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Crow

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La experiencia del Dr. Claudio Naranjo
« on: Abril 02, 2009, 09:07:18 am »
La experiencia del Dr. Claudio Naranjo
En Junio de1994 y en el contexto del Congreso de Psicología Clínica, el psiquiatra chileno Dr. Claudio Naranjo C. dictó  una conferencia titulada “Acerca de las fuentes de mis aportes a la psicología”, donde relata además de otras vivencias, sus experiencias personales explorando con sustancias psicotrópicas. A continuación un extracto de su charla, en los párrafos y preguntas relacionados con “alucinógenos”.

Charla

Y la segunda influencia fue mi primera experiencia psicodélica importante -lo digo así porque yo había sido conejillo de Indias aquí en la Clínica Psiquiátrica: en una ocasión fui inyectado con ácido lisérgico (LSD) -una dosis no demasiado grande, 75 microgramos-, y puesto en una cámara oscura que se había construído para experimentos en deprivación sensorial con perros (risas). Pero en fin, era una aproximación a una situación de mínimos estímulos y había tenido una experiencia de interés filosófico. Por ejemplo, había muchas espirales, todo era espiral, y estas espirales me parecían fascinantes, y tuve muchos pensamientos sobre las espirales. O, si estaba alerta, si estaba mirando mi pensamiento, no ocurría nada, no había nada de que pudiera hablar. Pero si no me ponía a mirar, pasaban muchas cosas, pero después no recordaba nada. Eso me dio mucho que pensar… cosas un poco intrascendentes, desde el punto de vista de lo que puede ser la experiencia con uno de estos alucinógenos fuertes.

Entonces, eso me había motivado: era algo interesante, pero no había sido una experiencia transformadora. Y aquí me encuentro con un gran terapeuta, especialista en el manejo del ácido lisérgico: Leo Zeff, que se había venido de la clínica de Menninger. Un Junguiano de la clínica de Menninger -claro que ése es esencialmente un lugar de Freudianos- y un hombre que no publicaba ni le interesaba publicar, un hombre de gran corazón, y era un verdadero maestro en el manejo de este recurso terapéutico. Eran las postrimerías de mi tiempo allá en la Universidad de California: estaba allá, como digo, en un estudio sobre valores, haciendo análisis factorial de los valores y de las preferencias estéticas -cosas muy de la psicología clásica-. Me encuentro con este hombre -me impresiona-, un hombre que tenía además la formación de rabino, un hombre muy religioso; y era una coyuntura de mi vida en que tenía que tomar una decisión en relación con mi vida amorosa. Pienso, “Esto va a ser muy importante”, le pido una sesión, y esa sesión fue una experiencia muy profunda que me dejó conectado con otro nivel de mí mismo: fue un efecto sanador muy extraordinario.

Esa única inmersión en mí mismo tuvo su paraíso y su infierno. Es algo que a la salida me dejó con una nueva confianza en mí mismo, con una sensación que yo expresaba diciendo que “había puesto el pie en el camino”: y es que no sabía más, pero sabía que a cada paso sabría lo suficiente para poner el pie en el siguiente paso. Es como una confianza de caminar un paso a la vez, confianza en mis propios recursos; y desde ese momento, desde la salida, desde el día siguiente de esa única experiencia, supe que yo podía servir para la psicoterapia “y antes sabía y había probado que no servía: es decir, de vez en cuando me salía por casualidad”, como he explicado. Entonces, supe intuitivamente que ahora, este estado interior de más contacto conmigo mismo y con mi intuición, era algo que me permitía dar algo.

Y eso se combinó con la aventura siguiente en mi vida: ya había organizado una expedición al Putumayo -un río que es un afluente del Amazonas, que corre entre Colombia y Ecuador-, porque me había interesado en el yagé, que es una planta alucinógena de los indios. Este es un interés que ya venía siguiendo a través del libro de un explorador, Cunningham, que había escrito un libro que se llamaba Yo también fui cazador de cabezas. Fue alguien que fue adoptado por una tribu de cazadores de cabezas, se casó con varias de las mujeres de la tribu -porque son polígamos- y atravesó la iniciación de los guerreros: y allí le dieron este brebaje extraño y tuvo una experiencia…esencialmente, de heroísmo. En la ceremonia de iniciación de los guerreros se usan los azotes; y, al ser azotado, él desplegó una actitud de desafío ante el dolor, que a mí me llamó la atención -porque yo he sido muy sensible al dolor físico y psíquico-. Era un sentimiento de invulnerabilidad en que le decía al personaje disfrazado, alado, al demonio -pero claro, encarnado por un iniciador- que lo azotaba, “¡ Dame más !¡ Dame más !”, como queriendo probar su ir más allá del cuerpo.

Y yo, como cobarde constitucional, porque fui siempre un conejo de nacimiento -es una cosa biológica eso de ser conejo- (risas) ¡ Probado! Más adrenalina, más reacción de huída-. Pensé, “Qué buena sería una droga que a uno lo haga más heroico”, aunque fuera como para aprender qué es eso. Y me propuse llegar hasta a arriesgarme entre los cazadores de cabezas para conseguir ese remedio contra la cobardía (risas). Y con Humberto Maturana tuvimos un proyecto de ir a cazar un insectívoro raro por ahí en la selva, como pretexto para conseguir una beca que nos permitiera llegar donde estos cazadores de cabezas (risas). Total, no resultó eso, pero muchos años después, cuando estaba en el Museo Botánico de Harvard, veo un rótulo que dice, Exposición especial: Botánica Económica -no sabía que existiese ese ramo- pero veo distintas plantas con sus productos. Allí está el opio con sus cuarenta alcaloides en distintos frasquitos, está la planta de la coca con su alcaloide, muchas de las plantas medicinales -el curare, la digitalis-.

Y entre tantas plantas, veo una liana retorcida y un pequeño apartado que dice “La naturaleza botánica de los narcóticos malpigiáceos de Sudamérica” y en él, una fotografía de indios azotándose, con lo cual supe que la planta que yo buscaba ya estaba identificada botánicamente. Me propuse hablar con el curador del Museo Botánico, y resultó que él mismo era el autor de ese apartado: había estado doce años haciendo trabajos de campo en Colombia y otros países Sudamericanos. Ya tenía aclarado mucho: me puso en contacto con los indios que le ayudaban a recolectar plantas…así que a la vuelta de mi beca a Estados Unidos, me fui a conocer a estos indios y conseguir algo de yagé. El yagé es algo que se usaba en la formación de chamanes. Cuando yo hablaba con los chamanes en castellano -porque algunos de los indios ya estaban bastante españolizados, no se necesitaba siquiera intérprete- hablaban de estudiar medicina: “Se usa el yagé para estudiar medicina”. “¿ Y cómo se estudia medicina ?”. “Bueno: hay que aprender a entender los propios sueños”.

El yagé tiene mucho que ver con el desarrollo de la intuición: se puede decir que es un alucinógeno, en un sentido muy amplio de la palabra, pero no produce alucinaciones. Lo que pasa es que, a ojos cerrados, se facilita mucho ese tipo de fantasía que se maneja, justamente, en la fantasía dirigida: una fantasía en que uno está plenamente consciente, sin trastornos de la identidad ni diferencia en la actitud emocional ni cambio de juicio: es un mundo simbólico muy exaltado, pero muy espontáneo. Y a través de ese mundo simbólico se pueden aprender cosas: se puede contemplar este mundo e incluso entender cosas de uno mismo y de la realidad. Los indios dicen que ésa es su manera de aprender sobre las plantas, sobre la naturaleza, sobre los animales. Lo usan en la cacería, para desarrollar capacidades parapsicológicas. Así que me entusiasmó bastante el mundo del yagé, y cuando regresé a Chile planteé una investigación que usaba, en forma comparada, el yagé y la mezcalina, que era otro alucinógeno conocido. Venía, sin embargo, de mi apertura interior a una capacidad terapéutica, y me había encontrado con personas en estados de consciencia más libres, más fluidos, de una gran potencialidad terapéutica: estados en que es como si se disolviera el ego transitoriamente, y se pudiera recomponer un poquito diferente. Empecé entonces a hacerme psicoterapeuta, por primera vez de veras. Empecé a nadar en este territorio nuevo.

En el curso de los años, esta investigación sobre el yagé me llevó a la psicofarmacología durante un tiempo, cuando publiqué un libro llamado The Healing Journey (El Viaje Sanador). Allí hablo como lo solía hacer hasta hace poco: para hacer más aceptables mis ideas: “Ya todos sabemos tal cosa”. Así que presenté una serie de fármacos como si ya estuvieran en circulación; pero en realidad, me tocó descubrir muchas cosas nuevas. En esa época sólo habían tomado yagé los indios: era cuestión de curanderos que recién estaba entrando en contacto con las poblaciones blancas. Ocasionalmente, los blancos venían a curarse con ellos; pero esto no había sido traído al mundo clínico. Aquí, en Santiago, en casa de una amiga chilena, Nieves Yankovic, estaba hablando de mi hallazgo de las posibilidades terapéuticas del yagé y contando cómo produce imágenes arquetípicas características de tigres y de serpientes. Estaba presente en esa ocasión el ex cónsul británico en el Congo. Me dijo, “Ah, lo que usted cuenta es muy parecido a lo que en el Congo se conoce mucho: que los hechiceros se transforman en leones. Incluso he escuchado la historia de alguien que le disparó a un león, pero después se encontró con que el hechicero había sido muerto de un balazo. La gente piensa, en el Africa, que los hechiceros verdaderamente se transforman en leones”.

Entonces pensé, “¿ No será que ésta es una historia que parte de la vivencia subjetiva de la transformación del chamán en animal ? Porque así me parece que fuera el caso en Colombia, en Venezuela, en Brasil, en lugares donde se consume el yagé: las personas dicen transformarse en jaguares. Ahora, cuando yo tomé, no me transformé en jaguar: vi un tigre dibujado por Draco Maturana, un amigo con un gran talento para dibujar. Hacía unos dibujos muy simpáticos, un poco a la Rousseau -pero un poco más sofisticados, en realidad-. Me había regalado un tigre de mucho colorido: cuando fui mi propio conejillo de Indias para probar el extracto de la planta, lo que vi era un tigre de caricatura. Estaba muy lejos mi instintividad de ser tan sana como para poder sentirme tigre: veía al tigre de lejos. Los indios recorren todo un proceso; y también, cuando iban blancos a curarse de cosas tan diversas como el asma o la estitiquez -porque vienen por enfermedades psicosomáticas, sobre todo- muchas veces, los indios -que conocen a los blancos y cuán lejos están de su mundo instintivo- los amarran a un árbol, porque si no salen corriendo cuando se encuentran con los tigres y las serpientes.

En todo caso, cuando yo le cuento esto a este Cónsul, él me cuenta la historia de los africanos y, naturalmente, me interesé por ver qué sustancia pudiera ser; y después de poco leer, me doy cuenta de que hay un producto en la planta que se llama iboga que se supone que produce un estimulante similar al café y que los indios usan para sus bailes. Yo pensé, “Creo que ese estimulante es un poquito más que el café: tal vez los blancos piensan eso, pero lo que ellos están sintiendo con eso debe ser un poco más”. Así que me informé en la literatura y vi que había estudios sobre la ibogaína -este alcaloide- solamente en la vagina de la rata y en el intestino del conejo. Así que fui mi conejillo de Indias una vez más para ver si en la corteza cerebral del hombre intacto producía la ibogaína algún efecto subjetivo, además de los efectos que se sabía que tenía en el músculo liso. Entonces, tomé ibogaína y ahí fue mi acto creativo de tirarme al abismo, creyendo en mi intuición que estaba frente a algo ya conocido por los indios por centenares de años.

Tuve una experiencia en que todo el mundo giraba en órbitas perfectas: la armonía de las esferas, todo era una gran danza, todo era un Gran Homenaje a lo Divino; y en esta danza, en esta Gran Celebración que era el Universo, había un punto negro al centro -que era yo- que no se movía (risas); y yo estaba allí como queriendo saber algo, pero sin meterme. Y es como si se me hubiera dado la libertad de tocar el interruptor e incorporarme a esa danza. Tenía las palabras mágicas en la boca -”Hágase tu voluntad”-, y con esa entrega a la voluntad cósmica yo lo estaría pasando mejor, pero había la posibilidad de que la voluntad divina fuera que yo no fuera nada, que fuera polvo: y no me atreví (risas). Y tuve como tres minutos de libertad para tener la mano en este interruptor, y después fue un bad trip (mal viaje): fue una película tipo Walt Disney, con conejitos, con cosas intrascendentes. Pero le tomé mucho respeto a la ibogaína, y cuando se me invitó a la Primera Conferencia Mundial sobre Alucinógenos, organizada por la Universidad de California, -una gran conferencia interdisciplinaria, en que había una antropóloga, un profesor de religión comparada -Houston Smith-, el poeta Allen Ginsberg, Tim Leary -que después produjo tanto escándalo- y Alpert y otros; en fin, los pioneros del ácido lisérgico en ese momento. Se me invitó a eso y yo no presenté nada sobre el ácido lisérgico, sino que mi descubrimiento en ese momento fue la ibogaína, planteando que era -así como del ácido lisérgico se decía que era un facilitador del aquí y ahora-, yo dije que la ibogaína era un facilitador del allí y entonces: una gran posibilidad de redigerir escenas de la infancia.

Había descubierto dos alucinógenos -también la armalina, pues aunque los indios conocieran el yagé, me tocó descubrir que este alcaloide en particular funcionaba en distintas combinaciones-. Se me ocurría que el sistema nervioso estaba lleno de caminos distintos; y que este estado interno de flexibilidad, de posibilidad, de mayor maleabilidad, podía ser facilitado en distintas direcciones. En Estados Unidos se había hecho tabú el asunto de los alucinógenos, porque hubo todo un fenómeno social de abuso que fue el resultado de la reacción a este clima prohibicionista que ha habido allí ya desde el intento de prohibir el alcohol. Se produjo una criminalización creciente de todo este ámbito, así que yo me encontré con una posibilidad muy especial aquí en Chile, con las manos libres, auspiciado por la Universidad de Chile para trabajar en una serie de productos que Schulgein -un químico de gran talento para la síntesis con quien me topé en Estados Unidos, y que ahora se está haciendo muy famoso- estaba sintetizando en el laboratorio.

Así que hubo un período en que me dediqué a esto, que fue otro estímulo para mi exploración de formas de psicoterapia e integración de las cosas que iba recibiendo en California. Así que fue, por una parte, investigación psicofarmacológica: ver qué fármaco produce tal cosa en los seres humanos en una situación experimental; pero, por otra parte, era investigación terapéutica -cómo puede manejarse el estado mental que produce esto, que produce aquello-. El más importante de los fármacos que encontré en esa época fue el MDA, que fue el precursor de uno que ahora circula con el nombre de éxtasis, que es la misma cosa pero con una pequeña modificación química que lo hace menos tóxico. Creo que tiene un gran, gran potencial terapéutico; y en Suiza y en otras partes se está investigando, se está reabriendo la investigación en Estados Unidos después de una época en que el establishment norteamericano se cerró rotundamente, confundiendo una cosa con otra, confundiendo los alucinógenos mayores con estos fármacos derivados de la anfetamina, que son en realidad muy inofensivos y de un potencial terapéutico que es una vergüenza menospreciar.

Preguntas

Ps. Alejandro Celis: Tú decías algo respecto a que las distintas sustancias psicodélicas habían sido metidas en el mismo saco con otras cosas -como las drogas “pesadas”, obviamente más peligrosas-. (Sí.) Y que eso se está revirtiendo…

Dr. Claudio Naranjo: En Estados Unidos, en este momento, el Servicio de Salud afortunadamente está cambiando de política: digo “política” subrayando la palabra, porque Bush y Reagan verdaderamente hicieron suya una posición que recordaba un poco la del antisemitismo alemán. Es una posición de decir “los jóvenes tienen la culpa de todos los males, y la contracultura y las drogas hacen que la gente deje de adherir a la Vieja Buena Moral”. Es como ese rearme moral norteamericano, el Moral Majority, que es una minoría -por suerte-; ese movimiento tan conservador anti-droga parece haber sido una manipulación política, de distraer, así como las grandes tiranías distraen con el fútbol para que la gente no piense demasiado en lo que está pasando, también se distrae con “el gran problema de las drogas”. Y se muestran helicópteros llenando de gases los campos de cocaína en Bolivia: a cada rato, los programas de TV americanos muestran que el verdadero enemigo está allá.

Y ahora se está dando vuelta eso, gracias sobre todo a que el jubilado Albert Hoffman -descubridor accidental del ácido lisérgico- desde su jubilación está tomando una posición más activa con los terapeutas de Suiza. Suiza hizo excepción a esa recomendación de la OMS de drogas prohibidas; dijeron, “No, nosotros queremos investigar un poco más. Aquí hay metilendioxianfetamina que parece que hace bien a la psicoterapia, está aquí la ibogaína, que hay que conocerla más, y hay esto y lo otro”. Y entonces hay una serie de drogas en estudio; y Estados Unidos está empezando, también; sólo que la burocracia que hay que atravesar para llegar a poder tener un estudio aprobado es tan desagradable que yo, personalmente, no lo haría.


Ps. Luz María Alliende: ¿ Estás optimista con esta Humanidad ? ¿ Hacia dónde crees que va?

Dr. Claudio Naranjo: Siento que, así como citaba que en matemáticas un criterio de buena demostración es la elegancia -aunque no podemos saber el futuro-, sería elegante pensar que esta gran construcción que es la evolución de la Vida no va a terminar en nada. Toda esta evolución de la Humanidad es una evolución, por una parte, y una regresión por otra. Es una evolución acoplada a la evolución de un parásito, que es la neurosis colectiva. Paralelamente ha habido una evolución de la cultura y de la enfermedad. Entonces, yo diría que el árbol de la Vida es, socialmente, un árbol que no ha llegado a dar fruto, a florecer como Humanidad. Somos un árbol retorcido que ha podido sobrevivir su propia miseria: ese clima permanente de injusticia, de empobrecimiento del terreno, de esto y lo otro. No suena como un bonito plan del Arquitecto Divino que esto termine en una explosión, así que tiendo a pensar, mesiánicamente, que a medida que va muriendo la cultura milenaria patriarcal -el espíritu de la civilización, tal como la hemos conocido- está naciendo otra cosa que no va a ser un aborto.

No podemos saberlo, pero hay que actuar como mejor se puede. Y actuar como mejor se puede es una cosa compleja: sería tema para toda una conferencia. No es actuar como si supiéramos lo que tenemos que hacer, tampoco. Hay una muy buena frase de Max Neef: él decía, “Derivar en estado de alerta; unir con lo que está pasando creativamente, sin que nuestros planes y nuestros conocimientos supuestamente interfieran en forma excesiva con lo que nos va presentando el momento -con creatividad y con benevolencia-”. Lo que más falta, yo diría, es la transformación individual, porque ya se sabe que lo político no basta; las transformaciones sociales han sido, hasta ahora, todos abortos. Los políticos nunca han podido dar lo que han prometido: el sistema no permite que se pueda hacer un cambio desde fuera. Aunque los marxistas decían, “Necesitamos a un Hombre Nuevo para un Mundo Nuevo”, se descuidó eso en la práctica. El espíritu militante activista es un espíritu muy poco psicológico.

Así que yo creo que una sociedad sana sólo puede ser constituída de individuos sanos, y que el mayor acto político del momento es el acto de auspiciar, de fomentar el cambio individual. Una especie de alfabetización en el sentido de saber qué hay que hacer, para entender lo que pasa y para entenderse a sí mismos, como punto de partida.

Ps. Ana María Puga: Escuchándote en relación al uso y a la prohibición del uso de los alucinógenos, quiero preguntar tu opinión en torno al legítimo y legal uso de otros fármacos que se usan de una manera extendida para producir experiencias tranquilizadoras, que de alguna forma están, sí, legitimadas…

Dr. Claudio Naranjo: ¡ Claro ! Todo lo que disminuya la consciencia es permitido, todo lo que aumente la atención es prohibido, eso es claro. El alcohol está permitido; todos los fármacos que producen una lobotomía funcional que disminuya los problemas disminuyendo el campo de consciencia están permitidos. Ha habido movimientos de querer contrarrestar eso: toda la Antipsiquiatría fue un movimiento en ese sentido. Para poder no acudir a los fármacos depresores o los antipsicóticos, hay que dar mucho más cuidado, mucha más consciencia, mucha más atención. Toma mucho más trabajo, así que hay un problema económico involucrado, muy delicado: no querría meterme en eso. Pero ciertamente que la legislación está muy inclinada a un lado de la balanza, y yo creo que con consecuencias graves.

Se piensa que la prohibición de los alucinógenos se transforme simplemente en un asunto de Salud Pública, para impedir que haya complicaciones, para neutralizar, en cierto modo, los riesgos de la adicción. Y claro que hay riesgos de adicción: hay abuso, personalidades adictivas, hay el uso de las drogas como escape, hay todo eso; pero también creo que puede ser que el Cielo nos manda ciertos fármacos como se los ha dado a los chamanes, a las culturas primitivas; nos los da para que hagamos algo con ellos. Y tal vez el valor que tienen en catalizar, en permitir el desarrollo humano, el desarrollo de lo terapéutico, de lo espiritual, como un factor iniciatorio impersonal, sea justamente lo que necesitamos para poder reemplazar los otros fármacos. Esa atención que no sabemos darle a los psicóticos, tal vez sabríamos dársela si hubiéramos tenido más acceso a estos otros recursos prohibidos.

En general, la actitud que tienen las culturas primitivas frente a la psicosis es un poco como en la Edad Media: el loco es santo, es alguien que tiene contacto con algo muy respetable. Se lo manda a la selva: que se retire, que viva su locura hasta que salga de ella, porque se piensa que la psicosis es una cosa que tiene su recorrido y que se sale de ella -si no se la interfiere como nosotros, que le tenemos tanto miedo-. Gran parte del fenómeno psicótico está hecho del miedo a la psicosis: es un estar atragantado entre dos mundos, no ser capaz de afrontar el abismo o las verdades últimas de la existencia, estar allí cogido en un mundo que no es nada, en un limbo entre vivencias profundas y la insuficiencia de lo cotidiano.

Así que hay una promesa en que la legislación vaya cambiando; y yo aprovecharía este momento para decir que, si las autoridades chilenas toman la iniciativa de plantearle a la Organización Mundial de la Salud una iniciativa semejante a la de Suiza, harían un gran favor a este país. Esta es una cosa absolutamente de circunstancia política de presión del Gobierno americano -con su actitud “liga Antialcohólica”, actitud prohibicionista, sobreprotectora, controladora: toda la medicina americana es excesivamente sobreprotectora, por motivaciones económicas secundarias, no por verdadero cuidado-. Eso está en el espíritu con el cual eso pasó a la ONU y luego al mundo: algo completamente arbitrario. Así que se beneficiaría enormemente Chile si se tomara la autonomía a nivel de Gobierno para usar estos recursos e investigarlos y explorarlos más. Además, fueron lanzados al mundo por un chileno: me tocó descubrir como veinticinco psicodélicos. Están publicados en Nature, en Science, en revistas famosas; pero están en un lenguaje tan químico y tan poco cotidiano que nadie se ha fijado todavía; pero están allí los experimentos animales, los estudios de toxicología, así que se puede dar el paso siguiente.

Una participante: Yo quería preguntarle si el trabajo de meditación, el trabajo con hipnosis, no podría reemplazar el trabajo con este tipo de alucinógenos.

Dr. Claudio Naranjo: A veces sí…a veces, un poco de dinamita hace lo que no puede hacer la pala. Depende de la persona. Conozco a Hanscarl Leuner, psiquiatra de una Universidad europea que se ha dedicado a trabajar en las neurosis de guerra, neurosis post-traumáticas, gente que ha estado en campos de concentración, gente que ha estado en las trincheras, y quedado muy dañada. Hay gente que no ha logrado salir con nada…y salen con ácido lisérgico, porque se derrumban las estructuras, ¡ incluso la neurosis ! Eso se quiere hacer con electroshock, con shock insulínico; pero se lo hace tanto mejor y con tanto menos daño con esta experiencia, que dura unas pocas horas y que tiene tanto beneficio: la persona contacta su espontaneidad profunda y sale con una nueva inspiración.