que ser aceptado.
   Hacemos todo lo que podemos por demostrar la falsedad de la muerte; hemos inventado mil maneras de demostrar su falsedad.  Es verdad que podemos teñirnos las canas, pero así no se demuestra que la muerte sea una mentira: llega inevitablemente.  Aun debajo del tinte, las canas siguen siendo blancas.  Son señales de que la muerte ha empezado a acercarse, de que ha de llegar con seguridad.  ¿Cómo podemos demostrar que es falsa?  Por mucho que nos dediquemos a demostrar su falsedad, no cambiaremos las cosas: se está acercando inexorablemente.  Lo único que cambia es que nosotros podemos dejar de saberlo.
   Lo que yo os pregunto es esto: ¿cómo puede saber lo que es la vida el que ni siquiera ha conocido la muerte?  Mi postura es que la muerte está en la circunferencia, y la vida está en el centro.  Si no conocemos siquiera la circunferencia, ¿cómo podremos llegar a conocer alguna vez el centro?  Y si huimos de la circunferencia, nunca nos acercaremos al centro.  Si os asustáis de las paredes exteriores de una casa y huís, ¿cómo podréis llegar a entrar alguna vez en el interior de la vivienda?  La muerte es la periferia y la vida es el tempo que está en su centro.  Si huimos de la periferia, también huimos de la Vida.  El que llega a conocer la muerte la desvelará y, con el tiempo, empezará a conocer también la vida.
   La muerte es la puerta de entrada al conocimiento de la vida.  Rehuir la muerte es rehuir también la vida.  Así, cuando yo os digo: “Conoced la muerte”, comprended los hechos, no os estoy pidiendo que penséis.
   También debemos comprender otra cosa interesante.  Pensar significa repetir mentalmente lo que ya sabemos.  El pensamiento no es original nunca, aunque nosotros solemos decir que los pensamientos de tal y tal persona son muy originales.  No: el pensamiento no es original nunca.  Los pensamientos nunca pueden ser originales.  El darshan, la visión, puede ser original.
   Los pensamientos siempre están trillados.  Si yo os pido que penséis en esta rosa, ¿qué pensaréis?  No haréis más que reiterar lo que ya sabéis acerca de las rosas.  ¿Qué otra cosa podéis hacer?  ¿Qué otra cosa podéis hacer con el pensamiento?  ¿Podría acaso aparecer en vuestros pensamientos un solo punto de vista inusitado y original acerca de una rosa?  ¿Cómo sería eso posible?
   Pensar no es más que reiterar los pensamientos.  Podréis deciros: “La rosa es muy hermosa”; pero ¿cuántas veces habéis oído esto ya?  O podréis deciros: “La rosa es tan hermosa como el rostro de mi amada”.  ¿Cuántas veces habréis oído esto también?  ¿Cuántas veces lo habéis leído?  O podréis deciros: “La rosa es muy fresca”.   Pero ¿cuántas veces habéis oído o leído esto también?  ¿De qué sirven los pensamientos?  ¿Cómo serías capaces de entrar en el ser de esa rosa a base de pensar en ella?  El acto de pensar sólo os puede llevar hasta lo que tengáis en la memoria acerca de las rosas.  Por eso, el pensamiento nunca es original.  Nunca puede existir un pensamiento original: sólo los que ven son originales.
   La primera condición para mirar una rosa es que la persona que la mira no piense.  Debe eliminar de su recuerdo los pensamientos; debe quedarse vacío y vivir en ese momento con la flor.  Dejad que la flor esté a un lado y estad vosotros al otro lado, y que no haya nada entre los dos: nada que hayáis oído, nada que hayáis leído, nada que hayáis conocido nunca.  Nada que hayáis conocido nunca debe interponerse.  Nada debe interponerse entre los dos.  Sólo entonces empezará a entrar en vuestro ser lo desconocido que se encuentra dentro de la rosa.  Cuando no encuentre ningún obstáculo entre los dos, entrará en vosotros, y entonces vosotros no sentiréis que queréis conocer la rosa, sentiréis que sois uno con la rosa.  Entonces conoceréis la rosa desde su interioridad.
   El que ve penetra dentro de un objeto, mientras que el pensador da vueltas a su alrededor: por eso, el pensador no alcanza nada; sólo el que ve alcanza.  El que ve penetra en el interior, porque no queda ningún muro entre él y el objeto que tiene delante: el muro se derrumba, desaparece.
   Una vez, Kabir pidió a su hijo Kamaal que fuera al bosque y trajera algo de heno para el ganado de ambos.  Kamaal obedeció y se puso en camino.  Salió de mañana; pero llegó la hora del mediodía y Kamaal no había regresado todavía, y Kabir se inquietó.  Y llegó la tarde, y Kamaal tampoco dio señales de vida.  Kabir estaba cada vez más inquieto.  Pronto llegó el crepúsculo y se acercaba la puesta del sol, y por fin, Kabir salió en busca de Kamaal acompañado de algunos fieles seguidores suyos.
   Cuando legaron al bosque se encontraron a Kamaal de pie entre la hierba espesa, con los ojos cerrados, ondulándose como una hoja de hierba movida por la brisa.  Kabir se acercó a él, le puso la mano en el hombro y le preguntó:
   -¿Qué haces aquí?
   Kamaal abrió los ojos.  Volvió en sí, se dio cuenta de lo que había sucedido y pidió disculpas inmediatamente.  Kabir dijo:
   -Pero ¿qué has hecho aquí tanto tiempo?  ¡Es muy tarde!
   -Lo siento mucho –respondió Kamaal-, pero cuando llegué aquí, en vez de segar la hierba me puse a mirarla.  Y al mirarla fijamente, no se cuándo me sucedió, pero yo también me convertí en una hoja de hierba.  Pronto cayó la tarde y yo estaba aquí; me había olvidado por completo de que “yo soy Kamaal y he venido a segar hierba.”  Me convertí en la misma hierba.  Había mucho gozo en ser la hierba, un gozo que no había tenido nunca al ser un Kamaal.  Me alegro de que vinieseis, porque yo no sabía qué pasaba.  La brisa no movía la hierba, la brisa me movía a mí: el segador y lo que había de segar habían desaparecido.
   ¿Habéis visto de verdad alguna vez a vuestra esposa, a vuestro hijo, con quienes habéis vivido tantos años?  ¿Los habéis visto alguna vez?  Os pasan por la mente las cosas que hizo ayer vuestra esposa, y este pensamiento se interpone entre ella y vosotros.  Recordáis cómo os riñó cuando salíais de casa por la mañana para ir a la oficina, y el pensamiento vuelve a interponerse entre ambos.  Os viene a la cabeza lo que dijo ella cuando estabais cenando,  y el pensamiento se interpone entre ambos.  Siempre tenéis pensamientos; no habéis visto nunca.  Y por eso no hay relaciones entre el marido y la esposa, entre el padre y el hijo, entre la madre y el hijo.  Las relaciones se producen cuando ya no hay pensamientos y cuando ha comenzado el darshan, la visión.  Entonces es cuando tienen lugar de verdad las relaciones, porque entonces no hay nada que las obstaculice.
   Recordad que una relación personal no supone que exista un tercer factor que una a las dos personas.  Mientras exista algo intermedio que una a las dos personas, también está presente el obstáculo.  Lo que une también separa.  El día que no existe nada que una, cuando sólo queden las dos personas, cuando no quede nada intermedio, ese día lo que queda en realidad es sólo uno: entonces ya no son dos.
   La relación personal no significa que estemos unidos a alguien; la relación personal significa que ya no existe nada entre la otra persona y nosotros, nada intermedio, ni siquiera para unirnos.  Así pues, desaparecen los dos ríos y se fusionan en uno.  Esto es el amor.  La visión os conduce al amor; la visión es la fuente del amor.  Y el que no ha amado no ha conocido nada nunca.  Por mucho que haya pretendido conocer una persona, sólo lo ha conocido a través del amor.
   Por tanto, cuando digo que hay que conocer la muerte, quiero decir que también tendremos que amar la muerte.  Tendremos que ver la muerte.  Pero la persona que tiene miedo a la muerte, que la rehuye, ¿cómo puede amar a la muerte, cómo puede tener su darshan, cómo puede ver alguna vez la muerte?  Cuando se aparece la muerte ante él, él le vuelve la espalda.  Cierra los ojos; no permite nunca que se aparezca la muerte ante él, cara a cara.  Tiene miedo, está asustado; por eso es incapaz de ver la muerte en absoluto, y tampoco es capaz de amarla.  Y la persona que todavía no ha sido capaz de amar la muerte ¿cómo podrá amar alguna vez la vida?, pues la muerte es un suceso muy superficial, y la vida es un fenómeno mucho más profundo.  El que rehuyó el primer escalón ¿cómo podrá llegar alguna vez a las aguas profundas del gozo?
   Por eso os digo que la muerte tendrá que vivirse, tendrá que conocerse, tendrá que verse.  Tendréis que enamoraros de ella; tendréis que mirarla a los ojos.  Y en cuanto la persona mira a la muerte a los ojos, empieza a observarla, penetra en ella, se maravilla.  Descubre, con gran asombro: “¡Qué gran misterio se oculta en la muerte!  Lo que yo llamaba muerte, de lo que huía, encierra en realidad dentro de sí la fuente de la vida suprema.”  Por eso os digo: entrad de buena gana en la muerte para que podáis alcanzar la vida.
   Hay un dicho de Jesús que es increíble.  Jesús ha dicho: “Porque el que quiera salvarse perecerá, y el que entregue la vida no será destruido.  El que se pierda se encontrará, y el que se ponga a salvo se perderá.”  Si una semilla quiere salvarse, se pudrirá; ¿qué otra cosa le espera?  Y si una semilla se aniquila a sí misma en la tierra, si desaparece, se convertirá en árbol.  La muerte de la semilla se convierte en vida para el árbol.  Si la semilla se protegiera a sí misma diciéndose: “Tengo miedo: podría morirme.  No quiero desaparecer.  ¿Por qué voy a desaparecer?”  En ese caso, ni siquiera seguirá siendo semilla, ni mucho menos se convertirá en árbol.  El miedo a la muerte nos hace encogernos.
   Quiero deciros una cosa más que quizás no se os haya ocurrido.  Sólo el que tiene miedo a la muerte tiene ego, pues el ego supone una personalidad estrecha, un nudo apretado.  El que tiene miedo a la muerte se encoge en su interior.  Todo el que tiene miedo tiene  que encogerse en su interior, y todo lo que se encoge se convierte en un nudo.  Se produce un complejo dentro de la persona.
   El sentimiento del yo es el sentimiento de la persona que tiene miedo a la muerte.  Cuando una persona penetra en la muerte, ni tiene miedo a la muerte, no huye de ella, empieza a vivirla, entonces su yo desaparece, su ego desaparece.  Y cuando desaparece el ego sólo queda la vida.  Podemos expresarlo así: sólo muere el ego, no el alma.  Pero como nosotros seguimos siendo egos, surge una gran dificultad.  En realidad, sólo puede morir el ego; sólo el ego tiene muerte, porque es falso.  Tendrá que morir.  Pero nosotros nos aferramos a él.
   Imaginad, por ejemplo, que se levanta una ola en el mar.  Si la ola quiere sobrevivir como ola, no puede hacerlo: está destinada a morir.  ¿Cómo puede sobrevivir una ola como ola?  Ha de morir.  A no ser que se convierta en hielo.  Si se vuelve sólida, puede sobrevivir.  Pero aun en una supervivencia de este tipo la ola ya no existe y queda el hielo: un hielo que es una ola, cerrada, disgregada del mar.  Recordad que una ola no es independiente del mar: es una con el mar.  Convertida en hielo, se independiza del mar, se separa, se solidifica.  La ola se ha quedado helada.
   Como ola, era una con el mar; pero se convierte en un bloque de hielo, sobrevivirá, por supuesto, pero quedará disgregada del mar.  Y  ¿cuánto tiempo sobrevivirá en ese estado?  Todo lo que está helado acabará por fundirse, sin duda.  Una ola pobre se fundirá un poco antes, mientras que una ola rica tardará algún tiempo más: ¿qué otra cosa le espera?  Los rayos del sol tardarán algún tiempo más en fundir una ola grande, mientras que una ola menor se fundirá antes.  No es más que una cuestión de tiempo, pero la fusión ha de suceder.  La ola se fundirá y se quejará mucho, porque en cuanto se funda desaparecerá.  Pero si la ola, al volver a caer al mar, se forzase a sí misma a dejar de existir como entidad independiente, si llegara a saber que ella es, en realidad, el mar, entonces no se trataría de la desaparición de la ola.  Así pues, desaparezca o no, existe todavía, porque sabe: “No soy una ola: soy el mar”.  Cuando desparece como ola, todavía existe en estado de reposo.  Cuando se levanta, se encuentra en estado de actividad.  Y el reposo no es menos agradable que la actividad.  En realidad, es más agradable todavía.
   Existe un estado de actividad y existe un estado de reposo.  Lo que nosotros llamamos samsara, el mundo, es el estado de actividad, y lo que llamamos moksha, la liberación, es el estado de reposo.  Es como una ola inquieta que choca con el viento y que lucha con él, y que después se hunde en el mar y desaparece.  Todavía existe.  Lo que era antes en el mar sigue siéndolo, pero ahora está en reposo.  Pero si una ola se afirmase a sí misma como ola, sería como si estuviera llena de ego, y entonces tendría que disgregarse del mar.
   Cuando llegáis a acoger la idea del “yo soy”, ¿cómo podéis ser con el resto del todo?  Si optáis por ser con el todo, entonces se pierde el yo.  Por eso insiste el yo: “Disgrégate del todo”.   Y ¡qué interesante es que el hecho de disgregaros del todo os hacer ser desgraciados!  Y entonces, una vez más, el yo dice: “Relaciónate con el todo.”  Así de tortuoso es el yo.  El yo dice primero: “Disgrégate del todo, aíslate; tú eres diferente del todo.  ¿Cómo vas a seguir unido?”  De esta manera, el yo se separa, pero entonces se encuentra con problemas, pues en cuanto el yo se separa del todo, se siente desgraciado; su fin se aproxima.  En cuento la ola llega a creerse independiente del mar, empieza a morir; su muerte se aproxima.  Entonces emprenderá la lucha por protegerse de la muerte.
   Mientras fue una con el mar, no existió la muerte, pues el mar no muere nunca.
   Recordad que puede existir un mar sin una ola, pero una ola no puede existir sin el mar.  No podemos concebir una ola sin el mar: el mar estará presente en la ola.  Pero el mar puede existir sin una ola.  Cuando las olas forman parte integral del mar, existen en paz y en reposo.  Pero en cuanto una ola aspira a salvarse del mar, surgen dificultades: se disocia del mar y comienza su muerte.
   Por este motivo, el que ha de morir quiere amar.  El motivo por el que todos nosotros (que vamos a morir) estamos tan deseosos de amar es que el amor es el medio más evidente para conectar.  Por eso nadie quiere vivir sintiéndose desgraciado, sin amor.  Todos buscamos el amor: que alguien quiera recibir nuestro amor, que alguien quiera entregarnos amor.  Y para la persona que no encuentra amor, éste se convierte en un problema.  Pero ¿nos hemos preguntado alguna vez cuál es el significado del amor?
   El amor es un intento de reconstruir de nuevo, parte a parte, uniendo diversas partes, la relación con el todo que hemos roto.  Así, un tipo de amor es aquel por el cual intentamos reconstruir nuestra relación perdida con el todo a base de añadir diversas partes.  Esto es lo que llamamos amor.  Y existe otro tipo de amor en el cual hemos cejado en nuestro intento de disgregarnos del todo.  Esto es lo que llamamos oración.  Por ello, la oración es el amor absoluto.  Y tiene un significado totalmente distinto.  No significa que estemos intentando recomponer los pedazos; significa que hemos dejado de disgregarnos del todo.  La ola ha anunciado: “Yo soy el mar”, y ahora no intenta conectarse con cada una de las demás olas.
   Recordad que la ola misma se está muriendo, y que las demás olas próximas también se están muriendo.  Si esta ola intenta relacionarse con las demás olas, tendrá problemas.  Por eso, lo que nosotros llamamos amor es muy doloroso, porque es una ola que intenta relacionarse con otra ola.  La ola y la otra ola se están muriendo, pero establecen una relación entre ambas con la esperanza de que uniéndose entre sí quizás puedan salvarse.  Esta es la razón por la que convertimos el amor en seguridad.  Así pues, el hombre tiene miedo de vivir sólo.  Quiere tener una esposa, un marido, un hijo, una madre, un hermano, un amigo, una sociedad, una organización, una nación.  Son empeños del ego; son intentos de reunirse de nuevo con el todo por parte del que se ha disgregado de él.
   Pero todos estos intentos de unión son invitaciones a la muerte, pues aquel con el que establecéis una unión está igualmente rodeado de la muerte, igualmente rodeado del ego…  Lo más curioso es que el otro quiere volverse inmortal uniéndose a vosotros, y que vosotros queréis volveros inmortales uniéndoos al otro.  Y la realidad es que ambos vais a morir.  ¿Cómo podréis volveros inmortales?  Una unión así doblará la muerte; de ningún modo servirá de elixir.
   Las parejas de amantes anhelan que su amor se vuelva inmortal; lo cantan día y noche.  Desde siempre se han escrito poesías sobre el amor que se hace inmortal.  ¿Cómo pueden desear la unión inmortal dos personas que van a morir?  La unión de estas dos personas sólo sirve para que la muerte sea el doble de real, nada más.  ¿Qué otra cosa puede ser?  Y ambos se están fundiendo, se están hundiendo, se están desvaneciendo: por eso están asustados, preocupados.
   La ola ha creado su organización propia.  Se dice: “Tengo que sobrevivir.”  Ha creado naciones; ha creado sectas hinduistas, musulmanas: olas que crean sus organizaciones propias.  Y la realidad es que todas estas organizaciones van a desaparecer: la única organización verdadera es el mar que tienen debajo.  Y la organización del mar es una cosa completamente diferente.  La ola pertenece a ella, pero eso no quiere decir que se una al mar; quiere decir, más bien, que la ola sabe: “No soy diferente en nada del mar”.  De esta forma yo os digo que el hombre religioso no pertenece a ninguna organización: ni se aferra a una familia, ni tiene un amigo, un padre o un hermano.
   Jesús ha pronunciado unas palabras muy fuertes.  En realidad, sólo los que han alcanzado el amor pueden pronunciar unas palabras tan fuertes; las personas débiles en el amor no son capaces de pronunciarlas.  Un día, Jesús estaba en el mercado rodeado por una multitud.  Su madre, María, fue a verlo.  Alguien gritó entre la multitud:
   -Dejad paso, dejad paso a la madre de Jesús.  Dejad que se acerque.
   Cuando Jesús lo oyó, dijo en vos alta:
   -Si estáis dejando paso a la madre de Jesús, no lo hagáis, porque Jesús no tiene madre.
   María se detuvo, atónita.  Jesús se dirigió a la multitud y dijo:
   -Mientras tengáis madre, padre, hermano, no podréis acercaros a mí.
   Son unas palabras muy duras.  Nos resulta imposible imaginarnos siquiera que una persona tan llena de amor como Jesús pudiera pronunciar tales palabras: “Yo no tengo madre.  ¿Quién es mi madre?”  Mientras María se quedaba quieta y atónita, Jesús siguió diciendo:
   -¿Decís que esta mujer es mi madre?  Yo no tengo madre.  Y recordadlo: mientras tengáis madre, no podréis acercaros a mí.
   ¿Qué pasa aquí?  Una ola que intente unirse a otra ola no será capaz de acercarse al mar.  En realidad, las olas se unen entre sí y crean una organización con el único fin de evitar ir al mar.  La ola, sola, tiene más miedo a desaparecer, a llegar a desparecer de verdad.  Pero la verdad es que ya está despareciendo.
   Pero cuando se reúnen unas pocas olas se sienten más tranquilizadas; se crea una organización de cierto tipo; se crea una multitud.  Por eso, al hombre le gusta vivir entre una multitud; cuando se queda solo, tiene miedo.  La ola, en su soledad, se queda completamente sola: deslizándose, cayendo, desvaneciéndose, a punto de desaparecer, sintiéndose alineada por ambos lados: a un lado el mar, al otro el resto de las olas.  Por eso crea una organización, crea una cadena.
   El padre se dice: “Yo desapareceré, pero eso no importa: dejaré tras de mí a mi hijo.”  La ola se dice: “Yo desapareceré, pero dejaré una olita: ésta sobrevivirá tras de mí; la cadena continuará; mi nombre quedará”.  Por esta razón, el padre se siente desgraciado cuando no tiene un hijo: esto significa que no podrá organizar su inmortalidad.  Él desaparecerá, por supuesto, pero quiere producir otra ola que seguirá más adelante, que al menos llevará la identidad de la ola de la que procede.  Así, a la primera ola no le importa desaparecer: deja a otra ola tras de sí.
   Podéis haber advertido que las personas que realizan una actividad creativa (los pintores, los músicos, los poetas, los escritores) no se preocupan demasiado de tener hijos, por la sencilla razón de que han encontrado un sustitutivo.  Sus pinturas sobrevivirán, sus poesías sobrevivirán, sus esculturas sobrevivirán; no se preocupan de tener hijos.  Por eso, los científicos, los pintores, los escultores, los escritores y los poetas no se preocupan demasiado de tener hijos.  El único motivo de ello es que han encontrado un hijo de otro tipo.  Han creado una ola que seguirá adelante mucho después de que ellos hayan desaparecido.  En realidad, han encontrado un hijo que durará todavía más que los vuestros, porque incluso cuando hayan desaparecido vuestros hijos perdurará el libro del escritor.
   El escritor no se preocupa demasiado de tener un hijo, de tener descendencia.  Pero eso no significa que esté despreocupado, lo único que significa es que ha encontrado una ola duradera; deja de preocuparse por las olas menores.  Por eso no le interesa tener familia; ha creado una familia de otro tipo.  También él aspira al mismo grado de inmortalidad.  Se dirá, por lo tanto: “El dinero se perderá, la riqueza se perderá, pero mi obra, mis textos, sobrevivirán; y esto es, precisamente, lo que él desea.
   Pero también se han perdido textos escritos.  Ningún texto dura para siempre, aunque, por supuesto, dura cierto tiempo.  ¿Quién sabe cuántos textos se han perdido ya, y cuántos se pierden cada día?  Todo se perderá.  En realidad, en el mundo de las olas, por mucho que se prolongue a sí misma una ola, ha de perderse a la larga.  La ola ha de enfrentarse a la extinción: de nada le sirve prolongarse a sí misma.
   Así pues, si os veis a vosotros mismos como olas, querréis evitar la muerte; seguiréis asustados, con miedo.  Yo os digo: mirad la muerte.  No debéis evitarla, ni temerla, ni rehuirla.  Miradla.  Y con sólo mirarla descubriréis que lo que parecía la muerte visto desde este lado resulta ser la vida cuando entráis en ella un poco.
   Por lo tanto, la ola se convierte en el mar; desparece su miedo a la extinción.  Ahora bien, no desea convertirse en hielo sólido.  Entonces, en el tiempo de que dispone, baila en el cielo, se regocija bajo los rayos del sol, es feliz.  Y cuando vuelve a caer al mar, es igualmente feliz en su estado de reposo.  Así es feliz en la vida, es feliz en la muerte; porque sabe que “lo que es” nunca nace ni nunca muere.  Lo que es, es; sólo cambian las formas.
   Todos somos olas en el mar de la conciencia.  Algunos, la mayoría, nos hemos convertido en hielo.  El ego es como hielo, duro como una piedra.  ¡Qué sorprendente es que un líquido como el agua pueda volverse duro como el hielo y la piedra!  Cuando surge en nosotros un deseo de congelarnos, la conciencia (que por otra parte es muy sencilla y fluida) se hiela y se convierte en un ego.  Todos estamos llenos del deseo de congelarnos, y por ello recurrimos a medios de muchos tipos para intentar quedarnos helados, solidificados.
   Existen leyes según las cuales el agua se convierte en hielo, y también existen leyes que rigen la formación del ego.  El agua tiene que enfriarse para convertirse en hielo, tiene que perder su calor, tiene que volverse fría.  Cuanto más se enfría, más dura se queda.  La persona que quiere crearse un ego también tiene que enfriarse, tiene que perder su calor.  Por eso hablamos de “una bienvenida cálida”.  Una bienvenida siempre es cálida; una bienvenida fría no tiene sentido.
   El amor significa calor; un calor frío no tiene sentido.  El amor nunca es frío; contiene calor.  En realidad, el calor sustenta la vida; la muerte es fría, está por debajo de cero.  Por eso el sol es el símbolo de la vida, el sol es el símbolo del calor.  Cuando sale por la mañana desaparece la muerte; todo se vuelve templado y cálido.  Las plantas florece y los pájaros se ponen a cantar.  El calor es el símbolo de la viuda, el frío es el símbolo de la muerte.  Así, el que quiere crearse un ego tiene que enfriarse, y para enfriarse tiene que perder todas las cosas que dan calor.  Tiene que perder todo lo que da calor a su ser.  Por ejemplo, el amor da calor, el odio produce frío.  Por lo tanto, por el ego, uno tiene que renunciar al amor y aferrarse al odio.  La piedad y la simpatía aportan calor, la crueldad y la falta de piedad aportan frío.
   Así como existen leyes que rigen la congelación del agua, también existen leyes que rigen la congelación de la conciencia humana.  Se aplica una misma ley: seguir enfriándose.  Algunas veces decimos que tal persona es muy fría: en ella no hay calor; se vuelve dura como una piedra.  Y recordad que cuanto más cálida es una persona, más sencilla es.  Entonces su vida tiene una liquidez que le permite fluir dentro de los demás, y que permite a los demás fluir dentro de él.  La persona fría se vuelve dura, incapaz de fluir, cerrada por todas partes.  Nadie puede entrar en ella, ni tampoco puede entrar ella dentro de nadie.  El ego es como el hielo sólido, y el amor es como el agua, líquida, fluida.  La persona que tiene miedo a la muerte huirá de ella.  Seguirá congelándose, pues ese miedo a morir, a desaparecer, lo hará contraerse, y su ego se mantendrá, volviéndose más duro, más fuerte.
   Me alojé varios días como huésped en casa de un amigo mío.  Es muy rico; posee muchos bienes.  Pero una cosa me desconcertó: nunca hablaba con amabilidad a nadie.  Por lo demás, era un buen hombre.  Me desconcertaba mucho ver que era muy blando interiormente, pero era muy duro por fuera.  El criado temblaba ante él; su hijo temblaba ante él; su mujer tenía miedo de verlo.  La gente se lo pensaba mucho antes de visitarlo.  Aun cuando llegaban a su puerta titubeaban antes de llamar al timbre, preguntándose si debían entrar o no.
   Cuando pasé unos días con él y llegué a conocerlo bien, le pregunté a qué se debía todo aquello.
   -En realidad, eres un hombre muy sencillo –le dije.  Él me respondió:
   -Tengo mucho miedo.  Es peligroso establecer una relación personal, pues si estableces una relación con alguien, tarde o temprano empieza a pedirte dinero.  Si eres amable y cariñoso con tu esposa, los gastos se multiplican.  Si no eres severo con tu hijo, te pide cada vez más dinero para sus gastos.  Si hablas con amabilidad a tu criado, también él quiere comportarse como un amo.
   Por lo tanto, tenía que levantar a su alrededor un sólido muro de frialdad, que espantase a su esposa, que espantase al hijo.  ¿Cuántos padres han hecho esto?
   La verdad de la cuestión es que apenas existe ningún hogar donde el padre y el hijo se traten con amor.  El hijo recurre al padre cuando necesita dinero; el padre va a ver al hijo cuando quiere soltarle un sermón; los dos no se reúnen en ninguna otra ocasión.  No existe ningún punto de reunión entre el padre y el hijo.  El padre tiene miedo y se ha rodeado de un muro sólido.  El hijo también tiene miedo; se mueve a hurtadillas del padre.  No existe ninguna armonía entre los dos.  Cuanto más miedo tiene una persona, cuanto más se preocupa de su seguridad, más se solidifica.  La fluidez es muy peligrosa, produce inseguridad.
   Esta es la razón por la que tenemos miedo a enamorarnos.  Sólo cuando hemos estudiado a la persona y nos hemos asegurado a fondo llegamos a enamorarnos.  Eso quiere decir que primero nos aseguramos de que la persona no representa ningún peligro para nosotros y después nos enamoramos.  Por eso hemos inventado los matrimonios: primero nos casamos, primero tomamos todas las medidas necesarias, y después nos enamoramos, porque el amor es peligroso.  El amor es fluido, da entrada a otra persona.  Es peligroso enamorarse de una persona extraña: ¡puede escaparse por la noche con todos nuestros objetos de valor!  Así pues, investigamos a fondo quién es esa persona, a qué se dedica, de dónde son sus padres, qué carácter tiene, qué cualidades tiene.  Tomamos todas las medidas, tomamos todas las precauciones sociales posibles; sólo después de esto aceptamos contraer matrimonio con la persona.
   Somos gentes asustadas; queremos asegurarlo todo primero.  Cuando más nos aseguramos, más duro y más frío se vuelve el muro de hielo que nos rodea y que encoge todo nuestro ser.  Nuestra separación de lo divino se ha producido por un único motivo: porque no somos líquidos, porque nos hemos vuelto sólidos.  Ésta es la única causa de la separación: no fluimos, nos hemos quedado como bloques; no somos agua, somos como hielo sólido.  Cuando nos volvemos fluidos, ya no existirá la separación; pero sólo nos volvemos fluidos cuando aceptamos ver y vivir la muerte, cuando aceptamos que la muerte existe.
   Cuando hemos visto y hemos reconocido que la muerte existe, ¿por qué hemos de tener miedo alguno?  Cuando la muerte está allí con seguridad, cuando la ola sabe con seguridad que ha de desaparecer, si la ola ha descubierto que el nacimiento mismo contiene a la muerte, si la ola ha llegado a saber que su desintegración comenzó en el momento mismo en que fue creada, allí termina la cuestión.  ¿Por qué convertirse entonces en hielo?  Enseguida aceptará ser una ola mientras tenga que serlo, y aceptará ser el mar mientras tenga que serlo.  ¡Eso es!  ¡Aquí termina la cuestión!  En ese instante se acepta todo.  En esa aceptación, la ola se convierte en el mar.  Entonces desparece toda inquietud por su desaparición, pues la ola sabe que existía antes de su extinción y que seguirá existiendo aun después de desparecer; no como el yo, sino como el mar sin límites.

C
UANDO LAO TSE ESTABA a punto de morir, alguien le pidió que revelase algunos secretos de su vida.  Lao Tse dijo:
¡El primer secreto es que nadie me ha vencido en toda mi vida!
   Cuando los discípulos oyeron esto, se emocionaron mucho.  Le dijeron:
   -¡Nunca nos habías dicho esto!  Nosotros también queremos vencer.  Te rogamos que nos enseñes el modo de conseguirlo.
   -Os habéis equivocado –respondió Lao Tse-  Habéis oído otra cosa.  Yo he dicho que nadie ha podido vencerme nunca, y vosotros decís que también vosotros queréis vencer.  Las dos cosas son completamente opuestas, aunque parece que significan lo mismo.  En el diccionario, en el mundo del lenguaje, tienen un mismo significado: la persona que no ha conocido la derrota es victoriosa.  Yo sólo he dicho que nadie ha podido vencerme, y vosotros habláis de vencer.  ¡Fuera de aquí!  Jamás comprenderéis mis palabras.
   Los discípulos le suplicaron:
   -Aun así, te rogamos que nos lo expliques.  Enséñanos cómo hacerlo.  ¿Cómo es que nunca te han vencido?
   Lao Tse dijo:
   -Nadie me ha vencido porque yo siempre estaba vencido.  No hay manera de vencer a un hombre vencido.  Yo nunca fui vencido nunca quise la victoria.  En realidad, nadie fue capaz de luchar conmigo.  Si alguien pretendía desafiarme, ya me encontraba vencido, y no podría darse el gusto de vencerme.  Lo que produce alegría es vencer al que quiere ser vencedor.  ¿Qué gusto puede dar vencer al que ni siquiera quiere ganar?

E
N REALIDAD, DESTRUIR EL EGO de otra persona nos produce placer porque así reforzamos el nuestro.  Pero si un hombre ya se ha dado por vencido, ¿qué gusto puede dar destruir a esa persona?  Nuestro ego no se emocionaría en absoluto.  Cuanto más conseguimos derribar el ego del  otro se convierte en la fuerza del nuestro.  Pero el ego de esta persona de la que hablamos ya está derribado.
   Por ejemplo, pretenderéis vencer a un hombre en una pelea, y antes de que lo derribéis él se tiende en el suelo; y antes de que os sentéis sobre él, él os invita a que os sentéis sobre él.  ¿En qué situación quedaréis entonces?  ¡Querrías echar a correr!  ¿Qué otra cosa podrías hacer?  Los espectadores se echarían a reír y os dirían: “¡Adelante: siéntate encima de él!  ¡Ponte cómodo!  ¿Por qué echas a correr?”  ¿Quién parecería más tanto: el que se sienta sobre  el otro, o el que no dejaba de reír, con una risa que os resonaría en los oídos para toda la vida?
   Así pues, siempre que alguien pretenda desafiar a aquel hombre, él se tendía inmediatamente en el suelo y le decía: “Adelante: siéntate sobre mí.   Has venido a eso, ¿no?  Adelante, pues.  No te inquietes, no te molestes: no hace falta que te canses.  Ven y siéntate sobre mí”.

L
AO TSE AÑADIÓ:
-Pero vosotros me preguntáis otra cosa.  Vosotros queréis que os explique el modo de vencer.  Si pensáis en vencer, perderéis.  EL que alberga la idea de vencer siempre pierde.  En realidad, la derrota comienza con la idea misma de la victoria.  Y nadie ha sido capaz de ofenderme –añadió Lao Tse.
   -Te ruego que nos digas también el secreto de esto, porque tampoco nos gusta que nos ofendan –dijo un discípulo.
   -Volvéis a cometer un error.  Nadie ha sido capaz de ofenderme porque nunca he deseado los honores.  A vosotros os ofenderán siempre porque estáis llenos del deseo de honra.  A mí no me han expulsado nunca de ninguna parte porque siempre me he sentado cerca de la puerta donde la gente se quita los zapatos.  Nunca me han pedido que me aparte de un sitio porque siempre me he quedado al final, donde nadie podía enviarme a un puesto inferior.  Yo estaba muy contento de estar al final: eso me ahorraba problemas de todo tipo.  Nadie me echó de allí ni me apartó en el último puesto.  Nadie quería estar en aquel puesto.  Yo estaba a mis anchas en mi puesto; siempre he estado a mis anchas en mi puesto.   Nadie ha venido a echarme de mi puesto.

T
AMBIÉN DICE JESÚS:  “Yo os digo que los últimos serán los primeros”.  ¿Qué quiere decir esto?
Por ejemplo, Jesús dice: “Si alguien os da una bofetada en la mejilla derecha, presentadle la izquierda”.  Esto significa que no le hagáis tomarse siquiera la molestia de buscaros la otra mejilla: hacedlo vosotros.  Jesús dice: “Si alguien viene a vencerte, déjate vencer.  Si te derriba una vez, cae tú dos veces”.  Y Jesús dice: “Si un hombre te quita el manto, dale también tu camisa”.  ¿Por qué?  Porque es posible que al hombre le dé vergüenza quitarte también la camisa.  Y Jesús dice: “Si alguien te pide que lleves a cuestas su carga una milla, al final de la milla ofrécete a llevarla más lejos”.
   ¿Qué significa esto?  Significa que aceptando totalmente las circunstancias de la vida, tales como la inseguridad, el fracaso, la derrota y, al final, la muerte, las vencemos a todas.  De lo contrario, estas circunstancias no nos conducen a ninguna parte, salvo a la muerte.  En último extremo, la muerte es nuestra derrota total.  Aun tras las derrotas mayores sobrevivimos; a pesar de estar derrotados, seguimos existiendo.  Pero la muerte nos aniquila por completo.
   La muerte es la mayor de las derrotas; por eso queremos matar a nuestros enemigos: no hay otro motivo.  La muerte es la derrota definitiva; después de ella, el enemigo no tiene ninguna posibilidad de vencer nunca más.  El impulso de matar al enemigo procede de nuestro deseo de infligirle la derrota definitiva.  Después de la muerte ya no puede quedar vencedor, pues ya no existe.
   La muerte es la derrota final, y todos queremos huir de ella.  Y recordad también que la persona que intenta huir de su propia muerte procurará producir la muerte a otros.  Cuanto más consigue matar a otros, más vivo se sentirá él.  Por eso, la causa de toda la violencia del mundo es completamente diferente de la que suele creer la gente.  La causa de esta violencia no son las diferencias de ideas de las personas (que unos no quieran beber agua sin filtrar o que otros coman después de la puesta del sol); no, no es nada de esto.
   La causa fundamental de la violencia es que el hombre mata a los demás para olvidarse de su propia muerte.  Cuando mata a los demás, cree que nadie puede matarlo a él, pues él tiene el poder de matar.  Hitler, Genghis Kan y otros como ellos mataron a millones de personas para poder decirse a sí mismos: “Nadie puede matarme, pues yo mato a millones de personas”.  Intentamos librarnos de nuestra propia muerte, intentamos confirmar nuestra independencia a base de matar a otros.  Suponemos que, dado que nosotros somos capaces de matar a gente, ¿quién podrá matarnos a nosotros?
   En lo más hondo, esto es rehuir la muerte.  En lo más hondo, la persona violenta huye de la muerte.  Y el que quiere salvarse a sí mismo de la muerte nunca puede ser no violento.  Sólo el que declara: “Acepto la muerte, pues la muerte es una de las circunstancias de la vida, es una realidad”, puede ser una persona no violenta.  Nadie puede negar la muerte.  ¿Dónde nos esconderemos de ella?  ¿Dónde nos refugiaremos?
   El sol empieza a ponerse en cuanto sale.  La puesta de sol es tan real como la salida del sol; sólo se diferencian en el sentido.  En el ocaso, el sol llega exactamente al punto donde estaba al alba, pero al alba estaba en el este, mientras que en el ocaso está en el oeste.  El nacimiento está a un lado, la muerte está al otro.  Lo que sube por un lado baja por el otro.  El orto y el ocaso están unidos; en realidad, el ocaso está oculto en el orto.  La muerte está oculta en el nacimiento.  Nadie que sepa esto puede negarlo de ningún modo.  Cuando lo sabe, lo acepta todo.  Entonces vive esta verdad.  La conoce, la ve y la acepta.
   Con la aceptación llega la transformación.  Cuando yo hablo de vencer a la muerte, quiero decir que en cuanto una persona acepta la muerte se ríe, porque llegó a saber que la muerte no existe.  Sólo se forma y se deshace la envoltura externa.  El mar siempre ha existido; sólo la ola ha cobrado forma y se ha desintegrado después.  La belleza siempre ha estado presente; las flores aparecieron y se marchitaron.  La luz siempre ha brillado; el sol salió y se puso.  Y lo que brillaba con la salida del sol y con su puesta siempre estaba presente, antes del orto y después del ocaso.  Pero sólo llegaremos a ver esto cuando hayamos visto la muerte, cuando hayamos tenido la visión de la muerte, cuando nos hayamos encontrado con la muerte, cuando nos hayamos encontrado la muerte cara a cara: nunca antes.
   Así, nuestro amigo nos pregunta: “¿Por qué pensar en la muerte?  ¿Por qué no olvidarnos de ella?  ¿Por qué no limitarnos a vivir?”  Yo quisiera decirle que nadie ha vivido olvidando la muerte, ni nadie ha podido vivir así.  Y el que desprecia la muerte también desprecia la vida.
   Es como si tuviera en la mano una moneda y dijera: “¿Por qué preocuparme de la otra cara de la moneda?  ¿Por qué no limitarme a olvidarla?”  Si yo renuncio a la cruz de la moneda, también pierdo la cara, pues ambas componen las dos caras de la misma moneda.  No es posible quedarse una cara de la moneda y tirar la otra a la calle.  ¿Cómo sería posible?  Si me quedo una cara, me quedaré automáticamente con la otra.  Si tiro una cara, tiraré ambas caras; si me quedo una, me quedaré las dos.  En realidad, ambas son dos aspectos de una misma cosa.  El nacimiento y la muerte son dos aspectos de una misma vida.  El día que uno se da cuenta de esto, no sólo pierde su aguijón la muerte, sino que también desaparece la idea de no morir.  Entonces llega a saber uno que el nacimiento está allí y que también está allí la muerte.  Ambas componen la felicidad.
   Todas las mañanas nos levantamos y vamos a trabajar.  Unos van a cavar zanjas… La gente hace trabajos diferentes; algunos sudan todo el día.  Levantarse por la mañana es agradable, pero ¿acaso no es igualmente agradable dormir por la noche?  Si unos locos se pusieran a convencer a la gente de que no durmiese por la noche, entonces la gente tampoco se levantaría por la mañana, pues la persona que no durmiese tampoco sería capaz de despertarse por la mañana.  Toda la vida se detendría.  Alguien podría tener miedo a acostarse, afirmando: “Despertarse por la mañana es tan agradable que es mejor quedarse dormido, para no estropear el encanto de despertarse”.  Pero sabemos que esto es ridículo: dormir es la otra cara de la moneda del despertar.
   El que duerme bien se despertará bien.  El que se despierta bien dormirá bien.  El que vive bien morirá bien.  El que muere bien dará buenos pasos en su vida futura.  El que no muere bien no vivirá bien.  El que no vive bien no morirá bien.  Será un desastre; todo se volverá feo y distorsionado.  El miedo a la muerte es responsable de la aparición de la fealdad y de la distorsión.
   Si a alguien lo dominara el miedo a quedarse dormido, la vida se le haría difícil.  Una vez un hombre me trajo a su madre, una señora anciana.  Me dijo que a su madre le daba mucho miedo quedarse dormida.  Yo le pregunté:
   -¿A qué se debe esto?
   -Ha caído enferma recientemente –me dijo él-, y cree que puede morirse mientras duerme.  Tiene miedo de no volverse a despertar si se queda dormida, y por eso intenta pasar toda la noche despierta.  Tenemos un grave problema.  No se recupera de su enfermedad porque no duerme por la noche, por el miedo a morirse y no volverse a despertar.  Te ruego que hagas algo para librarla de este miedo; de lo contrario, el problema es grave.
   En cierto modo, dormir es como morir todos los días.  Estamos vivos todo el día; estamos muertos toda la noche.  Esto es como morir por partes, como morir un poco cada día.  Nos sumergimos en nuestro interior por la noche y salimos frescos por la mañana.  Cuando llegamos a los setenta o a los ochenta años de edad, el cuerpo está desgastado.  Entonces lo toma la muerte.  Y con ella, el cuerpo experimenta un cambio completo.  Pero tenemos mucho miedo a la muerte, aunque no es más que un sueño profundo.
   ¿Sabéis que el cuerpo sufre un cambio todas las noches  y que queda diferente todas las mañanas?  El cambio es tan mínimo que vosotros no lo advertís.  El cambio no es total; es una transformación parcial.  Cuando os acostáis por la noche, cansados y agotados, vuestro cuerpo está en un estado determinado, y cuando os despertáis por la mañana está en un estado diferente.  Por la mañana, el cuerpo se siente fresco y rejuvenecido; está lleno de energía, dispuesto a enfrentarse con las actividades de un nuevo día.  Ahora os sentís capaces de cantar canciones nuevas, cosa que no podías hacer la noche anterior.  Entonces estabais cansados, rotos, agotados.  Pero nunca os habéis preguntado por qué hay tanto miedo a la muerte.
   Cuando os despertáis por la mañana os sentís contentos, porque en el sueño sólo cambia una parte de vuestro cuerpo; pero la muerte, por su parte, produce un cambio completo.  Todo el cuerpo se vuelve inútil y surge la necesidad de adquirir un cuerpo nuevo.  Pero tenemos miedo a la muerte, y por eso toda nuestra vida se ha quedado completamente paralizada.  Todos los momentos están llenos del miedo a la muerte.  A causa de este miedo, nos hemos creado una vida, una sociedad, una familia que tiene un mínimo de vida y un máximo de miedo a la muerte.  Y el que teme a la muerte no puede vivir nunca: ambas cosas no pueden producirse a la vez.  Sólo la persona que está preparada para encontrarse con la muerte de una manera absolutamente espontánea está preparada también para vivir.  La vida y la muerte son dos aspectos de un mismo fenómeno.  Por eso yo os digo: mirad la muerte.  No os pido que penséis en la muerte, pues esta manera de pensar os confundirá.  ¿Qué haréis si os ponéis a pensar en la muerte?
   A una persona enferma y desgraciada puede resultarle grato pensar que todo termina con la muerte.  Este pensamiento le resulta grato al hombre, pero no por eso es cierto.  Recordadlo: no creáis nunca que lo que os parece agradable es necesariamente cierto, porque lo que os parece agradable no depende de la verdad, depende de lo que vosotros consideréis conveniente.  A la persona desgraciada, llena de problemas, enferma y dolorida le parece que debería encontrarse con la muerte total, que no debería dejar nada tras de sí; pues si sobrevive alguna parte de él, eso significaría, evidentemente, que sobreviviría él; él, la persona desgraciada y enferma.

   Un amigo ha preguntado: Algunas personas se suicida.  ¿Qué puedes decir de ellas?  ¿No tienen miedo a la muerte estas personas?


T
AMBIÉN TIENEN MIEDO A LA MUERTE.  Pero tienen más miedo a la vida que a la muerte.  La vida les parece más dolorosa que la muerte; por eso quieren terminarla.  El hecho de que pongan fin a sus vidas no significa que encuentren ningún gozo en la muerte; pero, como la vida les parece peor que la muerte, prefieren la muerte.  El que es desgraciado, el que está lleno de dolores, se creerá de buena gana que la muerte se lo lleva todo (incluso el alma), que la muerte no deja nada tras de sí.  Evidentemente, no quiere salvar ninguna parte de sí mismo, pues en tal caso no salvaría más que su desgracia y su dolor.
   El que tiene miedo a la muerte y quiere salvarse, acepta de buena gana la fe en la inmortalidad del alma.  Todas estas cosas son conveniencias; no hacen nada más que demostrar lo que nos interesan nuestras conveniencias.  Aceptar estas cosas nos resulta cómodo, eso es todo.  Por eso cambiamos de creencias muchas veces.  La persona que era atea en su juventud se convierte en teísta en su vejes.  En realidad, la verdad es que las creencias cambian con los dolores de cabeza.
   Cuando no nos duele la cabeza, tenemos un conjunto de creencias; cuando nos duele la cabeza, cambiamos éstas por otro conjunto de creencias.  ¡Es difícil determinar en qué medida afectan las escrituras a vuestro sistema de creencias y en qué medida les afecta vuestro hígado!  "No podemos saber si les afecta más el gurú o el hígado”  ¡Cuando el estómago está revuelto, la persona tiende a volverse atea, y cuando el estómago está bien tiende a creer en Dios!  ¿Cómo puede creer una persona que existe Dios cuanto tiene dolor de cabeza?  Si existe Dios y también existe el dolor de cabeza, ¿cómo conciliar a ambos?
   Podemos hacer un experimento.  Tomamos a cincuenta hombre a los que hacemos contraer enfermedades crónicas, y dejamos a otros cincuenta con buena salud.  Hacemos que los cincuenta primeros vivan sumidos en la desgracia y que los otros cincuenta tengan vidas felices.  Descubriréis que el ateísmo aumentará en el primer grupo y que el teísmo aumentará en el segundo grupo.  No se trata de que creer en Dios provoque la felicidad: es que la mentalidad de la persona desgraciada se vuelve atea inevitablemente.  Recordad, pues, que si veis que aumenta el ateísmo por el mundo, sabréis que estará aumentando también la desgracia.  Si veis que cada vez hay más gente que cree en Dios, sabréis que cada vez hay más gente feliz.
   Os digo, pues, que es muy probable que en los próximos cincuenta años Rusia se vuelva teísta y la India se vuelva más atea todavía.  Las creencias no significan nada.  En Rusia, la gente lee a Marx, mientras en la India leemos a Mahavira: esto no cambia las cosas.  Las obras de Mahavira y las de Marx no establecen la menor diferencia.  Si las gentes se hicieran cada vez más felices en Rusia, entonces en los próximos cincuenta años resucitaría el teísmo y empezarían a sonar las campanas en los templos rusos.  Se encenderían las lámparas y se cantarían las oraciones.  Sólo una mente feliz hace sonar las campanas del templo, enciende lámparas y canta oraciones.  La gente empezaría a dar gracias a Dios.  Sólo una mente feliz quiere dar las gracias a alguien, ¿y a quién va a dárselas sino a Dios?  Cuando el hombre no encuentra motivos de la presencia de su felicidad interior, se la agradece a lo desconocido, pues a ello ha de deberse.
   La mente infeliz quiere expresar su ira.  Y cuando la persona no encuentra ninguna causa para su infelicidad, ¿con quién ha de enfadarse?  Evidentemente, se llena de resentimiento hacia lo desconocido.  Se dice: “Todo este embrollo es culpa de ese desconocido, es culpa de Dios.  O no existe o se ha vuelto loco”.
   Lo que estoy diciendo es que nuestro teísmo y nuestro ateísmo, nuestras creencias, son el resultado de lo que más conviene a nuestra situación.
   El que quiere huir de la muerte se aferra, inevitablemente, a alguna creencia.  Del mismo modo, el que quiere morir también se aferrará a alguna creencia.  Pero ninguno de los dos tiene el deseo, el ansia de conocer la muerte.  Existe una gran diferencia entre las conveniencias y la verdad.  Nunca penséis demasiado en vuestras conveniencias.  El pensamiento siempre se refiere a las conveniencias.  La visión es siempre de la verdad; el pensamiento siempre se refiere a las conveniencias.
   Un hombre es comunista.  Hace mucho ruido: tiene que haber una revolución; los pobres tienen que dejar de ser pobres; hay que repartir la propiedad, etcétera.  Pero dadle un coche, una casa grande y una muchacha hermosa para que se case con ella, y en quince días veréis a un hombre diferente.  Le oiréis decir: “El comunismo y todo lo demás ¡tonterías!”  ¿Qué le ha pasado a este hombre?  Sus conveniencias han conformado su manera de pensar.
   El otro día le convenía pensar que había que repartir la propiedad; ahora no le conviene pensar que haya que repartir la propiedad.  Ahora, el reparto de la propiedad supondría repartir su coche, repartir su casa.
   El hombre que no tiene una mujer hermosa bien puede decir que también hay que socializar a las mujeres.  ¿Por qué han de tener algunos hombres el monopolio de las mujeres hermosas?  Las mujeres deben pertenecer a todos.  Hay personas que piensan así.  En este mundo hay personas que afirman:”Hoy, la propiedad; mañana, las mujeres”.  Y eso no tiene nada de raro, porque vosotros ya tratáis a las mujeres como si fueran de vuestra propiedad.
   Si alguien dice: “No está bien que una persona vida en una casa grande y otra en una chabola”, entonces ¿qué tiene de raro preguntarse por qué ha de tener un hombre una mujer bonita y otro no tenerla, en vista de que el reparto debe ser igualitario?  Éstas son señales de peligro.  Estas preguntas han de salir a relucir tarde o temprano.  El día que se reparta la propiedad, es seguro que salga a relucir la cuestión de compartir a las mujeres.  Pero el hombre que tiene una mujer hermosa protestará, sin duda.  Dirá: “¿cómo es posible?  ¿Qué tonterías decís?  ¡Todo esto es un error!”.
   Así pues, las conveniencias conforman nuestra manera de pensar, nuestros pensamientos se forman por las conveniencias.  Todos nuestros pensamientos fomentan y alimentan nuestras conveniencias o bien eliminan lo que no nos conviene.  La visión es otra cosa.  La visión no tiene nada que ver con las conveniencias.  Recordad, pues, que la visión es un tapascharya, un compromiso personal profundo con el conocimiento de la verdad.  Tapascharya significa que a uno no le importan las conveniencias; por el contrario, uno tiene que conocer lo que es, sea como sea.
   De modo que no hay que pensar en el hecho de la muerte, sino verlo.  Pensaréis según vuestras conveniencias; vuestras conveniencias determinan vuestra manera de pensar.  No es una cuestión de conveniencias.  Tenemos que conocer lo que es la muerte, tenemos que verla tal como es.  Vuestras conveniencias e inconveniencias no cambian nada.  Lo que es, sea lo que sea, se produce una transformación en vuestra vida, porque no hay muerte.  Sólo creéis en su existencia mientras no la habéis conocido.  La experiencia de la ignorancia es la muerte; la experiencia de la conciencia es la inmortalidad.

C
OMENTAREMOS ALGUNAS PREGUNTAS más en la sesión vespertina.  Ahora nos sentaremos para practicar la meditación de la mañana.  La meditación representa una muerte.  La meditación representa entrar en lo que es, en donde estamos.  Por lo tanto, sólo entramos en la meditación cuando estamos preparados para morir, y no de otro modo.
   Sentaos a cierta distancia unos de otros. Sentaos dejando cierto espacio a vuestro alrededor.  Los que quieran acostarse, pueden hacerlo al principio.  Y si alguien quiere acostarse durante la experiencia, debe hacerlo.  Y sentaos a cierta distancia unos de otros para que nadie os caiga encima si alguien se acuesta o se cae.
   Cerrad los ojos… dejad relajados los ojos y cerrad los párpados… dejad los ojos relajados y cerrad los párpados.  Relajad el cuerpo… relajad el cuerpo… relajad el cuerpo…  Dejad el cuerpo completamente relajado, como si no hubiera vida en él.  Un día, la vida os dejará: sentidlo soltándola ahora.  Un día, la vida, os dejará por completo; aunque queráis conservarla, no se quedará.  Llevad, pues, esa misma vida muy dentro… pedid a la vida que se retire muy dentro y dejad el cuerpo relajado.
   Seguid relajando el cuerpo por completo.  Ahora os haré algunas sugerencias y vosotros las sentiréis conmigo.  El cuerpo se está relajando… sentidlo, el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando.  Seguid soltándolo, sentid que el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando.  El cuerpo sigue relajándose… sigue muriendo… sigue muriendo.  Seguimos deslizándonos adentro, allí donde está la vida.  Soltad… soltad… soltad la ola, sed unos con el mar.  Soltad el cuerpo completamente, dejadlo caer si quiere, no os preocupéis por él.  No lo evitéis… no mantengáis ninguna sujeción sobre él… soltad…
   El cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se sigue relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando.  Soltad… como si estuviera muerto, como si se hubiera quedado completamente sin vida.  Nos hemos deslizado al interior… la conciencia se ha deslizado al interior… el cuerpo ha quedado como una cáscara… si se cae, que se caiga.  El cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado por completo.
   La respiración se está calmando… la respiración se está calmando.  Dejad también relajada la respiración.  La respiración se sigue calmando… la respiración se está calmando.  Apartaos también de la respiración, retirad también de ella vuestra energí