Author Topic: La visión de Antonin Artaud  (Read 1602 times)

ArjunaV

  • Newbie
  • *
  • Posts: 133
La visión de Antonin Artaud
« on: Diciembre 09, 2008, 09:49:29 am »
De: Alias de MSNThe_dark_crow_v301  (Mensaje original)   Enviado: 03/06/2005 0:12

La visión de Antonin Artaud

Eran rocas febriles y pálidas
rocas de cicatrices plúmbeas
como poemas revelados bajo
una luz de fósforo mineral;

rocas que hacían de mi senda,
no lo creado por un Dios
Si no...
el temor de lo no creado por los hombres,
lo no tocado por el tiempo;
huellas de pasos ya fosilizados,
animales pesados que se habían enfrentado
en estos cañones desérticos...
Animales furiosos de pieles húmedas
y garras poderosas.
Sabía que al llegar a la aldea Tarahumara
tostado por el sol y el viento despiadado
de la sierra mexicana,
una sonrisa de temida libertad,
júbilo de bestia armónica
cantaría como una cascada
fresca en mi espíritu.

Una niña de dulce mirada
recibió con ternura mi agotamiento y calmó
la ansiedad de ese largo viaje,
con un cuenco de agua en donde el cielo temblaba.

Hablé con el Chaman de la comunidad;
un anciano de frente cuarteada y ojos profundos
como un lago de montaña.
Durante las tardes paseamos por los
alrededores del pueblo
conversando en un rudimentario español
sobre mi preparatoria iniciática.
Respiré fuertemente
el cálido y puro aire de esos días
mientras fortalecía mi cuerpo
con ejercicios lunares y antiguos
como: golpear con las palmas de las manos
ciertos puntos de mi cuerpo,
durante horas enteras;
o permanecer con los brazos en la posición de
quien desea alcanzar una estrella.
Ejercicios que exigían todas mis fuerzas
en un empeño de conocimiento misterioso.

Después me sometí a un ayuno prolongado
y fui sintiendo una embriaguez de ave ligera,
águila sobrevolando un desierto de arcillas terracotas.
Llegado el esperado día
bebí de una fuente negra
y me embriagué en el sagrado zumo del cactus,
me retire solitario a una cueva
donde el Chaman me ordenó esperar
la presencia de Nathual;
allí yo era un coyote y la luna me enamoraría
con refinadas artes de doncella oriental.

Comía setas y bayas azules dispuestas sobre
escudillas de cerámica ritualizada;
y observaba criaturas de fuego que
danzaban con pies ligeros
sobre una hoguera donde crepitaba el oro.
El chaman me había advertido sobre los
peligros del “sendero”:
“Para procurar los “ayudas”,
es mejor no seducir a los elementales…
Dominarlos serenamente en su medio,
es tu objetivo.
El cactus peyote, te da sólo lo que vibra en ti
y por ti se manifiesta,
y es, ésta observación y lucha lo que te da la fuerza”.
**********
El tiempo fluía lento como un río
otras veces cual rítmico y pesado tambor
cuero de cabra al medio día...
Entendí que esta presencia se hacia piel de
tierra,
cuando en las paredes de la gruta
aparecieron símbolos rojos y negros
y las piedras comenzaron a destilar un
calor infernal.
Y apareció como una energía que no decaía,
que lo arrollaba todo con la fuerza de un torrente
lava-hirviente.
Aleteo de pájaros excitados en la noche,
una gran víscera de Dios olvidado,
herida de guerrero no cicatrizada;
oleada de bisontes rojos sobre la pradera;
puñal de ónix en mi garganta,
vegetal multicolor y venenoso
inundándome las venas, quemándome el cerebro.
Una deidad moraba obscura en mí
con su cara de lagarto pétreo
devoraba, una a una, mis palabras.
Y era él,

El demonio de la tribu.
La historia de su muerte y la sombra de su guerra,
entonces grité horrorizado
y mi lamento se extendió
sobre la nocturna sierra.