Author Topic: Chamanismo amazonico y toxicomania  (Read 1614 times)

Crow

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Chamanismo amazonico y toxicomania
« on: Marzo 30, 2009, 09:51:01 am »
escrito por Mabit,J.
viernes, 14 de enero de 2005
Reconozco que la verborrea "psi" me provoca instintivamente rechazo, alergia que fue reforzada por mi experiencia profesional. Por ello creo conveniente que en primera instancia especifique "de donde hablo" con el fin de tener alguna posibilidad de ser comprendido.




Quisiera poder afirmar que hablo "desde el corazón": desde el corazón de la selva que me alberga desde hace ocho años; desde el corazón de la primera zona mundial de producción de pasta básica de cocaína y de consumo de ésta (muchas veces en asociación con el alcohol); desde el corazón de una de las formas más antiguas de terapia, el shamanismo indígena de la selva oriental del Perú; desde el corazón de una vivencia iniciática que me condujo hacia una exigente autoexploración de mis propias dependencias y alienaciones; en fin y esencialmente desde mi propio corazón humano.




Cuando un médico francés se aventura en el laberinto de prácticas y creencias shamánicas de la Alta-Amazonía, inicialmente sólo se encuentra a sí mismo y con el único bagaje de su ignorancia disfrazada de un tan magnífico como ineficiente caparazón de prejuicios y conceptos sobre el universo "pre-lógico y mágico-religioso de los grupos primitivos" ... El viejo curandero sonríe mientras aspira el humo de su pipa cancerígena, aconsejando sabiamente al extranjero neófito y parlanchín ingerir algunos de los preparados psicoactivos de plantas-maestras con el fin que el espíritu que los anima "hable y enseñe". Con tanto coraje como desesperanza, eso es lo que hice y el Espíritu indicó el Camino. El viejo había acertado: las plantas hablan y enseñan.




Al inicio del Camino, en la mayoría de los casos, el maestro debe ser exteriorizado. Hubo varios de ellos: Wilfredo, Ricardo, Guillermo, Solón y más que todo el viejo Aquilino, águila que ya voló. Cada uno me tomó de la mano en un momento dado del proceso iniciático y me hizo entrever un poco de la gran melodía divina que cantan a su modo. Y no sólo cantan de manera figurada sino que todos son dueños de cantos sagrados, los ícaros, armas terapéuticas temibles que les corresponde enseñar y regalar a sus alumnos. Desde entonces, hablo menos y canto más. Plantas psicotrópicas y melodías sagradas hicieron germinar al Maestro interior, el que precisamente se alberga en el corazón y de quien quisiera aquí ser el intérprete.




Hoy en día componemos un corazón múltiple, un verdadero coro, un equipo de ocho personas que animan Takiwasi, en idioma quechua la "casa que canta": dos médicos, dos psicólogos, un curandero, un profesor, un periodista, un estudiante. Todos son terapeutas en la medida en que todos asumen su propia autoexploración a través de las técnicas shamánicas amazónicas. Takiwasi constituye un proyecto-piloto interesado en la formulación de una alternativa terapéutica a la problemática de las toxicomanías, que se inspire del saber empírico de los curanderos autóctonos de la Amazonía peruana. Aparte de los trabajos de investigación, de difusión y de formación, Takiwasi se dedica desde 1992 principalmente a la aplicación clínica en jóvenes de la región adictos a la pasta básica de cocaína y que se presentan espontáneamente con una demanda de curación. Durante un internamiento voluntario promedio de 8 meses, el paciente está invitado a seguir la "vía del shamán", sin excluir un control médico convencional, con la finalidad de restituir cierta coherencia a su inconsciente y caótica búsqueda interior. Al saber ancestral (plantas depurativas y psicotrópicas, ayunos, aislamiento en la selva, baños, masajes...), se añaden técnicas de psicoterapia contemporánea (musicoterapia, meditación, entrevistas personales, dinámica de grupo, interpretación de sueños, ergoterapia, etc.).




No me parece oportuno a este nivel desarrollar el esquema estructural estándar de la psique del toxicómano: padre ausente, madre invasiva, etc., observable bajo cualquier latitud, sino dar a conocer el ángulo de observación específico que nos ofrece la vía shamánica. En efecto, ésta restituye una visión de "lo humano" que contrasta notablemente con las banalidades psicologizantes de moda, validando su modelo no por el verbo y la logorrea sino mediante una eficacia en extremo sorprendente (una encuesta epidemiológica efectuada en la Costa Norte del Perú por un grupo de psiquiatras dirigidos por el Dr. Mario Chiappe, muestra con cinco años de distancia que los curanderos alcanzan un 60 % de éxito en su tratamiento del alcoholismo con un tratamiento más corto y mucho menos costosos que dentro una estructura formal de salud).




Este modelo específico se distingue tanto de los esquemas analíticos convencionales como de los conceptos puramente materialistas donde prevalecen ante todo las explicaciones de tipo farmacológico o bioquímico de las tóxico dependencias. Los reduccionismos de la psicología y de la farmacodinámica se responden en eco dentro de un marco bipolar donde lo racional permanece como jefe de orquesta y refiere permanentemente a un juego de dualidad psicosomática. El enfoque convencional occidental presenta a un individuo cuyo centro de gravedad se ubica a nivel de la cabeza, del cerebro, del mental, el polo sexual opuesto siendo el lugar de las proyecciones fantasmáticas. Los clínicos positivistas (hay todavía muchos) se ríen de las "elucubraciones" de los "psi", pensando tener el principio activo incriminado mientras esos últimos tienden a explorar los laberintos de la psique sin atreverse a tocar el cuerpo-tabú del paciente toxicómano. En este debate sin fin se instituye una no-comunicación de tipo esquizoide, reflejo de la patología colectiva cuyos terapeutas son muchas veces los mejores representantes. Entre los dos grupos, el toxicómano se siente dividido, despedazado y las prodigiosas antenas que desarrolla gracias a la ingestión de sustancias psicoactivas, le sugieren evitar esos enfoques demasiado unilaterales, mutilantes, que pueden acabar con él y pretenden confiscarle hasta el gozo de la autodestrucción. Frente a la binaridad de los sistemas conceptuales convencionales, el shamanismo reintroduce un ser trinitario recientemente reconocido en nuevos modelos post-modernos como el cerebro triúnico de Robert Mc Lean, la antropología ternaria de Michel Fromaget o la psicología transpersonal de Stanislav Grof. Todas estas propuestas se caracterizan por reconocer en el ser humano la existencia de una "tercera dimensión" que le permite escapar al encarcelamiento angustiante en la dualidad obsesional de nuestra época. Si las simplezas de una expresión cuadrada requieren solo de dos coordenadas, salir de la cuadratura del círculo y finalmente saber que la tierra es redonda implica abrirse a la trinidad e introducir el misterio del número pi. Ignorar este tercer factor equivale a negar la trascendencia como lugar de convergencia asintótica de la dinámica de la existencia. Por lo tanto, el punto omega que el sacerdocio de Teilhard de Chardín le permitió entrever, escapa a nuestras perspectivas humanas y nos obliga a la confrontación plana e infructífera de los contrarios. La vida se vuelve insensata: triunfo de lo absurdo que autoriza todas las locuras. Las fuerzas que se agitan en la zona ciega de nuestro campo de conciencia intentan a todo costo alcanzar el umbral de la manifestación, vale decir revelar el Misterio. La reapropiación del Sentido de la vida, de su propia vida, es una condición para el restablecimiento de la disciplina de los "arquetipos" demasiado "autónomos" según la imagen junguiana. La infestación insidiosa de este "ángulo muerto" por el espíritu satanizado de la droga suscita frecuentemente en el toxicómano un verdadero estado de posesión que requiere de parte del terapeuta un real trabajo de exorcismo. Es así que proceden los curanderos de numerosas regiones del mundo frente a las toxicomanías consideradas como un estado de total sumisión al espíritu ofendido de la sustancia ingerida. La planta (coca, amapola, cañamo, vid, tabaco...) es negada en su dimensión sagrada, su espíritu violado con el fin de explotar su riqueza: la manipulación inconsiderada y despreciativa de esta fuerza se voltea contra el profanador. Omitiendo de respetuosamente "temer a Dios" que no existe, el toxicómano emprende sumersiones transpersonales incontroladas que lo atrapan entre los dos términos de toda experiencia numinosa: tremendum y fascinans. Está a su vez dañado en su propia sacralidad, en su espíritu mismo y no puede reencontrar la vía del equilibrio sino restaurando una relación justa y respetuosa con el Misterio. El terapeuta no puede entonces solo ser médico sino debe a la vez ser sacerdote, intercesor ante las potencias del "mundo-otro" ultrajadas por el "mundo-este", según la terminología que propone Michel Perrin.




La búsqueda prometea del toxicómano constituye un delito no en el fondo sino en la forma. Los dioses se manifiestan y desean revelarse: la busca de Sentido es mas que legítima, representa el destino humano. Cuando el toxicómano peruano o europeo franquea la barrera protectora de lo racional, intenta muchas veces de manera desesperada escapar de las extraordinarias obligaciones de nuestra época y encontrar una respuesta a las angustias existenciales que se manifiestan a través de un cotidiano triste y sin perspectivas. Pero comete por orgullo el error de desafiar a los dioses en lugar de rogarles. Omite poner "en formas" su pedido y, en este campo, la forma es la del ritual. Si cada planta constituye una puerta de acceso a lo divino, a la embriaguez divina, cada una posee también un lenguaje, un código, reglas de cortesía me atrevería a decir. En otros términos, cada planta exige un ritual específico y no puede acomodarse a seudo-rituales lúdicos recreados por los consumidores según su humor: happening hippie, ambiente "new age", fiesta de barrio, "party" yuppie o borrachera en grupo de los fines de semana... Es el espíritu mismo de la planta que se manifiesta poco a poco y revela su naturaleza, indica los códigos, designa los términos del intercambio. Esta revelación progresiva necesita de un maestro iniciador y de una forma ritual adaptada, es decir de una aceptación de las reglas de este Gran Juego, una humilde sumisión, una actitud interior de alegre receptividad. Ello por supuesto sólo es posible si, de una manera u otra, el "mundo-otro" es percibido como potencialmente bueno, positivo y por otra parte si existen guías credibles al cruce de la línea de frente. La proliferación de gurús dudosos y a veces claramente perversos, y la ausencia generalizada de testigos de la alegría de vivir, no facilitan la tarea. Los terapeutas modernos han ampliamente renunciado a su vocación ("lo que les llama"), abandonando su función sacerdotal, mediadora, dejando el campo libre a los engañadores y permitiendo la generalización de la Impostura.




La reintroducción del tercer término de la sacralidad viva y vivída, implica desde el inicio la revaloración del "sacrificio" en su sentido profundo, etimológico: "producir sacralidad". Se trata de sacrificar sobre el altar de su amor, de su búsqueda, algunos apetitos personales que amarran a la materia, al pasado, a la muerte, al ego. a cada uno le toca descubrir a qué debe renunciar, qué medida pone en el platillo de la balanza. No es evidentemente muy popular, a la hora de la llamada civilización del gozo y del placer, proponer el sufrimiento como parte integral de una parte liberadora. Pero no la proponemos nosotros sino que se impone como ley de la vida, como misterio que ningún mística acaba de explorar. Diría que el sufrimiento "viene" y es aceptado o rechazado. Y Graf Durckheim hasta afirmará que hay que llegar a aceptar lo inaceptable, inicio de la sabiduría. Cómo nos es duro y difícil agachar la cabeza, "pueblo de nuca rígida"!. Pero lo vemos claramente con los toxicómanos, si no se paga el precio a la entrada, se cancela a la salida y el monto es mayor... Cuestión de economía! El Toxicómano es el hombre-rebelde por excelencia, de una paradójica rebelión silenciosa contra lo no-dicho o lo mal-dicho (mal-dición). Oscura rebelión en busca de la luz donde puede llegar a entender en un momento dado, por coraje o por desesperanza en fin por divina gracia que la suprema rebelión se confunde con la obedencia absoluta, que la total sumisión es completa liberación. Por lo menos puede, como cada uno de nosotros, entreverlo y arriesgarse. El riesgo a tomar y que parece moustroso a nuestras "luces" es aceptar de comprender sino ser comprendido, asir sino ser asido, no arrebatar sino ser arrebatado. ello vuelve, una vez más a interiorizar la posibilidad de una trascendencia amorosa y benevolente. Esta perspectiva será reforzada poderosamente por la encarnación de modelos convinventes: el terapeuta lo será? Cuestión de sentido: frente a la desorientación del toxicómano, in-versión, per-versión, el terapeuta sub-versivo para autorizar la con-versión del paciente. Iniciación salvaje del toxicómano versus iniciación guíada del shamán: dónde reside el "sentido común"?.