Author Topic: Todo el universo es un templo  (Read 1317 times)

Crow

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Todo el universo es un templo
« on: Marzo 20, 2006, 04:19:57 pm »
Todo el universo
Es un templo

A
MADOS:
Un amigo ha preguntado: Nos has mostrado el método de la negación para conocer la verdad o lo divino: el método de excluir todo lo demás para conocer el yo.  ¿Es posible conseguir el mismo resultado haciendo lo contrario?  ¿No podemos intentar ver a Dios en todo?  ¿No podemos sentirlo en todo?

C
 OMPRENDER ESTO SERÁ beneficioso para vosotros.
El que no es capaz de conocer a Dios dentro de su propio yo nunca puede conocerlo de ningún modo.  El que no ha reconocido todavía a Dios dentro de su propio yo no es capaz de reconocerlo en los demás.  El yo es lo más próximo que tenéis; cualquiera que esté a cierta distancia de vosotros estará más lejos de vosotros que el yo.  Y si no sois capaces de ver a Dios en vuestro propio yo, que es lo que tenéis más próximo, tampoco podréis verlo de ninguna manera en los que estén lejos de vosotros.  Debéis conocer a Dios en primer lugar en vuestro propio yo; el que conoce tendrá que conocer, primero, lo divino: es la puerta más próxima.
   Pero, recordadlo: es muy interesante que el individuo que entra de pronto en su yo encuentra de pronto la entrada de todo.  La puerta que conduce al propio yo es la puerta que conduce a todo.  En cuanto una persona entra en su yo, descubre que ha entrado en todo, porque, aunque somos diferentes externamente, internamente no lo somos.
   Externamente, todas las hojas son diferentes entre sí.  Pero si una persona fuera capaz de penetrar en una sola hoja, llegaría a la fuente del árbol, donde todas las hojas están en armonía.  Cada hoja, vista por separado, es diferente; pero cuando hayáis conocido una hoja en su interioridad habréis llegado a la fuente de la que emanan todas las hojas y en la que se disuelven todas las hojas.  El que entra en su yo entra, simultáneamente en todo.
   La diferencia entre “tú” y “yo” sólo se mantiene mientras no hayamos entrado en nuestro propio yo.  El día en que entremos en nuestro yo, desaparece el yo, y también el tú.  Lo que queda entonces es el todo.
   En realidad, “el todo” no significa la suma del tú y el yo.  El todo es donde nos hemos disuelto tú y yo, y lo que queda después es el todo.  Si el yo no se ha disuelto todavía, entonces podemos sumar “yos” y “tús”, pero el total no será igual a la verdad.  Aunque sumemos todas las hojas, no aparece un árbol, aunque se le hayan sumado todas las hojas.  El árbol es algo más que la suma de todas las hojas.  Cuando sumamos una hoja a otra, estamos suponiendo que cada una es independiente.  Pero un árbol no está compuesto de hojas independientes, en absoluto.
   Así pues, en cuanto entramos en el yo, éste deja de existir.  Lo primero que desaparece cuando entramos en el interior es la sensación de ser una entidad independiente.  Y cuando desaparece esa “yo-idad”, también desaparecen la “tú-idad” y la “otridad”.  Lo que queda entonces es el todo.
   Ni siquiera es correcto llamarlo “el todo”, porque “el todo” tiene también la connotación del viejo “yo”.  Por eso, los que saben no quieren siquiera llamarlo “el todo”.  Ellos dirían: “¿De qué es suma ese todo?  ¿Qué es lo que estamos sumando?”  Además, ellos afirmarían que sólo queda el uno.  Aunque quizá dudasen en decir eso siquiera, porque la afirmación del uno da la impresión de que hay dos: da a entender que el “el uno” no  tiene significado por sí solo, sin la noción correspondiente del dos.  El uno sólo existe en el contexto del dos.  Por lo tanto, los que tienen una comprensión más profunda no dicen siquiera que queda el uno; dicen que queda el advaita, la no dualidad.
   Esto es muy interesante.  Estas personas dicen: “No quedan dos”. No dicen: “Queda el uno”, sino que dicen: “No quedan dos”.  Advaita significa que no hay dos.
   Podríamos preguntarles: “¿Por qué habláis con tantos rodeos?  ¡Decid, simplemente, que sólo hay uno!”  El peligro de decir “uno” es que hace surgir la idea del dos.  Y cuando decimos que no hay dos, se deduce que tampoco hay tres: se da a entender que no hay uno, ni muchos, ni todos.  En realidad, esta diferenciación n fue más que una consecuencia de la visión basada en la existencia del yo.  Así, con la cesación del yo, queda lo que es entero, lo indivisible.
   Pero,  para conocer esto, ¿podemos hacer lo que nos sugiere nuestro amigo?, ¿no podemos visualizar a Dios en todos?  Hacerlo así no sería más que tener fantasías, y tener fantasías no es lo mismo que percibir la verdad.
   Hace mucho tiempo algunas personas me presentaron a un hombre religioso.  Me dijeron que aquel hombre veía  a Dios en todas partes, que desde hacía treinta años había visto a Dios en todo: en las flores, en las plantas, en las piedras, en todo.  Yo pregunté al hombre si veía a Dios en todo por una cuestión de práctica; pues, si era así, sus visiones eran falsas.  No me entendía.  Volví a preguntarle:
   -¿Tuviste alguna vez fantasías o deseos de ver a Dios en todo?
   Él me respondió:
   -Sí, en efecto.  Hace treinta años empecé a practicar un sadhana en el que yo intentaba ver a Dios en las piedras, en las plantas, en los montes, en todo.  Y empecé a ver a Dios en todas partes.
   Yo le pedí que pasara tres días conmigo y que, durante ese tiempo, dejase de ver a Dios en todo.
   Accedió.  Pero al día siguiente me dijo:
   -Me has hecho mucho daño.  Sólo han pasado, doce horas desde que abandoné mi práctica habitual y ya he empezado a ver las rocas como rocas y los montes como montes: ¡Me has arrancado a mi Dios!  ¿Qué clase de persona eres?
   -Si puedes perder a Dios con sólo doce horas que dejas de practicar –dije yo-, entonces es que lo que veías no era Dios: no era más que una consecuencia de tu ejercicio habitual.
   Es como cuando una persona se repite algo sin cesar y se forja una ilusión.  No: no es preciso ver a Dios en una piedra; es preciso, más bien, alcanzar un estado en el cual en la piedra no queda nada más que ver sino Dios.  Son dos cosas diferentes.
   Empezaréis a ver a Dios en una piedra por medio de vuestros esfuerzos por verlo allí, pero ese Dios no será más que una proyección mental.  Ése será un Dios que habréis proyectado sobre la piedra: será fruto de vuestra imaginación.  Ese Dios será puramente una creación vuestra: será un producto de vuestra imaginación.  Ese Dios no es más que un sueño vuestro, un sueño que habéis consolidado reforzándolo una y otra vez.  No hay ningún problema en ver así a Dios, pero es vivir una ilusión, no es entrar en la verdad.
   Un día sucede, por supuesto, que el individuo mismo desaparece y que, en consecuencia, no ve nada más que a Dios.  Por tanto, uno no siente que Dios está en la piedra; lo que siente es: “¿Dónde está la piedra?  ¡Sólo está Dios!”  ¿Comprendéis la diferencia que estoy establecido?  Por tanto, uno no siente que Dios existe en la planta ni que existe en la piedra; que la planta existe y que, en la planta, también existe Dios.  No, nada de eso.  Lo que uno llega a sentir es: “¿Dónde está la planta?  ¿Dónde está la piedra?  ¿Dónde está el monte?”… porque, en todo lo que nos rodea, en todo lo que vemos, lo único que existe es Dios.  Así, ver a Dios no depende de un ejercicio de vuestra parte, depende de vuestra experiencia personal.
   El mayor peligro en el terreno del sadhana, de la práctica espiritual, es el peligro de la imaginación.  Podemos fantasear verdades que, de otro modo, debían convertirse en experiencias personales nuestras.  Conocer por experiencia personal es diferente de tener fantasías.  Una persona que ha pasado hambre todo el día como en sueños por la noche y se siente muy satisfecho.  Quizás no le agrade tanto comer cuando está despierto como comer cuando está soñando: en el sueño puede comer el plato que desee.  Pero a la mañana siguiente sigue teniendo el estómago vacío, y la comida que ha consumido en su sueño no lo alimenta.  Si un hombre decide vivir sólo de los alimentos que come en sueños, no cabe duda de que se morirá tarde o temprano.  Por muy satisfactoria que sea la comida que come en el sueño, en realidad no es comida.  No puede pasar a formar parte de su sangre, ni de su carne, ni de sus huesos, ni de su médula.  Un sueño no puede causar más que engaños.
   No sólo hay comidas hechas de sueños.  También hay un Dios hecho de sueños.  Y, del mismo modo, hay una moksha, una liberación, hecha de sueños.  Hay un silencio hecho de sueños, y hay verdades hechas de sueños.  La mayor capacidad de la mente humana es su capacidad para engañarse a sí misma.  Pero nadie puede alcanzar la alegría y la liberación cayendo en el engaño de este tipo.
   No os pido, pues, que empecéis a ver a Dios en todo.  Sólo os pido que empecéis a mirar dentro y a ver lo que hay allí, la primera persona que desaparecerá seréis vosotros mismos: dejaréis de existir en vuestro interior.  Descubriréis por primera vez que vuestro yo era una ilusión y que ha desaparecido, que se ha desvanecido.  En cuanto echáis una ojeada al interior, lo primero que desaparece es el yo, el ego.  En realidad, la sensación de que “yo soy”, sólo persiste hasta que hemos mirado dentro de nosotros mismos.  Y si no miramos dentro es, quizás, por miedo a que, si lo hiciésemos, podríamos perdernos.
   Habréis visto a un hombre que hace girar una antorcha que tiene en la mano hasta que ésta forma un círculo de fuego.  En realidad, no hay tal círculo; lo único que sucede es que cuando la antorcha gira con gran velocidad produce, vista desde lejos, la apariencia de un círculo.  Si la veis de cerca, descubriréis que no es más que una antorcha que se mueve rápidamente, que el círculo de fuego es falso.  Del mismo modo, si pasamos al interior y miramos con cuidado, descubriremos que el yo es absolutamente falso.  Así como la antorcha que se mueve rápidamente produce la ilusión del yo.  Ésta es una verdad científica, y debéis comprenderla.
   Quizás no lo hayáis advertido, pero todas las ilusiones de la vida están provocadas por cosas que giran a gran velocidad.  La pared parece muy sólida, la piedra que pisáis parece claramente sólida, pero, según los científicos, las piedras no son sólidas.  Ahora es bien sabido que cuanto más de cerca han observado los científicos la materia, más ha desaparecido ésta.  Mientras el científico estaba apartado de la materia, creía en ella.  Solía ser el científico el que decía que la materia era la única verdad, pero ahora es ese mismo científico el que dice que no existe lo que llamamos materia.  Los científicos dicen que el movimiento rápido de las partículas eléctricas produce la ilusión de densidad.  La densidad, como tal, no existe en ninguna parte.
   Por ejemplo, cuando un ventilador eléctrico gira rápidamente no podemos ver las tres aspas que se mueven; no podemos contar cuántas aspas hay.  Si gira más deprisa todavía, parecerá que se mueve una pieza circular de metal.  Se puede hacer girar tan deprisa que, aunque uno se sentase sobre él, no sentiría el vacío entre las aspas: le parecería que está sentado sobre una pieza de metal sólido.
   Las partículas de la materia se mueven a una velocidad semejante; y las partículas no son materia, son energía eléctrica que se mueve rápidamente. La materia parece densa por las partículas de electricidad que se mueven rápidamente.  Toda la materia es un producto de la energía que se mueve rápidamente: aunque parece que existe, en realidad no existe.  Del mismo modo, la energía de la conciencia se mueve muy deprisa y, por ello, se crea la ilusión del yo.
   Existen dos tipos de ilusiones en el mundo: la primera es la ilusión de la materia; la segunda es la ilusión del yo, del ego.  Ambas son básicamente falsas, pero sólo acercándose a ellas se hace uno consciente de que no existen.  Cuando la ciencia se va acercando a la materia, la materia desaparece; cuando la religión nos acerca al yo, el yo desaparece.  La religión ha descubierto que el yo no existe,  y la ciencia ha descubierto que la materia no existe.  Cuando más nos acercamos, más nos desengañamos.
   Por eso digo: pasad dentro; mirad de cerca: ¿hay algún yo dentro?  No os pido que creáis que vosotros no sois el yo.  Si lo creéis, se convertirá en una creencia falsa.  Yo soy atman, yo soy Brahmán; el ego es falso”, entonces caeréis en la confusión.  Si esto se convierte en una mera cosa repetitiva, entonces no estaréis haciendo más que repetir una falsedad.  No os pido que practiquéis una repetición de este tipo.  Lo que os digo es que paséis dentro, que miréis, que reconozcáis quiénes sois.  El que mira dentro y se reconoce a sí mismo descubre: “Yo no estoy”  En tal caso, ¿quién está dentro?  Si yo no estoy, entonces debe estar allí algún otro.  El hecho de que “yo no estoy” no significa que allí no esté nadie, porque tiene que haber alguien allí, aunque solo sea para que reconozca la ilusión.
   Si yo no estoy, ¿quién está allí?  La experiencia de lo que queda después de la desaparición del yo es la experiencia de Dios.  La experiencia se vuelve expansiva inmediatamente: al dejar caer al yo, también cae el “tú”, también cae el “él”, y sólo queda un océano de conocimiento.  En este estado veréis que sólo Dios es.  Por tanto, puede parecer erróneo afirmar que Dios es, porque resulta redundante.
   Es redundante decir: “Dios es”, porque Dios es el nombre que damos a “lo que es”.  La cualidad de ser es Dios; por eso, la afirmación “Dios es” es una tautología, no es correcta.  ¿Qué significa que “Dios es”?  Decimos que algo “es” cuando también puede convertirse en “no es”.  Decimos: “La mesa es”, porque es muy posible que la mesa no exista mañana o que la mesa no existiera ayer.  Algo que antes no ha existido puede dejar de existir de nuevo.  Luego, ¿qué sentido tiene decir “eso es”?  Dios no es algo que no haya existido antes, ni es posible que deje de existir.  Por eso, no tiene sentido decir que “Dios es”.  Es.  En realidad, también llamamos a Dios “lo que es”.  “Dios”  Significa: “existencia”.
   En mi opinión, si imponemos a nuestro Dios sobre “lo que es” nos estamos precipitando en la falsedad y en el engaño.  Y recordad que los dioses que hemos creado están hechos de diferentes maneras; cada uno tiene su propia marca de fábrica.  El hinduista ha hecho a su propio Dios; el musulmán tiene al suyo.  El cristiano, el jainista, el budista: cada uno tiene a su propio Dios.  Todos han acuñado sus propios términos respectivos; todos se han creado a sus respectivos dioses.  ¡Florece toda una gran industria de fabricación de dioses!  En sus casas respectivas, las gentes fabrican a su Dios;  producen a su propio Dios.  Y todos estos fabricantes de dioses compiten entre sí en el mercado, del mismo modo que los artesanos que elaboran objetos en sus casas.  El Dios de cada uno es diferente del de todos los demás.
   En realidad, mientras suceda que “yo soy”, todo lo que yo cree será diferente de lo vuestro.  Mientras suceda que “yo soy”, mi religión, mi Dios, será diferente del de los demás, porque habrá sido creado por el yo, por el ego.  Como nos consideramos a nosotros mismos entidades independientes, todo lo que creemos tendrá un carácter independiente.  Si hubiera libertad para crear religiones, habría en el mundo tantas religiones como personas: ni una menos.  Si en el mundo hay tan pocas religiones es porque falta una libertad adecuada para ello.
   El padre hinduista procura hacer hinduista a su hijo antes de que éste llegue a ser independiente.  El padre musulmán vuelve musulmán a su hijo antes de que éste tenga uso de razón; pues una persona que tuviera uso de razón no querría hacerse hinduista ni musulmana.  Así pues, existe la necesidad de llenar al niño de todas estas estupideces antes de que alcance el uso de razón.
   Todos los padres se preocupan de enseñar su religión a sus hijos desde la infancia, pues cuando el niño se haga mayor empezará a pensar y a causar problemas.  Formulará preguntas de todo tipo; y, como no encontrará respuestas satisfactorias, planteará situaciones difíciles a sus padres.  Por eso, los padres procuran enseñar su religión a sus hijos desde la primera infancia de éstos: cuando el niño no es consciente de muchas cosas, cuando está dispuesto a aprender cualquier estupidez.  Así es como las personas se vuelven musulmanas, hinduistas, jainistas, budistas, cristianas: cualquier cosa que se les enseñe.
   Por eso, las personas a las que llamamos religiosas resultan ser muchas veces poco inteligentes.  Les falta inteligencia, porque lo que llamamos religión es algo que nos ha envenenado antes de que haya surgido en nosotros la inteligencia; e incluso después de surgir ésta mantiene su presa interior.  No es de extrañar que los hinduistas y los musulmanes luchen entre sí en nombre de Dios, en nombre de sus templos y de sus mezquitas.
   ¿Acaso hay muchas variedades de Dios?  ¿Es una variedad el Dios que adoran los hinduistas y de otra el Dios que adoran los musulmanes?  ¿Por eso les parece a los hinduistas que su Dios ha sido profanado cuando se descubre un ídolo, o a los musulmanes les parece que su Dios ha sido deshonrado cuando se destruye o se incendia una mezquita?
   En realidad, Dios es “lo que es”.  Existe tanto en una mezquita como en un templo.  Existe tanto en un matadero como en un lugar de culto.  Existe tanto en una taberna como en una mezquita.  Está tan presente en un ladrón como en un religioso: no es posible que esté presente un ápice menos.  ¿Quién va a residir en un ladrón sino lo divino?  Está tan presente en Rama como en Ravana: no está un ápice menos en Ravana.  Existe tanto dentro de un hinduista como de un musulmán.
   Pero el problema es que si llegásemos a creer que la misma divinidad existe en todos, nuestra industria de fabricación de dioses se resentiría mucho.  Para evitar que suceda esto, seguimos imponiendo a nuestros dioses respectivos.  Si un hinduista mira una flor, proyectará sobre ella su propio Dios, verá a su Dios en ella, mientras que un musulmán proyectará y visualizará al suyo.  Son capaces, incluso, de reñir por ello, aunque quizás vayamos demasiado lejos al suponer un conflicto entre hinduistas y musulmanes por tal cosa.
   Sus establecimientos están a cierta distancia unos de otros, pero existen, incluso, disputas, disputas entre las “tiendas de divinidad” que son parientes próximas.  Por ejemplo, Varanasi está bastante lejos de la Meca, pero en Varanasi los templos de Rama y de Krishna están próximos entre sí.  Y allí existen problemas del mismo calibre.
   He oído hablar de un gran santo…  Yo lo llamo grande porque la gente solía llamarlo grande, y lo llamo santo porque la gente solía llamarlo santo.
   Era devoto de Rama.  Una vez lo llevaron al templo de Krishna.  Cuando vio el ídolo de Krishna con una flauta en la mano se negó a postrarse ante la imagen.  De pie ante la imagen, dijo: “Sólo si tomases el arco y la flecha podría postrarme ante ti, pues entonces serías mi Señor”.   ¡Qué extraño!  También imponemos condiciones a Dios: cómo y de qué manera o en qué postura debe presentarse.  Establecemos el entorno; marcamos nuestros requisitos, y sólo entonces estamos dispuestos a venerarlo.
   Es muy raro: somos nosotros los que determinamos las cosas siempre.  Lo que hemos identificado hasta ahora como “Dios” es un producto basado en nuestras propias especificaciones.  Mientras este Dios artificial se interponga en nuestro camino no seremos capaces de conocer a ese Dios que no ha sido determinado por nosotros.  No seremos capaces de conocer al que nos determina a nosotros.  Así pues, necesitamos librarnos del Dios artificial si queremos conocer al Dios que es.  Pero eso es duro; incluso a la persona de corazón más benévolo le resulta difícil.  Hasta al hombre al que tenemos por comprensivo le resulta duro librarse de este Dios artificial, tanto como el hombre estúpido.  Podemos perdonar al hombre estúpido, pero es difícil perdonar al hombre comprensivo.
   Hace poco llegó a la India Khan Abduk Gaffar Khan.  Predica por todo el país la unidad de los hinduistas y los musulmanes, pero él personalmente, es un musulmán convencido.  No le importa rezar en la mezquita como buen musulmán, y después predica por todas partes la unidad de los hinduistas y los musulmanes.  Gandhi era un hinduista convencido, y también él solía predicar la unidad de los hinduistas y los musulmanes.  A tal gurú, tal discípulo: el gurú era un hinduista convencido, el discípulo es un musulmán convencido.  Y ¿cómo puede llegar tal unidad mientras existan en el mundo hinduistas convencidos y musulmanes convencidos?  Deben relajarse un poco: sólo entonces será posible la unidad.  Estos celosos hinduistas y musulmanes están en la raíz de todos los problemas entre las dos religiones, aunque en realidad no son visibles las raíces de estos problemas.  Los que predican la unidad de los hinduistas y los musulmanes no tienen la menor idea de cómo conseguir esa unidad.
   Mientras Dios signifique cosas diferentes para las diferentes personas, mientras existan lugares de culto diferentes para las diferentes personas, mientras sean diferentes las oraciones y las escrituras (mientras el Corán sea un padre para unos y el Gita sea una madre para otros), nunca llegarán a su fin los duros enfrentamientos entre las religiones.  Nos asimos al Corán y al Gita.  Decimos: “Leed el Corán y enseñar a la gente a dejar la enemistad y a unirse.  Leed el Gita y enseñad a la gente a dejar la enemistad y a unirse”.  Pero no nos damos cuenta de que las palabras mismas del Corán y del Gita son la causa primera de todos los problemas.
   Si alguien le corta la cola a una vaca, se desencadenan disturbios entre los hinduistas y los musulmanes, y decimos que las luchas las han provocado unos alborotadores.  Y lo más gracioso es que ningún alborotador ha predicado nunca que la vaca es nuestra madre sagrada.  En realidad, esto lo enseñan nuestros mahatmas, nuestros religiosos, que acusan a los “alborotadores” de provocar los disturbios.  Porque, cuando alguien le corta la cola a la vaca, entonces, para las intenciones de los mahatmas, no es la cola de la vaca, sino la cola de la santa madre.  Cuando hacen ver esto a la gente, comienzan los disturbios, en los que participan los alborotadores, a los que luego se acusa de haberlos provocado.
   Así, aquellas personas a las que llamamos mahatmas están, en realidad, en la raíz del problema.  Si se apartasen, los alborotadores serían inofensivos, no tendrían fuerza para luchar.  Reciben su fuerza de los mahatmas.  Pero los mahatmas se ocultan tan bien, que nosotros no nos damos cuenta nunca de que ellos podrían estar en la raíz del problema.
   ¿Cuál es, en realidad, la  raíz del problema?  La causa radical de todo el problema es vuestro Dios: el Dios que fabricáis en vuestras casas.  Intentad salvaros de los dioses que creáis en vuestras casas respectivas.  No podéis fabricar a Dios en vuestras casas: la existencia de un Dios así sería un puro engaño.
   No os pido que proyectéis a Dios.  Al fin y al cabo, ¿qué proyectaréis en el nombre de Dios?  Un devoto de Krishna dirá que ve a Dios oculto tras un arbusto y con una flauta en la mano, mientras que un devoto de Rama verá a Dios con un arco y una flecha en la mano.  Todos verán a Dios de manera diferente.  Esta manera de ver no es más que una proyección de nuestros deseos y de nuestros conceptos. Dios no es así.  No podemos encontrarlo proyectando nuestros deseos y nuestros conceptos: para encontrarlo, tendremos que desaparecer por completo.  Tendremos que desaparecer, junto con todos nuestros conceptos y todas nuestras proyecciones.  Ambas cosas no pueden existir a la vez.  Mientras vosotros existáis como un ego; sólo entonces es posible conocerlo.  Yo no puedo franquear la puerta de lo divino mientras no exista mi yo, mi ego.

H
E OÍDO CONTAR QUE UN HOMBRE renunció a todo y llegó a la puerta de lo divino.  Había renunciado a su riqueza, a su esposa, a su casa, a sus hijos, a la sociedad, a todo; y, después de haber renunciado a todo, se acercó a la puerta de lo divino. Pero el portero lo detuvo y le dijo:
   -Todavía no puedes entrar: Primero, ve y déjalo todo atrás.
   -Pero ¡lo he dejado todo! –adujo el hombre.
   -Es evidente que te has traído a tu yo –le explicó el portero-.  No nos interesa lo demás; sólo nos interesa tu yo.  No nos importa lo demás: sólo nos interesa tu yo.  No nos importa lo demás: sólo nos interesa tu yo.  No nos importa lo que dices que has dejado atrás: lo que nos interesa es tu yo.  Vete, suéltalo y vuelve.
   -No tengo dinero, ni esposa, ni hijos.  No poseo nada.
   -Todavía tienes a tu yo en tu bolsa –dijo el portero-  Vete y suéltalo.  Estas puertas están cerradas para los que traen a su yo: las puertas han estado cerradas siempre para ellos.
   
P
ERO ¿CÓMO SOLTAR EL YO?  Nunca soltaremos el yo a base de intentar dejarlo.  ¿Cómo puedo soltar el mismo yo?  Esto es imposible.  Sería como si alguien intentase levantarse a sí mismo tirándose de los cordones de los zapatos.  ¿Cómo puedo soltar el yo?  Aun después de soltarlo todo, todavía quedaré yo.  Como mucho, alguien podría decirse: “He soltado el ego”; pero eso demostraría que todavía lleva encima su yo.  Uno se vuelve egocéntrico incluso en lo que se refiere a soltar su ego.  Entonces, ¿qué debe hacer uno?  Es una situación bastante difícil.
   Yo os digo que esta situación no tiene nada de difícil, porque no os pido que soltéis nada.  En realidad, no os pido que hagáis nada.  El yo, el ego, se refuerza con todo lo que se hace.  Lo único que os pido es que paséis dentro y que busquéis el yo.  Si lo encontráis, no podéis soltarlo de ninguna manera.  Si siempre existe allí, ¿qué es lo que queda que podáis soltar?  Y si no lo encontráis, entonces tampoco hay manera de soltarlo.  ¿Cómo podéis soltar algo que no existe?
   Así pues, pasad dentro y ved si el yo está allí o no.  Lo único que os digo es que el que mira dentro de sí mismo se ríe a carcajadas, porque no es capaz de encontrar a su yo en ninguna parte dentro de sí mismo.  Por tanto, ¿qué queda?  Lo que queda entonces es Dios.  Lo que queda después de desaparecer el yo, ¿puede estar separado de vosotros?  Cuando deja de existir el mismo yo, ¿quién va a establecer esa separación?  Sólo el yo me separa a mí de ti y a ti de mí.
   He aquí la pared de esta casa.  Las paredes producen la ilusión de que dividen en dos el espacio, aunque el espacio nunca se parte por la mitad: el espacio es indivisible.  Por muy gruesa que sea la pared que levantáis, el espacio interior de la casa y el espacio exterior no son dos espacios diferentes: son uno solo.  Por muy alta que sea la pared que levantéis, el espacio interior de la casa y el exterior no se separan nunca.  Pero el hombre que vive dentro de la casa tiene la impresión de que ha dividido en dos el espacio: un espacio en el interior de su casa y otro en el exterior.  Pero si se derrumbara la pared, ¿cómo diferenciaría el hombre el espacio interior de la casa del espacio exterior?  ¿Cómo lo determinaría?  Sólo quedaría espacio.
   Del mismo modo, hemos dividido la conciencia en fragmentos levantando las paredes del yo.  No se trata de que, cuando se derrumbe la pared del yo, yo empezaré a ver a Dios en ti.  No: entonces no te veré a ti; sólo veré a Dios.  Os ruego que entendáis con cuidado esta distinción tan sutil.
   Sería erróneo decir que yo empezaré a ver a Dios en ti: yo no te veré más a ti; sólo veré lo divino: No se trata de que yo veré lo divino.  Cuando alguien dice que Dios existe en todos y cada uno de los átomos, se equivoca totalmente, porque está viendo al mismo tiempo al átomo y a Dios.  No es posible ver a los dos a la vez.  La verdad de la cuestión es  que todos y cada uno de los átomos son Dios, y no es que Dios exista en todos y cada uno de los átomos.  No es que haya algún Dios dentro de cada átomo; todo lo que es, es Dios.
   Dios es el nombre que damos, por amor, a “lo que es”.  “Lo que es” es verdadero; lo llamamos Dios por amor.  Pero el nombre que le asignemos no tiene importancia.  No os pido, por lo tanto, que empecéis a ver a Dios en todas las personas.   Lo que os digo es que empecéis a mirar dentro.  En cuanto miréis dentro, desapareceréis.  Y, al desaparecer, lo que veréis será Dios.
   Otro amigo ha preguntado: Si la meditación conduce al samadhi y el samadhi conduce a Dios, ¿qué necesidad hay entonces de ir a los templos?  ¿No deberíamos suprimirlos?



E
S INÚTIL IR A LOS TEMPLOS, pero es igualmente inútil suprimirlos.  ¿Por qué molestarnos en suprimir algo en lo que Dios no existe, en cualquier caso?  Dejad los templos donde están.  ¿Para qué suprimirlos?  Pero este problema surge cada cierto tiempo.
   Por ejemplo,  Mahoma dijo que a Dios no se le encuentra en los ídolos, y los musulmanes creyeron que quería decir que había a que destruir los ídolos.  Y entonces empezó a suceder en el mundo una cosa muy curiosa; ya había gentes con la locura de construir  los ídolos.  Ahora, los constructores de ídolos se ocupan celosamente de construir ídolos, mientras que los destructores de ídolos se ocupan día y noche de encontrar modos de destruir los ídolos.  Alguien debía preguntarles cuándo dijo Mahoma que se encontraría a Dios destruyendo los ídolos.  Es posible que Dios no esté presente en un ídolo, pero ¿quién ha dicho que Dios esté presente en el hecho de destruir los ídolos?  Y si Dios está presente en el hecho de destruir los ídolos, ¿qué dificultad hay en que Dios esté presente en el ídolo?  Dios también puede estar presente en el ídolo.  Y si no está presente en el ídolo, ¿cómo puede estar presente en su destrucción?
   No digo que debamos suprimir los templos.  Lo que digo es que debemos darnos cuenta de la verdad de que Dios está en todas partes.  Cuando nos hemos dado cuenta de esta verdad, todo se convierte en su templo: por tanto, es difícil distinguir el templo de lo que no es templo.  En tal caso, cualquier lugar donde estemos será su templo; cualquier cosa que miremos será su templo; cualquier lugar donde reposemos será su templo.  Ya no habrá más lugares sagrados de peregrinaciones: todo el mundo será un lugar sagrado.  Entonces no tendrá sentido crear ídolos concretos, porque todo lo que exista será imagen suya.
   No pretendo que os dediquéis a suprimir los templos ni que disuadáis a la gente de que acuda a ellos.  Yo no he dicho nunca que Dios no esté presente en el templo.  Lo único que digo es que el que sólo ve a Dios en el templo y no lo ve en ninguna otra parte no tiene el menor conocimiento de Dios.
   El que ha llegado a conocer a la divinidad sentirá la presencia de Dios en todas partes: tanto en el templo como en un lugar ajeno al templo.  ¿Cómo distinguirá, pues, lo que es un templo de lo que no es un templo?  Identificamos el templo como un lugar donde está la presencia de Dios, pero si uno siente su presencia en todas partes, entonces todo lugar es su templo.  Ya no será necesario construir templos concretos, ni tampoco suprimir los templos.
   He observado que la gente suele cometer con mucha frecuencia el error de comprender algo completamente opuesto a lo que he dicho, en lugar de entender mis palabras.  A la gente le interesa más lo que hay que suprimir, lo que hay que destruir, lo que hay que eliminar, no intentan comprender lo que es.  Estos errores se producen continuamente.
   Uno de los errores fundamentales que comete la persona es oír algo completamente diferente de lo que se le dice.  Ahora, algunos de vosotros podrías tomarme por un enemigo de los templos, pero os costaría trabajo encontrar a un persona que aprecie los templos más que yo.  ¿Por qué os digo esto?  Por la sencilla razón de que me gustaría que toda la Tierra se viese como un templo; lo que me interesa es que todo se convierta en un templo.  Pero algunos, después de escucharme, pueden entender que las cosas estarían mejor si suprimiésemos los templos.  No serviría de nada librarse de estos templos.  Las cosas sólo funcionan bien cuando toda la vida se convierte en un templo.
   Ambos grupos están equivocados: los que ven a Dios en los templos y lo que destruyen los templos.  El que sólo ve a Dios en el templo comete un error.  Éste es su error: ¿A quién ve fuera del templo?  Evidentemente, su error es que no ve a Dios más que en el templo.  Tu templo es muy insignificante: lo definitivo es muy vasto: no puedes confinar a Dios en tus templos minúsculos e insignificantes.  El error de la otra persona es éste: quiere suprimir los templos, destruirlos.  Cree que sólo entonces podrá ver a Dios.  Tus templos son demasiado pequeños para que sirvan de moradas de Dios o para impedir a nadie ver a Dios.  Recordadlo: vuestros templos son tan ridículamente pequeños que no pueden convertirse en la morada de Dios, ni tampoco pueden ser una cárcel donde esté encerrado Dios, que supuestamente quedaría libre al destruirlos.  Debéis comprender exactamente lo que os digo.
   Lo que os digo es esto: sólo cuando hemos entrado en la meditación entramos verdaderamente en un templo.  La meditación es el único templo que no tiene paredes; la meditación es el único templo en que, en cuanto se entra en él, se entra verdaderamente en un templo.  Y el que empieza a vivir en meditación empieza a vivir en el templo veinticuatro horas al día.
   ¿De qué sirve a una persona visitar el templo si no vive en meditación?  ¿Qué sentido tiene que vaya a un lugar que solemos llamar “templo”?  No es fácil que, sentados en vuestro lugar de trabajo, encontréis de pronto el camino que conduce al templo.  Naturalmente, es fácil que llevéis el cuerpo al templo: el cuerpo es tan poca cosa que podéis llevarlo con vosotros a donde deseéis.  La mente no es tan sencilla.  Un tendero que cuenta dinero en su tienda puede levantarse de pronto, si así lo desea, y llevar su cuerpo al templo.  Por el mero hecho de que su cuerpo está en el templo, el hombre puede creer neciamente que él está en el templo.  Pero si se asomarse un poco a su propia mente, descubriría con asombro que todavía estaba sentado en su tienda contando dinero.
   He oído contar lo siguiente:

A
UN HOMBRE LO HACÍA SUFRIR mucho su mujer.  A todos los hombres les pasa, pero a éste su mujer lo hacía sufrir demasiado.  Él era hombre religioso, pero la mujer no tenía nada de religiosa.  Normalmente sucede lo contrario, (la mujer es religiosa y el marido no lo es), pero ¡todo puede suceder!  Yo entiendo que sólo uno de los dos puede volverse religioso.  El marido y la mujer no se pueden volver religiosos juntos: el uno siempre será opuesto al otro.  En este caso, el marido se había vuelto religioso primero, y la mujer no se había preocupado de ello; pero el marido intentaba cada día volverla religiosa.
   Las personas religiosas tienen una debilidad esencial: quieren volver a los demás como ellas.  Esto es muy peligroso; es una conducta violenta.  No está bien intentar volver a los demás como somos nosotros.  Basta con exponer a los demás nuestro punto de vista; pero acorralar a alguien y obligarlo a creer lo que creemos nosotros es un acto de represión, de tortura: es una especie de violencia espiritual.
   Todos los gurús practican actividades de este tipo.  Rara vez se encuentra a una persona más violenta que un gurú.  El gurú tiene al discípulo asido por el cuello e intenta imponerle las ropas que debe ponerse, cómo debe llevar el pelo, lo que debe comer, cuándo debe dormir, cuándo debe levantarse… le impone esto, aquello y lo de más allá, cosas de todo tipo.  A base de imposiciones como éstas, los gurús prácticamente matan a las personas.
   De modo que el marido estaba muy deseoso de volver religiosa a su mujer.  En efecto: a la gente le agrada mucho volver religiosos a los demás.  Volverse religioso uno mismo es un cambio muy radical, pero a la gente le satisface tremendamente acosar a los demás para que se vuelvan religiosos, porque, la hacerlo, dan por supuesto que ellos mismos son personas religiosas.  Pero la mujer no hacía caso a su marido.  El marido, desesperado, acudió a su gurú y le suplicó que fuera a su casa y que convenciera a su esposa.
   El gurú llegó un día, muy temprano, hacia las cinco de la mañana.  El marido ya estaba en la sala de culto.  La mujer barría el patio.  El gurú la abordó allí mismo y le dijo:
   -Tu marido me dice que no eres una persona religiosa.  Nunca adoras a Dios, nunca rezas, nunca entras en el templo que ha construido tu marido en vuestra casa.  Mira a tu marido: son las cinco de la mañana y ya está en el templo.
   La mujer respondió:
   -No recuerdo haber visto a mi marido ir nunca al templo.
   El marido, que estaba en su templo, oyó lo que había dicho su mujer y se puso rojo de la ira.  Las personas religiosas se enfurecen con facilidad, y más todavía las que están en un templo.  No os podéis imaginar lo fácil que es avivar su ira; sólo el cielo sabe si la gente va a los templos para ocultar allí las llamas de su ira o por algún otro motivo.  Cuando una persona se vuelve religiosa, convierte en un infierno la vida del resto de su familia.
   El marido estaba completamente indignado.  Iba por la mitad de sus oraciones cuando oyó lo que había dicho su mujer.  No daba crédito a sus oídos: lo que había dicho ella era una mentira absoluta.  ¡Él en el templo, y su mujer diciendo al gurú que no sabía si había entrado allí alguna vez!  Se apresuró a terminar sus oraciones para poder salir y desmentir tamaña mentira.
   El gurú empezó a reñir a la mujer:
   -¿Qué dices?  Tú marido acude al templo con regularidad.
   El marido, que oía esto, se puso a recitar sus oraciones con voz todavía más fuerte.  El gurú dijo:
   -¡Mira con cuánto vigor reza!
   La mujer se rió y respondió:
   -¡Me cuesta creer que a ti te engañe también esa recitación!  Es verdad que esta repitiendo el nombre de Dios en voz alta; pero, por lo que yo veo, no está en el templo: está en la tienda del zapatero, regateando con él.
   ¡Aquello fue demasiado!  El marido no pudo contenerse más.  Interrumpió su oración y salió corriendo del templo.
   -¿A qué vienen todas esas mentiras?  -gritó-  ¿No veías que estaba rezando en el templo?
   -Mira dentro de ti con un poco más de atención –dijo la mujer-  ¿Acaso no estabas regateando con el zapatero?  ¿Y no has tenido una discusión con él?
   El marido quedó confuso, pues lo que decía ella era verdad.
   -Pero ¿cómo lo has sabido? –le preguntó.
   -Anoche, antes de acostarte, me dijiste que lo primero que harías esta mañana sería ir a comprarte un par de zapatos, que te hacen falta –respondió la mujer-  Me dijiste también que te parecía que el zapatero pedía demasiado por los zapatos.  Sé por experiencia que lo último que uno piensa antes de acostarse por la noche es lo primero que piensa a la mañana siguiente.  Por eso, supuse que debías de estar en la zapatería.
   -No puedo decir nada, pues tienes razón –dijo el marido-  Yo estaba, en efecto, en la zapatería, y discutimos el precio de los zapatos.  Y cuanto más nos acalorábamos en nuestra discusión, más alto repetía yo el nombre de Dios.  Quizás estuviera repitiendo exteriormente el nombre de Dios, pero en mi interior estaba discutiendo con el zapatero.  Tienes razón: es posible que yo no haya estado nunca verdaderamente en el templo.

N
O ES TAN FÁCIL ENTRAR EN UN TEMPLO: no es cuestión de entrar en un lugar cualquiera y decir que estás en un templo.  Vuestro cuerpo puede haber entrado en el templo, pero ¿y vuestra mente?  ¿Cómo podéis fiaros de dónde estará vuestra mente?  ¿Cómo podéis fiaros de dónde estará vuestra mente dentro de un momento?
   Y vuestra mente haya entrado en el templo, ¿por qué preocuparos de si el cuerpo es el templo o no?  La mente que ha encontrado la entrada al templo descubre de pronto que está rodeado por todas partes por el vasto templo: ahora es imposible salir del templo.  Vayáis donde vayáis, todavía estaréis en su templo.  Podéis ir a la Luna…  Hace poco tiempo que Armstrong alunizó en ella.  ¿Quiere eso decir que dejó el templo de Dios?  No podéis salir del templo de Dios, de ninguna manera.  ¿Os imagináis que queda algún lugar donde uno pueda estar fuera de su templo?
   Así, los que creen que el templo que han construido es el único templo de Dios y que no queda ningún templo de Dios fuera de él, se equivocan.  Y los que creen que es preciso destruir este templo porque Dios no está presente en él, se equivocan igualmente.
   ¿Por qué echar la culpa a los pobres templos?  Si pudiéramos dejar atrás nuestra ilusión de que Dios sólo existe en los templos, nuestros templos podrían ser muy hermosos, muy llenos de amor; muy dichosos.  En realidad, a un pueblo que no tiene templo parece que le falta algo.  Puede dar mucha alegría tener un templo.  Pero un templo hinduista nunca puede ser una fuente de alegría, como tampoco puede ser fuente de alegría un templo musulmán ni un templo cristiano.  Sólo el templo de Dios puede ser fuente de alegría.
   Pero la política hinduista, la musulmana y la cristiana son tan profundas que no permiten nunca que un templo represente al ser divino.  Por eso parece tan feos los santuarios hinduistas y las mezquitas musulmanas.  Una persona que sea sincera no quiere siquiera ponerles la vista encima.  Se han convertido en semilleros de sinvergüenzas: allí se urde todo tipo de maldades.  Y los que urden estas maldades no siempre entienden lo que hacen.  Yo entiendo que nadie urde maldades entendiendo del todo lo que hace: las maldades siempre se urden sin conciencia plena.  Y toda la Tierra está atrapada en esta trama.
   Si alguna vez desaparecen los templos de la superficie de la Tierra, no será obra de los ateos, sino de los llamados teístas.  Ya están desapareciendo los templos: casi han desaparecido del todo.  Si queremos salvar los templos de la Tierra, debemos ver primero el vasto templo que nos rodea: la propia existencia.  Después, se salvarán automáticamente los templos menores: sobrevivirán como símbolos de la presencia divina.  Es como si yo os entregase un pañuelo como regalo: el regalo puede valer unos pocos paisa, pero vosotros lo conserváis a buen recaudo en un cofre.
   Una vez visité un pueblo.  La gente me acompañó hasta la estación para despedirme y alguien me puso al cuello una guirnalda de flores.  Yo me la quité y se la entregué a una niña que estaba a mi lado.  Seis años más tarde volví a visitar aquel mismo pueblo, y la misma niña vino a hablar conmigo y me dijo:
   -He conservado la guirnalda que me entregaste la última vez.  Aunque las flores se han marchitado y la gente dice que ya no les queda aroma, están tan frescas y fragantes como el primer día.  Al fin y al cabo, me las diste tú.
   Visité su casa y ella sacó una preciosa caja de madera en la que estaba depositada cuidadosamente la guirnalda.  Las flores se habían marchitado y estaban secas; habían perdido su fragancia.  Cualquiera que las viese podía preguntarle: “¿Por qué has guardado esos desperdicios en una caja tan bonita?  ¿Qué necesidad tenías?  La caja es valiosa pero esos desperdicios no valen nada”.  La niña podía tirar la caja, pero no los desperdicios.  Ella veía algo más en los desperdicios: para ella eran un símbolo.  Podían ser desperdicios para el resto del mundo, pero no para ella.
   Si los templos, las mezquitas, las iglesias, pudieran mantenerse como recuerdos del anhelo del hombre de ascender hacia Dios…  Y esta es la verdad.  Mirad la alta aguja de una iglesia, el alto minarete de una mezquita, la cúpula de un templo que sube hasta el cielo.  No son más que símbolos del deseo del hombre de elevarse, símbolos de su viaje en busca de Dios.  Son símbolos del hecho de que el hombre no se contenta con una casa, sino que quiere construir también un templo.  El hombre no se contenta con estar sólo en la Tierra, sino que quiere ascender también hacia el cielo.
   ¿Habéis visto alguna vez las lámparas de cerámica que arden en los templos? ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué se encienden en los templos estas lámparas que contienen ghee, mantequilla purificada?  ¿Habéis advertido alguna vez que estas lámparas son las únicas cosas de la Tierra cuya llama nunca se dirige hacia abajo?  Siempre se dirige hacia arriba.  Aunque invirtáis la lámpara, la llama sigue subiendo.  La llama, que siempre sube, es un símbolo de las aspiraciones humanas.  Vivimos en la Tierra, pero también nos gustaría fijar nuestra residencia en el cielo.  Estamos atados a la Tierra, pero también anhelamos movernos libremente por el cielo abierto.
   Y ¿habéis advertido alguna vez la rapidez con que una llama se eleva y desaparece?  Y ¿habéis advertido que cuando una llama se eleva y desaparece ya no podemos encontrar ningún rastro de ella?  Esto también es simbólico: simboliza el hecho de que el que asciende, desaparece.  La lámpara de cerámica es de materia sólida, mientras que la llama es muy fluida: en cuanto se eleva, desaparece.  Así pues, la llama de la lámpara contiene el mensaje.  Es un símbolo del hecho de que el que se eleva por encima de lo vulgar desaparece.
   Cuando una persona decide quemar ghee en su lámpara, lo hace puramente por amor.  Aunque no tiene nada de malo utilizar queroseno en una lámpara (Dios no os lo impedirá), nos parece que sólo el que se ha vuelto puro como el ghee puede subir. La llama de una lámpara de queroseno también subirá (el queroseno no es inferior al ghee), pero el ghee es un símbolo de nuestro sentimiento de que el que se ha purificado será capaz de subir más alto.
   Los templos, las mezquitas y las iglesias también son unos símbolos semejantes a éste.  Pueden ser preciosos: unas ilustraciones increíbles creadas por el hombre. Pero se han vuelto feos porque han entrado en ellos muchas cosas absurdas.  Ahora, el templo ya no es un templo: se ha convertido en el templo de los hinduistas.  Y no sólo de los hinduistas, sino de los vaishnavas, de los devotos del dios Visnú.  Y no sólo es el templo de los vaishnavas, sino el templo de fulano o de mengano.  Así, con esta desintegración continua, todos los templos se han convertido en semilleros de política.  Alimentan el sectarismo y el fanatismo que llevan a todos al desastre.  Con el tiempo, se han convertido en unos establecimientos oficiales que se dedican constantemente a explotar y a conservar sus intereses creados.
   No os pido que suprimáis los templos.  Lo que os pido es que os libréis de todo lo inútil que ha pasado a formar parte de los templos.  Hay que destruir sus intereses creados.  Hay que salvar a los templos de que se conviertan en establecimiento oficiales; hay que salvarlos del sectarismo y del fanatismo.  Un templo es un lugar muy hermoso si no deja de ser un recordatorio de lo divino, de Dios, si no deja de ser un símbolo de él, si refleja un fenómeno que asciende hacia el cielo.
   Lo único que quiero decir es que, mientras los templos sigan siendo el resorte principal de la política, seguirán provocando desgracias.  Y ahora, en efecto, los templos no son sino el resorte principal de la política.  Cuando se construye un templo para los hinduistas, se convierte automáticamente en un semillero de política, pues la política significa sectarismo.  Y la religión no tiene absolutamente nada que ver con el sectarismo.  La religión significa un sadhana, un compromiso personal con la espiritualidad, y la política significa sectarismo.  Sed conscientes siempre de que la religión se puede relacionar con un sadhana, pero no puede relacionarse nunca con el sectarismo.  La política se alimenta del sectarismo, el sectarismo se alimenta del odio y el odio se alimenta de sangre; y todas estas maldades siguen adelante.
   El templo se ha vuelto impuro como símbolo de Dios.  Hay que eliminar esa impureza; por tanto, el templo será un símbolo de gran belleza.  Si un pueblo tiene un templo que no pertenezca ni a los hinduistas ni a los musulmanes ni a los cristianos, el pueblo parecerá hermoso.  El templo se convertirá en un adorno del pueblo.  El templo se convertirá en un recuerdo de lo infinito.  A los que entren en el templo no les parecerá que, por hacerlo, se han acercado a Dios, ni que fuera del templo estaban lejos de él; la gente sentirá, simplemente, que el templo es un lugar donde les resulta más fácil entrar en sí mismos, que el templo sólo ha de ser un lugar donde uno conoce la belleza, la paz y la soledad.  En tal caso, el templo será sencillamente un lugar adecuado para practicar la meditación.  Y la meditación es el camino que conduce a lo divino.
   No todo encuentran fácilmente en sus casas la paz necesaria para practicar la meditación; pero todos los habitantes de un pueblo, juntos, pueden construir fácilmente una casa tan pacífica.  No todos pueden permitirse contratar a un profesor particular para sus hijos y ofrecer a éstos una escuela propia con jardín y patio de juegos.  Si cada persona se dedicara a hacer esto, surgiría un problema: sólo unos pocos niños tendrían estudios.  Por eso construimos una escuela en el pueblo y proporcionamos todo lo necesario para todos los niños del pueblo.  Del mismo modo, cada pueblo debe tener un lugar para practicar el sadhana, para practicar la meditación.  Eso es todo lo que significan el templo y la mezquita: nada más.  En la actualidad, ya no son lugares para practicar el sadhana: se han convertido en centros para difundir agitaciones y maldades.
   Así pues, no tenemos necesidad de suprimir los templos.  Pero debemos procurar que el templo no siga siendo un centro de agitación.  También debemos procurar que el templo vuelva a manos de la religión y que no siga en manos de los hinduistas ni de los musulmanes.
   Si los niños de un pueblo pueden ir a la mezquita con tanta libertad como al templo, si pueden ir a la iglesia con tanta libertad como al templo de Shiva, en tal caso, eso denota que ése es un pueblo verdaderamente religioso.  Luego es que las gentes de ese pueblo son buenas gentes.  Entonces es que los padres de ese pueblo no son enemigos de sus hijos.  Por consiguiente, se advierte que los padres de este pueblo aman a sus hijos, y que están sentando las bases para que sus hijos no luchen entre ellos.  Los padres de este pueblo dirán a sus hijos: “La mezquita es vuestra casa, tanto como el templo.  Id allí donde encontréis la paz.  Pasad aquí: buscad a Dios allá.  Todas las casas son de Dios, pero lo que importa es verlo.  Y, para ello, entrad en vosotros mismos.  O id donde os parezca”.  El día en que esto se haga realidad, se creará en el mundo el templo tal como debe ser.  Todavía no hemos sido capaces de construirlo.
   Yo no me cuento entre los que quieren suprimir los templos.  Por el contrario, digo que nuestros templos ya han sido destruidos por los mismos que afirman ser sus vigilantes.  Pero es difícil determinar cuándo seremos capaces de darnos cuenta de ello.  Y, además, la gente me entiende mal, piensa que soy uno de los destructores de templos.  ¿Qué ganaría yo con destruir un templo?  Naturalmente, hay que eliminar todo lo que ha llegado a rodear el templo y que no es propio de un templo.  No tiene nada de malo dedicarse a esta labor.

   Responderé a una última pregunta, y después daremos comienzo a nuestra meditación.  Un amigo ha preguntado después de la charla de la mañana: ¿Vaga algunas veces el atman (el alma o la conciencia) después de abandonar el cuerpo?

A
ALGUNAS ALMAS, A ALGUNOS SERES, les resulta difícil, en efecto, tomar un cuerpo nuevo inmediatamente después de la muerte.  Esto tiene una causa, y quizás no se os haya ocurrido cuál es esta causa.  Podemos dividir a todas las almas en tres categorías.  Una es la inferior: la de las personas con la conciencia del tipo más bajo; otra es el tipo más alto de todos, la conciencia muy superior y más pura; y la tercera es la de la gente intermedia, que tienen algo de cada una de las dos primeras.
   Tomemos como ejemplo a damroo, un tambor pequeño.  Es ancho por los extremos y estrecho en el centro.  Si lo invirtiésemos de tal modo que fuera ancho en el centro y estrecho en los extremos, comprenderíamos la situación de los seres incorpóreos.  En los extremos estrechos hay muy pocos seres.  A los seres más bajos les resulta difícil tomar un cuerpo nuevo, tanto como a los seres superiores.  Los intermedios no se retrasan en absoluto: alcanzan un cuerpo nuevo en cuanto dejan el anterior.  El motivo es que siempre hay un vientre disponible para almas mediocres, para las medianas.
   En cuento muere una persona el alma, el ser, ve a centenares de personas, a centenares de parejas, que copulan.  Y cuando se siente atraída por una pareja, entra en el vientre.  Pero muchas almas superiores no pueden entrar en vientres corrientes: necesitan vientres extraordinarios.  El alma superior necesita la unión de una pareja con un nivel excepcional elevado de conciencia, para que esté disponible el nivel más elevado de posibilidades para el nacimiento.  Así pues, un alma elevada tiene que esperar el vientre adecuado.  Del mismo modo, los seres inferiores también tienen que esperar, porque tampoco pueden encontrar fácilmente a una pareja: no les resulta fácil encontrar un vientre de tipo inferior.  De esta forma, los tipos más elevados y los inferiores no nacen con facilidad, mientras que los mediocres no tienen dificultades.  Siempre hay vientres disponibles para recibirlos: el alma mediocre se siente atraída inmediatamente por uno de ellos.
   Esta mañana os hablé del Bardo.  Cuando se practica este método, se dice al moribundo: “Verás a centenares de parejas que copulan.  No tengas prisa.  Piénsatelo un poco; espera un poco, pasa allí algún tiempo antes de entrar en un vientre.  No entres inmediatamente en el primer vientre que te atraiga”.  Es como si una persona fuera al barrio comercial y se comprase lo primero que le llamase la atención en un escaparate.  La primera tienda que ve lo atrae: entra inmediatamente en la tienda.  Pero el comprador inteligente visita varias tiendas, comprueba una y otra vez los artículos, se informa, compara los precios y, después, decide.
   Por tanto, en el método Bardo se advierte al moribundo: “¡Cuidado!  No te precipites, no tengas prisa, sigue buscando: piénsatelo, tenlo todo en cuenta”.  Se le dice esto porque siempre hay centenares de personas copulando.  La persona ve claramente a centenares de parejas haciendo el amor, y entre ellas sólo se siente atraído por la pareja que es capaz de ofrecerle un vientre adecuado.
   Tanto las almas superiores como las inferiores deben esperar hasta que encuentran un vientre adecuado.  Las almas inferiores no encuentran fácilmente un vientre de carácter tan bajo que, a través de él, puedan alcanzar sus posibilidades.   Las almas superiores tampoco encuentran fácilmente un vientre de carácter superior.  Las almas inferiores que están faltas de cuerpos son los que llamamos malos espíritus, y las almas superiores que esperan nacer son los que llamamos devatas, dioses.  Los seres superiores que esperan al vientre adecuado son dioses.  Los fantasmas y los malos espíritus son las almas más bajas, que están faltas de cuerpos por su calidad inferior.  Para el ser corriente siempre hay disponible un vientre.  En cuanto se produce la muerte, el alma entra instantáneamente en un vientre.

   El mismo amigo ha preguntado también: Esos seres que esperan nacer ¿pueden entrar en el cuerpo de alguien y molestar a esa persona?

T
AMBIÉN ESTO ES POSIBLE, porque las almas inferiores, las que no han encontrado todavía un cuerpo, están muy atormentadas, mientras que las almas superiores son felices sin cuerpos.  Debéis tener presente esta diferencia.  Las almas superiores siempre consideran el cuerpo como una especie de atadura de un tipo u otro: quieren mantenerse tan ligeros que prefieren, incluso, no cargar con el peso de un cuerpo.  Y, en último extremo, quieren librarse del cuerpo, pues les parece que el cuerpo no es más que una prisión.  Llegan a sentir que el cuerpo les obliga a hacer ciertas cosas que no merecen  la pena; por eso, sus almas no están muy apegadas al cuerpo.  Las almas inferiores no son capaces de vivir ni un momento sin el cuerpo: sus intereses y su felicidad están atados al cuerpo.
   Algunos placeres se pueden alcanzar sin estar en un cuerpo.  Por ejemplo, tomemos el caso del alma de un pensador.  Pues bien, uno puede disfrutar del placer de pensar sin estar en un cuerpo, porque el pensamiento no tiene nada que ver con el cuerpo.  Así, si el alma de un pensador empieza a vagar y no alcanza un cuerpo, nunca da muestras de ninguna prisa por estar de nuevo en el cuerpo, porque puede disfrutar del placer de pensar incluso en el estado en que se encuentra.  Pero supongamos, por ejemplo, que una persona disfruta con pasión de la comida.  No es posible apreciar ese pacer sin estar en un cuerpo, de modo que en tal caso el alma se vuelve tremendamente inquieta por el deseo de entrar de algún modo en un cuerpo.  Y si no consigue encontrar un vientre adecuado, entonces puede entrar en un cuerpo que tiene un alma débil.  Alma débil es aquella que no es dueña de su cuerpo.  Y esto sucede cuando el alma débil se encuentra en estado de miedo.
   Recordad que el miedo tiene un significado muy profundo.  El miedo es aquello que os hace contraeros.  Cuando tenéis miedo, os contraéis; cuando sois felices, os dilatáis.  Cuando una persona se encuentra en estado de miedo, su alma se contrae, y en consecuencia queda libre en su cuerpo un gran espacio vacío para que entre otra alma y lo ocupe.  No sólo un alma sino muchas pueden entrar a la vez en ese espacio y ocuparlo.  Por tanto, cuando una persona se encuentra en estado de miedo, puede entrar un alma en su cuerpo.  Y el único motivo por el que un alma querría hacer tal cosa es porque todos sus anhelos están ligados al cuerpo: intenta saciar sus anhelos entrando en el cuerpo de alguien.  Esto es perfectamente posible.  Existen pruebas tangibles que lo demuestran: todo esto se basa completamente en la realidad.
   Lo que esto quiere decir es que una persona temerosa siempre corre peligro: está siempre contraída.  Vive, por así decirlo, en una sola habitación de la casa, mientras el resto de las habitaciones quedan disponibles y pueden ser ocupadas por otros inquilinos.
   De vez en cuando, las almas superiores entran en un cuerpo humano, pero por motivos muy diferentes.  Algunos actos de compasión no se pueden realizar sin estar en un cuerpo.  Imaginémonos, por ejemplo, que una casa se incendia y que no aparece nadie dispuesto a salvarla.  La multitud contempla el incendio, impotente; nadie se atreve a entrar en la casa en llamas.  De pronto se adelanta un hombre, apaga el incendio y consigue salvar a alguien que estaba atrapado dentro.  Más tarde, cuando todo ha terminado, aquel mismo hombre se pregunta cómo fue capaz de hacerlo.  Está seguro de haber obrado y actuado bajo la influencia de un poder desconocido: sabe que no fue obra suya, que alguien más lo hizo.  En esos casos es que el hombre es incapaz de hacer acopio del valor necesario para una buena causa, un alma superior puede entrar en el cuerpo humano y cumplir la tarea.  Pero estas cosas suceden raras veces.
   Como a los seres superiores les resulta difícil encontrar vientres adecuados, algunas veces tienen que esperar centenares de años hasta su nacimiento siguiente.  Y, cosa sorprendente, estas almas aparecen sobre la Tierra casi al mismo tiempo. Por ejemplo, el Buda y Mahavira nacieron ambos en la India hace 2,500 años.  Ambos nacieron en Bihar, y en la misma época estaban presentes otros seis seres iluminados en la misma región de Bihar.  Sus nombres no son conocidos porque no iniciaron a ningún discípulo, porque no tuvieron seguidores (es el único motivo); pero eran seres del mismo calibre que el Buda y Mahavira.  Y realizaron un experimento muy atrevido: ninguno de ellos inició a ningún seguidor.  Una de estas personas fue Prabuddha Katyayana; otro Ajit Keshkambal, y otro fue Sanjay Vilethiputra.  También vivió entonces Machali Gosal, y otros.  Ocho personas del mismo genio y de la misma potencialidad nacieron en aquel período de tiempo en la región de Bihar.  Con todo el mundo a su disposición, estas ocho almas esperaron mucho tiempo para nacer en aquella pequeña región de Bihar.  Y cuando llegó la oportunidad, llegó para todos a la vez.
   Suele suceder (y también sucede con las almas malvadas) que se produce una cadena de nacimientos de almas buenas.  Al mismo tiempo que el Buda y Mahavira nació Sócrates en Grecia, seguido al poco tiempo por Platón y Aristóteles.  Hacia la misma época nacieron en  China Confucio, Lao Tse, Chuang Tse y Mencio (Meng Tse).  Aproximadamente en la misma época nacieron en partes diferentes del mundo unas personas increíbles.  Todo el mundo estaba lleno de personas fascinantes.  Parece que las almas de esas personas llevaban algún tiempo esperando, y que les surgió por entonces una oportunidad; aparecieron vientres disponibles para ellas.
   Cuando sucede que hay vientres disponibles, aparecen muchos vientres disponibles a la vez.  Es como el florecimiento de las plantas.  Cuando llega la temporada, nos encontramos que se ha abierto una flor, después vemos una segunda flor, y luego una tercera.  Las plantas están esperando florecer.  Llega el alba, y en cuanto se levanta el sol sobre el horizonte la flor se abre.  Las flores han pasado toda la noche esperando, y cuando salió el sol, se abrieron.
   A las almas inferiores les sucede exactamente lo mismo.  Cuando se desarrolla en la Tierra un entorno adecuado, nacen en cadena.  Por ejemplo, en nuestros tiempos nacieron en la misma época personas como Hitler, Stalin y Mao.  Estas personas tan horribles debieron esperar miles de años para nacer: no les resultaba demasiado fácil encontrar vientres.  Stalin mató él solo a unos seis millones de personas en la Unión Soviética, y Hitler mató a unos diez millones de personas.
   Los sistemas para matar que inventó Hitler no tenían precedentes en la historia de la humanidad.  Organizó asesinatos en masa como no lo había hecho nadie hasta entonces.  Tamerlán y Genghis Kan parecen unos principiantes a su lado.  Hitler inventó cámaras de gas para realizar asesinaros en masa.  Le parecía demasiado engorroso y caro matar a las personas una a una y deshacerse después de sus cadáveres; por eso, inventó sistemas ingeniosos