Author Topic: Ver la vida como un sueño (osho)  (Read 2217 times)

ArjunaV

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Ver la vida como un sueño (osho)
« on: Noviembre 12, 2008, 02:10:42 pm »
De: The_dark_crow_v301  (Mensaje original)
Enviado: 20/03/2006 16:17
Ver la vida como un sueño

A
MADOS:
Se han formulado algunas preguntas sobre la charla de anoche. Un amigo ha preguntado:
Podemos morir plenamente conscientes, pero ¿cómo podemos tener una conciencia plena al nacer?

E
N REALIDAD LA MUERTE el nacimiento no son dos sucesos: son dos lados de un mismo fenómeno, como las dos caras de una moneda. Si un hombre tiene en la mano una cara de una moneda, también tendrá automáticamente la otra. No puedo tener en la mano una cara de una moneda y preguntarme dónde puedo encontrar la otra: dispongo de la otra automáticamente.
La muerte y el nacimiento son dos caras de un mismo fenómeno. Si la muerte se produce en un estado consciente, la muerte tiene lugar inevitablemente en un estado consciente. Si la muerte se produce en un estado inconsciente, el nacimiento se produce también en estado de inconsciencia. Si la persona muere plenamente consciente en el momento de su muerte, también estará llena de conciencia en el momento de su nacimiento siguiente.
Como todos morimos en estado de inconsciencia y nacemos en estado de inconsciencia, no recordamos nada de nuestras vidas anteriores. Pero el recuerdo de nuestras vidas anteriores siempre queda presente en algún rincón de nuestras mentes, y podemos revivir este recuerdo si lo deseamos.
No podemos hacer nada directamente en relación con el nacimiento: todo lo que podamos hacer estará relacionado únicamente con la muerte. No podemos hacer nada después de la muerte: todo lo que podamos hacer debemos hacerlo antes de la muerte. La persona que muera en estado inconsciente no podrá hacer nada hasta que vuelva a nacer. No hay remedio: seguirá inconsciente. Así pues, si vosotros habéis muerto en estado inconsciente, tendréis que nacer de nuevo en estado inconsciente. Lo que haya que hacer tendrá que hacerse antes de la muerte, pues disponemos de muchas oportunidades antes de la muerte: la oportunidad de toda una vida. Con esta oportunidad podemos hacer un esfuerzo por despertar. Sería, pues, un gran error esperar hasta el momento de la muerte para despertar. No podemos despertar en el momento de la muerte. El sadhana, el viaje hacia el despertar, tendrá que empezar mucho antes de la muerte: habrá que prepararse para ella. Si no os preparáis, es seguro que quedaréis inconscientes en la muerte. Aunque este estado inconsciente es bueno para vosotros, en cierto modo, si todavía no estáis preparados para nacer en estado consciente.
Hacia 1915, el rey de Casi fue operado del abdomen. Fue la primera operación de este tipo que se realizó en el mundo sin anestesia. Estaban presentes tres médicos británicos, que se negaban a realizar la operación sin administrar anestesia, pues decían que era imposible abrir el estómago a una persona durante una hora y media o dos horas para realizar una operación importante sin que el paciente estuviera inconsciente. Era peligroso, pues el paciente podía gritar, moverse, saltar o caerse a causa del dolor insoportable. Podía suceder cualquier cosa. Por ello, los médicos no estaban dispuestos a realizar la operación.
Pero el rey insistió en que no había de qué preocuparse, siempre que él estuviera en estado de meditación, y afirmaba que era capaz de pasar de una hora y media a dos horas en estado de meditación sin dificultad. No estaba dispuesto a tomar anestesia; decía que quería que lo operasen estando consciente. Pero los médicos desconfiaban: creían que era peligroso hacer sufrir tal dolor a una persona consciente. Por fin, como no encontraban otra alternativa, los médicos le pidieron en primer lugar, a modo de experimento, que entrase en estado de meditación. Cuando él estuvo en ese estado, le hicieron un corte en la mano. Él ni siquiera tembló. Sólo dos horas más tarde se quejó de que le dolía la mano. Más tarde, realizaron la operación.
Fue la primera vez en el mundo que unos médicos abrieron el estómago de un paciente durante una hora y media sin administrarle anestesia. Y el rey permaneció plenamente consciente durante toda la operación. Para alcanzar tal estado de conciencia es preciso practicar una meditación profunda. La meditación tiene que ser tan profunda que uno conozca plenamente, sin sombra de duda, que el yo y el cuerpo son independientes. La más mínima identificación con el cuerpo puede ser peligrosa.
La muerte es la mayor operación quirúrgica de todas. Ningún médico ha realizado una operación tan grande. Pues en la muerte existe un mecanismo que trasplanta toda la energía vital, el prana, de un cuerpo físico a otro cuerpo físico. Nadie ha realizado una operación tan espectacular, ni nadie la realizará jamás. Podemos amputar una parte del cuerpo u otra, o trasplantar una parte en otra, pero en el caso de la muerte hay que tomar toda la energía vital de un cuerpo e introducirla en otro.
La naturaleza ha procurado bondadosamente que nos quedemos plenamente inconscientes cuando se produce este fenómeno. Es por nuestro propio bien: quizás no fuésemos capaces de soportar tanto dolor. Es posible que el motivo por el que nos quedamos inconscientes es que el dolor de la muerte es insoportable. Nos interesa quedarnos inconscientes; la naturaleza no nos permite recordar el paso por la muerte.
En todas las vidas repetimos casi los mismos errores que hemos repetido en nuestras vidas anteriores. Si fuésemos capaces de recordar lo que hicimos en las vidas anteriores, quizás no tropezaríamos con las mismas piedras. Y si fuésemos capaces de recordar lo que hicimos en nuestras vidas anteriores, ya no seríamos como somos ahora. Es imposible que siguiésemos siendo los mismos, pues hemos amontonado riquezas una y otra vez y en todas las ocasiones la muerte ha despojado de sentido a esas riquezas. Si fuéramos capaces de recordarlo, quizás no llevaríamos dentro la misma manía por el dinero que hemos llevado hasta ahora. Nos hemos enamorado mil veces, y hemos visto una y otra vez que, a la larga, no tenía sentido. Si fuéramos capaces de recordarlo, desaparecería nuestra manía de enamorarnos y de procurar que se enamoren de nosotros. Hemos sido miles y miles de veces ambiciosos, egoístas; hemos alcanzado el éxito, el alto nivel social, y al final todo ha resultado inútil, todo ha quedado reducido a polvo. Si fuéramos capaces de recordarlo, es posible que nuestra ambición perdiera fuerza, y entonces no seríamos los mismos que somos ahora.
Como no recordamos nuestras vidas anteriores, seguimos moviéndonos casi por un mismo círculo. El hombre no se da cuenta de que ya ha recorrido el mismo círculo muchas veces ni de que lo está volviendo a recorrer con la misma esperanza que lo ha impulsado antes. Después, la muerte frustra todas las esperanzas y vuelve a comenzar el círculo. El hombre se mueve en círculo, como el buey en una noria.
Podemos salvarnos de este daño, pero necesitamos un gran nivel de conciencia y debemos experimentar continuamente. No podemos ponernos a esperar la muerte directamente, porque no es posible hacernos conscientes de pronto, en el transcurso de una operación tan importante, de un trauma tan grande. Tendremos que hacer experimentos poco a poco, con desgracias pequeñas, para descubrir cómo podemos ser conscientes mientras las pasamos.
Por ejemplo, tenemos un dolor de cabeza. Al mismo tiempo nos volvemos conscientes y empezamos a sentir que tenemos un dolor de cabeza, no que la cabeza tiene un dolor. De modo que tendremos que experimentar con el pequeño dolor de cabeza y tendremos que aprender a sentir que “el dolor está en la cabeza y yo soy consciente de él”.
Cuando el Swami Ram visitó América, a la gente le costaba mucho entenderlo al principio. Cuando el presidente de los Estados Unidos le hizo una visita, también se sintió confuso. Preguntó: “¿Qué lengua es ésa?”; porque Ram solía hablar en tercera persona. No decía “Tengo hambre”, sino que decía: “Ram tiene hambre.” No decía: “Me duele la cabeza”, sino “A Ram le duele mucho la cabeza.”
Al principio, a la gente le costaba mucho entenderlo. Por ejemplo, una vez dijo: “Anoche, Ram se estaba helando.” Cuando le preguntaron de quién hablaba, respondió que hablaba de Ram. Cuando le preguntaron: “¿De qué Ram?”, dijo, señalándose a sí mismo: “De éste Ram: el pobre se estaba helando de frío anoche. Nos reíamos y le preguntábamos: “¿Cómo va el frío, Ram?”
Decía: “Ram estaba paseando por la calle y algunas personas se pusieron a insultarlo. Nos reímos a carcajadas y dijimos: “¿Qué te parecen los insultos, Ram? Si buscas honra, es fácil que te encuentres con insultos”. Cuando le preguntaban: “¿De quién habla? ¿Quién es ese Ram?”, se señalaba a sí mismo.
Tendréis que empezar por hacer experimentos con desgracias de tipo menor. Os las encontraréis todos los días de la vida; están presentes todos los días. No sólo las desgracias: tendréis que incluir también la felicidad en el experimento, porque es más difícil ser conscientes en la felicidad que en la desgracia. No es tan difícil conocer que nuestra cabeza y el dolor que hay en ella son dos cosas independientes, pero es más difícil conocer que ”el cuerpo es independiente, y la alegría de estar sano también es independiente de mí; yo tampoco soy eso”. Es difícil mantener este distanciamiento cuando estamos sanos, pues en los momentos de felicidad nos gusta estar próximos a ésta. En los momentos de desgracia es evidente que nos gusta sentirnos independientes, apartados de ella. Si llegase a quedar claro que el dolor es independiente de nosotros, querríamos que siguiera así para estar liberados del dolor.
Tendréis que experimentar el modo de manteneros conscientes tanto en la desgracia como en la felicidad. El que realiza tales experimentos suele provocarse desgracias para vivirlas. Éste es, en esencia, el secreto de todo ascetismo: es un experimento en el cual se sufre un dolor voluntario. Por ejemplo, una persona realiza un ayuno. A base de pasar hambre, intenta descubrir el efecto del hambre sobre su conciencia. En general, la persona que realiza un ayuno no tiene la menor idea de lo que hace: lo único que sabe es que tiene hambre, y espera con avidez su comida del día siguiente.
El propósito fundamental del ayuno es sentir que “el hambre está aquí, pero está lejos de mí. El cuerpo tiene hambre, yo no.” Así pues, induciendo voluntariamente el hambre, uno intenta saber, desde dentro, si el hambre está allí. “Ram tiene hambre; yo no tengo hambre. Sé que el hambre está allí, y éste deberá ser un conocimiento continuado hasta que yo llegue a un punto en que se produzca un distanciamiento entre el hambre y yo, en el que yo ya no tenga hambre: aun dentro del hambre yo ya no tengo hambre. Sólo el cuerpo sigue teniendo hambre, y yo lo sé. Yo ya no soy más que uno que lo sabe.” Entonces, el significado del ayuno se vuelve muy profundo; por tanto, ya no significa simplemente pasar hambre.
Normalmente, el que emprende un ayuno se repite las veinticuatro horas del día que tiene hambre, que no ha comido nada aquel día. Su mente no deja de albergar fantasías y planes sobre lo que comerá al día siguiente. Los ayunos de este tipo no tienen sentido. Por consiguiente, no son más que abstenerse de comer. La diferencia entre abstenerse de comer y practicar el ayuno, el upavas, es la siguiente: el ayuno significa residir cada vez más cerca. ¿Más cerca de qué? Significa acercarse al yo produciendo un distanciamiento del cuerpo.
La palabra “upavas” no significa abstenerse de comer. “Upavas” significa residir cada vez más cerca. ¿Más cerca de qué? Significa residir más cerca del yo, residir más cerca del yo y más lejos del cuerpo. También es posible que una persona coma pero se mantenga en el estado de ayuno. Si, mientras come, sabe dentro de sí que el acto de comer tiene lugar en otra parte y que la conciencia es totalmente independiente del acto, entonces es upavas. Y también es posible que una persona no esté ayunando de verdad. Aunque se haya privado de la comida; pues puede suceder que esté demasiado consciente de tener hambre, que se esté muriendo de hambre. Upavas es una conciencia psicológica de la separación del yo y el estado físico del hambre.
También se pueden provocar voluntariamente otros dolores similares, pero la provocación de estos dolores es un experimento muy profundo. Un hombre puede tumbarse sobre un lecho de espinos sólo para sentir que los espinos sólo pinchan el cuerpo, y no su yo. Así, es posible provocar una desgracia para sentir la disociación de la conciencia con respecto al plano físico.
Pero en el mundo ya aparecen bastantes desgracias sin que las provoquemos: no hace falta que provoquemos ninguna más. Ya disponemos de muchas desgracias: debemos empezar a experimentar con ellas. Las desgracias aparecen sin ser provocadas, en todo caso. Si podemos mantener la conciencia de que “soy independiente de mi dolor” durante la desgracia que viene sin ser provocada, entonces el sufrimiento se convierte en un sadhana, en una disciplina espiritual.
Tendremos que seguir practicando este sadhana aun con la felicidad que se ha presentado por sí misma. Con el sufrimiento, es posible que consigamos engañarnos a nosotros mismos, porque nos gustaría creer que “yo no soy el dolor”. Peri, por lo que respecta a la felicidad, el hombre quiere identificarse con ella, porque ya cree que “soy feliz”. Por eso, el sadhana es más difícil todavía de practicar con la felicidad.
En realidad, nada es más difícil que sentir que somos independientes de nuestra felicidad. En la práctica, al hombre le gusta sumergirse por completo en la felicidad y olvidarse que es independiente de ella. La felicidad nos inunda; la desgracia nos desconecta y nos separa del yo. Llegamos a creer, de algún modo, que nuestra identificación con el sufrimiento se debe únicamente a que no nos queda ninguna otra elección, pero damos la bienvenida a la felicidad con todo nuestro ser.
Sed conscientes en el dolor que os llegue; sed conscientes en la realidad que os llegue; y, de vez en cuando, a modo de experimento, sed conscientes también en el dolor provocado, porque en él las cosas son un poco diferentes. Nunca podemos identificarnos plenamente con nada que nos provoquemos voluntariamente. El conocimiento mismo de que es algo provocado genera un distanciamiento. El huésped que se presenta en vuestra casa no es de la casa: es un huésped. Del mismo modo, cuando provocamos el sufrimiento como huésped, ya es algo que está distanciado de nosotros.
Caminando descalzos, y el dolor nos clava una espina en el pie. Es un accidente, y el dolor será abrumador. Este accidente desgraciado es diferente del que se produce cuando tomamos voluntariamente una espina y nos la clavamos en el pie, sabiendo en cada momento que nos estamos atravesando el pie con la espina y que estamos observando el dolor. No os digo que hagáis tal cosa, que os torturéis a vosotros mismos: ya existen bastantes sufrimientos. Lo que quiero decir es lo siguiente: en primer lugar, estad atentos, tanto en el sufrimiento como en la felicidad; más tarde, algún día, provocaos alguna desgracia y ved cuanto podéis distanciar de ella vuestra conciencia.
Recordadlo: el experimento de provocar la desgracia es muy significativo, porque todo el mundo quiere provocar la felicidad, pero nadie quiere provocar la desgracia. Y lo interesante es que la desgracia que no deseamos viene por sí misma, y que la felicidad que buscamos no llega nunca. Aun cuando llega por casualidad, se queda fuera de nuestra puerta. La felicidad a la que llamamos no llega nunca, mientras que la felicidad que no pedimos nunca entra en casa por sí sola. Cuando una persona hace acopio de la fuerza suficiente para provocarse la desgracia, eso quiere decir que es tan feliz que puede provocarse una desgracia. Es tan bienaventurado que no le resulta difícil provocarse una desgracia. Ahora puede pedir a la desgracia que venga y que se quede.
Pero éste no es un experimento muy profundo. Mientras no estemos preparados para emprender tal experimento, debemos intentar ser conscientes de todo sufrimiento que nos llegue por sí mismo. Si nos hacemos más y más conscientes cada vez que nos crucemos con la desgracia, haremos acopio de la capacidad suficiente para mantenernos conscientes incluso cuando nos llegue la muerte. En ese momento la naturaleza nos permitirá que permanezcamos despiertos también en la muerte. La naturaleza sabe que si el hombre es capaz de permanecer consciente en el dolor, también puede mantenerse consciente en la muerte. Nadie es capaz de mantenerse consciente en la muerte sin preparación, sin haber vivido una experiencia previa de ese tipo.
Hace algunos años murió un hombre llamado P.D. Ouspensky. Era un gran matemático ruso. Es la única persona que ha realizado en este siglo una amplia serie de experimentos relacionados con la muerte. Tres meses antes de morir cayó gravemente enfermo. Los médicos le recomendaron que guardase cama, pero, a pesar de ello, realizó un trabajo tan increíble que resulta inimaginable. No dormía por las noches, viajaba, caminaba, corría, siempre estaba moviéndose. Los médicos estaban escandalizados: le decían que necesitaba descanso absoluto. Ouspensky reunió a su lado a todos sus amigos íntimos, pero no les dijo nada.
Los amigos que convivieron con él en sus tres últimos meses de vida, dijeron más tarde que habían visto por primera vez, ante sus propios ojos, a un hombre que aceptaba la muerte en estado consciente. Le preguntaron por qué no seguía los consejos de los médicos. Ouspensky respondió: “Quiero conocer el dolor de todo tipo, no sea que el dolor de la muerte sea tan grande que me deje inconsciente. Quiero pasar por todos los dolores antes de la muerte, para adquirir una resistencia que me permita estar completamente consciente cuando llegue la muerte.” De modo que, durante tres meses, realizó un esfuerzo ejemplar por pasar todo tipo de dolores.
Sus amigos han dejado escrito que cuando los más sanos y fuertes se cansaban, Ouspensky seguía en actividad. Los médicos insistían en que necesitaba reposo absoluto, pues de lo contrario podía sufrir grandes daños, pero él no hacía caso. La noche en que murió Ouspensky, no dejaba de pasearse por su habitación. Los médicos que lo examinaron anunciaron que sus piernas ya no tenían la fuerza necesaria para andar; pero él siguió caminando toda la noche.
Decía: “Quiero morir caminando, pues si muero sentado puedo quedarme inconsciente, o si muero dormido puedo quedarme inconsciente.” Mientras caminaba, decía a sus amigos: “Un poco más: diez pasos más, y todo habrá terminado. Me estoy hundiendo, pero seguiré caminando hasta que haya dado mi último paso. Quiero seguir haciendo algo hasta el final; de lo contrario, la muerte podrá encontrarme desprevenido. Podría relajarle y quedarme dormido, y no quiero que me pase esto en el momento de la muerte.”
Ouspensky murió mientras daba su último paso. Muy pocas personas en el mundo han muerto así, andando. Cayó andando, es decir, que sólo cayó al suelo cuando se produjo su muerte. Mientras daba su último paso, decía: “Esto es: éste es mi último paso. Ahora estoy a punto de caer. Pero antes de marcharme quiero deciros que he soltado mi cuerpo hace mucho tiempo. Ahora veréis la liberación de mi cuerpo, pero yo he visto hace mucho tiempo que el cuerpo ha caído y yo sigo existiendo. Ahora sólo caerá el cuerpo: yo no puedo caer de ninguna manera.”
En el momento de su muerte, sus amigos vieron una especie de luz en sus ojos. Se hizo visible una paz, una alegría y un resplandor que se dejan ver cuando alguien está en el umbral del otro mundo. Pero uno debe prepararse para esto, debe practicar una preparación continua. Cuando una persona se prepara plenamente, la muerte se convierte en una experiencia maravillosa. No existe otro fenómeno tan valioso como éste, pues lo que se revela en el momento de la muerte no se puede conocer de ninguna otra manera. Entonces, la muerte parece una amiga, pues sólo cuando acontece la muerte, y no antes, podemos conocer que somos un organismo vivo.
Recordadlo: cuanto más oscura es la noche, más brillan las estrellas. Cuando las nubes son oscuras, el rayo destaca sobre ellas como un hilo de plata. Del mismo modo, el centro mismo de la vida se manifiesta con toda su gloria cuando la muerte en su plenitud nos rodea por todas partes, y no antes. La muerte nos rodea como la oscuridad, y dentro de ella, el centro mismo de la vida, al que podemos llamar atman, el alma, brilla con su esplendor pleno; la oscuridad que lo rodea lo hace luminoso. Pero en ese momento nos quedamos inconscientes. En el momento mismo de la muerte, que podía ser de otro modo el momento en que conociésemos nuestro ser, nos quedamos inconscientes. Por eso, tendremos que prepararnos para elevar nuestra conciencia. La meditación es esa preparación.
La meditación es un experimento sobre el modo en que uno alcanza una muerte gradual, voluntaria. Es un experimento sobre el modo en que uno se traslada a su interior y abandona después el cuerpo. Si una persona practica la meditación a lo largo de la vida, alcanzará la meditación total en el momento de la muerte.
Cuando se produce la muerte en estado pleno de conciencia, el alma de la persona realiza su nacimiento siguiente en estado pleno de conciencia. Por tanto, el primer día de su nueva vida no es un día de ignorancia, sino de conocimiento pleno. Incluso en el vientre de su madre está plenamente consciente. El que ha muerto en estado de conciencia sólo puede nacer una vez más, porque el que ha conocido lo que es el nacimiento, lo que es la muerte y lo que es la vida, alcanza la libración.
Al que ha nacido en estado de conciencia lo hemos llamado avatara, tirthankara, Buda, Jesús, Krishna. Y lo que distingue a éstos del resto de nosotros es la conciencia. Ellos están despiertos y nosotros estamos dormidos. Por haber nacido conscientemente, éste se convierte en su último viaje sobre la tierra. Tienen algo que nosotros no tenemos; tienen algo que ellos procuran incansablemente traernos a nosotros. La diferencia entre los despiertos y nosotros es, sencillamente, la siguiente: su última muerte y el nacimiento posterior tuvo lugar en un estado de conciencia: por eso viven toda su vida en estado de conciencia.
Las gentes del Tíbet practican un pequeño experimento llamado “el Bardo.” Es un experimento muy valioso que sólo se realiza en el momento de la muerte. Cuando alguien está a punto de morir, sus conocidos se reúnen a su alrededor y le hacen practicar el Bardo. Pero sólo al que ha practicado la meditación durante toda su vida se le puede hacer seguir el Bardo; de lo contrario, es imposible. En el experimento del Bardo, en cuanto muere la persona, se le indica desde el exterior que debe mantenerse plenamente despierta. Se le dice que siga observando lo que pasa a continuación, pues muchas veces pasan en ese estado cosas que la persona que está muriendo no es capaz de comprender. No es fácil entender a primera vista los fenómenos nuevos.
Si una persona es capaz de mantenerse consciente tras la muerte, durante cierto tiempo no sabrá que está muerta. Sólo llegará a saber con seguridad que está muerta cuando los demás se lleven su cadáver y se dispongan a incinerarlo en la pira funeraria; pues, en realidad, nada muere dentro: sólo se produce un distanciamiento. Este distanciamiento no se ha conocido nunca en vida. La experiencia es tan nueva que no es posible comprenderla por una definición convencional. La persona siente, simplemente, que algo se ha separado. Pero ha muerto algo, y eso sólo lo comprende cuando todos los que la rodean se ponen a llorar y a lamentarse, se inclinan sobre su cadáver llenos de dolor y se disponen a llevarse el cadáver para incinerarlo.
Si incineramos el cadáver tan pronto, es por un motivo. Quemamos o incineramos el cadáver en cuanto podemos para asegurarnos de que el cuerpo está muerto, de que se reduce a cenizas. Pero la persona sólo puede saberlo si ha muerto en estado consciente; la persona que muere en estado inconsciente no puede saberlo. Así pues, para que la persona que practica el Bardo vea quemarse su cuerpo, se le indica: “Mira bien cómo arde tu cuerpo. No huyas ni te apartes apresuradamente. Cuando la gente se lleve tu cuerpo para incinerarlo, no dejes de acompañarlos y de estar allí presente. Contempla con perfecta atención la cremación de tu cuerpo, para que la próxima vez no te apegues al cuerpo físico.”
Cuando vemos que algo se quema y se reduce a cenizas, nuestro apego hacia ello desaparece. Naturalmente, los demás verán la cremación de vuestro cuerpo, pero si vosotros la veis también, perderéis todo apego hacia él. Normalmente, en novecientos noventa y nueve casos de cada mil, la persona está inconsciente en el momento de la muerte: no tiene ningún conocimiento de ella. En el caso restante, de cada mil en el que está consciente, evita ver cómo se quema su cuerpo; huye del lugar de la cremación. Por eso, en el Bardo se le dice: “Mira: no te pierdas la oportunidad. Observa la cremación de tu cuerpo; contémplala de una vez por todas. Mira cómo se destruye por completo aquello con lo que has estado identificado tu yo. Mira cómo se reduce completamente a cenizas, para que en tu próximo nacimiento recuerdes quién eres.”
En cuanto la persona muere, entra en un mundo nuevo del que no sabemos nada. Ese mundo puede parecernos temible y terrorífico porque no es semejante ni distinto de ninguna de nuestras vivencias. En realidad, no tiene relación alguna con la vida en la Tierra. Enfrentarse a este mundo nuevo es más temible que lo que tendría que pasar un hombre que se encontrase en un país desconocido, donde no conociera a nadie, ni entendiera la lengua ni las costumbres. Evidentemente, se sentirá muy perturbado y confuso.
El mundo en el que vivimos es un mundo de cuerpos físicos. Cuando dejamos este mundo comienza el mundo incorpóreo, un mundo que no hemos conocido nunca. Y este mundo puede darnos miedo, porque es diferente de cualquiera de nuestras vivencias. En nuestro mundo, por extraño que sea el lugar donde estemos, por diferentes que sean de nosotros los habitantes y sus modos de vida, siempre existirá un vínculo entre ellos y nosotros: es un mundo de seres humanos. Entrar en el mundo de los espíritus incorpóreos puede ser una experiencia increíblemente terrorífica.
Normalmente, la pasamos en un estado inconsciente, por lo cual no la advertimos. Pero el que pasa por ella en estado consciente sufre grandes dificultades. Por eso, en el Bardo se intenta explicar a la persona qué tipo de mundo será, qué pasará allí, con qué seres se encontrará. Sólo los que han practicado la meditación profunda pueden ser guiados a lo largo de este experimento; de otro modo, es imposible.
Últimamente he tenido frecuentemente la impresión de que podemos realizar el experimento del Bardo, en una manera u otra, con nuestros amigos que practican la meditación. Pero esto sólo es posible cuando han entrado en la meditación profunda; de lo contrario, ni siquiera serían capaces de oír lo que se les dice. No serían capaces de oír lo que se les dice en el momento de la muerte, ni de seguir lo que se les explica. Para seguir lo que se dice se necesita una mente muy silenciosa y muy vacía. Cuando la conciencia empieza a desvanecerse y a desaparecer, y cuando empiezan a desatarse todos los vínculos terrenales, sólo una mente muy silenciosa es capaz de oír los mensajes que se transmiten desde este mundo; si no es muy silenciosa, no será capaz de oírlos.
Recordarlo: esto sólo se puede hacer con respecto a la muerte; nada puede hacerse con respecto al nacimiento. Pero cualquier cosa que hagamos con respecto a la muerte afectará también, en consecuencia, a nuestro nacimiento. Nacemos en el mismo estado en que morimos.
El que ha despertado elige libremente un vientre. Esto demuestra que nunca elige nada ciega e inconscientemente. Elige a sus padres, del mismo modo que el hombre rico elige la casa donde vive. El pobre no puede elegir casa a su gusto. Necesitamos de cierta capacidad para poder elegir. Necesitamos de cierta capacidad para comprar una casa. El pobre nunca elige su casa. Podríamos decir; en realidad, que la casa elige al pobre: una casa pobre elige a un inquilino pobre. El millonario decide dónde quiere residir, cómo ha de ser el jardín, dónde han de estar situadas las puertas las ventanas, si la luz del sol ha de entrar por el este o por el oeste, cómo debe estar dispuesta la ventilación, qué amplitud ha de tener la casa… lo decide todo.
El que ha despertado elige un vientre para sí mismo: ésa es su decisión. Los personajes como Mahavira o Buda no nacen en cualquier parte ni en cualquier momento. Nacen después de considerar todas las posibilidades: cómo será el cuerpo y qué padres lo concebirán; cómo será la energía y qué poder tendrá ésta; de qué facilidades dispondrá. Nacen después de estudiar todo esto. Tienen claro lo que han de elegir, dónde deben ir. Desde el día en que nacen viven la vida que han elegido.
La alegría de vivir una vida elegida por uno mismo es completamente diferente, pues la libertad comienza por tener una vida elegida por nosotros mismos. No puede haber una alegría del mismo tipo en una vida que se nos entrega, pues entonces se convierte en servidumbre. En estos casos, simplemente somos empujados a la vida, y entonces lo que suceda, sucede: la persona no influye para nada al respecto.
Si se hace posible tal despertar, entonces se puede hacer, decididamente, esa elección. Si el nacimiento mismo sucede por elección nuestra, entonces podemos vivir el resto de nuestras vidas a nuestra elección. Así pues, podemos vivir como un jivan-mukta. El que muere en estado despierto nace en estado despierto, y entonces vive su vida en estado de liberación.
Oímos con frecuencia la palabra “jivan-mukta”, aunque quizás no sepamos lo que quiere decir: “Jivan-mukta” es el que nace en estado despierto: sólo esa persona puede ser un jivan-mukta. La persona que no lo es puede trabajar toda su vida por conseguir la liberación, pero sólo puede alcanzar la liberación en su vida siguiente: no será libre en esta vida. Para ser jivan-mukta en esta vida, la persona debe disponer de la libertad de elegir desde el día mismo de su nacimiento. Y esto sólo es posible cuando la persona ha alcanzado la conciencia plena en el momento de la muerte al final de su vida anterior.
 
 


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De: The_dark_crow_v301 Enviado: 20/03/2006 16:18
Pero esto no es lo que nos ocupa de momento. La vida está aquí; todavía no ha llegado la muerte, de momento. Ha de llegar con seguridad: nada es más seguro que la muerte. Podemos dudar de otras cosas, pero no cabe duda alguna con respecto a la muerte. Algunas personas dudan de Dios; otras dudan del alma, pero jamás habréis conocido a nadie que dude de la muerte. Es inevitable; ha de venir con toda seguridad; ya está en camino. Se aproxima más y más a cada instante. Podemos aprovechar los momentos que nos quedan antes de la muerte para despertar. La meditación es una técnica que conduce a ese fin. En estos tres días intentaré ayudaros a comprender que la meditación es la técnica que conduce a ese mismo despertar.

Un amigo ha preguntado: ¿Qué relación hay entre la meditación y el jati-smaran, el recuerdo de las vidas anteriores?

“J
ATI-SMARAN” SIGNIFICA: “El método para recordar las vidas anteriores.” Es una manera de recordar nuestras existencias pasadas. Es una forma de meditación. Es una aplicación concreta de la meditación. Por ejemplo, alguien podría preguntarnos: “¿En qué se diferencia un río de un canal?” Le responderíamos que el canal es una aplicación concreta del río: bien planeado, controlado y sistematizado. El río es caótico, incontrolado. También llegará a alguna parte, pero su destino es incierto. El destino del canal está garantizado.
La meditación es como un río grande; llegará al mar; es seguro que ha de llegar al mar. La meditación con toda seguridad os llevará hasta Dios. Pero también existen otras aplicaciones intermedias de la meditación. Estas aplicaciones intermedias pueden llevarse, como pequeños afluentes, a los canales de la meditación. El jati-smaran es uno de estos métodos auxiliares de meditación. También podemos canalizar el poder de la meditación hacia nuestras vidas anteriores; la meditación no es más que centrar la atención. Pueden existir aplicaciones en las que uno centra su atención sobre un objeto dado, y una de estas aplicaciones es el jati-smaran: centrarse en los recuerdos, en estado latente, de las vidas anteriores.
Recordadlo: los recuerdos no se borran jamás; un recuerdo siempre se queda en estado latente, o sale a la luz. Pero el recuerdo en estado latente parece borrado. Si yo os pregunto qué hicisteis el 1° de enero del año 1950, no seréis capaces de responderme. Eso no quiere decir que no hayáis hecho nada en ese día. Pero, de pronto, el día primero de enero de 1950 parece un vacío total. No pudo estar vacío: estuvo lleno de actividad. Pero hoy parece un vacío. Del mismo modo, el día de hoy se convertirá también en un vacío mañana. Dentro de diez años no quedará ningún rastro del día de hoy.
Así pues, no es que el día primero de enero de 1950 no haya existido, ni que vosotros no existierais aquel día: lo que quiero dar a entender es que, dado que sois incapaces de recordar aquel día, ¿cómo podéis creer que existió verdaderamente? Pero sí existió, y hay una manera de saberlo. La meditación también puede centrarse en esa dirección. Descubriréis con sorpresa que en cuanto la luz de la meditación recaiga sobre ese día, éste os parecerá más vivo que nunca.
Imaginad, por ejemplo, que una persona está en un cuarto oscuro dirigiendo de un lado a otro la luz de un foco. Cuando dirige la luz hacia la izquierda, la parte derecha se queda a oscuras, pero no desaparece nada a la derecha. Cuando dirige la luz hacia la derecha, la parte derecha cobra vida de nuevo, pero la parte izquierda queda oculta en la oscuridad.
La meditación tiene un centro de enfoque, y si queremos canalizarla en una dirección concreta debemos utilizarla como un foco. Pero si queremos dirigir la meditación hacia lo divino, entonces debemos aplicar la meditación como una lámpara. Procurad entender bien esto.
La lámpara no tiene centro de enfoque propio: no está enfocada. La lámpara se limita a arrojar una luz que se difunde a su alrededor. A la lámpara no le interesa iluminar en una dirección o en otra: todo lo que caiga dentro del radio de su luz se ilumina. Pero un foco es como una lámpara enfocada.
Con el foco disponemos de toda la luz para dirigirla en una dirección determinada. Así pues, es posible que con una lámpara los objetos se hagan visibles pero difusos, y que para verlos claramente tengamos que concentrar toda la luz en un solo punto; se convierte en un foco. Entonces el objeto se vuelve claramente visible, pero los demás objetos se pierden de vista. En la práctica, si una persona quiere ver claramente un objeto, tendrá que enfocar su meditación total en una sola dirección y dejar a oscuras el resto.
El que quiera conocer directamente la verdad de la vida desarrollará su meditación como una lámpara: ése será su propósito único. Y, en realidad, el único propósito de la lámpara es verse a uno mismo; basta con que brille lo bastante para esto, y no hace falta nada más. Pero si debemos dar una aplicación especial a la lámpara, tal como recordar las vidas pasadas, entonces será preciso canalizar la meditación en una dirección determinada.
Voy a compartir con vosotros dos o tres indicaciones sobre el modo de canalizar la meditación en esa dirección. No os daré todas las indicaciones porque lo más probable es que a muy pocos de vosotros os interese aplicarlas, y si a alguno le interesa puede hablar personalmente conmigo. Citaré, pues, dos o tres indicaciones que en realidad no os permitirán experimentar con el recuerdo de las vidas anteriores, pero que os darán ciertas nociones. No lo expondré todo porque no es recomendable para todos experimentar con esta idea. Por otra parte, este experimento puede poneros en peligro en muchos casos.
Voy a contaros un incidente para que os quede claro lo que os digo. Una profesora estuvo practicando la meditación conmigo durante dos o tres años. Ella insistía mucho en experimentar con el jati-smaran, en conocer su vida anterior. Yo la ayudé a realizar el experimento; pero también le advertí de que sería mejor que no lo realizase hasta que no hubiera desarrollado plenamente su meditación, de lo contrario podía ser peligroso.
Los recuerdos de una sola vida ya son difíciles de soportar por sí solos. Si los recuerdos de las tres o cuatro vidas anteriores salvan la barrera e inundan a la persona, ésta puede volverse loca. Por eso, la naturaleza ha dispuesto las cosas de tal manera que siempre olvidamos el pasado. La naturaleza nos ha provisto de la capacidad de olvidar más de lo que recordamos, para que nuestra mente no tenga una carga mayor de la que puede soportar. La carga mayor sólo se puede soportar cuando ha aumentado la capacidad de nuestra mente, y si el peso de estos recuerdos recae sobre nosotros antes de haber aumentado esta capacidad, entonces empiezan los problemas. Pero ella insistía. No tenía en cuenta mis consejos y emprendió el experimento.
Cuando la invadió por fin la inundación de los recuerdos de su vida anterior, vino corriendo a verme hacia las dos de la madrugada. Estaba hecha un lío; estaba muy angustiada. Me dijo: “Esto tiene que parar de alguna manera. No quiero ver nunca ese aspecto de las cosas.” Pero no es tan fácil detener la marea de los recuerdos cuando se ha desbordado. En muy difícil cerrar la puerta cuando la han tirado abajo: la puerta no sólo se abre, sino que se rompe. Aquello duró unos quince días: sólo al cabo de ese tiempo cesó la oleada de recuerdos. ¿Cuál era el problema?
Aquella señora solía afirmar que era muy piadosa, que era una mujer de virtud impecable. Cuando se encontró con el recuerdo de su vida anterior, en la que había sido una prostituta, y cuando empezaron a salir a la luz las escenas de su prostitución, todo su ser se estremeció. Toda su moralidad sobre su vida presente se trastornó.
En las revelaciones de este tipo, no es como si las visiones pertenecieran a otro: la misma mujer que pasaba por casta se veía a sí misma como una prostituta. Suele suceder que las personas que se han prostituido en una vida anterior se vuelven profundamente virtuosas en la vida siguiente: es una reacción ante el sufrimiento de la vida anterior. Es el recuerdo del dolor y del daño de la vida anterior lo que la convierte en una mujer muy casta.
Suele suceder que las personas que fueron pecadoras en vidas anteriores se vuelven religiosas en esta vida. Por eso, existe una relación bastante profunda entre los pecadores y los religiosos. Suele producirse una reacción de este tipo, y ello se debe a que lo que llegamos a conocer nos hace daño y, por ello, nos pasamos al extremo opuesto.
El péndulo de nuestra mente no deja de moverse hacia el lado opuesto. En cuanto el péndulo llega a la izquierda oscila de nuevo hacia la derecha. Apenas ha tocado la derecha cuando vuelve a oscilar hacia la izquierda. Cuando veáis que el péndulo de un reloj se mueve hacia la izquierda, no dudéis de que está acopiando la energía suficiente para volver a dirigirse hacia la derecha: llegará a desplazarse hacia la derecha tanto como se desplazó hacia la izquierda. Del mismo modo suele suceder en la vida: la persona virtuosa se convierte en pecadora, y el pecador se vuelve virtuoso.
Esto es muy corriente: estás oscilaciones se producen en las vidas de todos. No creáis que es regla general que el que ha llegado a la santidad en esta vida ha debido de ser también un santo en su vida anterior. No necesariamente es así. Lo que se cumple necesariamente es exactamente lo contrario: está cargado del dolor de lo que tuvo que pasar en su vida anterior y ha girado en el sentido opuesto.
He oído contar lo siguiente:

U
NA VEZ VIVÍA UN RELIGIOSO ante la casa de una prostituta. Ambos murieron el mismo día. Pero el alma de la prostituta había de subir al cielo, y la del religioso había de bajar al infierno. Los emisarios que habían llegado para llevárselos estaban muy desconcertados. No dejaban de preguntarse: “¿Qué ha pasado? ¿Es un error? ¿Por qué debemos llevar al religioso al infierno? ¿No era un religioso?
El más sabio de ellos dijo: “Era un religioso, en efecto, pero envidiaba a la prostituta. Siempre pensaba en las fiestas que organizaba en su casa y en los placeres que se disfrutaban allí. Las notas de la música que llegaban hasta su casa lo afectaban en lo más hondo. Ningún admirador de la prostituta que la contemplase sentado ante ella se conmovía tanto como él, que escuchaba los sonidos que salían de la casa de ella, las notas de los cascabeles que ella se ponía en los tobillos para bailar. Toda su atención estaba centrada en aquel lugar. Aun cuando adoraba a Dios, tenía atentos los oídos a los sonidos que salían de casa de ella.
“¿Y la prostituta? Mientras languidecía en el pozo de la desgracia, siempre se preguntaba por las bienaventuranzas desconocidas en que vivía el religioso. Cuando lo veía cargado de flores para el culto de la mañana, ella se preguntaba: “¿Cuándo seré digna de llevar flores para el culto del templo? Soy tan impura que apenas tengo valor para entrar siquiera en el templo.” El humo del incienso, el brillo de las lámparas, los sonidos del culto, arrebataban a la prostituta y la hacían caer en una especie de meditación, de lo que no era capaz el religioso. La prostituta siempre soñaba con la vida del religioso, y el religioso siempre anhelaba los placeres de la prostituta.”


El recuerdo de la vida anterior dará la vuelta por completo a nuestra vida actual, porque ya no seréis capaces de vivir como vivisteis en vuestra vida anterior. En vuestra vida anterior tenías la opinión (e incluso ahora persiste esa opinión) de que el éxito y la felicidad grande se conseguían a base de labrar una fortuna. Lo que veréis primero en vuestra vida anterior será vuestro estado de infelicidad, antes de que veáis cómo ganasteis esa fortuna. Así veréis claramente que el hecho de ganar una fortuna, en lugar de ser una fuente de felicidad, os condujo en realidad a la infelicidad; y veréis que la amistad os condujo a la enemistad; que lo que tomabais por amor se convirtió en odio, y que lo que creías que era una unión se convirtió en separación. Entonces veréis por primera vez las cosas en su perspectiva correcta, con su trascendencia completa. Y estas consecuencias cambiarán vuestra vida, cambiarán por completo el modo en que vivís ahora. Será una situación completamente diferente.

H
E OÍDO CONTAR QUE UN HOMBRE fue a visitar a un monje y le dijo:
-Le agradecería mucho que me aceptase como discípulo.
El monje se negó. El hombre le preguntó por qué no quería tomarlo como discípulo. El monje respondió:
-En mi nacimiento anterior tuve discípulos que se convirtieron más tarde en enemigos míos. Lo he visto todo, y ahora sé que tener discípulos es ganarse enemigo, que hacer amigos es sembrar las simientes de la enemistad. Ahora no quiero ganarme enemigos, para lo cual no tengo ningún amigo. Sé que basta con estar solo. Acercarnos a una persona equivale, en cierto modo, a alejarla de nosotros.

E
L BUDA HA DICHO QUE EL ENCUENTRO con lo que nos agrada produce alegría, y que la despedida de lo que no nos agrada también produce alegría; que la despedida del ser querido que amamos nos produce dolor; y que el encuentro con el ser no querido también nos produce dolor. Así se creía y así se entendía. Pero más tarde llegamos a comprender que aquel al que llamamos el ser querido puede convertirse en el ser no querido, y que aquel al que considerábamos el ser no querido puede convertirse en el ser querido. Así, con la evocación de los recuerdos pasados, las situaciones existentes cambiarán radicalmente; se verán desde un punto de vista completamente diferente.
Estas evocaciones son posibles, aunque no son ni necesarias ni inevitables; y en algunas ocasiones estos recuerdos también pueden aparecer de improviso cuando practicamos la meditación. Si los recuerdos de las vidas pasadas llegan a presentarse de pronto (sin estar practicando ningún experimento; simplemente, en vuestra meditación normal), no os intereséis demasiado por ellos. Limitaos a mirarlos, a ser testigo de ellos; pues, normalmente, la mente es incapaz de soportar de pronto una turbulencia tan grande. Si uno intenta aguantarla, corre el claro peligro de volverse loco.
Una vez me trajeron a una niña que tenía unos once años y que, inesperadamente, había recordado tres de sus vidas anteriores. No había experimentado con nada: pero a veces se producen errores. Éste fue un error por parte de la naturaleza, y no una bendición que ésta otorgase a la niña: de algún modo, la naturaleza se había equivocado en su caso. Es como si alguien tuviera tres ojos o cuatro brazos: es un error. Cuatro brazos serían mucho más débiles que dos brazos; cuatro brazos no podrían funcionar tan bien como dos. El cuerpo con cuatro brazos sería más débil, no más fuerte.
De modo que la niña, de once años, recordaba tres vidas anteriores, y su caso se estudió mucho. En su última vida anterior había vivido a unos ciento treinta kilómetros de donde yo vivo ahora, y en aquella vida había muerto a los sesenta años de edad. Las personas con las que vivió entonces viven ahora en mi ciudad, y ella los reconocía a todos. Entre una multitud de millares de personas fue capaz de reconocer a sus antiguos parientes: a su propio hermano, a sus hijas, a sus nietos, a sus hijas y a sus yernos. Fue capaz de reconocer a sus parientes lejanos y a contar muchas cosas de ellos que ellos mismos habían olvidado.
Su hermano mayor vive todavía. Tiene en la frente la cicatriz de una herida pequeña. Yo pregunté a la niña si sabía algo acerca de aquella cicatriz. La niña se rió y dijo: “Ni siquiera mi hermano lo sabe. Que él te diga cuándo y cómo se hizo aquella herida.” El hermano no era capaz de recordar cuándo se había hecho la herida. Dijo que no tenía la menor idea.
La niña dijo: “El día de su boda, mi hermano se cayó del caballo del cortejo nupcial. Tenía entonces diez años.” Los ancianos del pueblo confirmaron el relato, pues recordaban que, en efecto, el hermano se había caído del caballo. Y el hombre no recordaba aquel suceso. La niña mostró también un tesoro que había enterrado en la casa en la que había vivido en su vida anterior.
En aquella vida anterior había muerto a los sesenta años de edad, y en la vida anterior a aquella había nacido en un pueblo de la región de Assam. En aquella vida había muerto a los siete años. No sabía el nombre del pueblo ni su dirección, pero conocía la lengua de Assam, tal como la podía hablar una niña de siete años. También sabía bailar y cantar como una niña de siete años. Se hicieron muchas pesquisas, pero no fue posible localizar a la que fue su familia en aquella vida.
La niña tiene una experiencia vital de un total de sesenta y siete años, además de sus once años en esta vida. Tiene los ojos de una mujer de sesenta y cinco a setenta y ocho años, aunque en realidad sólo tiene once años. No puede jugar con las niñas de su edad, porque se siente demasiado vieja. Lleva consigo los recuerdos de setenta y ocho años; se ve a sí misma como una mujer de setenta y ocho años. No puede ir a la escuela porque, a pesar de que tiene once años, le parece que el maestro podría ser su hijo. Así pues, aunque su cuerpo sólo tiene once años, su mente y su personalidad son los de una mujer de setenta y ocho años. No es capaz de jugar ni de divertirse como hacen las niñas; sólo le interesan las cosas serias de las que suelen hablar las ancianas. Sufre mucho; está llena de tensión. Su cuerpo y su mente no están en armonía. Se halla en una situación muy triste y dolorosa.
Yo recomendé a sus padres que me trajeran a la niña y que me permitiesen ayudarla a olvidad los recuerdos de sus vidas anteriores. Así como existe un método para recuperar los recuerdos, también existe una manera de olvidarlos. ¡Pero todo aquel asunto encantaba a sus padres! Acudían multitudes a ver a la niña; empezaban a venerarla. A los padres no les interesaba que ella se olvidase del pasado. Les advertí que la niña se volvería loca, pero ellos no hicieron caso. Hoy está al borde de la locura, pues no es capaz de soportar la carga de tantos recuerdos. Otro problema es que no hay manera de casarla. Le resulta difícil pensar en casarse cuando, en realidad, se siente como una anciana de setenta y ocho años. En ella no hay armonía de ninguna clase: su cuerpo es joven, pero su mente es vieja. Es una situación muy difícil.
Pero esto fue un accidente. También vosotros podéis atravesar esta frontera con un experimento. Pero no es necesario viajar en esta dirección, aunque los que lo deseen pueden experimentar. Pero antes de pasar al experimento es esencial que practiquen la meditación profunda para que sus mentes puedan volverse tan silenciosas y tan fuertes que, cuando las inunde la marea de los recuerdos, puedan aceptarlos como simples testigos. Cuando una persona es capaz de presenciar las cosas como un simple testigo, sus vidas anteriores no le parecen más que sueños. Entonces no lo atormentan los recuerdos: no significan para él nada más que los sueños.
Cuando uno consigue evocar las vidas anteriores y le empiezan a parecer como sueños, también su vida actual comienza a parecerle inmediatamente un sueño. Los que han llamado maya a este mundo no lo han hecho simplemente para defender una doctrina filosófica. Detrás de ello se encuentra el jati-smaran, el recuerdo de las vidas anteriores. Para el que ha recordado sus vidas anteriores, todo se ha convertido de pronto en un sueño, en una ilusión. ¿Dónde están sus amigos de las vidas anteriores? ¿Dónde están sus parientes, su mujer y sus hijos, las casas en las que vivió? ¿Dónde está aquel mundo? ¿Dónde está todo lo que le parecía tan real? ¿Dónde están aquellas preocupaciones que le quitaban el sueño? ¿Dónde están aquellos dolores y sufrimientos que le parecían tan insuperables, que llevaba como un peso a las espaldas? Y ¿qué fue de la felicidad que anhelaba? ¿Qué fue de todo aquello por lo que trabajó y por lo que se esforzó? Si sois capaces de recordar vuestra vida anterior, y si vivisteis setenta años, lo que vierais en esos setenta años ¿os parecería un sueño, o una realidad? En verdad, os parecería un sueño que vino y se marchitó.
He oído contar lo siguiente:

U
NA VEZ EL HIJO DE UN REY yacía en su lecho de muerte. Llevaba ocho días en coma: no podían salvarlo, pero la muerte tampoco venía a llevárselo. El rey rezaba pidiendo por su vida, por una parte, pero era consciente, al mismo tiempo, de que todo está lleno de dolor y de sufrimiento y advertía la futilidad de la vida. El rey pasó ocho noches sin dormir, pero en la novena noche, hacia las cuatro de la madrugada, lo venció el sueño y empezó a soñar.
Solemos soñar con las cosas que no hemos conseguido en la vida; por eso, el rey, sentado junto a su único hijo, que se moría, soñó que tenía doce hijos fuertes y hermosos. Se vio como emperador de u gran reino, como rey de toda la Tierra, dueño de palacios grandes y bellos. Y se vio enormemente feliz. Y, mientras soñaba todo eso…
El tiempo transcurre más deprisa en los sueños; el tiempo de los sueños es completamente diferente del tiempo de nuestra vida diaria. En un sueño se puede saltar en un momento un intervalo de muchos años, y cuando nos despertamos nos parece difícil entender cómo hemos cubierto tantos años en un sueño que sólo ha durado unos momentos. En realidad, el tiempo transcurre muy deprisa en los sueños; podemos cubrir muchos años en un momento.
Así pues, mientras el rey soñaba con sus doce hijos y con las lindas esposas de éstos, con sus palacios y con su gran reino, el príncipe enfermo, que tenía doce años, murió. La reina dio un grito, y el sueño del rey quedó interrumpido bruscamente.
El rey se despertó, asustado. La reina, entristecida, le preguntó:
-¿Por qué pareces tan asustado? ¿Por qué no tienes lágrimas en los ojos? ¿Por qué no dices nada?
El rey respondió:
-No, no estoy asustado: estoy confuso. Me enfrento a un gran dilema. Me pregunto a quién debo llorar. ¿Debo llorar a los doce hijos que tenía hace un momento, o a este hijo que acabo de perder? Lo que me inquieta es que no sé quien ha muerto. Y lo más extraño es que, cuando yo estaba con aquellos doce hijos, no sabía nada de este hijo. No estaba en ninguna parte: no había rastro de él, ni de ti. Ahora que he salido del sueño, este palacio está aquí, tú estás aquí, mi hijo está aquí; pero aquellos palacios y aquellos hijos han desaparecido. ¿Qué es lo verdadero? ¿Es verdadero esto, o lo era aquello? No soy capaz de determinarlo.
 
 

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De: The_dark_crow_v301 Enviado: 20/03/2006 16:19

S
US INTERESES Y SUS ACTITUDES, tan diferente, tan opuestos entre sí, habían cambiado por completo. Esto suele suceder; y estos hechos siguen ciertas leyes.
Así pues, cuando a aquella profesora le llegó el recuerdo de su vida anterior, le dolió mucho. Le dolió porque le destrozó su amor propio. Lo que supo de su vida anterior la estremeció, y después quería olvidarlo. Yo ya le había advertido de antemano que no debía recordar su vida anterior sin prepararse a fondo.
Como me lo habéis preguntado, os daré algunas nociones básicas para que podáis comprender el significado del jati-smaran. Pero no os servirán para experimentar con ello. Los que quieran experimentar tendrán que estudiarlo por su cuenta.
La primera noción es que el propósito del jati-smaran es, simplemente, conocer la vida anterior de uno; para ello, debemos apartar nuestra mente del futuro. Nuestra mente está orientada al futuro y no al pasado. Normalmente, nuestra mente está centrada en el futuro; se desplaza hacia el futuro. La corriente de nuestros pensamientos está orientada hacia el futuro, y si nuestra mente está orientada hacia el futuro y no hacia el pasado es por el bien de la vida. ¿Por qué preocuparse del pasado? Se fue; se acabó; y lo que nos interesa es lo que ha de venir. Por eso preguntamos constantemente a los astrólogos lo que nos reserva el porvenir. Nos interesa descubrir lo que va a pasar en el futuro. El que quiere recordar el pasado tiene que renunciar, por completo, a todo interés por el futuro. Pues en cuanto el foco de la mente se centra en el futuro, en cuanto la corriente de los pensamientos ha empezado a dirigirse hacia el futuro, ya no es posible hacerla volver hacia el pasado.
Así pues, lo primero que hay que hacer es romper por completo con el futuro durante algunos meses, durante un periodo de tiempo determinado. La persona tiene que decidirse a no pensar en el futuro durante seis meses. Si se le presenta un pensamiento relacionado con el futuro, se limitará a saludarlo y a soltarlo; no se identificará con ninguna idea de futuro ni se dejará llevar por ella. Lo primero es, pues, pensar durante seis meses que no hay futuro y fluir hacia el pasado. Y así, en cuanto se suelta el futuro, la corriente de los pensamientos fluye hacia el pasado.
Para comenzar tenéis que retroceder en esta vida; no es posible regresar en seguida a una vida anterior. Y existen técnicas para retroceder en esta vida. Por ejemplo, como dije antes, no recordáis lo que hicisteis el día 1° de enero de 1950.
Existe una técnica para descubrirlo. Si entráis en la meditación que os he indicado, al cabo de diez minutos (cuando la meditación se haya hecho más profunda, cuando el cuerpo esté relajado, la respiración esté relajada, la mente esté tranquila), entonces dejad que lo único que os quede en la mente sea la pregunta: “¿Qué pasó el 1° de enero de 1950?” Dejad que toda vuestra mente se centre en eso. Si ésa es la única nota que resuena en vuestra mente, al cabo de varios días veréis de pronto que se levanta un telón: aparece el día primero de enero, y empezáis a vivir de nuevo todos y cada uno de los hechos de aquel día, desde la salida del sol hasta la noche. Y veréis el primero de enero con mucho más detalle del que pudisteis ver realmente en aquel día concreto, porque aquel día quizás no estabais tan conscientes. De modo que debéis empezar por hacer experimentos de regresión en esta vida actual.
Es muy fácil hacer regresiones hasta la edad de cinco años; se vuelve muy difícil llegar antes de esta edad. Y, en general, no podemos recordar lo que sucedió antes de los cinco años de edad; es el límite máximo que podemos alcanzar. Algunas personas pueden recordar hasta su tercer año de vida. Pero más allá se vuelve extremadamente difícil: se levanta como una barrera ante la entrada y todo se bloquea. La persona que adquiere la capacidad de evocar será capaz de despertar plenamente el recuerdo de cualquier día a partir de sus cinco años de edad. El recuerdo empieza a revivir por completo.
Después, hay que ponerlo a prueba. Por ejemplo, anotad en un papel los hechos de hoy y guardadlo bajo llave. Os años más tarde, recordad el día; leed la nota y comparad con ella vuestro recuerdo. Descubriréis con asombro que habéis sido capaces de evocar más cosas de las que habías anotado en el papel. Los sucesos volverán a vuestra memoria con toda seguridad.
El Buda ha llamado a esto alaya-vigyan. Hay un rincón de nuestras mentes al que el Buda ha llamado alaya-vigyan. “Alaya-vigyan” significa “el almacén de la conciencia”. Así como nosotros guardamos todos nuestros trastos en el sótano de la casa, existe un almacén de la conciencia donde se recogen los recuerdos. Todo se guarda en él, nacimiento tras nacimiento. Nada se retira nunca de allí, porque el hombre no sabe nunca cuándo puede necesitar esas cosas. El cuerpo físico cambia, pero en nuestra existencia continuada ese almacén sigue existiendo, sigue con nosotros. Nunca sabemos cuándo podemos necesitarlo. Y sea lo que sea lo que hayamos hecho en nuestras vidas, lo que hayamos visto, conocido, vivido, todo ello se almacena allí.
Él que es capaz de recordar hasta la edad de cinco años puede llegar más allá de tal edad: no es demasiado difícil. La naturaleza del experimento será la misma. Más allá de los cinco años hay otra puerta que os conducirá hasta el punto de vuestro nacimiento, hasta el momento en que aparecisteis sobre la Tierra. Entonces nos encontramos con otra dificultad, porque los recuerdos de nuestra estancia en el vientre materno tampoco desaparecen nunca. Podemos introducirnos también en estos recuerdos, llegando hasta el instante de la concepción, hasta el momento en que se unen los genes de la madre y del padre y entra el alma. El hombre sólo puede entrar en sus vidas anteriores después de haber llegado a este punto; no es capaz de entrar en ellas directamente. Debemos realizar todo este viaje de regreso: sólo entonces es posible pasar también a la vida anterior.
Después de haber entrado en la vida anterior, el primer recuerdo que nos llegue será del último suceso que tuvo lugar en aquella vida. Recordad, no obstante, que esto provocará ciertas dificultades y que no tendrá mucho sentido. Es como si proyectamos una película marcha atrás o como si leemos una novela empezando por la última página: nos sentimos perdidos. Nuestra primera entrada en nuestra vida anterior, nos confundirá, porque la secuencia de los hechos estará en orden inverso.
Cuando volváis a vuestra vida anterior, os encontraréis en primer lugar con la muerte; después, con la vejes, con la juventud, con la infancia, y, por último, con el nacimiento. Estará en orden inverso, y en ese orden os resultará muy difícil entender las cosas. Así pues, cuando salga a la luz el recuerdo por primera vez os sentiréis tremendamente inquietos y agitados, porque es difícil entender las cosas; es como si vieseis una película o como si leyeseis una novela al revés. Quizás sólo seáis capaces de desentrañar un hecho después de reordenarlo varias veces. De modo que el mayor esfuerzo que hay que realizar al volver a los recuerdos de nuestra vida anterior es el de ver en orden inverso unos hechos que normalmente transcurren en orden normal. Pero, al fin y al cabo, ¿cuál es el orden normal, y cuál es el inverso? Es simplemente una cuestión de cómo entramos en el mundo y de cómo salimos de él.
Al principio sembramos una semilla, y la flor aparece al final. Pero si observamos este fenómeno al revés vendría en primer lugar la flor, seguida del capullo, de la planta, de las hojas y del brote, y lo último sería la semilla. Como no tenemos un conocimiento previo de este orden inverso, necesitamos mucho tiempo para reordenar coherentemente los recuerdos y para determinar claramente la naturaleza de los hechos. Lo más extraño es que vendrá en primer lugar la muerte, seguida de la vejez y de la enfermedad, y después vendrá la juventud: las cosas sucederán en orden inverso. O bien, si os casasteis y os divorciasteis, cuando repaséis el baúl de los recuerdos veréis en primer lugar el divorcio, seguido del amor y, después, del matrimonio.
Será extremadamente difícil seguir los sucesos de esta manera regresiva, porque normalmente comprendemos las cosas de una manera unidimensional. Nuestras mentes son unidimensionales. Es muy difícil ver las cosas en el orden contrario: no estamos acostumbrados a tal experiencia; estamos acostumbrados a movernos de manera lineal. Haciendo un esfuerzo, no obstante, podemos comprender los sucesos de una vida pasada siguiendo, secuencialmente, el orden inverso. Sin duda, será una experiencia increíble.
Repasar los recuerdos siguiendo este orden inverso será una experiencia sorprendente, porque al ver en primer lugar el divorcio, después el amor y después el matrimonio quedará claro inmediatamente que el divorcio era inevitable: el divorcio era inherente al tipo de amor que se produjo: el divorcio era el único resultado posible del matrimonio que tuvo lugar. Pero en el momento de aquel matrimonio de la vida anterior no teníamos la menor idea de que acabaría en divorcio; y el divorcio fue consecuencia de ese matrimonio. Si viésemos todo esto en su integridad, entonces el enamoramiento de hoy sería algo completamente diferente, porque ahora podríamos ver de antemano el divorcio que tenía aparejado; ahora podríamos ver la enemistad que se avecina, antes incluso de establecer la amistad.

C
UANDO RECORDÉIS VUESTRAS VIDAS anteriores, os resultará difícil determinar si lo que veis en esta vida es verdadero o no. Os daréis cuenta de que ya habéis visto las mismas cosas muchas veces y de que nada ha durado para siempre: todo se ha perdido. Entonces os preguntaréis: “¿Es lo que veo ahora tan verdadero como lo que vi antes? Porque también esto pasará y se desvanecerá, como todos los sueños anteriores.”
Cuando vemos una película, nos parece verdad. Cuando termina la película, tardamos algunos momentos en volver a nuestra realidad, en reconocer que lo que vimos en el cine no era más que una ilusión. En concreto, muchas personas que suelen ser incapaces de manifestar sus sentimientos llegan a llorar cuando ven una película. Se sienten muy aliviadas, porque de lo contrario tendrían que buscar algún otro pretexto para liberar sus sentimientos. Se permiten llorar o reír en el cine. Cuando salimos de ver la película, lo primero que se nos ocurre es lo mucho que nos hemos identificado con lo que sucedía en la pantalla. Si vemos la misma película cada día, la ilusión se desvanece poco a poco. Pero también se nos olvida lo que nos pasó en la última película. Y cuando vamos a ver una película nueva, empezamos de nuevo a creernos lo que pasa en ella.
Si pudiéramos recuperar los recuerdos de nuestras vidas anteriores, nuestra vida actual también empezaría a parecernos un sueño. ¡Cuántas veces han soplado estos vientos! ¡Cuántas veces han pasado estas nubes por el cielo! Aparecieron y desaparecieron, y lo mismo pasará a estas que están aquí: ¡ya están desapareciendo! Si llegamos a darnos cuenta de esto, conoceremos lo que se llama maya. También conoceremos que todas las circunstancias, todos los sucesos, son irreales: nunca son idénticos, pero son transitorios. Llega un sueño: a éste le sigue otro, y a éste otro más. El peregrino parte de un momento dado y pasa al siguiente. Los momentos desaparecen uno tras otro, pero el peregrino sigue avanzando.
Así pues, se conocen a la vez dos cosas: en primer lugar, que el mundo objetivo es una ilusión, maya: sólo el observador es real; en segundo lugar, que las apariencias son falsas: sólo el espect