Author Topic: LA LUNA COMO EL GRAN CONTRA PESO  (Read 2158 times)

ArjunaV

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LA LUNA COMO EL GRAN CONTRA PESO
« on: Diciembre 17, 2008, 01:27:02 pm »
De: Alias de MSNThe_dark_crow_v301  (Mensaje original)   Enviado: 26/08/2006 8:41

LA LUNA

LA LUNA COMO EL GRAN CONTRA PESO

La Luna es el retoño de la Tierra. En la ciencia y en el mito se ha conocido y expresado esta idea en una u otra forma desde los primeros albores de la Historia. La teoría del siglo XIX, que la Luna era un fragmento arrancado a la Tierra aún no formada durante un cataclismo cósmico, hacía eco otra vez en lenguaje nuevo a la leyenda griega de que Selene nació de Theia.

Sólo que la leyenda griega es más sugestiva en muchos aspectos Porque va más allá, agregando que Selene, la Luna, era hija de Theia, la Tierra y de Hyperión, el Sol; que era amado por Pan, el mundo de la Naturaleza, pero estaba enamorada de Endimion, la Humanidad, a quien Zeus adormeció interminablemente. Hay, aquí, sugerencias de muchos papeles, que hacen a nuestras explicaciones puramente geológicas curiosamente sencillas y nada convincentes.

Sin embargo, debe primero aclararse el cuadro general. Un núcleo vitalizante a cuyo alrededor gira un cierto número de satélites, cada uno de los cuales desempeña una función para el todo, parece ser el esquema fundamental de nuestro Universo. Así está el Sol con sus planetas, los planetas con sus lunas, los núcleos atómicos con sus electrones. Vemos una analogía ulterior en la vida humana en donde el padre sostiene en la misma forma a los “satélites” de su familia; el patrono a sus trabajadores, y el profesor a sus alumnos. Quizá podamos ir más allá, y sugerir que en el mismo cuerpo humano los varios órganos y sus funciones giran análogamente alrededor del corazón, del que depende la unidad y cohesión del todo.

De modo que en cada escala el desarrollo se mide, en mide, en un, sentido, por la responsabilidad. El trabajo de un hombre puede sostener a dos que de él dependan; el de otro hombre a doscientos; el núcleo de un átomo de carbono lleva seis electrones, el de cobre, 29. Marte sostiene dos lunas, Júpiter a 9. Tales satélites pueden imaginarse de muchos modos — como prole, como discípulos, como dependientes, o aún como ‘funciones” de su “sol”. Estudiando el Sistema Solar y sus planetas, aparece claro que cada uno de estos símiles contiene un cierto elemento de verdad. En cualquier caso, este arreglo cósmico parece implicar algún modo una ‘responsabilidad’ del Sol para sus satélites, un ‘servicio’ que ellos deben rendir en cambio, y, también, un paso de energía o conocimiento del Sol a sus satélites y una aspiración recíproca de os últimos por adquirir una energía semejante a la de él y finalmente para emular su luminosidad.
Ahora bien, en relación con su satélite, la Tierra tiene una responsabilidad que parece única en el Sistema Solar. Sólo tiene una Luna, el tamaño de ésta comparada con su madre es tal, que ni aún el mismo Sol parece desempeñar una tarea semejante. La masa total de todos planetas del Sistema Solar es sólo un ochociento avo de la propia masa del Sol. Pero la masa de la Luna es nada menos que un ochenta avo de la de la Tierra. Parece que la Tierra soporta diez veces más, comparando los tamaños, que el Sol.
Es cierto que sostiene este peso a una distancia relativa mucho más ana. Y la importancia de la distancia será clara si uno trata de sostener un peso de un kilogramo al extremo de un brazo, extendido a un lado, al extremo de una cuerda de dos metros. La Tierra, de hecho, es como un hombre que lleva un peso de un kilogramo en el extremo diez metros. En las condiciones más favorables, la tarea colmaría al máximo el límite de resistencia humana.
No sólo por la masa de su satélite está la Tierra especialmente agobiada sino, también, por la distancia a que debe sostenerla. Porque la Luna se desplaza a no menos de 30 veces el diámetro da la Tierra. Sólo Saturno sostiene una Luna grande a distancia semejante, y ésta, comparativamente, es una pluma.

El efecto de esta carga para la Tierra es semejante al del nivelador de pesos de un reloj de péndulo, al del lastre para el navío, o al de las esferas de acero que se desplazan actuando como directrices de un motor. Donde quiera que la energía motriz se aplica a un mecanismo, alguna clase de peso es necesaria para suavizar y acentuar la fuerza animadora, y para impedir que el todo se lance en el espacio. Ya hemos visto cómo en el cuerpo humano, construido con un número reducido de elementos, es necesario el peso denso del yodo, abajo, para balancear el principio activante del hidrógeno, arriba. En nuestro ejemplo tomado de la vida humana, la responsabilidad de un niño actúa como pe so o mando sobre los deseos motivadores de sus padres, poniendo freno a sus impulsos centrífugos, y conduciéndolos más allá de momentos de inercia y laxitud. Exactamente en la misma forma, la Luna actúa como mando para la Tierra, igualando y administrando la energía solar.
Este efecto es mejor conocido en la influencia de la Luna sobre las mareas. Sin este equilibrador de pesos, los líquidos tenderían a ser arrojados fuera de la superficie terrestre por la atracción y el calor del Sol, al girar la Tierra. La Luna neutraliza este efecto, estirando las grandes masas líquidas de los océanos, cuando pasa mucho más lentamente sobre ellas. Su efecto real como lo ha asentado el Abate Moreux, es reducir en grado mínimo el peso de los objetos colocados inmediatamente de bajo de ella. Aligerado por un diez milésimo de su masa, el océano se eleva un metro bajo la acción directa de la Luna. Todos los múltiples fenómenos de las mareas resultan de esta acción.
Lo que, sin embargo, ha pasado desapercibido en los tiempos modernos, es que no sólo los océanos, sino que todos los líquidos están sujetos a esta acción. El efecto de marea de la Luna actúa igualmente sobre los líquidos incorporados a la materia orgánica, como sobre los que están libres. Y de hecho, el efecto es evidentemente mucho más fuerte, puesto que los minúsculos capilares por los que se mueven los líquidos orgánicos, los dividen en masas tan pequeñas, que obedecen más bien a leyes moleculares que mecánicas, y son por tanto infinitamente más sensibles que las grandes cantidades de agua con las que estamos más familiarizados.
En esta escala molecular, el efecto de atracción o alzamiento de la Luna es muy evidente y, sin duda, provee de base a muchas tradiciones populares, tales como la creencia de que el desarrollo de las plantas se efectúa en la noche y especialmente en las noches de luna. En forma particular la Luna parece ejercer esta influencia en los fluidos sexuales. El científico sueco Svant Arrhenius ha mostrado estadísticamente que la ovulación humana sigue el período de 27.3 días en que la Luna completa su circuito sideral en el firmamento (más bien que en el período ligeramente más largo de sus fases). En años recientes, observaciones cuidadosas han establecido ritmos sexuales semejantes en cangrejos, gusanos, Ostras, concha y erizos de mar, con variaciones cOrrespondien tes en su melosidad. El contenido de agua de los melones, calabazas y algas marinas sigue el mismo Estudiando los biólogos marinos los lugares de pesca de East Anglia y Milford Haven, han mostrado que las pescas máximas coinciden con la atracción de la Luna, en tanto que los organismos del plankton y las algas flotantes de la costa californiana, varían en la misma forma.’
Debe hacerse notar que todos estos ejemplos se han obtenido de organismos cuyo contenido de agua es excepcionalmente alto. Pero, puesto que toda la Naturaleza es húmeda en esencia, la influencia que ejerce la Luna sobre ella varía sólo en grado. Dondequiera que haya líquido hay movimiento lunar. Selene es, en verdad, amada por Pan, cuyos movimientos dependen todos de su atracción. El mundo de la Naturaleza engendrado por el Sol, hecho de la Tierra y revestido de forma por los planetas, es dotado de movimiento por la Luna.

De este modo la Luna toma su lugar natural entre los cuerpos ce lestes en su jerarquía de influencia sobre las materias de la Tierra. Hemos visto ya como del Sol puede decirse que controla o influencia la materia en estado electrónico o radiante, cómo los planetas controlan ó influencian la materia en estado molecular o gaseoso, y cómo la Tierra —mediante la fuerza conocida por gravedad— controla e influye en fa materia en estado mineral o sólido. La influencia de la Luna —mitad planeta menor, mitad satélite terrestre— tiene así efecto, natural mente, sobre las materias en estado intermedio entre el molecular y el mineral, entre el sólido y el gaseoso; es decir, sobre la materia en estado líquido.
Y desde que el organismo humano es agua en el 72%, en ese grado sus movimientos y tensiones no le son propios, sino resultado desapercibido de la atracción de la gran niveladora de pesos de la Tierra. En otras palabras, podemos decir que la Luna, balanceando la atracción de la Tierra y el Sol, mantiene en suspensión a todos los líquidos orgánicos Sin su apoyo, todos los organismos húmedos se aplastarían, deprimidos por la gravedad solar y terrestre. Si un hombre se yergue derecho con su columna de sangre y linfa erecta sobre el suelo, es la Luna la que permite que esto sea posible. Si levanta un brazo, es la Luna la que le permite vencer la fuerza de gravedad; del modo como la pesa de un reloj permite que se levante el contrapeso.

Hay una curiosa deducción del poder de Luna sobre el movimiento. Hemos dicho ya que el Sol controla la fuerza de vida, la energía vital del hombre y que los planetas controlan sus diferentes funciones y la forma individual que emerge de sus grados variables de desarrollo. Podemos decir que su vida pertenece al Sol, su tipo o esencia a los planetas. De este modo, cuando el movimiento del hombre surge ya del estímulo de su principio de vida ya de las necesidades de su naturaleza esencial, no es todo un efecto lunar sino resultado, como si dijéramos, de una combinación lunar-solar o lunar-planetaria de influencias. Lo que totalmente está bajo la acción de la Luna es el movimiento que no satisface su estímulo de vida ni su esencia, esto es el movimiento sin objeto alguno, el movimiento completamente sin finalidad.

Solamente un hombre que ya ha empezado a estudiarse se dará cuenta de qué parte inmensa juegan estos movimientos sin finalidad en la vida humana. No sólo todas las clases de movimientos nerviosos, agitación, gestos mecánicos de manos y brazos, cambios en la posición del cuerpo, golpes en la cara o las mejillas, los golpes repetidos de pies y tamborilear de los dedos pertenecen a esta categoría, sino también el juego mecánico de los músculos faciales que, en mucha gente, produce incesantemente risa, fruncimiento del ceño, muecas de toda especie, sin que tengan nada de la emoción correspondiente. Puede decirse literal mente de la mayoría de los que no entran en el trabajo físico intencionado que utiliza la energía motora en forma correcta y moral, que nunca están quietos.
Esto puede ser difícil de creer. Empero, apenas se requiere más que el sencillo experimento de intentar permanecer completamente inmóvil en alguna posición, aún la más cómoda, por cinco minutos, para probar que es un hecho literal. Casi toda la vida de vigilia y sueño de muchos vecinos está ocupada por movimientos involuntarios, no reconocidos, y completamente sin objeto. Estos son los que se entiende están bajo el poder de la Luna. Porque el hombre o la mujer cuyo mecanismo físico ha estado en movimiento involuntario durante, digamos, doce horas estarán tan exhaustos que no les quedarán energías para aquellas cosas que desde el punto de vista de su naturaleza real les gustaría tanto como tanto deberían hacer.

ArjunaV

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Re: LA LUNA COMO EL GRAN CONTRA PESO
« Reply #1 on: Diciembre 17, 2008, 01:27:32 pm »
De: Alias de MSNThe_dark_crow_v301   Enviado: 26/08/2006 8:42

Tenemos, así, la extraña situación de que la Luna gobierna lo que no tiene realidad física en el hombre, lo que no existe, la ilusión. Y si se objetase que tener poder sobre la ilusión es, después de todo, no tener poder alguno, atestigua esto solamente el hecho extraño de que el poder de la ilusión permanece siempre invisible para el hombre por él gobernador — y cuanto más fuerte el poder de la ilusión sobre aquél, más invisible permanece.
Pues una parte muy considerable de movimientos involuntarios y sin objeto pertenecen al hábito; esto es, a algún movimiento, acción o reacción realizado originalmente por alguna razón, buena o mala, pero que continúa repitiéndose por sí misma ad infinitum, mucho después que se ha olvidado la razón original y han cambiado las circunstancias. Una vez más, podemos decir que una parte muy grande de la vida humana está entregada a las realizaciones de los hábitos y que toda ésta se halla bajo la influencia de la Luna, y nada más que de ella.
Un hábito característico que se extiende generalmente a todos los aspectos de la vida del hombre, en ocasiones es su principal debilidad. Por ejemplo, un hombre tiene, por una parte, la tendencia a ser tímido y, por otra, la tendencia a ser meticuloso en la ejecución de pequeñas tareas. Mientras es niño adquiere el hábito de querer terminar lo que está haciendo antes que reunirse con otras gentes. Gradualmente comienza a parecerle correcto e inevitable completar aun la tarea más trivial antes que cumplir una cita. Todavía más tarde, si no tiene una tarea que le demore en su encuentro con la gente, se la inventará. Y así, al final, ocurre que —muy literalmente— nunca cumplirá una cita.
Una debilidad principal de esta clase puede aquejar a toda la vida de un hombre, echarlo en dificultades sin cuento, impedirle cumplir cuanto intente hacer. Y, cosa curiosa, para este mismo hombre la debilidad puede quedar bastante desconocida e invisible. Porque le parecerá cada caso separado e inevitable y nunca se le ocurrirá que podría actuar de algún otro modo.
De esta manera la debilidad principal se erige sobre el hábito, el hábito sobre la acción involuntaria y la acción involuntaria sobre los movimientos sin propósito. Y toda esta secuencia surge de la influencia aparentemente inocente de la Luna sobre la materia líquida. Es por esta razón que el sendero del desarrollo de la conciencia se describe en ocasiones como ‘escapar del poder de la Luna’.
Pues el ‘lunatismo’ todo de la principal debilidad radica precisamente en su mecanicidad, la naturaleza automática de su manifestación. Tan pronto como se la ve, cambia de naturaleza. Y con la introducción de conciencia y control, surge la posibilidad de usar intencionalmente su debilidad para servir a un propósito definido. Donde esto ocurre, la ‘principal debilidad’ puede ser gradualmente transformada en la ‘principal fuerza’, la ‘capacidad especial’ por medio de la cual el individuo se distingue y sólo a través de la cual puede alcanzar su objeto y servir.
Hasta donde es líquido, el hombre hace lo que le dicta la Luna. Pudiera decirse en realidad, que es lunático, si no fuera por sus otras materias y energías más finas que son independientes de esta influencia. Porque así como la luz no están sujetas a la gravedad, así las funciones de la razón y las emotivas, actuando mediante energías eléctricas más que líquidas, no necesitan seguir el flujo lunar. Y en tanto que el centro de gravedad del ser de un hombre resida en ellas, será independiente de la Luna. Pero en cuanto es sangre y linfa, es su criatura. Selene, como lo proclamó la leyenda griega, está enamorada de Endimión, pero, él —a diferencia de Pan— sólo es en parte suyo. Y de despertar a la conciencia del sueño al que por hechizo lo sometió Zeus, cesaría de serlo por completo.
LA LUNA Y- EL MAGNETISMO
Ahora demanda atención una función de la Luna completamente diferente. Hemos visto que el peso y distancia de la Luna tienen gran 1 significación desde el punto de vista de la Tierra. Pero varios hechos curiosos acerca de su peso y distancia sólo se pueden explicar suponiéndole una relación igualmente íntima con el Sol.
Es bien sabido que en ciertos eclipses totales el disco de la Luna coincide exactamente con el del Sol, oscureciendo toda su superficie pero dejando visible la corona de fuego de que está rodeado. Esto es tan sobradamente conocido, que nadie le considera extraordinario. Pero si la Luna fuera mayor o menor por unos cientos de kilómetros y estuviera más o menos lejana unos miles de kilómetros, no podría ocurrir la coincidencia exacta. Se ha escogido este aspecto particular entre todo el inmenso rango de tamaño y distancia que es, al parecer, posible para un satélite. De modo claro, tal combinación de tamaño y distancia debe tener algún significado, representar un foco en algún campo de fuerza no percibido.
Dicho en otras palabras, si imaginamos que un rayo convergente de luz que emana del Sol estuviera enfocado en el punto central de la Tierra, la Luna estaría colocada exactamente para cortar ese rayo de luz, en ciertas circunstancias recurrentes que llamamos eclipses. En términos propios de nuestra analogía eléctrica del Sistema Solar, considerado como una serie de transformadores, significaría que una de las funciones de la Luna es modificar en cierto modo la influencia constante del Sol, en una corriente interrumpida. El principio es semejante al utilizado en un timbre eléctrico, donde se usan un imán y un resorte para permitir el paso y suspender una corriente continua y por medio de una armadura o laminilla que es atraída alternativamente por ellos, producir una oscilación mecánica que escuchamos en forma de sonido.
Investigando más, encontramos que la secuencia de esos eclipses o cortes de la corriente solar son completamente regulares y se repiten tras períodos que duran dieciocho años y once días, llamados Saros por los antiguos. En el interín, son observados 28 eclipses totales del Sol en una u otra parte del mundo. Por tanto, el mecanismo de la Luna pare ce interrumpir la radiación solar con una frecuencia de alrededor de 120 ciclos en los 80 años que calculamos sería un momento de percepción del Sol. Correspondiendo 80 años en el tiempo del Sol a un treintécimo de segundo del tiempo del hombre, equivaldría esto a una frecuencia de 4 kilociclos.
Otro hecho poco señalado apoya esta apreciación de la Luna como un mecanismo productor-interruptor de la corriente solar. Cuando se toma en cuenta el mismo movimiento terrestre, la velocidad de la revolución lunar alrededor de la Tierra en 27.3 días se encuentra que es exactamente la velocidad de la rotación solar sobre su propio eje en 25.3 días. Ya sea que este engranaje sea motivado por alguna razón mecánica invisible o por una influencia fotoeléctrica, el efecto es como si el So diera vuelta a la Luna en su órbita, como lo hacen dos dientes de rueda de igual diámetro, que siempre oponen y engranan la misma cara. Nuevamente, es imposible creer que tal coincidencia de velocidad sea accidental y uno sólo puede suponer que, aunque la Luna está agregada al campo de la Tierra, forma, también, parte de un mecanismo solar para producir la fuerza alterna requerida.
En relación con la frecuencia interruptora de la Luna (4 kilociclos), las radiaciones solares son indudablemente de una frecuencia mucho más alta. Por tanto, el efecto de la Luna es producir pulsaciones de corriente de alta frecuencia. En teoría eléctrica ordinaria, esto daría lugar a una corriente alterna en cualquier circuito adyacente, sintonizado en la frecuencia en que ocurren las pulsaciones. Justamente puede considerarse a la Tierra como tal circuito.
Suponiendo que nuestro análisis es correcto, ¿cuál es el propósito o efecto de crear una corriente de alta frecuencia en el campo de la Tierra? Las implicaciones cabales de esta pregunta se encuentran muy por encima de nosotros. Empero, tenemos un efecto específico asociado con corrientes de alta frecuencia, que es sugestivo desde nuestro punto de vista. Este es el fenómeno conocido por los electricistas como “efecto de superficie”. Si una corriente directa de baja frecuencia pasa por un alambre, corre uniformemente a lo ancho de toda la sección, como el agua por un tubo. Pero mientras mayor sea la frecuencia, más tiende la corriente a correr cerca de la superficie del alambre, y en las rápidas radio-frecuencias es casi enteramente conducida por la superficie. Precisamente en la misma forma el agua pasa por un cañón espiralado, tendiendo a ir hacia la periferia y dejando un vórtice en el centro.
Luego, uno de los resultados obtenidos por la creación lunar de un efecto de alta frecuencia, puede ser el de hacer que la energía solar transformada se mantenga discurriendo por la superficie de la tierra en el tiempo; es decir, corriendo a través de la parte de la Tierra cubierta por el mundo de la Naturaleza y por la vida orgánica. Después, ya sea que consideremos eléctricamente al fenómeno como un “efecto de superficie” o mecánicamente como la tendencia centrífuga del agua en un tubo en espiral, el efecto será producir un jalón excéntrico o un efecto de levantamiento en la superficie de nuestro conductor.
Habiendo partido de un punto de vista completamente diferente, llegamos de nuevo a la misma concepción de la Luna como sostenedora de la vida orgánica, como aquello que mantiene a las cosas vivientes erectas en la superficie de nuestra Tierra. Tal como el invisible operador de títeres que sostiene los hilos por los que se anima a los muñecos. Es, como antes vimos, el gran magneto de toda la Naturaleza, que ejerce sobre ella su influencia magnética tres veces más potente que la de todos los planetas juntos. Sostiene los millones de campos magnéticos separa dos que animan a todos los cuerpos individuales vivientes sobre la Tierra y que así se distinguen de los muertos.
Cada organismo vivo, dotado de vida por el Sol, constituye un tal campo magnético efemérico individual. Puede decirse en verdad, que posee un cuerpo magnético, además de su cuerpo físico. Y son tales cuerpos magnéticos los que tanto son producidos como influidos por la acción magnética de la Luna, aunque reciben su forma y variedad por el magnetismo menor y siempre cambiante de los planetas.
En el caso del hombre, este campo magnético o cuerpo magnético tiene muchos aspectos interesantes. Este es el que, estudiado por Kilner y Bagnali a través de pantallas de tintura de cianina, se presenta como una especie de aura que se extiende dos o tres pulgadas en todas direcciones afuera del cuerpo físico. Como podríamos esperar, tiene una afinidad particular por los cuerpos líquidos, en especial por la sangre arterial que es, a base de su contenido férreo, el vehículo del magnetismo; y es más fuerte en aquellos individuos que tienen un rico y abundante caudal sanguíneo y es más tenue en los delgados y anémicos. Se conecta estrechamente, así, con el estado de salud tanto del cuerpo en su conjunto como de sus partes separadas.
Es por este cuerpo que un hombre es sensible a los estados físicos de otros y siente de inmediato simpatía hacia uno y aversión por otro. Este es, también, el medio de la ‘simpatía’; es decir, de la comprensión o del ‘sentir con’ el sufrimiento físico o la necesidad o el bienestar de otro, aunque esta capacidad no debe confundirse con la comprensión emocional que es mucho más rápida y penetrante.
La estrecha conexión entre el cuerpo magnético y el torrente sanguíneo hace de aquél un factor importante de curación. Aparte del poder del individuo mismo para concentrarlo por la atención en un lugar de terminado, algunas personas tienen la capacidad natural de suavizar o polarizar los cuerpos magnéticos de otros. Cuando es éste un poder auténtico, nos encontramos con los ‘curadores por la fe’ o los ‘sanadores psíquicos’. En algunos lugares donde se ha concentrado muchísima fuerza magnética durante largo tiempo, tales como determinados centros de peregrinación, es posible que este ‘suavizamiento’ del cuerpo magnético pueda hacerse impersonalmente y que en las personas sensitivas se produzca una sensación de bienestar especial y aún ‘milagros’ físicos. En otros casos, la acción sobre el cuerpo magnético de otros puede adoptar la forma del mesmerismo o hipnotismo.
En su estado normal el cuerpo magnético es fluido y nebuloso, que abarca todo el cuerpo físico o quizás está más concentrado alrededor del corazón. La atención fija tiene el poder de concentrarlo y, por medio de esto, de incrementar el torrente sanguíneo a un sitio particular. Pero, también, existe la posibilidad de que algún choque o violencia terrible de naturaleza emocional, particularmente en el momento de la muerte, pueda congelarlo’ de modo permanente o semi-permanente en una forma dada. En este caso puede retener su forma o campo aun después de la desintegración del cuerpo vivo que le dio origen. Es esta posibilidad la que esta en el fondo de todos los relatos de fantasmas, espectros, aparecidos y de la leyenda de la existencia independiente de un doppelganger
En lo que respecta tanto a los fenómenos normales y anormales conectados con el cuerpo magnético, empero, es más importante recordar que este último es un fenómeno puramente mecánico. Nada conectado 1 con el cuerpo magnético y, en general, nada sometido a la influencia de la Luna, puede tener jamás ninguna conexión sea con el desarrollo psíquico sea con el de la conciencia.
LA LUNA COMO VÁSTAGO DE LA TIERRA
Una de las principales características de la Luna, se apuntó con anterioridad, es que ahí nunca sucede nada. Los telescopios modernos dan: la visión del hombre tan cerca a la Luna, como lo alejan de la Tierra los cohetes equipados con cámaras. En otras palabras, el hombre puede ver ahora a la Tierra y a la Luna desde iguales distancias. En realidad, iluminada por la luz cegadora del Sol que no se ha hecho difusa por la presencia d la atmósfera, la superficie de la Luna se revela tan vívidamente como ama planicie terrena vista desde un aeroplano transcontinental.
Pero, aún estudiándola de principio al fin del año, el observador se da cuenta con una sensación de horror creciente, que ahí nada cambia jamás. Las mismas cadenas de dentadas montañas iluminadas por un blanco brillante en contraste con las hundidas sombras negras; los mismos cráteres de treinta kilómetros de ancho como salpicaduras en un platillo de leche congelada por toda la eternidad; los mismos interminables desiertos de ceniza volcánica, ora a la temperatura del agua hirviente bajo un sol vertical, ora a 80°C. bajo cero cuando pasa al interior de la sombra — todo esto es exactamente idéntico hoy y mañana; así fue en la época de César y así será de aquí a mil años.
No sólo no existe ahí cosa alguna que crezca, no hay estaciones, ni vientos, ni aún escarcha o hielo. Solamente una columna aislada y silenciosa de polvo cuando choca un meteorito, sólo un día cegador y una noche negra como azabache petrificada por el frío del espacio exterior, ‘— éste es el grado de variación. Extrañamente, la descripción más precisa que puede darse de la Luna, se puede encontrar en las descripciones medioevales del infierno. Porque sólo éstas dan idea del fuego eterno
:-Y del frío eterno, de la imposibilidad de mejoramiento. Estamos tan acostumbrados al constante flujo y calidad transitoria del mundo de la Naturaleza, que nos es casi imposible concebir, en términos ordinarios, un mundo en el que el tiempo no acarrea cambios.
Todo esto es característico de un mundo en que las primeras octavas de materia que discutimos en el último capítulo, faltan por completo. Si fuera posible trazar una tabla de elementos lunares, principiaría probablemente por abajo del oxigeno, donde las principales materias de la vida orgánica se esfuman. En todo caso estas materias se encontrarían sólo ‘aprisionadas’ en la forma de sales metálicas y minerales.
La única especie de cambio que parece ocurrir en la Luna y que puede ser posiblemente la primera preparación para la vida ahí después de innúmeras edades, es una tendencia del polvo, originado por los meteoros que caen y las rocas fragmentadas, a precipitarse hacia una sola re ión donde parece estar llenando los cráteres apagados y donde estaría o, con lentitud inmensurable, una vasta planicie de limo en polvo Anteriormente estudiamos la conexión entre la rotación y la separación de materias en diferentes estados que puede dar origen a la atmósfera, y la vida orgánica. La Luna no rota y es, como supondríamos ie un cuerpo donde todavía no se ha producido una fuerza centrífuga, una masa sólida y homogénea de materia en estado mineral
¿Qué posibilidades tiene la Luna de adquirir el movimiento de rota n y así, con el tiempo, ganar aire y vida? ¿Está realmente creciendo? e respuesta, podemos presentar cuatro hechos. Al presente la Luna es r té a una distancia 30 veces el diámetro de su progenitora, la Tierra. No rota. Mercurio está alejado a 42 veces el diámetro de su progenitor, el Sol. No rota. Venus está alejado a 77 veces el diámetro de su progenitor, el Sol, y ha comenzado a rotar. Todos los planetas más lejanos rotan y en general, cuanto más lejos son lanzados tanto más rápido giran. Entretanto, ciertamente la Luna y probablemente los planetas, están alejándose lentamente de su luminaria.
Parece de este modo en extremo probable que un planeta o satélite, originariamente desprendido del cuerpo de su progenitor, adquiere el poder de rotación y, consecuentemente, de vida propia independiente, sólo cuando se ha emancipado a una determinada distancia definida de su fuente de origen. Esta distancia parece estar entre cincuenta y setenta veces el diámetro del progenitor. Sobre este cálculo, la Luna tendrá que estar dos veces más lejos de la Tierra de lo que está ahora, antes que pueda comenzar a rotar y generar vida. Está, de hecho, a mitad de camino entre la concepción y el nacimiento como planeta independiente. Si ésta es, entonces, la criatura de la Tierra, ¿qué clase de criatura es? Buscando una analogía humana, tenemos que retroceder más allá de la niñez, de la infancia y aún del nacimiento, para descubrir algún paralelo. El vástago no sólo no ha nacido, sino que ni siquiera ha sido vivificado. Es como el embrión o forma de un mundo futuro que hasta ahora carece de vida o movimiento propios.
Para un observador que estuviera familiarizado con los seres huma nos vivientes, con sus movimientos y cambios constantes, su incesante juego de expresión, de tono, de posturas, etc., y que en alguna forma estuviera capacitado para observar un feto inanimado en el vientre de su madre, le parecería que este feto estaba completamente desprovisto de vida inalterable. Podría decir que nada le estaba ocurriendo y que carecía de posibilidades. Y, de hecho, durante varios meses, en los que un adulto puede vivir una infinidad de experiencias, aquél observador estaría en lo cierto, porque ninguno de los cambios superficiales con estuviera familiarizado, sería aparente. Comparándolo con los hombres y mujeres que conociera, podría decir que el feto estaba muerto. Tal puede ser el es lado de desarrollo de la Luna terrestre.
Pero si esto es así, ¿cómo es que se nutre la Luna? Un embrión de esa naturaleza depende para su existencia misma, hasta que nazca como organismo independiente, de su participación en la corriente sanguínea de la madre. Recibe de ella la necesaria nutrición para su crecimiento.
La esfera desolada de la Luna no es todavía capaz de transformar directamente la luz solar Hasta que adquiera vida y atmósfera propias debe recibir esta energía predigerida por la Tierra
Hemos visto las variadas influencias de la Luna sobre la Tierra ¿Cuál es la influencia correspondiente de la Tierra sobre la Luna? ¿Qué pasa de la madre al vástago? De nuevo, en esta ocasión el fenómeno que hemos descrito diversamente, como atracción lunar, su efecto de alzar o chupar, su creación de una corriente centrífuga hacia afuera de la Tierra, nos ayudaría a responder a la pregunta. Porque todas son maneras simples de describir el efecto de cierta corriente de la Tierra a la Luna, como la corriente de sangre de la madre al producto no nacido.
La Luna alza o chupa a toda la creación orgánica de la superficie de la .Tierra. Pero su poder de atracción no se detiene ahí. Y existen muchas razones para sospechar que en el momento en que los organismos mueren y sus elementos retornan al seno de la Tierra, esta atracción es satisfactoria en alguna forma y se completa un circuito magnético. Cuando el titeritero suelta a sus muñecos estos caen en el escenario y se convierten en fragmentos inertes de yeso y ropa. Algo pasa de regreso desde éstos a aquél. Es su movimiento, su ilusión de vida, su alma de polichinela
Todo lo que se ha deducido sobre el papel de la Luna nos empuja a creer que es precisamente esta tensión electro-magnética lo que constituye la diferencia entre la materia viviente y la muerta, lo que provee la corriente necesaria para la existencia de la Luna. Cada organismo viviente, dotado de vida por el Sol, constituye un campo magnético individual y efímero. Cuando muere y su capacidad de transformar la fuerza de vida solar se le escapa, se desprende esta tensión magnética. El desprendimiento en cada hora y en cada momento de millones de esos campos magnéticos, grandes y pequeños, sobre toda la superficie de la tierra, induciría una corriente enorme en un conductor adyacente. Y dado que no hay señales de que esta energía sea nuevamente utilizada en la Tierra —puesto que la. nueva generación de seres vivientes siempre provendría de nueva energía solar— tenemos que suponer que es sacada a alguna parte.
De hecho, la corriente magnética libertada por la muerte de la criatura viviente, vuela al nivel más bajo de la ionosfera, que se reconoce ahora como el nivel donde tiene efecto el magnetismo lunar, se une ahí a la corriente magnética general que conecta a la Tierra y a la Luna. Cáculos basados en la demora entre las perturbaciones magnéticas en la superficie del Sol y las repercusiones en la atmósfera, han demostrado que las influencias magnéticas viajan alrededor de 700 kilómetros por segundo. En 10 minutos aquello que hace la diferencia entre un cuerpo viviente y otro muerto, ha volado a la Luna, que lo sustentó durante la vida
Esta corriente magnética es la línea de vida de la Luna, el cordón umbilical que la conecta con su madre la Tierra.