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Crow

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LA OBRA LITERARIA DE MIRCEA ELIADE
« on: Marzo 04, 2009, 01:15:57 pm »
LA OBRA LITERARIA DE MIRCEA ELIADE

Por Mircea Handoca, biógrafo de Mircea Eliade
  Brillante escritor rumano, Mircea Eliade es al mismo tiempo uno de los más conocidos historiadores de las religiones y orientalistas del mundo. Ya en 1950, su nombre figuraba en todos diccionarios y enciclopedias. Su obra literaria llega casi a las ocho mil páginas. Sus primeros trabajos literarios pertenecen al campo de la literatura fantástica. Al relato con el que debuta, Cómo encontré la piedra filosofal, le siguen algunos de corte «realista», donde la primacía corresponde al análisis psicológico. En los últimos tres decenios de su vida, vuelve a predominar el género fantástico. Su producción de juventud revela, en mayor o menor medida, elementos autobiográficos. Pero no hay que identificar la vida del protagonista narrador con la del autor. Domina la introspección y no se narran acontecimientos sino que se analizan minuciosamente los recovecos más ocultos del alma. El joven autor, empapado de sensualidad, dota en ocasiones a sus personajes con sus propias vivencias, dominadas por la obsesión de la carne. Desazón, miedo, perturbaciones físicas o alucinaciones se diseccionan con lucidez y naturalidad.

    A esa actividad febril de los comienzos, se le añade el empeño por crear personajes auténticos y viables. A ese periodo pertenece La novela del adolescente miope, de publicación póstuma (1989), que en realidad es un diario disfrazado de novela.

    Novela de aventuras espirituales, Isabel y las aguas del diablo (1930) es un análisis psicológico donde mezcla sueños y realidad, desbordante de vitalidad y sensualidad.

    Su celebridad como escritor en Rumania se debe a Maitreyi, traducida hasta el presente a diez idiomas. Ese inquietante poema de amor ha sido asimilado a obras maestras de la literatura universal, como Dafnis y Cloe, Tristán e Isolda, Manon Lescaut o Pablo y Virginia. Allan, joven ingeniero europeo alter ego del autor sucumbe al hechizo de una joven bengalí de 16 años, Maitreyi, hija del ingeniero Narendra Sen. Los prejuicios de casta de la familia rompen ese amor único.

    La novela nos introduce en un marco exótico: una pensión de Calcuta, el ambiente de la ciudad, la magia y el misterio de la India bañada por el Ganges y atravesada por el Himalaya. No puede pasarse por alto el estremecedor juramento que la protagonista hace a la tierra, que por toda la eternidad pertenecerá a su amado. Para penetrar en esa concepción arcaica india, sería necesario leer el capítulo dedicado a la Tierra y a sus dioses del Tratado de historia de las religiones.

    Escrita en primera persona, Maitreyi reproduce íntegramente pasajes del diario eliadiano sin ningún retoque. A menudo se entremezclan apostillas posteriores donde el protagonista narrador censura sus excesos al analizar los hechos con más lucidez. Por supuesto, estamos ante una novela autobiográfica pues Allan es un trasunto del autor..

    Del ciclo de las novelas realistas de Eliade forman parte Retorno del paraíso (1934), en la que predomina la técnica del monólogo interior, y Los jóvenes bárbaros (1935), amplio retablo social. La primera presenta a los jóvenes de la generación del propio Eliade, sin ideales ni certidumbres, en el meollo de los acontecimientos de los años 1932-33. La mayor parte de la acción transcurre en Bucarest, en los cafés, en la redacción de un periódico y en una fábrica durante las grandes huelgas que sacudieron a la capital rumana. Pavel Anicet, el personaje principal, es un joven rubio, de complexión atlética, guapo y fascinante. De gran inteligencia, prometía un futuro brillante en el periodismo y en la cultura. Pero sorprendentemente, dejó de leer y de escribir. Este donjuán, deseado y codiciado, está enamorado a la vez de dos mujeres, y no es capaz de centrar su amor en una sola. Angustiado y deseando la soledad, no ve más salida que el suicidio. La muerte serena y sin dolor le asegura la libertad. Es el verdadero estado de placidez. El suicidio de Pavel expresa la tragedia de su propia generación.

    Continuación aparente de la anterior, Los jóvenes bárbaros tiene su propia autonomía. Los personajes son, en su inmensa mayoría, jóvenes entre 18 y 25 años, y portan consigo el nihilismo de los personajes de Dostoyevski. Inconformistas, con un gran fe en sí mismos, creen que el mundo empieza con ellos, un mundo que centran, sobre todo, en el sexo. Seres contradictorios a quienes poco importan los amigos o la familia, no respetan la palabra dada, son despiadados y carecen de escrúpulos. No hay moral para ellos. De la galería de «bárbaros» se desprende, en primer término, Petru Anicet (hermano de Pavel). Para él la música lo es todo. Frío y brutal, sueña con llegar a ser alguien y a conquistar un lugar preeminente en la música rumana. El dinero y la celebridad podían conseguirse mediante una mujer o mediante el robo. Anisoara, su alumna de piano, de 16 años, de familia rica, se le entrega con frenesí. No vacila en obligarla a robar para él las joyas de la familia. La señora Anicet, al enterarse, se ahorca de vergüenza. La escena final, el entierro de la madre de Petru, está escrita con mano maestra.

    Cuando el autor releyó el libro en 1964, le pareció interesante y atractivo aunque la crudeza de algunas de escenas me ha exasperado. Al propio tiempo, quizá con razón, el salvajismo y bestialidad de estos bárbaros de 20 y 25 años, conservan en la novela toda su actualidad y sentido. Pues estos personajes cínicos, crueles y salvajes se han hecho familiares en Europa Occidental en los últimos años.

    Considerado en su conjunto (por la composición, tipología e ideas), este libro plantea el conflicto generacional y la descomposición de la familia. Contiene pasajes antológicos como la descripción de la extraña atmósfera reinante en casa de la familia Lecca, la fiesta de Felicia o la muerte y entierro de la madre de Anicet. Los personajes, verosímiles y llenos de vida, se comportan y discuten con desenvoltura en un ambiente social pintado con fervor y autenticidad y que constituye uno de los méritos fundamentales del libro.

   Boda en el cielo (1939) es una fascinante historia de amor. Una noche, un joven escritor (Mavrodin) y un ingeniero maduro (Hasnas) se cuentan mutuamente ese gran amor que solo puede tener lugar una vez en la vida. En distintas épocas, los dos conocieron a la misma mujer «única». Ileana y Lena son la misma persona, la encarnación magistral del eterno femenino: candor y sensualidad, delicadeza y gracia, celestial y terrenal. Los retratos de personas y hechos narrados se ensamblan en una sólida construcción arquitectónica. Es una novela impregnada de la poesía del Bucarest de antaño. Un detalle concreto revela la autenticidad del decorado. Durante un largo y hermoso otoño, los enamorados callejean juntos por la ciudad solazándose con los aromas y abundancia de las frutas en la puerta de las tiendas y admirando la variedad cromática del paisaje, verdadero canto lírico a su querida ciudad. Su trazo maestro para el retrato, su penetración psicológica y el poder evocador del autor movieron a un jurado de críticos literarios a considerar a Boda en el cielo, casi medio siglo después de haber sido escrita, como la mejor novela extranjera publicada en Italia en 1984.

    El elemento fantástico es otra dimensión fundamental de la literatura eliadiana. A este respecto cabe mencionar en el periodo de entreguerras La señorita Cristina (1936), La serpiente (1937), El secreto del Dr. Honigberger y Medianoche en Serampor (1940). Las dos primeras están estrechamente ligadas a las tradiciones populares rumanas mientras las otras dos descubren los «misterios» de la India y nos introducen en el «mundo invisible».

    También los primeros relatos publicados después de la guerra pertenecen al género fantástico, Un hombre grande (1952), La hija del capitán (1955), El adivinador de piedras (1959), El burdel de las gitanas (1959) y El viejo y el funcionario (1967). Las dos últimas son consideradas obras maestras.

   El burdel de las gitanas tiene como marco el Bucarest de los años treinta. Estamos en una ciudad agobiada por un calor tórrido, cuando «todo el mundo» se ha ido de veraneo. El autor, que aspira a las esencias, crea arquetipos. El relato nos presenta los temas que se encuentran en otros de los libros eliadianos como la salida del tiempo, lo sagrado camuflado en lo profano y el laberinto. En los ocho episodios hay una continua interpenetración entre lo real y lo fantástico. El camino de la vida a la muerte del personaje principal, de lo profano a lo sagrado, se presenta con sencillez y naturalidad. Gavrilescu «pasa al otro mundo» de modo natural, junto a Hildegard, su mujer amada. Idéntica salida del tiempo y del espacio nos encontramos también en La noche de San Juan cuando Stefan encuentra finalmente a Ileana, la mujer que el destino le había predestinado. Se han hecho muchas analogías entre los personajes de El burdel de las gitanas y los mitológicos. Las tres muchachas han sido comparadas con las Magas, seres imaginarios que, en la creencia popular rumana, deciden la suerte de los hombres al nacer, la vieja con Cerbero y el cochero con Caronte, el barquero que atraviesa la laguna Estigia. Pero no busquemos insistentemente «claves», por más que Mircea Eliade considere a su literatura como hija de la mitología.

    Como se deja dicho, el paisaje bucarestino es fundamental en la obra eliadiana, sobre todo el de entreguerras. La vida literaria de los viejos cafés Corso y Capşa, el ajetreo de Calea Victoriei y los bulevares, los jardines de Cismigiu, los parques y mansiones de la aristocrática Carretera, la descripción de las viejas casonas señoriales (sirva como paradigma la que hace en El secreto del doctor Honigberger, de la misteriosa y patriarcal casa de la señora Zerlendi) son un canto lírico a su querida ciudad que en sus libros tiene una sustatividad propia, una vida tan propia como la de los personajes. Nadie en la literatura rumana ha descrito con tanto amor y realismo a Bucarest, un Bucarest que, en buena medida, ya no existe.

    En un mundo de violencia, a finales del siglo y del milenio, la obra literaria de Mircea Eliade desprende serenidad, armonía, clemencia y amor (por más que a veces se describan formas nocivas de agresividad y brutalidad). ¿Cuál es el «secreto» por el que Eliade atrae en igual medida a sutiles exégetas y a millares de lectores? Es difícil decirlo. En primer lugar, un talento innato y no «hecho».  Nadie podrá explicar la causa del embrujo y del encanto que le subyuga al leer Maitreyi o El viejo y el funcionario. Utilizando distintas modalidades literarias (novela realista, exótica, mágica, fantástica o el retablo social), todo es natural y encaja a la perfección impregnado de fervor. La autenticidad y la sinceridad no solo se hallan en los libros narrados en primera persona.

    Con independencia del tema y de los procedimientos artísticos, nunca encontramos vulgares mistificaciones. La verosimilitud es su rasgo característico básico, incluso en la literatura fantástica el paso de lo real a lo irreal se presenta de forma verídica. Véase, por ejemplo, en El tiempo de un centenario, donde trata de «justificar» mediante una teoría científica algo que el lector sabe que no es real, que una corriente de dos millones de voltios puede regenerar el tejido humano, para así meterlo dentro de la historia. Ahí reside además la diferencia de lo fantástico en Eliade con la ciencia ficción. Mientras en este último género la acción tiene lugar en un mundo, por lo general, futuro y en un medio absolutamente irreal y científicamente distinto al actual, los relatos eliadianos se sitúan en un plano contemporáneo y donde todo parece normal y, de pronto, dentro de esa normalidad sucede lo extraordinario a un personaje, sale del tiempo, cambia de plano, pasa de lo profano a lo sacro, sin que nadie lo advierta, incluso a veces ese personaje es incapaz de ver esa irrealidad en la que vive, como el caso de Gavrilescu el de las gitanas que busca toda clase de explicaciones «lógicas» a su anormal situación de salida del tiempo. Otro ejemplo es el de Dominic Matei, el viejo protagonista de El tiempo de un centenario ya citado, que en la noche de Resurrección recibe la descarga de un rayo y, en vez de morir, rejuvenece y adquiere una memoria prodigiosa; en parte, recuerda al cuento de Borges Funes el memorioso.

    Creador impresionante de tipos humanos, sobre todo del encanto, frescura y atracción magnética de la mujer. Todos los exégetas coinciden en que sus retratos literarios de mujer son insuperables, la Ileana de Boda en el cielo o los personajes femeninos de La noche de San Juan (por no hablar de Maitreyi, personaje al fin y al cabo real) revelan un profundo conocimiento del alma femenina y rayan a gran altura, tanto que pueden codearse con los mejores de la literatura actual.

    Cuentista de la estirpe de los que dieron lugar a Las 1001 noches (¿qué es el viejo Farama, de El viejo y el funcionario, sino un trasunto de Scherezade?), paisajista sin par que sabe captar los detalles, la variedad cromática de las estaciones e incluso los olores, Mircea Elide es un demiurgo, un creador de vida. Su obra literaria es un convincente llamamiento al bien, a la verdad y a la belleza, todo ello arropado con una emoción que llega al más alto grado de tensión.