Author Topic: Osho: No hay mayor mentira que la muerte  (Read 2031 times)

ArjunaV

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Osho: No hay mayor mentira que la muerte
« on: Noviembre 12, 2008, 02:15:00 pm »
De: The_dark_crow_v301  (Mensaje original)
Enviado: 20/03/2006 16:08

No hay mayor mentira que la muerte


AMADOS:
Cuando el hombre ha conocido algo, se libera de ello. Y cuando el hombre ha llegado a conocer algo, es capaz de triunfar sobre ello. Nuestro fracaso y nuestra derrota sólo se deben a nuestra ignorancia. La derrota se debe a la oscuridad: cuando hay luz, la derrota es imposible: la luz se convierte en victoria.
Lo primero que quisiera deciros de la muerte es que no hay mayor mentira que la muerte. Pero, con todo, la muerte parece verdadera. No sólo parece verdadera, sino que parece, incluso, que es la verdad cardinal de la vida: parece que toda la vida está ordenada por la muerte. Aunque la olvidemos, o aunque no la tengamos en cuenta, la muerte sigue estando cerca de nosotros por todas partes. La muerte está aun más cerca de nosotros que nuestra sombra.
Hemos estructurado nuestras mismas vidas a partir de nuestro miedo a la muerte. El miedo a la muerte ha creado la sociedad, la nación, la familia y los amigos. El miedo a la muerte nos ha hecho perseguir el dinero y nos ha hecho ambicionar posiciones sociales más elevadas. Y lo más sorprendente es que nuestros dioses y nuestros templos también han surgido del miedo a la muerte. Por miedo a la muerte, hay personas que rezan de rodillas. Por miedo a la muerte, hay personas que rezan a Dios con las manos unidas y elevadas hacia el cielo. Y nada más falso que la muerte. Por eso, cualquier sistema de vida que hayamos creado creyendo que la muerte es verdadera se ha convertido en falso.
¿Cómo conocemos la falsedad de la muerte? ¿Cómo podemos saber que no hay muerte? Mientras no lo sepamos, no perderemos el miedo a la muerte, nuestras vidas seguirán siendo falsas. Mientras exista el miedo a la muerte, no podrá haber vida auténtica. Mientras temblemos de miedo hacia la muerte, no podremos acopiar la capacidad de vivir nuestras vidas. Sólo pueden vivir aquellos para los que la sombra de la muerte ha desaparecido para siempre. ¿Cómo podrá vivir una mente asustada y temblorosa? Y ¿Cómo es posible vivir cuando parece que la muerte se acerca a cada instante? ¿Cómo podemos vivir?
Por mucho que dejemos de tener en cuenta la muerte, nunca la olvidamos del todo. No importa que llevemos el cementerio a las afueras de la ciudad: la muerte sigue mostrándonos su rostro. Todos los días muere alguien; todos los días se presenta en alguna parte la muerte y hace temblar los cimientos mismos de nuestras vidas.
Cuando vemos que se produce la muerte, somos conscientes de nuestra propia muerte. Cuando lloramos la muerte de alguien, no sólo nos hace llorar la muerte de esa persona, sino también el recuerdo renovado de la nuestra propia. No sólo sentimos dolor y pena por la muerte de otra persona, sino por la posibilidad aparente de la nuestra propia. Toda muerte que acontece es, al mismo tiempo, nuestra propia muerte. Y ¿Cómo podemos vivir, mientras sigamos rodeados de la muerte? Vivir de esta forma es imposible. Así no podemos conocer lo que es la vida: ni su alegría, ni su belleza, ni su bendición. Así no podemos alcanzar el templo de Dios, la verdad suprema de la vida.
Los templos que se han creado por miedo a la muerte no son los templos de Dios. Las oraciones que se han compuesto por miedo a la muerte tampoco son oraciones dirigidas a Dios. Sólo el que está lleno de la alegría de la vida alcanza el templo de Dios. El reino de Dios está lleno de alegría y de belleza, y las campanas del templo de Dios sólo repican para los que están liberados de los temores de todo tipo, para los que se han quitado de encima todos los miedos.
Esto hace parecer difícil, dado que nos gusta vivir con miedo. Pero esto no es posible: sólo puede ser verdadera una de las dos cosas. Recordadlo: si la vida es verdadera, entonces la muerte no puede ser verdadera; y si la muerte es verdadera, entonces la vida no será más que un sueño, una mentira: entonces la vida no puede ser verdadera. Las dos cosas no pueden existir simultáneamente. Pero nosotros nos aferramos a las dos cosas a la vez. Tenemos la sensación de que estamos vivos y tenemos además la sensación de que estamos muertos. He oído hablar de un faquir que vivía en un valle lejano. Mucha gente iba a visitarlo para hacerle preguntas. Una vez, un hombre llegó ante él y le pidió que le explicara algo acerca de la vida y de la muerte. El faquir dijo:
-Te invito a aprender sobre la vida: mi puerta está abierta. Pero si quieres aprender sobre la muerte debes ir a otra parte, porque yo no he muerto ni moriré nunca. No tengo experiencia con la muerte. Si quieres aprender sobre la muerte, pregunta a los que han muerto, pregunta a los que ya están muertos.
El faquir se rió y siguió diciendo:
-Pero ¿cómo podrás preguntar a los que ya están muertos? Y si me pides la dirección de un muerto, no puedo dártela. Pues desde que he llegado a saber que no puedo morir, también sé que nadie muere, que nadie ha muerto jamás.
Pero ¿cómo podemos creer a este faquir? Todos los días vemos morir a alguien; la muerte se presenta diariamente. La muerte es la verdad suprema; se hace visible penetrando hasta el centro de nuestro ser. Podemos cerrar los ojos, pero, por lejos que estemos de ella, sigue visible. Por mucho que nos apartemos de ella, por mucho que huyamos de ella, sigue rodeándonos. ¿Cómo podemos demostrar la falsedad de esta verdad?
Por supuesto, algunas personas intentan demostrar su falsedad. Solo por su miedo a la muerte, la gente cree en la inmortalidad del alma: por puro miedo. No saben: se limitan a creer. Todas las mañanas, algunas personas se sientan en un templo o en una mezquita y repiten: “Nadie muere: el alma es inmortal.” Se equivocan al creer que el alma se hará inmortal por el mero hecho de repetir las palabras “el alma es inmortal”. La muerte nunca se vuelve falsa por estas repeticiones: sólo conociendo la muerte es posible demostrar su falsedad.
Recordemos que esto es muy extraño: siempre aceptamos lo opuesto a lo que no dejamos de repetir. Cuando alguien dice que es inmortal, que el alma es inmortal; cuando repite esto, no hace más que indicar que sabe, muy dentro de sí, que morirá, que tendrá que morir. Si supiera que no ha de morir, no tendría que hablar tanto de la inmortalidad; sólo los que tienen miedo siguen repitiéndolo. Y veréis que la gente teme a la muerte en aquellos países, en aquellas sociedades que más hablan de la inmortalidad. En nuestro país se habla incansablemente de la inmortalidad del alma; pero ¿hay alguien en la Tierra que tema a la muerte más que nosotros? ¡Nadie teme a la muerte más que nosotros! ¿Cómo podemos reconciliar estos dos extremos?
¿Es posible que un pueblo que cree en la inmortalidad del alma caiga en la esclavitud? Preferiría la muerte; estaría dispuesto a morir, pues sabría que no hay muerte. ¡Los que saben que la vida es eterna, que el alma es inmortal, serían los primeros que llegarían a la Luna! ¡Serían los primeros que escalarían el Everest! ¡Serían los primeros que explorarían las profundidades del océano Pacífico! Pero no: nosotros no somos de esos. Ni escalamos el Everest, ni llegamos a la Luna ni exploramos las profundidades del océano Índico. ¡Y nosotros somos el pueblo que cree en la inmortalidad del alma! En realidad, nos da tanto miedo la muerte que, por miedo a ella, no dejamos de repetir: “El alma es inmortal”. Y nos hacemos la ilusión de que, a fuerza de repetirlo, quizá se haga realidad. Nada se hace realidad a fuerza de repetirlo.
No es posible negar la muerte a base de repetir que la muerte no existe. Tendremos que conocer la muerte, tendremos que encontrarnos con ella, tendremos que vivirla. Tendréis que familiarizaros con ella. Pero, en vez de ello, no dejamos de huir de la muerte. ¿Cómo podemos verla? Cuando vemos la muerte, cerramos los ojos.
Cuando pasa un funeral por la calle, la madre encierra en casa a su hijo y le dice: “No salgas: ha muerto alguien”. Incineramos los cadáveres en las afueras de los pueblos para que nadie lo vea, para que no tengamos la muerte allí mismo, ante nuestros ojos. Y si hablamos a alguien de la muerte, la otra persona nos prohíbe que toquemos ese tema.
Una vez conviví con un sannyasin. Él hablaba todos los días de a inmortalidad del alma. Yo le pregunté:
-¿Te das cuenta de que te estás acercando a la muerte?
Él me respondió:
-No digas cosas de mal agüero. No es bueno hablar de esas cosas.
Yo le dije:
-Si una persona dice, por una parte, que el alma es inmortal, pero por otra parte le parece de mal agüero hablar de la muerte, entonces está confundiéndolo todo. No debe encontrar nada temible, ningún mal augurio, nada malo, en hablar de la muerte: pues, para él, no hay muerte.
-Aunque el alma es inmortal, yo prefiero no hablar de la muerte para nada –me dijo él-. No debemos hablar de cosas tan carentes de significado y tan amenazadoras.
Todos hacemos lo mismo: damos la espalda a la muerte y huimos de ella.

H
E OÍDO CONTAR LO SIGUIENTE: Cierto día, en un pueblo, un hombre se volvió loco. Era una tarde calurosa y el hombre andaba solo por un camino apartado. Andaba con bastante prisa, intentando no asustarse: es posible asustarse cuando hay alguien, pero ¿cómo puede asustarse alguien cuando no hay nadie? Pero nosotros nos asustamos cuando no hay nadie. En realidad, nos tenemos miedo a nosotros mismos, y cuando estamos solos el miedo es todavía mayor. A nadie tememos más que a nosotros mismos. Tenemos menos miedo cuando nos acompaña alguien, y más miedo cuando nos quedamos solos.
Aquel hombre estaba solo. Se asustó y echó a correr. Todo estaba tranquilo y silencioso: era por la tarde; no había nadie. Cuando empezó a correr más deprisa, percibió el sonido de unos pies que corrían detrás de él. Lo invadió el pánico: pensó que alguien lo seguía. Lleno de temor, miró atrás de reojo y vio que lo perseguía una larga sombra. Era su propia sombra; pero, cuando vio que lo perseguía una sombra larga siguió corriendo más deprisa todavía. Aquel hombre no podía detenerse, porque, cuanto más corría, más deprisa corría la sombra tras de él. Por último, el hombre se volvió loco. Pero hay personas que veneran incluso a los locos.
Cuando la gente lo veía pasar corriendo por los pueblos, creían que seguía alguna gran práctica ascética. Jamás se detenía, salvo en la oscuridad de la noche, cuando desaparecía la sombra y él creía que no tenía a nadie detrás. Más tarde, no se detenía siquiera de noche, pues pensaba que a pesar de todo lo que había corrido por el día la sombra lo alcanzaba mientras él descansaba de noche, para perseguirlo de nuevo a la mañana siguiente. De modo que seguía corriendo hasta por la noche.
Al fin se volvió completamente loco; no comía ni bebía. Millares de personas lo veían correr y le arrojaban flores; algunos le entregaban un pedazo de pan o algo de agua. La gente lo veneraba cada vez más; millares de personas le presentaban sus respetos. Pero el hombre estaba cada vez más enloquecido, hasta que, un día, cayó al suelo y murió. Los habitantes del pueblo donde habían muerto cavaron su tumba bajo la sombra de un árbol y pidieron a un viejo faquir del pueblo que grabara en la lápida una inscripción. El faquir escribió una línea en la lápida.
Allí sigue la tumba, en un pueblo, en alguna parte. Es posible que la veáis algún día. Leed la línea. El faquir escribió en la lápida: “Yace aquí un hombre que huyó de su sombra toda su vida; que derrochó toda su vida huyendo de una sombra. Y ese hombre no sabía siquiera tanto como sabe su lápida. Pues la lápida está en la sombra y no corre, así no hace sombra.”
Nosotros corremos también. Podemos asombrarnos de que un hombre huya de su propia sombra; pero también nosotros huimos de sombras. Y aquello de lo que huimos también se pone a perseguirnos. Cuanto más corremos, más deprisa nos sigue, pues es nuestra propia sombra.
La muerte es nuestra propia sombra. Si huimos de ella, no seremos capaces de plantarnos ante ella y de reconocer lo que es. Si aquel hombre se hubiera detenido y hubiera visto lo que tenía detrás, quizás se hubiera echado a reír y hubiera dicho: “¿Quién soy yo, que huyo de una sombra?” Nadie puede escaparse de una sombra; nadie puede, siquiera, luchar con una sombra y vencerla. Pero esto no quiere decir que la sombra sea más fuerte que nosotros, ni que no podamos vencer nunca; lo único que quiere decir es que no hay sombra, que no es una cuestión de vencer. No podemos triunfar sobre lo que no existe. Por eso se sigue dejando derrotar la gente por la muerte: porque la muerte no es más que una sombra de la muerte.
Mientras la vida avanza, su sombra la sigue también. La muerte es la sombra que se forma tras de la vida, y nosotros no queremos nunca volver la vista atrás para ver lo que es. Hemos caído agotados muchas veces, después de haber realizado esta carrera una y otra vez. No es que hayáis llegado a esta orilla por primera vez: podéis haber estado aquí antes; quizás no fuera esta orilla; sería alguna otra orilla. Quizás no fuera este cuerpo: sería algún otro cuerpo. Pero la carrera debió ser la misma. Las piernas debieron ser las mismas; la carrera debió ser la misma.
Vivimos muchas vidas cargando con el miedo a la muerte, pero no somos capaces de reconocerla ni de verla. Estamos tan asustados y tan llenos de miedo que, cuando se acerca la muerte, cuando su sombra total se cierne sobre nosotros el miedo nos deja inconscientes. En general, nadie se mantiene consciente en el momento de la muerte. Si nos mantuviéramos conscientes por una vez, el miedo a la muerte desaparecería para siempre. Si una persona viera, aunque sólo fuera una vez, lo que es morir, lo que sucede en la muerte, la siguiente vez no tendría miedo a la muerte porque no habría muerte. Esto no quiere decir que triunfaría sobre la muerte: sólo podemos triunfar sobre las cosas que existen. Por el simple hecho de conocer la muerte, ésta desaparece. Entonces no queda nada sobre lo que triunfar.
Hemos muerto muchas veces, pero cada vez que se ha producido la muerte nos hemos quedado inconscientes. Esto se parece a cuando el médico o el cirujano nos anestesia antes de operarnos para que no sintamos el dolor. Tenemos tanto miedo a morir que en el momento de la muerte nos quedamos inconscientes voluntariamente. Nos quedamos inconscientes un poco antes de morir. Morimos inconscientes, y después renacemos en un estado de inconsciencia. No vemos la muerte ni vemos el nacimiento; por ello, nunca somos capaces de comprender que la vida es eterna. El nacimiento y la muerte no son más que paradas donde nos cambiamos de ropa o cambiamos de caballos.
Antiguamente, cuando no había ferrocarriles, la gente viajaba en diligencias de caballos. Pasaban por los pueblos y, cuando los caballos estaban cansados, los cambiaban en la posta por caballos de refresco. Cuando llegaban al pueblo siguiente volvían a cambiar de caballos. Pero los que cambiaban de caballos no advertían nunca que lo que hacían era como morir y volver a nacer, porque cuando cambiaban de caballos estaban plenamente conscientes.
Algunas veces sucedía que un jinete viajaba después de haber bebido. Cuando miraba a su alrededor en ese estado, se preguntaba cómo había cambiado todo, cómo era que todo parecía tan diferente. He oído decir que cierto jinete borracho llegó a decirse: “¿Es posible que yo haya cambiado también? Ni siquiera me parece que éste sea el mismo caballo que llevaba antes. ¿Es posible que me haya convertido en un hombre diferente?”
El nacimiento y la muerte no son más que postas donde se cambia de vehículo: donde se dejan atrás los vehículos viejos, donde se abandonan los caballos cansados y se toman otros de refresco. Pero ambos actos tienen lugar en nuestro estado de inconsciencia. Y la persona cuyo nacimiento y cuya muerte se producen en este estado de inconsciencia no puede vivir una vida consciente: realiza su vida casi en un estado semiconsciente, casi en un estado de semivigilia.
Lo que quiero decir es que es fundamental ver la muerte, comprenderla, reconocerla. Pero esto sólo es posible cuando morimos; sólo podemos verlo cuando estamos muriendo. Entonces, ¿qué haremos ahora? Y si sólo vemos la muerte cuando estamos muriendo, entonces no tenemos manera de comprenderla, pues en el momento de la muerte estaremos inconscientes.
Sí: podemos hacer algo ahora. Podemos realizar el experimento de entrar en la muerte por voluntad propia. Y puedo decir que la meditación o samadhi no es nada más que eso. La experiencia de entrar voluntariamente en la muerte es la meditación, el samadhi. El fenómeno que se producirá automáticamente un día al dejar el cuerpo podemos producirlo voluntariamente creando un distanciamiento, dentro de nosotros, entre el yo y el cuerpo. Así, dejando el cuerpo desde dentro, podemos conocer el suceso de la muerte, podemos conocer el acontecimiento de la muerte. Podemos conocer la muerte hoy, esta tarde, porque el acontecimiento de la muerte significa simplemente que nuestra alma y nuestro cuerpo conocerán, en ese viaje, la misma distinción entre ambos que se producen cuando el viajero deja atrás su vehículo y prosigue su viaje.

H
E OÍDO CONTAR que un hombre fue a visitar a un faquir musulmán, el jeque Farid, y le dijo:
-Hemos oído decir que cuando cortaron a Mansoor las manos y las piernas él no sintió dolor.
Es difícil de creer. Hasta una espina duele cuando nos la clavamos en el pie. ¿Cómo no va a doler que a uno le corten las manos y las piernas? Parece que todos esos relatos son unas fantasías. Se dice –añadió también el hombre- que cuando clavaron a Jesús en la cruz él no sintió ningún dolor. Y pudo decir sus últimas oraciones. ¡Es difícil de creer lo que dijo Jesús en sus últimos momentos, sangrando y desnudo, herido de espinos, con las manos clavadas!
Jesús dijo: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Debéis de haber oído esta frase. Y todas las gentes de todo el mundo que creen en Cristo la repiten continuamente. La frase es muy sencilla. Jesús dijo: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Las personas que leen esta frase suelen entender que Jesús dice que aquellas pobres gentes no sabían que estaban matando a un hombre bueno como era él.
No: aquello no era lo que quería decir Jesús. Lo que quería decir Jesús era lo siguiente: “Estas gentes insensibles no saben que la persona a la que están matando no puede morir. Perdónalos, porque no saben lo que hacen. Hacen algo imposible: están cometiendo el acto de matar, que es imposible.”
-Es difícil creer que una persona a la que están a punto de matar manifestase tanta comprensión –dijo aquel hombre- En realidad, estaría lleno de ira.
Farid soltó una carcajada y dijo:
-Has planteado una buena pregunta, pero te responderé más tarde. Primero, hazme un pequeño favor.
Tomó un coco que estaba en el suelo cerca de él, se lo entregó y le pidió que rompiera la cáscara con cuidado de no estropear la pulpa.
Pero el coco estaba verde, y el hombre dijo:
-Perdona: no puedo hacerlo. El coco está completamente verde, y si rompo la cáscara se estropeará también la pulpa.
Farid le pidió que dejase a un lado el coco. Después le entregó otro coco, que estaba maduro, y le pidió que rompiera la cáscara.
-¿Puedes salvar la pulpa? –le preguntó.
Y el hombre respondió:
-Sí: puedo salvar la pulpa.
-Te he dado una respuesta –dijo Farid- ¿Me has comprendido?
-No he comprendido nada –respondió el hombre-. ¿Qué tiene que ver un coco con tu respuesta? ¿Qué tiene que ver el coco con mi pregunta?
-Deja también este coco –dijo Farid-. No hace falta romperlo, ni ningún otro. Lo que te estoy indicando es que hay un coco verde que tiene unidas la cáscara y la pulpa: si se golpea la cáscara, se estropea también la pulpa. Y también hay un coco maduro. ¿En qué se diferencia el coco maduro del coco verde? Hay una ligera diferencia: la pulpa del coco maduro se ha encogido en el interior y se ha separado de la cáscara: la cáscara se ha separado de la pulpa. Ahora, como tú dices, se puede romper la cáscara salvando la pulpa. ¡Así he respondido a tu pregunta!
-Sigo sin entenderlo –dijo el hombre.
-Ve, muere y comprende –dijo el faquir-; de otro modo no podrás seguir lo que estoy diciendo. Pero ni siquiera entonces serás capaz de seguir mis palabras, porque en el momento de la muerte te quedarás inconsciente. Un día se separará la cáscara de la pulpa, pero en ese momento te quedarás inconsciente. Si quieres comprender, empieza ahora a separar la pulpa de la cáscara: ahora, mientras estás vivo.
Si la cáscara (el cuerpo) y la pulpa (la conciencia) se separan en este mismo instante, se acaba la muerte. Con la creación de este distanciamiento llegaréis a saber que la cáscara y la pulpa son dos cosas independientes: que sobrevivís aunque se rompa la cáscara, que no hay posibilidad de que os disgreguéis, de que desaparezcáis. En ese estado, aunque acontezca la muerte, no podrá penetrar dentro de vosotros: acontecerá fuera de vosotros. Lo que sois vosotros sobrevivirá.
Este es el significado mismo de la meditación o samadhi: aprender a separar la cáscara de la pulpa. Se pueden separar porque son cosas independientes. Se pueden conocer por separado porque son cosas independientes. Por eso llamo yo a la meditación una entrada voluntaria en la muerte, se encuentra con ella y llega a saber que “la muerte está allí, pero yo sigo aquí”.

S
ÓCRATES ESTABA A PUNTO de morir. Se aproximaban los últimos momentos: ya estaban preparando el veneno para matarlo. Él preguntaba una y otra vez:
-Se hace tarde, ¿cuándo terminarán de preparar el veneno? Sus amigos lloraban y le decían:
-¿Estás loco? Queremos que vivas un poco más. Hemos sobornado al que ha de preparar el veneno: lo hemos persuadido para que trabaje despacio.
Sócrates salió y dijo al que preparaba el veneno:
-Estás tardando demasiado. Parece que no sabes hacerlo. ¿Eres nuevo en el oficio? ¿Nunca habías preparado veneno? ¿Nunca habías administrado veneno a un condenado?
-Llevo administrando veneno toda mi vida –dijo el hombre-, pero nunca había visto a un loco como tú. ¿Por qué tienes tanta prisa? Lo estoy preparando despacio para que puedas respirar un poco más, para que vivas un poco más, para que conserves la vida un poco más. Y tú no dejas de decir locuras, de decir que se hace tarde. ¿Por qué tienes tanta prisa por morir?
Tengo mucha prisa porque quiero ver la muerte –dijo Sócrates- Quiero ver cómo es la muerte. Y también quiero ver, aun cuando se haya producido la muerte, si yo sobrevivo o no. Si no sobrevivo, se acabó toda la cuestión; y si sobrevivo, entonces se acabó la muerte. En realidad, quiero ver quién morirá con la muerte: ¿morirá la muerte, o moriré yo? Quiero ver si sobrevivirá la muerte o si seré yo el que sobreviva. Pero ¿cómo podré ver esto si no es estando vivo?
Entregaron a Sócrates el veneno. Sus amigos empezaron a llorar por él: no estaban en su sano juicio. Y ¿qué hacía Sócrates? Les decía:
-El veneno me ha llegado a las rodillas. Tengo las piernas completamente muertas hasta las rodillas: si me las cortasen, no me enteraría. Pero, amigos míos, os diré que aunque tengo muertas las piernas sigo vivo. Esto significa que una cosa es segura: yo no era mis piernas. Sigo aquí; estoy aquí completamente. Nada en mí se ha disuelto todavía. Ahora he perdido las dos piernas –siguió diciendo Sócrates-; todo ha terminado hasta mis pantorrillas. Si me cortaseis las piernas por las pantorrillas no sentiría nada. ¡Pero yo sigo aquí! ¡Y aquí están mis amigos, que siguen llorando!
-No lloréis –dice Sócrates- ¡Mirad! He aquí una oportunidad para vosotros: un hombre se está muriendo y os está informando de que sigue vivo. Podéis cortarme las piernas enteras, y ni siquiera así estaré muerto; aun así seguiré aquí. También se me están insensibilizando las manos; mis manos también morirán. ¡Ah! ¡Cuantas veces me he identificado con estas manos, con estas mismas manos que ahora me están dejando! Pero yo sigo aquí.
Y Sócrates sigue hablando así mientras muere.
-Lentamente, todo se pacifica –dice-; todo se hunde, pero yo sigo intacto. Dentro de un rato quizás no sea capaz de seguir informándoos, pero no creáis por eso que ya no estoy. Pues si yo estoy aquí después de perder tanto de mi cuerpo, ¿cómo podría llegarme el fin por perder un poco más del cuerpo? Quizás no sea capaz de informaros (pues eso sólo es posible a través del cuerpo), pero yo permaneceré.
En el último momento, dice:
-Ahora, quizás os digo lo último: me falla la lengua. No podré deciros una sola palabra más, pero todavía os digo que existo.
Hasta el último momento de la muerte siguió diciendo: “Sigo vivo”.
 

ArjunaV

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Re: Osho: No hay mayor mentira que la muerte
« Reply #1 on: Noviembre 12, 2008, 02:16:14 pm »
De: The_dark_crow_v301
Enviado: 20/03/2006 16:09

TAMBIÉN EN LA MEDITACIÓN debemos entrar lentamente en el interior. Y las cosas empiezan a desprenderse gradualmente, una tras otra. Se crea un distanciamiento con todas y cada una de las cosas, y llega un momento en que se siente que todo está lejos, distanciado. Uno se siente que el cadáver de otra persona está tendido en la orilla, pero uno existe. El cuerpo está allí tendido, pero no existe: separado, totalmente independiente y diferenciado.
Cuando conocemos en vida la experiencia de ver la muerte cara a cara, ya no tenemos nada que ver con la muerte. La muerte seguirá viniendo, pero será como hacer una parada; será como cambiarse de ropa, será como tomar caballos de refresco, como ponerse un cuerpo nuevo y emprender un nuevo viaje, por nuevos caminos, hacia mundos nuevos. Pero la muerte nunca será capaz de destruirnos. Esto sólo se puede saber encontrándose con la muerte. Tendremos que conocerla; tendremos que pasar por ella.
Como tenemos tanto miedo a la muerte, ni siquiera somos capaces de meditar. Muchas personas vienen a mí y me dicen que son incapaces de meditar. ¿Cómo puedo decirles que su problema verdadero es otro? Su problema verdadero es el miedo a la muerte… y la meditación es un proceso de muerte. En estado de meditación total llegamos al mismo punto al que llega un muerto. La única diferencia es que el muerto llega allí en estado de inconsciencia, mientras que nosotros llegamos allí conscientemente. Ésta es la única diferencia. El muerto no tiene conocimiento de lo que ha pasado, de cómo se rompió la cáscara y sobrevivió la pulpa. El buscador que practica la meditación sabe que la cáscara y la pulpa se han separado.
El motivo fundamental que impide a la gente practicar la meditación es el miedo a la muerte: no hay otro motivo. Los que temen a la muerte no pueden entrar nunca en el samadhi. El samadhi es una invitación voluntaria a la muerte. Se invita a la muerte: “Ven: estoy preparado para morir. Quiero saber si sobreviviré o no tras la muerte. Y es mejor que lo sepa estando consciente, porque no podré saber nada si el hecho se produce estando inconsciente.”
Así pues, lo primero que os digo es que mientras sigáis huyendo de la muerte ésta os seguirá venciendo; y que el día en que os plantéis y salgáis al encuentro de la muerte, en ese mismo día os dejará la muerte, pero vosotros permaneceréis.
En estos tres días sólo os hablaré de las técnicas por medio de las cuales podéis encontraros con la muerte. Espero que en estos tres días muchos lleguéis a saber morir, muchos seréis capaces de morir. Y si sabéis morir aquí, en esta orilla… Y estamos en una playa increíble. Krishna caminó un día por estas arenas: el mismo Krishna que dijo a Arjuna, durante cierta guerra: “No te preocupes; no temas. No tengas miedo a matar o a ser matado, pues te digo que nadie muere ni nadie mata”. Tampoco ha muerto nadie nunca ni puede morir nadie jamás morir nadie jamás; y todo lo que muere, todo lo que puede morir, ya está muerto. Y lo que no muere ni puede ser matado no tiene manera de morir. Y eso es la vida misma.
Esta noche nos hemos reunido inesperadamente en esta playa por la que caminó una vez el mismo Krishna. Estas arenas han visto caminar a Krishna. La gente debió de creer que Krishna había muerto verdaderamente, pues conocemos la muerte como la única verdad: para nosotros, todo el mundo muere. Este mar, estas arenas, nunca han creído que Krishna muriese; este cielo, estas estrellas y la Luna nunca han creído en la muerte de Krishna.
En concreto, en la vida no hay lugar en ninguna parte para la muerte, pero todos hemos creído que Krishna había muerto. Lo creemos porque siempre nos persigue el pensamiento de nuestra propia muerte. ¿Por qué nos preocupa tanto el pensamiento de nuestra muerte? Estamos vivos ahora mismo; por lo tanto, ¿por qué tenemos tanto miedo a la muerte? ¿Por qué nos asusta tanto morir? En realidad, detrás de este miedo hay un secreto que debemos comprender.
Detrás de ello hay una cierta aritmética, y esta aritmética es muy interesante. Nunca nos hemos visto morir a nosotros mismos. Hemos visto morir a otros, y eso refuerza la idea de que también nosotros tendremos que morir. Por ejemplo, una gota de lluvia vive en el mar con otros millares de gotas, y un día los rayos del sol caen sobre ella y se convierte en vapor, desaparece. Las demás gotas creen que ha muerto, y tienen razón, porque han visto a la gota hace poco y ahora ha desaparecido. Pero la gota existe todavía en las nubes. Pero ¿cómo van a saberlo las demás gotas hasta que ellas mismas se conviertan en la nube? Para entonces, aquella primera gota habrá caído al mar y se habrá convertido en gota de nuevo. Pero ¿cómo pueden saber esto las demás gotas hasta que ellas mismas emprendan ese viaje?
Cuando vemos morir a alguien de nuestro entorno creemos que las personas ya no existen, que ha muerto una persona más. No nos damos cuenta de que esa persona, sencillamente, se ha evaporado, ha entrado en lo sutil y, a continuación, ha emprendido un nuevo viaje: es una gota que se ha evaporado para convertirse de nuevo en gota. ¿Cómo vamos a verlo? Lo único que nos parece es que se ha perdido una persona más, que una persona más está muerta. Así, todos los días muere alguien; todos los días se pierde alguna gota. Y poco a poco nos invade la certeza de que también nosotros tendremos que morir, de que “también yo moriré”. Después nos domina un temor: “Moriré”. Este temor nos domina porque estamos mirando a los demás. Vivimos observando a los demás, y éste es nuestro problema.
Anoche conté a unos amigos un relato. Una vez, un faquir judío se alteró mucho por sus problemas. ¿Quién no se altera? A todos nos molestan nuestros infortunios, y lo que más nos molesta es ver felices a los demás. También esto tiene su aritmética, la misma aritmética de que hablé en relación con la muerte. Vemos nuestra tristeza y vemos las caras de los demás. No vemos la tristeza en los demás; vemos sus ojos alegres, las sonrisas en sus labios. Si nos miramos a nosotros mismos, vemos que, a pesar de tener problemas interiores, mantenemos la sonrisa exterior. En realidad, la sonrisa es una manera de ocultar la tristeza.
Nadie quiere dar muestras de que es infeliz. Si la persona no puede ser verdaderamente feliz, al menos quiere dar muestras de que ha llegado a ser feliz, porque dar muestras de ser infeliz provoca grandes sentimientos de humillación, de pérdida y de derrota. Por eso mantenemos externamente una sonrisa, e internamente nos quedamos como estamos. Interiormente se siguen acumulando las lágrimas; exteriormente practicamos nuestras sonrisas. Así, cuando alguien nos mira desde el exterior, nos encuentra sonrientes; pero cuando esa persona mira dentro de sí misma encuentra allí tristeza. Y eso se convierte en un problema para él. Cree que todo el mundo es feliz, que solo él es infeliz.
Lo mismo le sucedía a este faquir. Una noche, en sus oraciones a Dios, dijo:
-No te pido que no me envíes infelicidad, porque si merezco la infelicidad entonces debo recibirla, sin duda; pero al menos puedo pedirte que no me envíes tantos sufrimientos. Veo que la gente ríe en el mundo y que yo soy el único que llora. Todo el mundo parece feliz, y yo soy el único infeliz. Todo el mundo parece alegre; yo soy el único triste, perdido en la oscuridad. Al fin y al cabo, ¿qué mal te he hecho? Hazme el favor, te lo ruego: entrégame la infelicidad de alguna otra persona a cambio de la mía. Cambia mi infelicidad por la de cualquier otro que quieras, y la aceptaré.
Aquella noche, mientras dormía, tuvo un sueño extraño. Vio una mansión enorme en la que había millones de ganchos. Entraban allí millones de personas, y cada una llevaba a la espalda un fardo de infelicidad. Al ver tantos fardos de infelicidad se asustó mucho y se desconcertó. Los fardos que llevaban las demás personas eran muy semejantes al suyo. Todos los fardos tenían exactamente el mismo tamaño y forma. Sintió una gran confusión. Siempre había visto sonreír a su vecino; y todas las mañanas, cuando el faquir le preguntaba cómo marchaban las cosas, éste le decía: “Todo va bien”. Y aquel hombre cargaba entonces con la misma cantidad de infelicidad.
Vio a políticos con sus seguidores, a gurús con sus discípulos, y todos llegaban con una carga del mismo tamaño. Los sabios y los ignorantes, los ricos y los pobres, los sanos y los enfermos: todos llevaban una misma carga en sus fardos. El faquir estaba atónito. Veía por primera vez los fardos: hasta entonces, sólo había visto las caras de la gente.
De pronto, una fuerte voz llenó la sala: “¡Colgad vuestros fardos!” Todos, hasta el faquir, hicieron lo que les mandaban y colgaron sus fardos en los ganchos. Todos se apresuraron a quitarse de encima sus problemas; nadie quería cargar con sus desgracias ni un segundo más, y si se nos brindase a nosotros esa misma oportunidad, también los colgaríamos enseguida.
Después se oyó otra voz que decía: “Ahora, cada uno de vosotros debe tomar el fardo que prefiera.” Podemos sospechar que el faquir tomo inmediatamente el fardo de otra persona. Pero no cometió tal error. Aterrorizado, se apresuró a tomar su propio fardo antes de que lo tomara otra persona: de lo contrario, tendría un problema, pues todos los fardos parecían iguales. Pensó que era mejor cargar con su propio fardo: al menos, lo que había en él le resultaba familiar. ¿Quién sabe qué desgracias había en los fardos de los demás? La desgracia que nos resulta familiar es un tipo menor de desgracia: es una desgracia conocida, una desgracia reconocible.
Así, presa de pánico, corrió a tomar su propio fardo antes de que nadie más pudiera ponerle las manos encima. Pero cuando miró a su alrededor descubrió que todos los demás habían corrido también a tomar sus propios fardos; nadie había elegido un fardo que no fuera el suyo. Preguntó:
-¿Por qué tenéis tanta prisa por tomar vuestros propios fardos?
-Nos asustamos –le respondieron-. Hasta ahora, habíamos creído que todos los demás eran felices, que sólo nosotros éramos desgraciados.
A todos los que interrogaba el faquir en aquella casa le respondían que siempre habían creído que todos los demás eran felices.
-Incluso creíamos que tú también eras feliz –le dijeron-. También tú andabas por la calle con una sonrisa. Nunca nos imaginamos que también tú llevabas dentro un fardo de desgracias.
El faquir preguntó, lleno de curiosidad:
-¿Por qué recogisteis vuestros propios fardos? ¿Por qué no los cambiasteis por otros?
-Hoy, cada uno de nosotros ha rezado a Dios diciéndole que queríamos cambiar nuestros fardos de desgracia –le respondieron-. Pero cuando vimos que las desgracias de los demás eran iguales, tuvimos miedo: nunca nos habíamos imaginado tal cosa. De modo que supusimos que era mejor recoger nuestro propio fardo. Es familiar y conocido. ¿Por qué caer en desgracias nuevas? Con el tiempo, también nos acostumbramos a las desgracias viejas.
Aquella noche nadie recogió un fardo que perteneciera a otra persona. El faquir se despertó y dio gracias a Dios misericordioso por haberle permitido recuperar sus viejas desgracias, y decidió no pedir nunca más una cosa así en sus oraciones.
En realidad, esto se basa en la misma aritmética. Cuando miramos las caras de los demás y observamos nuestra propia realidad, entonces es cuando cometemos un gran error. Y en nuestra visión de la vida y de la muerte interviene la misma aritmética errónea. Habéis visto morir a otros, pero nunca os habéis visto morir a vosotros mismos. Vemos las muertes de otras personas, pero nunca llegamos a saber si algo de esas personas sobrevive. Como nos quedamos inconscientes en esos momentos, la muerte sigue siendo una extraña para nosotros. Por lo tanto, es importante que entremos voluntariamente en la muerte. Cuando una persona ve la muerte una sola vez, se libera de ella, triunfa sobre la muerte. En realidad, no tiene sentido decir que ha vencido, porque no hay nada que vencer. Entonces la muerte se vuelve falsa; entonces la muerte, sencillamente, no existe.
Si una persona tiene que sumar dos y dos y escribe “cinco” como respuesta, al día siguiente descubre que dos y dos son cuatro, ¿podría decir que ha triunfado sobre el cinco y lo ha convertido en el cuatro? Diría, más bien, que no se trataba de triunfar: ¡no había cinco! El cinco era un error suyo, una ilusión suya; su cálculo era erróneo; el total era cuatro: él lo había entendido como cinco, y aquél era su error. Cuando uno aprecia el error, allí termina la cuestión. Aquella persona no podría decirse: “¿Cómo puedo quitarme de encima el cinco? Ahora veo que dos y dos son cuatro, pero antes había obtenido un cinco como suma. ¿Cómo puedo liberarme del cinco?” La persona no pediría esa liberación, porque en cuanto uno descubre que dos y dos son cuatro, allí termina la cuestión. Ya no hay ningún cinco. Por lo tanto, ¿de qué hay que liberarse?
No tenemos que liberarnos de la muerte ni tenemos que triunfar sobre ella. Lo que necesitamos es conocer la muerte. El mismo hecho de conocerla se convierte en libertad; el conocimiento mismo se convierte en la victoria. Por eso dije antes que conocer es poder, que conocer es libertad, que conocer es victoria. El hecho de conocer la muerte hace que se disuelva; entonces, de pronto y por primera vez, nos conectamos con la vida.
Por eso os dije que lo primero que debéis saber de la meditación es que es una entrada voluntaria en la muerte. Lo segundo que quiero decir al respecto es que el que entra voluntariamente en la muerte se encuentra, repentinamente, con la entrada en la vida. Aunque vaya en busca de la muerte, en lugar de encontrarse con la muerte descubre en realidad la vida definitiva. Aunque el propósito de su búsqueda lo lleve a entrar en la mansión de la muerte, acaba en realidad en el templo de la vida.
Dejad que os indique que en los muros del templo de la vida están grabadas las sombras de la muerte. Permitidme también que os indique que los mapas de la muerte están dibujados en los muros del templo de la vida, y que, como huimos de la muerte, en la práctica estamos huyendo también del templo de la vida. Sólo cuando aceptemos la muerte seremos capaces de aceptar estos muros. La deidad de la vida reside entre los muros de la muerte; las imágenes de la muerte están grabadas por toda la superficie del templo de la vida. Sencillamente, hemos estado huyendo de su imagen misma.
Si habéis visitado Khajuraho, habréis visto una cosa extraña: en todos sus muros se han esculpido relieves de escenas sexuales. Las imágenes parecen desnudas y obscenas. Si el que la ve echa a correr, no será capaz de llegar a la deidad que está en el templo interior. Dentro está la imagen de Dios, y fuera hay relieves con imágenes de sexo, de pasión y de cópulas. Los que construyeron los templos de Khajuraho debían de ser un pueblo maravilloso. Representaron una profunda realidad de la vida: dieron a entender que el sexo está allí, en el muro exterior, y que si huimos de allí nunca seremos capaces de alcanzar el brahmacharya, la castidad, porque el brahmacharya está dentro. Si sois capaces de pasar de esos muros, también vosotros alcanzaréis el brahmacharya. En los muros aparece representado el samsara, el mundo mortal, y si huís de él nunca llegaréis a Dios, porque el que está sentado dentro de los muros del samsara es el mismo Dios.
Yo os digo exactamente lo mismo. En alguna parte, en algún lugar, debemos construir un templo en cuyos muros aparezca representada la muerte y en cuyo interior esté la deidad de la vida. Así es la verdad. Pero, como no dejamos de huir de la muerte, nos perdemos también la divinidad de la vida.
Digo ambas cosas a la vez: la meditación es entrar voluntariamente en la muerte, y el que entra voluntariamente en la muerte alcanza la vida. Esto significa que el que se encuentra con la muerte descubre en último extremo que la muerte ha desaparecido y que él está abrazado por la vida. Esto parece bastante contradictorio; ir en busca de la muerte para encontrarse con la vida; pero no lo es.
Por ejemplo, yo estoy vestido con ropas. Ahora bien, si venís en mi busca, os encontraréis en primer lugar con mis ropas, a pesar de que yo no soy las ropas. Y si os asustáis de mis ropas y salís corriendo, entonces no podréis conocerme jamás. Pero si os acercáis a mí cada vez más, sin asustaros de mis ropas, entonces encontraréis debajo de mis ropas mi cuerpo. Pero el cuerpo, en un sentido más profundo, también es una vestidura, y si huyeseis de mi cuerpo no encontrarías al que está dentro de mí. Si no os asustaseis del cuerpo y prosiguieseis vuestro viaje hacia el interior, sabiendo que también el cuerpo es una vestidura, entonces os contrarías sin duda con el que está dentro, con aquel al que todos desean conocer.
¡Qué interesante es que el muro esté compuesto por el cuerpo y que lo divino esté dentro, lleno de gracia! El muro está hecho de materia, y dentro está lo divino, la conciencia asentada en la gloria. Son cosas bien opuestas: el muro de materia y la divinidad de vida. Si lo entendéis bien, sabréis que el muro está hecho de muerte y que lo divino está hecho de vida.
Cuando un pintor pinta un cuadro, si desea hacer resaltar el color blanco lo sitúa sobre un fondo oscuro. Las líneas blancas resultan claramente visibles sobre el fondo oscuro. Si alguien se asustase del negro, no sería capaz de llegar al blanco. Pero es que no sabría que es el negro lo que hace resaltar el blanco.
De mismo modo, las rosas en flor están rodeadas de espinas. Si alguien se asustase de las espinas, también quedaría privado de las flores. Pero el que acepta las espinas y se acerca a ellas sin temor descubre con asombro que las espinas sólo sirven para proteger a la flor, que su único fin es servir de muro exterior para la flor: son el muro protector. La flor brota entre las espinas; las espinas no son enemigas de la flor. Las flores forman parte de las espinas, y las espinas forman parte de las flores: ambas han surgido de una misma fuerza vivificadora de la planta.
Lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte forman parte, ambas cosas, de una vida más amplia. Yo estoy respirando. Sale una bocanada de aire; entra una bocanada de aire. La misma bocanada de aire que sale vuelve a entrar al cabo de un tiempo, y la misma bocanada de aire que entra vuelve a salir al cabo de un tiempo. Inspirar es la vida, espirar es la muerte. Pero ambos son pasos de una vida más amplia: de la vida y la muerte que caminan juntas. El nacimiento es un paso, la muerte es otro paso. Pero si pudiéramos ver, sí pudiéramos penetrar, alcanzaríamos la visión de la vida más amplia.
En estos tres días practicaremos la meditación de entrar en la muerte. Y yo os hablaré de muchas de sus dimensiones. Hoy practicaremos la meditación del primer día. Permitidme que os explique algunas cosas sobre ella.
Ya debéis de haber comprendido mi punto de vista: tenemos que alcanzar un punto interior, muy dentro de nosotros, donde no hay posibilidad de morir. Tenemos que soltar toda la circunferencia exterior, tal como sucede en la muerte. En la muerte, el cuerpo se suelta, los sentimientos se sueltan, los pensamientos se sueltan, la amistad se suelta, la enemistad se suelta: todo se suelta. Todo el mundo exterior se marcha; sólo quedamos nosotros, sólo queda el yo, sólo queda en alto la conciencia.
También en la meditación debemos soltarlo todo y morir dejando únicamente al observador, al testigo interior. Y esta muerte se producirá. En estos tres días de meditación, si tenéis el valor de morir y de soltar a vuestro yo, puede producirse un fenómeno que se llama samadhi.
Recordadlo: “samadhi” es una palabra maravillosa. El estado de meditación total se llama “samadhi”, y también llamamos “samadhi” a la tumba que se construye tras la muerte de una persona. ¿Lo habías pensado alguna vez? Ambos se llaman “samadhi”. En realidad, ambos comparten un secreto, ambos tienen un punto común de coincidencia.
En realidad, para la persona que alcanza el estado de samadhi, su cuerpo es como una tumba: nada más. Después, llega a advertir que hay alguien más dentro; fuera, no hay más que oscuridad.
Tras la muerte de una persona cavamos una tumba y la llamamos “samadhi”. Pero este samadhi lo construyen otros. Si somos capaces de crear nuestro propio samadhi antes de que lo construyan otros, entonces hemos creado el fenómeno que estamos deseando. Sin duda, otros tendrán ocasión de cavar nuestra tumba, pero es posible que nosotros perdamos la oportunidad de crear nuestro propio samadhi. Si somos capaces de crear nuestro propio samadhi, entonces en ese estado sólo morirá el cuerpo, y no habrá posibilidad de que muera nuestra conciencia. Nunca hemos muerto ni podemos morir jamás. Nadie ha muerto nunca, ni nadie puede morir jamás. Pero, para saberlo, tendremos que recorrer todos los pasos que llevan hasta el fondo de la muerte.
Quiero mostraros tres pasos que daremos. Y ¿quién sabe? Quizás se produzca este fenómeno en esta misma playa y podáis tener vuestro samadhi: no el samadhi que construyen los demás, sino el que uno crea con su propia voluntad.
Hay tres pasos. El primer paso es relajar el cuerpo. Tenéis que relajar el cuerpo hasta tal punto que empecéis a sentir que vuestro cuerpo está a cierta distancia de vosotros. Tenéis que recoger toda la energía de vuestro cuerpo y llevarla dentro. Toda la energía que tiene el cuerpo se la entregamos nosotros. El cuerpo recibe tanta energía como nosotros le entreguemos; el cuerpo pierde tanta energía como nosotros le recogemos.
¿Habéis notado una cosa? Cuando os peleáis con otra persona, ¿de dónde recibe el cuerpo toda esa energía añadida? En ese estado de ira, podéis levantar una piedra tan grande que no serías capaces ni de moverla en estado de calma. Aunque es obra de vuestro cuerpo, ¿no os habéis preguntado de dónde salió la energía? Vosotros introdujisteis la energía: se necesitaba; estabais en apuros; había peligro: estabais cara a cara con el enemigo. Sabíais que vuestra vida estaba en peligro si no levantabais la piedra, e introdujisteis toda vuestra energía en el cuerpo.
U
NA VEZ PASÓ LO SIGUIENTE. Un hombre llevaba dos años paralizado, postrado en la cama. No podía levantarse; no podía moverse. Los médicos lo desahuciaron, anunciándole que estaría paralizado durante el resto de su vida. Una noche, su casa se incendió y todos salieron corriendo. Cuando estuvieron fuera, se dieron cuenta de que el cabeza de familia estaba atrapado dentro de la casa y de que no podía correr. ¿Qué iba a ser de él? Algunos llevaban antorchas, y vieron a su luz que el viejo ya había salido. Le preguntaron si había salido de la casa por su pie. El hombre dijo: “¿Cómo he podido andar? ¿Qué ha pasado?” Pero había andado, sin duda: no cabía otra explicación.
La casa estaba en llamas; todos huían, y él olvidó por un momento su parálisis y volvió a introducir en su cuerpo toda su energía. Pero cuando la gente lo vio a la luz de las antorchas y le preguntaron cómo había conseguido salir, él exclamó: “¡Ay, soy un paralítico!”, y cayó al suelo. Había perdido la energía. No estaba a su alcance comprender cómo se había producido ese fenómeno. Todos se pusieron a explicarle que no era un verdadero paralítico, que si había caminado hasta allí podía seguir caminando el resto de su vida. El hombre no dejaba de repetir: “No podía levantar la mano. No podía levantar ni un pie. Entonces, ¿cómo ha sucedido?” No lo sabía. No sabía siquiera quién lo había sacado.
Nadie lo había sacado: él había salido por su pie. Pero no sabía que, ante el peligro, su alma había vertido toda su energía sobre su cuerpo. Y después, por su sensación de estar paralizado, el alma había recogido en su interior su energía, y el hombre se quedó paralítico una vez más.

E
STE INCIDENTE no le ha pasado a una persona ni a dos: se han producido centenares de casos en el mundo en que una persona postrada por la parálisis ha salido de su enfermedad, ha olvidado su enfermedad en caso de incendio o ante otra situación de peligro.
Lo que quiero decir es que hemos introducido energía en nuestro cuerpo, pero no tenemos idea de cómo recogerla. Por la noche nos sentimos descansados porque la energía se recoge en el interior y el cuerpo yace en un estado relajado, y por la mañana volvemos a sentirnos frescos. Pero algunas personas no son capaces siquiera de recoger interiormente su energía por la noche. La energía sigue encerrada en el cuerpo, y les resulta difícil dormir. El insomnio indica que la energía que se introdujo anteriormente en el cuerpo no encuentra el camino de regreso a su fuente. En la primera etapa de esta meditación hay que retirar del cuerpo toda la energía.
Ahora bien, lo interesantes es que, por el simple hecho de sentir la energía, ésta se traslada hacia el interior. Si una persona es capaz de sentir que su energía se está recogiendo hacia dentro y que su cuerpo se está relajando, descubrirá que su cuerpo sigue relajándose más y más. El cuerpo llegará a un punto en que la persona no será capaz de levantar la mano aunque lo desee: todo estará relajado. Así, sintiéndolo, podemos retirar del cuerpo nuestra energía.
De modo que lo primero es retirar el prana, la energía vital, haciendo que vuelva a su fuente. De esta manera, el cuerpo quedará inmóvil, como una cáscara, y se observará que se ha producido un distanciamiento entre la cáscara y la pulpa del coco, que nos hemos vuelto dos cosas independientes y que el cuerpo yace fuera de nosotros como una cáscara, como un ropaje del que nos hemos despojado.
Lo siguiente es relajar la respiración. Muy dentro, la respiración contiene la energía vital, el prana, y por eso muere la persona cuando se interrumpe la respiración. Muy dentro, la respiración nos mantiene conectados con el cuerpo. La respiración es el puente entre el atman, el alma, y el cuerpo: allí es donde se encuentra el vínculo. Por eso llamamos prana a la respiración. En cuanto cesa la respiración se marcha el prana. En este sentido se aplican varias técnicas.
¿Qué sucede cuando una persona relaja por completo su respiración, deja que quede inmóvil y tranquila? La respiración llega poco a poco a un punto en que la persona no sabe si está respirando o no. Es normal que empiece a preguntarse si está viva o muerta, si se está produciendo la respiración o no. La respiración se vuelve tan tranquila que la persona no sabe siquiera si está actuando.
No hace falta que controléis la respiración. Si lo intentáis, no controlaréis nunca el aliento: intentará salir a la fuerza, y si intentáis controlarlo desde fuera, intentará entrar a la fuerza. Por eso os digo que no hace falta que hagáis nada por vuestra parte: dejad, simplemente, que se relaje cada vez más, que se tranquilice más y más. La respiración llega, poco a poco, hasta un punto de reposo. Aunque ese punto de reposo sólo dure un momento, en ese momento podemos apreciar una distancia infinita entre la conciencia y el cuerpo: en ese mismo momento se ve la distancia. Es como si cayese ahora mismo un rayo y yo viera en ese momento las caras de todos vosotros. Después, el rayo ya no estaría, pero yo habría visto vuestras caras.
Cuando la respiración se detiene durante un momento, exactamente en el centro, en ese momento mismo cae un rayo dentro de todo nuestro ser y apreciamos claramente que el cuerpo es independiente y de que nosotros somos independientes: de que se ha producido la muerte. Así pues, en la segunda etapa debéis relajar la respiración.
En la tercera etapa hay que relajar la mente. Aunque no esté relajada la mente, si lo está la respiración, el rayo caerá, por supuesto, pero no sabréis qué ha pasado porque la mente estará ocupada con sus pensamientos. Si cayera ahora mismo un rayo y yo estuviera perdido entre mis pensamientos, sólo lo sabría después de que hubiera pasado. Pero, mientras tanto, ha sobrevenido el rayo y yo estaba perdido en mis pensamientos. El rayo caerá, por supuesto, en cuanto se detenga la respiración; pero sólo lo advertiremos si han cesado los pensamientos; de lo contrario, no lo advertiremos y habremos perdido la oportunidad. Por eso, la tercera etapa es relajar la mente.
Recorreremos estas tres etapas y después, en la cuarta etapa, nos quedaremos diez minutos en silencio. En estos tres días, durante este silencio, os esforzaréis por ver la muerte, por dejarla descender. Yo os daré indicaciones para que sintáis que el cuerpo se está relajando, que la respiración se está relajando, que la mente se está relajando. Después me callaré, apagaremos las luces y os quedaréis diez minutos tendidos en silencio. Os quedaréis quietos, en silencio, observando lo que pase en vuestro interior.
Separaos unos de otros para que, si el cuerpo se cae, no caigáis sobre otro. Los que queráis echaros debéis dejar un espacio a vuestro alrededor. Sería mejor que os echaseis tranquilamente en la arena. Nadie debe hablar… nadie debe marcharse a la mitad de la sesión.
Sí: sentaos. Sentaos donde estáis o echaos. Cerrad los ojos… cerrad los ojos y relajad el cuerpo. Después, cuando yo haga indicaciones, empezad a sentir conmigo. Mientras sentís, vuestro cuerpo se relajará cada vez más: entonces, el cuerpo quedará tendido, totalmente relajado, como si no hubiera vida en él.
Empezad a sentir. El cuerpo se está relajando…seguid relajándolo… Seguid relajando vuestro cuerpo y sintiendo que se relaja. El cuerpo se está relajando… sentidlo… relajad cada parte de vuestro cuerpo. Y sentidlo dentro… el cuerpo se está relajando. Vuestra energía vuelve dentro… la energía de vuestro cuerpo se recoge, se retira… la energía se recoge. El cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando… el cuerpo se está relajando. Soltadlo completamente, como si ya no estuvieseis vivos. Dejad caer el cuerpo tal como está… dejadlo completamente suelto. El cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado. Soltad… soltad.
El cuerpo se ha relajado. El cuerpo se ha relajado completamente, como si no tuviera vida. Toda la energía del cuerpo se ha recogido dentro. El cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado. Soltad, soltad completamente, como si ya no estuviera aquí el cuerpo.
Nos hemos trasladado dentro. El cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado… el cuerpo se ha relajado. La respiración se está tranquilizando… relajad también la respiración… relajadla completamente. Dejad que vaya y venga por sí misma… dejadla suelta. No hace falta detenerla ni hacerla más lenta; simplemente, dejad que se relaje. Que entre al aliento tanto como pueda… que salga tanto como pueda. La respiración se está relajando… la respiración se está calmando.
Sentidlo así: la respiración se está calmando… la respiración se está calmando y se está relajando… la respiración se está relajando… la respiración se está calmando. La respiración se ha calmado… la respiración se ha calmado… la respiración se ha calmado. Ahora, dejad que la mente se relaje y sentid que los pensamientos se están calmando…los pensamientos se están calmando… la mente se ha calmado… la mente se ha calmado…